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domingo, 29 de diciembre de 2013

La chica nueva y el bedel.


     El patio de la escuela estaba llenito de niños que jugaban, gritaban, se perseguían y reían. Dolores los miraba con arrobo, recordando al suyo, que hacía tiempo que había dejado atrás esa encantadora edad, y jugado en ese mismo patio… “si bien, ningún hijo tiene ninguna “edad encantadora”, hasta que ya ha pasado”, se decía la mujer, que lo sabía bien. Su chico tenía ya dieciséis años, y aunque cuando tuvo cinco o seis, como éstos, acabó hartita de caprichos, llantos y “mamá, tengo miedo”, “mamá, no me gusta el pescado”, “mamá, ¿por qué yo no tengo papá?”, hoy día echaba de menos el que su Toñito se le lanzase en los brazos y se le quedase dormido sobre el pecho con un dedo en la boca, o que el problema más difícil que tenía con él, era explicarle que no todas las mamás tienen a un papá a su lado… y ser fuerte para no decirle que nunca sabría lo a gustísimo que estaban los dos sin “su papá”, y lo afortunados que eran por que fuese un cobarde, además de un desgraciado. 

    Mientras cruzaba el patio, buscando a quién preguntar por lo del empleo, oyó el llanto de una niña, y se volvió. Un chiquillo, de unos ocho años, daba tirones de una muñeca que también sostenía una niña, que no tendría más de cinco, intentando quitársela. Dolores, instintivamente, estuvo a punto de ir, pero entonces, le vio…. ¿Pero, todavía seguía allí…? Una sombra se proyectó sobre el niño, que se quedó quieto y soltó la muñeca, y la niña aprovechó para largarse, con una risita de triunfo. El niño intentó dar un paso, pero una manaza de hierro le frenó.

     -No tan rápido, señorito… - El niño se volvió, con la cabeza agachada, y el bedel se cruzó de brazos, con una expresión terrible bajo su grueso bigote. “¿Seguirá alzando la ceja…?” se preguntó Dolores – Míreme a los ojos. ¿Le parece que está bien abusar de las niñas e intentar quitarles sus juguetes? ¿Le gustaría que yo, que soy más fuerte que usted, le quitase sus cosas? No, claro que no… Repita conmigo: “yo no debo abusar de mi fuerza con los pequeños y quitarle sus cosas a los demás, obligando a intervenir al vigilante”. Repítalo. – el chiquillo repitió, tan bajito que apenas se le oía. – Memorice la frase, porque para mañana, la quiero conjugada en todos los tiempos del indicativo, y ¡ay de usted como falte una sola persona! ¿Ha quedado claro? El resto del recreo, de cara a la pared. – Cuando el niño se marchaba hacia la pared, conteniendo las lágrimas, el bedel le miró marchar alzando despectivamente una ceja, y Dolores tuvo que aguantarse la risa.

     -Buenos días… - susurró, y el vigilante la miró. – He venido por lo del empleo… - la mujer tendió el recorte del periódico, y el hombretón lo medio miró.

     -Ah, sí, la esperaban… ¿Le molesta esperar… - el bedel consultó su reloj – cinco minutos, hasta que toque el fin del recreo?

     -No, en absoluto. – contestó ella, y se quedó de pie junto al vigilante, cuya mirada recorría todo el patio, y parecía casi deseoso de que algún niño montase jarana o hiciese cualquier cosa que le hiciera acreedor a un castigo. Dolores ya lo recordaba así cuando ella iba a buscar a su hijo, hacía ya más de seis años… Siempre vestido de terno gris, con su corbata negra, con el pelo negro empezándole pasada la mitad de la cabeza, y unos cuantos mechones recolocados en la calva, el bigotón negro, los ojos oscuros y la cara de mal genio, corpulento y glotón, siempre de malhumor, temido por los niños y por los empleados… no era precisamente su ilusión trabajar a su servicio… pero no dejaba de hacerle gracia verle de nuevo. ¿Cómo le llamaban los niños….? ¡Ah, sí, el…! Jijiji…  ¿todavía usarían aquél mote….?

     -Se muere usted por preguntarlo. – El bedel se había dado cuenta de cómo ella le miraba y se reía con disimulo. – Sí, me siguen llamando el Vinagrón, o Don Vinagrón. Lo hacen a escondidas, creen que no me entero. Pero me entero de todo. De todo.

     -Perdón… comprenda que me daba corte preguntárselo… Mi hijo estuvo aquí, con usted.

     -¿Lo ha cambiado de colegio…? – interrogó el bedel. Dolores supo a qué se refería. La mujer tenía treinta años, y una cara redonda de niña que le hacía aparentar menos… Sin duda el vigilante pensaba que su hijo, era un niño de corta edad.

      -En cierta manera, sí… del colegio, al instituto; mi hijo tiene ya dieciséis años. – El Vinagrón abrió mucho los ojos – Ahora es usted el que se muere por preguntarlo…. Sí, me quedé en estado con catorce años. También a mí me siguen llamando cosas a escondidas, y creen que no me entero.

     -…Entiendo. – musitó el bedel, sintiéndose algo apurado, y se dirigió a hacer sonar la campana de fin del recreo. Al oírla, los niños se pusieron en filas con el resto de sus compañeros, aún hablando y haciendo jaleo; el Vinagrón dio dos palmadas, y todos se callaron al momento y miraron hacia delante. El bedel hizo un gesto a los pequeños, los de parvulario, y entraron, todos calladitos, en el interior ya les esperaban sus maestras para llevarlos a sus aulas… a continuación entraron los de primero, siempre en orden, y después los de las clases restantes, hasta el quinto de básica. Cualquiera diría que tal cosa llevaría bastante tiempo, pero, supervisada por la mirada severa del Vinagrón, los niños regresaron a sus aulas sin pararse ni correr, en poco más de dos minutos. – Si me acompaña…

     Dolores asintió, y se dejó guiar por el bedel, que la acompañó al despacho del director, con quien se entrevistaría para que le dieran el trabajo de limpiadora que venía a buscar. El Vinagrón llamó a la puerta para presentarla al director, y se marchó. “Follando con catorce años, qué locura… así están las cosas hoy día, que no hay valores, no hay vergüenza… Niñas dejándose, no ya sobar, sino directamente… Qué mundo éste”, iba pensando el Vinagrón mientras se alejaba, camino de su “despacho”, como le gustaba llamar a su garita. Y no quería ser consciente de ello, pero una parte de sí mismo, también quería pensar “¿y si hay chicas con catorce años que lo hacían, por qué nunca di con ninguna, yo?”


                                                                          *******************


     Los días pasaban lentamente en el colegio, Dolores hizo enseguida buenas amistades entre el profesorado y las otras mujeres de la limpieza, que en total eran cuatro, y Dolores la más joven de ellas. Las otras estaban casadas y tenían hijos más o menos de la misma edad que el suyo, pero los habían tenido más tarde “cuando deben tenerse los niños”, pensaba Dolita, “no cuando apenas acabas de dejar el osito de peluche. Sus compañeras, al principio, no tocaban ese tema con ella… pero finalmente, ella misma fue la que habló. Salió, simplemente:

     -Era un hombre mayor que yo, tendría casi treinta por entonces, y era feriante. Tenía una caseta de tiro al blanco y venía en las fiestas del barrio. – contó – Figuraos el tipo, camisa de manga corta sin cerrar, camiseta de tirantes debajo, felpudo en el pecho, mogollón de cadenas de oro, bigote de actor porno y cigarrito en el colmillo, y más labia que un picapleitos. No paraba de hablar… y yo tenía catorce años, y lo típico: te piensas que ya eres mayor y lo sabes todo.

     -Valiente sinvergüenza, hace falta ser malnacido para aprovecharse de una criatura. – comentó Rocío. Dolita se llevaba bien con todas sus compañeras, pero Rocío, era quien más la quería, y Dolita estaba a la recíproca.

      -El caso es que yo le gusté, supongo que le gustaban todas, o la mayoría, pero yo le hice cara. Le seguí el juego, y eso hizo que me convirtiera en su favorita de todas las chicas que iban a su barraca. Empezamos a hablar… me contó muchas mentiras, y yo me las creí todas, porque quería creérmelas. Me dijo que estaba enamorado de mí, que me fuera con él, y lo hice. Me escapé de casa para estar con él, y yo creía que iba a ser una historia de amor maravillosa, pero no tardé en darme de dientes con la realidad.

     -¿Te pegaba…? – preguntó otra de las compañeras.

     -A tanto no llegó, gracias a Dios, me amenazó un par de veces, me zarandeaba cuando estaba bebido, pero no llegó nunca a bajar la mano. Luego me pedía perdón, y… yo era una niña, y le quería. Entonces todavía le quería… le quería a él más que a mí misma, así que siempre le perdonaba. No ahorrábamos nada, todo se lo pulía en beber, y en las cartas, le gustaba jugar más que a un tonto una tiza, y le importaba un pimiento si perdía. Mientras fue verano, lo soporté… pero cuando llegó el invierno, y el agua y el frío se colaban por todas partes en la camioneta y ganábamos muy poco porque ya no era tiempo de ferias, me di cuenta que no quería pasarme toda la vida en la carretera, quería una casa. Pero él no. Discutimos mucho por eso… yo intentaba hablar con él, y él me gritaba y se iba a beber. Y de repente, no me bajó el periodo.

      -Menudo susto te darías, niña…

      -Figúrate… porque como para contar con ése para nada. Yo estaba muy flaca, me puse enferma del frío, necesitaba una cama caliente y alimentos si quería sacar al niño adelante, y eso, él no me lo iba a dar. Al principio, se puso muy contento cuando le dije que estaba en estado, pero luego, pasaron los días y se puso muy huraño y callado. Que estuviese tan callado, no me gustaba nada, porque él no se callaba nunca, hablaba por los codos… Un día dijo que me iba a llevar a un sitio donde me pondría bien, y tuve miedo que me llevase a abortar, pero me llevó a un convento donde le conocían, “aquí te pondrás buena, te vendré a buscar dentro de una semana, cuando ya estés bien del todo”, me dijo y se marchó.

      -¿Volvió….?

      -Nunca. – Dolita se quedó un poco pensativa. – Al día siguiente, una hermana me dio una carta, que al parecer, le había dado él. Decía que era lo mejor para mí y para el niño, que él no era el hombre que me convenía, y no podía darme lo que yo necesitaba. Que me quedase con las monjas hasta que me pusiera bien, y diese a luz, y que luego fuese lista y no me quedase con el crío. Que se lo diese a las monjas, que llamase a mis padres y que no dijese nada del embarazo, y así seguro que me dejaban volver, y el crío lo educarían ellas. Según me contaron las madres, también a él lo habían dejado allí siendo bebé. Eso me dio un susto de muerte, lo último que quería, es que un día mi hijo fuese también a dejar allí a una pobre desgraciada embarazada como yo, y me dije que lo mejor que podía hacer para impedir eso, era llevarlo conmigo, y educarlo yo. Lo mejor que supiera.

     -Y muy bien que hiciste.

     Dolita sonrió, apareció el bedel y dio un par de palmadas, “Vamos, señoras, sin perder tiempo…”  y todas volvieron a su trabajo. Valmayor pasó por entre ellas y se quedó mirando a Dolita un segundo de más, pero ella ni se dio cuenta, pensaba en su hijo y en su decisión. La verdad que había veces, tan sólo momentos, en los que pensaba si realmente, no habría sido mejor para ella dejar a Toñito allí. Su padre quizá no le hubiese pegado una paliza con el cinturón, su madre no se habría pasado llorando dos meses, tal vez ella hubiera podido estudiar… y quizá, sólo quizá, rehacer su vida con otro chico. Es cierto que después de aquello, se le habían quitado para mucho tiempo las ganas de tíos, pero ahora… su hijo ya era un adolescente, y ella empezaba a sentirse sola. Sus padres ya no estaban, la casa se le caía encima cuando Toño no estaba… pero lo cierto, es que cuando le miraba, tan alto, tan guapo, tan educado, daba por bien empleado todo lo que había pasado por él. “Si volvieran a darme a elegir, me quedaría con él cien veces”.

     En eso estaba pensando aquélla mañana de jueves, limpiando los cristales ella sola, cuando se oyó un alboroto en el patio y la voz gruesa del bedel. Dolores se asomó, un par de niños corrían en direcciones opuestas, saliendo a todo trotar del lavabo de las niñas, Valmayor agarró a un por las orejas, y el otro escapó hacia el colegio, aprovechando que el bedel estaba de espaldas, y casi chocó con Dolores al entrar.

      -¡¿Dónde está ese otro sinvergüenza!? – gritó el Vinagrón, y hasta Dolores se asustó. El niño, paralizado de miedo, se echó a llorar, y la joven tiró de él y le abrió la puertecita que había bajo la escalera principal, donde se guardaban los cubos.

     -¡Escóndete, golfo, corre! – el chiquillo no se lo hizo repetir, se metió en el cuartito como una bala, y Dolores lo cerró de golpe, volviendo de inmediato a la escalera.

      -¿Lo ha visto? ¿Dónde está el otro? – preguntó el Vinagrón con voz de trueno, llevando de la oreja al que sí había agarrado, y el chiquillo tenía que andar de puntillas si no quería que le acabasen llamando Van Gogh… aunque con esa manera de tirar, le iban a acabar llamando Dumbo.

     -No lo sé… se habrá escondido por ahí, supongo – contestó Dolita, mirando a la escalera, dando a entender que el niño la había subido, en dirección a las aulas. El Vinagrón miró a la limpiadora. Miró la escalera. Volvió a mirarla a ella. Y alzó una ceja. - ¿Qué?

       -No le hace ningún bien escondiéndole.

      -¿Que yo le escondo? ¿Quiere registrarme, a ver si le tengo…? – Dolores se subió un poco la bata azul de limpieza que llevaba, hasta casi medio muslo, y el Vinagrón carraspeó y se llevó al niño de la oreja, que hacía esfuerzos por volver la cara y mirar las piernas de Dolita, que no dejaba de reír. Apenas se marcharon, abrió la puerta al niño. – Sal. Y como yo me entere que vuelves a colarte a mirar en los baños de niñas, no te tapo más, ¿entendido? Vete, y que no te vea el Vinagrón.

       -¡Gracias, señora! ¡Gracias! – musitó el niño, Dolita le despidió con una colleja suave y el chiquillo se marchó a jugar el resto de recreo, tan pimpante… pero a ella, le esperaba un rapapolvo.


*************


      -No se lo diré al Director porque es la primera vez y porque no tengo pruebas… pero que sea la última vez que tapa usted a un infractor, ¿entendido? – le dijo el bedel apenas terminó la jornada y la cogió por banda.

      -¿Infractor…? Señor Valmayor, que no hablamos de delincuentes, ¡era un niño! ¡Y yo no le escondí, no tengo la culpa de que a usted se le escapara!

       -Vamos a dejarnos de máscaras… Usted le escondió, seguramente en el armarito de debajo de la escalera, y lo sabe, y encima, dio un espectáculo vergonzoso subiéndose la bata hasta ese punto y cuestionando mi autoridad.

       -O sea, que lo que más le molesta, no es que se le haya escapado el niño, sino haberme visto las piernas.

       -Señorita Dolores, no me haga reír, he visto muchas piernas en mi vida; las suyas, no se ofenda, pero no tienen nada de particular, pero no era plan de permitir que un crío se las viera y mi autoridad se cuestionara.

       -¡Mis piernas, señor Vina… Valmayor, puede que no tengan nada de particular, pero son bastante más ágiles que esos dos jamones que usted tiene, que no le permiten alcanzar corriendo ni a un niño de nueve años!

      -¿Se atreve a desafiarme?

      -¡Usted me insultó primero!

      -¡Señorita Dolores, esa actitud le va a traer problemas, no siga por ese camino!

      -¿Ah, sí, qué va a hacer? – Sonrió con sarcasmo la joven, poniendo los brazos en jarras - ¿ponerme a conjugar una frase, o castigarme sin recreo?

       -¡A usted, le han faltado dos buenos azotes a tiempo, por eso, le pasó lo que le pasó! – El bofetón fue visto y no visto. Valmayor se quedó pasmado. Desde que dejó la niñez, nadie jamás le había dado un cachete, y se agarró la mejilla con estupor. Pero su asombro creció más aún cuando vio lágrimas ofendidas en los ojos de Dolores.

     -A mí quizá me faltaron dos azotes a tiempo… pero a destiempo, me los llevé todos de golpe. ¿Y a ti, Vinagrón, cuánto cariño te faltó en tu infancia para que seas incapaz de tratar con un poco de amabilidad a un niño? – Dolores habló con voz temblorosa, irritada de modo casi infantil, buscando un insulto bastante fuerte, intentando herirle, y finalmente le gritó - ¡Monstruo!

     El bedel la vio marcharse corriendo, con los puños apretados, sin secarse las lágrimas que le corrían, y con la cabeza muy alta, mientras él seguía allí plantado, con la mano todavía en la mejilla, a pesar que hacía ya rato que no le dolía. La cara. Porque el orgullo, le dolía mucho más… ¿de verdad daba esa imagen? Él sabía que era severo, pero no pensó nunca que fuera… malvado.

     Durante el resto del día, intentó hablar de nuevo con Dolores, pedirle disculpas, él no había pretendido ser indiscreto, ni herirla, fue la discusión, estaba enfadado, pero… pero no logró pescarla a solas más que cuando la mujer ya se marchaba, y se dirigió hacia ella.

      -Señorita Dolores, espere, por favor… - Valmayor no lo sabía, pero, aún calmado y buscando congraciarse, su voz seguía sonando severa. Dolores se volvió. Había apuro en su cara.

      -Ah, señor Valmayor… no debe preocuparse más por mí, voy a hablar con el Director, y dejaré el trabajo, no se apure.

      -¿¡Qué?! – el bedel estuvo a punto de decir que ni lo soñara, pero entonces sonó un motor y un coche bastante desvencijado se detuvo frente a la puerta; del asiento del copiloto, se bajó un joven de unos quince años, moreno, de ojos oscuros avispados y cara llena de simpatía.

     -¡Hola, mamá! – le dio dos besos y se quedó mirando al conserje – Hombre…. Pero si es el Vina... ¡El Valmayor, quiero decir el Valmayor!

    El bedel no tuvo que hacer memoria, se acordaba bien de Tony, el caballerete, todo un pelota con las maestras y las niñas, y un elemento para él.

      -¿Aún se acuerda de mí, señor Antonio?

      -Mis orejas intentan olvidarle, señor. Venga, sube, mamá. – Dolores sonrió a su hijo y se montó en el asiento trasero, saludando también a Bruno, un chaval algo mayor que su hijo, que, a raíz de una pelea, se había convertido en su mejor amigo. Era un chico rubio, alto y un poco gruñón, pero a Dolores le gustaba como amigo para su hijo, a causa de su promesa… Tony era muy guapo y todo un galán con las chicas a pesar de ser sólo un adolescente, en cambio Bruno, ya con sus diecinueve años, presumía sin tapujos de su Anillo de Pureza y su promesa de llegar virgen al matrimonio; Dolita esperaba que la influencia de Bruno, impidiera a su hijo hacer cualquier tontería con alguna pobre chica. – Mi madre necesita éste trabajo – susurró Tony, aprovechando que su madre estaba ya en el coche. – Si me entero que se lo pones difícil, puedo sentirme ligeramente malhumorado…

      Valmayor sonrió (y cuando sonreía, daba la impresión de que le dolía la cara al hacerlo), e hizo un gesto vago con los hombros. Tony sonrió con gracia y dio dos golpecitos en el techo del coche, metiéndose dentro de inmediato. Bruno salió y se asomó, dejando ver su gorra de policía y su cara de mal genio, que, pese a su juventud, no tenía nada que envidiar a la del bedel. Hizo un elocuente gesto deslizándose el dedo índice de lado a lado de la garganta y emitió una especie de “cjuiiiic” de amonestación, antes de meterse en el coche de nuevo y arrancar por fin. El bedel no supo ni qué cara poner…. Lo que él no sabía es que Bruno aún no era policía, sólo se estaba preparando…. Pero como Tony era el niño favorito de la profesora de teatro del instituto, tenía acceso a todo el atrezzo, y era muy fácil conseguir una gorra de policía convincente.


**************


     Al día siguiente, Dolores estaba dispuesta a pedir la baja voluntaria. No estaba dispuesta a seguir aguantando al Vinagrón, curros de porquería como ése, los había a patadas, no se preocupaba… pero cuál no fue su sorpresa, cuando al entrar en el despacho del Director, se encontró allí al Vinagrón, hablando ya con él.

      -Ah, señorita, Dolores, precisamente la iba a hacer llamar, gracias por haber venido tan puntual… Parece que tenía usted algo que decirme… y creo que ya, no será necesario. - La mujer miró al bedel y al Director alternativamente. – El Vin… el señor Valmayor, me ha contado que ayer, tuvieron un intercambio de impresiones no muy afortunado, y quería decirle algo al respecto.

    El conserje se levantó:

      -Señorita Dolores: ayer fui con usted de una grosería incalificable. No soporto que se inmiscuyan en mi trabajo, como supongo que a usted no le gusta cuando yo le digo que tal cosa no brilla bastante, pero eso no disculpa que la traté con una agresividad fuera de lugar y del todo reprobable, amén que lo último que querría, sería ser indiscreto o hiriente. Si usted me promete que no volverá a intentar impedirme realizar correctamente mi trabajo, yo le doy mi palabra de honor que un incidente tan desagradable, jamás volverá a repetirse.

      Dolita tuvo que acordarse de cerrar la boca. El bedel la miraba con sus ojos oscuros llenos de habitual malhumor, pero había en ellos una pizquita de… ¿remordimiento? Valmayor tenía las manos a la espalda, había pronunciado su disculpa como un niño una lección, pero Dolita no dudaba que era sincera.

      -Señorita Dolores, es usted una gran persona, puntual, muy trabajadora y cumplidora… no querríamos perderla por algo así – sentenció el Director con una sonrisa, y Dolita la devolvió.

     -Acepto sus disculpas. – dijo, tendiéndole la mano al bedel, que sonrió abiertamente (qué curioso, ahora no parecía que le doliera nada por sonreír) y la estrechó entre las suyas, sacudiéndola con energía. Pero cuando salieron del despacho, la mujer no pudo evitar preguntar – Señor Valmayor… ¿por qué ha hecho esto?

     -¿Quiere decir….? – preguntó el hombre, mientras los dos recorrían el pasillo, hablando en voz baja, porque a ambos lados había aulas, y las clases ya habían comenzado.

     -Disculparse, pedirme que me quedara… estoy segura que habrían encontrado a otra limpiadora muy pronto, y no creo serle especialmente simpática… ¿por qué lo ha hecho?

     -Señorita Dolores, es cierto que el puesto de limpiadora no es muy difícil cubrirlo, pero yo no le tengo antipatía, usted trabaja muy bien. No se escaquea ni la mitad que sus compañeras, tengo que andar todo el día detrás de ellas como de los niños, en cuanto giro la espalda, se ponen a hablar, cualquiera diría que las cosas se limpian solas…

      -…Y todas ellas están bien casadas, no tienen apuros económicos graves…

      -¿Insinúa que lo he hecho por lástima?

      -Quizá por lástima, no. Pero sí por no tener que mirarse al espejo y pensar “yo soy el coco que dejó que una chica que se quedó en estado siendo poco más que una niña, que mantiene a un hijo sola y que no puede tirar de nadie que la ayude, se quedara de nuevo en la calle”. Señor Valmayor, llevo muchos años siendo madre soltera, sé qué sentimientos inspiro. Pero le garantizo que sé arreglármelas sola, no necesito su compasión, ni la de nadie.

     -Y yo no siento compasión por usted. – Valmayor se detuvo y la miró a los ojos - ¿Me permite que le hable con sinceridad absoluta? Le prevengo, puede ser desagradable. – Dolita asintió – La he oído cuando contó lo que le pasó a sus compañeras, y una cosa está muy clara: nadie, absolutamente nadie la obligó a ponerse debajo de ese sinvergüenza. Él era un desalmado y un macho de la cabra, con perdón, pero usted era una inconsciente, una niña sin conocimiento que quiso obrar a su antojo y sólo se arrepintió cuando ya fue demasiado tarde. Nadie la violó ni la obligó a nada, usted se fugó con él y le abrió las piernas porque así lo quiso, y cuando él  huyó como el cobarde que era y le propuso a usted huir también del niño, usted se negó a ello. Fue muy valiente, muy noble, y muy estúpido. Y una vez más, la decisión la tomó solita. Yo, señorita Dolores, puedo sentir compasión por aquéllos que sufren desgracias que no controlan… por una chica violada, sí siento compasión; por los niños que mueren de hambre sin culpa de nada, sí siento compasión… por una chica terca y caprichosa que pensó con un calentón momentáneo y que tenía padres a los que pedir consejo y con los que hablar, y cuya desgracia se pudo evitar cien veces, no, no siento la menor compasión.

      Dolores agachó la cabeza. Le escocía, claro está, sobre todo porque era verdad, ella misma se lo había dicho millones de veces desde aquélla vez que no le bajó el período… podría haber hecho esto, lo otro, podía haber sido juiciosa, ella era la primera que sabía que fugarse con un feriante que le doblaba la edad, no estaba bien, no podía estarlo, era peligroso… y precisamente por eso lo hizo, porque estaba harta de ser la niña buenecita, la niña formal, la niña que nunca se apartaba de lo que decían papá y mamá… ¡quería ser libre y vivir! Y vivió en dos meses toda su vida. Con menos de quince años, ya estaba harta de hombres y tenía un resabio propio de una divorciada de cuarenta y dos… no cabía duda que había sido todo culpa suya, por ser una cabeza loca… pero aún así, le escocía, le dolía que por primera vez, le dijeran tan claro y a la cara que no sentían por ella la menor compasión….

        -Siento admiración. – musitó Valmayor. Dolita levantó la cara, y en el semblante del bedel, por primera vez, había una expresión que nada tenía de mala leche. – Una chica que, con sólo catorce años, abandonada por su amante, es capaz de cometer la estupidez más valerosa, y quedarse con su hijo, agachar las orejas para volver a la casa paterna y aguantar lo que allí tuviera que aguantar, en pro de darle lo mejor que pudiera a su hijo… una chica que, aún viviendo con sus padres, no les encaloma a ellos el bebé para seguir estudiando, sino que renuncia a todo para ser un poco independiente y ser ella misma la que alimente a su hijo, y supedita toda su adolescencia y juventud a éste, en lugar de esconder la cabeza debajo del ala… se merece que la feliciten. Usted cometió un error, una calaverada que le partió en dos la vida, pero supo sacar algo provechoso de ella. Supo hacerse responsable  y crecer, aunque tuviera que crecer en un año lo que otros crecen en diez… y yo, la admiro por eso.

     Dolores sonreía, y notó que le escocían los ojos. Era la primera vez, la primera desde que se fugó con aquél, que alguien la alababa por algo, y menos por aquello. Una parte de sí misma había querido pensar que había sido fuerte al quedarse con Tony, pero esa parte quedaba siempre relegada por el remordimiento, por el “hiciste sufrir a tus padres… les diste un disgusto terrible… todo el mundo te señalaba con el dedo… les decían que habían criado a una puta… los chicos se arrimaban a ti porque pensaban que, si lo habías hecho con uno, estarías dispuesta a hacerlo con todos, y te ofrecían dinero, algunos mucho dinero, a cambio de… y aunque nunca aceptaste, aunque contestabas siempre con un bofetón, algunas veces te lo planteaste, porque era un modo rápido de ganar dinero fácil…”. Quiso hablar, decirle algo a Valmayor, aunque no sabía ni qué contestarle, pero la voz se le ahogaba en la garganta, le picaban los ojos y no podía tomar aire por la nariz… el bedel la tomó del codo y la hizo caminar.

       -Venga conmigo, corra, no quiero que nadie la vea llorar… - Valmayor la llevó a su “despachito”, colocado en una esquina del patio, cruzando el patio, y la sentó a su mesa. Le acercó su propio pañuelo y se puso a preparar café, mirando por la ventana, para no incomodarla mientras ella lloraba.

     “¿Qué me pasa? No puedo dejar de llorar…” se decía Dolores, sonándose. Valmayor era un mal bicho, gruñón y malcarado, nadie esperaba que fuese capaz de una palabra amable, y menos de confesar admiración por nadie… quizá por eso, la emocionaba más. O tal vez fuese que era la primera persona que le echaba un piropo, que le decía que había sido fuerte y valerosa, y no una chica muy mala, que se había portado como una zorra y había humillado a su familia… Una taza de café humeante apareció frente a ella, y Valmayor se sentó en la silla contigua.

      -Tómatelo. ¿Te vas encontrando mejor? – Cuando hablaba así, medio bajito, el bedel tenía una voz bonita, cálida y agradable, y tenía un algo que hacía sentir bien… a Dolores le invadió el estúpido pensamiento de abrazarle y llorar contra su pecho. Luchó contra el deseo y lo reprimió, pero, “¿Hace cuánto tiempo que no me abraza nadie y me deja sentirme pequeña y protegida a mí…? ¿Hace cuántos años que tengo que ser fuerte, que tengo que ser adulta, que no me dan un descanso de sentimientos… que no me toca ser el adulto…? Desde que me abandonó. Desde hace más de quince años”, se dijo, y ese pensamiento, no lo pudo reprimir.

     -Sí, gracias. Lo siento, no quería dar el espectáculo.

     -No seas boba, no das ningún espectáculo. Es edificante ver a una mujer tan fuerte como tú, que aún es capaz de emocionarse cuando le dicen algo bueno de ella misma. Por regla general, las mujeres fuertes acaban haciéndose tan fuertes, que no son capaces de sentir lo que tú sientes… piensan siempre que cuando alguien las alaba, es para conseguir algo a cambio, o es mentira.

     “A mí también me pasa” Reconoció Dolita para sí “He rechazado a muchos tíos en los últimos años, porque tenía demasiado miedo… porque pensaba que me mentían como él, que venían a por lo mismo, y luego adiós… Pensaba que tenía el corazón de piedra… pero… pero tú lo has roto… Me has roto mi coraza”. De repente, Dolita tuvo miedo, se acababa de dar cuenta de lo que le estaba sucediendo, y se aterrorizó, estuvo a punto de levantarse y marcharse sin decir ni gracias por el café, pero entonces, Valmayor habló.

     -Tú a lo mejor piensas que hiciste el tonto al irte con ése sinvergüenza… pero al menos, has sabido lo que era el amor. Yo no he tenido esa suerte. – Aquélla frase, no se podía dejar sin contestación.

      -¿Suerte? ¿Llama usted “suerte” a dejarlo todo por alguien que no lo merecía, por encontrarte sola en una caravana, sin saber si la persona que amas tan siquiera está vivo o muerto, y que aparezca de madrugada, borracho como una cuba, y no sólo no se le ocurra decir “siento que te hayas preocupado”, sino que encima, quiera sexo para rematar la fiesta, y le importe dos pimientos que tú quieras o no…?

      -Bueno, eso son los inconvenientes… pero no me digas que, mientras le ibas a ver, y él te decía todas esas mentiras tan preciosas, que te quería, y esas cosas, no me digas que no te sentiste especial, que no te sentiste en una nube… - sonrió Valmayor. Y Dolita tuvo que devolver la sonrisa.

     -Bueno, eso… eso sí. Era un canalla, ¿sabe? Pero sabía hablar muy bien… aunque yo era una cría, no era necesario ser Bécquer para impresionar a una niña de catorce años…

     -¿Y a que para ti, era el hombre más guapo del mundo?

     -Lo era de verdad. – reconoció – Tenía el encanto de los canallas, Te quemaba con los ojos, sabía mirar de forma que te daban ganas de taparte el pecho… Estabas tirando en su barraca, y te pasaba el brazo por los hombros, y te iba apretando junto a él, y cuando te querías dar cuenta, tenía la mano en tu cintura, y no dejaba de bajar… y cuando fallaba un tiro, me decía “espera, mi ángel, que yo te enseño a sostenérmela, la escopeta…”

        -¿”Mi ángel”? – preguntó Valmayor, que había apoyado la barbilla en la mano, y le escuchaba con toda su atención.

        -Sí… y “caramelito, azucarillo…”, me llamaba de muchas formas – sonrió. Era casi la primera vez que pensar en él, no era desagradable ni doloroso. – Y lo mejor, era entonces, cuando intentaba enseñarte a tirar… - se rió. No se avergonzaba, el recuerdo le hacía reír ahora… ¿qué estaba sucediendo?

      -¿Por qué, cómo lo hacía? – quiso saber Valmayor.

      -Pues verá, se ponía junto a mí… así, mire – se levantó, e hizo que el bedel se levantara y se pusiera a su lado. Le tomó de los brazos, como si sostuvieran una escopeta imaginaria y prácticamente le abrazó, junto a él. Su corazón empezó a latir más deprisa. – Así. Te agarraba los brazos… no, así no puedo explicárselo, usted es más grande que yo… mire, abráceme usted, y podré enseñárselo. - ¿Había dicho ella eso? Una alarma empezó a sonar en su estómago, pero Valmayor ni titubeó, ni pareció sentirse incómodo, se limitó a obedecer, y fue él quien la rodeó desde atrás, tomándole de los brazos, extendidos hacia delante…. – así, eso es.

      -¿Así, así lo hacía? – quiso saber el bedel. Esos golpes que Dolita sentía en su espalda… eran… ¿el corazón de Valmayor? Qué cálido era su pecho… su respiración en su cuello… Por un momento, le pareció que no tocaba el suelo.

      -Sí… así. Estabas tirando, y te tenía completamente en sus brazos… y entonces, empezaba a frotarse. – sonrió. El recuerdo parecía pertenecer a otra persona, parecía muy lejano, más lejano a cada palabra que decía… lejano, y carente de importancia.

      -¿A frotarse? – preguntó el bedel.

       -Sí. Así. – contestó Dolita, y empezó a contonear las caderas, frotando sus nalgas contra la entrepierna del conserje. A Valmayor se le escapó una especie de suspiro, mezclado con una risita.

      -¡Qué sinvergüenza… ese tipo era un sobón! – dijo, pero no se apartó un centímetro, y también él empezó a contonearse, siguiendo el ritmo de Dolores. - ¿Y qué más hacía… después?

      -Después, empezaba a arrimar la cara… así. – Valmayor era un poquito más alto que ella, pero no demasiado, su cara quedaba a la altura de la suya, y Dolores pegó su mejilla a la de él, y frotó su cara contra la suya, acercándose a su boca lentamente… el bedel cerró los ojos y una gota de sudor resbaló por su frente, pero no se apartó, sino que también él arrimó la boca, muy despacio, frotando su cara contra la de ella, hasta que sintió su aliento, cálido y perfumado, sobre sus labios. Dolita se detuvo. El bedel titubeó, y casi pareció pedir permiso con los ojos cuando rebasó el último centímetro y posó su boca en la de ella, en un beso seco, temeroso… “pero muy dulce…” pensó Dolores. “Es el beso más dulce que me han dado nunca….”, y tenía razón. Su primer amante, no besaba, invadía; él no daba besos, daba lenguazos, y es cierto que los besos con lengua le gustaban, pero siempre deseó un beso de simple cariño, sin lujuria… como ese.

       Valmayor quiso separarse, pero Dolores no se lo permitió, se arrebujó contra él, quedando cara a cara y le abrazó en un gemido que casi era un sollozo. El bedel la apretó contra sí, tiernamente, acariciándole la cabeza… era como si los dos tuvieran mucha, mucha necesidad de cariño, y hubieran encontrado por fin a alguien para dárselo, y  a quien dárselo. Valmayor, sin soltar a Dolores, avanzó hacia atrás, hacia la puerta de cristal translúcido que separaba su despachito de su vivienda en sí, donde había un saloncito, un cuarto de baño, y un dormitorio. Dolores no vio nada, ni llegaron al dormitorio siquiera, simplemente en el saloncito, al entrever un sillón de dos plazas, empujó a Valmayor hacia él, y casi cayeron en el sofá, entre gemidos.

       -Dolores… ¿estás segura de lo que….? Quiero decir, no quisiera que luego… - la joven le puso la mano en la boca y siseó suavemente para acallarle.

       -Llámame Dolita… para ti, soy Dolita. Y creéme, sé mucho de arrepentimientos post-coitales, y esta vez, no me va a suceder. - Valmayor sonrió, debajo de ella, y sintió su hombría crecer imparable cuando ella le desabrochó el chaleco de su traje terno gris, seguido de la camisa, y empezó a besarle el pecho, besos suaves y cálidos, húmedos… el bedel la apretó entre sus brazos, tirando de su vestido de flores, palpando su espalda. Dolores le llevó las manos a la cremallera, y en medio de una sonrisa traviesa, la bajó. Qué siseo interminable más agradable produjo… Dolita se sacó el vestido y se abrazó al pecho desnudo del bedel, que no podía dejar de sonreír, intentando a la vez quitarle también el sostén. Estaban en horario de trabajo, quedaba menos de una hora para el recreo, podían verles perfectamente… y no les importaba. El sostén de la joven casi salió volando, y Valmayor abrazó los pechos de Dolita.

      -Mmmmmmh… así, tan suaveee…. Haaaaaaaah… - gimió ella sin poder contenerse, ahora sabía qué distintos podían ser los hombres, el otro sólo sabía estrujar y apretar, y le gustaba, sí…. Pero Valmayor, con todo su malhumor, su pésimo carácter, resulta que era todo dulzura en la cama, acariciaba con tanto mimo… justo como ella lo necesitaba. La joven se inclinó más sobre él, dejándole las tetas en la cara, y el bedel gimió audiblemente, balanceándoselas, golpeándose la cara con ellas, besándolas… Dolita se frotaba contra su erección ansiosa, hasta que ninguno de los dos pudo más, y las manos de ambos se dirigieron a la bragueta del conserje y liberaron su hombría, mientras la joven se deshacía también de las bragas, húmedas y olorosas.

       -Valmayor… quiero saber tu nombre… - musitó Dolita, sentaba a caballito sobre él, que apoyaba la espalda en el brazo del sofá, y la acariciaba por los brazos, sintiendo su feminidad tórrida pegada a su pene, frotándose, aún sin penetrarla. El bedel se puso rojo como un tomate, no le gustaba su propio nombre. Salvo el director, nadie lo sabía, todo el mundo le llamaba Valmayor, sólo sabían que había una B. que antecedía al apellido. - Dímelo… por favor, dímelo…

     El bedel bajó los ojos, incapaz de mirarla a la cara, frotándose contra ella, pero sin contestar a su pregunta. Sabía que tendría que decírselo, no era plan que ella, le llamase por el apellido, pero es que…  es que…

      -Si no me lo cuentas por las buenas… me lo dirás por las otras… - sonrió Dolita, se aupó y empezó a frotarse contra el glande, el sensible glande del bedel. Valmayor tembló de pies a cabeza, movió las caderas intentando ensartarse, pero ella sonrió y no se lo permitió, se separó lentamente. El bedel pudo sentir con toda claridad un hilillo de líquido quedarse entre los cuerpos de ambos, separarse y caer de nuevo, en una gotita minúscula, pero perceptible, en su glande.

     -Por favor… por favor, déjame entrar… - sonrió, muerto de deseo, torturado deliciosamente por las cosquillas que le gritaban en el pene, en todo el bajo vientre.

     -Pues dímelo… dime tu nombre, y te llevaré al cielo… - El bedel cerró los ojos y se abrazó contra ella. En su oreja, muy bajito, musitó una sola palabra. - ¿¡Qué?! – de la sorpresa, Dolita se dejó caer de golpe, y ahogó un grito de placer, pero Valmayor, que había tomado aire para repetirlo, lo soltó sin contenerse:

     -¡Bonifacioohhhhhhhhhhh……! – el bedel se tapó la boca con el hombro de Dolores, mientras un placer infinito tiraba de su hombría, como si ésta fuese dulcemente aspirada por el sexo de su compañera, y lo sumergiera en un calor, en una suavidad deliciosas, en un bienestar imposible; una carrera de chispas traviesas hizo estragos en su espina dorsal y sus muslos se contrajeron, ¡era perfecto…!

      Dolita se rió sin poder contenerse, ¡Bonifacio! ¡Se había enamorado del Vinagrón, y resultaba que, para más inri, se llamaba Bonifacio! No era de extrañar que él mismo no andase diciendo su nombre por ahí… Valmayor, con la boca apretada contra el hombro de Dolita, se reía también, por favor, que no le hubiese oído nadie… La mujer empezó a balancearse, a contonearse sobre él. El bedel pensó que ella tenía razón, ¡le estaba llevando al cielo!

       -Sigue… sigue, Dolita… Dolitaaaaah… - su nombre, decir su nombre mientras ella brincaba sobre él, ¡era tan bueno! No podía estarse quieto, sus muslos picaban, sus nalgas hacían cosquillas… las manos de la limpiadora le acariciaban la cara, las mejillas, el cuello, y bajaban a su antojo por su pecho descubierto, metiéndose entre la camisa abierta, haciendo dulces cosquillas en sus costados… ¿por qué era ella ahora tan buena con él? Valmayor la acariciaba de los hombros, por los brazos redondos y suaves… por los pechos de pezones oscuros… Sin detenerse, la joven le llevó las manos a sus nalgas, para que las tocara, y para que dirigiera también él. Valmayor tuvo que refugiarse entre los pechos cálidos de su compañera para intentar mitigar el temblor que sacudió su cuerpo… apretó a la joven del culo, y Dolita emitió un gemido satisfecho, y le apretó dentro de ella.

     Valmayor ahogó un grito, ¡le exprimía! ¡Tiraba de él desde dentro… aaaaah, qué bueno, qué bien lo hacía, mmmmmh, sí, más, más…. Otra vez, por favor, que volviese a hacerlo! Pensaba atropelladamente mientras la masajeaba el culo, bajando cada vez más los dedos, buscando la zona de donde salía el calor… ahí… podía sentir su miembro entrando y saliendo de ella, y tocó el sexo de la joven, muy cerquita de su ano, tan mojado, tan tierno…

       -¡Mmmmmmmmmmmmmmmmmh…..! – Dolita se estremeció entre sus brazos, temblando de tal modo que parecía que iba a romperse, Valmayor la apretó contra sí, y entendió que le había gustado mucho que la acariciara ahí, así que repitió. - ¡Haaaaaaaah, Boni… Boni….! – musitó ella, intentando no soltar a voz en grito su placer. Cuando Valmayor oyó su nombre susurrado en su oreja por ella, supo que ya no podía detenerse, que se iba encima, y no podía hacer nada para evitarlo… sus caderas, que apenas se habían movido por estar debajo, aceleraron, buscaron frotarse más intensamente, soltar por fin todo el deseo que llevaban a cuestas, y sus dedos acariciaron de nuevo allí, tan cerca del ano de Dolita, y sintió cómo ésta se curvaba hacia atrás de puro gusto, gimiendo sin poder contenerse, tiritando de placer, y un nuevo apretujón de su sexo se cerró sobre su miembro, que explotó sólo unos segundos después, ¡qué maravilla…! Sus muslos se contrajeron, sus nalgas se pusieron duras, y sus caderas dieron golpes para soltarlo todo, mientras una dulzura maravillosa se expandía hasta las puntas de sus pies… haaaah… qué placer, qué dulce, dulcísimo placeeer…. Dolita lo abrazaba, y él se sentía en la gloria… Y ella también.

      La joven hubiera querido llorar de nuevo, pero en lugar de eso, sonrió, feliz, muy feliz, apretándole contra ella, acariciándole la cara que aún tenía apoyada en sus pechos. Juguetonamente, Valmayor le acariciaba uno de ellos, pellizcando el pezoncito, moviéndolo entre sus dedos, acariciándolo con la palma de la mano… jugueteando. Sin duda, también hacía mucho que él no estaba con alguien. “No puedo creer que yo… no puedo creer que de nuevo…” pensaba Dolores, pero no se sentía culpable, ni con miedo, como con el otro… no tenía miedo de nada. Bueno, pensó, tal vez de su hijo, ¿qué diría él? “Quizá sea mejor que de momento, no se entere”.


*************


     -¡Hola, reina! ¿Es cierto que el Vinagrón te ha pedido perdón….? – la saludó Rocío en cuanto la vio, limpiando el estante de las jardineras.

     -Hola, Rocío… bueno, eso es algo elástico. Dijo que yo me había inmiscuido en su trabajo porque no delaté a un niño, y que si no volvía a hacerlo, él no volvería a llamarme la atención.

     -¡Ja! Me extrañaba a mí que ese bestia corrupia del Vinagrón, pidiese perdón a alguien. Ánimo, chata, piensa que si a ese amargado le caes mal, a todo el resto del mundo le caes muy bien. En la cafetería, cuando nos enteramos que le habías cruzado la cara, dijo el encargado que te invitaba a desayunar cuando tú quisieras.

      Dolita sonrió,  y asintió. A fin de cuentas, era viernes,….cuando desayunasen, podían alargar la hora un poquito más… y si el Vinagrón se disgustaba con ella, seguro que tendrían que hablar a solas…

    

viernes, 27 de diciembre de 2013

Más Especial Navidad.


      Apenas eran las ocho y cuarto cuando el sr. Diego Anselmo Cabrales, el Director del colegio elemental, llegó a su despacho, como tenía por costumbre. Siempre era el primero en llegar, cuando los únicos que pululaban por allí, con caras de sueño y frío, eran el sr. Vina… el sr. Valmayor el bedel, y su señora, que como vivían en la casita dentro del mismo colegio, eran quienes abrían a las ocho en punto, y algunos cocineros… la mayoría empezaban a llegar a eso de las ocho y media. Pero hoy, se había encontrado a una de las maestras de infantil, esperando frente a la puerta de su despacho, y le había rogado hablar con él urgentemente. Don Diego le pidió que le concediera un minuto para colgar su abrigo y ordenar un poco sus cosas, y la vería. En realidad, lo que deseaba era ir al baño, pero de todos modos la joven no protestó. Cuando terminó, le abrió la puerta y la invitó a pasar y sentarse.

     -Usted dirá, señorita Charito. – dijo con una sonrisa.

     -Se trata de algo delicado, señor Director… - empezó la joven, y el anciano optó por una expresión algo más grave, mientras asentía con la cabeza, indicando que escuchaba. – Me veo en la obligación de dejar mi trabajo.

     -¿Cómo? – se extrañó Cabrales – Pero… ¿es que no está a gusto con nosotros?

     -Oh, sí, señor Director, soy muy feliz aquí. – admitió la joven.

     -Entonces, ¿cuál es el problema? Yo estoy muy contento con su trabajo, los niños la adoran, ningún padre tiene la menor queja de usted ¿Tiene problemas familiares, o…? ¿Puedo yo ayudarla en algo? – la pregunta era sincera, y Charito sintió un terrible dolor al tener que sincerarse así con aquél hombre tan amable, ¡qué poco se le parecía su sobrino! “Piensa que ya lo has hecho antes; no será más terrible que decírselo al Padre César…”, se animó la joven. La misma tarde anterior había hablado con el sacerdote y profesor de Religión de la escuela, el Padre César, un hombre bondadoso y generalmente paciente, quien la había confesado ya muchas veces… ayer mismo, puesto que estaban pintando el confesionario, la aconsejó en la sencilla cocina de su rectoría. Charito tomó ánimos y miró a Cabrales a los ojos.

      -Señor Director, ¿recuerda que su sobrino y yo manteníamos una relación sentimental…?

      -¿Mantenían….? Oh… creo que voy comprendiendo – a Cabrales no le había pasado desapercibido el tiempo pasado.

     -Señor Director, he incumplido gravemente mi contrato, y… no ha sido con su sobrino. Antes de que él le venga con chismorreos, prefiero decírselo: he mantenido una relación en extremos inadecuados con otro hombre, y he violado las condiciones de virginidad que exigía mi contrato. Por eso, es obligatorio que me despida. Si puedo rogarle un favor, ya que está contento con mi labor, es que me permita despedirme a mí, y no lo haga usted, para que me sea menos árido encontrar otro trabajo.

     El Director parpadeó. Desvió la mirada por un momento, y volvió a mirar a Charito. Y tuvo que acordarse de cerrar la boca.


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     -¿Y qué cantáis vosotros…? – La vocecita de Tercero ceceaba ligeramente.

     -Nada, no cantamos nada. Ni vosotros tampoco, simplemente ponen música y hacemos el tonto abriendo y cerrando la boca. – contestó su primo Renato, de mal talante. Lo habían vestido de verde, como a los demás, simulando ser un duendecillo, y estaba bastante molesto.

     -Pues yo sí canto.

     -¡Porque eres tonta, ¿no ves que ya canta la música por ti?!

    -Pero la seño ha dicho que podíamos cantar.

    -Tu “seño” diría cualquier cosa con tal de que tú te callases.

    -¿Y para que me calle, me deja cantar…? – preguntó con cierta ironía la pequeña.

    -Si cantas, no chismorreas ni haces preguntas estúpidas.

    -Tal vez, pero me lo paso bien. ¿Tú te lo pasas bien?

    -¿Yo? ¡Mejor que tú!

     -¿De verdad? Pues no te veo que sonrías.

    -Eeeh… ¡me río por dentro!

    -Ya. – Tercero se cruzó de brazos, vestida de duendecillo rojo, como todas las niñas. – Pues el fotero no saca fotos a los niños que se ríen por dentro, porque tienen cara de enfadados. Hagamos una cosa: si a mí me sacan más fotos que a ti, es que yo me lo paso mejor que tú.

    -Se dice “fotógrafio”, no “fotero”, imbécil.

   -Llámale como quieras, pero si me saca más fotos a mí, habré ganado.

   -¿Y si me las saca a mí, qué gano yo?

    Tercero permaneció pensativa. Si se tratase de sus hermanos, podía pillarlos por los dulces o los juguetes, o tebeos, pero a René había que pillarle por otro sitio…

     -El otro día, mi papá nos enseñó cómo se partía la luz en arcoíris con un cristal de la lámpara. Si ganas, te enseño a hacerlo.

     -¡Hecho!


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     -Kostia, deja quieta la estrella… - sonrió la señorita Charito, y el niño ocultó rápidamente las manos, pero lo cierto es que la estrella que les habían puesto en las pecheras azules, toda plateada y llena de purpurina, le llamaba mucho la atención, y hacía un rac-rac muy interesante cuando la rascabas, y se te quedaban los dedos brillantes. Su hermano estaba muy contento y un poco nervioso, igual que él, aunque Kostia decía que él no tenía nervios. - ¡Niños….! Niños – La profesora elevó un poco la voz para hacerse oír entre el murmullo de pollitos alborotados que eran las voces de sus discípulos – Ahora, vamos a pasar todos al salón, para que os vean vuestros papás y os toméis todos un dulce. UN dulce. – recalcó, mirando a Kostia, que se rió sin poder contenerse. – Cogeos de la mano de vuestro compañero, y podéis ir, sin correr, ¿de acuerdo?

    Los pequeños asintieron, Kostia y Román se tomaron de la mano y echaron a andar, junto con sus compañeros. Vieron pasar también a su hermana pequeña y a su primo Renato, que se habían colocado juntos, también de la mano, y llegaron al salón. Tenían más suerte que los mayores, a partir de la clase de Primero de Básica, se reunían en el patio, porque el salón era demasiado pequeño para albergar a todos los niños de todas las clases y a sus padres, de modo que aunque todo el mundo recibiese su ángel de azúcar, a los mayores les tocaría pasar un poco de frío.

    En el salón, estaban todos los papás. A Kostia le parecía que todos eran muy viejos y feos menos los suyos. Román opinaba que todos los padres y madres eran iguales, y los suyos, eran los más guapos.

     -¡Mamá, papá! – Kostia sabía que la señorita había dicho “sin correr”, pero cuando vio a sus papás sonreírle, se soltó de su hermano, y corrió hacia ellos, saltándose la fila, entre las risas de los demás padres, y eso provocó una pequeña desbandada, pues el resto de niños también corrió hacia sus padres.

     -¡Kostia, Román, qué guapos os han puesto! ¡Tercero, la elfa más guapa de Santa Claus…! – sonrió su madre, agachada frente a ellos, mientras su padre se agachaba e igualmente los alababa.

    “Cualquiera diría que llevan diez días sin verse…” pensó René, que los miraba de reojo, mientras se acercaba a sus padres. Su madre le tendió los brazos y le besó la cara, y su padre le abrazó.

     -Eres el duende más guapo de todos – le susurró su madre al oído, y Renato sonrió sin poder contenerse. Su padre se reía.

     -¡Mi heladito de menta…! – dijo entre risas, y le besó. El niño quería  a su padre, claro que sí, pero a veces, cuando era tan efusivo, le resultaba un poco incómodo que le quisiera tanto. Y además, casi siempre tenía que compararle con helados. No obstante, recordó lo que había en juego, y se colgó del cuello de su padre.

    -Os quiero, papás… - dijo con una sonrisa adorable. Dulce, poco acostumbrada a salidas tan tiernas por parte de su primogénito, poco le faltó para aplaudir, y sonrió hasta las orejas cuando René le depositó un beso en la mejilla, y otro a su padre. Un fogonazo. Primera foto. Ya iba ganando.

     “Será guarro…” Pensó la niña, y enseguida gritó:

    -¡Foto de familia! – y se sentó en el suelo, toda sonrisas, entre sus hermanos y sus padres. El fotógrafo se giró y le faltó tiempo para disparar. - ¡Y ahora, yo sola! – Tercero saco a sus hermanos a empujones del encuadre, y al fotógrafo le hizo tanta gracia, que obedeció y le sacó una foto a ella sola con sus padres. El joven fotógrafo, con un gracioso cabello anaranjado que le daba aspecto de melocotón, sonrió y sus ojos, detrás de sus gafas redondas, parecieron chispear. Le encantaban los niños.

    Tercero sonrió a su primo con aire de suficiencia. “Ya llevo dos…” decía aquélla sonrisa.


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     El Padre César, profesor de religión del colegio, miraba a las familias con ojos soñadores. No pudo evitar recordar a Esther, muerta pronto haría ya diez años. Había roto su voto de castidad con ella, en principio con un sentimiento de culpa terrible, no mucho después con pesar, más tarde con indiferencia, y por último con alegría y amor, tan grandes o más aún que el primer sentimiento de culpa. La joven se quedó en estado de su hijo, Bruno, y lo crió como madre soltera, aunque él siempre estuvo para ayudarla. Eran vecinos y la mayor parte de las noches dormían juntos, igual que el entonces joven cura, la mayor parte de los días invitaba a comer a Esther y a su hijo y daba a éste de merendar cuando volvía del colegio, y le cogió de monaguillo para asegurarse de que no andaba por ahí y hacía sus deberes, y porque le gustaba pasar tiempo con él. Gracias a Dios, Bruno no heredó sus ojos azules, bastante murmuraba ya la gente… Aunque eran muchos más los que decían que el Padre César era un ejemplo de caridad cristiana, ayudando tan vivamente, y no de boquilla, a esa joven huérfana a quien sus señores echaron de casa por su mala cabeza.
 
    Don César era feliz con la vida sacerdotal, él quería ser cura prácticamente desde que era niño, estaba seguro de su vocación… pero la idea de haber podido tener una familia normal, de haber podido vivir sin esconderse, aún le seguía picando en el corazón un poquito. El anciano párroco no creía demasiado en el castigo, no pensaba realmente que ayudar a traer al mundo una criatura querida, fuera un pecado tan grave… pero a veces, pensaba si ese escozor por no haber podido… simplemente, pasear con Esther y Bruno cogidos de la mano, no sería parte de su penitencia.

     Desde la silla donde estaba sentado, veía el ventanal del colegio y el patio, donde estaban todos los niños mayores con sus padres, y donde estaba alguien más. Don César vio salir del salón de actos a la señorita Charito, e hizo un rápido gesto hacia la ventana, moviendo la mano de arriba abajo. Fuera, en el patio, su hijo Bruno se agachó rápidamente, para evitar que Charito pudiera verle.

     -La obra empezará dentro de unos momentos. – Sonrió la joven maestra – Por favor, niños, venid. Los padres se pueden ir sentando, o pueden aprovechar para ir al baño y ver las aulas de los niños.  – Los niños fueron en pos de su maestra, saludando con la mano a sus papás. Tercero se paró junto al fotógrafo y le tiró del pantalón.

     -¿Cómo te llamas? – le preguntó.

     -Pastor. – sonrió él.

     -¿Como los del Belén?

     -Sí, justo, como ellos. – se rió más.

     -¡Hazte una foto conmigo! – pidió la niña, y Pastor sonrió, se acercó a ella y alejó la cámara, estirando el brazo todo lo que pudo. ¡Clic!

     -¡Patataaaaaa! – gritó Renato, metiéndose en la foto en el último momento, tapando a su prima.

     -¡Tonto! – gritó Tercero sin poder contenerse.

     -¡No os enfadéis! Nos hacemos la foto los tres juntos, y listos – sonrió Pastor, se colocó junto a los dos niños, y tiró la foto. “Sí, sales en ésta… pero en la otra, te he tapado… así que vamos empate otra vez”, pensó el niño.


***************


      Vimos marchar a nuestros tres niños, tan sonrientes, diciéndonos adiós. A veces, tengo miedo con ellos. Miedo de equivocarme, miedo de no hacerles felices, miedo de consentirles demasiado, miedo de ser demasiado severo… Pero cuando les veo con esas sonrisas, se me pasa. Esas sonrisas, me dicen “papá, lo estás haciendo bien”. Creo que mi Irina pensó algo parecido, por la soñadora sonrisa que lucía.

     La mayoría de los padres entraron al salón de actos, pero a mí no me apetecía aún, sabía que faltaba casi media hora para el comienzo, y me gustaba más la idea de ver el aula de los niños, y mirar sus dibujos y… Busqué con la mirada a Beto y Dulce, Renato compartía clase con Tercero, para ver si ellos también… Pero habían desaparecido. Me daba un poco de pena ir sin ellos, pero en fin, quizá los encontrásemos más tarde.

     -Oli, ¿quieres ir al baño? Porque yo necesito ir – me sonrió Irina, y asentí. Cuando echamos a andar, me cogió del brazo, y yo, que ya me considero un cariñosón, admito que en Navidad me vuelvo puro arrope, así que miré que no nos viera nadie (sí, también soy un tímido, qué le vamos a hacer), y la apreté contra mí para que se apoyase, lo que hizo enseguida. La oí sonreír, y froté mi cabeza contra la suya. – Oli, ahora que estamos en Navidad, que es tiempo de reflexionar sobre la vida de uno, y sobre la familia, dime… Si… si pudieras volver atrás en el tiempo, hasta aquella noche que te dije que si querías subir a mi casa a tomar la penúltima… ¿cambiarías tu decisión?

     -Ahora que lo preguntas, lo he pensado muchas veces, y sí.

     -¿Qué? – Preguntó Irina. Dios, cómo me costó contener la risa.

     -Irina, si pudiera volver a ése momento, no te contestaría con un estúpido “no sé si quiero o no….”, ¡te cogería en brazos y te subiría a tu casa en volandas, subiendo las escaleras de seis en seis! – grité, y la cogí en brazos en mitad del desierto pasillo, mientras Irina soltaba la carcajada, y di una vuelta sobre mí mismo, y al dar la segunda me quedó clavado en el sitio. ¿Había sido cosa mía, o había unos ojos que NO debían haber estado allí? Irina, que podía ver por encima de mi hombro, saludó con cierto embarazo.

    -Jeje… buenas tardes, señor Valmayor… ¿cómo está?

     Dejé lentamente a Irina en el suelo y me volvió. El conserje, al que llaman el Vinagrón, nos miraba elevando una ceja. Noté que mi cara se encendía.

     -….Buscábamos el baño. – dije solo. Valmayor, sin volver la ceja a su sitio, señaló hacia su espalda con el pulgar.

     -Por allí. Y…. el baño de mujeres, derecha; baño de hombres, izquierda. – recalcó.

     -Gracias… - musitó Irina, tomándome de la mano y sin poder dejar de reír. Tiró de mí y escapamos, y cuando por fin rebasamos al bedel, yo también exploté en carcajadas.


***********

      -Mmmmh… ¡qué calentitos! – sonreía Beto, con las manos en los pechos de Dulce, con esa adorable sonrisa de tontorrón. Desde que tenían a Renecito en casa, habían aprendido a aprovechar y tomar por asalto las ocasiones, por nimias que fuesen. En ésta, Dulce casi había arrastrado a su marido a un baño de profesoras y se habían metido en uno de los cubículos, muy limpio y de azulejos rosa pastel, y le había propuesto calentarle las manos. Beto había sonreído hasta las orejas, porque sabía muy bien cómo le calentaba las manos su mujer.

     -Huy… qué frías tienes las manos, ¡brrrrrr…! Ven que las apriete un poco… - Dulce, que había tenido las manos de Beto contra su sostén, se levantó también éste, y le metió las manos en el canalillo, apretando sus tetas. A Beto se le escapó un gemido, y notó que su cuerpo reaccionaba con tal energía que casi dolía un poquito, un dolor agradable. Entre Beto y Dulce había varios tratos en las tareas domésticas, y uno de ellos, es que él bajaba la basura, si luego ella le calentaba las manos exactamente como estaba haciendo ahora. Aún cuando después no llegasen al fin de fiesta por cualquier razón, a él le encantaba que le diese así calor, y más ahora, que desde que Dulce estaba en estado, había ganado peso, y sus pechos habían crecido. - ¿Qué es esto que tiene aquí mi corazoncito…? – susurró ella, melosa, acariciando su erección, aún sobre el pantalón del traje – Está calentito, ¿puedo yo calentarme las manos aquí…?

      Beto asintió, porque ni hablar podía ya. Su mujer le bajó apresuradamente la cremallera y le sacó el miembro de los calzoncillos (rojos y con estampado de arbolitos de navidad; tenía varios navideños que solía ponerse en fiestas), y empezó a acariciarlo con ganas. Beto inclinó la cabeza, buscando la boca de Dulce, y la mujer se la ofreció, en medio de un gemido goloso. Juntaron sus lenguas y se acariciaron, mientras el funcionario movía tímidamente las manos y acariciaba los pechos de Dulce, provocando que ésta suspirase en su propia boca, haciendo cosquillas con los dedos y pellizcando los pezones. Dulce dio un pequeño brinco de gustito, el pellizco había sido como un golpe eléctrico que sacudiese su columna, y sintió despertarse el ansia en su sexo. Quería jugar más, quería sentir cómo su Betito se derretía tiernamente entre sus manos, pero quería tenerle dentro, y no podía esperar más.

     Dulce paró de acariciar un momento para meter las manos bajo su falda, se bajó medias y bragas y se puso de espaldas a su marido, porque con su panza, hubiera sido más difícil hacerlo cara a cara, y subió una pierna al retrete, gimiendo bajito, atrayendo a Beto. Oyó cómo este se reía por lo bajo, aquello era muy travieso para él, y le daba miedo que fueran a pescarles, pero se agarró a sus tetas desnudas y empezó a frotarse, suave, lentamente… ¡qué calentita estaba también ahí abajo!

     -Aaah… Beto, corazoncito… mi… mi Culito Mullido… - tartamudeó Dulce, y Beto pareció a punto de echarse a llorar de placer y ternura, le notó estremecerse a su espalda, abrazándola aún más fuerte y besándole la cara, mientras se frotaba contra ella, intentando entrar y produciéndole un gozo maravilloso sólo con el frotamiento. “Me… me va a hacer terminar si sigue así…. Haaaaaaah… me frota desde el culo al clítoris cada vez que se mueve, y es tan gordito y caliente… más… más…” Pensaba Dulce, temerosa de hablar, porque si lo intentaba, gemiría de modo perfectamente audible. Beto, inconscientemente, se agachó un poquito, y empujó. - ¡Mmmmmmmmmmmmh….!

     Dulce gimió una sonrisa, y un espasmo delicioso laceró su cuerpo, haciéndola llegar al orgasmo en el mismo momento en que su Beto se introducía dentro de ella, ¡qué placer! Una oleada de chispas eléctricas hizo zumbar su sexo y se expandió maravillosamente por su cuerpo…. Beto, aún sintiendo las contracciones en torno a él, no fue capaz de detenerse, y al tercer empujón, gimió como si se le escapara el alma del pecho… desde que Dulce estaba en estado, desde que sabía que llevaba dentro un niño suyo, el mismo pensamiento le volvía tan loco de alegría, que no era capaz de aguantar nada. Dulce llevó las manos a su entrepierna, intentando que el miembro de su marido no se saliera… ahí… aaah, qué calorcito tan dulce… mmmh, cómo escocía su semen, era agradable ese escozor… Beto recobraba la respiración agarrado a sus tetas, un poco inclinado sobre ella, gimiendo ese “uhú-uhú-uhum…” tan tierno y casi desconsolado que a veces emitía al correrse… Dios mío, parecía tan frágil, tan pequeñito cuando hacía ese sonido de cachorrillo abandonado… Dulce se volvió y le abrazó, llevándole la cara a sus pechos, apretándole contra ellos y abrazándole con fuerza. Beto devolvió el abrazo.

     -Dulcita – susurró – Tengo muchas ganas de que llegue el niño… pero…

     -¿Pero qué, corazoncito?

     -Pero… a veces me da miedo que ya no me quieras si hay un niño nuevo en casa…

     -¡Mi bebé! – Musitó Dulce, agarrándole de los mofletes - ¡A ti nunca voy a dejar de quererte, ni un poquitín así! – dijo, haciendo un espacio pequeñísimo entre los dedos. – A ti siempre voy a quererte mucho, muchísimo… y si me guardas el secreto y no se lo cuentas a nadie, te diré que siempre te querré un poquito más que a los niños, ¿de acuerdo?

      -¡Sí! – contestó Beto, con una gran sonrisa, y agachándose, besó la tripa de Dulce. Lo cierto es que ella, había tenido una conversación parecida con Renatito hacía pocas semanas, y también a él le había dicho que, si no se lo decía a nadie, le querría a él un poquito más que al nuevo bebé que llegaba… si todo el mundo cumplía su promesa y nadie se lo decía a nadie, todo el mundo sería feliz, incluida ella misma, que sabía que no podía elegir entre Beto y Renato, porque a los dos los quería por igual, y cuando llegase su nuevo bebé, lo querría exactamente igual que a ellos… pero si le preguntaba, también le diría que, si le guardaba el secreto, le querría a él un poquito más que a los demás. Hacer feliz a una familia, no era imposible, pero sí había que andarse con cuidado.


****************


     -A ver, niños, colocaos en fila… eso es, muy bien, ¡vais a quedar estupendos! No quiero nervios, ¿eh? Sobre todo, sin nervios… Román, si sigues retorciendo ese botón, vas a arrancarlo de cuajo. Respira hondo, y cuenta hasta cuatro antes de soltar el aire… eso es. – La señorita Charito no quería admitir que estaba un poco nerviosa. Nada horrible, pero sí quería que sus pequeños quedasen bien. Sólo esperaba que ninguno se echase a llorar, ninguno se cayese… Se alejó un momento para mirar cuánto faltaba para el comienzo; primero irían los de Nido, y después los suyos. Hizo un encogimiento de hombros al bedel y a su señora, que se encargaban del atrezzo y decorado, y el sr. Valmayor alzó la mano: cinco minutos, y empezarían.

    -Olivia, ¿qué haces ahí? ¡Vete con los de tu clase! – sonrió Charito, al ver a la hermana pequeña de Román y Kostia, asomada por un bordecito del telón, atisbando. La niña sonrió y se marchó corriendo, y la profesora aprovechó para asomarse también: todos los padres estaban allí ya, muy sonrientes y algo impacientes. Estaba a punto de volver con sus niños, cuando alguien la tomó del codo.

     -Charito, tengo que hablar contigo.

    -¿¡Serafín, qué haces tú aquí?! – se indignó la maestra. Sobrino o no sobrino del Director, su ex, no tenía derecho a entrar allí.

     -Intentar que entres en razón. Hazte a la idea, tú eres maestra, es tu vocación… ¡no puedes perderlo todo por una calaverada! Yo no soy rencoroso, no soy vengativo… no le diré nada a mi tío. Esta noche, te acuestas conmigo, y todo olvidado, ¿hace?

     -Serafín, vamos a ver si lo entiendes: Si tú fueras el último hombre de la tierra, y yo la última mujer, y cayera en nuestras espaldas la responsabilidad de impedir la extinción de la raza humana, seguiría diciendo NO.

    -Eso es absurdo, Charito, tú me quieres. Y además, no importa que lo hagas, porque yo ya le he dicho a mi tío que somos novios, y por lo tanto, si no sales conmigo, te despedirán…. Y… y yo no quiero que te despidan. No quiero privar a los niños de una maestra como tú, ¿Por qué tú sí quieres privarles a ellos de ti? No seas tan egoísta… No me creo que antepongas el bienestar de todos esos niños, por una tontería de que yo te guste o te deje de gustar…

http://www.youtube.com/watch?v=WOANkPjThGw


    “Me tieneeees… pero de nada te valeeee…. Soy tuyaaaaa… porque lo dicta un papeeeeel….” Charito había querido contestar, pero entonces empezó a sonar aquél bolero, y apareció el Padre César, el profesor de Religión, trasteando con un pequeño reproductor mp3.

     -Buenas tardes… - sonrió, sus bondadosos ojos azules, parecían llenos de simpatía – perdón, creí que no estaba conectado el altavoz. Señorita Charito, creo que sus niños la requieren.

    -¡Oh, voy enseguida, muchísimas gracias, Don César! – sonrió la joven, y casi escapó corriendo.

    -Una joven encantadora, ¿no cree…? – dijo el párroco, reteniendo a Serafín, todo inocencia, pero cuando miró desde su casi metro noventa de estatura al sobrino del Director, éste creyó ver una cuchilla de hielo en los ojos azules del sacerdote. – Una criatura del Señor, tan bondadosa y delicada que, cuando uno piensa que puede haber personas en el mundo, semejantes suyos, capaces de querer dañarla por puro capricho…

      -Horrible, de veras… ni lo piense siquiera, Padre. Pero de todos modos, no se apure… algún día, muy pronto, usted mismo bendecirá mi unión con ella. Y entonces, podrá olvidarse por completo de su bienestar, porque seré yo sólo el que se ocupe de ello; no precisará ocuparse de ella ni un momento más.

      El padre César sonrió y colocó una mano fraternal sobre el hombro de Serafín.

     -Hijo mío… el buen cristiano, no se asusta de las dificultades, es cierto, pero también conoce sus limitaciones.

      -¿Qué pretende decir?

      -¿Yo? Solamente, hijo mío que, aún cuando se casase contigo, es una de mis feligresas, y siempre velaré por ella. Será cuidada mejor por dos, que por uno solo, ¿no te parece? Hasta entonces, te recuerdo que Dios, está en los pequeños detalles.

     Serafín le miró alejarse con rabia. En su molesto mp3, sonaba “…mas quiero que recuerdes que el cielo, siempre es cielo… que nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…. Permíteme igualarme con el cielo, que a ti te corresponde ser el mar”.


*************


          En el escenario, sonaban los últimos acordes de “Jingle bells rock”, y los alumnos de Nido, vestidos de duendecillos, movían las caderas, con las manos en la cintura, al ritmo de la canción… o al menos, lo intentaban, mientras sonreían. Tercero tiró un beso a sus papas, y, cuando ya salían del escenario, su primo René se detuvo un momento y gritó “¡mami!”, saludando a la suya con la mano. Estaba a punto de echar a andar, cuando se oyó la voz tristona de su padre, “¿y yo, es que no soy nadie….?”, y el niño también le saludó, moviendo la mano. El fotógrafo tuvo que cambiar la tarjeta de la cámara, la había llenado ya toda.

     -Es nuestro turno, chicos, ¡vais a hacerlo muy bien! – les coreó la señorita Charito, y todo el grupo salió al escenario, entre la mirada expectante de los padres. Charito miró al Vinagrón, que la estaba mirando, a la espera de la señal, ella asintió con la cabeza, y el conserje accionó la música. Empezó a sonar el villancico Tú eres la estrella, y la profesora, desde su rincón, miraba cómo sus niños bailaban siguiendo las indicaciones de los ensayos, señalando al aire, sonriendo mucho y cantando… “bri-llas… en el Cielo….” Y entonces, le pareció notar a alguien tras ella, y al volver la cabeza, vio a Bruno. Llevaba en la mano un ramillete de florecitas azules, pequeñitas y de pétalos redondos: nomeolvides.

     -Bruno, ¿qué…?

     -Tienes razón, soy un bruto. Soy muy impulsivo, soy un policía y siempre pienso mal de todo el mundo. No sé hablarle a la gente, y menos a las chicas. – Charito se dio cuenta que Bruno estaba recitando, más que hablar. Daba la sensación de que se hubiese aprendido un discurso de memoria, y que si le interrumpía por cualquier razón, no sería capaz de continuar – Parece que siempre estoy de mal humor, y que siempre trato a la gente a patadas, pero eso, es sólo porque soy policía. Porque he estado mucho tiempo en Tráfico, en la calle, viendo cómo la gente perdía la vida por una distracción, por un descuido, por algo evitable, y por eso, cuando veo a la gente jugarse la vida, jugar con la vida de los demás, me enfurezco. Pero eso no significa que no sea sensible. Pero eso no has tenido tiempo de saberlo, porque tú y yo hemos puesto la casa por el tejado, hemos empezado por el final; sólo te pido la oportunidad de conocernos, de salir juntos y ser amigos, y de demostrarte que tengo un corazón. Y en… y…  y en ese… en ese… - Bruno titubeó. Charito estaba temblando, mirándole con las manos juntas, y de pronto, pegó un salto y besó a Bruno en la boca, fuerte, abrazándole con brazos y piernas, como si temiera que fuese a escapársele, mientras él la sostenía en brazos, hasta que se soltaron con un chasquido húmedo. - ¡Habitas tú! En ése corazón, sólo habitas tú… siempre me encallo en el mismo sitio…. – logró completar Bruno, en medio de una sonrisa adorable.

     -Bruno, tengo que decirte algo, algo importante… - Bruno puso cara de susto y la besó de nuevo. - ¡mmmfffh…! – protestó la joven.

     -¡No… no pienfo defáh que hablef….! – se defendió Bruno, pero la profesora se echó hacia atrás, entre risas - ¡La última vez que dijiste que querías decirme algo importante, rompiste conmigo!

    -Pero ahora, no. Lo que quiero decirte… es que me perdones. Que te quiero. Te mentí, porque pensaba que era lo mejor, pero ha pasado algo y… ¡y no quiero perderte, Bruno, ni quiero que cambies, me gustas así! – se abrazó a él y de nuevo se besaron. La profesora fue vagamente consciente de que oía aplausos, y abrió los ojos, pensando que el número de sus niños había terminado, pero eran sus niños los que estaban ahí. Mirándoles con ojos sonrientes y aplaudiéndoles.

     -¿Van a casarse la señorita Charito y usted? – preguntó Kostia con todo su descaro. El Rubio se dio cuenta que todavía tenía a la maestra en brazos, y Charito se puso roja como un tomate, mientras se bajaba lentamente.

     -Eeeeh… pueess… - vacilaron los dos, mirándose.

     -Sí. – dijo una voz profunda, y el Padre César dio una palmada en el hombro del policía. – Acaban de hacerse novios, y dentro de algún tiempo, se casarán. Y les casaré yo.

      -¡Bieeeeeeeeeeeeeen…! – gritaron todos los niños, aplaudiendo, y se marcharon corriendo al patio; ahora que su parte de la función había terminado, podían jugar en el recreo, donde les vigilaba doña Asunción, la profesora de Francés. Sólo Kostia se quedó allí un momento:

     -Es una pena, señorita Charito, yo también quería casarme con usted. - Suspiró - Pero si usted prefiere al sr. Bruno... qué se le va a hacer. - Se encogió de hombros y se fue con sus compañeros.

        -No me lo puedo creer… - sonrió el Rubio.

     -Pues no te lo creas. Porque no va a suceder – entró Serafín. - ¿Qué te figuras, Rosario, que me puedes pegar la patada sin más, y ya está? ¡Tu contrato, está en mis manos, aguarda a que le diga a mi tío que no eres vi…!

     -Tu tío ya lo sabe. – intervino el Padre César. Serafín se puso blanco. El Vinagrón, que acababa de dar la música para el siguiente grupo, se acercó también. Generalmente, no solía sonreír, pero esa sonrisa que ahora lucía, era mucho peor que su cara avinagrada habitual. – Ya te lo dije: no hace falta que la protejas tú solo, sabe cuidarse solita, y otros también velamos por ella. Esta misma mañana ella misma ha visto al Director y se ha sincerado con él, y ya antes el sr. Vina…. Valmayor había hablado con tu tío acerca de sus sospechas de que tú la maltratabas. Y yo, que Dios me perdone, ayer me serví de una burda mentira, haciéndole creer que el confesionario estaba recién pintado, para que me contase sus problemas contigo, libre del secreto confesional, para poder actuar en consecuencia.

      -Lo cierto, Serafín… - intervino la joven. – Es que tu tío se mostró muy sorprendido cuando yo le hablé de esa supuesta “cláusula de virginidad” que según tú, figura en el contrato que en su día firmé y que tú "guardaste". Según me dijo, esa cláusula, dejó de ser válida en el año 1916. En los años cuarenta, es cierto que se volvió a hacer referencia a la vida intachable que debía llevar una maestra, pero hoy día, no hay absolutamente ninguna cláusula en mi contrato que me obligue a seguir virgen, o me prohíba salir con quien yo desee.

     -Charo… Charito, yo… yo lo hice por tu bien, para que nadie se aprovechara de ti, y para que tú misma no corrieses peligro de enfangarte con unos y otros… a fin de cuentas, eres una mujer que vive sola, y eres presa fácil para caer víctima de la soledad, e intentar mitigarla con relaciones esporádicas que… - el bofetón cruzó la cara de Serafín con tal velocidad, que Bruno pudo jurar haber oído la mano de Charito cortar el aire como un latigazo. “¡Vaya con la pacifista!” pensó, y sonrió.

     -Debí haberte dado esa bofetada hace mucho tiempo. – masculló la joven – Concretamente, desde la primera vez que me dijiste que si no me acostaba contigo, era que no te quería y por eso, tenías que acostarte con otras tú.

     -Su tío ha dejado órdenes muy específicas acerca de lo que debíamos hacer con usted – intervino el Vinagrón – Dijo que echar semejantes mentiras para intentar manipular a una persona, era un comportamiento absurdo, infantil, inmaduro y repulsivo; que intentar dirigir a las personas por el miedo, era tomarlas por niños incapaces de tomar sus propias decisiones. Y que ya que le gustaba tomar a la gente por niños, el castigo iba a estar en consonancia con ello.

    -¿Qué me van a hacer? – casi chilló Serafín.

    -¡Algo que debieron haberle hecho mucho tiempo, jovencito! – tronó el conserje, y le agarró de una oreja, tirando de él - ¡Andando!


***************

       -¿En cuántas salgo yo, mamá? ¿En cuántas? – quería saber René.

      -En muchas, cariño… en las mejores – contestó Dulce, mirando las fotos.

      -¿Pero, en cuántas? – la apremió.

       -A ver, deja que cuente, cariño, en… siete.

      -¡No….! – gimió, descorazonado, aleándose - ¡no es justo… no es justo! – Su prima había salido en ocho fotos. Había logrado colarse en una, supuestamente el “fotógrafio” estaba sacando el escenario vacío, pero se la podía ver perfectamente, asomando la cabeza por entre el telón.

      -He ganado. – susurró una vocecita a su espalda. Renato se volvió. – Yo me lo paso mejor que tú, ¡he salido en una más!

       -Ya puedes decirlo. ¡Ha sido una apuesta tonta, ha sido un juego estúpido, no tiene ninguna importancia, yo me lo paso mucho mejor que tú, no necesito que ningún fotógrafio imbécil me retrate como a una mona….! Snif, snif…. ¡tonta! – René se volvió de cara a la pared. Detestaba perder, pero detestaba todavía más que nadie le viese llorar. Como tenía los ojos cerrados, tardó un poco en darse cuenta, pero notó que una lucecita le daba en los ojos. Los abrió. Tercero tenía frente a él un cristal de la lámpara del cuarto de sus padres. - ¡Lo has traído! – sonrió.

      -Pues claro. Aunque perdieses, que yo sabía que ibas a perder, quería enseñártelo. Mi papá dice que la luz se parte en el arco iris, y que el arco iris se vuelve a juntar en la luz.

    -¡A verlo! – gritó el niño, entusiasmado, y se fueron a buscar una buena fuente de luz…. Y ellos eran demasiado pequeños para saberlo, pero no eran los únicos que buscaban sitios adecuados para jugar. Bruno y Charito celebraron su noviazgo en los lavabos del tercer piso, planta que estaba cerrada, y donde no subiría nadie; no sabían que allí estaba también el Director, con la señorita Asunción, quienes a su vez, tampoco sabían que en el aula de Plástica, estaban el Vinagrón y Dolita, quienes tampoco sabían que en el aparcamiento, en un pequeño coche rojo, estaba Tony, el hijo mayor de Dolita, con su novia, Zcs, los que a su vez no sabían tampoco que Pastor, el fotógrafo, estaba en su furgoneta con Traviesa, y ellos tampoco sabían que Oli e Irina pidieron a Beto y Dulce que llevaran a los niños a casa, que Irina se había puesto pachucha, para correr a casa como desesperados y gozar de un rato íntimo en la habitación… mientras pensaban que el piso de arriba del suyo, era una buhardilla amplia, habitable, pero que llevaba diez años vacía, y que, con una escalerita, podrían dejar el piso de abajo para zona común y cuarto de niños, y tener toda la buhardilla para ellos, con una habitación privada, cuarto de baño donde podrían poner un jacuzzi, cocina con neverita para que los niños no vieran el champán, el caviar, y… quién sabe qué más.

     Ninguno de ellos, sabía nada. Sólo vosotros lo sabéis todo.

¡FELICES FIESTAS A TODOS!



     Epílogo.

     -¿Y ésta foto? Aquí no sale ningún niño… - preguntó una de las madres.

     -Ah, perdóneme, señora; ésta es para una colección privada. – Un hombre alto, maduro, de abundante cabello canoso y aspecto fuerte, deslizó la foto de las manos de la mujer, mientras pensaba “Dolores, alias Dolita. Buena. Quiere un chaquetón tres cuartos, el que tiene está muy viejo, y un perfume. Su hijo pequeño, Octavio, quiere un Scalextric. Bueno. Algo travieso, pero bueno”.  La mujer asintió y sonrió. Más tarde, no recordaría habérselo encontrado, ni siquiera recordaría la foto. Pero Gastón, más conocido como Gaspar, la recordaría, porque su trabajo era recordarla. Negó con la cabeza, chasqueando la lengua, mientras miraba la foto. En ella, se veía a un joven de unos treinta años, cabello castaño oscuro, con un mechón que le caía por la frente, de rodillas y con los brazos en cruz, y un cucurucho de orejas de asno en la cabeza. “Por burro”, decía el capirote. La verdad que le dolía terriblemente hacer aquello, pero los había queeee… En fin, Serafín:

    “MALO”.