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lunes, 12 de junio de 2017

Placer Fugaz.

     Las huellas que dejaban en la arena de playa se difuminaban enseguida, apenas llegaba de nuevo el mar. “¿Seremos así también los humanos?” pensó Nato, uno de esos pensamientos que sabía que no tenían los otros chicos de su edad. “Intentando dejar huella de nosotros mismos, de nuestra existencia, pero esta sólo dura un momento antes de ser barrida por la Eternidad”. Le molestaba un poco tener esas ideas, pero ya había aprendido a callárselas; sus primos y los otros chicos ya le tenían bastante por un marciano con todo lo que aprendía y sabía, como para darles más motivos aún. Decidió dedicarse a prestar atención a la niña que paseaba junto a él, su prima Tercero.

     —Pues al final la película de anoche, no estuvo tan mal. Pensé que iba a ser un peñazo, pero me gustó – decía ella. – El malo actuaba muy bien.

     —¿Sabías que también era el guionista? Usaba dos nombres, el nombre español para firmar el guion y dirigir, y el nombre inglés para actuar, porque sonaba mejor. – dijo el chico.

     —Sí, me lo dijo mi padre después, que el nombre inglés era el “nombre artístico”. – A Tercero ya no le sorprendía que su primo, de sólo doce años, supiera las mismas cosas, y a veces más cosas, que los adultos. Renato siempre sabía de todo. A veces, demasiado de todo, como demostró cuando preguntó:

     —¿Te gustó por que actuaba bien, o te gustó él sin más?

     —Bueno… - como el sol rojo del atardecer les daba de costado y les bañaba en ese color, no era fácil saber si ella se había ruborizado, pero Nato sabía que lo había hecho.

     —No tiene que darte vergüenza, a mí me gustó la actriz, la que hacía de mala.

     —¿Esa? ¡Si tenía cara de serpiente!

     —Digamos que en su cara, me fijé más bien poco – sonrió el chico, y los dos se rieron en risas apuradas. La noche anterior fueron al cine de verano y vieron una vieja película española de terror. Igual que el villano protagonista salía a pecho descubierto en más de una escena, su novia hacía lo mismo en buena parte del metraje. La curiosidad por los encantos femeninos era una de las pocas cosas que Nato compartía con los chicos de su edad, y con Tercero tenía suficiente confianza para hablar de ello.

     —Secreto por secreto; sí, me gustó él sin más – admitió la niña.

     —¿Sabes que el que te guste es porque te recuerda a tu padre?

     —¿¡Qué?! – Tercero puso gesto de asco.

     —¡No digo que te guste tu padre en ese sentido! Pero fíjate en el malo, y en tu padre: espaldas anchas, robusto, peludo, tipo de boxeador… son muy parecidos. Es un hecho psicológico que, cuando una chica empieza a fijarse en chicos, inconscientemente busca patrones parecidos al paterno, porque se siente segura con ellos, y piensa que van a tratarla como…

     —Te garantizo que ése, no me recuerda a mi padre. – la voz de Tercero había cambiado en un segundo. De repente, no tenía nada del timbre infantil que la caracterizaba, se había hecho grave y parecía propio de una mujer adulta. Renato la miró, y vio que se había quedado inmóvil mirando un punto del horizonte, con los labios entreabiertos y los ojos muy brillantes. Siguió su mirada, y le vio.

     Un extraño montón de sentimientos golpearon el pecho del chico con un impacto casi físico. Rabia, envidia, dolor, autocompasión… la terrible consciencia de que nunca, jamás, sería ni remotamente como aquél hombre en ningún aspecto. Ni en altura, ni en belleza, ni en presencia física, fortaleza y no, tampoco en inteligencia. Renato, consciente de su propio intelecto desde muy temprana edad y que ya el curso anterior había empezado la carrera de Matemáticas y Ciencias Exactas, se sintió peor que tonto; se sintió un gusano.

     El desconocido salía del mar vestido sólo con un calzón negro. Era alto y calvo, y su piel atezada parecía relucir en tonos dorados, como si estuviera hecho de oro. Era armonioso y cada músculo de su cuerpo se perfilaba en su piel al moverse; parecía una estatua griega que se pudiera mover. A pesar de salir del mar, estaba completamente seco. Notó que los niños le miraban y volvió la cara. Una sonrisa de picardía apareció en su hermoso rostro y se acercó a ellos. Por instinto, Nato se colocó entre él y su prima, como hubiera podido hacerlo si se hubiera acercado un perro, pero el desconocido acentuó su sonrisa. Alzó dos dedos y los movió en el aire, y Nato sintió que le apartaban con desprecio, pese a que él no le tocó.

     Las rodillas de Tercero temblaban y sintió que se ruborizaba. No podía ni parpadear. El desconocido la miraba sólo a los ojos, y ella había oído acerca de los hombres que la desnudaban a una con la mirada, pero este no lo necesitaba. Este estaba desnudando mucho más que su cuerpo. Tercero tuvo miedo a la vez que sentía ganas de tomarle la mano y decir “llévame contigo”. De forma maquinal, agarró la mano de su primo. Cuando éste la apretó, la niña pudo soltar aire y pensar con claridad. Por primera vez, aquél hombre pareció tomar nota de la presencia de Nato y se dirigió a él.

      —Cuida bien de tu novia. – También su voz era bellísima. Grave, modulada, acariciadora, insultantemente hermosa.

     —No es mi novia. – espetó el chico. El desconocido le dedicó una mirada extraña. Parecía reírse de un chiste que sólo entendiera él.

     —Así será, puesto que tú lo dices. – Nato tiró de la mano de su prima y los dos niños se fueron corriendo de allí. Tercero estuvo a punto de volver la cabeza en más de una ocasión para mirar por última vez a aquél hombre, pero se contuvo. Ninguno de los dos mencionó aquello de nuevo.

     Bael los vio marchar sin retenerles. Hubiera podido quedarse con la niña si hubiera querido, pero el chico hubiera armado jaleo y habría tenido que matarle. No le convenía. Se agachó en la orilla y tomó agua del mar en el hueco de la mano. Con la izquierda, pellizcó el agua y la sacó convertida en tela de color azul. Después tomó un puñado de arena y lo estrelló contra la tela, y sobre la misma se formaron cenefas doradas. Extendió la tela y se la puso como un blusón que le llegaba un poco más abajo del calzón. Con el cuerpo que había elegido, en realidad daría igual si llevase papeles de periódico; estaría impresionante de todos modos. Echó a andar por la playa camino al paseo. La arena no se pegaba a sus pies descalzos.



     En casa de Nim y Magda, el cabo Arcadio Fugaz se acababa la taza de café que ella le había ofrecido mientras los tres hablaban en voz baja. No es que nadie les fuese a escuchar, pero se trataba de cosas que invitaban a ser conversadas en voz baja.

     —Si necesitas más, pídelo; sin problema – decía Nim.

     —Fugaz, te lo digo de nuevo: yo puedo ir a hablar con Aura. No es que seamos amigas, pero ya que ella ha hecho algo por mí, estoy dispuesta a lo que sea.

     —Muchas gracias, pero no. Creo que no será preciso.

     —Tío, si llega a serlo y no lo dices, no me sentará bien. – apostilló su compañero, y Fugaz sonrió. En ausencia de sus padres, el resto de agentes no sólo eran compañeros y, por más que supiera que el mejor amigo de Fontalta siempre iba a ser el sargento Buenavista, sabía también que podía contar con él de todas-todas. Se terminó su café y recogió el paquetito de papel albal que el cabo le había preparado, y con él subió a su casa. Ya en ella, hizo algo que era poco usual en la casa-cuartel y que sólo se hacía de noche o, como era el caso, cuando uno estaba haciendo algo en lo que no deseaba ser molestada: cerrar la puerta de casa.

     Arcadio Fugaz había tenido una aventuracon Aura, la mujer que regentaba el chiringuito de la playa y de quien se decía que era bruja. Él sabía que era cierto, y no sólo porque ella se lo hubiese confesado. Después de un par de encuentros sexuales, ella le había dejado. Según decía, porque se había cansado de él, porque ya “se había dado el capricho”, pero la nariz de policía de Fugaz le decía que había algo más hondo allí, y también su orgullo masculino le exigía razones que Aura no le daba. Pero creía conocer un modo de averiguarlas.

     En las veces que habían hecho el amor, ella se había introducido en su mente y recogido de ella un sortilegio que también ella misma había puesto allí. La primera vez que lo intento, Arcadio, sin saber cómo, logró encerrarla en su mente. La segunda vez, ella fue tan delicada y rápida que no lo logró, pero sí notó que había entrado, algo, según le hizo entender la propia Aura, que jamás había notado nadie. Sabía pues, que a la hora del sexo, tenía posibilidad de contactar con ella de algún modo. De lo que no podía estar seguro es de si sería en toda clase de sexo, porque Aura no iba a prestarse a hacer el experimento con él, de manera que tendría que intentarlo él solo; para ayudarse, había pedido a Fontalta parte de la hierba que sabía que tenía (lo sabía él y lo sabía medio barrio, pero el único que sabía a quién pertenecía el pestazo, era Fugaz). Esperaba que le diese el empujoncito de inconsciencia que necesitaba.

     En el salón de su casa, se desnudó casi por completo y se encendió el porro. Había pensado en mirar algo por internet, pero pensó que era preferible dejar actuar a su cerebro sin interferencias; si se excitaba pensando en Aura, sin duda podría llegar a ella más deprisa. Pegó una calada y el humo le hizo toser. Hacía un par de inviernos que no fumaba y desde luego nunca había tenido una hierba como aquella. Fontalta le había asegurado que era maría, no hachís, y él se fiaba pero, jodó, cómo pegaba. Una calada y ya estaba medio ido. Se recostó en el sofá y dejó que sus ideas vagasen hacia Aura.

     Recordó aquella vez en la playa de noche, cuando se metió bajo su falda y le besó el coño recostados contra la pared del chiringuito, sin importarles un cuerno si alguien, desde el paseo marítimo, miraba y les veía. Recordó la sal de su cuerpo, cómo el sabor parecía quemarle la lengua y el modo en que ella se reía y brincaba sobre su boca cada vez que él lamía. El modo en que ella gimió y sus muslos temblaron cuando él le metió la lengua y le frotó el clítoris con los dedos. Gimió al dar la segunda calada y ya no tosió. Su miembro se alzaba con cierta pereza; conservó el porro entre los labios y empezó a acariciarse, aún por encima del calzoncillo.

    Un travieso cosquilleo le hizo estremecer, y su polla pareció pedir más. Se bajó la prenda y dejó libre su erección. A pesar de que el deseo le pedía agarrarse y tirar con fuerza, se acarició muy despacio, buscando el frenillo, sin dejar de pensar en el cuerpo de Aura. Sus preciosas tetas, su gloriosa boca… aquella vez que la encerró en su mente sin querer, pudo sentir todo lo que ella sentía al tener sexo con él, ¡fue increíble! Dio un respingo en el sofá, su dedo había acariciado su punto más sensible y un escalofrío cosquilleante le hizo encogerse y gemir. Se sacó el porro de la boca y le pareció que flotaba. Sin dejar de tocarse, con el dedo índice aleteando en su punto dulce, miró el humo ascender en volutas e imaginó que él también era humo. Que podía flotar y volar. Podía salir de su casa por el balcón abierto y flotar por el cielo, recorrer la playa y mirar a la gente que recorría el paseo, hasta llegar a la casita blanca de Aura y entrar por su ventana. Allí podía verla. Estaba sacando hielos del congelador y echándolos en una jarra de cristal. Con mucho cuidado se acercó a ella y se metió en su oreja.


       En su casa, Aura estaba haciendo té frío cuando notó algo extraño en el ambiente, como si hubiera entrado un abejorro o algo así, pero antes de poder preguntarse qué sería, lo notó en su oído. Se llevó la mano al mismo, pero enseguida supo de quién se trataba.

     “Sólo soy yo” dijo la voz nasal de Fugaz, dentro de su cabeza “No te asustes, sólo soy yo. Quería verte, y como no me dejabas, se me ocurrió que quizá esto funcionara… parece que funciono”.  Aura oyó la risita y se forzó a conservar la frialdad. Fugaz no podía saber la verdad, pero estaba dentro de su cabeza. Si dejaba que la dominase la ira, sus motivos brillarían como un faro.

     “Yo no quiero verte a ti. Y no sé si te das cuenta de que has entrado en mi cuerpo sin mi permiso; señor policía, eso es un delito con un nombre muy feo, seguro que sabes cuál”. Pensó Aura y pudo sentir cómo Fugaz se avergonzaba ante la indudable razón de ella.

     “Lo siento… no lo sabía, ¡pero tenía que hablar contigo!” se disculpó “Me rehúyes, no me hablas, ni siquiera me miras, ALGO tenía que hacer. Podría entender que no quisieras seguir conmigo pero, ¿ni siquiera hablarme? ¿Qué daño te he hecho yo?”

     “No se trata de que me hayas hecho daño, Arcadio” contestó ella “Se trata de que…” intentó encontrar una razón de peso que justificase el no querer ningún trato en absoluto con él, pero no daba con ninguna que no pudiera ser rebatida. Acortó. “Mira, se trata de que no quiero volver a hablar contigo, me resulta incómodo y ya está, no es tan difícil entenderlo”.

     “Aura, te recuerdo que ya tuvimos esta conversación y te dije lo mismo que ahora: soy policía, sé cuándo me mienten. Pero es que ahora, estoy dentro de tu cabeza; si me dijeras la verdad, tendría que haber una luz que no hay”. El cabo, en el cerebro de Aura, se hallaba dentro de una vivienda muy oscura en la que había mesas y libros por todas partes, y muchas habitaciones cerradas y pasillos tenebrosos. No parecía un sitio acogedor salvo desde el punto de vista de un amante del terror gótico, pero aún así, él se había internado por aquellos pasillos. Cuando ella dijo que no quería verle, una luz lo iluminó todo por unos segundos, igual que cuando dijo “no se trata de que me hayas hecho daño”. La mente de Aura estaba envuelta en una densa oscuridad de secretismo pero, cada vez que decía una verdad, se iluminaba. La joven bruja estaba perdiendo la paciencia; no era nada cómodo hablar así con alguien, se cargaba toda la diplomacia, las mentiras piadosas, la delicadeza y la privacidad.

     “Podría matarte ahí dentro, no sé si lo sabes.” Dijo. “Podría mandarte a un monstruo de pesadilla y hacer que murieras dentro de mi mente. Nunca volverías a tu cuerpo, te quedarías el resto de tu vida como un vegetal”.

      “Pero no vas a hacerlo”. La voz de Fugaz no era de superioridad, sino de esperanza. “Sé que me ocultas algo, y sé que es grave. Mira, me da igual si no vuelves conmigo, ¡de veras! Pero para mí has sido más que dos revolcones, has sido una amiga, hace años que te conozco y me caes muy bien, aunque nunca más volvamos a acostarnos. Me gustaría ayudarte, si puedo”.

     Aura se sintió desarmada, ¿por qué tenía que ser tan estúpidamente bueno? ¿No podía darse por vencido y ya está? ¿No se daba cuenta que se estaba poniendo en el punto de mira de un demonio? No, no se la daba.

     Fugaz intentaba escuchar los pensamientos que Aura tenía. Sabía que estaba feo pero, caray, se había metido en su cerebro, no venía de una. No obstante, era como si Aura pensase por otro canal y éste le llegase mal sintonizado y a través de una tormenta. “Temoño” le pareció entender, pero no estaba seguro.

    Un bufido, y Sócrates, el gato tuerto de Aura, salió huyendo de la casa. La bruja supo quién se acercaba y su sorpresa hizo que empezasen a sonar alarmas en su cerebro. “¿Qué pasa?” preguntó el policía. “Debes irte, tienes que irte ahora”, le apremió Aura. Fugaz quiso contestar, oyó cómo Aura pensaba de nuevo, y antes de que terminase el pensamiento, Aura estaba allí con él. Se le abalanzó encima y le besó con lujuria.

     El beso le cogió tan de sorpresa como la presencia y más aún cuando ella le tumbó y cayeron flotando a un vacío sin fondo. “¿Qué…?” intentó preguntar el policía, pero Aura le sonrió y le montó. Estaba húmeda. Suave y caliente, muy caliente, y la sensación era plena de dulzura. De inmediato comenzó a botar sobre él, y sus tetas se movían al compás, en un bamboleo hipnótico mientras ella gemía y se sonrojaba. “Ooooh… Oh, Fugaaz…”

     El cabo no era capaz de pensar, sólo apretó las tetas de su compañera y se dejó llevar. El tacto de sus pechos era blando y cálido, y notaba cómo su polla era apretada de un modo maravilloso, cómo ella se movía con la única intención de complacerle, de vaciarle, ¡jamás se había sentido así, el placer era inmenso! Y entonces, cayó en que sí se había sentido así en alguna ocasión: cuando era adolescente y tenía sueños húmedos. Eran igual que esto; sin preliminares, sin preocupaciones de si su amante gozaba o no, de si la protección sería eficaz o no, de si…, sólo existía su placer y nada más. Sólo su placer, sólo… su… ¡placeeeeeeeeeeeer...! ¡Qué placer! Sus caderas dieron un último empellón y su polla se vació en medio de esplendorosas olas de gusto que le recorrían el cuerpo como caricias eléctricas y le estremecían de pies a cabeza. Su miembro latía en el interior caliente de Aura. Sintió frío. Y despertó.
    

      Abrió los ojos y le extrañó encontrarse en su casa, pero enseguida recordó lo sucedido. No había sido un sueño, estaba seguro. Estaba desnudo, empapado en sudor y un espeso   manchurrón de semen le escurría por el vientre hasta los muslos. Aún jadeaba y, cuando intentó incorporarse, las piernas le temblaron. No pudo evitar sonreír, había sido increíble, aún le zumbaba la picha hasta el culo y todavía estaba erecto.  No había sacado gran cosa en claro, pero ahora sabía con certeza no sólo que Aura estaba en un apuro, sino también que ella, por lo menos, sentía simpatía por él, al punto que había sido capaz de dedicarle un potente sueño erótico con tal de protegerle contra lo que fuera que la amenazaba a ella.


     La bruja y el demonio se miraron. Aura no se dejaba engañar por la imponente belleza física de Bael, sabía que en su interior no era más que una criatura malvada y envidiosa, de patas y cara de cabra, que sólo buscaba manipularla. Bael sonreía. Parecía encontrar aquello muy divertido, e intento traspasar el umbral de la puerta, pero apenas acercó la mano, la retiró al momento. La bruja luchó por no reír ante la cómica expresión de dolor y desconcierto de su adversario.

     —Cómo lo siento – ironizó – Pero no te puedes quedar en mi casa, no tengo sitio. – Se suele decir que “si las miradas mataran…”. En el caso de Bael, sí, su mirada mataba, pero se contuvo; sería más divertido cuando ella misma le suplicase que entrara. Y eso, él lo conseguiría. Se miró por un momento la mano y descubrió la piel quemada y con ampollas. No estaba acostumbrado a sentir dolor, ni a que nada pudiera dañarle, y aquello le indignó. Le puso la mano a Aura bajo la nariz con gesto de exigencia.

     —Si en lugar de asumir que puedes pasar, lo hubieras preguntado, no te hubiera sucedido. – El demonio le dio un golpe mental, y Aura volvió la cara, como si la hubiese abofeteado. Bael sonrió, pero la sonrisa se le cortó de golpe. Se llevó las manos al vientre y se dobló de dolor. Con aquello no había contado, y le dedicó a la bruja tal mirada de piedad que hubiera conseguir arrancar lágrimas a los tigres. Aura sabía que Bael era astuto, podía parecer inocente si le daba la gana, pero de cualquier manera no le podía matar, así que aflojó la presa. Bael notó que su estómago era liberado de la presa y pudo volver a respirar.

     —No has debido venir a mi casa, Bael. – advirtió ella – No has debido venir con una forma mortal a mi propio terreno. – El demonio sonrió de nuevo. “Arcadio Fugaz” pensó para ella. Aura trató por todos los medios que su cara no la traicionase. – Un hombre con el que me he acostado un par de veces para conseguir su semilla, eso es todo. No significa nada para mí.

     Bael había recuperado su expresión cínica de malvada sonrisa. Bajo la forma humana no hablaba si podía evitarlo y con Aura no lo precisaba, así que simplemente pensó en su cabeza: “Eso, lo averiguaré. De todos modos, si él no te importa, habrá gente aquí que sí lo haga. El chico que trabaja para ti. Tu gato. La niña cuya vida salvé para ti…”.

     —¿Qué quieres? Pide lo que sea y lárgate. – atajó la bruja. “Todo. Ya sabes lo que quiero, Aura; te quiero a ti sirviéndome. Quiero tu talento entre mis filas, y quiero a todo este maldito pueblo que te desprecia, debiéndome favores. Eso es lo que quiero y lo que tú me darás”. Aura sabía que no debía discutir con él; hacerlo era como alimentar a un troll: una vez le das un poco de pan, y ya no dejará nunca de acosarte para que sigas dándole comida hasta matarte de hambre. Tomó un aire indiferente.

     —Haz lo que quieras. Pero fuera de mi casa y de mi jardín; aquí no puedes quedarte. – Bael hizo un vago gesto con la mano sana, como si para él careciese de importancia, dio media vuelta y se alejó. Aura se obligó a sí misma a mirarle, quería comprobar que se marchaba de veras. Mientras lo hacía, una parte de sí misma que detestaba con todo su corazón, una parte de sí misma que chillaba como una mona estúpida, le estuvo recordando lo guapísimo que estaba Bael con forma humana y con esa camisa hecha de agua y con bordados dorados de arena, ¡hasta se veía cómo las olas ondulaban en el tejido, ¿se había fijado, eh, eh?! Cuando al fin desapareció de su vista, entornó la puerta y se metió en su casa. Había sido pura suerte que Bael no se diese cuenta de la presencia de Fugaz en su cabeza. El demonio estaba tan hinchado de vanidad, que no se fijó nada más que en la reacción que producía en Aura y ésta había dejado manifestarse a su parte estúpida para distraer a Bael, mientras por dentro distraía a Fugaz a su vez. Apenas había sido un minuto, y había estado a punto de volverse loca; había sido como mantener dos conversaciones telefónicas a un tiempo con dos personas distintas que te hablan de dos temas totalmente diferentes, y no quieres que ninguna se entere de que también estás hablando con la otra.

     “Pero lo esencial era que no notase a Fugaz, y no le ha notado”, se felicitó. De momento, Arcadio estaba a salvo. No le gustaba pensar que estaba encariñándose con él, ni que le echaba de menos, pero sabía que debía mantenerle al margen; Bael le rompería como quien arruga un papel. Mientras tanto, tenía que saber qué tramaba el demonio y hallar la manera de neutralizarlo y mandarlo de regreso; Bael no era tan poderoso como para mantenerse en el mundo humano bajo una forma mortal indefinidamente. Si encontraba una manera de debilitarle y cortarle el acceso a la magia, tendría a la fuerza que volver a su mundo, pero no se trataba sólo de eso: se trataba también de que no tuviera ganas de volver.



     El capitán Bruno y el sargento Buenavista volvían a buen paso hacia la casa cuartel. Generalmente, la ronda de la tarde la acababan a eso de las ocho y permanecían hasta las nueve en algún bar del paseo, único sitio donde había gente, por si se daba el poco probable caso de que alguien, tuviera algo que denunciar. Aquella noche, ya de vuelta a paso lento, pasaron por la casa de Aura. El sargento había tenido bastante antipatía hacia Aura debido a que ella dejó a Fugaz pero, después de la extraordinaria reacción vigoroso-afrodisíaca que le habían producido los caramelos que había cogido de su chiringuito, la gratitud le hacía no saber bien qué pensar sobre ella, de modo que, cuando él y el capitán vieron a aquél tipo altísimo frente a su casa y ella negándole el paso, se quedaron a mirar desde una distancia prudente, que no les permitía oír, pero sí ver. “Si le levanta la mano, intervenimos”, dijo el capitán. “¿Quién a quién?” preguntó Buenavista, y su ocurrencia se llevó una Mirada del capitán. Nadie continuaba una broma después de una mirada como aquélla.

     Cuando vieron que el tipo se marchaba sin causarle problemas a Aura, también ellos reemprendieron su camino, pero llevaban bien pocos pasos cuando el capitán le preguntó al sargento qué opinaba de lo visto.

     —Capitán, yo no creo que ese tipo sea un cliente de Aura. No es del pueblo, y no tenía pinta de que no la conociese. – dijo Buenavista. Aura sólo vivía en el pueblo durante el verano; apenas llegaba septiembre y se marchaban los veraneantes, ella echaba el cierre de su chiringuito y se iba a su casa de invierno, una chocita situada montaña arriba en la que hacía cestos y leía las cartas y donde también, según se decía, preparaba conjuros por encargo. Conocía no sólo a gente de los pueblos vecinos, sino también de la capital y también a muchos cazadores, pescadores, viajeros que hacían el Camino de Santiago…

     —¿Sabes lo que creo yo? Creo que ese tipo es un algún antiguo novio suyo; nunca he visto a nadie que le hable a Aura con esa confianza que tenía él. Y yo diría que ha debido maltratarla de algún modo.

     —A ella no le caía bien, estaba claro. – corroboró el sargento.

  —Si Aura se figuraba que iba a aparecer, eso explicaría por qué despachó a Fugaz. Si se encontraban, lo mismo el tío ese se ponía violento. – el jefe Bruno permaneció pensando unos momentos. – Creo que debemos decírselo a él. Quizá a Fugaz le haya contado algo de ese tío y pueda decirnos más.

     —Pero, capitán, ¿por qué…? – quiso preguntar Buenavista, pero el capitán le interrumpió, impaciente.

     —Buenavista, no pensarás ni por un momento que voy a consentir que nadie maltrate a una mujer de éste pueblo, ¿verdad que no? Y como no tenemos pruebas de que lo haga, lo primero es ver si Fugaz sabe algo, y lo segundo hablar con él y con Aura. Y como vea yo que ese tipo pretende ir de listo en mi pueblo, le saco de él a patadas, ¡andando!


     

martes, 16 de mayo de 2017

Tres son multitud

     

     Cardo tenía motivos para estar feliz. O al menos los había tenido hasta hacía cinco minutos. Hasta entonces, había estado tumbado en la cama de Lota, calentito, confortable, y lo que era mejor de todo: con ella a su espalda, abrazándole por la tripa. La luz de la luna entraba por la ventana y daba una dulce penumbra al cuarto, tenía las mantas subidas hasta las orejas y las tetas de Lota pegadas a la espalda. Todo había sido perfecto. Había sido. De pronto, la puerta se abrió de golpe, oyó unos pasos vacilantes de pies calzados con enormes botas, y la cama se hundió. Y luego, ronquidos. Ricardo apretó los labios con mucho fastidio e intentó aguantar, pero el cambio de “perfección” a “jodido de cojones”, había sido demasiado radical y terminó por explotar:

     —¿¡Es necesario que se meta a dormir en la cama?! – gritó. Lota, a su espalda, se alzó sobre el codo y le miró sorprendida.

     —Ya te dije que se tenía que quedar unos días, y no te importó.

     —¡Porque no sabía que iba a dormir en tu cama!

     —¿Qué tiene eso de raro? Tú también duermes en ella.

     —¡Pero se supone que yo soy tu pareja!

     —Y él es mi amigo. – Cardo se volvió para contestar, pero ella le cortó – Oye, no hay ninguna cama más en la casa, no es la primera que vez que Alva y yo compartimos sueño, apaga los celos, ¿quieres? – de nuevo intentó hablar, pero esa vez, Alvarito fue quien le cortó.

     —¡Tú has pasado aquí apenas un par de noches, yo me tiré aquí viviendo cuatro años! Me corresponde algún derecho de antigüedad, ¡tendría yo más derecho a quejarme que tú; ése era mi sitio!

     —¡¿QUÉ?! – se horrorizó Cardo al saber que estaba durmiendo en el mismo lugar que ocupó aquél tipo.

     —Cardo, de verdad, basta. Es la una de la mañana, ¡es un poco tarde para estar discutiendo! Alva no tiene la culpa de que le hayan tirado la casa, en algún sitio se tiene que quedar, y yo soy su mejor amiga; no hay más que hablar.

     Ricardo intentó acomodarse de nuevo, en medio de refunfuños, pero antes de poder conseguirlo, un silbido le interrumpió. Silbido que fue creciendo de tono hasta hacerse un rugido entrecortado por gruñidos y mezclado con carraspeos ocasionales. Todo ello a un nivel de decibelios propios de un motor de gran cilindrada. Alvarito tenía vegetaciones desde pequeñito (si es que una persona que ya pasaba del metro y medio a los tres años, podía alguna vez haber sido considerado como “pequeñito”), y roncaba como un cosaco.

     Cardo notó que el cabreo le subía desde el estómago a los dientes, y su impulso fue el de salir de la cama aún en pelotas como estaba y largarse al sofá. De haber tenido más orgullo, lo habría hecho, pero Lota notó su indignación y se arrimó a él, le apretó contra ella y le acarició la cara con el dorso de los dedos.

     —Anda, rubito… no te me enfades. – susurró, cariñosa. Cardo sabía que Lota no era lo que se podría llamar una chica dulce; el que le dedicase un trato así, era algo importante y decidió valorarlo por encima del hecho de compartir cama con Alva. Besó los dedos que le acariciaban la cara e intentó dormir. Y contra todo pronóstico, lo consiguió.

     Apenas había amanecido cuando Alvarito salió de la cama y de la habitación. Cardo apenas cambió de ritmo la respiración, pero Carlota sí se despertó, y le extrañó que su amigo saliese de los brazos de Morfeo tan temprano, cuando no solía levantarse antes de las once, de modo que se echó encima una camisola y los calzoncillos de la noche anterior, y salió a ver qué pasaba.

     El complemento “los calzoncillos de la noche anterior” puede inducir a error; no se trataba de los calzoncillos de Ricardo, ni tampoco de unos de Alvarito. Se trataba de la ropa interior de la propia Lota. Esta amaba la ropa lo más cómoda posible, de manera que la mayor parte de sus bragas eran de algodón y tan altas que casi le llegaban al pecho, lo que se conoce como “bragas de abuela” o “bragas de cuello vuelto”, pero también, por idénticas razones de comodidad, había descubierto que los bóxers masculinos podían ser una extraordinaria opción. Y además, no era así de fácil encontrar bragas con estampados de superhéroes.

     Cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido, y se dirigió a la cocina, de donde salía luz. Alvarito estaba sentado sobre la mesa de la cocina, con los ojos pegados y comiéndose el café molido a cucharadas.

      —¿Sabes? Hay algunos excéntricos que antes, lo filtran con agua hirviendo. – dijo Lota.

      —Buenos días a ti también. – masculló Alvarito – No tengo tiempo para eso, tengo que salir en cinco minutos y necesito algo que me despierte. Me han contratado de guardaespaldas para un tipo y su chica; tengo que estar en Andorra esta tarde.

      Entre cucharadas de café, le explicó que la noche anterior, en el GirlZ, un cretino había querido armar jarana. Eso a él le daba igual, pero el citado cretino, al intentar coger del cuello a un camarero, había empujado a Alva y le había tirado su cerveza, bebida que además estaba ya pagada. Eso le había molestado profundamente, y no había tenido más remedio que expresarle que su ruda descortesía le era en grado sumo desagradable. Es decir, que le agarró del cuello y la entrepierna, le levantó por encima de su cabeza, le llevó en vilo y le hizo salir volando por la puerta del local. El tipo había aterrizado en el parquecito de la acera de enfrente, y parece que le quedó claro que su presencia no era grata por allí, porque no regresó en toda la noche. Zacarías, el dueño del GirlZ, le invitó a otra cerveza y, mientras se la tomaba, un tipo le dijo que tenía un trabajo para un hombre fuerte como él. Se trataba de proteger a una persona, durante el fin de semana.

     —Ese tipo, por lo que me han dado a entender, es casado y la que va con él, no es su mujer. No quiere que se le acerque ningún “paparachi” de esos. – se levantó de un saltito y se estiró – Así que me tiro el finde en Andorra a gastos pagados y encima cobrando; volveré el domingo de madrugada.

     Lota asintió y le acompañó a la puerta para echar el cerrojo cuando él saliera. Alva se llevaba el equipaje necesario en el bolsillo de la cazadora: unos calzoncillos de recambio. Se jactaba de ser una persona práctica y no le gustaba cargar con bolsas ni trastos. Se arrebujó dentro de la cazadora negra y se echó la capucha para protegerse la calva cabezota, e intentó sacar las llaves del coche del bolsillo; éstas se habían enganchado al forro y tuvo que tirar de ellas pero, ya con ellas en la mano, se despidió de su amiga y salió a la helada mañana de principios de Enero. Lota cerró enseguida la puerta para evitar que “se escapase el gato”, y mientras Alvarito arrancaba el coche y se ponía en marcha, ella subió de nuevo a su habitación y se echó junto a Ricardo. Como pensó más tarde, fue un cúmulo de casualidades desgraciadas y nada más; no se le podía echar la culpa a ella.

      Y es que en el suelo, junto a la puerta de entrada, se había quedado un sobre comercial con una tarjeta. Tarjeta que iba sólo “al portador” y que autorizaba una estancia de dos noches y dos días para dos personas a gastos pagados, en un hotel cualquiera de una determinada cadena, y sobre que se había caído del bolsillo de Alvarito cuando éste sacó las llaves. Y ambos, tarjeta y sobre, se quedaron allí hasta las siete, que Ricardo y Lota se levantaron.


                                                                   ***************


     “Ya debe estar al menos en Zaragoza” pensó Lota, mirando la tarjeta con ojos golosos. “Aunque le llame, no le va a dar tiempo a venir por ella y volver. Seguro que él no sabe que se le ha caído aquí. Lo más probable es que ni siquiera haya notado aún que no la lleva. Y… tiene fecha de caducidad de esta semana. Si no le damos uso, se va a quedar ahí. Dos días y dos noches, a gastos pagados. Es una lástima que nadie la aproveche”. Sonrió.

     —Cardo, ¿te apetece que pasemos el finde en un hotel? – Ricardo levantó la cara del café y la miró con expresión censora.

     —¿En un hotel? ¿Pretendes que vayamos a un hotel, como si fuéramos amantes?

     —Sí. Es que verás, de hecho, somos amantes.

     —¡Oh! – se escandalizó Cardo - ¡Retira eso ahora mismo, retíralo!

     —¿Qué he dicho?

     —¡Amantes! ¡Una palabra que implica sólo a dos personas haciendo conejeo, y nada más! – dijo él, haciendo explícitos meneos pélvicos para ilustrar sus palabras – Sin sentimientos, sin cariño, sin complicidad y sin amor. ¡Tú y yo no somos eso! Tú y yo, Carlota, no nos revolcamos lujuriosamente sólo por darle un efímero gusto a nuestros cuerpos; tú y yo hacemos el amor. – sonrió, soñador.

     —Es una suerte que no haya desayunado aún, o estaría vomitándolo todo. Al grano, Rambo, ¿quieres que vayamos esta tarde a un hotel, o no?

     —¡Lota, a veces me desesperas! Yo te hablo de sentimientos y de amor, y tú me hablas de encamarnos… ¿De cuántas estrellas hablamos? – ella sonrió y le enseñó la tarjeta; era válida para hoteles de hasta cuatro estrellas, y tenía incluidos todos los gastos de comida y minibar.

     —Esta tarde, cuando salgas del curro, me pasas a buscar. Yo cierro la tienda hoy pronto, y nos buscamos el hotel que nos apetezca. Y allí – le acarició la cintura y enseguida bajó a las nalgas, cubiertas sólo a medias porque los slips blancos siempre se le metían por la raja del culo, y se las apretó. – discutimos en profundidad sobre todo eso del amor y de los sentimientos, ¿hace?

     Cardo soltó una risilla floja, apurada. No podía ignorar el hecho de que el simple apretón de la mano de Lota sobre sus nalgas le estaba poniendo en firme a una velocidad endiablada; era muy sensible. En todos los aspectos. Intentó poner cara de ternura sin poner demasiada cara de tonto.

     —Eres mala, muy mala. Y por eso me gustas, ¡hace! – la tomó de las mejillas y le besó la frente. Ya iba a apartarse cuando Lota, con gesto cansino, le agarró de la nuca y le metió la lengua en la boca hasta la garganta. Ricardo gimió sin separarse y nuevo sus caderas volvieron a menearse, pero esta vez lo hacía sin querer. La lengua de Lota acariciando la suya era como vivir en una casa de dos pisos: todo lo que pasaba arriba, resonaba abajo. Cuando ella le soltó, Ricardo estaba hecho un flan por todas partes menos por una, y maldecía el hecho de tener que apurarse para ir al trabajo. Lota miró el bulto que le hacía el calzoncillo y le dedicó una sonrisa de medio lado. Antes de que Cardo pudiese pararla, le estaba frotando.

     El hombre se estremeció de pies a cabeza, entre gemidos y latigazos de placer que le hacían cerrar los ojos de gusto. Tuvo que abrazarse a Lota, porque las rodillas se le habían vuelto mantequilla tibia. Ella le arrimó a la pared para que se recostara y metió la mano bajo el slip para acariciarle directamente la polla. Le tomó el glande entre los dedos y empezó a deslizar la piel sobre la punta a toda velocidad pero muy suavemente, apretando con dulzura y besando el cuello de su compañero.

      —Ooh… pero, nena… ponerte a tocarme así, a zumbarme… ¡un hombre tiene que conservar el “misterio”! Mmmmh… - suspiró, y Lota sonrió entre besos y se abrazó más aún a él, pero bajó el ritmo.

     —¿Quieres que me pare entonces?

      —¡Ni se te ocurra! – Cardo cerró los ojos de gusto y se dejó llevar, tan a gusto que no atinaba ni a tocar a Lota – Puedes… ooooh… puedes meterte en mis calzoncillos siempre que quieraaaas…. - a Ricardo se le escapaban las sonrisas y los temblores de su cuerpo se hacían más evidentes. Su mano apretó el hombro de Lota. El placer se cebaba en la puntita, se extendía por todo su glande en un cosquilleo insoportable, ¡irresistible! Notó cómo el dulcísimo hormigueo se acumulaba ahí, y al fin se expandió por todo su miembro, en un estallido de maravilloso bienestar… por puro reflejo, bajó la mano a su miembro para que Lota apretase la mano en él y lo exprimiese, aaaaaaaaaaaah... Breves gemidos agudos, que a Lota se le antojaron adorables, escaparon de su pecho. Su cuerpo se estremeció dos veces, tres, notando en cada escalofrío una deliciosa relajación que le dejaba a gusto. Muy, muy a gusto. En esta ocasión, fue él mismo quien buscó la boca de Lota y la besó, introduciendo su lengua en ella, acariciándola y jugando con la suya. Tenía los calzoncillos empapados y pringosos, y le importaba un pimiento. Lota le dio un cachetito en el culo y él corrió al baño a ducharse y ponerse presentable.


     —Hoy voy a estar trabajando con una sonrisa de oreja a oreja – dijo Cardo, ya arreglado y a punto de salir. – No sé cómo hay mujeres que se quejan de ser un objeto sexual para sus maridos, ¡a mí me encanta serlo!

     —¿Qué quieres decir? – Lota había sonreído al oírle, pero de repente pensó en si le gustaba de verdad lo que estaba entendiendo.

      —Pues eso, que me encanta ser tu objeto sexual, ¡eres tan tío! – se acercó para besarla antes de salir, y retorció entre sus dedos un mechón de los cortos cabellos negros de Lota – Eres… eres mi camionero, mi lobo feroz.

     —¿Me estás diciendo que soy muy marimacho? – el tono de Lota no era de enfado, más bien de preocupación, pero Cardo le quitó importancia. De forma nada adecuada.

     —Claro que sí, mi amor. – sonrió - ¡Pero me gustas así, me haces sentir deseado! – Le besó la mejilla y se despidió de ella con vocecita cantarina. Sin darse cuenta de nada más, Cardo salió de casa, se subió en su coche y salió rumbo al trabajo, mientras Lota le veía marchar y se sentía dudosa de su forma de ser casi por vez primera en su vida.

     Carlota era la menor de cinco hermanos y un montón de primos. Toda la familia recibió con sorpresa su nacimiento; de siempre habían dicho que en su familia, sólo sabían hacer niños. Su madre era hija única y se sintió muy feliz de tener una niña entre cinco varones; ella había pensado en educarla como a una señorita, arreglarla y vestirla a su gusto. Pero la pequeña Carlota salió niña sólo biológicamente hablando. Por dentro, era tan chico como cualquiera de sus hermanos. Su madre nunca fue capaz de enseñarle ni a enhebrar una aguja, pero de sus hermanos aprendió enseguida a trepar a los árboles, a jugar al fútbol, a pelearse, a cazar ranas, a jugar a las chapas… Para cuando llegó al instituto y le empezaron a gustar a los chicos, descubrió que asustaba a la mayor parte de ellos, y le colgaron el mote de “Carlo la bollo”, y entonces pasó a despreciarlos. Durante su vida, había tenido varias aventuras, y ninguna seria. La única que había parecido durar fue la que tuvo con Alva y finalmente lo dejaron cuando se dieron cuenta que en realidad eran tan colegas, que ni siquiera se deseaban. Lota se asustó. Siempre había pensado que la culpa de que sus relaciones naufragaran, era de los tíos que no estaban preparados para estar con una mujer tan fuerte como ella. Por primera vez, pensó si parte de la culpa, no sería también de ella.

     Nunca había sido femenina y no quería serlo pero, ¿y si su falta de feminidad, condicionaba que los hombres la dejasen? Alvarito y ella habían dejado de acostarse porque se veían como dos amigos y no como hombre y mujer, ¿y si Cardo también dejaba de verla como a una mujer y le perdía? No quería admitirse a sí misma que el pringado ese le daba mucha ternura y no quería perderle. Corrió a su armario, y a la vista de sus prendas, casi se horrorizó: no había absolutamente ninguna digna de una noche de pasión, todo eran pantalones, camisetas negras, y la ropa interior era peor aún. Recordó lo que siempre le decía su madre cuando tenían que ir a algún sitio y ella se obstinaba en no ponerse jamás un vestido: “se puede ser poco femenina, pero nunca dejada”. Ella iba a ir esa tarde a un hotel a darse un homenaje con su pareja, y no tenía nada bonito, eso era pura dejadez, por más que le reventase darle la razón a su madre. Necesitaba ayuda. Y sabía quién se la podía prestar.
  


                                                       *************************


        Sentada frente a su ordenador, Gertrudis gestionaba las órdenes de compra de bebidas y suministros que le había dejado su jefe. La joven intentaba no mirar los corazoncitos con los que Zacarías había adornado toda la lista, en especial porque algunos corazoncitos también tenían pezones, o porque había otro tipo de garabatos más explícitos entre ellos. En ello estaba cuando alguien entró por la puerta interior del local y la cámara automática se activó, ¿quién podía ser a estas horas de la mañana? Sólo eran las once, a esas horas no había espectáculo, las cabinas de vídeo estaban cerradas y los escasos clientes sólo pedían cafés. Miró la pantalla de la cámara y reconoció a Carlota, la mujer dueña de la tienda de tatuajes que había muy cerca. Sabía que conocía bastante a Zacarías, y supuso que querría hablar con él.

     —Señor Figuérez – dijo, a través del intercomunicador – La señorita Carlota está aquí.

       Sonó un respingo al otro lado, y Trudy prefirió no saber a qué podía deberse. Zacarías contestó que la hiciera pasar en cuanto llegase, y apenas Lota entró en la salita Gertrudis le dijo que podía pasar, pero ella se negó:

     —Gracias, pero no es a él a quien vengo a ver. Quiero verte a ti, necesito tu ayuda. De mujer a mujer. – Trudy se sorprendió, y su interlocutora se explicó – Tú eres casi la única mujer con la que tengo suficiente confianza como para pedirte esto y que ni te rías de mí, ni se sepa en todo el barrio dentro de dos horas. Necesito que me ayudes a comprar ropa de chica, sobre todo lencería.

     —Eeeh… bueno, no hay problema, pero tendrá que ser esta tarde, cuando acabe mi turno. – contestó Gertrudis y Lota sacudió la cabeza.

     —No, tiene que ser ahora mismo; mira, si me ayudas, te pagaré yo el día, ¿hace? – el portazo del despacho cortó la contestación de Gertrudis.

     —¡Te doy el día! ¡Si me dejáis ir con vosotras, te doy el día pero, por favor, dejadme ir con vosotras! – Zacarías había abierto la puerta de su despacho de sopetón y las miraba con ojos suplicantes.

     —Señor Figuérez, ¿estaba usted escuchando? – le reprochó su secretaria. Como solía hacer cuando pensaba una respuesta, Zacarías se llevó a la boca el cigarrillo y aspiró.

     —Bueno, ¡fue porque me dijiste que venía Lota a verme, dejé la comunicación abierta pensando que la harías pasar enseguida! – se excusó, aunque ambas mujeres sabían que solía tener el micro abierto porque le encantaba oír la voz de su secretaria, y le encantaba más aún que ella oyera cuánto le encantaba a él. – Por favor, si vais a comprar lencería, yo puedo seros muy útil, ¡vamos, tengo un local de strip-tease, sé algo del tema!

     Lota pensó unos segundos y asintió.

     —Vale, puedes venir. – Zacarías sonrió y corrió a buscar su abrigo. Trudy intentó poner pegas, pero Lota susurró – No seas boba, ¡te da el día! Y además, os necesito a los dos; tú me ayudarás a elegir cosas con gusto, refinadas, elegantes… y él me ayudará a escoger burradas.

     Gertrudis suspiró, vencida. ¿Es que en ese maldito barrio, no había nadie ni medio normal?



                                                                         *******************



          —¿En color rosa? – Lota torció el morro, y Gertrudis se armó de paciencia una vez más.

     —Vamos, tú querías que fuese femenino, ¿verdad? Pues no hay nada más femenino que el color rosa. Mira qué precioso es; no es muy largo, tiene un escote atrevido pero no exagerado, la tela es fina pero no se transparenta, es suave y de buena calidad. Femenino, más sugerente que erótico y muy bonito, ¿qué importa que sea rosa? – Carlota suspiró y cogió el camisolín de raso. La verdad que era bonito, pero le pasaba lo mismo que siempre que veía ropa de chica; le parecía bonito para que se lo pusieran otras, no ella. Zacarías apareció llevando otra prenda, con una gran sonrisa.

     —A lo mejor en rojo te va más, mira. Es un poco más picante, pero yo creo que va más con tu estilo. – dijo, en medio de mascadas del chicle de nicotina que mordía con ansia, ya que en la tienda no podía fumar. El “un poco más picante” quizá fuera una manera algo pobre de definirlo. Lo que llevaba Zacarías ni siquiera se podía llamar camisón; era un top alargado que llevaba sujeto al borde un tanga de cintas. El tanga era de seda roja oscura y el top de rejilla tupida, pero rejilla. Alrededor de la línea del pecho, justo bajo los tirantes, llevaba una pieza de seda roja también, sujeta con un lacito, como el tanga. Tirando de los cordones del lacito, la pieza de seda se descorría como una cortinilla, dejando ver la tela interior. Y el cuerpo de quien estuviera dentro de la misma, claro está. Carlota lo tomó para mirarlo por uno y otro lado, y Zacarías la vio sonreír.

     —Lota, ¿pretendes seducirle, o matarle de un infarto? – intervino Trudy, y Zafi no se pudo callar.

     —Para seducir a un hombre, es mejor matarle de un infarto que de desesperación.

     —¡Váyase al cuerno! ¡Yo nunca he querido seducirle, si se desespera, no es problema mío!

    —No lo habrás querido, pero lo has conseguido. – contestó él, haciendo un puchero - ¿Nunca te apiadarás del pobre desgraciado que habita en la soledad de mis pantalones y sólo pide un beso de tus labios? ¡Le dan igual los de arriba que los de abajo, mira si se contenta fácil…!

     Trudy, colorada como un tomate, estrujaba el camisón rosa entre las manos y parecía a punto de morderlo. Lota los miraba alternativamente, y sólo lamentaba no haber traído palomitas.

     —Creo que me quedaré con los dos. – dijo al fin. – Trudy, ¿me acompañas al probador?

     —Eh, ¿y esa discriminación? – se lamentó de nuevo Zacarías - ¿Cómo yo soy hombre, me tengo que quedar fuera?

      —Verás, Zafi. – Lota le tomó del hombro – Te aprecio. Eres un pervertido, y como tal, sé que serías apropiado para juzgar qué tal me sientan, pero los probadores ya son bastante estrechos. Si me ves desvestirme, me vas a proporcionar una percha estupenda, pero es que ya no va a quedar sitio para que me mueva, ¿lo comprendes, verdad?

     Zacarías sonrió y se irguió, muy orgulloso. Mientras él se metía en la boca dos pastillas de “Nicochicle” más, Gertrudis sacudió la cabeza y echó a andar en pos de Lota mientras su jefe seguía curioseando por el local.

     —Gertrudis, ¿puedo hacerte una pregunta personal? – inquirió Carlota, ya dentro del probador, mientras se quitaba la camiseta negra, en la que se veía un as de picas rodeado por una leyenda: “Born to lose, live to win”.

     —Estoy a punto de verte las tetas y decirte cómo te quedan los camisones que te he ayudado a elegir para poner berraco a tu novio; me parece que es la menor confianza que te puedo devolver.

     —¿De verdad Zafi no te gusta nada, pero nada, NADA? – preguntó, con una sonrisita. Gertrudis pareció incómoda, buscando una respuesta. – Quiero decir, sé que le gusta el sexo más que a los tontos las tizas, sé que se pasa de guarro y que es un pedazo de plomo. También sé que es más larguirucho que alto, que es desgarbado, que fuma como una chimenea y parece que siempre tenga resaca, sé todo eso y más cosas. Pero en realidad no es mal tío. Y te tiene en palmitas… No me digas que el saber lo en el bote que le tienes y que está coladito por ti, de verdad no te halaga ni un poquitín.

     —Bueno…

    —¡Te has puesto colorada!

  —¡No es cierto! – Gertrudis se llevó las manos a la cara y notó el calor que desprendían sus mejillas. – Es que… ¡él no me gusta! Es sólo que a veces, tiene salidas que me desarman, y me da pena. He intentado dejar el trabajo mil veces, tú lo sabes…

    —Pero no lo has hecho.

   —Paga muy bien. Y es eso, me da pena. Siempre me dice que soy la mejor secretaria que ha tenido, que lo llevo todo al día y sé que es verdad. ¡Cuando entré, los encargos daban pena, había proveedores que llevaban un mes de retraso en cobrar, y otros que habían recibido dos pagos por ningún envío! He trabajado como una burra para él, se lo he puesto todo de revista. Sé que si me voy, en una semana estará todo otra vez manga por hombro, y debería darme igual, pero no me lo da. Es mi trabajo, me enorgullece haberlo hecho yo. Me gusta el trabajo y no quiero irme. Tampoco debería darme pena que él vaya detrás de mí, pero me la da. – pensó un momento, y continuó hablando en voz baja – En realidad, no me cae mal, ¡no se lo digas! Pero es que sé tanto de él, que no podría. No. A veces, he pensado en ceder, para que me deje en paz. Pero me asusta mucho que uno de los dos se pille por completo.

     Trudy calló y pareció pensativa. Lota no se atrevió a decir lo que pensaba, así que se estiró la prenda para que ella la mirara:

     —¿Qué te parece? – preguntó Lota, con el camisón rosa puesto sobre el sostén y los calzoncillos - ¿Me queda bien?

     —Te cae estupendamente… pero no te pega nada con esos calzoncillos. – se rió.

    Media hora más tarde, con los brazos llenos de bolsas repletas de juegos de sostenes y bragas, medias, ligueros, camisones y batas, los tres abandonaron el centro comercial. Zacarías se había ofrecido a comprarle algo a Gertrudis, pero ésta se negó tajantemente a aceptar ni un caramelo. Zafi se había comprado unos slips de leopardo para él, y también quiso invitar a Trudy al probador para que ella le dijera si le sentaban bien, pero también a eso se había negado la joven. Nada más pisar la calle, a Zacarías le faltó tiempo para sacar un cigarrillo y encenderlo.

      —Haaaaaaaaaah…. – suspiró, después de tomar humo con ganas – Un minuto más y reviento de mono, ¡estaba harto de chicles de nicotina!

     —¿Vas a fumar? ¡Genial! – dijo Carlota – Gertrudis, ¿por qué no acercas tú aquí el coche, anda? Así fumo yo también y no te apestamos. Y no tenemos que cargar con las bolsas con medio aparcamiento como tontos.

     Trudy sonrió y tomó las llaves del coche mientras Lota y Zacarías se quedaban allí con las bolsas. Zafi le ofreció de su propio tabaco, cosa que no solía hacer porque necesitaba sus tres cajetillas diarias, pero dado que Lota le había brindado la oportunidad de pasar una mañana con Trudy en algo muy parecido a una cita, qué menos que un pito. Carlota aspiró y lo que dijo a continuación, hizo que Zacarías Figuérez, fumador desde los once años, se atragantara con el humo por primera vez conocida:

     —¿Sabes que le gustas a Gertrudis? – Cuando Zafi terminó de toser, ella continuó – Me lo ha dicho ella misma. Pero tiene miedo de lo sexual que eres. Tu manera de arrastrarte por ella le da cierta vanidad, pero también le asusta, creo que teme que si te da lo que quieres, ya no quieras nada más y ella se sienta como una tonta por habértelo dado.

     Zacarías sonreía y boqueaba, sin dar crédito a lo que oía, ¡le gustaba a su Trudy! ¡Más de medio año tras ella! ¡Y por fin…!

     —Tasca el freno, no se va a tirar en tus brazos – dijo Lota, leyéndole la expresión.

     —¿Qué debo hacer? Lota, tú eres mujer, ¿qué debo hacer?

     —Verás, hay un conflicto. A ella le caes bien como persona, pero no le gusta que seas tan pervertido, ni que seas su jefe. Si os acostáis, se va a empezar a rayar, no podrá hacerse a la idea de si ha sido un lío de una noche o si significa algo más, porque ninguna de las dos posibilidades le gusta. Le gustarías más tú… si no fueras tan tú.

     Zafi arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisoteó mientras encendía otro.

     —¡Qué consuelo! O sea que para seducirla, tengo que ser yo, sin serlo, ¡tiene mucho sentido! ¡Si todos tus consejos son así, más me vale llamar al consultorio de la señora Francis!

     —No seas idiota, quiero decir… - el coche ya se acercaba, cogieron las bolsas y Lota habló con rapidez – ¡Busca “La venganza de don Mendo”: “La que condenote a muerte, y te arrojó de sus brazos, agora sin conocerte se muere por tus pedazos”!

     Zafi sabía que Carlota era una mujer sensata y juiciosa. No había pues, motivo para pensar que se hubiera vuelto loca así de repente, de modo que recordó la cita y decidió buscarla al llegar de nuevo al GirlZ. Y cuando lo hizo, pensó sobre ella, intentando entender qué habría querido decir Lota. Y en ese momento se le encendió la bombilla con una idea maravillosa.


                                                      **************************


     En un precioso parador andorrano, una pareja comía sin apenas mirarse. El hombre intentaba con frecuencia hablar o tocar a su compañera, pero esta parecía de muy malhumor, y cada cosa que le decía, aunque no se oyera, estaba claro que eran más bien reproches que no lindezas. A dos mesas de distancia, Alvarito tampoco estaba de buen humor; había perdido la tarjeta de alojamiento con derecho a comida y bebida gratis, y le habían dicho que al final sólo le pagarían un día, porque la pareja tampoco se iba a quedar todo el fin de semana, se irían poco después de comer. Mucho se temía Alva que el cabreo de la chica iría por ese camino. Fuera como fuese, a él le había tocado pagarse su propia comida y no iba a poder aprovechar la tarjeta para beber lo que le viniese en gana, ¿dónde la habría dejado?

    Mientras pensaba, su móvil sonó suavemente, y lo cogió. Era una notificación de una red social, y viendo que era del capullo del Cardo estuvo a punto de no mirarla, pero había etiquetado a Lota, así que supuso que sería alguna chuminada romántica y decidió mirarla, para reírse.

     “¡Cita romántica! ¡Champán y rosas en un hotel con encanto, junto a mi cariñito!”, decía la publicación, y a Alvarito se le quedó el tenedor a medio camino de la boca.


     “Hijo de…” pensó. “Como tengáis vosotros mi puñetera tarjeta de TodoPagado, os la voy a sacar de los dientes”. 

(Continuará)

miércoles, 3 de mayo de 2017

¡Nuevo libro ya a la venta!

Queridos lectores: me place comunicaros que mi segundo libro ya está a vuestra disposición en Amazon. Podéis verlo aquí:


Se trata del segundo tomo de la colección Placeres. Una recopilación de relatos eróticos de calidad a un precio sin competencia; como digo siempre: "cuentos que querrás creerte, a un precio que no te podrás creer". 

Os recuerdo que si por cualquier razón no deseáis comprar por Amazon, tenéis un botón de donación en éste mismo blog, para que podáis premiar mi esfuerzo sin ningún mínimo; podéis donar lo que queráis y todas las aportaciones serán siempre bienvenidas. 

¡Espero seguir haciendo relatos únicos para todos vosotros!

viernes, 28 de abril de 2017

Cuenta atrás para mi nuevo libro.

Bueno, pues ya está. Después de mucho trabajo escribiendo y mucho esfuerzo compilando, corrigiendo y pegándome con el Word, pero ya está. Mi nuevo libro, Caprichos, ya está terminado del todo y subido a Amazon, sólo falta que lo aprueben, lo que espero que suceda en pocos días. 

Gracias a todos los que me seguís, os recuerdo que mi primer libro lo tenéis aquí:

Antojos, ¡los únicos cuentos eróticos que leerás dos veces!

miércoles, 19 de abril de 2017

Humo y fuego.




     El reloj de la torre de la iglesia dio los tres cuartos. “Las dos menos cuarto”, pensó Nim, y aprovechando que no había nadie en comisaría, se estiró, haciendo crujir la espalda. Quince minutitos más y a casa. Echó un vistazo a la empanada de pimientos, cebolla y trigueros que le había bajado su Magda a media mañana. La verdad que para los dos trozos de nada que quedaban, no los iba a dejar ahí. Es cierto que en casa iba a comer, pero tenía tanta hambre... Se levantó y cogió uno y, como suele suceder, el Destino quiso que justo cuando no estaba en su mesa y tenía la boca llena, se presentase el jefe Bruno a echar un vistazo.

    —Vaya, me alegra ver que mis hombres están bien alimentados, ¿te traigo una cerveza también? — masculló el jefe.

    —Capitán, que me acabo de levantar la silla, lo juro. — protestó el cabo, haciendo la cruz sobre el corazón. Y para intentar arreglarlo, le tendió el pedazo que quedaba — ¿Usted gusta? La ha hecho Magda.

   El jefe Bruno sabía que Magdalena, la esposa de Fontalta, se esforzaba mucho en la cocina, y las cosas no siempre le salían todo lo bien que ella intentaba, pero si sólo quedaba un trozo de empanada, es que mala no podía estar, así que aceptó.

    —¿Cómo ha ido la mañana, ha habido movimiento?

    —Qué va, ha estado todo tranquilísimo, ni una sola persona, ni llamadas. He aprovechado para hacer papeleo y luego de paso, he estado limpiando un po... ¿capitán? — El cabo miraba a su jefe, que se había quedado con la mirada perdida, masticando muy despacio.

      —Esto... ¿lo ha guisado Magdalena?
  
      —Sí, le ha salido muy rica, ¿verdad? — sonrió el cabo. Sólo “rica” no era la palabra que el capitán usaría. Él había cenado varias veces con Fontalta y su mujer, sabía que él era vegetariano, y que ella era una cocinera más bien mediocre. Cuando hacía empanada de verduras como aquélla, solía ser un mazacote de masa espesa con relleno estoposo que no sabía mal del todo, pero que hacía preciso tomar agua a cada bocado para conseguir tragarla. Y eso, cuando estaba comestible. La que ahora mismo tenía en las manos era tierna y crujiente, suave y con un relleno en el que se notaban todos los sabores de las hortalizas y éstas estaban perfectas de textura y cocción, y el sabor general era delicioso. Parecía imposible que de pronto Magda cocinase así, pero entonces se fijó en algo más alarmante, y en cierta manera, relacionado con su presencia allí en un día tan tranquilo como aquél. La bandeja de la empanada era rectangular, bastante grande; calculando a ojo, debía haber dado al menos para diez raciones como esa, y Fontalta se las había zampado todas.

     —Sí, está muy buena; ¿te has bajado tú solo toda la empanada?

     —Toda, toda, no. El último trozo se lo come usted ahora.

     —Ya, ¿y el resto?

     —El resto sí. — El jefe Bruno le miró reprobatorio, con los brazos en jarras. No solía regañarle por comer, porque estaba muy delgado, lo habitual es que esa mirada quedase reservada para el sargento Buenavista que estaba muy gordito, pero el cabo se sintió igual de culpable – Tenía mucha hambre, y...

     —Mucha hambre, claro. Y esa gula tan tremenda, ¿no tendrá QUIZÁS algo que ver con el pestazo que había anoche en la escalera? — Fontalta se quedó con el último bocado de empanada en los carrillos, sin poder masticar. Parecía un hámster. — Bueno, ¿qué?

    —Do. Do, cafidán – articuló como pudo, e intentó tragar.

    —Me alegro. Y, ¿tú no sabrás nada acerca de dónde pudo venir ese repelente tufo, verdad que no?

    —Eeeh... eeeeh, no, no, capitán, no se me ocurre. ¿A qué olía? Po-porque Magda y yo, como teníamos el horno puesto para la empanada, pues eso, que toda la casa olía a empanada, así que no olimos nada.

     —Ya. Pues si toda vuestra casa no hubiese olido a empanada, quizá hubierais notado que apestaba a marihuana.

     —¿¡A mari...?! — se escandalizó el cabo — ¡Oh, capitán... no puedo creerlo! ¡Es decir, si me lo dice usted, yo le creo, claro, lo que quiero decir es que no sé, no creo, no puede ser!

     —Yo tampoco sé, ni creo, ni pensaba que pudiera ser, pero sé muy bien lo que olí. Y olerlo en la playa, en el parque, en la calle, me jode, pero me aguanto. Pero olerlo en mi casa-cuartel me pone de MUY mala leche. Claro está, Fugaz no sabe nada, Buenavista no sabe nada, y tú tampoco sabes nada, así que tendré que pensar que vino del parque, a pesar de que oliese en la escalera. Pero espero no volver a toparme con un olor tan desagradable, o me veré en la obligación de hacer algo igual de desagradable; registrar el domicilio de mis hombres. — Fontalta asintió, y el capitán sonrió y le dijo que para los diez minutos guarros que quedaban, ya podía marcharse, que ya cerraba él, y que felicitase a Magda de su parte por la empanada.

   Nim no se lo hizo repetir, cogió la gorra y salió zumbando. El portal de la casa-cuartel estaba exactamente al lado. La verdad que sí sabía de dónde venía el olor que decía el jefe Bruno, pensó mientras subía la escalera camino a su piso. Tenían aquélla maría desecada desde hacía años, desde que se fugaron juntos desde Madrid y lograron esconderse aquí. Se la había pasado su tío Zacarías en una discoteca, se trataba de una hierba azul de no sabía dónde que al parecer era potente, y lo era. En su día, él la había probado y una sola calada ya te dejaba flotando. Al huir juntos, él la había guardado con vistas a celebrar el momento en que por fin estuviesen juntos, establecidos... Debido al problema de Magda, Nim había olvidado que tenía aquélla yerba, pero después del éxito con la crema que le dio Aura, se acordó de ella otra vez. La noche anterior, habían usado un poco, y Nim todavía tenía hambre por ello.

    Había que reconocer que daba un globo interesante, pero después de la reprimenda del capitán, lo mejor sería tirar lo que quedaba, pensó Nim al llegar a su piso. Y cuando abrió la puerta, cerró de golpe y aspiró con toda la fuerza que pudo, ¡Magda estaba fumando! Al coger aire ahumado de golpe, el cabo empezó a sentir un ligero mareo. En su casa también olía a incienso, a sándalo y a té recién hecho. Quitando el tresillo, el resto de asientos eran puffs de colores pastel, entre los que abundaba el rosa, la alfombra era peluda y de color lila, y en los cuadros se veía a John Lennon, Jimmy Hendrix, a chicas en desnudo dorsal y grandes flores y letreros de “paz y amor”; el sargento Buenavista solía decir que aquéllo parecía una maldita comuna hippie. No veía a Magda, pero veía la columna de humo que salía de detrás del sofá, y se dirigió hacia allí mientras se quitaba la gorra y se soltaba la peluca bajo la cual escondía un cabello tan largo, que a Buenavista y al jefe Bruno les hubiera dado un ictus si lo hubieran contemplado.

   Detrás del sofá, estaba su mujer. Magda estaba descalza, vestida sólo con una camiseta muy holgada del propio Nim en la que se leía “¿Por qué beber y conducir, cuando puedes fumar y volar?”, y fumaba de una preciosa cachimba de cristal iridiscente. La joven le sonrió sin soltar la manguera, tomó una buena bocanada, tragó y expulsó nubes de humo tan espeso que le tapaban la cara por completo. Tenía la mirada perdida y una sonrisa soñadora.

     —Hola, poderoso Sha… - musitó, mimosa, ofreciéndole la cabeza de boa de la pipa – Tu humilde concubina te ha echado mucho de menos. Ven aquí.

     Nim intentó decirle que acababa de hablar con el capitán y que éste sabía lo de la hierba y no le gustaba un pelo, y le podía caer una filípica como un camión, pero para cuando abrió la boca, el humo perfumado le había entrado ya hasta el cerebelo. Las rodillas apenas le sostenían y la cabeza le daba vueltas.

     —Vale. – susurró con una gran sonrisa y se aplastó a su lado.


*********

En otro lugar, y como dos meses antes…

          Gertrudis no era amiga de sorpresas; por norma general, no solían ser agradables y si las daba su jefe, menos. Por eso receló cuando vio la cajita envuelta con lazo rosa que descansaba sobre su escritorio, y viendo el modo en que la miraba Zacarías, con el brazo apoyado en la puerta de su despacho, le dieron ganas de llamar a la policía. Figuérez, su jefe, tenía una manera de mirar que sería admitida como acoso sexual a distancia por cualquier juez de la Tierra. La mujer permaneció a distancia prudente del escritorio y del paquetito.

     Señor Figuérez, ¿qué hay ahí? – preguntó, y el hombre sonrió desde debajo de su bigotito castaño pegado a la fina perilla.

     —Feliz aniversario. – tosió. – Hoy hace seis meses que trabajas para mí.
    
     —Fantástico, ¿qué hay ahí? – insistió ella, y Zacarías le dijo que lo abriera. Trudy no se fiaba lo más mínimo; conociendo a su jefe, lo más fácil es que la caja contuviera bolas chinas, una foto de él desnudo, un tanga o algo semejante.

     —Te doy mi palabra de honor de que no son unas bolas chinas, ¿me crees capaz de regalar algo tan cutre y vulgar?

     —Sí. – contestó Trudy, pero tomó la cajita y se decidió a abrirla. A fin de cuentas, Figuérez era un pervertido, pero también una persona, bien podía ser un simple frasquito de colonia. Con cierta suspicacia, pero abrió el regalo. “Será una persona, sí, pero también es un pervertido”, concluyó.

     —¿Qué te parece? – preguntó Zacarías – Nada de esas cosas tan arcaicas como bolas chinas, ¡pura domótica!

     —Es un…

     —¡Un vibrador de clítoris! – confirmó, triunfal, mientras se encendía otro cigarrillo – Mira, está camuflado como si fuera un lápiz de labios, se abre y es una bala vibradora. La puedes llevar en el bolso, o dejarla en casa sin que nadie sospeche; se recarga en la red eléctrica y tiene una batería independiente de más de seis horas, ¡seis horas! Y mira, ¡diseñado por una ginecóloga! Más guay, imposible.

     Gertrudis estrujó el papel de regalo en la mano, luchando contra el deseo de hacer lo mismo con la caja que contenía el vibrador, pero antes hacérselo tragar a Zacarías.

     —¿No te gusta? – preguntó su jefe. Había en su cara tal expresión de desencanto y pena, que se desarmó. “Es un pervertido y sólo piensa con el nabo. Pero ha pensado en mí y se ha gastado un dinero. Tampoco puedes matarle por ello”.

     —No. Lo siento, pero no. – Zacarías chasqueó los dedos con fastidio.

     —Claro. Hubieras preferido un dildo, ¡si ya lo sabía yo, y mira que los tuve en la mano!

     —¡Hubiera preferido que no me comprara nada así! – chilló. Había intentado no perder los estribos, pero aquello era demasiado – Por favor… no es preciso que me regale nada, pero menos aún, un juguete para adultos.

     Gertrudis se sentó en su mesa y empezó a abrir sistemas para iniciar su tarea, pero Zacarías se sentó en su escritorio con expresión desconcertada.

     —No entiendo por qué no lo quieres. No sé, yo tenía entendido que los regalos son mejores cuanto más personales, y no hay nada más personal que algo así.

     Trudy resopló y se armó de paciencia. Figuérez era un lince para los negocios, pero en inteligencia social, un cero. Mientras que otras personas veían cine y se formaban una idea del amor estilo comedia romántica o Disney, él se había pasado la mayor parte de su vida viendo contenidos porno, y su idea del amor y las relaciones humanas era tan distorsionada como la del primer tipo de personas, pero en su caso los resultados serían mucho más alarmantes. No terminaba de hacerse a la idea de que las enfermeras no llevaban minifalda, que si donaba semen tendría que sacárselo él solito, o que los fontaneros desatascaban tuberías de verdad y no en sentido figurado. Y era muy difícil sacarle de la cabeza que una pareja tendría que intercambiar más de dos frases antes de tener un primer encuentro sexual. Su secretaria intentó explicarse una vez más:

     —Desde luego que es personal. Es DEMASIADO personal. – Zacarías se apoyó en el monitor del ordenador, con cara de mucho interés – De acuerdo que los regalos mejores son los personales, pero no en el sentido de “íntimos”, sino en el sentido de “de acuerdo con los gustos de la persona que lo recibe”. Y aún en el caso de que una persona quisiera recibir algo… así, no es un jefe quien debe dárselo, sino alguien con quien tenga mucha más confianza. Un amante, un novio, quizá unas amigas muy cercanas, personas así, pero desde luego no un jefe.

    Zacarías asintió. Se fue a su despacho, y volvió con un paquete mucho mayor.

     —Pues menos mal que se me ocurrió comprar esto. Por si acaso metía la pata. – sonrió. Gertrudis estuvo a punto de negarse, pero Figuérez asintió, insistiendo en que lo abriera. Algo le decía que se iba a arrepentir, pero lo hizo. El grito ahogado de sorpresa que emitió, le hizo saber a su jefe que había dado en el clavo, y sólo por un ejercicio de autocontrol inmenso, no pegó un salto en el aire.

     Gertrudis estudiaba Historia del Arte. Era una carrera que le encantaba y la llevaba con pasión. Una de sus épocas preferidas era el Renacimiento, y su artista favorito de favoritos, sería siempre Miguel Ángel. Lo que tenía sobre la mesa en aquél momento era lo último que podía esperar de Zacarías Figuérez: que él le hubiera prestado suficiente atención a ella como persona y no como mujer, como para saber eso. “Miguel Ángel: obra completa”, decía el título del libro. Venía en una caja protectora en la que se veía el detalle de la mano de la Creación de Adán, tenía láminas desplegables para ver las pinturas y hasta incluía las poesías del genio italiano. Trudy conocía aquél libro. Sabía lo que costaba. Efectivamente, se arrepentía de haber abierto el regalo.

     —Señor Figuérez… - estaba a punto de llorar – Esto sí que no me lo esperaba. Se lo agradezco de todo corazón. Pero no puedo aceptarlo. – empujó el libro hacia él. Le pareció que pesaba mil toneladas, le dolía renunciar a ello. Pero sabía que debía hacerlo. Zacarías había pasado de la alegría al estupor.

     —Pero, pero, pero, ¿¿por qué?? – logró articular - ¡Si lo quieres! ¡Te gusta! ¡Esto no puedes decir que no te guste ni un poquito!

     —Sí, es cierto. Me gusta mucho, mucho más que un poquito. Pero es un regalo excesivo. – sonrió. Una sonrisa triste, la más triste que Figuérez había visto en su vida – Es demasiado, es muchísimo. Ni lo puedo corresponder, ni lo puedo agradecer. No puedo aceptarlo – Zacarías intentó objetar algo más, pero ella le interrumpió – No. Señor Figuérez, no insista: no me lo voy a quedar. Se lo agradezco en el alma, pero no lo puedo aceptar.

     —Me dejas hecho polvo. No va con segundas – se apresuró a aclarar. Con gesto abatidísimo tomó el libro y se metió con él en su despacho. Gertrudis empezó a trabajar, intentando apartar de su mente el maravilloso tesoro al que acababa de renunciar. No era tanto orgullo como sentido del juicio; Zacarías no le iba a echar en cara que él le había regalado un libro carísimo para que se acostara con él, pero el quedárselo la hubiese colocado en una situación muy incómoda. Quisiera o no, se sentiría en deuda, y lo último que quería, era estar en esa posición con alguien como su jefe.

     Zacarías, encerrado en su despacho, ojeaba el libro. Había supuesto que a ella le encantaría, que daría saltos de alegría, que quizá hasta le daría un besito en la mejilla. También había soñado que ella abrazaría el libro y le diría con ojos mimosos “Gracias por el regalo, ¡por favor, pídeme lo que quieras!”. O incluso que ella se abriría la blusa y le diría algo como “Yo también voy a darte un regalo, ¡tómame ahora mismo!”. Pero una vez más, sus sueños no se hacían realidad. Sí, le había encantado, pero sólo había servido para ponerla triste porque se había pasado un huevo y no quería aceptarlo. Era la primera chica que conocía que no quería regalos y menos aún caros, ¿qué se hacía con una mujer así, por favor? Y lo gracioso es que era así como a él le gustaba. Fría, insobornable, incorruptible como Elliot Ness. Seis meses, y ni siquiera había conseguido que le tutease.

     En fin… Guardó el librote en su caja protectora y lo colocó en una estantería. La verdad que desentonaba mucho junto al resto de libros como “Ley de locales comerciales”, “Nueva normativa europea para locales con espectáculo”, “La filosofía del tocador” o “Gatitas con picores”, pero no pensaba devolverlo a la tienda. En primera, así si Trudy lo quería consultar, podría hacerlo. Y en segunda, como la esperanza es lo último que se pierde, quizá lograse hacérselo aceptar. Mientras tanto, había que ir pensando en otra cosa.


**********

     Nim sentía la lengua como de cartón, y le daba la impresión de que si alguien le apretaba su inexistente tripa, le saldría humo por las orejas. Pese a estar tumbado, le parecía que flotaba sobre el suelo; su cuerpo le pesaba toneladas, pero él se sentía muy ligero. Magda sentía el cerebro como envuelto en algodón dulce; pegajoso, lento, y de colores extraños.

      Estaban tirados entre los cojines del suelo, tumbados y mirando el cielo azul a través del balcón, recortado por las copas de los árboles del parque y el pinar. Más allá del mismo, quedaba ya la montaña, y a lo lejos del todo, la curva del mar, por donde llegaban nubes gruesas de color verde sucio. Tormenta, y fuerte. Los dos sabían que tendrían el aparato eléctrico encima en menos de una hora, y que había que cerrar las ventanas, pero ninguno de los dos pensaba levantarse a hacerlo. Aparte de que fumar allí tumbados era demasiado agradable para interrumpirlo por tan poca cosa, en ese momento no podían levantarse; la cachimba les había aflojado las piernas y ninguno de los dos podría sostenerse si lo intentara.

    Hacía calor, el calor excesivamente quieto y pegajoso que precedía a la tormenta. Magda tenía calor, pero Nim tenía la ropa pegada a la piel. Se había quitado la peluca bajo la que ocultaba unos cabellos tan largos que le llegaban más debajo de los hombros, y tenía toda la melena sudada y pegada a la frente. Se había desabrochado la chaqueta del uniforme y descalzado. No se sentía con fuerzas para soltarse el pantalón. Magda, incapaz asimismo de quitarse la amplia camiseta, simplemente se la levantó, dejando al descubierto su vientre y la línea del bajo pecho. Nim tosió, y el humo de la cachimba envolvió por un momento el cuerpo de su mujer, lo acarició y se desvaneció muy despacio, como si no quisiera abandonarlo. “Tampoco lo haría yo si pudiera” logró pensar.

     Hacía sólo cuatro días que habían logrado consumar su relación, y desde entonces habían tenido sexo con mucha frecuencia, pero la noche anterior la fumada había sido superior a sus fuerzas y les había derrotado. Nim estaba seguro de que ahora iba a suceder lo mismo, pero la verdad que le importaba poco; otra cosa le importaba más, y era que Magda no sabía que su feroz vaginismo no se había curado por arte de magia. O mejor dicho, sí se había curado por arte de magia, dado que había sido Aura, “la bruja”, quien le dio la pomada que destensó sus músculos y que había permitido al fin que pudiesen hacer el amor, en lugar de contentarse sólo con caricias. Magda era una gran seguidora de la meditación, la relajación, el yoga… pero eso de la brujería, no casaba con ella, y se había opuesto a que Nim le pidiese consejo; éste lo había hecho a escondidas. Al cabo no le gustaba tener secretos para con su costilla y pensó que cuanto más lo retrasase, peor sería.

     —Magda, cielo… Si te digo una cosa, ¿me prometes que no te enfadarás? – le pasó la cabeza de boa, y ella sonrió.
    
     —Ahora mismo, no me haría enfadar nada, dulzura. Dime. – la joven aspiró con los ojos cerrados, y el cabo confesó.

     —¿Recuerdas que me dijiste que no querías consultar a Aura sobre lo nuestro? – preguntó, mirando sólo al cielo, para no leer en sus ojos si se molestaba o no. – Pues… bueno, pues al final lo hice. Me dio una pomada, te la puse mientras dormías y gracias a eso, ahora va todo tan bien, no fue mala idea, y yo siento haberte engañado, sí, pero no siento haberle contul… consut… condul… bueno, haberle pedido consejo.

     El humo que Magda soltaba, subía en aros y en nubes lentas. Volvió la cara para mirarla, y encontró una mirada de cierta sorna.

     —Ya lo sabía. – sonrió – El miércoles fui a verla, y le pregunté si tú habías ido a verla antes, y me dijo que no tenía sentido intentar mentirme, cuando yo ya lo sabía. – Nim puso cara de sorpresa – Cielo, no era normal que, de golpe y porrazo, mi cuerpo se arreglara solo. Y encima, qué curioso, justo cuando tú me propones consultar a Aura, y yo te digo que no. – chupó de nuevo y le soltó el humo cerca de la cara. Las volutas le acariciaron las mejillas con la suavidad de un beso. – Le di las gracias a ella, y ahora te las doy a ti. Tres besitos de agradecimiento.
 
     Con dificultad, Magda se acercó a él y le besó en la frente. Luego, en la mejilla, y por fin se dirigió a la boca, pero Nim la frenó.

     —Espera. Si es mi besito de gratitud, quiero recibirlo donde y como quiera yo. – Se incorporó y señaló el balcón abierto.

     —¿Ahí? – a su mujer se le escapó la risa floja – Pero Nim, nos pueden ver desde el parque, ¡no hay cortinas! – El cabo avanzó de rodillas hasta el balcón; a diferencia de la terraza, era muy pequeñito y estrecho, a duras penas podía uno sentarse en la silla plegable, y Nim la llamaba “la terraza del infarto”, porque el arquitecto no había tenido mejor idea que no hacerla al nivel del piso, sino a un nivel inferior de dos pequeños escalones, de modo que la primera vez que uno entraba, como no fuera con cuidado y los viera, se pegaba un susto de órdago y tenía la sensación de caer. Se quitó la guerrera del uniforme, la abrió y la ató por las mangas a las barras de la barandilla. No mucho, pero algo tapaba. Después se sentó en el suelo con las piernas estiradas e hizo un gesto con la cabeza para que Magda se acercara.

     “Pues si a él le importa un pimiento que nos puedan ver, yo no voy a ponerme en plan remilgos”, pensó ella. Como pudo, acercó la cachimba hasta el balcón hasta dejarla a su alcance y se sentó a horcajadas sobre las piernas de Nim. En el estrecho balconcito no quedaba sitio para nada más, pero no estaban apretados. Al menos, en lo referido al espacio del piso. En cuanto al espacio vital, empezaron a apretarse muy deprisa. Nim aspiró de la cachimba hasta llenarse los pulmones y contuvo el humo; Magda le besó y sus lenguas juguetearon entre sí, mientras él le pasaba el humo perfumado, que escapaba en pequeñas volutas por la comisura de los labios de ambos. Apenas empezaron a besarse, las manos de él pensaron solas y empezaron a deslizarse por el cuerpo de la mujer, una hacia los pechos, la otra hacia las nalgas.

     —Cabo Fontalta… - dijo ella, en tono de falsa regañina – No sea ansioso, tenemos toda la tarde.

     —Sí, pero yo llevo sin ti todo el día. – qué bien le quedó, ni él se esperaba que le saliese una respuesta tan bonita y tan bien dada. A Magda también debió encantarle, porque le dedicó una mirada lánguida, un “oh”, y se levantó la camiseta para ponerle las tetas en la cara. Nim la abrazó en un temblor y se maravilló de la sensación de calor y dulzura que le producían, tan blanditas, suaves y calientes. Su virilidad, ya juguetona, se alzó como un mástil, y ella lo notó. Le gustaba sentirla presionando contra sus bragas, le gustaba mucho. Cuando recordaba que sólo pocos días atrás le había inspirado pánico, le daban ganas de llorar de alegría, ¡qué tonta había sido al no ir mucho antes a ver a Aura! Se frotó contra aquél tronco caliente, moviendo sus caderas hacia delante y atrás, y el gemido de Nim le destrozó el corazón, al mismo tiempo que su cuerpo se inundaba.

     El cabo temblaba de excitación entre los brazos de su mujer, y sus caderas se movían buscando el calor del pubis de ella. Quería abrirse la bragueta, pero no quería dejar de tocarla; sus manos se habían perdido bajo la camiseta, le apretaban los pechos y se los movían. Magda se alzó el borde de la prenda y lo sostuvo con los dientes, para que él pudiera mirarla. Nim sonreía, alternando entre mirarla a los ojos y a las tetas, aquéllas preciosas tetas que le cabían exactamente en las manos y que eran tan suaves y calientes, y que hacían gemir de forma tan deliciosa a su mujer cada vez que él las tocaba. Magda estaba colorada de excitación, ¡le encantaba que su Nim la tocase! En tanto tiempo sin poder tener sexo completo, habían dedicado toda su atención a las caricias, y a fuerza de ello habían descubierto que Magda podía tener orgasmos sólo acariciándole los pechos. Haciéndole cosquillas en los pezones, justo… ¡haaaaaaaaah…! ¡Justo como Nim se las hacía en ese momentooo…!

    Los brazos de Magda se acalambraron, las manos apretando el cinturón de Nim, ¡qué placer! El cabo sonreía sin dejar de frotarse contra ella, mientras cosquilleaba los pezones con la punta de los dedos, o se los pescaba entre ellos y los pellizcaba. Magda se restregaba contra la erección de su compañero y se ponía más roja cada vez, notaba las bragas empapadas y calientes, y los escalofríos de placer eran más intensos cada vez.

     —No pares, sigue, sigue. – rogó, a la vez que intentaba desabrocharle el cinturón, y no le era nada fácil porque le temblaban las manos, pero lo logró. Nim respiraba a golpes, mirando cómo su mujer le abría la bragueta y le sacaba el miembro, ¡qué golpe de placer cuando ella lo tomó con la mano y lo acarició! Magda se hizo a un lado las bragas y se frotó directamente contra su pene, sin metérselo. -¡Mmmmmmmmmmmmh…! – Era pura suavidad, pura dulzura, ¡se deslizaba contra su clítoris de un modo maravilloso, delicioso y picante! Nim puso los ojos en blanco y le apretó las tetas en una convulsión, pero enseguida siguió cosquilleándole los pezones mientras ella se frotaba con rapidez, con ansia. Los muslos le temblaban y él sentía aquéllos temblores contra sus piernas. Estaba a punto de correrse y lo sabía. Quería que lo hiciera, quería que explotase de placer con sus pezones, y se metió uno en la boca, y succionó.

     Magda desorbitó los ojos, tembló de placer y se le escapó un grito sin querer, ¡qué vergüenza! Se tapó la boca mientras las chispas de gusto le torturaban el pezón y le subían hasta las orejas, y le daban escalofríos en la nuca. Nim se rió por lo bajo y siguió chupando mientras no paraba de cosquillear el otro pezón y su polla se frotaba contra la sensible perla del sexo de su mujer. Esta logró mirarle a los ojos, aún tapándose la boca con la mano, y Nim supo que estaba llegando. Notó cómo ella se ponía tensa, cada vez más tensa. Cómo su mano libre en su nuca se crispaba y cómo los gemidos se le escapaban por más que intentase evitarlo, y en el momento justo, movió las caderas y se metió de golpe dentro de ella.

     Magda gimió de tal modo que ni con las dos manos logró acallar el sonido, su cuerpo tembló y una poderosa oleada de gusto rompió en sus pezones y en su coño al mismo tiempo. La ola fuerte la hizo tensarse y dar un brinco de placer. Otras olas más suaves le hicieron relajarse y quedar a gusto y satisfecha, con una deliciosa sensación de calma. En medio de maullidos de gusto, se abrazó a Nim y le besó, acariciándole la lengua con la suya, acariciándole la espalda, los hombros, y al fin el cabello y la cara. Sólo entonces se dio cuenta que, si alguien les había visto, con la manga de la chaqueta que les tapaba, nadie habría visto sus caras, sólo a una mujer que follaba con un hombre de cabello largo. “Mañana a estas horas, todo el mundo dirá que le he puesto los cuernos a Fontalta”, pensó, pero antes de poder decírselo, su Nim empezó a moverse; quería terminar él también.

    La joven no quiso hacerle sufrir, y botó con energía sobre su polla. Nim se recostó en las barras y la agarró de las nalgas, gozando de las profundas embestidas, gozando de estar dentro de ella, algo de lo que se había visto privado durante años. Podía sentir todo el recorrido de su interior, húmedo y cálido, tórrido. Tan dulce, tan apretado y estrecho, ¡cómo le abrazaba la polla! Magda hacía círculos sobre él, y luego subía y bajaba, y luego se frotaba de atrás adelante, y luego… ooooooooooh, ¡¿cómo era posible sentir tanta felicidad, tanto bienestar?! Se fundía, notaba el gustito hacerse más y más intenso, y no intentó retenerse, se dejó ir. Acarició las mejillas de Magda y se lo anunció:

     —Magda, vidita… me corro… me corro dentro,… ¡dentroooooooommmmmmmmmmmmmh…! – su compañera le besó para intentar acallarle, pero sólo lo logró en parte, ¡el cabo sentía tanto placer, que no le era posible callárselo; todo su cuerpo hormigueaba de gusto! Sintió la descarga salir disparada dentro del cuerpo de su mujer, como si ella la aspirara, y le parecía que el alma se le escapaba por entre las piernas. Mientras la respiración se le normalizaba, notó la caricia de un beso sobre sus labios, y el sabor del tabaco de lilas condimentado. Dejó que a la vez la lengua de Magda y el humo de la cachimba penetraran su boca, y abrazó a su mujer. Una gotita de agua le cayó en un brazo, y enseguida otra, y de golpe muchas más. Se separaron para mirar; grandes nubarrones de color azul oscuro con bordes amarillentos estaban casi sobre ellos, y la lluvia ya caía con fuerza. Magda miró el cabello largo de su marido, goteando agua, y le pareció que era guapísimo. Mucho más guapo de lo que ella le había visto nunca.

     Si se hubiera tratado de un simple chaparrón, hubieran seguido allí, bajo la lluvia, pero una tormenta de esas características no era para tomarla a broma, y menos en una terraza de barandillas metálicas, de modo que fueron dentro y cerraron todas las ventanas. Hicieron bien; en pocos minutos empezaron a sonar truenos que se acercaron con rapidez, y casi enseguida vieron caer rayos muy cerca, en el parque y el pinar. Envueltos en toallas, se sentaron frente al ventanal, a mirar la tormenta. 



     En el piso de arriba, Fugaz tenía en los cascos rock a todo volumen, y también miraba la tormenta. Se había puesto los auriculares porque, a través de su ventana abierta, le llegaba toda la fiesta de Fontalta y Magda y ni quería ser cotilla aún involuntario, ni quería morirse de envidia. La tormenta reflejaba muy bien lo que sentía. Abandonado por Aura sin tener una razón, la tristeza se le mezclaba con la rabia; también en su interior estallaban rayos y truenos. Había intentado hablar con la joven desde que ella le dejó pero, misteriosamente, nunca la encontraba. Cuando la buscaba en el chiringuito que regentaba en la playa, resulta que había salido, y César, el chico que la ayudaba, nunca sabía a dónde. Cuando la buscaba en su casa, que siempre estaba abierta, resultaba que la encontraba cerrada y sólo encontraba al gato bufándole. Aura no tenía teléfono, ni fijo ni móvil. Y por más rondas que hiciera por el pueblo, por más que la esperase aquí o allá, jamás daba con ella. Se estaba escondiendo de él y lo sabía, y eso le cabreaba más aún. Tenía que hallar una manera de dar con ella y hablar con calma. Y al oír, aún a través de los cascos, el grito de placer de Magdalena, pensó que ya sabía cómo.




     En su casa sin cerrar, Aura leía las cartas para sí. Para ella, era como para otra persona leer un diario, sólo que en lugar de leer lo que había sucedido, leía lo que iba a suceder. O al menos, lo que más probabilidades tenía de suceder, dado que el futuro tiene la maldita costumbre de no parar quieto un segundo, porque cuando lo hace, se ha convertido en pasado. La tormenta le había hecho sospechar. No es que fuera nada realmente raro, las tormentas en verano eran frecuentes en aquélla época, pero no de tal violencia ni electricidad; esas solían darse más bien para principios de otoño. Mucho se temía la razón de la misma, pero aún así consultó. Lo que veía en las cartas no le gustaba lo más mínimo.

     El mundo protesta y se queja cuando algo que no le pertenece, algo hostil y egoísta, pretende llegar a él. La llegada de una presencia maligna, siempre es precedida de fenómenos naturales poco agradables, como tormentas de inusitada violencia, temblores de tierra, incendios espontáneos o tempestades. Son como la incubación que precede a la enfermedad. Aura lo sabía, y sabía también que ella sólo conocía a una presencia maligna que pudiera estar interesada en aparecer en esa parte del mundo. Podía sentirle acercándose, disfrutando de que ella supiera que lo hacía y mandándole “avisos de llegada” llenos de cinismo. Aura no quería pensar en su nombre, porque sabía que hacerlo, aunque sólo fuera pensarlo, le daba más fuerza, pero cuando cayó el siguiente rayo, todo el pelo de su gato, Sócrates, se erizó, y el animal se metió bajo su silla, bufando. Estaba asustado, no sabía dónde ir, y sólo había una cosa que inspirase miedo al tuerto Sócrates: Baelzhabud.