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domingo, 31 de marzo de 2013

Olvídame, amor mío.


-Así que eras tú la única secretaria que quedaba… - Viola asintió y Cristóbal sintió que su deseo aumentaba más aún. La joven acababa de violarle en el cuartito donde se "conocieron", donde apenas un par de meses atrás, él la había "violado" a ella y había comenzado su relación. La profesora lo había hecho para sacarle del estado de autocastigo al que él mismo se había sometido en un intento de expiar su culpabilidad por su divorcio, causado por sus infidelidades.

-Llevaba allí más de una hora. Me fui a casa para hacer la quiche de la cena, tenía pensado hablar contigo mientras cenábamos, pero viendo que no volvías, la verdad que me harté y decidí tirar por la calle de en medio. Volví, vi que no quedaba ninguna secre, y se me ocurrió esperar allí a que te descuidaras y entonces… hacer lo que he hecho.

Cristóbal no podía dejar de sonreír. Es cierto, Viola estaba como un cencerro, pero era adorable pensar que había sido capaz de hacer algo semejante sólo por intentar animarle, por intentar que reaccionase… ¿Y no había sido él el primero en abordarla a oscuras en el cuartito? ¿Y en darle citas misteriosas "sigue al conejito blanco"? ¿Quién estaba más loco de los dos…? Tóbal no podía imaginarse volviendo a ser feliz tan pronto después de su divorcio, pero lo cierto es que lo era. Y a medida que el cochecito de Viola se acercaba a la casa de ésta y se hacía a la idea de lo que sucedería allí, se sentía menos culpable por ello. Y más trabajo le costaba estarse quieto, en cada semáforo en rojo se arrimaba a ella para besarla y sus manos se lanzaban a rodearla y acariciarla sin que pudiera evitarlo. En un par de ocasiones les dieron una pitada estruendosa porque el semáforo ya estaba verde, pero ellos estaban al rojo… Viola le sonreía con algo de apuro y mucho deseo mientras conducía, y él sólo podía pensar que por un lado, deseaba encontrar verdes todos los semáforos, para llegar cuanto antes, y por otro, deseaban encontrarlos todos en rojo para tener una excusa para besarla y tocarla un poco.

Cuando al fin llegaron al garaje, Cristóbal apenas pudo esperar a que parase el coche para soltarse el cinturón y tirarse sobre ella como un desesperado, bajando el asiento de golpe.

-¡Tóbal! – se rió ella - ¡Aquí no… jijiji… subamos a casa, aquí hay cámaras… el vigilante que está ahí detrás!

-¡Que mire y que rabie! – contestó él, con las manos los pechos de Viola, colándose bajo el jersey rojo y acariciándole los labios con la lengua. Se sentía indeciblemente cachondo, como no lo había estado en semanas, alegre, juguetón, con ganas de reír… de recuperar los días que había perdido sintiéndose culpable. Viola le abrazó con una mano, metiendo la otra dentro de su camisa forzosamente abierta, porque todos los botones habían saltado cuando ella se abalanzó por él en el cuartito. Gemía y se reía sofocadamente, devolviéndole los besos, buscando la cinturilla del pantalón para meter allí la mano, mientras Tóbal se frotaba contra ella, apretándole alternativamente los pezones, sintiendo que su miembro pedía sitio con desesperación… y entonces, unos golpes insistentes en el techo del coche les hicieron parar de golpe, sobresaltados. El vigilante del aparcamiento les miraba con expresión reprobatoria.

-Por mí, pueden hacer lo que quieran – dijo, aunque no daba la impresión de que realmente pensase así – pero a mí, el presidente de la comunidad me ha prohibido que nadie use el garaje como picadero, lo siento.

Tóbal le bajó rápidamente el jersey a Viola mientras él se juntaba la camisa, a pesar de que no podía cerrarla, y la joven se aguantaba la risa. Salieron del coche con el vigilante que les miraba censurándoles volviendo a su garita, y Cristóbal no pudo evitar enganchar de la cintura a Viola mientras esperaban el ascensor y besarla apoyándose en la pared, en parte porque le apetecía, en parte por darle en los morros al vigilante, que si se comportaba así, era porque él era el lío de la hija del presidente de la comunidad, y con esa norma nueva se le había acabado el chollo de cobrar por alegrarse las noches y se tomaba la revancha haciendo la puñeta a todo el mundo. Viola le acariciaba la lengua y gemía bajito, apretándole de las nalgas.

-Viola… - susurró el profesor.

-¿Qué?

-Haznos un favor a los dos… aunque tu piso sea el quinto, vamos a subir por la escalera, por favor. Porque si cogemos el ascensor, no voy a poder aguantarlo, voy a frenarlo entre dos pisos y te lo voy a hacer ahí mismo, si subimos por la escalera, por fuerza tendré que cortarme un poco…

Durante un segundo, Viola pareció tentada de hacerle subir en el ascensor, pero Cristóbal tenía razón, ya habían tenido número con el vigilante, no era plan de tenerlo también con el portero y quizá con algún vecino… pero para otro día, no estaba mal dejarlo como "tarea pendiente". Le agarró de la mano y subieron por las escaleras, parándose cada pocos escalones para besarse. Viola se escurría entre sus manos, mientras él intentaba retenerla, la cogió de la manga del abrigo, y entre risas, ella se deslizó fuera de la prenda. Viola se le adelantaba unos escalones, le esperaba, y cuando estaba a punto de cogerla, volvía a echar a correr, sólo de vez en cuando se dejaba pescar, unos escalones siempre por encima de Tóbal, que la miraba sin poder dejar de sonreír, alargando las manos cuanto podía, intentando abrazarla, o al menos, tocar lo que pudiera. La pellizcó, le echó las manos a los pechos, Viola no dejaba de reír, estaban ya casi en su piso, sólo quedaba medio tramo más de escaleras, y en el rellano intermedio del tramo, Viola se dejó atrapar y se besaron entre gemidos, Cristóbal le metió las manos por dentro del jersey y soltó el cierre del sostén mientras ella se reía ahogadamente…

-¿Cristóbal….? – Viola ahogó un grito. Tóbal se volvió y no supo ni qué cara poner. En lo alto de la escalera, estaba su esposa.

-Marga… - sólo entonces pareció darse cuenta de que estaba en brazos de otra mujer y con la camisa abierta, se separó de Viola y se cerró la chaqueta rápidamente, a punto estuvo de escapársele un "puedo explicarlo, no es lo que parece". Su ex mujer le miraba con estupor, como si realmente no se creyera lo que estaba viendo.

-Bueno, ya veo que estás perfectamente y lo has superado con una rapidez asombrosa, me alegro mucho por ti, adiós. – Dijo ella y bajó las escaleras, pero Cristóbal la detuvo por el brazo.

-¡Espera, mujer, no te marches así… dime al menos qué querías!

-Me habían dicho que te habías ido a vivir con una amante, y sinceramente, no me lo había creído. Pensé que yo había significado algo para ti, que al menos durante algún tiempo, estarías aunque fuera un poco triste… pero ya me doy cuenta que nunca te importé, si tuve alguna duda, ya me la has despejado.

-Marga, espera un momento, deja que te lo explique… - Su mujer tenía razón, en realidad no había gran cosa que explicarle, pero… que al menos supiera que era la primera vez desde su divorcio, que no se había lanzado en brazos de Viola nada más irse de casa… La propia Viola, con la cabeza gacha, intentó escurrirse de allí discretamente e irse a su piso, pero también Tóbal la frenó, y se corrigió mentalmente "no, no me fui de casa, me ECHÓ de casa" – No, Viola, no te marches, esto también te concierne.

-¿Que la concierne? – se indignó Margarita – Mira, Cristóbal, ahora ya sé bien qué clase de mujeres te gustan, pero no pienso dejar que me humilles dejando que una cualquiera escuche ninguna conversación privada.

-No es nada privado lo que tengo que decirte, y ella tiene derecho y deber de escucharlo. – su ex mujer intentó de nuevo hablar, pero Cristóbal elevó un poco el tono para hacerla callar, algo que le había visto usar a ella, pero que él nunca había hecho hasta la fecha. Y resultó que funcionaba – Marga, dices que ya has visto qué tipo de mujeres me gustan... No me gusta "un tipo de mujer", me gusta una mujer, ésta mujer – recalcó tomando a Viola de la mano, que estaba pasando una vergüenza que no sabía dónde meterse, pero al oír aquello se le escapó una sonrisa – Y me gusta porque está viva, Marga. Porque no me hace sentir una especie de pervertido por querer tener sexo con ella, porque a ella también le gusta hacerlo y porque me ha demostrado que me quiere como persona… además de como amante. – Margarita intentó de nuevo soltarse, pero Tóbal la retuvo, sonriendo de felicidad – Te lo digo de buena fe, porque has sido mi esposa y aunque no te lo creas, te he querido muchísimo. De no haberlo hecho, te hubiera dejado hace años, y quizá hubiera sido lo mejor para los dos, pero mi culpabilidad no me dejaba darme cuenta de lo que sucedía. Que en realidad eras tú quien no me querías a mí.

-¿Y tienes el cinismo…? ¡Yo nunca te he sido infiel!

-La fidelidad, sólo es una parte del cariño a una persona. Nunca te fiaste de mí, siempre pensaste lo peor de mí, que era un pervertido, que sólo quería sexo, que no te amaba… no se quiere a una persona en la que no se confía y de la que siempre sospechas. Sé que no era culpa tuya, sé que focalizabas en mí lo que habías sufrido en tu casa… pero yo tampoco tenía la culpa, Marga, y me lo hiciste pagar. Me castigaste por algo que era inocente. Y me has seguido castigando después, porque, no te lo creerás, pero es la primera vez que cedo a hacer el amor con Viola desde el divorcio. Si querías hacerme sentir culpable, enhorabuena, lo conseguiste… sólo que me he dado cuenta de que no merecía la pena. Podría decir que lo siento si eso hiere tu autoestima, pero sería mentira… ya no me importa si lo hace o no. – Sonrió. No había cinismo en su sonrisa, ni crueldad… sólo alivio. Se volvió a mirar a Viola. La joven le miraba casi emocionada - ¿Querías algo más, aparte de ver si seguía sufriendo?

Margarita parecía ofendida en lo más profundo. De un tirón, se liberó del brazo de Cristóbal, y éste ya no se lo impidió.

-Había venido como una estúpida a ver si podíamos arreglar como adultos el asunto del reparto de bienes, pero ya veo que prefieres insultarme, así que despídete de una solución amistosa, nos veremos en el juicio. – dijo, y se marchó. Si esperaba alguna reacción de Tóbal después de aquello, ésta no se produjo. Su ex marido había tomado las manos de Viola y la miraba con deseo, y cariño. La joven no podía hablar, se lanzó a sus brazos y le besó, apretándole contra ella. De muy lejos les pareció oír un portazo, pero no estaban seguros.

Tóbal nunca pudo recordar qué había pasado con exactitud, cómo se habían movido, pero lo siguiente que notó, fue que estaban ya dentro del piso, frente a la cama de Viola, desvistiéndose rápidamente el uno al otro, entre risas. Sus pantalones desabrochados bailaban en su cintura mientras él tiraba de la falda de la profesora y ella se sacaba el jersey rojo por la cabeza, y sus pechos quedaron al descubierto, porque el sostén, flojo de antes, salió con el jersey. Cristóbal se lanzó sobre ella y la tiró en la cama, en medio de un alegre grito de ella.

Viola, sin poder parar de reír, tiró con los pies de los pantalones de su amante para ayudarle a deshacerse de ellos, acariciando su pecho y sus brazos peludos, ¡qué cálidas eran las tetas de Viola! Cristóbal creyó enloquecer de alegría cuando notó ese maravilloso calor bajo su cuerpo, tiró de sus calzoncillos apenas lo justo para dejar salir su pene ansioso, mientras ella asentía, sonriente, llena de deseo, besándole con algo de torpeza por lo desatado de la situación. El profesor hubiera querido retrasar un poco el momento, hacerse desear… pero no podía. Tenía que saciar un apetito de muchos años, el apetito de sentirse por igual querido, pero también físicamente deseado; el apetito de tener debajo suyo a alguien que quería tener sexo con él, no por compasión, ni obligación, ni por hacerle un favor… sino porque lo deseaba tanto como él mismo. Porque le quería, sí, pero también porque le deseaba y le gustaba el sexo en sí. No fue capaz de esperar más, apenas notó el dulce calor húmedo de la entrada del cuerpo de Viola, embistió desesperado.

La joven profesora dejó escapar un grito de placentera felicidad y sus piernas se crisparon en torno a Cristóbal, apretándole contra ella, fundiéndose… Tóbal se dejó inundar por la maravillosa sensación de plenitud y gusto, por el delicioso calor y bienestar que le inundaron… y enseguida empezó a bombear, incapaz de contenerse. Viola le abrazó, lamiéndole el cuello y las orejas, susurrando sus gemidos muy cerca de su oído.

-Más… haah… sigue… sigue… - jadeaba en voz baja. Su aliento erizaba la piel de Cristóbal, que se estremecía de gusto a cada embestida, ¡cuánto le excitaba saber que Viola estaba gozando…! Para él, era algo poco menos que exótico. Siempre le daba un placer extraordinario saber que sus compañeras sexuales gozaban con él, era una inyección de autoestima que su esposa le negaba tajantemente, ella era incapaz de sentir nada… por eso, el saber que al menos, no era culpa de él, que no era un inútil en el sexo, le aliviaba un poco. Pero con sus anteriores amantes, no se había implicado emocionalmente… quizá porque a ninguna le había dado oportunidad, siempre había tenido relaciones de "sólo diversión", y la que mantenía con la propia Viola había empezado también así… pero la joven maestra le había demostrado que no sólo era capaz de satisfacer a una mujer, sino también de inspirar amor. Ella le había recogido y cuidado, y ofrecido su cariño cuando más lo necesitaba… Le había demostrado que, a pesar de ser un adúltero, un marido infiel, un cerdo… quizá, sólo quizá, la culpa no había sido suya por completo. Quizá tenía derecho a ser feliz él también, hubiera hecho lo que hubiera hecho. El saber que Viola, la mujer que le quería, estaba disfrutando gracias a él, hacía que su placer se elevara a cotas que muy pronto no podía controlar…

La joven se estremecía debajo de él, acariciándole la espalda con los brazos, espoleándole con las piernas, acariciándole las nalgas con los pies, gimiendo alegre y gustosa; las potentes embestidas de Cristóbal la hacían ver las estrellas, un travieso picor, una insistente sensación de placer empezó a crecer en el interior de su vagina, Viola gimió, el miembro de su compañero frotó varias veces más esa zona mágica, y los gemidos de la joven se transformaron en gritos de pasión cuando el placer se desató en su cuerpo y la hizo sentir que se elevaba del colchón, estremeciéndose de gusto, con su sexo dando contracciones… fue demasiado para Tóbal, y él también se dejó ir, aceleró y casi enseguida su polla estalló de gozo, derramándose dentro de su amante, haciéndole sentir que iba a perder el conocimiento de placer mientras su sangre se agolpaba en su miembro y éste se vaciaba con potencia, dando deliciosos tirones que le agarraban todo el bajo vientre…

Cristóbal sudaba, recostado sobre Viola, que jadeaba con una gran sonrisa en los labios y le acariciaba la cara y la gran nariz ganchuda. El profesor no recordaba haberse sentido tan a gusto, tan feliz, desde NocheBuena, y estaban casi a mitad de Febrero… En aquélla ocasión, recordó que había pensado que si podía existir la felicidad en el amor a una persona, debía parecerse mucho a lo que él sentía con Viola… En su momento, lo pensó para engañarse a sí mismo. Para hacerse pensar que lo que tenía con ella, no era nada más que sexo, que él amaba a su mujer, solamente. Que necesitaba tener desahogos de vez en cuando y Viola era una chica divertida, apasionada y tierna, discreta y sin exigencias personales que le dejaba tenerlos de buena gana. Que en realidad, no la amaba… ahora se daba cuenta de lo falso que había sido consigo mismo.

-Por cierto… la quiche te va a encantar, es pastel de huevo, muy fácil de cocinar y muy rico. Una capa de masa, huevos batidos con los ingredientes que quieras, otra capa de masa y al horno. La que he hecho, lleva pimientos fritos, ajo picado, salchichas en trocitos, champiñones y queso. ¿Te apetece…? – Murmuró Viola desde debajo de él, con los ojos cerrados, y Cristóbal sonrió. Los dos tenían hambre.


**********


Era muy tarde y Viola estaba ya dormida cuando Tóbal salió disimuladamente de la cama que a partir de ahora compartirían. No quería que le viera haciendo lo que iba a hacer. Sin encender la luz, sólo con la débil penumbra que ofrecía la luz de la luna, el profesor, desnudo, rebuscó en su cartera y dio con lo que buscaba. Una vieja foto de él con su mujer. Antes, le había dolido llevarla allí, pero ahora ya sólo sentía indiferencia… en la fotografía se veía a Margarita, que apenas sonreía, y a él, con la cabeza inclinada sobre el hombro de su ex mujer, mucho más sonriente que ella. Había sido en la boda de su hermana, y Marga no estaba de muy buen humor porque odiaba las fiestas. No se había divertido mucho, por más que él había estado pendiente de ella todo el rato, intentando que participara en la alegría general, tratando de convencerla para que saliese con él a bailar, que charlase con los demás… soportando los comentarios y las miradas reprobatorias que le dirigía a su hermana, porque se casaba con una panza de embarazada de cinco meses. Por la noche, en el hotel, se habían oído gemidos en las habitaciones vecinas y él había intentado una vez más… pero ella le heló las ganas casi antes de que él se lo sugiriera, diciendo que aquéllos ruidos la asqueaban y eran denigrantes ganas de llamar la atención…

Recordando todo aquello, Cristóbal sonrió tristemente, y experimentando un alivio inmenso, rompió la foto entre sus dedos, en pedazos tan pequeños como pudo, apretándolos en las manos. Abrió una ventana del salón, y abrió las manos. Los pedacitos de foto salieron volando rápidamente en el frío aire de la noche. Otra vez amenazaba nieve, pero Tóbal permaneció unos segundos en la ventana, mirando los fragmentos volar y alejarse, hasta que un escalofrío le hizo cerrarla otra vez. "Marga… olvídame, amor mío". Fue lo último que pensó cuando volvió a taparse bajo las mantas, al lado de Viola, y ésta le abrazó en sueños.




viernes, 29 de marzo de 2013

Esto otra vez no, por favor.


-¡NO! ¡¿Pero qué he hecho, Dios mío, qué es lo que he hecho…?!

-Virguerías, Thais… verdaderas maravillas…





Colonia barata y alcanfor… y un poco a humo de cigarrillos, ese era su olor. Jean Fidel era mi jefe, abogado de cierta fama, especializado en representar a la acusación particular. Aunque también era un gran defensor, sólo raramente aceptaba casos de defensa, lo suyo era acusar y destrozar defensas… y si podía ser, también a las personas. En realidad se llamaba Juan, pero desde siempre le habían llamado Jean porque su madre era francesa, y él mismo insistía en ser llamado así fuera de la audiencia, incluso por sus trabajadores, entre los que yo me contaba. Lo de "señor Fidel", se quedaba sólo para los juicios.

No tenía pasantes masculinos, ni secretarios, todo éramos chicas, y casi la única cosa que se podía decir a favor de Jean en ese aspecto, era su sinceridad: no se ocultaba. No es que él hiciese de menos a las chicas que no le reían las gracias o que exigiese intimidad de alcoba para conservar el empleo, ni siquiera daba trato de favor a aquéllas que sí le concedían sus deseos… lo que le gustaba, era la sensación de la caza. El tener un lugar de trabajo lleno de chicas bonitas a las que tiraba los trastos de forma puramente sexual, sin demasiada cortesía y en ocasiones, hasta de forma ciertamente patética, era lo que le encantaba. Que yo supiera, del trabajo se había acostado sólo con dos o tres, y ninguna de ellas seguía ya allí. Una se había casado y había decidido dejar de trabajar, otra había formado su propio despacho de abogados y la tercera se había metido en política. Todas ellas seguían manteniendo con él una amistad, o cuando menos, le respetaban. El señor Fidel era un gran profesional, pese a su poca profesionalidad con sus ayudantes. No obstante, aunque no se acostase con nosotras, le gustaba el tonteo.

Había quien se lo consentía, quien se reía porque él la despidiese de un azotito en el culo… había quien no se lo consentía, quien le llamaba constantemente "señor Fidel" en lugar de Jean, quien le exigía que fuese más profesional… ambas cosas le encantaban. Y quizá la segunda más que la primera, porque le daba ocasión de insistir y luchar. De haberlo sabido entonces como lo sé ahora, sin duda hubiera usado otra estrategia, pero cuando entré a trabajar con él como su secretaria no lo sabía, y por eso me puse a la defensiva.

-Por favor, no se lo tome a mal… - me sonrió cuando, la primera vez que le entregué unos informes y vio que estaba todo perfecto, me despachó dándome juguetonamente con la carpeta en el trasero y yo brinqué ahogando un grito y le pregunté "¿¡qué hace?!". – Siempre trato así a mis chicas. A todas. Soy un hombre cariñoso…

"Habla de nosotras como si fuera un chulo o cosa así…", pensé, y salí, o escapé de su despacho tapándome el culo con la carpeta vacía. En los días sucesivos procuré no acercarme mucho a él, pero vi que decía la verdad: no es que me hubiera cogido a mí, es que a todas nos trataba igual. A todas nos decía picardías, con todas se propasaba. Me extrañaba que ninguna le hubiera denunciado por acoso, ése hombre parecía conducirse como si tuviera un harén propio… pero enseguida mis compañeras me contaron que era inútil.

-Una intentó denunciarle una vez. Lo hizo, de hecho, contó todo lo que hacía. Le llevó a juicio. Y Jean logró que la declararan culpable por acoso a ella. Él, quedó como un hombre sociable y expansivo que simplemente trataba a sus trabajadoras con afabilidad y fomentaba un ambiente de trabajo desenfadado y ameno, y ella, como alguien que había malinterpretado su comportamiento, que había intentado seducir al jefe para medrar, y cuando no lo logró, intentó destruirle. Ella tuvo que indemnizarle, perdió su puesto, su credibilidad… Si no estás dispuesta a aguantarle tal cual es, mejor búscate otro empleo. No te lo impedirá y además te dará buenas referencias, pero no intentes nada contra él, llevas todas las de perder… Jean lograría condenar a la silla eléctrica a la Madre Teresa.

Y tenían razón. Y por eso había querido trabajar con él, sabía que era de lo mejorcito del país, trabajar con él era una buena recomendación para cualquiera, después de eso, no tendría problema en abrir mi propio despacho o trabajar para quien me diera la gana… pero tenía que aguantar un año por lo menos, o dos, para que quedase como experiencia a poner en el currículum. No tendría ningún valor haber trabajado con él por tres meses. Así que sólo me quedaba aguantar o volver a hacer trabajitos administrativos y no llegar nunca a ser una abogada de verdad.

Y aquí, llegamos a lo peor. Eso de aguantar, no me seducía, pero podía lograrlo. Lo peor, era mi desventaja. Mi problema. Siempre he sido tímida y poco sociable precisamente por eso. Cuando era niña no me importaba, entonces no había que tener miedo, todo era divertido… pero cuando llegué a la adolescencia, las cosas empezaron a cambiar. Entonces, tuve que tener cuidado. No debía… si iba de discotecas, me ponía en severo peligro, porque no sería capaz de aguantar, de dominarme, de controlar a mi propio cuerpo. Evitaba las fiestas, los excesos y las juergas. Cuando salía con mis escasas amigas, la fiesta se terminaba para mí apenas ellas proponían ir de bailoteo o cosa similar. Mis salidas eran al cine y hablar, y poco más. Con el tiempo, y por cada vez que fracasaba, me había ido volviendo más y más introvertida. Había tenido sólo un novio en toda mi vida, y fui yo quien le dejé, porque no podía salir con él a casi ningún sitio. Él quería ir a cenar y eso podía hacerlo… pero en el restaurante había después música en directo, y eso no podía soportarlo.

Si accidentalmente Jean, o alguien, se enteraba de mi rareza… sería mi ruina, no podía permitirlo. Y Jean tenía el vicio de invitarnos a todas a tomar lo que fuese cada vez que ganaba un caso. Naturalmente, me negué. Me negaba siempre, siempre ponía excusas. Que mi madre estaba enferma… que tenía que ir a la compra… que me iba a llegar un paquete y tenía que estar en casa… Mis negativas sólo tenían un efecto: cicatear a Jean más y más. Mi reticencia hizo que se interesase por mí más que por cualquier otra chica, yo me convertí en la plaza que deseaba tomar por encima de todo, para él era impensable tener una mujer guapa en la oficina y que ésta se negase taxativamente a reírle las gracias, a juntarse con los demás, y a considerar divertida la caza. El resto de chicas, cuando se negaban a dejarse tocar, era siempre con una sonrisa, con un comentario divertido… un: "Jean, esa camisa pronto va a parecer el chaleco si sigue usted alargando las manos…"; "Los ojos, los tengo un poco más arriba, ¿sabe?", y todo dicho siempre con picardía, con humor. Yo no entraba en ése juego, yo directamente escapaba, incómoda y avergonzada.

En cierta ocasión estaba dictándome una carta. Yo estaba sentada frente a él, con el bloc en las rodillas, las piernas cruzadas para llegar mejor sin doblarme demasiado, y no dejaba de estirarme de la falda, a pesar de que casi me llegaba a los tobillos, porque notaba que él me miraba. Finalmente, dejó de dictar. Yo esperé, con el boli pegado al papel, hasta que no aguanté más y alcé la mirada. El señor Fidel me miraba con sus ojos oscuros y pícaros, y me encontré mirándole con atención sin darme cuenta. Era ciertamente atractivo. Tenía el pelo negro muy abundante, peinado ligeramente hacia arriba, dándole aspecto de erizo aseado. Una cara simpática, donde destacaban los ojos tan negros como su cabello, brillantes y llenos de malicia, que hacían pensar en chistes verdes… que de hecho, parecían decir "Sí, no es una impresión tuya, realmente te estoy desnudando con la mirada… y me encantaría hacerlo también con las manos". Una nariz recta y bien delineada, aunque graciosamente gordita, y una boca cuya sonrisa prácticamente permanente le hacía aparecer graciosos hoyuelos en las mejillas. Era muy alto, altísimo, de hombros anchos, piernas muy largas y cuerpo delgado, pero no flaco. Además, se vestía bien, solía llevar traje terno y el chaleco le hacía un talle francamente tentador, los pantalones le marcaban tan deliciosamente las nalgas… mentiría si no admitiera que era un hombre deseable, aunque para mí fuese un baboso obsesionado con el sexo. Si un hombre como él podía querer algo de mí, pensé, sería sólo para apuntarse el tanto o por morbo. Tras unos larguísimos minutos, por fin habló:

-Tú no eres divertida. – sonrió, y no supe qué decir, sólo me sentí indignada. – No te ofendas, no todo el mundo es divertido, cada quien es como es… lo que quiero decir es que no eres divertida no porque seas aburrida, sino porque pareces ocultarte. Mírate. Llevas una falda que te llega más abajo de las rodillas, y aún así no dejas de estirártela. Una blusa gris cerrada hasta el cuello, y encima un lacito en él, para evitar que se suelte ni un botón, y además, la chaqueta. Llevas unos zapatos planos que parecen barcas, y toda tu ropa es pardusca. Y el pelo corto. No digo que no vistas con discreción, he conocido a muchas mujeres que preferían vestir discretamente, pero aún así, se sentían elegantes y guapas a su manera, porque se arreglaban para ellas mismas… tú no. – sonrió más, como si acabara de comprender un chiste muy divertido – Tú no te sientes bien con esas ropas, ni cómoda, ni nada… sólo las usas para ocultarte. De algún modo, te sirven como una barrera detrás de la cual puedes esconderte. Sólo te faltan las gafas, estoy seguro que lamentas no tener que llevar gafas, porque entonces podrías usar unas lentes enormes que te cubrieran media cara y que llevases sujetas al cuello con una cadenita… entonces, seguro que nadie se acercaría a ti, ¿verdad?

Sentí que mi cara ardía. Me hubiera gustado poder decirle que se metiera en su vida, que me dictara su maldita carta y me dejara en paz, pero no pude. El señor Fidel se levantó de su silla y apoyó las manos en los reposabrazos de la mía. Acercó su nariz a mi rostro y el olor a mentol de su aliento me bañó la cara.

-Soy el primer hombre que se acerca a ti en mucho tiempo. – no era una pregunta. – Y eso te incomoda. Preferirías que te dejara en paz, preferirías que todo el mundo te dejara en paz, meterte en tu caparazón y no tener que volver nunca a hablar con nadie… Lo siento, señorita, eso no se puede. Thais – ése era mi nombre – Si quieres ser abogado algún día, no puedes esperar que la gente no te mire, o que sólo les presentes documentos y se queden convencidos, o no hablar con la gente. Necesitas a la fuerza hablar. Y no sólo hablar, sino convencer. Apabullar. Manipular. Y eso, no se consigue encerrándote en ti misma. Tienes que salir y plantar cara, como lo hacen las demás. Cuando les doy un azote y ellas se molestan, podrían devolverme un bofetón… pero eso, en la audiencia, no podrán hacerlo. Tienen que vencer al contrario con la palabra, aunque sepan positivamente que defienden una causa perdida o a un miserable, o que acusan a alguien que tiene razón. No pueden abofetear al contrario, o decir "señor juez, mire a éste…". Tienen que rebatirle conservando la calma. Te parecerá una tontería, pero si ya están templadas de tratar con un manos largas como yo, conservarán la calma frente a lo que sea. Y tú tienes que hacerlo también. No quiero volver a verte esconder la cabeza como una tortuga, eres una chica valiente, no un animalito asustado.

No supe qué decir. La verdad es que casi nunca sabía qué decir. En un intento de forzarme a reaccionar, alargó la mano y la puso sobre mi pecho. Ahogué un grito.

-¡Por favor…! – susurré.

-En un juicio, cuando presenten una prueba que te haga correr peligro, no podrás decir "por favor"… tendrás que rebatirla. – sonrió, sin mover su mano de mi pecho. – Dime algo que me haga retirar la mano.

-Le… puedo denunciar por acoso si no quita la mano… - musité.

-No, no puedes contestar a un ataque directo con una vaga amenaza que sabes que no podrás llevar a cabo. Estás permitiendo que mi mano sea quien piense por ti. Estás tan ocupada pensando en librarte de mi mano, que no piensas claramente, sólo quieres defenderte… no te defiendas, ataca. – Le miré con los ojos húmedos. – Antes que lo hagas… no insultes. No puedes insultar a un abogado porque te ataque, tienes que contraatacar en el terreno de la dialéctica. Sé mordaz. Estoy intentando ponerte en un aprieto, rebajarte, humillarte con mi acoso… anúlame. Ponme en ridículo. Haz que me retire.

-Si… si está intentando tomarme el pulso, no sabe usted nada de anatomía… el corazón, está en el otro lado… - había tartamudeado y tenía la voz ahogada por el llanto que me producía la impotencia. Pero Jean sonrió.

-Un poco burdo, pero no está nada mal para ser la primera vez. – retiró la mano lentamente. - ¿Ya lo ves? Puedes hacerlo. Y DEBES hacerlo. Tienes que aprender a atacarme con seguridad, y llegará el día en que podrás esquivarme, te adelantarás a mí y no dejarás que te toque. Y cuando te diga algo irónico, me contestarás con el sarcasmo y me harás callar. Thais, sé bien cuándo una chica va a ser una abogada buena, y cuando va a ser excepcional, y tú eres del segundo grupo, porque has sacado las mejores notas y tienes talento… pero persistes en esconderte, y eso no podemos permitirlo. Voy a conseguir sacarte del caparazón en el que te has metido, y me lo agradecerás. Por de pronto, no quiero verte encogida. Si te gusta llevar esas ropas, adelante, pero quiero verte andar erguida, alzar la cabeza y sacar el pecho. Quiero que cuando pases frente a un espejo, o a un escaparate, te mires en él y aprecies lo guapa que eres, y lo buena que estás. Quiero que te convenzas de que eres hermosa y seductora, porque si tú lo crees, lo creerán los demás, y si cuando salgas ante un jurado estos ven una mujer guapa y segura de sí, les caerás más simpática y serán más propensos a creerte que si ven a una criatura que no cree en sí misma y se tiene miedo.

Tenía razón, tenía mucha razón. Asentí. Me sentía sucia por su contacto, abusada… y al mismo tiempo, sin embargo, un poco tonta, y hasta ligeramente excitada. Ahora empezaba a entender el juego de Jean. No se trataba sólo de la caza, del tonteo, de meter mano a sus chicas, sino de un entrenamiento. Una puesta a prueba. En los días sucesivos, me fijé que las chicas que llevaban más tiempo con él eran efectivamente más seguras, y a muchas no llegaba ya a tocarlas. No porque no lo intentara, sino porque ellas se anticipaban a él. El señor Fidel fingía que iba a echarles el brazo por los hombros, pero bajaba descaradamente por la espalda hasta las nalgas… y ellas le detenían la mano en el aire con una sonrisa que él les devolvía. Y las miraba con orgullo, porque habían aprendido. Sólo las chicas muy nuevas como yo, o las inseguras de sí mismas, no eran capaces de leerle así las ideas y protegerse antes de que fuese necesario contestarle. Y me di cuenta que no quería ser una bobita que se limitase a ponerse colorada y a saltar como un minino asustado cada vez que le viese acercarse a mí, sino que quería ser segura y capaz como mis compañeras.

Pasaron los días y empecé a esforzarme. Me miraba al espejo y me daba cuenta que no me gustaba lo que veía en él, y cambié todo mi vestuario. "Por usar unas faldas de chica y no de momia, no va a pasar nada malo…" pensé. Aún no sabía cuánto me equivocaba, pero usando faldas que dejaban que se vieran mis rodillas, blusas en las que podía llevar desabrochado el primer botón, y zapatos coquetos, me sentía mucho mejor, más risueña y atractiva. La mujer que ahora me devolvía la mirada desde el espejo era una criatura mucho más segura de sí misma, más atrevida… por lo menos, ya parecía tener treinta y dos, y no cincuenta y dos, aunque yo siguiera siendo la misma tímida de siempre, aterrada por lo que pudiera suceder si alguien descubría mi debilidad. Pero… eso no tenía porqué suceder, ¿verdad?

-Bueno, se acabó la jornada, ¡fiestaaa! – gritó el señor Fidel aquélla tarde de viernes, y por un momento, sonreí, pero al segundo siguiente me aterré, porque me di cuenta de lo que pretendía. No hablaba de irse de fiesta por ahí, sino de montarla… en la propia oficina. Ante mis ojos, mis compañeras empezaron a juntar mesas a una velocidad endiablada, a sacar comida y aperitivos de cajitas y botellas de champagne, refrescos, copas y vasos de plástico. Yo estaba tan aturdida que apenas podía reaccionar… ¡nadie me había dicho nada! Con disimulo, intenté tomar mi abrigo y marcharme, pero al darme la vuelta, me encontré la pechera de un traje con olor a colonia barata y alcanfor, y al mirar hacia arriba la sonrisita irónica de mi jefe. – Y… ¿a dónde te imaginas que vas?
-Eeeh… ¿a mi casa? – probé suerte – Es que… yo no sabía nada de… de esto, y lo cierto es que hoy no puedo, ten-tengo que llegar pronto a casa…

-…Porque tu madre está enferma, ¿verdad?

-¡Exacto!

-Thais, he llamado a tu madre esta mañana y además de gozar de perfecta salud, ni siquiera está en la ciudad. – sonrió.

-Es mi padre quien está enfermo.

-Tu padre murió hace tres años.

-Tengo que recoger a mi sobrina del colegio.

-Hoy no es día lectivo.

-¡Estoy menstruando!

-¡A verlo!

-¡Protesto! ¡Mi vida privada no es de la incumbencia de mi jefe!

-¡No se acepta! Puede que no lo sea fuera de la oficina, pero es totalmente de mi incumbencia dentro de ella, por eso he decidido celebrar la última victoria aquí, y por eso pedí que nadie te dijera nada, para que ésta vez, no puedas escaquearte. – lució su particular sonrisa de victoria, de "qué listísimo soy"… y me fastidiaba reconocerlo, pero tenía razón. Qué tipo, cómo sabía acorralar, no me extraña que no hubiera letrado, ni fiscal ni defensor, que no le temiera como a la peste.

-Tengo que quedarme, ¿verdad? – El señor Fidel asintió con la cabeza, sin dejar de sonreír con picardía.

-Por lo menos, un par de horas. – sentenció – Qué menos para no ser grosera, dado que en parte ésta fiesta está dedicada a ti.

-¿A mí….? – Eso sí que me cogía de sorpresa. Yo sabía que la semana pasada Jean había logrado aumentar la pena de cinco años a doce, además de la restitución íntegra de los bienes no declarados, más los intereses correspondientes, a un tipo que había defraudado a Hacienda todo lo que había querido durante años. Representaba a la amante despechada del defraudador, quien se consideraba severamente ofendida por él porque le había dado palabra de matrimonio y después se había ido con otra… un inspector de Hacienda, un tal Carvallo, había tenido la amabilidad de facilitarnos todos los informes que nos habían hecho falta, y el señor Fidel había destrozado todos los alegatos de la defensa, apuntándose un buen tanto… estaba incluso pensando en presentarse para concejal, pero esa es otra historia. Eso, es lo que yo sabía. ¿Qué razón tenía nadie para darme una fiesta a mí…?

-Hoy hace seis meses que entraste a trabajar para mí. – me explicó. Y no pude evitarlo, sonreí y noté que mi cara desprendía calor. Me hizo ilusión que se acordara de algo así, cuando ni yo misma me acordaba.

-Está bien… supongo que puedo quedarme un ratito… - susurré – Señor Fidel, ha sido…

-Jean, por favor.

-Jean. – me corregí – Ha sido usted muy amable al pensar en mí, se lo agradezco mucho. – mi jefe sonrió e hizo ademán de darme dos besos. – Pero no tanto. – contesté de inmediato con una sonrisa. Jean se rió alegremente, yo estaba aprendiendo muy deprisa.

La pequeña fiesta transcurría con normalidad, simplemente hablando entre nosotros, haciendo chistes, comiendo y bebiendo un poquito… nada de pasarse, y debo reconocer que me sentía muy a gusto. No quería que algo así sucediera, pero lo cierto es que el señor Fidel me estaba empezando a gustar. No seriamente, desde luego, no es que quisiese acostarme con él… pero me gustaba su persona, su forma de pensar, su manera de unir sus ganas de gamberreo y caza de sexos al trabajo. Aquélla noche noté que me miraba mucho. Hablaba con todas, bromeaba con todas, incluso con los novios de aquéllas que los habían traído… pero a mí no me dejaba ni a sol ni a sombra, y sentía su mirada casi constantemente. Cuando en alguna ocasión me separaba de él, o él mismo iba a hablar con otra persona, si le miraba de refilón podía ver sus ojos clavados en mí. Me empecé a sentir incómoda y quise irme, a fin de cuentas ya había pasado un rato prudencial. Pero entonces, llegó la catástrofe.

-¡Un poco de música ambiente! – dijo una de mis compañeras y sacó un altavoz portátil para conectar a un mp3. Casi grité de pánico e intenté marcharme en el acto, pero una mano se cerró en torno a mi muñeca y me retuvo. Era Jean. Negué con la cabeza, casi suplicando, pero la música empezó a sonar y me apretó contra él.

-No, por favor… - supliqué, mientras el dulce metal de la trompeta de Glenn Miller (http://www.youtube.com/watch?v=n92ATE3IgIs )parecía atravesar mi cerebro y recorrer mi espina dorsal hasta hacer palpitar mi clítoris – Por favor, deje que me marche… yo…

-¿Qué te dije de las súplicas, Thais? Nunca te van a servir de nada. Si quieres que te deje ir, vas a tener que ser mucho más convincente.

…Y a partir de ahí, los recuerdos de Thais eran borrosos, confusos, y sobre todo, vergonzosos. Thais no era una mujer normal, desde niña lo había sabido, y habían intentado tratarla sin éxito. Su cuerpo padecía un extraño síndrome de hipersensibilidad a las vibraciones acústicas. Dicho más claramente, una especie de alergia a la música. Si una persona normal, al oír una música bailable y pegadiza siente ganas de bailar y empieza a mover la cabeza o a balancear un pie sin apenas darse cuenta, el caso de Thais era mucho más alarmante: ella se veía impelida a bailar sin poder controlar su cuerpo, y a actuar en consecuencia a la letra de la canción, y dado que la mayoría de las canciones existentes suelen hablar de amor y sentimientos, acababa arrojándose en brazos, besando y frotándose lujuriosamente contra su pareja de baile, independientemente de que en realidad le gustase o no, o de que fuese hombre o mujer. Thais no se consideraba lesbiana, pero en alguna ocasión, víctima de su enfermedad, había tenido sexo con chicas… claro que tampoco se consideraba promiscua, y sin embargo había tenido sexo con muchos hombres distintos y hasta con grupos. Había intentado reprimirse durante toda su vida, mantenerse alerta de los sitios con música, pero no siempre lo había conseguido. Llevaba un par de años lográndolo, y por tanto, sin practicar sexo, porque, eliminados los riesgos, era una mujer muy tímida e insegura… pero ahora, acababa de caer.

A Jean no le pasó desapercibido el cambio, pero simplemente lo achacó a que por fin su más reciente pasante se estaba soltando la melena. Thais parecía encogerse sobre sí misma, y de pronto le miró, sonriente. Le brillaban los ojos y estaba un poco ruborizada, y parecía… parecía un poco como si flotara.

-¿Has bebido…? – preguntó el abogado, pero la joven negó lentamente con la cabeza, sonriendo más aún, casi embobada. La suave música de baile, el Moonlight Serenade la hacía mecerse suavemente, contoneándose entre los brazos de Jean, que parecía encantado con el giro de su colaboradora. "Creo que no sabe lo bonita y lo seductora que puede llegar a ser", pensaba, aprovechando para pegarse más a ella y empezar a bajar la mano por su espalda, acercándose peligrosamente al trasero de Thais, "o lo sabe, pero tiene miedo de sí misma y de su sensualidad." La joven le miró con los labios entornados e incrustó su cabeza en el pecho de su jefe, abrazándolo intensamente. La canción acabó en ése instante y Thais se detuvo. Parpadeó y ahogó un grito al darse cuenta de qué modo estaba abrazando a Jean e intentó soltarse y recobrar la cordura… pero el modo aleatorio de las canciones le jugó una mala pasada porque entonces empezó a sonar una animada canción pop ochentera, "Muérdeme" (http://www.youtube.com/watch?v=a1epSSUN7nY ), y cualquier posible resistencia se fue a pique.

Thais se rió traviesamente y empezó a moverse entre los brazos de Jean de forma ciertamente provocativa, frotándose contra él sin tapujos. Éste no la retuvo, la animó a ello. El resto de los presentes, bailando también, ni se daban cuenta del espectáculo, y los que se daban cuenta, era para reírse y animarles a seguir. Sin dejar de bailotear, la joven se separó un poco de Jean para quitarse la chaqueta y hacerla girar sobre su cabeza cogiéndola de una manga mientras cantaba, para a continuación, intentar desabrocharse la camisa. No es que a Jean le molestase lo más mínimo que hiciese algo así, pero no estaba dispuesto a que también lo viesen el resto de tíos presentes, así que la abrazó para impedirle que continuase su strip-tease, y al tomarla, Thais le apresó de los mofletes y le besó lujuriosamente, metiéndole la lengua en la boca y acariciándole el paladar por dentro, en medio de gemidos de deseo. Jean la apretó más contra sí, bajando las manos hasta el inicio de sus nalgas, y la propia joven le agarró de la muñeca y se las hizo bajar para que la apretase, lo que hizo ansiosamente, dando caderazos involuntarios allí mismo, delante de todos, notando que su temperatura subía como si tuviera fiebres… y no era lo único que estaba subiendo de forma imparable.

-Thais… - Jean estaba deliciosamente ridículo intentando mantener la poca compostura que aún les quedaba con las manos aferradas a las nalgas de ella y un grueso cerco rosa en torno a la boca. - ¿Quizá te apetece ir a un sitio… más tranquilo?

-¿Habrá al menos un sofá en ese sitio tranquilo…? –jadeó la joven, bañando con su cálido aliento deseoso la cara de Jean - Preferiría no tener que hacerlo de pie. – Jean se rió ligeramente con la nariz, sonriendo tanto que se le cerraban los ojos pícaros. Daba la sensación de que, de haber tenido las manos libres, habría aplaudido.

-Creo que algo podremos conseguir…. – murmuró, travieso, y sin soltarla, llevándola en brazos, la sacó de allí y la llevó a su despacho. Apenas cerró la puerta con llave, la boca de Thais se pegó a la suya con decisión, dispuesta a no soltarle, mientras ella misma se abría la blusa, dejando ver un sostén blanco. Jean caminó hacia atrás hasta una de las librerías, intentando que su boca no se separase de la de su compañera, jugueteando constantemente con sus lenguas. Sin mirar, alzó la mano y agarró uno de los libros de leyes, tiró del lomo y luego avanzó de nuevo un par de pasos, hasta descubrir una cama empotrada bajo la falsa librería.

Si Thais no se hubiese encontrado en su estado, se hubiera sorprendido hasta el horror al ver que el pervertido de su jefe tenía un nidito de amor preparado en su propio despacho, porque el de la cama, no fue el único cambio. Al activarse ésta, otra de las librerías se dio la vuelta dejando ver un lujoso mueble-bar, la iluminación se degradó al rojo, un delicado perfume se expandió en el aire mientras sonaba música muy suavemente y un panel del techo se descorrió, mostrando un gran espejo sobre la cama… de sábanas de látex negro y con un cobertor de leopardo.

-¿Te gusta mi cuarto de juegos…? – preguntó Jean, despojándose de la chaqueta y bajándose la cremallera del traje, y todo con una sola mano, para no soltar a Thais. La joven contempló su alrededor, sospechando que su jefe tenía aún más secretos en los armarios y cajones del despacho que tenían cerradura, y sonrió, viciosa. Lamió el rostro de Jean desde la barbilla a la nariz, recreándose en el gemido de satisfacción que emitió éste, y se inclinó hacia delante. Los dos cayeron sobre la cama, que debía estar preparada para el juego duro, porque ni protestó, en lugar de ello sonó un glugluteo y ambos botaron y se mecieron de modo que sus estómagos giraron. Era una cama de agua. Thais soltó la risa y montó a su jefe, subiéndose la estrecha falda mientras luchaba contra los botones de la camisa de él. – Eres una tigresa… - susurró Jean, entre risas y lamidas – Siempre tan apocada, pero hoy te has lanzado… mi tigresa tímida.

Thais besó alocadamente y lamió el pecho velludo de su jefe, acariciando sus brazos de piel suave, mientras su mano derecha bajaba sin reparos hacia la bragueta abierta y se introducía para acariciar el miembro enhiesto y ansioso. Jean gimió, encantado, mientras le desabrochaba los corchetes del sostén, en medio de su placer y con una sola mano, lo que delataba que desde luego, tenía sus tablas en estos asuntos… La joven no pensaba, se veía superada por su debilidad y por la arrolladora masculinidad viciosa de su jefe. Muchos hombres se habían sentido intimidados por ella y su modo de lanzarse, otros muchos la habían usado simplemente para un desahogo… pero ninguno le había dedicado un momento privado en una especie de santuario del sexo, ninguno había demostrado ser… tan vicioso como ella misma.

"No, no es cierto, no soy una viciosa, a mí no me gusta hacer estas cosas…" logró pensar la joven mientras se soltaba las cintas de los costados de las bragas para deshacerse de ellas y empezaba a frotarse contra el pene supurante de Jean, quien le pellizcaba alternativamente los pezones con una mano, y con la otra guiaba su miembro para acariciar con él el clítoris hinchado de su compañera. Thais se relamía mirándole, con los ojos entornados, y Jean no podía dejar de sonreír, qué bien lo estaba pasando, sabía que su pasante escondía una fierecilla debajo de su timidez, como la mayoría de las tímidas, pero nunca pensó que pudiera lanzarse tan decididamente. Su polla parecía emitir chispas eléctricas a cada roce con la suave intimidad húmeda de ella. Thais se abría los gruesos labios vaginales para dejar al descubierto su perlita y que ésta fuese acariciada con más intensidad. Jean, con mano temblorosa, agarró una potente lupa que tenía en la mesilla y la llevó al sexo de su compañera, para poder apreciar mejor el clítoris.

-¡Ooooh, ¿cómo puedes ser tan guarro?! – se rió Thais, abriéndose más y estirando la piel para que lo mirara plenamente.

-Thais… - jadeó él, sonriente – No nos hagas sufrir más… ¡ensártate!

La joven sonrió y se dejó caer sobre el miembro de Jean, en medio de un potente grito de placer de ambos.

-Haaaah…. Me…. Me llenaaas…. – Thais tembló de pies a cabeza, casi babeando de gusto al sentirse atravesada por su pene poderoso. Jean se retorcía de gusto, extasiándose en la dulzura de la sensación, su miembro apresado en aquélla intimidad tensa, caliente y apretada. Le hubiera gustado gozar de aquella sensación por unos segundos, pero su compañera, jadeando esforzadamente, empezó a botar con rapidez, riendo entre gemidos.

"Mierda… ¡no vayas tan rápido!" pensó Jean, sintiendo las maravillosas chispas que se cebaban en su pene, haciéndole saber que las ganas de correrse ya eran deliciosamente insoportables, y en pocos segundos se harían físicamente irreprimibles. Intentó pensar en cosas horribles, en Margaret Tatcher, pero cada vez que abría los ojos, veía los pechos redondos y de pezones rojizos de Thais botando alocadamente frente a él, y su cara ruborizada con los ojos en blanco y sonrisas de placer tan intensas que parecía estar drogada… no podía resistirlo, ¡era demasiado bueno! Thais se sentía flotar, era increíble, cada roce del miembro de Jean le activaba sensaciones que ni creía que existieran, y un travieso picor se hacía cada vez más intenso dentro de ella, sus muslos parecían arder por dentro, y todo su cuerpo parecía querer estallar…

-Oh, Jean….. ¡Te quiero! – gritó sin poder contenerse, y su compañero lo hizo también, pero de terror. Su excitación estuvo a punto no ya de caer, sino de contraerse sobre sí misma como la cabeza de una tortuga.

-Oye, Thais, escucha… - vaciló – Mira, me gustan los tacos y las palabras soeces durante el sexo, como a cualquiera… ¡pero hasta YO tengo mis límites!

La joven rió con ganas, y cuando lo hacía, sus pechos se movían ligeramente. Consciente de que Jean los miraba, se meneó, haciéndolos bailar en círculos. Su jefe casi movía la cabeza al ritmo de sus pezones.

-De acuerdo, señor Fidel… seremos buenos amigos, ¿de acuerdo? – murmuró, melosa.

-De acuerdo, Thais… muy buenos amigos… - la joven recuperó su alocado movimiento saltarín sobre la polla extasiada de su jefe, ella misma no aguantaba más, el placer la recorría en olas cálidas por la espalda, estaba a punto de llegarle, pero finalmente el inmenso gusto fue demasiado para Jean. Sintió que sus pelotas se elevaban ligeramente, apretó las tetas de su compañera hasta dejarle marcados los dedos, y su cuerpo fue más fuerte que él mismo, no pudo resistir el abrasador cosquilleo que se cebaba en su glande y se sintió explotar dulcemente, el esperma caliente le recorrió por dentro y le hizo sentir bañado cuando inundó el sexo de Thais, que abrió los ojos desmesuradamente al sentirlo, mientras él se contraía de forma maravillosa hasta el ano y el placer le recorría, haciéndole temblar.

-¡Lo noto…. Puedo sentirloooo… me… me quema por dentrooo…! – gritó la joven, con la boca abierta de sorpresa y placer. Sus saltos se hicieron más alocados, buscando a la desesperada su éxtasis, ya cercano, deleitándose en el obsceno chapoteo y el divertido vaivén que se producía a cada bajada. El picorcito delicioso estaba ahí, ahí… la polla de Jean lo excitaba deliciosamente, haciéndolo expandirse por toda su pelvis en espasmos dulcísimos, hasta que al fin estalló, Thais gritó, apretándose los pechos y curvándose hacia atrás, en medio de carcajadas, mientras el inmenso gozo la hacía retorcerse y titilar, ahogándose en su propio grito de placer, con sus muslos dando convulsiones y su sexo contrayéndose, absorbiendo el semen que había empezado a derramarse, de nuevo hacia el interior…

-¿Fumamos un cigarrillo….? – susurró Jean, con voz dulcemente derrotada, mientras Thais se tendía a su lado y se despojaba finalmente de la falda y las mini medias, y lo miraba con deseo.

-Todavía no. – sonrió, viciosa.




-¡NO! ¡¿Pero qué he hecho, Dios mío, qué es lo que he hecho…?!

-Virguerías, Thais… verdaderas maravillas…

Jean estaba desnudo a mi lado, yo estaba desnuda también… estaba en una cama de agua con sábanas, ¿de látex negro? Y pringosas… y un cobertor de leopardo… ¡y un espejo en el techo!

-¿¡Qué ha pasado aquí!?

-¿Te lo cuento por orden cronológico, alfabético, o de importancia….? – me dijo Jean contando con los dedos y una estúpida sonrisa en su mofletuda cara.

-Señor Fidel… usted… ¡se ha aprovechado de mí!

-¿Perdón? ¿No eres tú la que anoche me gritaste, entre otras muchas cosas, "te deseo, Jean; hazme tuya, Jean; otra vez, dame más, como te corras ahora te mato?" Porque te pareces muchísimo a ella… de hecho, tienes el mismo antojo en…

-¡No me toque! – chillé, saliendo de la cama agarrada al cobertor de leopardo como si éste fuese un salvavidas y recogiendo mi ropa, tirada por el suelo.

-Thais… - Jean parecía descorazonado por mi actitud, pero yo no podía ser blanda; había caído otra vez, y encima con mi jefe, y por lo que parecía, había sido bastante denigrante. – Nos acostamos, sí, pero no hicimos nada que tú no quisieras, te aseguro que fue… bueno, fue buenísimo, la verdad. – le taladré con la mirada y preguntó - ¿De veras no recuerdas… nada?

No quería recordarlo, pero hice un esfuerzo pese a todo, y eso fue peor aún.

-Eeeh… recuerdo algo de… miel. Y… antifaces… y… recuerdo algo de… ¿un cocodrilo?

-Jeje, eso es una postura que te enseñé – sonrió, divertido. Le miré como quien mira a un monstruo, y entonces recordé algo más. Negué con la cabeza, horrorizada, y metí la mano bajo la manta, exploré mi intimidad, y efectivamente, hallé un cordoncito. Tiré de él, y, empapadas y en medio de un tintineo, salieron dos bolas chinas.

-¿He… he dormido con ESTO puesto? – mi enfado me hacía incluso temblar la voz.

-Creo que se nos olvidó sacarlas… ya estábamos algo cansados después de eso. De-de hecho, y ahora que lo mencionas, creo que yo… - mi jefe se llevó la mano al trasero, pero antes que pudiera terminar el gesto, grité.

-¡SEÑOR FIDEL…! Me parece que… me despido.


(continuará)

miércoles, 27 de marzo de 2013

Mariposa y yo: Mariposa y "Micaela"


-Me siento incómodo… incómoda… Todo el mundo me está mirando…

-Relájate, "Micaela". Te miran porque eres guapa, yérguete y presume de ello.

-No es cierto, no soy guapa, sólo me miran porque voy provocando con esta falda tan corta… y me da miedo andar con estos tacones, acabaré cayéndome.

-No te vas a caer, agárrate a mi brazo y da pasos cortos, ya te vas acostumbrando, enseguida cogerás soltura. Mira cómo destacas… entre los hombres, eres algo bajito, entre las chicas eres alta, aunque seas llenita, tus piernas son interminables, tienes tipo de mujerona, y atraes. Mira cómo te miran todos… y lo mejor, es que eres mía.

Me daba vergüenza, muchísima vergüenza, apenas podía alzar la cara de lo mal que lo estaba pasando, notaba mis mejillas arder como brasas bajo la peluca rubia que me llegaba hasta casi la mitad de la espalda. Mi ama Mariposa me había hecho salir vestido de mujer. Le gustaba hacerme pasar esa vergüenza, ella decía que estaba guapa como chica, pero yo no estaba tan seguro… me había afeitado las piernas por completo, puesto maquillaje en la cara para disimular la barba, perfilado las cejas y pintado con brillo los labios. Me había vestido con un sostén con relleno y una faja para disimular la tripa y dibujar una cintura que no estaba allí, y después una blusita blanca y una falda a cuadros tan cortita que tenía miedo de agacharme, medias blancas hasta casi las rodillas y zapatos de tacón alto. El típico uniforme de colegiala, pero yo no tenía salero para llevarlo, me parecía que mi tripa se notaba pese a la faja, que mi silueta era recta como un cilindro, que mis pies se descabalaban y me dolían los tobillos, que la peluca se me resbalaba y que la falda se me subía… y aún cuando todo me quedase bien, la situación era humillante simplemente de por sí.

-¿Y si nos encontramos a alguien conocido, ama…? – susurré. - ¿Qué hacemos entonces?

-Ocaso, Micaela. – corrigió Mariposa – Vamos a salir a alternar, hablaremos con la gente… llámame Ocaso, no ama, aquí estás autorizada a hacerlo. Y deja de preocuparte, no nos encontraremos con nadie, y aunque lo hagamos, ¿qué crees que va a pasar? Nadie va a reconocerte con esas ropas y pelo rubio, simplemente somos dos amigas que salimos juntas a bailar un rato y a pasarlo bien.

Mi ama había retocado mi nombre, Miguel, para hacerlo femenino. La verdad que Micaela no me gustaba nada, pero tampoco tenía ganas de llamarme de ninguna manera femenina, así que bien valía ese. Y me había dejado llamarla por su nombre real, Ocaso. Estaba tan acostumbrado a tratarla de vos y llamarla simplemente "ama", que no me salía y tenía que pensar antes de hablar, y no era precisamente fácil concentrarse en algo, teniendo que concentrarse ya en andar a pasos cortos, erguido, moviendo las caderas, sin tocarme la ropa ni estirarme la falda cada dos segundos, y encima de todo eso, intentando ser natural… cada vez que un tío me miraba, me hacía sentir desnudo y pasaba una vergüenza horrible "si es así como he hecho sentir a las chicas en alguna ocasión al mirarlas, juro que no vuelvo a mirar a ninguna nunca más", me dije, y llegamos al pub que había elegido Mariposa.

-¿Qué os sirvo, chicas? – preguntó el camarero cuando nos sentamos en una mesa, y mi ama pidió dos refrescos.

-No sé cómo te sienta el alcohol, no quiero que vayas a desbocarte… ah, Micaela… mantén las piernas juntas al sentarte.

-¡Oh, Dios! – dije, juntando rápidamente las rodillas y encogiéndome sobre mí mismo.

-Tranquila, no se te ha visto nada – sonrió mi ama – sólo ten cuidado. Y no estés tan tensa, relájate… la timidez, es un imán para los tíos, a todos les da morbo una chica que tiene miedo porque va guapa.

-Ocaso, esto no es ir guapa, es ir de provocona… - gimoteé – Se están riendo de mí…

-No digas tonterías, nadie se ríe de ti. Te sonríen, porque les gustas.

-Por favor… pero si soy una gorda desgarbada y enorme…

-En primera, no estás tan gorda como tú crees, y en segunda, estás bien arreglada. Vas enseñando carne, y eso ya te hace atractiva para ellos. No importa si no eres una top model si ellos piensan que tienen posibilidades de tener sexo… para los tíos, es más que suficiente. Ya basta de tener la cabeza escondida entre los hombros como una tortuga. Yérguete, Micaela, quiero que devuelvas las miradas y las sonrisas… quiero que pongas cachondo al personal. Quiero ver que todos te desean. – Mariposa metió la mano bajo la mesa y me pellizcó en el muslo – Vamos, levanta la cara. Aquél de la barra te está mirando, mírale.

No quería hacerlo. Era humillante, pero si la alternativa era perder a mi ama, estaba dispuesto a lo que fuera, de modo que levanté la cara y busqué con la mirada al tipo que me decía Mariposa. Ahí estaba. Un tipo rubio, con cara de creerse muy guapo y muy listo, que me saludó levantando su cerveza. Sólo por cómo me miraba ya me resultó desagradable, pero me forcé y le sonreí. Mi ama se rió por lo bajo.

-Estás guapísima con éstas ropas, Micaela… -me susurró- Deberías arreglarte más a menudo. – Su mano se paseaba libremente entre mis muslos, y a pesar de que el horrible apuro impedía que mi cuerpo reaccionase, tuve miedo de que sucediese. Si tocaba un poco más arriba, yo sólo llevaba esos calzoncillos tan sueltos que mi ama ya conocía y me había hecho ponerme a propósito, precisamente por eso… si tenía un calentón involuntario, no habría quien lo disimulase con eso y la falda, y yo era muy sensible a las caricias de mi ama… y el sentirme tan vulnerable para ella, sólo empeoraba la situación. Rogaba por ser capaz de pensar en frío, pero por si acaso, localicé el lavabo, mixto para más inri, por si se terciaba tener que huir y encerrarme en un baño. – Estás tan bonita cuando te sonrojas… oh, mira, parece que has hecho una conquista.

Miré de nuevo hacia donde el tipo, y vi con horror que se acercaba a nuestra mesa con una estúpida sonrisa en su estúpida boca. Sin esperar que le invitaran, se sentó en una silla con nosotras, y preguntó:

-Hola, guapas, ¿solitas? – mi ama asintió, apoyando la cabeza en sus manos enguantadas (ahora sabía por qué solía usar guantes, o ropas de mangas largas, o muñequeras, para tapar las cicatrices), y sonriendo.

-Sí, hola. – Mariposa volvía a hablar con su voz chillona de ratoncita, nada parecida a la voz sensual que usaba cuando estaba conmigo y que podía fundir el hierro… entendí que no quería destacar, quería que la atención de aquél tipo, recayese sobre mí – Yo soy Ocasito, y ésta es mi amiga Micaela, pero puedes llamarla Michelle. Es un poco tímida y no suele salir, hoy la he convencido para que lo hiciera.

-¡No…! ¿Cómo es que una chica tan guapa no sale todos los días? – me preguntó, recorriéndome con la mirada, deteniéndose en mis falsos pechos y mis piernas temblorosas.

-Pues… - hablé bajito y en falsete – es que… me cuesta socializarme. Y… tenía un novio, pero me dejó hace poco, y creo que aún no estoy preparada para tener otro. – Pura improvisación, y Mariposa se tapó la boca con la mano, le había hecho gracia, y eso me dio algo de seguridad. A fin de cuentas, esto lo hacía por ella, era su diversión y mi castigo por haber visto lo que no debía.

-Bah, lo mejor para olvidar una mala relación, es tener otra… aunque sea corta, pero hay que divertirse. – como accidentalmente, se inclinó sobre la mesa, y llevó su mano a mi rodilla, e instintivamente le sacudí en ella con todas las ganas - ¡Auh!

-Perdona… creo que vas un poco deprisa para mí. – intenté sonreír, mientras Mariposa nos miraba, divertida.

-Vamos, Michelle, dale una oportunidad a éste chico tan simpático… ¿porqué no bailas con él?

El tipo ya asentía, encantado, pero ni loco iba a bailar con ese montón de hormonas.

-Oh… no, no, Ocaso, no te puedo dejar sola, sería muy grosero, después que tú me traes aquí para animarme, y yo te dejo en la estacada, no puedo, no…

-¡Eso se arregla fácil, voy a buscar algún amigo mío para tu amiga, enseguida vuelvo! ¿No os marchéis, eh…?

El tipo se levantó a recorrer el pub como un desesperado, yo creía alucinar en colores, pero Mariposa rompió en carcajadas:

-¡Le has conquistado! – dijo entre risas - ¡Le gustas de verdad, está dispuesto a lo que sea…!

-Pero… pero… ¿Qué me ha visto? – No me gustaba aquél tipo, no me gustaba gustarle.

-Ya te lo he dicho, "Michelle", vas muy guapa… cuando venga con su amigo ahora, finge que quien te gusta es su amigo, no él. Sé muy simpática… déjate tocar incluso si su amigo quiere, y sal con él a bailar.

¿Dejarme tocar….? Me sentía fatal, tenía la impresión de ser ganado, pero de nuevo la mano de mi ama bajo la mesa, acariciando mis rodillas desnudas dio un puntapié a mi razón. Quería hacer su capricho por encima de todo, yo era su esclavo, su juguete, su diversión… pasaría con gusto cualquier apuro con tal de complacerla. Recordé cómo con ella jugaba a que yo era sexy, deseable… quizá pudiera hacerlo también siendo chica… a fin de cuentas, sólo se trataba de fingir, de hacer un poco el payaso, eso podía hacerlo. Me daba un apuro horroroso, no quería pensar en mí mismo vestido de chica intentando seducir a un tío, pero si eso iba a gustar a Mariposa, estaba dispuesto.

-Hola, chicas, éste es David. Ah, y yo soy Bernardo, que no os había dicho mi nombre… David, ésta es Ocasito.

-Hola. – dijo mi ama, y yo directamente me levanté de la mesa y di dos besos al recién llegado.

-Hola, David… Yo soy Michelle, ¿cómo estás?

El tal David se quedó un poco sorprendido, pero enseguida se recobró, me miró, y no pareció disgustarle lo que vio… en tanto que Bernardo sí parecía molesto, sobre todo cuando intentó inclinarse para recibir también él dos besos y yo, como quien no quiere la cosa, le ignoré y me senté.

-Bien, gracias… ¿Qué tal vosotras?

-Bueno, ahora mejor, la verdad… - le miraba fijamente a los ojos y le sonreía, crucé las piernas y me eché un poco hacia atrás en la silla, sacando pecho y jugando con los mechones rubios, como había visto hacer a las chicas cuando miraban a los demás (porque a mí, no solían hacerme ese tipo de señales), mientras Mariposa sonreía abiertamente, disfrutando del espectáculo.

-Michelle, ¿no quieres bailar? – atacó Bernardo, intentando recuperar la atención, pero no me digné a mirarle cuando contesté:

-Sí, pero… no ahora, dentro de un rato, quizás… Ahora, me apetece más quedarme aquí y conversar… Yo trabajo en un banco, ¿David, a qué te dedicas tú?

-¿Ya trabajas? – se sorprendió el citado – Yo estoy sacándome el doctorado en Filosofía, sólo trabajo los veranos.

¿Era menor que yo? Me fijé bien, parecía tener… unos veinticinco o veintisiete, pero lo más alarmante era que él pensaba que era yo quien era menor que él. Yo siempre he aparentado menos edad de la que tengo, pero siendo chica, me tomaban por mucho más joven. Mariposa intervino:

-Michelle lleva poco trabajando, acabó la carrera el año pasado, yo estudié un módulo de formación profesional, las dos nos conocimos ya trabajando en el banco. Ella fue mi mentora profesional, y yo aspiro a ser la suya sentimental, porque necesita un compañero, su ex fue tan idiota que la dejó, ¿no te parece que hay que ser un idiota para dejar a una chica como ella, David….?

-Un soberano idiota – convino, mientras Bernardo nos miraba alternativamente, sin dar crédito a lo que pasaba – una chica tan joven, guapa, tan alta y con trabajo en un banco, y ¿te dejó? Estaba loco o es tonto, ¿dónde piensa encontrar algo mejor?

-Me vais a hacer sonrojar… - sonreí y me incliné para apoyarme en la mesa, acercándome más a David – eres muy amable, la verdad, me hacía falta oír algo así, porque me he sentido tan mal después de la ruptura…

Como distraídamente, David dejó caer su mano sobre la mía y yo me dejé hacer y aún le sonreí. Me daba asco, tenía la mano sudada, pero aquello me estaba empezando a resultar cómico hasta a mí, "si supieras del cimbel que me cuelga entre las piernas, GILIPOLLAS, íbamos a ver a qué velocidad retirabas esa mano", pensaba.

-Bernardo… si no te importa, a mí sí que me gustaría bailar, ¿no irás a destrozarme el corazón despreciándome, verdad? – preguntó mi ama con su chillidito de ratón, y Bernardo, por más que le fastidiase, no podía negarse sin quedar como un absoluto grosero, así que sonrió falsamente y sacó a bailar a Mariposa, contingencia que aprovechó rápidamente David para sacarme a bailar a mí. No me hacía ninguna gracia, no sé bailar, me da vergüenza… pero menos aún sé bailar llevando tacones y falda y haciéndome pasar por chica, pero ya no podía negarme, hice de tripas corazón y salí a la pista, dejando que David me tomara de la mano.

Me fijé en cómo se movía Mariposa, agarrada a los hombros de Bernardo y contoneándose, girando ágilmente, dejándose llevar por la música. Sabía que no sería capaz, pero intenté hacer lo mismo. David apenas me sobrepasaba, y eso era más violento de lo que yo pensaba, porque mi cara quedaba más cerca de la suya de lo que sería deseable. Me agarró de la cintura con una mano, y con la otra me abrazó por la espalda, intentando que me acercase más a él, mientras yo luchaba precisamente por lo contrario, pero mientras girábamos por la pista, mi cuerpo se acercaba al suyo sin que pudiera evitarlo. Dejé que él me llevase y apoyé mi peso en él, para no correr el riesgo de caer, y le pisé sin querer, pero aguantó estoicamente.

Estaba respirando precipitadamente, aquélla situación era desagradable, tenía la impresión de estar jugando con los sentimientos de una persona, no ya sólo con mi orgullo, pero Mariposa me miró y me guiñó un ojo, y mis remordimientos desaparecieron, pero entonces llegó lo peor: sonó una canción lenta. De inmediato y sin cortarse un pelo, mi ama se incrustó en el pecho de Bernardo, que parecía algo menos incómodo y la abrazó con fuerza mientras cambiaban el baile a apenas un suave mecimiento y se acariciaban la espalda mutuamente. Aquello me puso celoso, como el tal Bernardo se animase más… pero tenía otras cosas de las que preocuparme, y es que David me atenazó contra él y yo no supe ni qué cara poner. De nuevo la cara me ardía, intenté separarme un poco, pero mi pareja sonrió y no me lo permitió.

-Vamos, no seas así… suéltate, déjate llevar, no pienses… - me susurró al oído mientras me abrazaba por la espalda. Mariposa me miraba sobre el brazo de Bernardo y me hizo señas para que abrazara a David. Venciendo el asco y la vergüenza, obedecí y le rodeé con los brazos. Le oí sonreír y sus manos se pasearon por mi espalda, mientras yo no dejaba de mirar las de Bernardo, que bajaban más y más, en dirección a las nalgas de Mariposa, y ésta no sólo no le frenaba, sino que parecía dispuesta a devolverle la misma cortesía, "si no paran a ése sobón, es muy capaz de hacerle el amor a mi ama en mitad de la pista", pensé, furioso. Sabía que aquél no era un pensamiento propio de un buen esclavo, pero me estaba poniendo frenético. Tanto, que no notaba que eran mis propias nalgas las que estaban en peligro, porque las manos de David estaban bajando más y más, y finalmente, ahogué un grito cuando su mano derecha llegó a mi falda y apretó mi trasero.

-¡No! – dije, intentando apartarme de él, pero David sonrió y se lanzó a mi boca, ¡me besó! Automáticamente, le solté un bofetón que casi le hizo dar una vuelta completa - ¡¿Qué clase de chica te has figurado que soy?! ¡So cerdo!

Mariposa estaba junto a mí, y todo el mundo nos miraba. Tenía incluso ganas de llorar, ¿porqué había tenido que ser tan desagradable, acaso yo le había dado permiso para besarme, para sobarme así? Me di cuenta que estaba pensando como una chica… y me resultó interesante.

-¿Y tú de qué vas? – protestó David - ¿me pones burro y ahora te rajas?

-No hables a mi amiga en ese tono. – La voz de Mariposa ya no era un chillido de ratón. – Ella tiene derecho a poner el "stop" en el punto de la carretera que desee, tanto si ya estáis dentro de la cama y ella decide que no, es que NO. – sentí una maravillosa sensación de alivio al ver que mi ama me respaldaba, no la había defraudado por parar – Debería darte vergüenza, sabiendo que acaba de salir de una mala relación, y en lugar de darle un poco de cariño, sólo eres capaz de pedir sexo… Ven, Michelle, que se hagan una paja estos dos, te llevo a tu casa. – Me tomó de la mano y me sacó de la pista de baile. Bernardo intentó seguir a Mariposa, diciendo que él no había tenido culpa de nada, pero mi ama lo despidió igualmente y yo mismo le aparté con la mano, sonriéndole con suficiencia, disfrutando de su cara de intensa frustración. Verdaderamente, como siempre había estado en el otro lado, el rechazo me sentaba mal, pero cuando estabas en el lado bueno, era muy satisfactoria la sensación de poder. Me estaba empezando a gustar el papel de calientaburros…

Mariposa, tirando de mi mano, se metió en los lavabos, y yo casi ni me había dado cuenta de aquello, sólo fui consciente cuando ella me empujó contra un lavabo y me besó, metiendo su lengua en mi boca, apretando mis mejillas entre sus manos. Me soltó y me lamió los labios, la nariz, mirándome con deseo.

-Ama… pero aquí… nos pueden ver, ¿porqué no nos metemos en un baño…? – sugerí, pero Mariposa sonrió.

-No… aquí, fuera, quien entre, que nos vea, ¿te parece que será la primera vez que alguien da el espectáculo en un lavabo de discoteca? Y además, quien entre, sólo verá a dos lesbianas. – Me lamió la cara, pero puso gesto de disgusto – Ecs, sabes a maquillaje… dime, Michelle, ¿llegó ese tío a meterte la lengua en la boca, o no le dio tiempo?

-Apenas… - musité, mientras mi ama lamía mi cuello y bajó una mano decididamente a mi entrepierna, metiéndola bajo mi falda – sólo un poquito… me dio asco…

-Mmmh… ¿tienes idea de lo que me excitó verte vestido de chica, besando a otro tío? Me gustaría ver qué cara hubiera puesto de haber sabido que tú también tienes cosita… - Mariposa acariciaba suavemente el hueco entre mis muslos, y yo me sentía expuesto y vulnerable, era increíble lo traidora que podía ser una falda, no ofrecía ninguna protección. Ni frente al viento, ni frente al simple movimiento de andar, ni mucho menos frente a un ataque amoroso… era terriblemente excitante sentirme tan a su merced, saber que mi ropa no era en absoluto una barrera, sino más bien un juguete. La suave tela de cuadritos rojos y verdes acariciaba mis muslos depilados, sentía la piel rara, sin vello por primera vez desde los once años, pero tan suave, tan sensible… a pesar de la vergüenza, del miedo porque nos pescaran y de estar en un lavabo con olor a lejía y meados, mi cuerpo reaccionó. Pude sentir cómo mi miembro se alzaba pidiendo sitio en mis calzoncillos, y éstos no apretaban en absoluto, sino que sólo se adaptaban al ariete que había bajo ellos, haciendo mi erección mucho más evidente. Mariposa sonrió. – Mírate, así pareces un travesti, o un hermafrodita…

Miré el bulto que hacía la ropa, algo que en una falda estaba totalmente fuera de lugar, y sentí a la vez apuro y excitación, me resultaba extrañamente perverso verme con esas ropas, y pensé que sería divertido masturbarme con la tela de la falda, sería como follar conmigo mismo si yo fuese a la vez hombre y mujer… Pensé si no estaría volviéndome loco, pero no era el único que tenía ese pensamiento.

-Quiero ver cómo te masturbas vestido de chica… - jadeó Mariposa, su voz destilaba deseo, se acercó más a mí, hasta quedar pegada a mi pecho, podía notar su calor aún a través del relleno - quiero ponerte frente a un espejo de cuerpo entero, de rodillas, tal como estás ahora, y hacerte mirar cómo te tiras de tu cosita, así, sin sacarla, tapada por la falda, ver las caras de gusto que vas poniendo, ver cómo te sonrojas al mirarte a ti mismo gozar vestido de mujer… hasta que no puedas más y te corras y empapes la falda… mmmh… quiero ver tu semen resbalar entre tus muslos depilados de chica… Tócame, Imbécil…

Creí que se me fundían los oídos hasta el cerebro al oírla, aquélla voz grave y sensual que usaba sólo para el pecado, es como si aquélla voz fuese sólo para mí. No podía creerlo, pero lo cierto es que estaba deseando que aquello que había descrito, sucediese cuanto antes, sólo pensar en la mirada lujuriosa con la que me devoraría mi ama cuando presenciase aquélla escena, me hacía tener ganas de correrme. Obedecí, y metí la mano derecha bajo su corto vestido negro, bajo sus tanga húmedo y empecé a acariciar, mientras Mariposa hacia lo propio conmigo, colocada frente a mí, tapándome con su cuerpo, para que, si entrase alguien, efectivamente viese sólo a dos lesbianas.

-Aaah… así… lo haces muy bien… - musitó mi ama. Su respiración humedecía mi cara. Acercó su boca a la mía, e intenté besarla, pero me contuvo. Con la mano libre me apretó las mejillas para que abriera un poco la boca, y obedecí, y empezó a gemir sobre ella, en mis labios… el placer me hizo sentir que me fundía, me parecía que no me tenía en pie, mis rodillas temblaban. Podía sentir el calor de su aliento perfumado a apenas unos centímetros de mi piel, pero no podía tocar sus labios. Lo deseaba, lo deseaba por encima de todo, quería un beso… pero Mariposa no tuvo piedad. Sonrió y continuó gimiendo muy cerca, muy cerca de mí, pero a la vez, tan lejos…

-Ooh… Ocaso… Ama… - mi cerebro estaba demasiado embotado de sensaciones para atinar a llamarla de una manera concreta, Mariposa sonrió y acarició mi pene, sin sacarlo de los calzoncillos. La tela suave se deslizaba sobre mi piel, y el calor de su mano apretando, frotándome, me hacían ver las estrellas de gusto. Mis dedos acariciaban su intimidad, húmeda y resbaladiza, ardiente… quise meterle los dedos, pero mi ama se separó un paso, negando con la cabeza, sonriente, y acaricié sólo su clítoris, mientras ella había dejado de apretar mis carrillos y bajó esa mano a dirigir la mía. - ¿No… no lo hago bien, ama? – pregunté, preocupado, pero Mariposa sonrió.

-Ya te he dicho que lo haces muy bien, Imbécil… ¿qué quieres, que te regalen los oídos? – contestó, muy cerca de mi rostro – quiero controlar el momento exacto, tú sigue… mmmh, sigue… - Mis dedos se deslizaban sobre su perlita, en círculos, arriba y abajo, Mariposa me tenía cogido de la mano, pero no me guiaba, me dejaba acariciar a mi antojo, y eso me hizo sentirme importante, sabía darle placer… pero tenía que estar concentrado, y no era fácil, porque las caricias de ella sobre mi miembro, eran cada vez más fuertes, el placer era más intenso a cada segundo, iba a empapar la ropa interior, pero lo cierto es que no me importaba, era demasiado bueno. – Aaah… Imbécil, qué bien me lo estoy pasando contigo… Dime, ¿de verdad, no te gustó ni un poquito que ese tío te besara?

-¡No…! – dije enseguida, estremeciéndome de placer, me estaba apretando muy dulcemente, me encantaba – Me… me dio asco…

-Pero el besarte así, por sorpresa, casi nada más conocerte… - jadeó – nunca te lo ha hecho ninguna chica, ¿verdad? ¿Qué te pareció?

-Me pareció… un abuso. Y-yo no quería que me besara…

-Es horrible, ¿verdad? Que alguien te obligue a hacer algo que tú no deseas… - Mariposa había cambiado el tono ligeramente, pero antes de poder contestar, me apretó más aún y aceleró el ritmo de su mano sobre mi miembro, y eso me impidió pensar, en mi cerebro estallaron fuegos artificiales, no iba a aguantar mucho más, el delicioso picor que anunciaba mi orgasmo se cebó en la punta de mi polla y me doblé de placer, no pude evitar agarrar a mi ama por el hombro y entonces ella movió la mano con la que la masturbaba para que mis dedos la penetrasen de golpe. El sentir mis dedos en aquélla cavidad tórrida, estrecha y húmeda, palpitante de placer, aceleró las sensaciones, y un potente escalofrío de gusto recorrió todo mi cuerpo, mientras explotaba sin poder contenerme, mis nalgas se acalambraron y mis caderas se movieron solas, y mi pene se derramó en mis calzoncillos, mientras gemía sin ningún reparo, estremeciéndome entre sus brazos, y mi propia ama gemía sobre mi pecho, moviendo mis dedos a su placer, y yo sentía en ellos las contracciones de su vagina, los temblores de sus muslos… aún calmada, sus caderas daban movimientos espasmódicos y se le escapaban gemidos. A mí me picaban los labios de lo mucho que deseaba un beso suyo.

Tal como mi ama había dicho, el esperma se escurría de mi ropa húmeda y pringosa y goteaba quedamente por mis muslos. En la piel afeitada escocía un poco, pero yo sólo era capaz de pensar que había agarrado a Mariposa de un hombro, la había medio abrazado… y ella no me lo había prohibido. Mi corazón me golpeaba con fuerza y yo me mordía los labios, intentando retener el feroz deseo que sentía de abrazarla por completo, de estrecharla contra mi pecho. Mi ama recuperó la respiración y se separó de mí. Un gemido se escapó de mi garganta cuando sentí mis dedos deslizarse y salir de su interior y a ella retirarse de mi brazo. No parecía haberse dado cuenta de mi estado de ánimo hasta que me miró a los ojos, que yo mismo notaba escocidos y húmedos. Mariposa me miró con superioridad.

-¿Qué pasa? – dijo, en tono de burla - ¿Nos hemos puestos sentimentales? ¿Quiere mimitos el Imbécil…?

Estuve a punto de rehacerme, pero mi boca soltó lo que pensaba antes de que yo pudiera contenerla.

-Sí. – Mi ama me miró con gesto de sorpresa, como si no se esperase aquello. Antes de darme cuenta, estaba de rodillas, sobre el suelo húmedo y áspero del baño y me abracé a sus rodillas, hablando con voz rasgada – Por favor, ama. Por lo que más queráis en el mundo, que sin duda no seré yo… pero por favor, por favor, necesito cariño.

Hubiera querido haberlo dicho con una voz menos rota, menos cargada de mocos, hubiera querido decirlo sin que una estúpida lágrima se escapase de mis ojos, hubiera querido decirlo de pie y no de rodillas, simplemente decirlo y no suplicarlo… pero así es como me había salido, y no había ya modo de cambiarlo. Mariposa me miró, y la oí reír. Por un momento, temí que se estuviera riendo de mí, pero su sonrisa no era ya de superioridad, ni maliciosa. Era una sonrisa extrañamente triste, dulce, casi maternal… pero triste. Una vez más, parecía que yo hubiera dicho que quería la Luna, pero me acarició las mejillas con las manos y me abrazó la cabeza, apretándome dulcemente contra su vientre. Se me escapó del pecho un suspiro interminable y la abracé con todas mis fuerzas, frotando mi cara contra ella, a la vez para disfrutar del abrazo y secarme las molestas lágrimas que me cegaban.

-Mi pobrecito Imbécil… - susurró, inclinándose un poco sobre mí para acariciarme también la espalda. – cuánto tienes que aprender todavía… Eres un esclavo encantador, el mejor que he tenido nunca, pero tienes que aprender tanto… Pero eres tan tiernote, tan infeliz, que a veces, hasta me haces soñar. – Me ofreció las manos para ayudarme a levantar, y lo hice. – Bueno, cierra ya el grifo, Imbécil, que te vas a deshidratar – sonrió, secándome las lágrimas con las manos y me reí por la frase. Me sentía tan bien ahora… - Vámonos a casa. Te dejaré dormir apoyado en mis pechos, ¿verdad que te gustaría, Imbécil?

Y después de oír aquello, me sentí infinitamente mejor todavía.