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viernes, 13 de enero de 2017

Un jefe pervertido.


    La antesala del despacho olía muy fuerte a tabaco y al ambientador de fresas que usaba la pobre Trudy (bautizada Gertrudis) para intentar paliar el pestazo. No sólo no lo conseguía, sino que el ambiente era aún más irrespirable por la mezcla de los dos olores, pero Alvarito tenía un sistema; nada más entrar, cogía mucho aire respirando fuerte. A pesar de que él también fumaba, el olor casi le hacía lagrimear los ojos, pero mientras estaba allí, ya no olía nada. Soportarlo por soportarlo, mejor pasarlo lo más rápido posible.

      -Trudy, cariño, ¿le dices a...?

      -Le digo que estás aquí, y no hace falta que me llames “cariño”. - Trudy no aguantaba nada de los tíos, y trabajando para Zacarías Figuérez, traficante de porno, era perfectamente comprensible; Alvarito sólo había conocido a una persona que pensase en sexo más que Figuérez, y era un tipo que se dedicaba a hacer lucha libre en el barro en sus ratos libres. Y aún así, en una competición de a ver quién estaba más salido, lo más fácil sería que empataran. - Sr. Figuérez, Alvarito desea verle.

       -Repítelo un poco más despacio, ¿quieres? - contestó por el interfono la voz arrastrada y aguardentosa de Figuérez.

      -NO. - dijo, y volviéndose a Alvarito, le indicó que pasase, pero antes de que él pudiera abrir la puerta, Zacarías ya había salido a recibirle, llamándole por su nombre con una gran sonrisa. Trudy ni les miró, pero el empresario sí lo hizo.

      -Cariño, tráenos un café, ¿quieres? 

      -”Trudy”, no “cariño”. - Zacarías sonrió bajo su fino bigotito pegado a su barbita de color castaño.

     -Como quieras. Trudy, mi vida, ¿te importaría contonearte sobre esos preciosos muslos, y...?

      -¡CAFÉ! ¡Lo he oído! ¡YA VOY!

      Zacarías la vio alejarse con una sonrisa soñadora, y entró en el despacho con Alvarito. Éste sabía que Gertrudis podía estar hasta las narices de su jefe, pero pagaba muy bien y la jornada le dejaba muchos ratos tontos para estudiar Historia del Arte; por mucho que le molestase, no era fácil que dejase el trabajo, y eso Figuérez lo sabía.

      -Tengo un vídeo que te va a interesar para las cabinas – dijo Alvarito y le tendió el móvil, apenas Trudy les llevó el café y se marchó. Zacarías acercó su mano delgada con tres anillos en ella y musitó “veámoslo”, mientras se llevaba el cigarrillo a la boca con la otra. Puso el vídeo, lo observó con cara de extrañeza, se acercó el móvil a los ojos, y sonrió.

     -Esta es Lota... - Alvarito asintió y sonrió – Qué cabrón eres, ¿quién es el tipo que está con ella? No había visto a nadie sudar tanto sin estar en una sauna...

      -Se llama Ricardo, y están enrollados. Me dijo que habían sido amigos en el instituto, se reencontraron hace poco. ¿Cuánto? - Zacarías expelió humo y puso cara de circunstancias. 

      -Alvarito, hijo... tú sabes lo mal que va el negocio del local. Por más que tengamos vídeos exclusivos, con internet hemos perdido una cuota de mercado altísima, y en la página cada día tenemos menos compras de vídeos, a la gente le gusta la exclusividad, sí, pero en internet tiene mil vídeos más y gratis, no estamos para muchas alegrías...

      -Todos los habituales de tu local conocen a Lota, y no hay tío que no haya querido darle un repaso, ¡di que se trata de ella!

      -Es cierto que muchos de mis clientes la han visto, y se han interesado por sus encantos...

      -¡Y una mierda! ¡Se han interesado por sus tetas!

       -Admitamos eso... pero a ella no se le ve la cara, eso siempre queda mal, y yo no puedo poner en mi local que se trata de ella. ¿Me equivoco, o ella no sabe que éste vídeo existe? - Alvarito bajó la calva cabezota y lo reconoció. Pero no se arredró por ello.

      -¡Pero aún así, es perfecto! Ella viene por aquí sólo de vez en cuando, y cuando lo hace, no usa nunca las cabinas de vídeo, y no se mete en tu página, así que nunca lo descubrirá! - Zacarías suspiró e hizo un gesto de disconformidad.

      -Te diré qué haremos. Te daré parte del alquiler del vídeo. Primero lo pondré a un euro, e iremos a 70-30. El treinta entero para ti. Si veo que se vende bien y sobre todo que no hay escándalo, empezaré a darle bombo, lo subiré a tres euros, e iremos al cincuenta, ¿hecho?

      -Hecho. - Alvarito sabía que era un trato bastante pobre, pero aceptó; él sabía que cuando se corriese la voz por el barrio de que en el “GirlZ” había un vídeo de Lota montándoselo con un tío, todo el mundo lo querría ver. Se llegaría a los tres euros sin problema, y aunque supusiese sólo uno y medio para él, uno y medio era mejor que nada, que era exactamente lo que tenía en aquél momento.

      Zacarías descargó el vídeo a su ordenador y le pagó a Alvarito los veintitrés euros que le debía por otros vídeos similares que el portero le había vendido, grabando en parques y en el callejón de la discoteca, y que ahora se exhibían en el local del empresario. Apenas se marchó, Figuérez conectó el interfono, puso el vídeo a volumen medio y en reproducción infinita. Su trabajo le gustaba, pero esta era sin duda, una de las cosas más divertidas que le brindaba. Se bajo la cremallera y empezó a acariciarse con suavidad. Mientras su miembro se animaba y crecía, a través de la cámara interna, pudo ver a su secretaria mirar el interfono un par de veces. El volumen del vídeo no era lo bastante alto para delatarle, ni sus gemidos tampoco. Aún.

       En el vídeo se podía ver a una chica muy bien hecha, con varios tatuajes, en camiseta y bragas, y un tipo vestido sólo con un delantal de color rosa pálido. A la chica no se le veía la cara, estaban contra una pared, junto a una estantería de baldas abiertas, de modo que se le veía el cuerpo, pero a la altura del rostro tenía que haber un libro gordo. No obstante, todo el mundo conocía el tatuaje de la rosa que solía quedar medio oculto por el pantalón, el de la cobra y el de la partitura que lucía Lota en su cuerpo, no podía ser otra. Era una lástima que una chica tan guapa, hubiese ido a abrirle las piernas al tío del vídeo, pero en fin... Él tampoco era muy guapo, y hubiera dado lo que fuese porque una que él se sabía, le abriese las piernas a él. Con ese pensamiento, empezó a tirar suavemente de la piel del glande hacia abajo y se le escapó un suspiro.

       A través de la cámara interna, vio a Trudy dar un respingo, y tosió para disimular. Su secretaria puso cara de sospecha, pero al poco se relajó y siguió leyendo el mamotreto que tenía sobre la mesa. Figuérez sacó del cajón la botellita de aceite corporal que guardaba para esos menesteres y se dejó caer una buena cantidad sobre los dedos. Sólo el pensar en el placer que le esperaba, ya le ponía nervioso, pero no permitió que se le alterara la respiración. En el vídeo, se veía al tipo comiéndole el bollo a Lota, y no pudo evitar imaginar lo mucho que le gustaría ser él quien le diera ese placer a Trudy. O en ver a Trudy comérselo a Lota. Tuvo que morderse el labio.

      La idea de ver a dos chicas montándoselo, era algo que le gustaba muchísimo, y dejó volar la imaginación. Pensó en Lota desnuda, tal como estaba en el vídeo, y Trudy chupándole el clítoris, mientras a él le dejaban mirar. Su mano derecha, que hasta el momento había estado acariciando su pene de forma casi perezosa, sólo para disfrutar del cosquilleo suave y agradable, empezó a frotar con mayor decisión. Arriba y abajo, se deslizaba por todo su miembro, y de vez en cuando se detenía en el glande, la zona más sensible.

      “Oh, por favor, Zacarías, dame placer a mí también” pediría su secretaria en su fantasía. Se abriría de piernas, en cuclillas, mientras seguía chupando a Lota, y él se tumbaría en el suelo, metería la cabeza entre los muslos de Trudy, le haría a un lado las bragas y le lamería el clítoris. Sólo el clítoris, para hacerla sufrir y gozar. Pensando en eso, deslizó los dedos al frenillo, y se acarició allí, haciéndose cosquillas. ¡El placer le hizo brincar en la silla! Notó que sus nalgas se ponían tensas, mientras el placer eléctrico le zumbaba por toda la polla, pidiéndole que se agarrara y se frotara sin piedad, pero no lo hizo. Quería hacerse sufrir un ratito, quería torturarse, sabiendo que el interfono estaba abierto y Trudy podía oírle, pero debía ocultarlo el mayor tiempo posible.

       Su dedo índice aleteaba en su frenillo, ese punto dulce justo bajo el glande que le hacía retorcerse de placer y ganas, mientras su mano izquierda se acariciaba las pelotas, y conservaba el cigarrillo entre los labios, tragándose la nicotina y los gemidos a la vez. El cosquilleo era delicioso, le picaba en el miembro, se cebaba en el glande, le dejaba las piernas hechas mantequilla y era incapaz de mantener los ojos abiertos; era sencillamente perfecto... casi perfecto. En pocos segundos pasó de “delicioso” a “deliciosamente insoportable”, y se dio cuenta de que su respiración se estaba acelerando demasiado, por más que intentaba contenerse hacía ruido; en el monitor, Trudy de nuevo miraba el interfono y carraspeó. Zacarías retiró la mano y apretó el inhalador que usaba contra el asma para que su secretaria pensara que el ruido de respiración se debía sólo a eso. Gertrudis, con cara cada vez más suspicaz, pareció a punto de preguntar algo, pero el ruido del inhalador debió convencerla lo suficiente, porque no lo hizo.

       Figuérez se abrazó el miembro con la izquierda, mientras con la derecha sacaba un nuevo cigarro y lo encendía con la colilla del primero. Una vez renovada la dosis, se abandonó de nuevo a su fantasía. “No... no aguanto más, Zafi” decía su secretaria “Por favor, ¡penétrame!”. Zacarías tembló en la silla y se le escapó una sonrisa cuando pensó en Trudy llamándole “Zafi”, y mientras imaginaba cómo se sentiría su chochito cálido y estrecho, se apretó la polla y empezó a darse sin compasión. El aceite hacía que resbalase de un modo dulcísimo y el placer cambió. Ahora ya no era un simple picorcito, ahora eran oleadas de gusto que le quemaban todo el bajo vientre a cada movimiento de la mano. Supo que no iba a aguantar mucho más, y dejó de intentar contener el ruido, antes al contrario, separó los labios y dejó que su respiración saliera en gemidos delatores mientras aceleraba más y más y se rendía al placer.

       Gertrudis miró el interfono con cara de incredulidad, y Figuérez sonrió. Subió el volumen del vídeo y gozó del morbo de sentirse escuchado. “Me está oyendo... sabe que me la estoy zurrandooo... puedo sentir cómo se indigna mientras yo me fundo de gustooo...”.

      -Mmmmmh... haaaaaaaaaah.... - no fue un accidente.

      -Sr. Figuérez, córtese un pelo, que le estoy oyendo – dijo la secretaria, de malhumor.

       -Cielo, pero si lo hago precisamente para que me oigas, no tendría gracia si no... - contestó, con la voz entrecortada. Vio en el monitor que Trudy tapaba el interfono con su grueso abrigo, justo cuando el placer se hacía ya imparable – Eso no te servirá... hay un supletoriooOOOOOOoh... aaaaaaaaaaaaaah... oh, qué placer, ¡qué placeeer...! - se regodeó, gozando de los tirones que daba su polla, expulsando a presión una gran cantidad de esperma, dejándole a gusto y con una maravillosa sensación de calma y sueño. En el monitor, Trudy negaba con la cabeza entre las manos.

       -Dios mío, mi sueldo no paga esto... ¡ni el psiquiatra que voy a necesitar! ¡Y no me llame “cielo”! - la oyó lamentarse.

       -Hmmmmmmm.... Vidita, sabes que soy un pervertido, lo admito abiertamente a todo el mundo, fue lo primero que te dije cuando viniste por el puesto... no sé de qué te extrañas. - la joven resopló, y Zacarías sonrió. Le encantaba chincharla. - Venga, no te distraigo más, cie... cariño. Sigue estudiando. - Cortó la comunicación, pero siguió mirando por la cámara interna, cosa que Trudy no sabía y dio una honda calada al cigarro, que ya se extinguía, mientras buscaba uno nuevo.

      Uno podría pensar que siendo traficante de porno, conocía a un montón de chicas, pero Zacarías no se engañaba: eso se quedaba para los directores, los productores, los que ponían la pasta y tenían los casoplones donde se rodaba; el distribuidor como él, no olía a aquéllas tías más de cerca que cualquier perdedor de la calle. Alguna de las chicas que bailaba en su local le había hecho favores, seducida por la posibilidad de llegar a ser actriz porno o hasta modelo, pero cuando se dieron cuenta de que no tenía medios para promocionarlas de ninguna manera, pasó de ser “cariñito” a ser “el tío pervertido ese”. En un principio, él había pensado que también Trudy querría algún contacto de él y que podría divertirse con ella algunos meses, como con las otras. Pero Trudy sólo quería trabajar y estudiar su carrera, y aunque el estar de secretaria para alguien como Zacarías Figuérez era algo que ocultaba a su madre, lo hacía con mucha destreza, porque necesitaba el salario. Al empresario le cogió tan de sorpresa el encontrar una mujer que pretendiese vivir de su cerebro, que se encaprichó de ella. Pero Trudy se negó. Cuando se dio cuenta de que su jefe quería de ella labores que iban mucho más allá de contestar al teléfono, organizar citas y responder e-mails, llegó a abandonar el trabajo, pero Figuérez le rogó que no lo hiciera y le dobló el sueldo si se quedaba. Gertrudis sabía que no encontraría ningún otro sitio donde cobrase tan bien y, motivada por lo mucho que necesitaba el dinero para vivir y estudiar, decidió hacer de tripas corazón y quedarse, advirtiendo seriamente a Zacarías que bajo ningún concepto se acostaría con él. El empresario se mostró conforme, pero a su vez le hizo saber que iba a trabajar para un pervertido. Pacífico, desde luego, pero pervertido, e iba a tener que aguantar sus perversiones.

       Bien o mal, Gertrudis cobraba un sueldo elevado, pero a cambio tenía que oír cosas como la sucedida, soportar que Zacarías le llamase dulzuras y que, sin que jamás la tocase, ni le dijese groserías, ni se acercase a ella más de lo que permiten las formas, intentase de mil maneras “ponerla cachonda”. No era la primera vez que Figuérez le pedía que pasase a su despacho para recoger una bolsa de ropa sucia y llevarla a la lavandería, y que cuando ella entraba, él estuviese desnudo por completo. O que, si ella preguntaba si estaba vestido, respondiese que sí, y resultase que lo estaba, pero sólo de cintura para arriba. O que colocase una cámara bajo su propia mesa que le mandase fotos de su entrepierna al ordenador cuando se daba placer en su despacho, para que ella las viera. O que... Todo lo que se le ocurría. Quería acostarse con ella desesperadamente y no entendía cómo ella no se excitaba con cosas que a él le volverían loco, pero Trudy tenía algo que le impedía llegar a ella, y él no sabía qué era.

martes, 10 de enero de 2017

Leche con café



“Bien, ahora cuando vuelva, le diré que no es buena idea.” pensó Lota, poniéndose las bragas y la camiseta sin destaparse, por miedo a que Cardo volviera y la pescara a medio vestir. Había cometido el error, horrible y maldito error, de ceder con él. La noche anterior había bebido, y se habían juntado muchas cosas. Culpa, estúpidos celos, la pesadez de Cardo, todo había ido a combinarse y a medida que su cabeza se aclaraba, los recuerdos se hacían más vergonzosos. “Le va a destrozar el corazón y lo sé, pero es lo mejor para los dos”. Después de despertar a su lado, el Cardo se había ido a preparar el desayuno con una estúpida sonrisa triunfal, al parecer convencido de que una noche de sexo, era el inicio de una relación seria a largo plazo. La escasa experiencia de su antiguo compañero de estudios era más que evidente, y no sólo en terreno sexual.

Carlota sabía que ambos eran tan diferentes como la noche y el día. Ella era tatuadora, él encargado de planta logística en unos grandes almacenes; ella tenía sus amistades entre los moteros, modelos eróticas, porteros de discoteca, profesores de artes marciales y ex presidiarios. Él tenía compañeros de trabajo que no le tenían una especial simpatía, pero que se reían de sus chistes por que era su superior. Ella bebía cerveza y ron con coca cola, él zumos y, cuando quería desmadrarse, moscatel, sólo ocasionalmente bebía cerveza... ¿qué podían compartir dos personas así? Absolutamente nada. Prolongar la situación, sólo sería peor, era mejor desilusionarle rápido.

Alguien se aclaró la garganta, y Lota se volvió hacia el sonido, hacia la puerta abierta de su cuarto, y por ella apareció un pie descalzo.

-Yuuuu-huuuuuuuuuuuu.... - El Cardo deslizaba su peluda pierna por el vano de la puerta, después su peludo brazo, y finalmente asomó su cabeza de ralo y sudoroso pelo rubio, con sus ojos de pez y su sonrisa de bobo, pretendiendo ser seductor – Le traigo su café, madame... se lo he puesto solo, pero si quiere, puede pedirme que le ponga... leche. - desapareció un momento y enseguida cruzó la puerta, llevando la bandeja con café y tostadas, pero eso no era lo peor que llevaba. Sobre el cuerpo desnudo y erecto se había puesto un delantal con puntillas de color rosa pálido. “Ese delantal era de mi abuelita... Es su recuerdo, nunca me lo pongo para no ensuciarlo, y ahora él lo lleva sobre la po... la po...”. Y reventó de risa.

Más tarde, eso fue lo único que recordó, que se rió y se rió hasta hartarse. La situación era demasiado ridícula, demasiado grotesca para hacerle ningún reproche o decir nada, así que simplemente soltó las carcajadas. Ricardo no entendía por qué, y la miraba con extrañeza, y esa cara de estupor le hacía todavía más gracia, no podía parar, y por fin ella le levantó el camisón y metió la cara bajo la rosada tela. El Cardo se estremeció en un gemido agudo y tembló de tal modo que estuvo a punto de dejar caer la bandeja sobre Lota, sólo por un ejercicio de supremo autocontrol logró dominarse, ¡le estaba chupando! ¡No podía ni imaginar que le hicieran algo así, le... le parecía estar soñando!

Lota, arrodillada en la cama, besaba con lujuria la hombría de Ricardo y la recorría con la lengua, dándole mil vueltas en su boca cálida, y aún se le escapaban algunas risas, que cosquilleaban al Cardo. Era una suerte que no le viese la cara, porque se estaba poniendo hasta bizco de placer. El gozo le subía por la columna hasta la nuca, le hacía encoger los dedos de los pies y guiñar un ojo, y enseguida le pareció que no aguantaba más, era demasiado agradable. Un picorcito empezó a crecer en la punta de su polla, todo dulzura...

-¡Hola!

-¡AH! - ¡Ahora sí que tiró la bandeja! Sólo de chiripa la lanzó hacia un lado en lugar de dejarla caer, y saltó a la cama, intentando taparse.
-¡Alvarito, ¿qué haces aquí?! - gritó Lota, echándole las mantas encima a Ricardo, intentando no mirar que éste se cubría los pezones con los dedos. Alvarito tenía la mandíbula por los suelos y se tapaba y destapaba los ojos con las manos, sin dar crédito a lo que veía con ellos.

-Aaah... eeeh... Si alguien quiere decir “puedo explicarlo, no es lo que parece”, es una ocasión jodidamente buena para hacerlo. - dijo - ¡Aunque me gustaría ver cómo lo iba a explicar! ¿No era que “no te molestaba” que se morrease con otras?

Ricardo miró a Lota con asombro, ella se puso como un tomate, agarró la cafetera de la cama y se la lanzó a Alvarito, y le acertó en plena cara. Mientras éste soltaba un gemido de dolor, ella se puso digna como una reina.

-Alvarito, estás en el cuarto de una señorita. Haz el favor de salir hasta que pueda ponerme visible. - el portero masculló “Ok”, y salió agarrándose el lado golpeado y cerró la puerta tras de sí. Lota se levantó de la cama para buscar sus pantalones y recoger el desaguisado de la bandeja; iba a pedirle a Ricardo que se vistiera cuando reparó en la cara que tenía. Pura indignación. - ¿Qué te pasa, a qué viene esa cara de princesita ultrajada?

-No sé, tú sabrás. - repuso él.
-No te habrás enfadado por lo de Alvarito... - “¿Me estoy justificando delante de éste caradepez? No, no lo estoy haciendo, es sólo que no quiero que me tome por lo que no soy, ¡nada más que eso!” - Oye, él es amigo mío, casi un hermano, siempre me está chinchando, no...

-Carlota Concepción Manrique de San Jorge, Carlo la Bollo. - silabeó, saliendo de la cama - ¿Te has acostado conmigo por despecho? ¿Por celos? ¿He sido para ti un “polvo de rabia”?

Era la ocasión perfecta para decirle que sí y librarse de él de una vez para siempre. Tenía que decirle que sí.

-Bueno, verás...
-¡Has dudado!

-Cardo, yo lo he pasado tan bien como tú... - sonrió, pero él no se arredró.

-¡Eso, no es lo que he preguntado! ¡Te exijo, exijo, exijo saber si te has acostado conmigo por algo distinto al deseo sexual!

Lota sabía que las chicas nunca habían tratado bien al pobre Cardo. Nadie había tratado bien al pobre Cardo... ella hubiera preferido soltarle una mentirijilla piadosa, pero sabía que él estaba harto de soportar el buenismo de “mejor como amigos” que en realidad quería decir “no dejaría que me tocases ni aunque fueses el último hombre que hubiera en el mundo”. Se merecía la sinceridad.

-De acuerdo: sí. Lo hice. - admitió. Con la cabeza gacha, como esperando la reprimenda, continuó – Y no me siento bien por ello. Me pareció injusto que te hubiese resuelto la papeleta de la maldita broma, que te hiciera quedar como un rey, te pusiera en brazos de dos tías impresionantes y tú pasase de mí por completo, por eso te di aquél morreo, ¡me fastidiaba que tú ni me mirases! Cuando te pusiste pelma anoche quejándote de que nunca tenías sexo, lo reconozco, estaba muy bebida y quería que te callases y dejases de lamentarte... pero también quería darte por los morros, hacerte ver que la mentira que te había servido con Mona y Sara era eso, mentira, que sólo la chica a la que habías ignorado y no le habías dado ni las gracias por salvar la poca dignidad entre tus compañeros de trabajo, era la única que te hacía algún caso... De haber estado más serena, no habría hecho algo tan vergonzoso, pero el caso es que lo hice, y ya no puedo cambiarlo.

Guardó silencio. Esperaba oír reproches, quejas, pero desde luego no lo que oyó: sollozos. Levantó la vista, asustada, ¿tan fuerte le había dado...? Pero no eran lágrimas de tristeza. Ricardo la miraba con estrellas en los ojos, en medio de una ancha sonrisa de felicidad, y la nariz y los ojos le goteaban al unísono. Antes de poderle parar, ya se había sonado con el delantal de la abuelita, y antes de que Lota le pudiese matar por ello, ya la había abrazado y le cubría la cara de besos.

-Celos... ¡Te acostaste conmigo por celos! ¡Mi Lotita estaba celosa! Es... ¡Es lo más bonito que me han dicho nunca! ¡Corazón de tu Cardito!

-Eeh... o-oye, creo que no acabas de entender la base de una relación sana y de la confianza, y, que algo tan impulsivo como...

-¿Un rapidito?

-Vale. ¡Mierda! - maldijo, pero ya era demasiado tarde; Cardo estaba entre sus piernas, le bajó las bragas y le pegó la boca al coño. Lota no pudo reprimir un gemido, ¡qué bien había aprendido el muy cabrito! Oooh... su lengua le hacía mil cosquillas en el clítoris, y enseguida llevó los dedos a su rajita, ya húmeda, y empezó a toquetear en ella. Lota se dejó recostar en la pared y acarició los cabellos rubios del Cardo, sus orejas... Pegó un respingo de placer cuando notó que su amante le estaba aspirando la pepita, haaaaaaaaah... Le tomó la mano libre y la llevó a sus nalgas.

“El culo... quiere que le toque el culo” pensó Ricardo, extasiado. Pero el deseo de Lota superó todas sus expectativas. No sólo le llevó la mano a las nalgas, sino más allá. Al interior de las mismas. Cardo tuvo que parar de chupar para mirar a Lota, ¿quería que...? Lota, toda colorada, asintió. Y Ricardo se estremeció, los ojos se le cerraron de gusto, un gemido agudo se le escapó del pecho y un escalofrío le hizo temblar por los hombros... La mera idea de meter un dedo en el culito de Lota, le había hecho correrse encima. Carlota no pudo evitar reírse, pero Cardo no se sintió herido por ello; no se reía a mala idea, era una risa cariñosa.

-Que sepas que esto, es culpa tuya. - dijo Cardo, levantándose.

-¿Mía?

-Sí, señorita. Si no estuvieras tan buena, no me pasaría. - Lota soltó la risa, se levantó la camiseta y le metió bajo ella, abrazándole también. - Mmmmh... qué calentita estás... qué blanditas son tus tetas... ooooh... ¿ves como es culpa tuya?

Carlota le besó, le metió la lengua en la boca, y de nuevo le dirigió las manos a sus nalgas. Esta vez, el Cardo no dudó; acarició el agujerito trasero, mojado de la propia humedad de Lota, y empujó el dedo corazón hacia dentro.

-¡Aaaaaaaaah...! ¡Oh, sí! ¡Sí! - Lota tuvo que parar de besarle para gemir su placer, ¡qué maravilloso picor sentía en su ano! Ricardo, encantado con el descubrimiento, empezó a mover el dedo en círculos, de dentro a fuera... cada movimiento hacía que Lota sonriera y gimiera. Antes de poder darse cuenta, estaba erecto otra vez, y su polla se frotaba contra el vientre de su compañera. Lota lo notó, y le abrazó con la pierna, para dejarle entrar. - Así... hazme cosquillas por todas partes, métete dentro de... todos mis agujeroooos...

Ricardo no podía ni hablar, sólo atinaba a gemir, e intentaba hacerlo en tonos graves, en rugidos, que le parecían más masculinos, pero el placer, el inmenso calor húmedo que abrazaba con tanta ternura y pasión su miembro, le impedían incluso eso, y tenía que contentarse con dar gemiditos agudos y entrecortados de cachorro. Los empujones se hacían más rápidos y Lota reía a carcajadas, agarrándole los hombros, mientras sentía la dulzura picante crecer en sus dos agujeros por igual. Las cosquillas en su ano eran deliciosas, delirantes, y los restregones en su coño eran abrasadores. El hormigueo crecía, eran como olas, olas de placer que se hacían más y más dulces y más potentes a cada segundo.

Cardo vio que Lota se ponía más colorada, roja hasta el pecho, y que las manos con que le agarraban se crispaban y le hundían los dedos en los hombros, y supo qué iba a suceder, y el pensamiento estuvo a punto de causarle otro accidente; sólo el haber tenido el anterior, impidió este.

-No... puedo... más... - gimió Lota con un hilito de voz, y Cardo aceleró y metió más hondo el dedo en su ano.

-¡Córrete, córrete en mi polla y mi dedo, córrete! - gritó llenó de alegría, todo sonrisas. Lota sintió que aquéllas palabras volvían queso fundido sus huesos; una riquísima oleada de gusto pareció nacer en su interior, en un punto indeterminado entre su coño y su ano, creció y se expandió por todo su cuerpo en un escalofrío de placer inmenso que la hizo temblar de pies a cabeza y gemir de gozo, mientras su ano seguía picando, picando de un modo perverso, y cada temblor de su cuerpo incrementaba ese picor, hasta que también estalló, y la hizo tiritar y estremecerse entre los brazos del anonado Cardo, que no podía ni parpadear. El Cardo la había visto morderse los labios, poner los ojos en blanco y temblar como una hoja, mientras la pierna con que lo abrazaba daba convulsiones y ella gemía, y parecía calmarse un tantito, y volvía a gemir y a temblar... ¡y todo eso con él dentro! Era fantástico, era bestial, era... era... oooooooooooooooh....

-¡Cardo! ¡Cardito, ¿qué te pasa?! - Gritó Lota; Ricardo se le había venido encima apenas un segundo después de terminar, y casi no se tenía en pie, ella le sostuvo. Cardo tenía (más) cara de tonto, la mirada perdida y una sonrisa bobalicona en la cara. Lota estuvo a punto de darle una torta a ver si reaccionaba, pero entonces él puso los ojos en blanco y le notó palpitar dentro de ella. Simplemente, el placer y la excitación habían sido demasiado para él y le había dado un pequeño mareo. Lota le acarició la cara y le besó con ternura, y Cardo dejó escapar el aire en gemiditos y la apretó contra él, primero casi sin fuerzas, después con decisión.

-Me olvidé de decirte... - musitó, aún con la voz entrecortada por el placer – que soy bajo de tensión... Sexo de pie y sin desayunar, ha sido un poco excesivo... pero ha sido... “mareovilloso”.

Lota le abrazó y se rió, ¿qué otra cosa podía hacer con él?


*******************

En el pasillo, Alvarito se rió, mirando el vídeo que había grabado con el móvil a través de la puerta que había fingido cerrar al salir. Bien, había quedado estupendo; lo habían hecho contra la pared, junto a la estantería de la tele, que era de baldas al aire sin cerrar, de modo que a Lota no se le veía la cara pero sí todo el cuerpo, y lo mejor: al Cardo SÍ se le veía la cara. Y todo lo demás. “Eyaculador precoz con sobrepeso se desmaya después de correrse”, pensaba titularlo. Y sabía quién iba a pagárselo. 



Tú no vienes aquí para mejorar la ortografía, a ti te gustan mis relatos. A ti te gusta cómo escribo. Ahora puedes colaborar a hacer mejor mi trabajo y premiar mi esfuerzo:  Antojos, ¡los únicos cuentos eróticos que leerás dos veces!

domingo, 8 de enero de 2017

¡Mi primer libro ya está a la venta!

Queridos lectores todos:

Me place compartir con vosotros una buena nueva, y es que mi primer libro recopilatorio de relatos ya está disponible para su venta a través de Amazon. Muy pronto, nuevos volúmenes con novedades nunca leídas en internet. Cuento con vosotros:

https://www.amazon.es/dp/B01N0YBP17

¡Gracias a todos!

lunes, 2 de enero de 2017

Aparte del erotismo

Pues precisamente eso, otros escritos aparte de los eróticos, pero también míos. Si queréis echarle un vistazo, me haréis muy feliz, ¡pisad con cuidadito, que está todo recién estrenado!

http://trepanacionsinanestesia.blogspot.com.es/2017/01/eso-de-escribir-y-yo.html

Gracias, lectores.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Juegos nocturnos


Sobre todo, no vayas a ensuciar nada”. Le había repetido su madre mil veces. “Y en cuanto termine la película, a la cama, no se te ocurra ponerte a fisgonear por ahí”, dijo su padre. Era normal que estuvieran preocupados, pero caray, no era ningún niño, tenía ya cerca de doce años, sabía comportarse. Los señores de la casa no estaban, habían salido a uno de sus frecuentes viajes, y en ausencia de ellos, nadie iba a enterarse si él veía una película en la sala de cine. A sus padres no dejaba de resultarles curioso que un niño como él tuviera tanta afición al viejo arte del cine existiendo los videojuegos, los programas DreamScience… pero lo cierto es que le encantaban, y para una vez que podía usar el salón de cine, con las buenas notas que sacaba y lo bueno que era siempre, había que decirle que sí. Sobre todo si era formal.

El joven Hemlock, de nombre Edward, creyó estar soñando cuando entró en la sala de cine. Sabía que en la mansión donde servían sus padres y algún día serviría él mismo, existía una, pero nunca hasta entonces la había visto. Y era una maravilla. Tenía una grandísima pantalla curvada, cinco filas de ocho asientos cada una (repartidos en grupos de cuatro), estaba decorada como una lujosa sala de los años cincuenta, equipada con máquina de hacer batidos y palomitas, y un mostrador lleno de chocolatinas. Como todo se reponía periódicamente, los señores no notarían a su vuelta que faltase nada, de modo que decidió servirse lo que diese la gana. Eligió un gran batido de chocolate con nata y sirope, un cubo de palomitas gigante y dos SuperCreamy de vainilla y fresa. Se sentó en la butaca que le apeteció, y apenas lo hizo, la voz femenina del proyector le saludó y le preguntó qué deseaba ver, ofreciéndole algunas opciones de películas animadas.

-Drácula de Coppola. - pidió el chiquillo. Había leído el libro, y había oído hablar de aquélla antigua obra, pero ante su desilusión, el proyector se negó.

-Lo siento, se trata de una cinta para mayores de edad. ¿Deseas ver El príncipe pajarito?

-¡Ni hablar! Quiero ver Drácula, ¡si he leído el libro!

-Lo siento, se trata de una cinta para mayores de edad. ¿Deseas ver Herbie?

-¿Y Drácula de Bela Lugosi? - probó.

-Lo siento, se trata de una cinta para mayores de edad. ¿Deseas ver Bambi? - Hemlock estuvo a punto de resoplar y mandar todo a la porra, pero entonces oyó una vocecita junto a él.

-Código 1-1000-1490-1808-1914. - el niño, que se creía solo, pegó un respingo al ver a la pequeña junto a él, pero su sorpresa fue mayor aún cuando la voz del proyector sonó de nuevo.

-Código correcto; restricciones de edad eliminadas para cine convencional. ¿Deseas ver Drácula?

-Sí. - dijo la niña.

-¡Eh, no! ¡Tú no puedes ver Drácula! ¡Y deberías estar en la cama! ¡Pausa! - El proyector dejó la aceptación en suspenso, y Hemlock se encaró con la pequeña. Se trataba de la señorita Mildred, Millie, como la llamaban cariñosamente. Era la hija única de los señores, y hacía rato que en teoría, se había acostado. La niña, trepada en la butaca vecina, descalza y en largo camisón rosa, se le quedó mirando como si le hablase en chino.

-Yo también he leído el libro, y puedo ver la película. Y si no estás de acuerdo, llamo a mi mamá y le digo que estás en mi sala de cine y que no me dejas ver lo que yo quiero, y veremos quién tiene razón.

Hemlock sabía que llevaba las de perder; si los señores se enteraban de que estaba en la sala de cine, sus padres se meterían en un lío y él no podría volver allí nunca. Era necesario ceder y no discutir.

-Está bien, sea, veremos Drácula. ¡Pero luego no vengas llorando si esta noche no puedes dormir! - Millie sonrió y cogió un buen puñado de palomitas calientes. Gracias al pequeño calefactor del cubo, estarían calentitas y crujientes toda la película, pero la pequeña no aguantó tanto; poco después de la mitad de la proyección, se quedó dormida sobre el hombro de su amigo. El chiquillo no se movió, aguantó pacientemente hasta que terminó la película. Tiró los envases y el vaso de batido a la trampilla de desperdicios que se abría nada más acabar la proyección y dio a la sala la orden de apagarse. Y se dio cuenta que no era capaz de despertar a Millie para que se fuese a su cuarto, así que la tomó en brazos como pudo y echó a andar con ella. La niña tenía apenas ocho años y él ya iba camino de los trece, por flaco que fuera, podía con ella. Pensó primero en llevarla a su cuarto, que quedaba más cerca, pero entonces, ¿dónde dormiría él? Sí, podría dormir junto a ella, pero dudaba que a sus padres les hiciera ninguna gracia, de modo que se dejó llevar por la escalera hasta el segundo piso y entró en el cuarto de Millie.

La habitación ya la conocía, en ocasiones había ayudado a su madre a recogerla, así que sabía bien dónde estaban los muebles y no corría peligro de tropezar con nada. Depositó a la pequeña en la cama e hizo ademán de marcharse, pero apenas la soltó, Millie dio un respingo y se agarró a su brazo con las dos manos. Hemlock tiró, pero la niña no le soltaba. Resopló, ¿tenía que quedarse allí toda la noche por culpa de aquélla mocosa? Pues no pensaba pasarse la noche de pie como un farol, señorita o no señorita. Tiró del edredón para taparla y, sin soltarla de la mano, trepó a la cama y se tendió junto a ella. Sí, que el hijo del mayordomo durmiese con la hija de los señores en la propia cama de ésta, no estaba bien; que un chico y una chica durmiesen juntos, no estaba bien, todo eso lo sabía. ¡Pero no había sido culpa suya! Debía ser muy tarde cuando sintió que tiritaba y que alguien le empujaba para hacerle rodar en la cama. Por un momento creyó que se caía, pero la cama era muy ancha. Alguien le arropó hasta el cuello y de nuevo le tomó de la mano. Era una mano pequeñita.

A la mañana siguiente, creyó que le daba un infarto cuando descubrió que estaba dentro de la cama de la señorita Millie, y ella dormía a su lado cogida aún de su mano. Cuando la doncella llamó a la puerta para traer el desayuno de la niña, Hemlock pegó un brinco y se escondió bajo la cama. Desde allí, oyó entrar a la doncella y cómo la niña le daba las gracias y la despachaba para que se fuera. Por el borde de la cama, vio asomar primero una mata de pelo rojo, después unos ojitos y finalmente una mano con un croissant.

-Toma, desayuna. - dijo la niña. Hemlock estaba fastidiado, pero más que eso estaba hambriento, así que tomó el bollo y salió de debajo de la cama para desayunar con ella.

Para que sus padres no le pescaran allí, el joven Edward tuvo que salir por la ventana de la habitación, dejarse descolgar por la enredadera y entrar a su cuarto también por la ventana. Sólo cuando estuvo a salvo en su propia cama respiró a gusto, pero reconoció que había sido divertido. Desde entonces, por más que ya desde antes se conocieran y hablaran, los niños trabaron amistad. Millie iba siempre tras Hemlock, le escuchaba practicar piano, recitar lecciones, y él mismo la enseñó a entenderse con sus primeros ordenadores, ejercicio en el que Millie demostraría unas aptitudes asombrosas. Por su parte, Hemlock tomó a la niña como si se tratase de su hermana pequeña; estaba presente en sus clases, la acompañaba a los exámenes, hacían carreras en los antigravedad, jugaban juntos y siempre estaban juntos. En un principio, el padre de Millie no veía con buenos ojos tanta amistad, pero Wenda, la madre de la pequeña, siempre salía en defensa de su hija.

-Nuestra hija es una niña de buena familia, de la antigua nobleza que trajimos desde Tierra Antigua, Wenda. - Solía decir el señor. - No está bien que se relacione con los hijos de los criados. Tiene vecinos con los que hacer excelentes amistades, como para andarse juntando con ese crío.

-Por favor, Cesare, ¡me hartas con esas tonterías! - le contestaba la señora - ¡Nobleza de Tierra Antigua…! Nuestra nobleza, como tú la llamas, no es más que las generaciones que llevan nuestras familias teniendo dinero, nada más. Los hijos de los vecinos son todos unos cretinos; la última vez que los invitamos, esta estúpida hija que tiene Carol le dijo a Millie que los pelirrojos son todos hijos del demonio, que deberían matarla, y ella y sus hermanos estuvieron toda la tarde persiguiendo a mi niña para azotarla con tallos de borugia, sólo porque es pelirroja. ¿Quien la ayudó? Sorpresa, ¡Hemlock! Para mí, la amistad que tienen, está muy bien donde está.

-Wenda, es lógico que la defendiera, es la hija de sus señores, y no dejo de agradecérselo y valorar a ese chico en lo que se merece; a fin de cuentas, algún día será mi mayordomo… No es que me niegue a que se lleven bien, uno siempre ha de estar a bien con el servicio, pero sí me opongo a que sean tan amigos. Creo que deberíamos convencer a sus padres para que lo internen en alguna escuela, hasta que se olviden…

-¡Tú no harás tal cosa, Cesare! - saltó Wenda – Ese chico es el mejor amigo de mi única hija. Quisiste tener solo una, muy bien, estupendo, pero si ya le quitaste a sus hermanos, no le quitarás su único amigo. Hemlock se quedará y si me entero que le has dicho algo a él, o a sus padres, o a Millie, lo lamentarás. Te aseguro que lo lamentarás.

El señor se quedó extrañado, no entendía por qué su mujer veía tan importante una mera amistad entre niños; tan pronto como pasasen separados algún tiempo, se olvidarían de su amistad y así su hija podría juntarse con gente de su clase, con personas que pudieran aportarle algo de verdad y no manchasen su reputación, ¿qué se iba a pensar de él si se corría la voz de que su hija tenía tanta amistad con un niño tan vulgar? Pero cuando Wenda sacaba la artillería, él se encontraba impotente. Nunca había sabido imponerse a su esposa, siempre había tenido la sensación de que ella tenía poder sobre él, aunque nunca lo hubiera utilizado ni él supiese exactamente cuál. Pero lo cierto era que no deseaba tampoco averiguarlo, de modo que acababa cediendo. Y así, la amistad entre los niños se conservó.

La incomodidad del señor hubiera sido mucho mayor de haber sabido que su hija no sólo compartía con Hemlock los días, sino también las noches. Para ellos, había sido algo en lo que ni siquiera habían pensado, y les resultaba tan natural como beber del mismo vaso o partir en dos el bocadillo y comerse cada uno una mitad. Después de aquélla primera noche, cada vez que Millie se quedaba sola en casa, cosa que ocurría con cierta frecuencia, ella y Hemlock solían ver alguna película juntos y después iban al cuarto de ésta, se quedaban hablando hasta muy tarde y finalmente dormían juntos. El chico siempre tenía buen cuidado de salir por la ventana al amanecer, antes de que la doncella o sus padres pudieran pescarles, y nunca fueron descubiertos. Era emocionante tener aquél secreto.

Los años fueron transcurriendo. Los padres de Hemlock se jubilaron y él quedó a cargo de la casa a la edad de diecinueve años. Aquél primer día como mayordomo, Hemlock estaba muy nervioso, pero todo salió bien. A pesar de que Millie tenía sólo catorce años y era a todos los efectos una niña mientras que él ya pertenecía al mundo adulto, siguieron siendo amigos. Es cierto que él ya no disponía de tanto tiempo como antes para jugar o charlar, pero cada minuto libre le gustaba pasarlo con ella, y cada vez que la casa se quedaba sola, el ritual del cine se repetía. Nunca había variación, ni nunca había un mal pensamiento ni nada que no fuese amistad, hasta que también Millie alcanzó la mayoría de edad y le recordaron que estaba prometida y debía renovar su votos de casamiento, que se haría efectivo cuando cumpliese veintitrés años.

Aquél día, el padre de Millie no podía parecer más feliz ni orgulloso; cualquiera diría que el prometido era él. La señora abrazaba y llevaba constantemente de la mano a su hija. Sonreía y animaba a la joven, pero no parecía muy contenta. Y desde luego, Millie no lo estaba. Su prometido era un hombre algunos años mayor que ella. Unos treinta. Se trataba de uno de los principales accionistas de la empresa del señor, y quedó encantado con la belleza de su novia, a la que sólo había visto una vez anteriormente, cuando ella tenía tan solo ocho años y firmaron el contrato de esponsales.

Hemlock sabía que ese día había estado precedido de muchas discusiones y muchas charlas entre padres e hija. Millie había intentado por todos los medios deshacer aquél contrato, y se había dado cuenta que era inútil. Su madre estaba moderadamente de su lado, pero por alguna razón, no se mostraba en una negativa firme como en otras ocasiones, y por ello pudo Cesare hacer su voluntad, y el contrato se renovó. Ahora, firmado en la mayoría de edad de la joven, era inquebrantable y romperlo sería un delito.

El mayordomo sabía que aquélla era una situación injusta, pero no podía explicarse por qué le escocía tanto. Sin querer, se imaginó a Millie besando a aquél tipo bigotudo de aspecto brutal y voz de trueno que era su prometido, y le invadió una profunda repulsión. Él jamás había besado a la joven, ni había tenido nunca intención de hacerlo, pero de pronto, había otro que sí iba a hacerlo por derecho, y eso le molestaba. Esa noche, los padres de Millie, su padrino Milton y el prometido de la joven salieron a celebrar la feliz unión que se daría dentro de cinco años. En teoría, Millie hubiera debido ir también, pero aseguró que tenía una horrible jaqueca y prefería acostarse; el señor estuvo a punto de insistir hasta obligarla, que se tomase una pastilla y… pero Wenda dijo que se trataba de nervios y que era preferible dejarla descansar. De ese modo, pudo quedarse en casa. Hemlock sabía que no estaría dormida, y decidió ir a verla, bajo pretexto de llevarle una taza de mushaté rojo y unas galletas de seda dorada. Como se temía, Millie estaba despierta, sentada dentro de la cama, con la mirada fija en un libro que no parecía leer.

-Buenas noches, señorita. - saludó al entrar. - He pensado que, después de un día tan duro, os apetecería tomar algo dulce y calentito. - Hemlock dejó la bandeja en la mesilla flotante, que se activó tan pronto se acercó. Millie ni siquiera le miró. - Bien. Me retiraré. - dio un paso. - Si no queréis nada más, me voy. - otro paso – A no ser que queráis algo, en cuyo caso me quedaré con mucho gusto, me marcho. - un paso más - ¿Decíais algo? Porque me pareció que habíais llamado… ¿si?

-Hemlock, ¿alguna vez te han obligado a hacer algo que detestas con toda tu voluntad? - preguntó la joven al fin, y el mayordomo se apresuró a volver junto a ella y sentarse en la cama.

-Pues, verá, señorita… sí. A todos nos obligan a hacer algo así alguna vez. ¿Os figuráis que el sueño de mi vida, es ser mayordomo? - Millie le miró con genuina sorpresa. Ella había estado convencida de que sí, lo era. - No. Soy mayordomo porque es un trabajo que hace feliz a mi padre, y que me obligó a aceptar. Vos no lo sabéis, pero siempre he querido ser piloto. Me hubiese dado igual ser piloto comercial, o de carga, o incluso del ejército, pero quería volar. Conocer el espacio, llevar una nave a través de las estrellas, ver de cerca los planetas, visitar las colonias… despertar cada día en un sitio distinto. Ver toda la galaxia conocida y quién sabe si explorar la desconocida.

-Si es tu sueño, ¿por qué no sigues con él? - preguntó de inmediato la joven. Hemlock abandonó las estrellas de su sueño y le dedicó una mirada cínica.

-¿Tenéis idea de lo que puede costar un curso de piloto profesional? No el simple permiso para volar un vehículo propio, sino para ganarse la vida siendo piloto. - Millie negó con la cabeza – Yo sí sé lo que cuesta. Y no es algo que pueda permitirse un mayordomo. De hecho, está tan lejos de lo que puede permitirse un mayordomo, como si un pordiosero cuya comida fueran los desperdicios de los otros pordioseros, se acercase a la mansión de la Colina y dijera “vaya, es una casita coquetona, ¿cuánto costará el alquiler…?” - Millie puso una cara muy triste. Nunca se le había ocurrido pensar que su amigo dedicase sus días a una tarea que no le agradaba. Que quizá incluso detestaba. El mayordomo sonrió – Soy feliz.

-¿Cómo puedes serlo? Me dices que tu sueño es volar por las estrellas, y en lugar de eso, te dedicas a comprobar que los suelos brillen y la plata resplandezca… No hay nada que se le parezca menos. - la joven le tomó de la cara, y se maravilló de la suavidad de su barba – Yo sé que eres inteligente, no mereces pudrirte aquí. Hablaré con papá, seguro que te puede conseguir una beca, y…

-No, señorita. - Hemlock sonrió y tomó entre las suyas las manos de la joven. - No deseo irme. Es posible que no esté viviendo mi sueño, pero me gusta mi vida. Me gusta mi trabajo, me gusta enorgullecer a mis padres, me gusta estar aquí, y en mis horas libres, juego con el simulador de vuelo. - Millie le miró con desconfianza y él insistió. - Lo que intento deciros, es que… nadie es completamente libre para vivir su vida. Todos estamos atados a algo o alguien. Mi madre quería ser bailarina, pero se quedó en estado; hubiera podido no tenerme, pero entonces yo no estaría aquí. Ha pasado toda su vida siendo primera doncella de vuestra madre, pero el orgullo que yo le causo, le compensa con creces haber renunciado a su formación. Y ahora que está retirada, la ha retomado; sabe que nunca será Pavlova, pero podrá bailar.

-¿Quieres decir que debo resignarme? ¿Que no debo luchar por lo creo justo, por mi vida y mi libertad? - Hemlock le dedicó una Mirada. Era la mirada que usaba cuando él quería significarle que ambos sabían que estaba exagerando la nota, que no tenía razón.

-Señorita Millie… No estamos hablando de enfrentarnos contra una injusticia social, o una terrible falta de humanidad, ¡ni siquiera hablamos de algo que vaya a causarle verdaderas molestias! Ese matrimonio hará muy feliz a su padre, le vendrá muy bien económica y socialmente, y para usted será poco más que una… ligera inconveniencia. Ese hombre, comparado con usted, es poco menos que un anciano. No tendréis que dejar los estudios, ni casi renunciar a nada. También vuestros padres, en un principio, eran un matrimonio concertado. Es cierto que vuestra madre renunció a los esponsales, rompió el contrato y habló de casarse con otra persona… ¿y al final, para qué? Para darse cuenta de que estaba haciendo una tontería y cumplir con su contrato. Y no creo que tenga queja de su vida.

-Pero, Hemlock, ¿y si me enamoro de otro hombre? - La mirada del mayordomo se hizo socarrona.

-Eso, señorita Millie, con un marido de tan avanzada edad, y una inteligencia tan despierta como la vuestra, no creo que os suponga ningún problema. - Millie se abrazó las rodillas y permaneció pensativa. Sabía que si renunciaba, daría un gran disgusto a su padre y le pondría en una situación muy comprometida, puesto que al carecer ella aún de ingresos, los gastos de la demanda por incumplimiento de contrato, tendría que pagarlos él. Se montaría un buen cirio y realmente, si lo pensaba a fondo, por nada en concreto porque, ¿acaso tenía ella el corazón ocupado? Miró a Hemlock. Y por primera vez, se preguntó algunas cosas concretas acerca de la sexualidad, y llegó a la conclusión de que preferiría no descubrirlas con su futuro marido.

-Hemlock, tú que conoces bien mi contrato de esponsales… ¿si yo no fuese virgen, sería motivo para romperlo?

Al mayordomo le extrañó la pregunta, y prefirió no indagar qué motivo tendría ella para hacerla, pero contestó:

-No, señorita. Vuestra madre incluyó la cláusula de virgo amparado por la buena fe; eso quiere decir que, salvo que os veáis implicada en algún escándalo que haga plausible dudar de vuestra pureza, se sobreentiende que sois virgen. La señora sabía que las prácticas de equitación, o de gimnasia, pueden a veces causar una rotura accidental del virgo, sin que por ello vos hayáis tenido contacto carnal con nadie. - Millie le miró fijamente. Hemlock tenía la sensación de que debía irse, despedirse y marcharse en aquél momento, pero el pensar que un día ella, su mejor amiga, se marcharía de allí, le impulsó a seguir hablando – Lo que sentiré será el día que os vayáis.

-¿Quieres decir que me echarás de menos? - sonrió ella.

-Sí. Es poco probable que pueda ir a vuestra casa a serviros, a no ser que vuestro padre os autorice a llevarme con vos y le encontremos otro mayordomo. Cosa poco probable porque, modestamente, el señor está muy satisfecho conmigo, y yo soy ante todo un trabajador responsable de mis obligaciones. - Millie le miró, sonriente, y no contestó. - Quiero decir que me encantaría ir con vos y ser vuestro mayordomo en vuestra vida de casada, aunque supongo que vuestro marido tendrá ya su servidumbre, pero no me importaría serviros personalmente, de forma particular. - Millie continuó con los ojos fijos en él, llenos de estrellitas, y sin hablar – Para ser concretos, no es sólo que no me importase, sino que me sentiría muy dichoso de poder hacerlo, si me resultara posible, si vuestro padre no pone inconvenientes y si vos misma estáis de acuerdo; porque aunque seamos mayordomo y ama, en el fondo no dejamos de ser amigos, y me placería sobremanera el poder conservar nuestra amistad, siempre, claro está, desde el más profundo de los respetos y considerando la posición que cada uno tenemos en la vida, y…

-¿Quieres dormir conmigo esta noche?

-¡SÍ! - Hemlock se dio cuenta que quizá había sido algo vehemente, pero a Millie no pareció importarle. Abrió el otro lado de la cama y lo palmoteó, mirándole con una gran sonrisa. El mayordomo empezó se desabrochó la casaca y empezó a hacer lo propio con la camisa cuando se dio cuenta de que su amiga no dejaba de mirarle. “Cálmate, no va a suceder nada… somos amigos. Hemos dormido juntos desde niños, esta vez no es diferente”, se dijo, pero los nervios gritaban en su estómago. Se descalzó y se dirigió a su lado de la cama, y se sentó en ella, de espaldas a Millie para quitarse la camisa. Él no pudo verlo, pero los ojos de la joven devoraron su espalda, estrecha y delgada como el resto de su cuerpo, pero no carente de cierta delicadeza flexible. Hemlock metió los pulgares en la cinturilla de su pantalón, y de un solo movimiento se los quitó y se metió en la cama. Millie le sonreía en un gesto que no terminaba nunca y se mezclaba con risitas y miradas llenas de chispas. La joven le tomó la mano como solía hacer siempre que dormían juntos.

-Cuando esté casada, no creo que pueda meterte en mi cama como ahora… ¿verdad? - se rió, y Hemlock la hizo coro, él tampoco lo creía. - No creo que me apañe a coger la mano de otro para dormir. ¡Quizá pueda decirle a mi marido que parte de tu labor, es acompañarme para dormir y tienes que acostarte conmig… dormir conmigo! ¿Te imaginas, los tres en una cama?

-Oh, Lemmy, me niego a estar en el medio. - rió Hemlock y pasó a tutearla; siempre lo hacía cuando estaban así - ¿Y qué pasaría cuando tu marido quisiera intimar?

-Probablemente, que le corregirías. - Millie se puso a imitar la voz nasal y los ademanes de su amigo con mucha ironía - “Señor, no puede penetrar a una velocidad superior a una embestida por segundo, la señora no está aún lo suficientemente cachonda…” - los dos se rieron.

-”Espere, que le voy a enseñar yo cómo se hace” - contestó Hemlock y Millie se rió tapándose la boca con la mano libre y se puso colorada.

-¿Y cuando quisiese acariciarme? “¡No, querido, no me lo haces bien; Hemlock, enséñale al señor a tocarme las tetas, que él no sabe!” - Millie tomó la mano de su amigo y la puso en su pecho - “¿Ves? ¡Así se hace!”

Hemlock soltó la carcajada, la suya era una mezcla de risa histérica y excitación, ¡le acababa de tocar un pecho a la hija de sus señores! Millie no paraba de reír, y no le dejaba quitar la mano de su pecho, que temblaba con la risa de la joven.

-Pero aún así, tendrías que enseñarme tú, mucho me temo que yo nunca he tocado a nadie. Creo que lo más cerca que estuve de hacerlo, fue cuando tu padre trajo aquélla estatua de la sirena para el baño, y tuve que ayudar a cargarla. - protestó Hemlock.
-Estamos empatados, tampoco a mí me han tocado, ¡pero lo importante es que eso, no lo sepa mi marido! - de nuevo estallaron en risas. Hemlock ya no hacía el más pequeño intento por retirar la mano, podía sentir el latido del corazón de la joven. Estaba tan colorada que sus mejillas brillaban – Creo que no lo haces mal. Me gusta sentir tu mano ahí.

-A mí me gusta tocarte. - logró articular él, y empezó a mover su mano sobre aquél pecho cálido que le cabía exactamente en la mano. No estaba bien y lo sabía; Millie debería darle un manotazo o hasta un bofetón, pero en lugar de ello se deslizó el tirante del camisón y dejó su pecho al descubierto. El pezón rojizo estaba erecto. Hemlock apretó el pecho bajo sus dedos y su amiga gimió. - No debemos… no podemos… - tartamudeó el mayordomo mientras sus labios se encontraban con los de Millie, primero con torpeza, primero besos cortos que sólo juntaban la boca, pero casi enseguida los labios entreabiertos de ambos empezaron a acariciarse suavemente y a deslizarse sobre los del otro.

-No es preciso que lleguemos al final – Millie apenas podía hablar, estaba tan excitada que se ahogaba, y sólo lograba susurrar - . Pero podríamos jugar. Nadie tiene porqué saberlo…

Hemlock sabía que el prometido de Millie podía en cualquier momento pedir un análisis del cuerpo de su compañera para detectar restos de semen en ella y saber así si era realmente virgen o no; sabía que era la hija de sus señores, sabía que estaba mal… pero su pene erecto no escuchaba esas razones, sólo atendía a una palabra de su amiga: “jugar”. Sólo quería eso, sólo quería jugar. Los brazos del mayordomo se cerraron en torno a la joven y la apretaron contra su pecho mientras ella hacía lo propio, pero con las piernas. Millie soltó un gemido de sorpresa al sentir la virilidad de su compañero, tiesa y dura, contra su estómago. Despedía mucho calor, y la joven no pudo evitar dirigir su mano hacia aquél bulto que latía bajo las mantas. Apartó la ropa interior y lo rodeo con la mano.

Un gemido vació de aire el pecho de Hemlock, ¡qué placer! ¡Nadie le había tocado así nunca, qué caricias…! Sintió que se estremecía de gusto, y él también quiso darle a Millie la misma sensación, de modo que su mano bajó por la espalda de la joven y apretó sus nalgas, para enseguida meterse bajo las bragas y acariciar la zona delantera.

-¡Está mojado! - se maravilló el mayordomo. Había usado algún que otro programa de erotismo, pero estos eran asépticos y mostraban sólo el placer, no los detalles del mismo. El joven ignoraba que su compañera lubricaba, pero los jugos espesos y cálidos que soltaba, fuera de la sorpresa inicial, no le desagradaron en absoluto, sino que le invitaron a explorar con más detalle. Hemlock tenía que morderse el labio y hacer acopio de todas sus fuerzas para no correrse mientras sus dedos acariciaban la suave intimidad de su amiga, y ella le apretaba y frotaba, cada uno con la mano metida en la ropa interior del otro.

-He… Hemlock… me gusta. - Millie, toda colorada, intentaba mirarle mientras temblaba de placer – me haces como cosquillas, pero más dulces… ¡me da mucho gustito!

-Y tú a mí… dime dónde te gusta más, llévame la mano para hacértelo mejor… - Millie no quería soltarle la polla, pero obedeció; puede que no hubiera estado nunca con un hombre, pero había pasado muchas noches acariciándose hasta el éxtasis. Metió la mano en sus bragas, ¡qué caliente tenía la mano! Y llevó la de Hemlock a un sitio concreto, justo al inicio de su vagina, donde él tocó un botón. La mano de su amiga hizo que moviera en círculos la suya, y él lo hizo de mil amores. El botoncito se escurría bajo su dedo y él lo acariciaba y rascaba, y cada caricia hacía que la joven se agarrase a las sábanas, con los puños crispados y que sus piernas diesen temblores. “El clítoris” logró pensar él “Su clítoris… estoy jugando con su clítoris”. El pensamiento hacía que su propio sexo picase y exigiese, pero por el momento se iba a tener que aguantar, no pensaba retirar la mano de aquél rinconcito cálido, mágico. Es más, sugirió: - ¿Quieres que te meta un poco un dedo?

Millie sonrió. Una sonrisa pícara y ansiosa, y de nuevo le llevó la mano, un poco más abajo. ¡Ooooh, qué calorcito tan dulce salía de allí… qué mojado estaba! Muy despacio, muy suavemente, el dedo corazón de Hemlock penetró en la vulva, y Millie tuvo que morder la sábana para no gritar, ¡qué maravilloso escalofrío de gusto le recorrió la columna cuando aquél travieso dedo se metió en su rajita! Su amigo movió la mano, frotándola contra su vulva mientras su dedo entraba y salía de ella, con toda dulzura, volviéndola loca de gusto, haciéndola sudar y temblar… ¡y cómo deseaba que fuese su polla la que se metiese en su coñito y la hiciese gritar de placer! Ambos sabían que no podían hacerlo, pero ese apetito frustrado ¡también daba mucho gusto!

Hemlock tenía los ojos resecos de no parpadear por no dejar de mirarla, ¡por Lemmy, qué guapísima estaba así, con el cabello revuelto, moviéndose entre las sábanas, un pecho fuera del camisón y el otro amenazando con salirse de un momento a otro debido al meneo y a los temblores que atacaban todo su cuerpo! Millie le agarraba el brazo con el cual la acariciaba, como si temiera que él fuese a dejar de hacerlo. El mayordomo sentía su mano empapada de jugos cálidos, su dedo resbaladizo de los mismos, el suave tacto de las bragas de su amiga contra el dorso de su mano… y sobre todo el placer, el placer de darle gusto. La mano de la joven en su brazo se crispó y con un hilito de voz casi suplicó “no pares… no pareees...”, e intentó mirarle, pero ya no lo logró; enterró la cabeza en el pecho del mayordomo y un gozo inmenso sacudió todo su cuerpo, sus piernas se tensaron atrapando entre ellas la mano de Hemlock, y cuando éste le metió el dedo más hondo por reflejo, la joven no pudo retener un gritito de placer… qué maravillosa sensación de saciedad, de dulzura, ¡qué gustooo…! Era mejor, muchísimo mejor que cuando ella misma se tocaba, haaaaaah… Hemlock no era capaz de pensar. Sólo podía sentir que el coño de su amiga palpitaba contra su dedo corazón, y que él podía sentirlo. Ella se había corrido. Se había corrido con él, gracias a él, se había corrido en su dedo… Conforme pasaban las contracciones, recobraba el pensamiento, y entonces se mezclaron en él una increíble, salvaje sensación de poderío, con una no menos fuerte impresión de que se había vuelto completamente loco y que le iban a procesar por seducir a la hija de sus señores. Pero una tercera sensación comenzó a abrirse paso desde su espina dorsal y su intensidad tapó las otras dos por completo: el intenso placer que sentía en la polla cuando la joven metió de nuevo la mano en su calzoncillo y le frotó la erección.

Después de lo sucedido, ya no valía la pena pararla y quedarse a medias, pensó, y la dejó continuar. Millie le besaba el pecho ligeramente velludo, el cuello, y su mano le abrazaba la polla, le acariciaba con cierta torpeza encantadora. “Llévame la mano a mí también” pidió la joven, y Hemlock se la tomó y le enseñó a darle gusto.

-Así. - susurró – aprietas la punta, y… oooh… saldrá líquido. Y con eso, mmmmhh, sí, eso es… con eso, me frotas mejor… - Las manos de Hemlock apretaban los brazos y las tetas de Millie, mientras ella no cesaba de acariciarle de arriba abajo. Su amigo le llevó la mano al glande y la joven concentró sus caricias en él, ¡qué dulce! ¡Qué picor tan delicioso! ¡No iba a aguantar nada! Millie le acariciaba la punta tan cariñosamente que creía estar en el Cielo, el placer le recorría todo el cuerpo y se cebaba en su polla, pero le hacía cosquillas también en los muslos, en los riñones, en la columna… Millie sentía que su coño se ponía de nuevo juguetón al verle gozar, y de pronto él le tomó la mano y le hizo apretarle la punta, y sintió un chorretón de líquido espeso escaparse de ella y mojarle los calzoncillos. Hemlock ahogó un gemido mientras el placer estallaba desde su polla hasta los tobillos y le dejaba en la gloria, con media vida escapando entre sus piernas… Abrazó a Millie y ella se acurrucó contra su pecho, sin soltarle la polla.

-¿Te ha gustado? - susurró - ¿Lo hice bien? - Hemlock asintió, aún ahogado y la besó de nuevo. Con poca destreza, pero con decisión, le metió la lengua entre los labios y ella le dejó entrar y explorar su boca, y le devolvió las caricias.




Hemlock no pensaba dormir con los calzoncillos pringosos, así que se limpió con ellos y se los quitó, para acostarse completamente desnudo junto a Millie, quien también se despojó de las bragas húmedas, pero conservó el camisón. Se abrazaron bajo las mantas desordenadas.

-Sabéis que estamos locos, ¿verdad, señorita?

-Mis padres se casaron por contrato sin amarse, mi padre cree realmente que mi madre le quiere, mi madre piensa que no estoy enterada de que se entiende con mi padrino, y todos están convencidos de que un matrimonio por contrato, es lo mejor para mí, ¿y somos tú y yo los que estamos locos?

Hemlock se rascó una oreja, dubitativo. Visto así…