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viernes, 10 de marzo de 2017

Mojado, pero frío.



  
   —Sólo quiero que sepas que tienes mi apoyo, tío. – dijo Raji, pintando su parte del techo. Víctor le miró con cierta envidia. Mientras que el perista pintaba con la esponja que no manchaba nada, a él le había tocado el rodillo que goteaba, y se estaba poniendo perdido de color amarillo tono “atardecer dorado”. Y puesto que había sido su cuñada quien había hecho el reparto de utensilios, mucho se temía que no había sido casualidad. 

     —Ya, sí. – rezongó el ex soldado – Pues no te vi apoyarme mucho; cuando Tasha dijo “tenemos que hablar”, saliste de naja a toda velocidad. Cuando se descubrió el pastel, no impediste que tu costilla me estampanara una empanada en la cara; cuando después hablamos de ello, bien que te callaste cuando a ella se le cayeron la olla y las cuatro sartenes “accidentalmente” encima de mis pies; cuando volvimos, casi me deja tirado en un puesto de servicio y tampoco dijiste nada; y ahora…

     —Señores, menos charla, que el techo mi cocina no se pinta solo. – dijo Tasha precisamente en aquél momento. – Raji, ¿te apetece una cerveza? – se volvió a mirar a Víctor – Lo siento, es la única que queda. Si quieres agua… 

     —No, no te preocupes. Ya estoy bebiendo suficiente pintura. –La mujer sonrió y no contestó al sarcasmo. Le alargó la lata a Raji y salió de la cocina. - ¿Ves qué te decía? ¡Menudo apoyo el tuyo! Por lo menos, podrías darme un sorbo.

     —No te creas que conmigo está de buenas, ¿te figuras que no sabe que yo os tapé todo lo que pude? – hizo una mueca de asco – A esta cerveza sólo le faltan los fideos para ser una sopa, ¡está hecha un caldo! 

     —Raji… Tasha sigue sin saber “lo tuyo”, ¿verdad? – el perista se estremeció y contestó en un susurro.

     —Sí. Y si tienes cerrada la boca, continuará sin saberlo. Bastante mal se ha tomado que no le dijera desde el primer momento lo tuyo con su hermana. – Víctor estuvo a punto de contestar, pero su amigo continuó – Ya lo sé. La mentira tiene las piernas cortas, la mentira crece y cada vez es más difícil de ocultar, todo lo que me digas lo sé y ya me lo he dicho yo mismo mil veces, LO SÉ. Pero llevamos año y medio muy bien juntos, no necesita saber qué tipo de bicho es su marido, y tú no se lo dirás. ¡Y tampoco se lo dirás a Sonya!

     —Yo no pensaba decirle… 

     —Víctor, no te ofendas; no quería decírtelo, pero vuestra aventurilla me está costando una crisis matrimonial. Tú por lo menos te tiras a Sonya y ella está flotando, tú ahora te vas con ella y vais a estar tan a gusto, pero soy yo quien se queda aquí, con una mujer que tiene un cabreo moruno, que se piensa que su hermana pequeña está con un violador que le ha sorbido el seso, y que yo lo he consentido. Desde hace tres días todo son silencios, comida recalentada y caras largas. Desde hace tres días no es que no tengamos sexo, es que me mira como si yo fuera un criminal, y eso sí que me hiere. Y lo peor, es que me parece que tiene algo de razón.

     Víctor no había visto las cosas desde el punto de vista de su amigo pero, aunque comprendía su malestar, había puntos por los que no pasaba:

     —¿Algo de razón? Raji, Sonya es un año y tres meses menor que Tasha, ¡es mayorcita para meter a quien le dé la gana en su cama! ¡Si Natasha es incapaz de entender que su hermana no es una niña, no es culpa de nadie salvo de ella misma!

     —¿Sí, y si es tan mayor para eso, por qué no lo fue para decirle al día siguiente a su hermana que se estaba acostando contigo, eh? ¡No, claro, es más bonito cargarle el muerto al pobre Raji llevándolo en secreto! ¡O se es mayor para unas cosas, o no se es para nada, pero no puedes andar jugando a las escondidas mientras te abres de piernas para el primer tío que pasa!

     —¡Rajad, no te consiento…! – En un pronto, Víctor cogió a Raji de la camisa y le zarandeó, las dos escaleras se tambalearon peligrosamente y se agarraron rápido a ellas, con fuerza y cara de susto.
     —¡¿Se puede saber qué hacéis?! – gritó Tasha. El ruido la alertó y entró en la cocina. Las caras de ambos hombres irradiaban culpabilidad como si llevaran carteles colgados del pecho. 

     —Nada, nenita, no pasa nada… es sólo que me estiré mucho, y casi pierdo el equilibrio, pero Víctor me echó un cable. Sí. 

     La mujer negó con la cabeza, mirando al soldado con reproche y a su marido como si fuera tonto por defenderlo. “Esto va cada vez mejor”, pensó Víctor con desgana.

     —Si os vais a abrir la cabeza, al menos hacedlo fuera. El papel del suelo no absorbe la sangre, y yo acabo de fregar. – salió de la cocina y ambos resoplaron. 

     —¿Ves qué te decía? Está conmigo así todo el día. 

     —Lo siento, tío. – susurró Víctor. – Oye, es sólo que no queríamos armar un bollo como el que se armó. Pensábamos decirlo, tú lo sabes, pero cuando ya llevásemos un tiempo, para que Tasha no se enfadase. Fue culpa nuestra, y lo sé, y… de verdad lo siento. 

     —Ya. Yo siento haber insinuado eso de Sonya. La conozco casi desde que conocí a mi mujer, sé que es una gran chica, y que sólo intenta quedar bien con su hermana. La adora, y le duele no ser tan perfecta como Tasha quisiera. – suspiró – Lo gracioso es que Tasha ya la ve perfecta tal y como es. Pero nunca se lo dice. 

     Víctor asintió. Él tenía dos hermanos y conocía el paño; su hermano mayor le había estado criticando toda la vida, riéndose de él, chinchándole, pegándole, y cuando se metió en el ejército le dijo que no servía para nada más que para carne de cañón, que le iban a pegar un tiro y se lo tendría merecido por idiota, que ojalá le volaran la sesera… Cuando pisó la mina que le dejó sin piernas, también su hermano mayor fue el primero en llegar al Clínico Militar. Sin que nadie le avisara. También fue su hermano mayor el que estuvo a su lado todos los días, el que tomó una habitación en un hotel al lado a la que sólo iba una hora al día para ducharse. También fue él el que noqueó a un cirujano de un puñetazo cuando el trasplante de las piernas nuevas casi le cuesta la vida, y también quien le ayudó a ponerse el esqueleto externo por primera vez. Los hermanos eran así, y no se podía hacer nada por cambiarlos.



     Mal o bien, el techo de la cocina acabó pintado. O mejor dicho, acabó BIEN pintado, porque ninguno quería darle a Tasha otro motivo más de cabreo; Víctor y Raji bajaron de las escaleras como los mejores amigos del mundo. La mujer miró el techo recién pintado y admitió que no estaba mal, lo cual quería decir que le gustaba y estaba satisfecha con el resultado. Cuando Víctor se ofreció a quitar los papeles que protegían los muebles y el suelo antes de marcharse, Natasha se negó y le dijo que ya había hecho bastante. El soldado lo tomó como buena señal, parecía que ya se le estaba pasando el enfado. Raji pensó lo mismo y decidió ir a ducharse.

     —Lo que siento es que no te vamos a poder acercar hasta casa. – dijo ella, como con descuido. – Pero tienes la parada de autobús a dos minutos. – Víctor se miró. Tenía la camisa, los pantalones y la cara llenos de churretones amarillos. 

     —Tasha, si de verdad no podéis acercarme, puedo coger yo el furgón, y mañana os lo devuelvo.

     —Es el furgón el que no funciona. – sonrió ella – Sin duda el viaje tan largo y el trote que le dimos, ha sido demasiado para él. – Víctor suspiró. 

     —¿Al menos, puedo lavarme un poco?

     —¡Claro! – el soldado dio un paso hacia el baño, pero ella sonrió más – Usa la manga del jardín. 

    Víctor se había prometido ser pacífico, ser paciente, no echar leña al fuego… sabía que ese fuego lo pagarían Raji, Sonya y él mismo. Pero una parte grandísima de sí mismo quería mirar a Tasha a los ojos y decirle algo como “Ni te imaginas lo calentito que es el coño de tu hermana”. Por fortuna, se contuvo y sólo preguntó:

     —Natasha, ¿por qué te caigo tan mal? – la mujer puso una expresión de ofendida sorpresa, pero Víctor no estaba para esas pantomimas. – Hablo en serio, ¿por qué? Tu hermana no es para mí una aventura, la quiero. La respeto, la trato bien, ella está a gusto conmigo… No entiendo qué te molesta tanto de mí. 

     —No te creas tan importante. No eres “tú” lo que me molesta, ya que lo quieres saber. Me molesta el hecho de que te hayas acostado con ella a mis espaldas. Soy lo único que tiene.

     —Ahora, ya no. – puntualizó Víctor.

     —Tú mañana te puedes ir, pero yo seguiré siendo siempre su hermana, no lo olvides. – sonrió ella con superioridad. – Si de verdad te importase un poco Sonya, no habrías consentido tener sexo con ella a escondidas de mí. Sabías que no me gustabas, sabes en qué concepto te tengo, nunca lo he ocultado, y no estoy ciega; cuando yo empezaba con Raji, me daba cuenta de cómo me mirabas. 

     —Tasha, ¿alguna vez te falté al respeto? ¡Nunca te dije ni esta boca es mía, ni te toqué, ni… ni nada! 

     —¡Es que si llegas a intentarlo, te parto la cara!

     —¡Es que no está en mi naturaleza intentar algo con la chica de un amigo! Me gustabas y lo admito, pero yo veía que estabas feliz con Raji y él contigo, ¡yo no tenía nada que intentar allí! No soy ningún buitre, soy un hombre. 

     —Qué bien te ha quedado, “soy un hombre”. ¡Pues los hombres, dan la cara! Y cuando se acuestan con una mujer, lo admiten, y no andan engañando a su familia, como si fueran amantes. – escupió la palabra - Si no se hubiera descubierto el asunto, ¿tenías pensado decirlo, o ibais a esperar, no sé, a decirme que iba a ser tía?

     —¡Claro que íbamos a decirlo! – se lamentó Víctor - ¡Pero no queríamos tener que decirte “¿te acuerdas que te dijimos que éramos adultos y podíamos compartir una cama sin que pasase nada? Pues resulta que sí pasó, follamos como conejos y ahora estamos juntos”! ¡Pretendíamos ahorrarte un mal trago y que no pensases mal de mí, ni de tu propia hermana! ¿No puedes comprenderlo?

     —¡NO! ¡No puedo comprender que dos personas encuentren aceptable engañar a una tercera! ¡Mi hermana siempre será una cría, pero pensaba que tú tenías algo en la sesera! ¡Y me equivocaba! ¡O tenía razón, porque siempre he creído que pensabas con el pito, y me has demostrado que es así! – Víctor intentó meter baza otra vez, a pesar de que estaba furioso, pero ella continuó - ¿No te das cuenta que, igual que has sido tú, podía haber sido otro? ¿Que podían haberle hecho daño, que podían haberla violado, o pegado, o MATADO? ¡Ella no te conocía más que de unas horas, y se acuesta contigo alegremente y tú, en lugar de frenarla, de decírselo a su hermana, aprovechas la coyuntura y te revuelcas con ella! ¿Sabes cómo me he sentido yo, sabiendo que todo tenía lugar delante de mí, y que nadie me dijo nada, ni yo misma me di cuenta de nada? ¡Creí que me volvía loca de culpa! ¿Es que esta chica no va a tener nunca nada en la mollera? 

     Las lágrimas se caían de los ojos de Tasha. Víctor sabía que exageraba, que era lo que Sonya definía como “complejo de clueca”, pero su conciencia le dio una colleja a su cerebro y pensó que tenía parte de razón. Él y Sonya se habían portado de un modo muy poco sensato. Es cierto, se habían caído tan bien y habían congeniado tan rápido, que habían confiado enseguida el uno en el otro. Él sabía que no iba a hacerle nunca a Sonya el menor daño, que… pero había sido pura suerte que él fuera él. 

     —Tasha, lo siento. No… no puedo excusarme. Sobre todo porque no me arrepiento. Sé que tienes razón, pero no puedo cambiar lo que ha pasado. 

     —Ya. No se trata de sentirlo, ni de cambiarlo. Se trata de hacer las cosas bien desde el primer momento. Cuando se hace así, no hay que sentir nada. Vete, por favor. Lávate en el jardín y vete, la parada del transporte está siguiendo el camino, a un par de minutos. – Víctor quiso decir algo más, pero la mujer le dio la espalda – Estás con mi hermana, tengo que soportarte, pero no me pidas que me caigas bien. Al menos, no de momento. Habéis sido demasiado irresponsables y me habéis engañado, os habéis reído de mí y Raji también lo ha hecho. Es un poco fuerte que las personas que dicen que te quieren, se burlen de ti de esta manera, sólo por un calentón. Vete. 

     Víctor se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. A punto de salir por ella, se volvió. No podía arreglarlo, pero quizá podía eliminar el daño colateral. 

     —Raji no sabía nada. – Tasha no se dio la vuelta – Te dijo que lo sabía y que nos tapó porque yo se lo pedí; creía que eso haría que se te pasase antes el enfado, porque sé que confías en él, y que quizá saliendo él de aval… Pero era mentira, no sabía nada. Se lo temía, como tú, pero no lo sabía. No te enfades con él, por favor. Ni con Sonya. Si te enfadas, que sea conmigo. 

     La mujer no contestó nada, y Víctor salió de la casa y echó a andar. Recordó al cabo que al final no se había lavado, pero quería llegar cuanto antes a la parada. El cielo se estaba encapotando, amenazaba lluvia y empezaba a refrescar. 






En otro tiempo, en otro lugar, y en otro planeta…

     Gertrudis siempre llegaba al trabajo con un poco de antelación. Le gustaba ir con margen para evitar imprevistos, y le gustaba llegar antes de la hora para evitar encontrarse con los clientes habituales del local, por regla general gente para quien beber era una actividad en la que primaba más la cantidad que la calidad. Entró por el callejón, como solía, y al ir a abrir, pegó un respingo. 

     —¡Miau! – el gato se asustó al verla brincar y se alejó de la puerta. Trudy respiró, qué susto tan tonto. En el callejón era normal encontrar algún gato que otro, pero no solían quedarse en la puerta, sino en los cubos de basura. Abrió, y antes de que pudiera evitarlo, el animal se coló a toda velocidad.

     —¡Eh! – gritó, pero el gato recorrió el pasillo en cuatro largos saltos, se metió en su despacho y se puso a maullar lastimero. La joven corrió hacia su lugar de trabajo. El gato arañaba la puerta que conducía al despacho de su jefe, Zacarías Fíguerez. Se quitó el abrigo e intentó usarlo para espantar al animal, pero éste no dejaba de gemir y pugnar por acercarse a la puerta. La joven tenía miedo de intentar cogerlo por si le atacaba, a fin de cuentas era callejero; quizá sería mejor ofrecerle alguna golosina y sacarlo por las buenas, pensó. Estaba colgando el abrigo cuando oyó la voz de su jefe por el interfono:

     —¿Gertrudis, eres tú? – y antes de que ella pudiera contestar, continuó - ¿Te importa ir a buscar unas cuantas latas de atún? Como quince o veinte, ¿quieres?

     —¿Ocurre algo, señor Fíguerez? – la interrogación quedaba bastante diluida. 

     —No, nada de particular. Un… estallido de okupas, con algunas exigencias. Sobre todo alimenticias. – Trudy se volvió y abrió de golpe la puerta del despacho de Zacarías. La presencia felina era más bien una invasión que una intrusión. No menos de quince gatos se paseaban por el despacho, dormitaban en el sillón y trepaban a los muebles, pero la mayor afluencia se detectaba en las inmediaciones de la persona de Zacarías Fíguerez. Tenía a un gato tendido sobre su cabeza, otro sobre los hombros, uno en cada brazo, otro más en el regazo, y uno paseándose por entre sus piernas. Dos más, sentados en el escritorio le miraban atentamente, como esperando que hubiera un hueco libre en el que poder acomodarse. Trudy intentó contener la risa, pero la situación fue más fuerte y acabó soltándola. 

     —¿Qué hizo usted? ¿Se bañó en leche? – preguntó, y Fíguerez suspiró. 

     —Gertrudis, por favor… trae atún. – la cara de su jefe era la misma Tristeza, y salió corriendo a la tienda - ¡Y cierra bien la puerta, que no entren más! 

      Cuando la oyó marcharse, sacó el spray y lo leyó una vez más: “Sandocat; potente atractor sexual: elaborado con testosterona de diferentes animales, en especial felinos y gatos salvajes, Sandocat es un potenciador natural del deseo sexual femenino, ¡no habrá mujer que resista sus salvajes efluvios y su aroma a sexo! Producto 100% natural, sin efectos secundarios.”. En letra muy pequeña, decía también: “Envase a presión. No exponer a temperaturas superiores a 45 grados, manténgase alejado de llamas y cuerpos incandescentes, no perforarlo ni tirarlo al fuego, ni siquiera vacío. El uso de este producto no es ilegal. Puede no producir al 100% los efectos deseados”.

     —¡No me digas! – rezongó el traficante de porno, y al menear la cabeza, la gata que dormía sobre ella se cayó, emitiendo un “¡miaooo!” de protesta. Zacarías tiró el envase a la papelera. “Habrá que pensar en otra cosa”, se dijo. 







     “Bueno, al menos los churretes de pintura ya no se van a notar” se dijo Víctor, corriendo bajo la lluvia. El chaparrón se había desatado. Sabía que correr no era nada bueno para su esqueleto externo, pero el agua tampoco lo era, y menos en una zona como aquélla, llena de frutales de semillas solubles. Las flores, de caprichosas formas, se disolvían en contacto con las gotas de lluvia y caían al suelo para germinar; en su trayecto, creaban un precioso espectáculo de lluvia multicolor. Precioso si uno lo veía desde casita, claro está. Desde fuera, no era tan agradable, porque muchas de esas semillas podían ser urticantes, porque el polen se metería en las articulaciones del exoesqueleto, y porque acababas empapado en agua de colores. El otrora cabello gris del soldado, ahora tenía mechones azules, rosas, amarillos, naranjas y violetas, y toda su ropa estaba igual. Tenía los pantalones empapados hasta las rodillas y el agua se le colaba por el cuello de la cazadora y le hacía tiritar. 

      “Tasha, si tú lo sabías, esto ha sido ya pasarse”. Pensó, sin dejar de correr. Según la mujer, la parada estaba a dos minutos, y así era. Pero ella había “olvidado” decirle que el transporte no pasaba los fines de semana. Víctor quería creer que había sido un descuido, o que quizá no lo sabía, pero teniendo en cuenta que llevaba dos años largos viviendo con Raji allí, no le parecía probable. Un lujoso vehículo pasó cerca de él y pilló un charco de la cuneta. Una cascada de lodo helado se le vino encima; si antes estaba mojado, ahora parecía que le hubieran tirado a la piscina con la ropa puesta. El conductor no hizo ni ademán de detenerse. “Así te estrelles, ¡cabrón!”, masculló Víctor, limpiándose la cara de agua fangosa con las manos.

      Al fin divisó su casa, a lo lejos, y aquello le hizo sonreír. Aunque sabía que no debía, aceleró. Su esqueleto externo emitió un par de crujidos muy sospechosos y las piernas le mandaron señales de socorro en forma de latigazos de dolor agudo, pero siguió adelante. 

      Sonya miraba la lluvia desde el mirador del salón mientras escuchaba música y leía en proyector. Era muy bonito, porque el fondo del libro era el exterior bañado y romántico de la tarde lluviosa. La casa de Víctor era más amplia que su pequeño apartamento, aunque no estaba por completo robotizada, como la suya. Es por eso que Víctor no pudo entrar con su huella, hubiera necesitado la llave de tarjeta que no había cogido porque sabía que Sonya estaría en casa. Y es por eso que nadie avisó a Sonya que Víctor estaba en la puerta sin poder entrar, y éste tuvo que llamar tres o cuatro veces hasta que ella le oyó. Sonriente, corrió a la puerta, pero cuando la abrió, se le cayó el alma a los pies. Su novio estaba chorreando como un cubo sin fondo, encogido de frío, tiritando y con los dientes castañeteándole. 

      —¡Oh, voy a matar a Tasha! – dijo la joven, haciendo pasar a Víctor y frotándole los brazos, mientras él andaba a pasitos cortos y negaba con la cabeza - ¿Cómo te ha dejado venir a pie cuando está diluviando así? ¡Se suponía que te traerían ellos! ¡Anda al baño, corre!

     El hombre entró al cuarto de baño e hizo ademán de coger una toalla, pero Sonya se la quitó de las manos. 

      —No puedes secarte tal como estás, no harás nada con eso. – cerró la puerta y movió el mando del termostato. La casa estaba calentita, pero sólo entonces empezó Víctor a notarlo. La joven activó la bañera y ésta empezó a llenarse de agua caliente. – Lo primero, es hacerte entrar en calor. Y limpiarte, pobrecito mío… pareces un cuadro de Picasso.

      Por primera vez en muchas horas, Víctor sonrió. Sonya empezó a quitarle la ropa, operación nada sencilla porque la tenía toda pegada al cuerpo y porque ahora que estaba empezando a coger calor, no quería quitársela por más que supiera que debía hacerlo. Lo peor fueron los pantalones y calzoncillos. En teoría, el exoesqueleto podía accionar las partes móviles para retirarse sólo parcialmente y dejar subir o bajar la ropa, pero el aparato gemía y roncaba sin apenas moverse. Tras mucho trastear uno y otra, lograron quitar las prendas. 

      —Habrá que mandarlo limpiar, está perdidito de agua y polen – sentenció ella, y le ayudó a sentarse en la bañera, ya llena. Cuando metió los helados pies en el agua caliente, un feroz dolor le llegó hasta la espalda, y apretó los dientes, con la mano crispada en el hombro de Sonya. Pero sólo fue un momento, enseguida le invadió un gran bienestar mientras el calor recorría sus piernas. Sentado en el asiento de la bañera, soltó del todo el esqueleto, y se dejó deslizar al agua mientras Sonya lo retiraba y lo dejaba a un lado. 

      Víctor cerró los ojos de gusto y dejó que el agua caliente le abrazara. La bañera, al detectar toda la suciedad, empezó a filtrar el agua para limpiarla, y él suspiró. Estar hundido hasta el bigote en agua limpia y bien caliente, era justo lo que necesitaba. Unos dedos suaves acariciaron su mejilla. Sonrió y los besó. Cuando abrió los ojos, Sonya le miraba con cierta tristeza. 

      —Voy a matar a Tasha. – repitió – No es justo que te haga algo así. Si el esqueleto se hubiera roto, ¿qué hubiera pasado? 

      —No ha sido culpa de Tasha. El furgón de Raji está estropeado y el autobús no pasaba hoy. Tu hermana siempre usa el furgón, no podía saber los horarios del transporte. No ha sido culpa de nadie. – Sonya le miró con desconfianza – De veras. Y además, si el esqueleto no hubiera aguantado, lleva dentro un avisador a la compañía para casos urgentes; si se rompe, se activa solo. Hubieran venido a buscarme enseguida. Y yo fui soldado, sé cuidarme. – añadió, con algo de orgullo. 

      —Aun así, yo no me creo que Tasha no supiera lo del transporte. – insistió. Y el propio Víctor sabía que tenía razón, pero no quería que Sonya se enzarzase con su hermana, era preferible pasarlo por alto y que hicieran las paces cuanto antes, así que intentó distraerla.

      —Mira, voy a enseñarte una cosa que te gustará, ¿ves esas baldosas que hay justo junto al asiento? – Sonya asintió – Apriétalas y deslízalas hacia la izquierda. – La joven obedeció, y apareció un compartimento oculto. En su interior, había una etiqueta del cuerpo de Correos. Sonya se maravilló, ¡un tubo de envío-exprés! Eran muy difíciles de conseguir, porque garantizaban la entrega en pocos minutos de prácticamente cualquier cosa, y eso significaba pasar de largo aduanas, registros, controles… Había plazo de espera de hasta diez años para conseguir uno, era preciso que al menos dos autoridades competentes te autorizasen a ello y había que pasar exámenes psicológicos. Víctor sonrió con suficiencia. – Siendo un alto mando del ejército lo tienes más fácil, pero cuando me licenciaron, me lo concedieron en el acto. Por si me hacía falta precisamente para un caso así. Mete dentro el esqueleto. 

      —Pero, ¿no hace falta poner tu dirección, ni tu nombre, ni nada? 

      —Nada. El aparato lleva un número de serie que me identifica como su dueño. El tubo escanea el registro y lo manda a la compañía. Y la compañía lo limpiará y me lo mandará de vuelta. En menos de una hora. 

      —¡Pero si…! – se admiró la joven, y el soldado asintió de nuevo. 

      —Sí. La compañía está a más de cinco mil kilómetros, ¿y qué? El tubo lleva el paquete a la central de correos mediante un sistema de raíles que funcionan con superconductores, como si fuera volando; no tarda un par de minutos. Una vez allí, usan un Salto. Lo mandan por agujero de gusano a la central de correos de allí, o directamente a la compañía si tienen terminal. Cuando la compañía lo repara, hace lo mismo: lo mandan a su central, de ésta a la mía, y de allí a mi casa. Y tarda una hora porque al ser un aparato médico, tiene por fuerza que verificarse en Correos, que si no, sería envío directo entre la compañía y mi casa. Es la mar de práctico para pedir pizzas a domicilio. 

      Sonya, encantada con todo lo que tuviera que ver con la técnica, se quedó ensimismada mirando el tubo de envíos. Agachó la cabeza para mirar. El oscuro túnel se extendía, pero no era posible ver nada. Palpó con los dedos en los lados y dio con el interruptor que sabía que tenían, para iluminar en casos de avería. Pequeñas lucecitas se encendieron a lo largo de varios metros. A lo lejos, pudo ver el círculo del portal, ahora desactivado. Consumían mucha energía y podían ser peligrosos en manos inexpertas, pero los portales eran el futuro. Cuando el paquete no pasaba por Correos, cuando se trataba de envíos privados, el paquete pasaba del portal de un usuario al del otro en segundos, aunque el otro usuario estuviera en otro planeta distinto, en otro sistema distinto. No era de extrañar que fueran difíciles de conseguir; a través de un tubo de envío-exprés, podía hacerse contrabando de cualquier cosa, enviar o hacer desaparecer un cadáver, dinero, joyas, armas, animales exóticos, …y hasta niños. 

     Desde la bañera, Víctor miraba a Sonya, de rodillas e inclinada sobre el tubo. De la cabeza al culo, su cuerpo formaba una S perfecta, una curva deliciosa que terminaba en unas nalgas redondas y respingonas, gordas y achuchables. Sin alzarse, la joven tomó el exoesqueleto plegado y lo colocó en el tubo de envíos, donde quedó suspendido mientras el tubo se activaba, pero no producía el envío. Sonya alzó la cara para interrogar a Víctor con la mirada y éste, con la mirada fija la anatomía de su compañera, se apresuró a cambiar el foco. 

     —¿Me estabas mirando el culo? – no lo hizo con bastante rapidez. Pero tal como sonreía Sonya, no parecía que a ella le importase. Víctor devolvió la sonrisa y le contestó a lo que quería saber, y no a lo que ya sabía.

     —No funciona estando abierto. Sólo se enviará cuando lo cierres; el portal puede ser peligroso. – Sonya cerró la portezuela y se apresuró a agacharse. Apenas un silbido. Abrió de nuevo, y el esqueleto había desaparecido, sólo unos débiles chispazos de luz azul bordoneaban en torno al portal y se apagaron en segundos. 

     —Es maravilloso… ¡es mágico! ¡Si pudiera ver cómo funciona el portal, si pudiera desmontarlo para poderlo estudiar! – Los ojos de la joven brillaban de entusiasmo.

     —Ya ves, si no me hubiera llovido encima, no hubiera caído en enseñártelo. – Sonya le miró de soslayo, pero antes de que ella pudiera decir nada, Víctor continuó – Anda, ¿por qué no te metes conmigo, y me frotas la espalda?

     Ella se acercó de rodillas y le besó la nariz, y enseguida se alzó y le dio la espalda. Se soltó el imán del pantalón y lo bajó, doblándose por la cintura hasta tocarse los pies. Su redondo trasero quedó a la vista de Víctor, que lo devoró con la mirada, sin dejar de sonreír. Metió los pulgares en la cinturilla de las bragas, pero al ir a quitárselas, se puso en cuclillas, para que no se le viera nada. Le llegó un resoplido de protesta desde la bañera, y Sonya volvió un poco la cara para mirarle y le guiñó un ojo. Sin darse la vuelta, se quitó la camiseta, y se puso en pie deprisa, conservando la prenda frente a sí para taparse. Víctor palmoteó el agua para que ella entrase, y Sonya metió un pie en la bañera, pero se detuvo. 

     —Sé un caballero y cierra los ojos. – El soldado soltó la risa, ¡pero si habían follado del derecho y del revés! Pero si tenía ese capricho, que así fueran todos. Cerró los ojos y cruzó las manos sobre el pecho. Notó el tintineo del agua y el movimiento de la misma cuando su compañera se sentó a su lado y estiró las piernas junto a las suyas. Un cosquilleo de calor le recorrió el costado al sentirla junto a él. No era capaz de dejar de sonreír. – Ya. 

     Víctor abrió los ojos. A su lado, Sonya se tapaba los pechos con los brazos y tenía una pierna doblada para ocultar el pubis. Le brillaban los ojos verdes y las puntas de su cabello rubiejo rozaban el agua. “Parece una sirena”, pensó, y accionó el botón que cerraba las puertas de la bañera, al tiempo que le pasaba el brazo por los hombros y empezaba a acercar la otra mano a los brazos con los que ella se cubría. 

     —Oh-oh… - dijo ella, mirando al frente - ¡Mi Lemmy, estoy presa en una bañera con un maníaco sexual! – Víctor le besó los hombros y enseguida subió al cuello y le buscó la boca. Sonya se la ofreció y sus lenguas se juntaron con un gemido de ternura. Él le acarició los brazos, intentando que ella hiciera lo propio y así descubriese sus pechos, pero la joven, sonriendo en medio del beso y atrapándole los labios con los suyos, no se lo permitió – Estás sucio, lleno de polen y fango; primero hay que lavarte. Tú mismo me lo pediste.

     El capitán hizo un mohín de protesta que a ella se le antojó adorable, pero no se apiadó. Tomó la esponja y vació en ella un generoso chorro de gel perfumado, y empezó a frotarle la cabeza, la cara, la nuca y los hombros. A cada rato, sumergía la esponja en agua y le aclaraba, y volvía a enjabonarle. Víctor tenía los ojos cerrados para que no le entrase jabón, así que nada le distraía de la dulce sensación de caricia que le hacían ella y la esponja. La bañera puso de nuevo en marcha el filtro automático para reemplazar el agua sucia y jabonosa mientras la joven bajaba la esponja por su espalda y empezaba a enjabonar el pecho, cubierto de pelo gris, de su amante. Éste notaba un brazo de Sonya tomándole de la cintura, acariciándole el costado bajo el agua, y el otro haciendo círculos interminables por su pecho, dejándole limpio y perfumado. Estaba tan en la gloria, que casi se había olvidado de su propia excitación, pero su cuerpo sí que la recordaba. La prueba es que cuando ella siguió bajando la esponja, se topó con algo duro que hacía ángulo agudo con su torso. 

     —Vaya, ¿y esto qué es, señor travieso? – Sonya le dio un besito en la mejilla, cubierta de jabón, y enseguida notó la presión de la esponja y una cascada de agua caliente por su cara, y abrió los ojos. Su chica tenía la piel rosada por el calor del agua, y le tocó el glande con un dedo. - ¿Eh, qué es esto?

     —Esto, son tus mimitos. 

     —¿Seguro que no es el quedarte colgado mirándome el culo, ni el que te hayas puesto bizco mirando cómo me desnudo, ni el comerme con los ojos? – preguntó, su boca cada vez más cerca de la suya, sus dedos haciendo caricias en su miembro cada vez más evidentes. - ¿Seguro?

     —También. Pero sobre todo, son tus mimitos. – Víctor no resistió más; la besó con fuerza y la joven le abrazó la polla con toda la mano y la frotó. El soldado sintió un placer tan intenso que tuvo miedo de correrse ahí mismo, ¡qué agradable era! Su mano tomó la de Sonya para que no le soltara, para que continuara, y ella, sin soltarle, le montó. En un solo movimiento estaba sobre él y le introdujo en su interior. El gemido salió del pecho de ambos. La convulsión, sólo de Víctor. 

     El soldado se abrazó a su chica entre estremecimientos, la apretó contra sí y gozó. Gozó. Se fundió dulcemente, sintió que todo lo malo del día, el cansancio, la tensión, los cabreos, el frío, la lluvia… todo, todo se iba en un momento y no dejaba más que bienestar, placer saciado, un gustirrinín maravilloso. Recuperó el aliento mientras su polla aún daba espasmos dentro de Sonya, que le apretaba contra ella. Sus tetas estaban tan blanditas y calientes, pegadas a su pecho, sus manos le acariciaban la espalda, sus piernas le abrazaban, ¡era todo lo que podía desear! Suspiró y se dejó recostar de nuevo. Sonya se estiró despacio sobre él, hasta quedar tumbada encima de su cuerpo, aún unidos. 

    “Joder, nada más entrar. Igual que un puto primerizo, me he corrido nada más entrar. Qué desastre de tío soy. Y ella sin quejarse”. Apenas se recobró, a Víctor empezó a pesarle el no haber durado, ya no poco, sino nada de nada, y más porque Sonya sólo le miraba con ternura y le acariciaba el pecho y se lo sembraba de besitos. 

     —Nena, lo siento. – musitó, tomándole la mano y besándole los dedos – Me emocioné mucho, estaba muy acelerado, y… 

     —¡Anda ya! – sonrió ella – No pidas perdón por eso. – Le frotó la nariz con la suya. – Déjate de palabritas. Tócame. 

    El soldado tuvo que entornar los ojos, tan grande era su sonrisa. Deslizó las manos por la espalda de su amante, y llegó a sus nalgas. Acarició los muslos, y Sonya flexionó las piernas para que su sexo se abriera y dejarle espacio para que jugara con él. Víctor notó el calor que salía de ella, y sus dedos empezaron a pasearse por la vulva tierna y húmeda. La joven se rio, le hacía cosquillas, y le gustaba. “Sí, cosquillas, voy a hacerte muchas cosquillitas”, se dijo él. Sus dedos notaban la viscosidad del interior, y con toda calma exploraron, deslizándose por los labios vaginales, tomando humedad del agujero y buscando los puntos sensibles. Buscando.

     —¡Mmmmmmmmh! – buscando justo eso. Sonya se estremeció sobre su pecho. Víctor sabía que, bajo el agua, era preciso tocar con más cuidado, pero ella parecía estar húmeda de sobra, así que empezó a cosquillear sin miedo el clítoris mientras los dedos de su otra mano coqueteaban con la entrada y hacían círculos en ella. – Oh, sí, sigue… ahí, justo la entrada, sigueee…

     Víctor besaba el hombro de la joven que tenía pegado a sus labios y sus dedos aleteaban bajo el agua, jugando a meterse ahora, a acariciar por fuera después, a tocar en círculos, a hacer un tímido mete-saca, y hasta a hacer cosquillas en el ano. Sonya se le derretía encima, era un flan de gemidos y sensaciones, y él estaba disfrutando como un enano, ¡le encantaba jugar con su coño, explorarlo, tocarlo sin descanso! Si por él fuera, podría estar dándole ese masaje horas y horas. Pero Sonya no parecía capaz de aguantar mucho más, sus muslos daban sacudidas y cada vez que él disminuía el ritmo, protestaba y se le agarraba con más fuerza. Empezó a acelerar las caricias, y ella gimió, sus puños se crisparon sobre su pecho, y él paró de golpe. 

      —¡Malo! – gritó ella - ¡Haaaaaah… e-estaba casi a punto! ¡Sigue! – Víctor sonrió, encantado con su travesura, y volvió a acariciar con rapidez. Sonya gimió en tono más agudo, sus puños volvieron a cerrarse, los dedos de Víctor le acariciaban su sensibilidad de un modo maravilloso, ya podía notar cómo crecía la sensación, y él paró otra vez. La joven dio un respingo y le taladró con la mirada, pero no tuvo tiempo de protestar, porque él empezó de nuevo a acariciarla. Sonya gozaba como no pensaba que fuese posible, ¡era perverso hasta la delicia! Miró a los ojos a su amante y suplicó – Por favor… por favor, no pares más… más… ¡MAS!

     El capitán siguió acariciando, notó otra vez que ella se ponía tensa, pero esta vez no paró. La miró sin parpadear. Sonya jadeaba, la boca abierta en un gemido eterno, mientras la dulzura crecía más y más. El hormigueo se hacía más intenso, más agradable, y cuando notó que al fin le llegaba, que esta vez no pararía, una maravillosa sensación de alegría coronó su placer y se sintió explotar de gusto. Emitió un gemido largo, interminable, mientras sus caderas daban golpes que ella no controlaba, mientras su coño se contraía en torno a los dedos de Víctor y su cuerpo entero temblaba de gozo. Víctor no tenía ni respiración. Sonya le había mirado todo el rato, poniendo cara de estar tocando el cielo. Había visto en sus ojos más que el placer, había visto alegría, amor, gratitud. No pudo parar de tocarla, y no paró. 

     Sonya seguía moviéndose sobre los dedos de Víctor. Quiso decirle que basta, que ya había terminado y había sido estupendo. Pero su cuerpo decía otra cosa distinta, decía que aunque había terminado, podía seguir y quería hacerlo, y besó a su amante casi con furia mientras los dedos de éste hacían que el placer creciera otra vez. El clítoris resbalaba, su coño estaba encharcado y despedía flujos, pero el gusto no se detenía. Sonya soltó la boca de su compañero y le habló al oído. 

      —Sigue, por favor. – susurró. A Víctor le pareció que su cerebro se volvía sopa, que su columna se desmoronaba. – Me encantaaaa… me encanta que me hagas dedos, me encanta que me pajees, más, por favooor… Hazme más cosquillas… Vas a hacer que me corra de nuevoooo… oooh… ¡OooooOOOOOOOOOOOOOOH! – Sonya pegó tal respingo que se ensartó en los dedos de su amante, y éste notó cómo le palpitaba el coño. ¡Qué maravilla! ¡Cómo le gustaba hacerla disfrutar! Sonya, sudando y temblorosa, le besó de nuevo. Sus gemidos ahora parecían los de una gatita. Víctor estuvo tentado de continuar, pero apenas lo hizo ella alzó las manos como pidiendo clemencia, y se detuvo. Sacó las manos y la abrazó, la estrechó contra él con cariño. Ella parecía casi incapaz de moverse, y tardó un ratito en poder ponerse de nuevo a su lado, ambos estirados en el agua caliente de la bañera, que se puso a filtrar el agua una vez más. Allí permanecieron un buen rato, tomados de la mano, en silencio. Allí se quedaron hasta que el tubo de envíos avisó que el exoesqueleto ya estaba de vuelta. 




Dedicado a Dr. Toxic, compañero de Menéame, ¡que lo presumas!

domingo, 12 de febrero de 2017

Dile hola a tu cuñado.



     —Haga el favor de acompañarnos sin armar escándalo, señor – le dijo el policía, y Víctor notó las esposas en sus muñecas, y supo que se lo llevaban. Miró a lo lejos y vio a Sonya. Y le gritó. Y ella lloró y echó a correr.


18 horas antes.

     —Bueno, niños, ¡hemos llegado! – anunció la voz de Raji, convirtiendo las eses casi en efes por culpa de sus grandes incisivos delanteros. Un largo suspiro de felicidad se escapó de los pechos de todos, había sido un viaje terriblemente largo. Aunque a intervalos había conducido también Víctor, el mayor peso se lo había llevado Raji, y estaba reventado. Al día siguiente, tendrían que montar el stand en ZocoCentro y empezar los tres días de venta; esperaba que las ganancias ameritasen el viaje, pero mientras llegaba el día de mañana, sólo tenía ganas de darse una ducha y acurrucarse en la cama calentita junto a Tasha, su mujer. De la que esperaba que también estuviese calentita. 

    Sonya y Víctor se soltaron de sus asientos y sonrieron con complicidad. Les esperaba una noche interesante en el motel. El día anterior se habían conocido y congeniado. Víctor se dedicaba a vender retroporno, y si durante el día le había dado una clase teórica a la joven, durante la noche habían tenido clase práctica. El ex soldado sabía que Sonya era mucho más joven que él, que a Tasha le daría un patatús si se enteraba de lo sucedido la noche anterior, y que era poco probable que la joven quisiese algo serio. Lo sabía todo. Pero después de dos días compartiendo el pequeño espacio de la parte trasera del camión, hablando, bromeando, y besándose y tonteando, se estaba empezando a ilusionar. Le daba rabia admitirlo, porque había que ser realistas; lo más fácil es que Sonya no hubiera pensado más que en divertirse dándose con él un par de revolcones, era lo más lógico. Pero él se sentía tan solo, tan inútil en su maldito esqueleto externo que precisaba para caminar, y ella había sido tan simpática y tan tierna, tan cariñosa y amable, ¡y follaba tan bien, y él llevaba tanto tiempo sin hablar con una mujer! Prefería no pensarlo. Prefería centrarse en disfrutar de la noche que tenían para los dos. 

     Los cuatro bajaron de la furgoneta, y Tasha cogió en un aparte a su hermana pequeña:

     —¿Qué tal todo? – Sonya sonrió, sabiendo por dónde iba su hermana. 

     —Tasha… ¿el complejo de clueca otra vez? 

     —No me gusta que pases tanto rato a solas con él, ¡es un pervertido!

     —¡Por favor, Tasha, ¿acaso Raji es un ladrón?! – Natasha fue a contestar, pero Sonya la interrumpió – No, no lo es; él sólo compra cosas sin preguntar al vendedor de dónde las ha sacado, y las revende después. Quizá sea un perista, pero no un ladrón. Con Víctor es lo mismo, él sólo vende porno pasado de moda y viejos juguetes eróticos, ya está, eso no le convierte en un violador.  – la expresión de Tasha delataba que de eso, no estaba ella tan segura. 

     —Ya. El caso es que… la verdad, me sentiría mucho más cómoda si esta noche compartieras habitación conmigo. Raji puede dormir con Víctor. 

     —¡¿QUÉ?! – la pregunta salió de los labios de Raji al mismo tiempo que de los de Sonya, pero fue ella quien continuó – Tasha, no puedes hablar en serio, por favor. ¡Si se te ocurre hacer eso, me cojo yo un cuarto para mí sola, o me meto a dormir en el furgón! 

      —¡Oye! ¿Qué problema tienes con compartir cuarto conmigo?

     —Primero, que estoy harta de que me tomes por un bebé, y segundo, ¡que me pasé haciéndolo doce años de niña y ya tuve suficiente! - bajó la voz – Víctor, no ronca. 

      Natasha se puso como la grana. 

      —¿Que qué? ¿¡No estarás insinuando que yo ronco, verdad?! 

      —Raji, díselo tú. 

     —Nenita, no roncas, sólo… respiras fuerte. – Raji era muchas cosas, pero no suicida. Tasha no estaba conforme, pero Sonya insistió en que no pensaba compartir cuarto con ella como si fuera una cría, antes que eso dormiría al raso. Tasha sabía que su hermana era tan cabezota como ella misma, y tampoco quería montar un número delante de Víctor, de modo que simplemente cedió con un indignado “haz lo que te dé la gana”, y salió la primera hacia la recepción del motel, mientras los demás se apañaban con sus propias maletas. 



       —Sí, verá, me preguntaba si podríamos tener habitaciones paralelas, no sé si me entiende… que nuestro cuarto, esté enfrente del cuarto de ellos, ¿sabe? – preguntó Natasha al chico del mostrador, y éste asintió. 

      —Sí, pero entonces acuérdense de echar las cortinas; se ve todo a través de las ventanas. 

      —Eso es exactamente lo que busco. – le alargó un billete de dos créditos – De esto, punto en boca. – El joven asintió una vez más. “¿Se lo digo, o me lo callo?” se dijo Tasha “Si me lo callo, podré ver si intenta algo con mi hermana. Pero tendré que cruzar todo el patio para llegar hasta el cuarto, y en ése plazo, vete a saber lo que le puede hacer, Sonya es tan inocente, pobrecita. Mejor que se lo diga, y así me aseguro de que se quedará quietecito”. Salió con las llaves de las habitaciones y dio a su hermana la que le correspondía. Apenas habían dado unos cuantos pasos, fingió acordarse de pronto de algo - ¡Oh, qué tonta, olvidé preguntar a qué hora servían el desayuno!

      —¡No te preocupes, ya voy yo! – Tal como imaginaba, Sonya, deseando congraciarse con ella, se ofreció para ir en su lugar. 

      —Raji, adelántate un momento, ¿quieres? Victor y yo tenemos que hablar. – Víctor miró a su amigo casi suplicante, pero éste, al reconocer la Mirada en los ojos de su costilla, se limitó a decir “hasta ahora”, y enfiló sin mirar atrás. “Ratón. Gallina. ¡Judaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!” pensó Víctor. – Iré al grano. Víctor, aléjate de mi hermana o te castro. 

     —Natasha, no sé qué… 

     —Lo sabes perfectamente – interrumpió. El soldado no sabía cómo, pero de pronto tenía algo en la entrepierna que le pinchaba. La mano de Tasha estaba pegada a su pantalón, y algo había en ella – He visto cómo la miras, y no me gusta un pelo. Te prevengo: vuestra habitación está justo enfrente de la nuestra, y a través de la ventana, veré todo lo que hagáis. Si se te ocurre propasarte lo más mínimo, si se te ocurre correr la cortina, me enfadaré. – Víctor era consciente de que estaba retrocediendo delante de una mujer de metro sesenta entrada en kilos, pero que tenía algo afilado muy cerca de sus cojones y era muy capaz de subir la mano desde allí a las tripas. 

     —Tasha, sé que no te caigo bien, pero, ¿en qué concepto me tienes? ¡Yo sería incapaz de hacerle, a tu hermana ni a ninguna mujer, nada que ella no quisiera!

     —Por si acaso, tú procura no hacérselo ni aunque quiera. ¿Estamos? Para “esto”, no hay prótesis que valgan. – Retiró la mano. Víctor sintió el alivio como una corriente cálida que le bajaba por la columna a los muslos. “¿Mi deseo, o mis huevos?” se preguntó. Y cuando vio a Sonya llegar corriendo, toda sonrisas y pechos bamboleantes, tuvo que colocarse la bolsa frente al cuerpo para que Tasha no viera cuán difícil era la decisión.





      En otro tiempo, en otro lugar, y en otro planeta…

          —…Por consiguiente, y dado que en el condicionado aparecen especificados los daños eléctricos como cubiertos por la póliza, solicitamos la revisión de la decisión por ustedes tomada, a fin de corregirla y evitar así que, como clientes, tomemos otro tipo de medidas en consecuencia. – Trudy hizo una pausa para mirar a su jefe, que fumaba con la mirada un tanto perdida. Éste asintió y le hizo una seña para que siguiese leyendo – No sólo nos abocarían a abandonar la compañía sino que además, dado que no cumplirían sus propias condiciones contractuales, nos veríamos obligados a tomar medidas legales. Anticipándoles las gracias, se despide, etcétera, etcétera.

      —Trudy, mi vida, me ENCANTA que mi ordenador se haya quemado por el corte de luz, si a cambio tú me lees toda la correspondencia. – Zacarías suspiró, y su mano delgada y llena de anillos devolvió el cigarrillo a sus labios. Trudy resopló, con los ojos en blanco. – Y ya si pudieras hacerlo un poquitín más despacio, y con un tono de voz así como si…

      —NO. Señor Figuérez, que tenga que tomar nota de sus cartas y leérselas, es una cosa, porque es mi obligación, pero si quiere una charla guarra, llame a un 902. 

     —¿No querrás decir a un 806?

     —No, en un 902 le dejarán más jodido, créame. – Gertrudis se levantó para ir a su mesa y allí pasar a máquina la carta, cuando de nuevo se fue la luz; últimamente esos cortes eran frecuentes y se estaban convirtiendo en un auténtica molestia, y más porque el despacho de Zacarías era interior, no tenía ventanas y no llegaba nada de luz de ninguna parte. – Oh, genial. Ahora, encima voy a tropezar con cualquier cosa y me la voy a pegar. 

      —Espera, no te muevas. – contestó la voz ronca de Zacarías. -Buscaré mis cerillas. Mientras tanto, agárrate aquí, es el brazo de la silla. 

     Hubo un largo momento de silencio. El suficiente para pasar de un apenas pronunciado “grac…” a una duda, una conclusión y una indignación. Y a eso le siguió el ruido inconfundible de una bofetada a mano abierta. 

      —¡Ay! – se quejó Zacarías, y en ese momento volvió la luz. Gertrudis se soplaba una mano y mantenía la otra lo más separada de sí que podía. 

     —Enseguida paso su carta a máquina, sr. Figuérez. Pero antes, voy a lavarme la mano con un cepillo de raíces y salfumán, si no le importa. 

      —¡No lo comprendo! – se lamentó Zacarías, sin molestarse lo más mínimo en disimular la tienda de campaña que le hacía el pantalón – Si a mí una mujer me dijera “agárrate aquí, es el cojín del sofá”, y resultase ser su pecho, ¡a mí me encantaría! ¿De verdad no te ha gustado ni un poquito?

     —NO. Ni un poquito. 

      Zacarías suspiró. Su cara de tristeza hacía pensar en un pastel chafado. “Habrá que pensar en otra cosa”, se dijo.



*************



      Por el pasillo, camino a la habitación, Sonya se le iba comiendo con los ojos. Aprovechaba que su hermana y Raji iban delante de ellos para irle tocando el culo a cada paso. Víctor no sabía si abandonarse al gusto y la travesura o ser prudente, pero al fin llegaron a su cuarto; se despidieron de Raji y Tasha y se encontraron a solas en la habitación. 

     —¡Por fin! – gimió Sonya y se lanzó a por la boca de Víctor, pero para su sorpresa, éste la frenó. 

     —Tu hermana tiene el cuarto de enfrente. – dijo muy deprisa. Si no avisaba a Sonya de la situación cuanto antes, no estaba seguro de que él mismo pudiera detenerse. 

     —¿Qué? No… - miró por la ventana, y les vio llegar a su habitación. En el último momento, Tasha se volvió, y al distinguir a su hermana pequeña asomada a la ventana, saludó. Sonya forzó la sonrisa e hizo lo propio. Se apartó de la ventana y el semblante le cambió tan rápido que hubiera podido obligar a revisar la definición de la velocidad de la luz. - ¡Será… clueca! ¡Madrona, cotilla, dominanta! ¡Si no fuera por lo que es, si no fuera porque los palos te los ibas a llevar tú, ahora mismo metía a seis tíos aquí!

     Víctor sonrió. Como estaban tras la puerta, fuera del campo de visión, aprovechó para abrazarla por los hombros. 

     —Tengo una idea. – Sonya le miró. En sus ojos había tanto esperanza como la travesura del niño que se dispone a hacer exactamente lo que le han prohibido – No quería decírtelo hasta ver si tú estabas de acuerdo, pero ya veo que lo estás. Verás… 



     —Nenita, ¿no te parece que exageras un poco? – preguntó Raji, ya acostado en la cama, en el lado más alejado de la ventana – A fin de cuentas, tu hermana es mayorcita… si quisiera divertirse con alguien, bueno, yo creo que estaría en su derecho. 

     —¡Cómo se nota que no es tu hermana la que está compartiendo cama con un viejo verde! – le reprochó. – No me importa que Sonya se acueste con alguien si lo desea, claro que no. Es sólo que teniendo a cualquier hombre que quiera, no va a hacerlo con ése. – Raji sabía que no era verdad; cualquier hombre o ente masculino que se acercase a su hermanita pequeña, sería de inmediato desagradable para Tasha. Nunca había aceptado a ninguno de sus novios, y todos le parecerían poco para ella. Pero se lo calló. Si había alguna esperanza de dormir sin calzoncillos esa noche, no era haciendo enfadar a Tasha como lo iba a conseguir. – Ya se van a dormir. 

      —¡Estupendo! ¿Podemos nosotros también…?

     —Se acuesta él primero, frente a la ventana. – Raji resopló y, de mala gana, pasó otra página del libro holográfico que leía. – Ajá, le da la espalda. Y ella se acuesta también de espaldas a él. Bien. Me parece que Víctor entendió el mensaje. – su marido quiso de nuevo decir algo, pero Tasha continuó – Me quedaré vigilando un ratito más. Por si acaso. 

     Media hora más tarde, Tasha abrió los ojos, alarmada por un gruñido. Era Raji. Se había quedado dormido en mala postura y estaba roncando. Sonrió. Echó una última mirada hacia la ventana, y se sintió aliviada. Estaba muy oscuro, pero podía ver perfectamente las siluetas de Víctor y Sonya, inmóviles en la cama. Echó la cortina de su cuarto y se metió bajo las mantas calientes; intentó hacerlo con mucho cuidado, pero apenas se movió:

     —¿Ya es la hora? ¿Hay que abrir? – saltó Raji, con los ojos pegados. 

     —No, cielo, duérmete. – el perista bostezó. 

     —¿Ah… ya te cansaste de espiar? 

     —¡Yo no espío! – se indignó Tasha – Yo sólo velo por la seguridad de mi hermana pequeña. 

     —¿Sí? Pues yo tengo aquí otra “hermanita pequeña”, y hace tres días que nadie vela por ella. – La mujer sonrió y le abrazó bajo las mantas; Raji la tomó de la mano y la llevó a su miembro, que ya empezaba a agitarse. – Mmmh… anda, nenita, mima un poco a tu ratoncito, eso es…



      —Lleva mucho rato sin moverse – dijo Víctor; vuelto hacia la ventana, podía ver la silueta de Tasha. – Para mí que se ha quedado frita. 

     —¿Entonces, bajo ya? – preguntó Sonya, de espaldas a él, en el otro lado de la cama. 

     —Sí. Baja y mete las bolsas, enseguida voy yo. – Con una risita, Sonya se escurrió por el lado de la cama hasta el suelo y, amparándose en que el cuerpo de su amigo la tapaba por completo, metió bajo las mantas las bolsas de ropa para simular el volumen de una figura humana. Después, a gatas, llegó a la zona protegida de la puerta. Allí habían extendido la colcha y una manta térmica que había en el armario de la habitación. 

      Cuando oyó que Sonya se deslizaba hasta la zona segura, empezó a moverse él. En su caso, era una operación algo más difícil, porque sus piernas inútiles le estorbaban más que ayudarle, pero su amiga había tenido la idea de colocar los cojines de la cama y el sillón en su lado del suelo. Víctor se deslizó por el borde, pero en lugar de bajar las piernas en primer lugar, puesto que no podía servirse de ellas, se apoyó en los brazos y luego tiró de la cadera. Sus piernas cayeron sobre los cojines, que enseguida metió bajo las mantas para dar el pego. Sabiendo que la sombra de la cama ocultaría su forma, se volvió. La silueta de Tasha no se había movido un milímetro; estaba dormida, era indudable. 

     —Víc-toooor… - oyó el canturreo de Sonya y se arrastró hacia ella. Como la noche era muy fría, esperaba encontrarla envuelta en la colcha y tapada con la manta, pero lo que distinguió en la penumbra le hizo sonreír y abrir mucho los ojos. Ella le esperaba sobre las mantas, sólo con el camisoncito y las piernas abiertas. Se apoyaba sobre un codo, para verle llegar, y tenía la mano derecha en su sexo. 

     —Hmmm… Sierpe a base, divisamos objetivo. Preparados para atacar. – La mujer se rio en voz baja y un escalofrío se apoderó de ella cuando sintió los labios del soldado, y el fino vello de su barbita redonda, besar sus tobillos y lamer su piel, en sentido ascendente. Aquella boca cálida hizo un camino de besos por su pierna, hasta llegar al muslo, acariciando también la pierna izquierda con la punta de los dedos, haciendo cosquillas suaves. “Qué ganas de tocarte” pensó el antiguo militar “Qué ganas, qué ganas tenía de tocarte”. A besos y mordiscos cariñosos, llegó a la mano con la que Sonya se cubría el sexo. Estuvo a punto de besarla también, pero la joven le acarició con ella la cara, y a Víctor casi se le salió el corazón, ¡qué mano tan suave y cálida, qué caricia tan dulce! Sus ojos se cerraron de placer y le besó la muñeca, pero al abrir los ojos, los desorbitó: no llevaba bragas. 

     El soldado sonrió con picardía y miró a los ojos a su amiga. Ésta le abrazó con una pierna en medio de una risilla de timidez, y él dejó caer su boca sobre el sexo desnudo, y lo besó. Un beso corto, y un gemido. Un segundo beso, y empezó a mover su lengua sobre el indefenso clítoris, haciendo cosquillas en él, lamiéndolo y haciendo que Sonya se derritiera viva. 

     —Oooh… oooh, Víctor… sigueee… - pidió la joven. Su cuerpo, colmado de placeres, quería tumbarse por completo, pero a la vez no quería dejar de mirar cómo él le chupaba con expresión de deleite. Cuando no tenía los ojos cerrados de gusto, era para mirarla con lujuria. Sonya apenas podía aguantarle la mirada, esos ojos tan llenos de fuego hacían que su estómago girara, que su cara se pusiera escarlata hasta las orejas, que temblara como una inocente novatilla. El soldado lo sabía y por eso no era capaz de dejar de mirarla, estaba guapísima con esa carita de timidez, cada gemido suyo le partía el alma. Pescó el clítoris entre los labios y succionó. La mano de Sonya se crispó en sus cabellos grises y su pierna dio un temblor. - ¡Sí! ¡Mmmmh, más! ¡Por favor, más!

     Víctor se moría de deseo, pero no pensaba parar, siguió chupando y una mano se perdió bajo su camisón, buscando sus tetas. Las acarició y apretó, pellizcó los pezones y tiró de ellos mientras sus labios abrazaban la perlita de su chica y su barba y bigote se frotaban contra su vulva. Sonya comenzó a temblar, y sus ojos se cerraban por más que ella intentase conservarlos abiertos. Su compañero gimió, de puro placer por darle placer a ella, y sus miradas se encontraron. En medio del indefinible gusto que sentía, ella vio la sonrisa en sus ojos; los dedos de Víctor reptaron desde el pecho hasta su sexo y se metieron en su intimidad. Hasta el fondo. 

    Fue fulminante. Sonya se estremeció, tembló, y sus ojos emitieron chispas, luchando por no apartar la mirada de los de su compañero, que ni parpadeaba. El placer la superó, el gozo dulce la invadió de pies a cabeza como una ola de calor que la hacía vibrar y retorcerse, y al fin la dejó satisfecha, con su coño palpitando en torno a los dedos de su amante y a los labios con los que él aún le besaba el clítoris. “Se ha corrido mirándome a los ojos” pensó Víctor, todavía con la boca pegada a su sexo, empapado hasta la barbilla de flujo, “He visto cada momento de su placer, la he visto poner carita de sorpresa, de desamparo, de placer, de tocar el cielo, de descanso… Nunca había visto nada tan bonito”. 

     La mujer se dejó caer por fin de espaldas, jadeante, sudorosa. Había sido increíble, delicioso, uno de los mejores orgasmos de su vida. Oyó cómo Víctor se limpiaba un poco la barba y la boca contra el vuelo de la manta, y manoteó hacia él. Su amigo se tendió a su lado, todo sonrisas. 

     -Víctor, ha sido superduuulce… - gimió. – Déjame chuparte a mí también, quiero darte mucho placer. 

     El soldado sonrió, encantado con la propuesta, y entrelazó los brazos en la nuca. Sonya le dio un besito en la cara, en la barba; él separó los labios, pero no le besó la boca, se apartó un poco, riendo. Con un gemido de protesta, Víctor sacó la lengua y aleteó con ella, quería su beso. La joven le acarició la lengua con la suya, primero sólo la punta, después se dejó besar y su lengua exploró la boca de su compañero. Éste saboreó el beso, la boca de Sonya sabía a menta dulce, a ternura, a pasión y a calor. Su pene estaba pegado a su tripa. La mujer le soltó la boca y con mucha suavidad, fue besando su cuello, su pecho desnudo cuyo centro estaba lleno de vello entre negro y gris, y su tripa redondita. Sabía que, desde su retiro, no estaba en muy buena forma, pero eso a ella no pareció importarle; la lengua de la mujer se deslizó por su barriga como por un tobogán, dejando un reguero de cosquillas y ganas, hasta sus boxers, y le despojó de ellos. Bajo la prenda, la erección de Víctor se alzaba orgullosa. Más ancha en el tronco que en el glande, con la base cubierta de fino vello gris, parecía exigir que se ocupasen de ella. Sonya la contempló por unos momentos, la abrazó con su mano y deslizó con mucha delicadeza la piel hacia abajo, hasta descubrir la rosada punta. Centímetro a centímetro, bajó su cara hacia ella, y sacó la lengua, acarició el aire sin apenas rozarla, y Víctor creyó volverse loco de deseo y frustración, pero cuando ella por fin le lamió, un gemido le vació el pecho. ¡Lemmy…! ¡Qué suavidad, qué gusto!

     Oyó la risa de la mujer, y sintió de nuevo su lengua, haciendo cosquillas en su glande, aleteando sobre él como antes él hiciera con su clítoris. Un maravilloso picorcito recorrió todo su bajo vientre. Sonya le miró y sin dejar de mirarle, la alojó en su boca. 

      —¡Ooooh! ¡Mmmmmmmmmh… así, así! – pidió Víctor, incapaz de sentir otra cosa que aquélla húmeda y cálida boca que abrazaba su polla y se bebía su deseo. La joven empezó a subir y bajar, mientras con una mano le frotaba el tronco, le acariciaba los huevos y los muslos, y con la otra le abrazaba la barriga y le acariciaba el pecho. El soldado no pudo resistir aquélla manita haciendo cosquillas en su piel y la agarró con la suya, apretándola. Sonya le sonrió con los ojos, sin dejar de succionar su polla. El hombre sabía que no aguantaría mucho más, y se lo dijo – Sonya, por… favor. Quiero correrme. Por favor, déjame correrme en tu boca... 

      La mujer le miró con ternura, y comenzó a frotarle con mayor intensidad. Su boca se centró en el glande, aspiró de él mientras lo lamía con tanta pasión que la saliva le goteaba de los labios y se escurría por el tronco. Víctor se apoyó en un codo para mirar sin perder detalle, y conservó la mano de su amiga entre las suyas. Ahora entendía cómo ella se había corrido con tanta rapidez: mirarla a los ojos mientras ella te abrazaba la polla con los labios era una verdadera tortura, ¡pero deliciosa! Notó cómo el cosquilleo y el hormigueo crecían y se cebaban en su glande, querían estallar, y empezó a gemir de modo más evidente, mientras una sonrisa boba se abría en su cara. Sonya lo vio y le acarició con el pulgar la mano que él apretaba. Víctor la llevó a sus labios y la besó. Y en ese momento, ella bajó de golpe y se la metió hasta la garganta. 

      ¡Víctor gimió, los ojos desorbitados de placer, y todo su cuerpo convertido en mantequilla! Una potente descarga de semen fue absorbida por la boca de Sonya, mientras él temblaba entre sus labios y notaba el feroz placer sacudirle entero, corriéndose a golpes que le tiraban de los riñones y le encogían los dedos de los pies. Haaaaaaaaah... ¡qué placer! ¡Qué placer! Una parte de sí mismo quiso dejarse caer rendido, pero otra más poderosa tomó a Sonya de los hombros y la hizo tumbarse con él en medio de un beso, estrujándola de los hombros y frotándose contra ella, abrazándola en un apretón casi desesperado. Oyó que ella se reía, complacida y con cierta sorpresa, y le pareció que su corazón se volvía del revés cuando ella le apretó a su vez y le dio un montón de besos. 

     Quería hablar con ella, quería ponerse tierno y decirle que le gustaba mucho. Quería sacarle una promesa, una esperanza de seguir viéndose cuando terminase el mercado, pero sus manos pensaron sin él, y se dirigieron a las nalgas de Sonya. Las apretaron y ella gimió y asintió. Su dedo corazón se perdió más allá de ellas, encontró un agujerito mojado y allí se metió a jugar, en medio de los gemidos sonrientes de Sonya. Antes de poder darse cuenta, ella le había montado y se frotaba en caricias lúbricas contra su polla, aún erecta. 

     —Todo el día suspirando por tu tranca. - susurró la joven – Todo el día soñando con acariciarme con ella así… - la tomó con una mano y la paseó por su coño húmedo y calentito, tan suave como la seda. Víctor sonrió, deseoso, sus manos paseándose por los muslos de su compañera. Esta se alzó y colocó su miembro justo en la entrada, y las manos del soldado apretaron la carne de la mujer. – Todo el día deseando ensartarme y brincar sobre ella, ¡todo el día cachonda como una perra y queriendo metérmela, joder! 

     El hombre se rió, pero la risa se convirtió en un grito de pasión cuando ella se dejó caer de golpe y se metió en sus entrañas. Una corriente de placer les hizo temblar, y cuando ella empezó a brincar, los gritos ya no fueron esporádicos. Víctor la tomó de las caderas y ella se apretó las tetas, saltando como una loca sobre su virilidad. El soldado acababa de correrse y podría aguantar un poco, pero ella estaba casi a punto, casi a punto... Víctor se lamió el pulgar y lo llevó al clítoris de su amiga. 

      —¡Síiiiiiiiiiiiii…. Sí, ahí! ¡Ahí! ¡Ahí! – gritó sin cortarse un pelo. Podía sentir a la vez un placer delicioso cebarse en su interior, y un cosquilleo dulcísimo torturar su exterior. Su gozo llegaba, y lo anunció – Me… me voy a correr… ¡me voy a correr! ¡Me estoy corriendoooooooooooooooh!

     Si de Víctor hubiese dependido, lo habría grabado. Un fuerte apretón en su polla le indicó que su compañera no fingía, estaba gozando, ¡se corría en su polla! Sonya se frotó en círculos lentos y espaciados sobre el miembro del soldado, gozando, sintiendo los maravillosos escalofríos y las olas de gusto inmenso que nacían en su vagina y estallaban por todo su cuerpo; las cosquillas enloquecedoras de su clítoris que le ponían los ojos en blanco, la tierna sensación de calor y calma que la dejaba en la gloria. Con un gemido, se tumbó por completo sobre Víctor y le dedicó mimos. Las manos del soldado recorrían su cuerpo sudado en caricias ansiosas que le abrasaban la piel, y lentamente la fue colocando debajo de él. Quería saciarse, después de lo que había visto no podía parar. 

      Víctor se abrazó a los hombros de la mujer, y ella le apretó contra sí, entrelazando los dedos a su espalda, y enseguida acariciándosela, llegando hasta las nalgas suaves. Él empezó a empujar. Despacio. Las piernas no le brindaban casi ningún apoyo y tenía que tirar sólo de las caderas, pero no le importaba, lo prefería así, quería saborearlo. Quería correrse con ella debajo de él, abrazándole y mirándole con esa sonrisa tan tierna. Notó cómo ella le abrazaba con las piernas también, sus pies le acariciaban las pantorrillas, y sonrió. Su polla entraba y salía con toda lentitud de un sitio maravilloso, un lugar mágico, caliente y dulce, apretado y húmedo, que le abrazaba a la vez con cariño y con lujuria. Allí no importaba si él era un inválido, si tenía que usar esqueleto externo, si le habían licenciado del ejército, si estaba solo. Allí le aceptaban tal y como era, allí no había lástima ni compasión, allí no estaba solo. Se dio cuenta de que se estaba metiendo en un sitio mucho más hondo que su coño, y no era el único. Sonya le miraba con arrobo y las lágrimas brillaban en sus ojos. 

     —Sonya… - logró articular, y sintió que el placer le rendía, le derretía desde los riñones quemándole la columna. – Sonya, nena, Sonya, Sonyaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah…. 

     Ella gimió y le agarró del cabello para besarle. Sus lenguas se entrelazaron en una caricia sedienta y se abrazaron con fuerza. Ninguno de los dos quiso pensar.



      —¿Cómo que le vas a ayudar? – dijo Tasha – Se suponía que venías para echar una mano aquí. 

     —Vamos, Tasha… ya he venido otras veces, y al final me acabo quedando en un rincón, porque nunca hace falta que ayude en nada. Víctor me ha pedido que le ayude en su puesto, y me pagará. Si veo que estáis desbordados, vengo, ¿vale? ¡Venga, hasta luego! – y salió corriendo.

     —¡Niña! Será… - Natasha se indignó, pero no podía abandonar el puesto para ir tras su hermana, así que no le quedó otra más que aguantarse, pero iba a ver luego esa cría, iba a tener una buena charla con ella. – Raji, si te estás riendo, te la ganas tú, ¿eh?

     —¿Yo, nenita? – dijo el perista - ¡Pero si… pero si sólo es que... pfffh…! – y estalló en carcajadas. - ¡Reconoce que sabe torearte, ratoncita! 

      A la mujer no le gustaba admitirlo, pero tenía razón, y como estaba de buen humor por lo de anoche, también ella se rio. 

      Sonya llevaba un vestido, el único que tenía en su vestuario lleno de pantalones, y que se había traído por si algún día cenaban fuera. Víctor lo había visto y casi le había suplicado que se lo pusiera. Luego le había dicho si quería usar de nuevo la mariposa, tenerla puesta todo el día, y la joven había accedido. De eso hacía un par de horas, y el soldado estaba gozando como un loco viéndola despachar clientes en su puesto de retroporno mientras el juguete le daba gustito en el coño. 

     La joven se sentía como si flotara, ¡era maravilloso! Le parecía que cada vibración era mejor, cada suave pasada de los cepillos le daba más y más placer, y su rajita, incapaz de contener tanto gozo, goteaba de vez en cuando. Estaba toda roja, con los ojos brillantes, la mirada perdida, y una sonrisa tonta. Y eso fue lo que hizo que los agentes sospecharan que, como les había dicho el guardia del control, estaba drogada. Uno de los dos, el chico, incluso se había acercado a hacer una compra para asegurarse, y a pesar de que se la había quedado mirando un rato de más – para indignación de su compañera – había concluido que era verdad. 

      —Es un cuadro médico de los efectos de jump, mirada vidriosa, hilaridad sin motivo, aspecto de goce sexual… - dijo el joven. 

      —Sí, eso seguro que te ha quedado clarísimo, no le apartabas la mirada. – protestó ella. 

     —Oh, Pie, no seas pesada, ¡uno no es de piedra!

     —Bien, la hemos tenido vigilada todo el rato, el único con el que ha estado desde hace horas es el dueño del puesto, ha tenido que pasárselo él. 

      —Vamos a por él. 

      Víctor se sentía feliz. Las ventas iban bien, pero eso no era lo más importante. Lo mejor, es que Sonya había elegido trabajar con él. Él apenas se lo había sugerido y ella había aceptado encantada; es cierto que no habían hablado nada acerca de algo a largo plazo, pero el que ella quisiese estar con él, le parecía muy buena señal. En aquél momento las ventas estaban tranquilas, y le sugirió a Sonya acercarse a por un par de refrescos si a ella no le importaba quedarse sola atendiendo. La joven aceptó, y él se fue; también podía estar tranquila respecto a la mariposa: alcanzado el tercer orgasmo, tardaría un buen rato en activarse de nuevo. 

     Llegó a la máquina de refrescos, e hizo ademán de sacar la tarjeta, pero una mano se lo impidió. Se trataba de una mano que empuñaba una placa de policía, así que era preferible prestar atención. El joven no sonreía cuando le preguntó su nombre, ni tampoco cuando él se lo confirmó. 

      —Va a tener que acompañarnos a comisaría, señor – dijo otra joven policía. Esta no era humana, su tono de piel entre rosado y verde la delataba como una herbos, pero sus palabras eran lo alarmante.

      —¿Qué? ¿Por qué? ¿Es ahora delito vender retroporno?

     —No, señor, es delito vender jump. Viene con nosotros como sospechoso de venta de estupefacientes. 

     —¡¿Qué?! – Víctor intentó resistirse - ¡Esto es un error, yo soy un militar condecorado, no un camello! ¡No perdí las dos piernas en Xaú-Biget para que ahora me arresten por menudeo!

     El joven hizo un movimiento y el soldado notó la presión de un cañón en sus riñones.

      —Haga el favor de acompañarnos sin armar escándalo, señor. – Víctor notó las esposas en sus muñecas y supo que se lo llevaban. Una acusación por tráfico de jump era seria, se trataba de una droga peligrosa y cuando la policía mordía algo así, aunque uno fuese inocente, tardaba en soltarlo, porque no se trataba de que ellos demostrasen tu culpabilidad, sino de que tú demostrases tu inocencia. En la mayor parte de los casos, era difícil para un detenido comunicarse con el exterior durante el tiempo que durase el arresto, que podía ser un mes, o un año. Se volvió y acertó a ver a Sonya, que le miraba con extrañeza, y se le cayó el alma a los pies. Sabía que no debía, si no quería meterla en el lío también a ella tenía que darse la vuelta y echar a andar, pero su corazón recordó y actuó por él. Alzó las manos para que ella viese las esposas, la pareja de policías tiró de él, y mientras le arrastraban, gritó:

      —¡Sonya! ¡TE QUIERO! - Y la joven lloró y echó a correr hacia él. En su puesto, Tasha se quedó con un pastel de carne a medio camino entre el mostrador y el comprador. Estuvo a punto de dejarlo caer, pero en lugar de eso, echó a andar a grandes zancadas hacia el grupo, sin soltarlo, y el comprador se fue tras ella, intentando decirle que se lo diera, y Raji se fue tras los dos, para intentar parar a su mujer. Sonya llegó hasta Víctor y le besó, metiéndole la lengua en la boca, con las lágrimas cayéndole de los ojos. – Sonya, se me llevan. Espérame, ¿me oyes? 

     Pero la joven parecía a punto de tener un ataque de histeria, negaba con la cabeza, abrazada a él, y no dejaba de llorar, y por más que la pareja de policías intentaba separarla de él, ella no le soltaba. Cada vez más gente se estaba arremolinando en torno a ellos, y en ese momento llegó Tasha y le estampanó a Víctor el pastel de carne en plena cara. 

      —¡Cerdo violador! ¡Viejo verde! ¡Pederasta! – le insultó, mientras el hombre que había intentado comprar el pastel no dejaba de quejarse. - ¡Y usted váyase a la mierda con su pastel, tío pesao, ¿no ve que acaban de violar a mi hermana?! 

     —¡CÁLLENSE UN MOMENTO! – todo el mundo se sobresaltó, y la pareja de jóvenes policías se cuadró. Un tercer detective, no muy alto y pelirrojo, era quien había hablado. Parecía imposible que ese torrente de voz saliese de un cuerpo tan delgado y pequeño, aún más bajito que la propia Tasha, pero así era. El detective se puso a aplaudir con cinismo  – Fenómeno, chicos, una detención de primera. Os habéis ganado un suspenso del tamaño de un anillo de Saturno. Usted – se dirigía a Víctor – Es sospechoso de haber drogado a ésta señorita. 

     —¿¡Drogado?! – se escandalizó Natasha, y Raji la tomó de las manos para intentar tranquilizarla y de paso, que no pusiera nerviosos a los demás. 

     —Señor, yo no he drogado a nadie. – contestó Víctor, chorreando grasa y carne picada – Soy licenciado con honores del ejército, con rango de capitán; combatí en las batallas de la guerra contra el jump, dejé allí las piernas, ahora me dedico a vender retroporno, ¡he dedicado toda la vida a combatir esa maldita droga, lo último que haría sería venderla! Y menos a ella. 

     El detective asintió. 

     —Señorita, yo mismo la he visto esta mañana, y tenía usted todos los síntomas de estar drogada, ¿puede probar que no lo estaba? – preguntó, dirigiéndose ahora a Sonya. Ésta se ruborizó. Claro que podía, pero no era así de fácil explicarlo. Miró a Víctor, y a éste se le escapó la sonrisa. Y a ella también. 

      —Sí, señor, puedo. – metió la mano bajo el vuelo del vestido y, ante el horror de Tasha, sacó la mariposa vibradora y se la tendió. – Llevaba esto puesto. E-es un estimulador sexual, me producía placer, y eso, pues… pues… 

     —No es necesario que continúe, señorita. – sonrió el detective, y le mostró el juguete a la pareja de jóvenes policías – Un juguetito para adultos. Claro, esto vosotros no lo conocéis, pero quizá vuestras mamás debieron tener uno en lugar de ir a enfangarse con un tío y traer a este par de cretinos al mundo. Cuando dije “aseguraos bien”, ¿se puede saber qué POLLAS entendisteis?

     La joven era lo bastante juiciosa como para permanecer callada y aguantar el chaparrón. Su compañero, no. 

     —Señor… vimos que… ¡tenía todo el cuadro de síntomas! 

     —Y no se te ocurre ir y preguntar, directamente se te ocurre detener. 

     —Bueno, yo estaba seguro que…

     —Estaba seguro, estaba seguro, ¡pues las seguridades te las metes por el ORTO! ¡PRUEBAS es lo que hace falta! – se volvió hacia Víctor – Señor, lamento la confusión. Este par de gilipollas todavía son polluelos. – le soltó las esposas, y Sonya respiró.

     —Entonces, ¿no se lo lleva? – preguntó, y el policía sonrió. 

     —No, señorita. Pero otra vez, para usar en público estas cositas, casi mejor si se me pone un cartel, ¿sí? Porque les venimos siguiendo desde el control de equipajes. 

    Sonya se sonrojó. Tras ella, Tasha resoplaba. Ahora lo entendía todo…

     —Raji, tráeme la olla grande, que yo a éste cerdo se la pongo por sombrero. 

     —Nenita, mira, ven un momento que hablemos, y luego lo discutiremos todo los cuatro con más calma… 

     —¿Qué calma, ni qué calma? – se lamentó Tasha, dejándose llevar pese a todo -  ¡Voy a hablar yo con el policía ese, y lo va a detener por violación, por corrupción, por… por lo que sea, pero yo hago que lo detengan! ¿Pero tú has visto lo que le había puesto a la niña?

     —Sí, cielo, pero una “niña” de, ¿cuántos años…? – a regañadientes, al fin logró llevársela y Víctor y Sonya se quedaron solos. La mujer le dio un lametón en la cara, entre risas, y se besaron. 

      —Creo que es el beso más rico de mi vida – sonrió ella. Se abrazaron y volvieron al puesto mientras Víctor se limpiaba con el pañuelo. Empringado de carne y grasa, con la camisa llena de migas y pimientos asados, y se sentía el hombre más feliz del mundo. Es cierto que cuando hablasen con Natasha habría que soportar su cabreo, es cierto que había ido a enterarse del juego que se traían de la peor forma posible, es cierto que habría reproches, sí, pero a cambio ya no había duda acerca de él y de Sonya. “He sido soldado, he matado a hombres cara a cara, luchado cuerpo a cuerpo, he visto a compañeros morir a mi lado, tomado objetivos en inferioridad numérica, ido sin chistar a misiones especiales donde sabía que podía volver sin vida… y a lo que más me ha costado enfrentarme, lo que más miedo me ha dado en mi vida, ha sido la respuesta de una chica. Un mundo bien extraño”.