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martes, 30 de abril de 2013

Una noche mágica




(Para mi compañero de hermandad, Wowero amable, por apadrinar al protagonista: Saff, te lo brindo.)


-Gracias por acompañarme, pedírselo a Román o a Kostia, era perder el tiempo. - sonrió la niña, y el chiquillo, rojo pero no del sol, asintió.

      -Son unos inmaduros. Yo ya he comprado otras veces compresas, o tampones para mi madre. No tiene nada de particular.

     -Sí, pero no es lo mismo comprarlos en el híper, que sólo tienes que cogerlas, a comprarlos en la farmacia de aquí, que hay que pedirlas... Has sido muy amable. - Tercero tomó la mano de su primo Renato y le besó en la mejilla. Éste sonrió más y continuaron andando por el paseo marítimo, camino de la casa de los padres de la niña. “También ha sido una faena”, pensó el chiquillo, mirando la toalla que su prima llevaba anudada a la cintura. Justo el día que sus padres no bajaban con ellos, a Tercero le llegaba su primera menstruación. No es que se hubiera asustado mucho, pero un poco sí; ella sabía que estaba en edad de que eso le sucediese, otras compañeras de su clase habían empezado con ello durante el invierno, ella ya había recibido la charlita de parte de tía Irina, su madre, y aunque no le había hecho mucha gracia, ya sabía que no podía elegir. 

    Tercero había estado jugando en el agua con todos, aunque se había quejado de dolor de estómago, y al poco rato se salió del mar. Estaba sentada leyendo cuando se dio cuenta que un hilillo rojo le corría por el muslo, y al ver que René salía también del agua, le pidió por favor que la acompañase a la farmacia, y que no dijese nada. No quería que sus hermanos se enterasen, ni preocupar a Dulcita, la hermanita de René, que tenía sólo nueve años, y aún era pequeña para enterarse que un día, le gustase o no, empezaría a tener dolores y a sangrar. Renato se dio cuenta que su prima estaba a punto de llorar de vergüenza y accedió, le prestó su pantalón y ella se envolvió en la toalla, para que si lo manchara, nadie lo viese, y él mismo pidió las compresas en la farmacia. Ahora estaban camino de casa de Tercero, donde sabía que le esperaba otra charlita “de mujer a mujer”. Tercero odiaba esas charlas, porque ninguna iba destinada a contarle lo que quería saber: cómo podía librarse de tener la regla, por qué tenían que tenerla las chicas y no los chicos, por qué tenía que doler, por qué tenía que crecerle el pecho, por qué ahora los chicos y los hombres la miraban, por qué esas mismas miradas avergonzaban y dolían... 

     -Hola, guapita, ¿de paseo con el primito...? - Tercero se dio cuenta que Renato le había vuelto a agarrar la mano, y levantó la cabeza. Había dos chicos frente a ellos, Tercero no sabía cómo se llamaban, pero ya los había visto el primer día de vacaciones, la habían silbado y dicho una burrada, y cuando ella los mandó a freír churros, ellos lo encontraron muy divertido y se acercaron más a ella. Entonces, habían llegado Román y Kostia, sus dos hermanos mayores, y los dos chicos se largaron. Pero hoy, sólo estaba René. Era cierto que los dos matones no eran mucho mayores que ellos, pero René era delgado, uno solo, y desde luego no imponía como lo hacían las espaldas anchas y los brazos enormes de sus primos. 

      -Largaos por ahí - dijo René. Tampoco su voz había cambiado como ya habían hecho las de sus primos, y su intento de ponerla gruesa, no llegó muy lejos. A Tercero le parecía que la regla, le había robado el valor. Otro día cualquiera, no le hubiera importado alzar la cara e insultar a esos matones, e incluso llegar a las manos,... pero hoy no podía, hoy sólo querían que la dejasen en paz, e intentó seguir caminando, pero los dos chavales se rieron y les cerraron el paso.

     -Huy, el pequeñín se quiere hacer el hombrecito... ¿buscas jarana, riquín...? - dijo el más alto de ellos, el rubio. 

     -No. No quiero haceros daño. - Faroleó Nato, y nuevas risas de prepotencia le contestaron. 

     -Sí, das mucho miedo, tú... ¿a que da mucho miedo? - contestó el otro, de cabello más oscuro, y le dio un empujoncito en el hombro. No se esperaba que Nato lo devolviera, pero lo hizo, con las dos manos, y casi se cayó de culo. - ¡Serás gilipollas! - El otro intentó agarrar a Nato mientras el primero echaba el puño hacia atrás, Tercero hizo ademán de morder la mano con la que agarraban a su primo, y Nato alzó el brazo para cubrirse la cara, convencido de que sus sesos terminaban el día despachurrados sobre el paseo, pero dispuesto, mientras los tuviera en su sitio, a esquivar y pegar todo lo que pudiera. 

    -¿Qué pasa aquí, por favor? ¿Hay teatro callejero y no nos hemos enterado? - Y entonces, la salvación en forma de policía.  - Más que nada porque me gusta mucho, pero hay que pedir permiso al Ayuntamiento para hacerlo, y sé que no lo habéis hecho. Si lo hubierais hecho, yo me habría enterado y estaría de público, así que como no es teatro, ¿qué pasa aquí?

    -No están molestando. - dijo Tercero sin dudar. Era la pequeña de tres hermanos, y sabía que esas, eran las palabras mágicas, y más si eres una niña. El policía negó con la cabeza. 

      -César, Chema - eran los abusones - No es la primera vez que os lo digo: Sabéis que no puedo deteneros por molestar a la gente y a las chicas, pero no me gusta lo que hacéis, no me gusta nada. Y claro está que tampoco me gusta lo que las monjas os hacen a vosotros cuando voy a hablar con ellas por los problemas que causáis... - ante la mención de las monjas, César palideció y Chema boqueó, como si fuera a hablar, pero el policía alzó una mano - pero lo voy a tener que volver a hacer si seguís en éste plan.  No quiero, pero si no me dejáis otra alternativa, tendré que hacerlo. Así que hale, al chiringuito a trabajar, y dad gracias que habéis dado conmigo, porque sabéis que el  Capitán, a estas alturas, ya estaría en el Hogar llevándoos de las orejas. Venga. 

     Los dos abusones echaron una mirada furibunda a Nato, una promesa de que cuando lo encontrasen sin policía o adultos cerca, iban a leerle la cartilla, pero se marcharon con la cabeza gacha y considerable rapidez. 

    -Muchas gracias, señor. - Sonrió Tercero, y el policía, de nariz algo grande, pelo moreno y pequeños ojos oscuros devolvió la sonrisa y se llevó los dedos a la gorra.

     -Sé que son muy desagradables - dijo, mirándoles a los dos - pero ellos no están de vacaciones como vosotros, están aquí a la fuerza, y en el sitio donde están, si les dan queja de ellos... no les envían al rincón de pensar. Si os vuelven a molestar, salid corriendo y buscadme. Sabemos que trabajan en el chiringuito de la playa y del cámping,  así que siempre estamos por aquí, si no yo, mi compañero, así que buscadnos, ¿vale? 

    Nato y Tercero asintieron y se marcharon, caminando a buen paso. Ellos sabían que en el pueblo donde veraneaban, algo alejado del núcleo urbano, había un Hogar Juvenil, donde vivían o traían a chicos de once a dieciocho años que no tenían familia o  sí la tenían, pero con demasiados problemas. No se les había ocurrido que la pareja de abusones procediera de allí... El policía los vio marchar, pensativos, y continuó su ronda, precisamente de camino al chiringuito playero, para comprobar que César había vuelto allí y no se había escaqueado.

     Si bien, esto era cierto sólo en parte; la otra parte era que al policía le venía muy bien que César trabajase (o hiciese como que) en el chiringuito de la playa, porque así él tenía el pretexto perfecto para poderla ver todos los días. Y además era casi mediodía, sin duda ya tendría la cestita preparada e iría hacia la comisaría dentro de nada, así podría acompañarla también. 

    "Eres un cagado, Arcadio", se dijo el policía y sabía que tenía razón, pero tenía tanto miedo... "¿Miedo de qué? ¿Te figuras que te va a comer?", se dijo de nuevo. No, desde luego que no, pero después de lo que sucedió el año pasado, caray, no era así de sencillo. Arcadio llegó a la rampa de madera que terminaba en la playa y comenzó a caminar por la arena. No le gustaba nada andar por la arena con los zapatos puestos, eran de tipo mocasín y siempre se colaba arena, hubiera sido mucho más cómodo descalzarse, pero estando de servicio, no lo podía hacer. O podía hacerlo, siempre y cuando el capitán no se enterase. Antes de que llegase el capitán Bruno, las cosas eran más relajadas, en el pueblo jamás pasaba nada, y los cuatro policías que había, se habían tomado las cosas muy a su manera, patrullando en pantalones cortos o hasta en chanclas, ¿para qué más molestias, si allí jamás pasaba nada? Cuando se producía algún tirón de bolso o desaparecía una cartera, tan sólo había que preguntar en el Hogar Juvenil. Por regla general, cada año era un o dos chicos en concreto, así que no había ni que preguntar. Pero llegó el Capitán Bruno, y se acabó la buena vida: todo el mundo a llevar el uniforme reglamentario, se acabó lo de hacer recados mientras se hacía la ronda, nada de hacer la vista gorda con coches mal aparcados... Arcadio sabía que si se le ocurría descalzarse para andar por la playa, nadie del pueblo le iba a ir con el cuento al capitán, pero, César, quizá por fastidiarle... mejor no dar motivos.

    "Lo que pasó el año pasado, ¿es que acaso la violaste? Que tú sepas, le encantó", pensó de nuevo, ya acercándose al chiringuito, del que salía una alegre música caribeña. Y sí, que él supiera, a ella le había encantado, pero la pega estaba en el "que él supiera". Por lo que él sabía, era probable que ella ni lo recordase, y eso tampoco era ético. Cuanto más lo pensaba, más liado se encontraba. A lo primero, pensó que habían tenido una aventura maravillosa, pero ahora, estaba cada vez más convencido de que la había violado, y ella ni lo recordaba. Y el que se viesen sólo en temporada de verano, dificultaba más aún la situación. Aurora, o Aura como la llamaban todos, durante el invierno vivía en su casita, ya en zona de montaña. Allí hacía cestos y echaba las cartas. Ambas cosas, cestos y cartas, las bajaba al pueblo los días festivos, cuando el pueblo recibía visitantes, que, en tiempo de invierno, eran pocos. A partir de Semana Santa, ya se mudaba al pueblo, a regentar el chiringuito y echar allí las cartas, y no volvía a subir a su otra casa hasta final de Septiembre, cuando ya no quedaban veraneantes. A Arcadio le había gustado Aura desde la primera vez que la vio, hacía ya seis años, y en un principio, pensó que él también le había gustado a ella, a juzgar por cómo le sonreía y le miraba, pero no fue el único que lo notó: sus tres compañeros también se dieron cuenta, y empezaron las bromitas. 

     Arcadio, soltero entre tres casados, se sentía como un pez fuera del agua; todo el mundo le daba consejos, le cicateaba, le daban empujoncitos cuando ella estaba cerca... pero eso, sólo le producía mayor timidez aún y ponerse más a la defensiva. No se atrevía a lanzarse, no había caso, le daba demasiado corte. Y la manera de ser de ella, no mejoraba nada. Pero nada, nada. No era la primera vez que Aura le recibía con un "Huy, Arcadio, pero qué guapo estás hoy", y le importaba un cuerno si había delante más gente o no. O le daba un besito en la cara. Una vez, no lo olvidaría, estando delante el sargento Buenavista, Aura le dijo "¿qué hay ahí?", Arcadio miró, no vio nada, y al volverse para preguntar dónde, su boca chocó contra la de ella. El sargento no pudo parar de reír hasta que llegaron al cuartel, y quizá no tanto por el beso, ni porque él  se hubiera sonrojado, sino porque al recibir el beso, le soltó "¡mala, mala!". Le salió sin darse ni cuenta, simplemente... no es que el beso le hubiera molestado ni disgustado, es sólo que no se lo esperaba, le pareció que ella no debió habérselo robado sin más. Es cierto que luego, pensándolo, la cosa de que una chica le robase un beso, le parecía muy divertida y muy excitante, pero en el momento, reaccionó como un crío de cinco años. No, probablemente un crío de cinco años hubiera tenido más desparpajo que él. 

    -Buenos días, Arcadio. - sonrió Aura, desde detrás de la barra del chiringuito, donde también estaba César, cargando cajas de cerveza. - Ya tenía la cestita lista, ¿nos vamos? - El policía asintió, y la joven se volvió hacia el muchacho. - Te recuerdo que tengo contado el dinero que hay en caja; cuando vuelva, no puede haber menos, ¿nos entendemos? - César asintió de mala gana, Aura tomó la cesta y echó a andar, acompañada de Arcadio quien le pidió llevarla él mismo, como hacía todos los días, y como todos los días, ella amablemente se negó.

     Mientras se alejaban, César hizo un gesto muy grosero con el dedo corazón y abrió la caja registradora para contar el dinero para coger un pellizco; lo repondría con el siguiente imbécil que se tomase una cerveza, pero al sonar la campanita de la caja, oyó un maullido a su espalda. Se volvió. 

      -¿Tú qué miras, ojopipa? - dijo al gato negro que le miraba. Era el gato de Aura, se llamaba Sócrates, y César le decía “ojopipa” porque el animalito era tuerto. Estaba medio oculto tras el arcón congelador, pero parecía mirarle con la cuenca vacía. Le daba asco y levantó un botellín, amenazante, a pesar de saber que el animal no le veía, no estaba en su campo de visión, pero aún así, al levantar la cerveza, el gato se erizó y sacó las garras, emitiendo un bufido. El chico dio un paso atrás y cerró el cajetín de la caja registradora con la espalda, y entonces el gato se calmó. Maulló nuevamente, pero se sentó, en la misma postura que antes, con medio cuerpo tapado por el arcón, de modo que sólo quedaba a la vista la mitad de su cara y su ojo vacío. César torció la boca, bicho asqueroso... 

    -Por favor, tú ya estás trabajando, no te voy a hacer que hagas mi trabajo encima. - Contestó Aura cuando Arcadio le pidió llevar la cesta, le sonrió y se le quedó mirando, sonriente. Arcadio aguantó uno o dos segundos, luego volvió la cara. No era capaz ni de eso, ni de aguantarle la mirada. Lo del año pasado había sido una locura, una canallada, ¿cómo había podido ser tan guarro, tan vil? 

    El verano pasado, al igual que todos los veranos, en el chiringuito se hacía la "fiesta de fin de vacaciones"; la playa se llenaba de parejas, tanto del pueblo como de fuera de él, y se apuraba toda la bebida y comida que quedaba y que ya no se iba aprovechar. La policía nunca faltaba a esa fiesta, el capitán estaba completamente a favor de vigilar las fiestas, para evitar que ningún borracho montase líos. Los demás guardias, hasta el momento, habían creído que sólo iban para disfrutar de la fiesta, pero a raíz de la llegada del capitán, resultó que sí, habían estado allí para proteger el orden, no faltaría más. El caso es que esa noche, acompañado de su mujer y sus dos hijos pequeños, hasta el capitán se relajaba un poco, de modo que sus hombres podían descalzarse y arremangarse las perneras de los pantalones para meter los pies en el mar, y hasta disfrutar de una cerveza y unas raciones a mitad de precio, o incluso gratis, porque Aura solía invitar a la policía. El verano pasado, ya muy tarde, tanto que la mayor parte de la gente se había marchado y el capitán, con su hija pequeña dormida en los brazos decía a sus hombres que se marchasen también, él se había quedado un ratito más.  Aura llevaba una flor en el pelo y el tirante de la camisa le caía por un hombro, ella también había bebido un poco. Le puso una cerveza más y al inclinarse para ponerla frente a él, le besó en la nariz. En esa ocasión, Arcadio no la llamó mala ni se molestó, le dio la risa tonta. Hubiera querido decirle lo guapísima que estaba, lo mucho que le gustaba, todo lo que la iba a echar de menos cuando al día siguiente se marchara. 

     -Aura, qué... qué cosas te diría, si tuviese valor. - dijo en su lugar.

     -¿Sabes que yo te puedo dar valor líquido, para beberlo? - había contestado ella. Arcadio había sonreído sin creérselo, pero ella le hizo pasar dentro de la barra con ella, y le habló de una bebida que al parecer hacía su abuelo en la guerra, para darse valor entre los soldados, llamada “saltaparapetos”, y la preparó. Arcadio no supo qué llevaba, sólo la miraba, la veía coger botellas, mezclar cosas, y entonces le puso una copa delante de él - Anda. Pruébalo. 

    Arcadio había mirado la bebida, y luego a ella. Había olido la copa, olía muy raro, pero ella no dejaba de sonreír, y sacaba la lengua entre los dientes cuando lo hacía, y tenía una cara tan pícara y graciosa... Tomó la copa y bebió un buen trago. Tuvo que tomar aire, abanicándose la boca, y le dio la impresión de haber tragado fuego, ¡el orujo casero que preparaba la mujer de Buenavista, era zumito al lado de aquéllo! Y aquél, era el último recuerdo claro de verdad. A partir de ahí, las cosas comenzaban a difuminarse, pero sabía que al momento de tomar aquél mejunje, se había sentido capaz de todo. Si le hubieran dicho que se enfrentase a un rinoceronte con un mondadientes, lo hubiera hecho sin dudar. Y al ver a Aura delante de él, no tuvo dudas, ni miedos, ni nervios por vez primera en su vida, la besó y la inclinó sobre la barra, sintiendo la risa de ella en su paladar, su sabor dulce y casi burbujeante. Aura se dejó reclinar, acariciándole la nuca con una mano y desabrochándole la camisa con la otra, mientras él le tiraba de los tirantes de la camisa y los bajaba, dando un gemidito al ver que no había debajo bikini ni sostén alguno. 

      Ella se había reído, lo recordaba bien, cuando él empezó a besarle los pechos y le hizo cosquillas en los pezones. Y las manos de ella, perdidas en su camisa, acariciándole la espalda, eran lo más suave que había sentido jamás. “En aquél momento, estaba convencido de que le gustaba... claro, ¿cómo no le iba a gustar, si estaba tan bebida como yo? Ninguno de los dos podía razonar”, pensó Arcadio, caminando junto a Aura, de camino a la casa-cuartel. 

     “Sueño... recordando nuestro ayer... en los días que se han ido... sin saber por qué”

Arcadio notó que la letra aparecía en su mente, era porque Aura tarareaba esa canción por lo bajo mientras caminaban; no hablaban, pero eso a él no le importaba, el silencio con ella no era incómodo, era agradable. Suspiró. También “aquéllo” había sido agradable. Increíblemente agradable. 

     El policía había cubierto de besos el pecho de Aura, mientras ella le abrazaba con las piernas y suspiraba, acariciándole las pantorrillas con los pies. Arcadio se echó mano al cinturón, pero cuando ella oyó el tintineo de la hebilla, le pidió que esperara. Arcadio no podía parar, no podía detenerse, debió haberlo hecho, pero no fue capaz, y sus pantalones cayeron al suelo mientras él no dejaba de besar. Riendo, ella logró alcanzar la caja registradora con una sola mano, agarrar el sobre del dinero y cerrarla. Arcadio vio que el gato de la joven pegaba un salto y se subía a la barra, Aura le daba el sobre y el animal se marchaba a grandes saltos, con él en la boca. Al policía no le pareció raro en aquél momento, aunque ahora pensaba que sin duda, aquél debía ser uno de esos detalles poco claros de su recuerdo. 

     Ella había echado a correr por la playa, eso lo sabía. Iba derecha hacia el agua, volviéndose a cada poco para ver que él la seguía, y Arcadio lo había hecho, sujetándose el pantalón con una mano, dando tumbos y haciendo eses, pero había llegado y se había dejado caer en la orilla, y ella le había besado allí, en la arena, con el mar acariciándole los pies y las piernas hasta media pantorrilla. El agua, todo el día bajo el sol, estaba medio tibia, era agradable sentirla en los pies, pero era infinitamente más agradable la lengua de Aura en la suya, acariciándole el interior de la boca, explorando dulcemente, haciendo cosquillas en el paladar y las mejillas, haciendo que su estómago girase cada vez que se frotaba con la suya, tan calentita, tan juguetona...

    Lo siguiente que recordaba, era estar sentado sobre su camisa, con el pantalón abierto y ella a caballito sobre él, meciéndose con toda calma, plácidamente sobre su erección y acariciándole la cara y diciéndole cosas. Sabía que le había dicho muchas cosas, que habían bromeado y se habían dicho tonterías y habían tenido lo que el cabo Fontalta llamaba “charla de almohadas”, pero él no era capaz de recordar nada, ni una sola frase. Aquéllo le daba rabia, ¿qué habría dicho ella? ¿Y si  le había pedido que se detuviera y él no lo había hecho, y si había aprovechado lo mucho que habían bebido los dos para hacerla hacer algo que en realidad no deseaba hacer...? Sería muy miserable. Y tanto más cuando no podía dejar de recordar lo delicioso que había sido, ella haciendo círculos interminables sobre su polla, y además muy despacito, saboreando, y haciéndole saborear a él, ¡qué gloria! No es que Arcadio fuese un casanova, pero había tenido una novia durante seis años y podía comparar, y lo de Aura, no era comparable a nada, jamás había tenido un polvo tan dulce y placentero, era sencillamente perfecto, cada suave roce de su sexo sobre el suyo le hacía sentir que se derretía, que no tocaba el suelo; la excitación crecía muy-muy despacio, de forma tan gradual que podía sentir con toda claridad cómo cada sensación placentera era ligeramente mejor que la anterior. 

    Por un lado, su cerebro se sentía avergonzado al recordar aquéllo, por otro lado, había sido tan bueno, que su corazón no podía evitar recordarlo, cómo el modo en que ella reaccionó cuando... él tenía las manos dentro de su falda, aquélla falda larga y vaporosa que era como de tul, no tapaba nada, pero la idea de tener las manos dentro de ella, le parecía más excitante que el hacerlo sin ella, y Arcadio acariciaba los muslos de la joven, las nalgas, y entonces, le hizo cosquillas en ellas, y Aura se rió y le apretó entre los muslos, y toda su vagina dio un apretón delicioso en torno a él que le volvió loco. 

    -¡No, cosquillas no, cosquillas noo...! - se había reído ella, pero él no había parado, le había gustado tanto que se riera y diera ese apretón, que tuvo que repetirlo, y siguió haciéndole cosquillas en las nalgas y los muslos, en la cara interior, subiendo hasta la tripa... y Aura no dejaba de reír y reír, y su coño le apretaba y se estremecía, y Arcadio sintió que no aguantaba más, ¡era tan suave, tan húmedo y caliente, tan enloquecedor...! Sus caderas dieron un golpe y sus manos se crisparon sobre las nalgas suaves de Aura, que no dejaba de reír y moverse espasmódicamente sobre él, mientras el pobre Arcadio sentía que se le iba la vida por entre las piernas, que el placer le vencía y le calmaba el intenso cosquilleo, en olitas de gusto delicioso que le dejaban sin fuerzas... Oyó gemidos, gemidos dulces, y sintió su cuerpo tirado por completo sobre la arena suave y fría, y las tetas calentitas de Aura en su pecho, mientras ella le besaba entre sonrisas y le hacía mimos en las orejas, y le llamaba sinvergonzón... 

    “Eso sí lo recuerdo. Me dijo que era un sinvergonzón. ¿Qué más pruebas quiero de que no estaba conforme con lo que hacíamos?” se dijo Arcadio, ya viendo de lejos la casa-cuartel. Miró a Aura, ella le devolvió la mirada con una gran sonrisa, toda amabilidad, toda simpatía... y se sintió como un miserable. Ella no recordaba nada en absoluto. Mejor para ella por un lado, pero por otro, ¿qué clase de hombre era él? Y a la mañana siguiente, había huido como un cobarde.

     Arcadio no sabía cómo había salido de la playa, no lo recordaba, pero había sido vagamente consciente de una cama, y ella de nuevo sobre él, mientras él le atenazaba las tetas con las manos, dándole apretones, hasta que ella le tomó de las muñecas y le apretó los brazos contra la cama, mientras se movía de atrás adelante, moviendo las caderas, frotándose contra él, gimiendo como una gata... “me sujetó de los brazos. No quería que yo me moviera, no quería hacer aquéllo, pero en lugar de ser un caballero y pararla, la dejé seguir sólo para complacerme”, pensó. Aura había seguido moviéndose, diciendo cosas raras, cosas que él no recordaba, pero lo que no se le olvidaba, eran sus ojos: verdes, completamente verdes, y húmedos. “Quizá estaba llorando. Quizá le dolía, pero siguió adelante por mí”. Arcadio recordaba que él estaba en la gloria. No reconocía nada del sitio dónde estaba, sólo la cama, pero en aquél momento le daba igual, porque ella estaba encima de él, dándole gustito al pirulo, y eso era todo lo que le importaba. “No es cierto. No era TODO lo que te importaba. En aquél momento creíste que ella gozaba contigo, que también lo estaba pasando bien, y eso te hizo feliz”, pensó. “Puede, pero estaba borracha, no era dueña de sí misma, aunque me siguiera el juego, no debí ni haber empezado. Perdí el control por culpa de la bebida y me aproveché de ella”. 

    No sabía si era verdad. No sabía qué era verdad. Sólo sabía que ella había seguido moviéndose, sonriente sobre él, a su antojo, apretándole de las muñecas, sin dejar que la tocara, y poniendo sonrisas más abandonadas cada vez, gimiendo más agudamente cada poco rato y sin dejar de mirarle con picardía y placer, hasta que Arcadio vio que ella sonreía más, cerraba los ojos, pero intentaba abrirlos para mirarle y se frotaba más deprisa... él intentó corresponder, pero no fue capaz, no podía mover un músculo, pero ella debió notarlo, porque bajó el ritmo. Boqueó en busca de aire, gimió bajito, y Arcadio supo que ella se corría, y él iba a hacerlo también, muy despacio, muy lentamente... sintió las cosquillas crecer, el picorcito zumbar perezoso, extenderse con una lentitud tan torturadora como una lágrima de chocolate denso, produciendo un cosquilleo devastador que le hizo temblar de pies a cabeza, mientras veía que ella abría la boca en una sonrisa extasiada mientras ponía los ojos en blanco de placer y su sexo se contraía, abrazándole la polla, y él se derramaba dentro de ella... casi notó su propia descarga salir gota a gota y recorrerle el miembro, en cosquillas ardientes, mientras Aura se dejaba caer sobre él. Sólo entonces le soltó las muñecas y él la abrazó. 

     Con el primer rayo de sol, Arcadio había abierto los ojos, para encontrarse en la cama de Aura, en la casita donde vivía ella en verano. Entonces, el miedo cayó sobre él como una losa, y sólo fue capaz de huir; se vistió a toda prisa, salió de la casa y corrió al cuartel, rezando porque nadie le viera. Y nadie le vio. Sólo su conciencia. Ese mismo día, Aura se había marchado a su casa de invierno y hacía unos meses había vuelto. Él había querido explicarse, disculparse, pero ante su asombro, ella no le reprochó nada en absoluto, se comportó con él tan divertida y pizpireta como siempre. No parecía recordar nada. Claro que también estaba la posibilidad de que le diese exactamente lo mismo, y Arcadio no sabía qué era peor.

    Aquello, de todos modos, le había ofrecido un poco de tiempo para pensar, ¿debía decírselo, o callárselo? De cualquiera de las dos formas, quedaba como un canalla, o como un idiota. “Tengo que ser fuerte. He de decírselo, aunque no sé cómo...”, pensó Arcadio ya llegando a la casa-cuartel; se hizo a un lado para cederle el paso, mientras el cabo Fontalta entraba tras ellos, con una gran sonrisa.

     -¡El suministro! - dijo Aura muy alegre, nada más entrar. El capitán y el sargento sonrieron y gruñeron de alegría. Todos los días, la joven llevaba una cesta con bocadillos y bebidas frías para los policías, una costumbre que el capitán no había eliminado y que parecía gustarle. Según él, era una manera de incentivar el pequeño comercio del pueblo. Según los hombres, era una buena manera de comer a mitad de precio; Aura siempre hacía descuentos a la policía y, qué demonios, tenía una mano para guisar, que un bocadillo suyo sabía a gloria bendita. El capitán pagó a la joven y ésta se marchó, dedicando una gran sonrisa a Arcadio, quien no dejaba de mirarla mientras se alejaba, caminando descalza por el paseo marítimo. De forma maquinal desenvolvió su bocata y se lo llevó a la boca, y estuvo a punto de llorar. 

     -Mmmmmmmmmmmmmmh..... - gimió con tal desamparo que el capitán, a su espalda, se le quedó mirando. La tortilla de patatas de su bocadillo estaba deliciosa, exquisita, exactamente como a él le gustaba: con su cebollita dorada en su punto, perfecta de sal y ligeramente poco hecha; sin que quedase el huevo tipo moco, pero tampoco seca, lo justo para que se empapase el pan crujiente y todo quedase jugoso... Había sido un absoluto canalla con una chica tan maravillosa... 

     -Eeh... Arcadio, ¿qué tal? - preguntó Bruno, el capitán. 

     -Perfecta. Es... es perfecta. - contestó el citado, sin dejar de mirar a la joven  que se alejaba. 

      -¿Qué opinas, capitán? - susurró Buenavista, señalando con la mirada a Fugaz, que es como llamaban sus compañeros a Arcadio. 

     -Opino que a éste chico le hace falta un Polvo, como el comer. - diagnosticó el capitán, y Buenavista y Fontalta asintieron en silencio. 

sábado, 27 de abril de 2013

Móntame, Vaquero.



       -“A lo loco, a lo loco, hay que ver cómo vive Fulano….” – iba cantando para sí y haciendo un poco el bobo bailoteando por los pasillos, aún desiertos, del instituto. Amador Yagüe, cuarenta y tres años, profesor de Geografía e Historia, tenía motivos para sentirse contento. Sabía que era, con mucho, el más guapo del profesorado masculino, y quizá no tanto por serlo realmente, sino por creer que lo era. Todos los alumnos decían de él que era un cachondo mental y tenían razón, se ganaba el corazón de todos con sus bromas y las anécdotas históricas que contaba. Sabía ser severo cuando se terciaba la ocasión, pero realmente se terciaba muy poco, porque su buen humor permanente hacía muy difícil enfadarle, y su manera de reírse de sí mismo, inútiles todas las pullas o motes contra él.

    A Amador le encantaba el teatro y se apuntaba a todas las obras que planeaba Nazario, el jefe de estudios, y más si eran cómicas… sólo había puesto una pega en la última que habían hecho para Navidad, porque era un poco picantona, y no quería representar el papel masculino principal, el del Fontanero, porque eso implicaba tener unas cuantas escenas algo subidas de tono con Viola, una profesora muy joven. No es que le diese corte, pero eso le podía haber buscado un bollo con su mujer, y a él le convenía ser muy discreto… Finalmente, había hecho de secundario, cosa poco habitual en él, y el papel de Fontanero lo había interpretado Cristóbal el de Químicas, que por más señas, había acabadoliándose con Viola, pero esa era otra historia. 

     Camino al vestíbulo para recoger el correo en conserjería, se detuvo frente a la pecera que había en la pared del mismo, pero no quería mirar a los pececitos, sino su reflejo en el cristal. Se peinaba hacia atrás, y es cierto que tenía entradas en las sienes, pero le quedaban muy bien. El pelo se le rizaba en la nuca y lo llevaba ligeramente más largo de lo que hubiera sido formal. Tenía unos ojos pequeños y pícaros y una nariz, aunque curvada, no demasiado grande. Su boca era una eterna sonrisa. Es cierto que no era muy alto, pero estaba bien hecho, ancho de pecho y todavía estrecho en la cintura… hay que reconocer que esa estrechez se estaba empezando a perder por lo mucho que le gustaban todos los fritos, pero con la ropa puesta, todavía pasaba por tener bien poca tripa. Entre las alumnas se decía, y él lo sabía, que tenía pinta de cantante de rumbas, de esos que sólo cantan en verano y que ya tienen unos añitos pero no sólo no resultan ridículos en absoluto, sino que siguen haciendo las delicias de madres… e hijas. Sonriendo a su propia imagen, se alisó el cabello de los lados y se dedicó un rugido a sí mismo. 

     -Buenos días, señor Yagüe. – dijo el conserje de noche, que, ya a punto de irse, entraba con varios sobres en las manos. 

     -¡Muy buenos, Alfonso! Y Amador, nada de “señor Yagüe”, hombre, que llevas veinte años aquí… - El anciano conserje sonrió, pero antes de poder contestar, el profesor se dirigió a cogerle el correo. – Ah, ¿has recogido el correo?

     - Sí, como siempre, pero antes recogí el correo – Vladimiro era el conserje de noche, trabajaba hasta las siete u ocho de la mañana, y entre que era ya algo mayor y que debía afectarle lo del sueño cambiado, con frecuencia hablar con él era como pretender hacerlo con un personaje de “Alicia en el País del Espejo”. Los estudiantes le llamaban “Vladi DosVeces”, porque solía repetirlo siempre todo. – Por cierto, una cosa algo rara, mire… publicidad, publicidad… y mire qué cosa más rara, una carta dirigida a un tal “Vaquero”, ¿usted lo entiende?

   -¿El Vaquero? – se rió Amador – Ni idea, me suena alguna bromita, o publicidad… bueno, dame, ya veremos. ¡Hasta luego! Oh, y, ¡acuérdate de abrir las puertas!

    -Desde luego, señor Yagüe…. Enseguida, en cuanto abra las puertas. – murmuró más bien para sí.
    Amador se marchó casi corriendo hacia la sala de profesores, sobre la primera mesa que encontró dejó el correo… menos la carta para el Vaquero, que se guardó en su carpeta precipitadamente, poco antes de que entrasen Cristóbal y Viola… bueno, digamos que entró Cristóbal, porque Viola realmente casi voló por un azote de su compañero, que la proyecto a través de la puerta abierta, entre las risas de la joven maestra. Vivían juntos desde principios de año, pero al parecer, no hacía más que unos días que habían empezado a hacer “otras cosas” juntos, además de compartir el piso, y eso les hacía estar algo retozones. 

     -Formalidad, niños… - les dijo Amador, con una gran sonrisa – Que como os vea Nazario, la va a montar. 

     -No hace falta, ya “la monto” yo… - Bromeó Cristóbal yendo a sacar dos cafés de máquina, mientras Viola soltaba la carcajada y parecía radiante de felicidad. “Qué cabrito” pensó, divertido, Amador “Qué bien le ha salido el tiro de la cornamenta… casi, casi, tan bien como a mí”. 

      Y tenía razón. Él era el Vaquero, y aquélla carta perfumada que se había guardado, era para él. Su esposa no debía enterarse, y para eso, lo mejor era que no se enterase nadie, que todo el mundo siguiese pensando que su matrimonio era feliz y perfecto… En el caso de su compañero, era un secreto a voces que había tenido varias aventuras hasta que su mujer se enteró de lo de Viola y le pegó la patada. Eso, no le pasaría a él, no, señor. Amador sabía que iba sobre seguro, era la discreción personificada y tomaba buenas precauciones. A él no le pescarían en un marrón. 



                                                                           *********



      “Querido Vaquero (decía la carta); no puedo dejar de pensar en ti. Nuestras ardientes conversaciones por internet me humedecen constantemente cuando las recuerdo.  No dejo de pensar en tenerte sobre mí, en que me cabalgues hasta el cansancio, y que me hagas gritar como a la perra que soy… sé que tú también estás casado y quieres a tu esposa. Yo también amo a mi marido, no puedo dejarle… como tampoco tú la dejarás a ella, me lo has dicho, y lo asumo… pero no me resigno a no probar esa maravilla de la Naturaleza que tienes entre las piernas y cuya foto me has mandado… mmmmmh… sólo el pensar en ella me pone como loca, creo que en cuanto acabe de escribirte, voy a ir al baño a tocarme. Sí, es lo que voy a hacer, y te lo pienso dedicar, voy a meterme los dedos como una fiera, sudaré despeinada mientras muevo mis caderas y cuando me corra jadeando como un animal, gritaré tu nombre: “Vaquero”….”

      De haber estado a solas, Amador hubiera silbado de admiración, pero estaba en medio de un control, supuestamente vigilando a sus alumnos, de modo que se aguantó. Miró hacia abajo y dio gracias porque las mesas de los profesores tuvieran una plancha de madera frontal que le tapaba por completo las piernas… y lo que había entre ellas, porque la cartita le había puesto a presentar armas. La idea de tener una aventura a espaldas de su mujer, le excitaba muchísimo. No era la primera vez que se atrevía a ello, era ya la tercera en dos años, y aunque la primera vez se había sentido muy raro y con una culpabilidad enorme, eso ya lo había superado, y ahora sólo quedaba el morbo, los nervios agradables, la impaciencia… Estaba deseando encontrarse con Potrilla, que ese era el nombre de su amante. 

    Se habían conocido en un chat. En un principio, ella se llamaba Insaciable, pero al conocer al Vaquero, se había encaprichado de él tanto que se cambió el nick a Potrilla. Habían mantenido conversaciones muy subidas de tono, cibersexo que se llamaba ahora, y finalmente, tras mucho insistir, ella le había mandado su foto… desnuda. Una mujer guapísima, algo menor que él, pero también hecha y derecha, casada ya y con hijos, pero aún atractiva y de buena figura. Y lo más importante: con ganas de sexo, que era lo que él buscaba. Él había correspondido mandándole un par de fotos suyas, una en la que se le veía de cuerpo entero, vestido, y otra en la que sólo se veía… “lo importante”. A Potrilla le había encantado, “el de mi marido, no es ni la mitad”, había dicho, “y lo peor es que él asegura que aunque no sea gran cosa, sabe usarla, pero te garantizo que no es verdad. Mi marido se cree que todo son cariñitos y mimos y miel… y yo necesito que me follen, punto”.
    Hacía unos días, habían decidido quedar para verse, y para concertar la cita, era mejor el correo normal.  Polita, la mujer de Amador (se llamaba Amapola, pero a ella le parecía que era un nombre demasiado pretencioso, y prefería el diminutivo), tenía su contraseña de correo electrónico y cuando miraba el de ella, solía mirar también el de él. No por cotillear, porque Polita tenía confianza absoluta en su marido y ni se le pasaba por la cabeza que hubiese tenido aventuras, sino por leer los chistes que le mandaban y mirar la publicidad del Corte Inglés que recibía en su cuenta. Como, naturalmente, tampoco podía recibir en su propio domicilio una carta dirigida al Vaquero y encima perfumada, le dio a Potrilla la dirección del Instituto. Él hacía lo propio, mandándole la contestación a su trabajo. Potrilla trabajaba como administrativa en unas oficinas de una agencia de viajes, no muy lejos del instituto. 

     “Necesito verte, no puedo aguantar más. El viernes por la tarde, mi marido cree que tengo una reunión de trabajo, tengo que verte este viernes. Necesito tenerte entre mis piernas empujándome tu gran polla, o me volveré loca… Como mi empresa me da cheques de viaje, puedo conseguir una habitación de hotel a muy buen precio. Pásate a eso de las tres por el Hotel Maravillas y pide por la habitación 205, te darán la llave. Es seguro que esté, pero si acaso no he llegado por cualquier motivo, puedes esperarme desnudo, o en ropa interior… si yo llego antes, te esperaré desnuda a ti, no quiero perder tiempo con ropas estúpidas, quiero tenerte dentro en cuanto te vea… pero, eso sí, ¿querrás hacerme un favor? Prométeme que te pondrás un sombrero de vaquero para tu Potrilla, mi semental…”

      Jolín, la niña, había tirado la casa por la ventana, el Maravillas era un hotel de cinco estrellas… le gustaba hacer las cosas bien, no cabía duda. Qué menos que corresponderle. 


                                                                   ***********


    El jueves por la tarde, Amador hizo sus compras y lo guardó todo bien doblado en una bolsa que compró también, en el maletero de su coche. Su esposa tenía coche para ella, y nunca miraba el de él, y aunque lo descubriera, podría hacerlo pasar como un simple traje que se había comprado. Polita estaba tan cariñosa como siempre, Amador era muy bueno con ella, salvando los “pecadillos” que cometía, y como de eso su esposa no estaba enterada, vivía feliz.

     -Polita, que… mañana tenemos claustro, llegaré tarde. 

     -Oh… precisamente me apetecía mucho ir al cine, ¿acabaréis muy tarde?

     -Pues… calculo que a eso de las nueve, más o menos. Si hay sesión a las diez… o mejor aún, cuando salga, te recojo, cenamos algo por ahí, y vamos a la sesión golfa, ¿quieres? Como cuando éramos novios… 

      Polita se rió con ganas, porque sabía qué quería decir su marido. Cuando eran novios, decían a sus padres que iban a la sesión golfa, pero en realidad iban a la de las ocho, tomaban algo después y tenían casi cuatro horas para ellos solitos, que solían aprovechar muy bien… en el asiento trasero del coche de Amador. Polita besó la cara de su esposo y éste le dio un cariñoso azote en el culo. Así daba gusto, pensó Amador. Podía disfrutar del delicioso cosquilleo estomacal del riesgo, y al mismo tiempo, tenía a su santa que le quería con locura. Y él a ella, naturalmente. A fin de cuentas, si hacía lo que hacía, lo hacía por ella, él no quería plantarse en los cincuenta años y darse cuenta que se había hartado de Polita y abandonarla por cualquier guarra de veinte años que le limpiase la jubilación y su pobre mujer se quedase sola para siempre… haciendo de vez en cuando una tontería, se quitaba ese capricho y no existía el peligro, valoraba más lo que tenía en casa. 

    La mañana del viernes pasó muy lenta en opinión de Amador, pero por fin llegaron las dos y se preparó para marcharse. Llamó a su Polita por teléfono antes de salir, para decirle que comía con los compañeros y luego se metería a la reunión, que no le llamase al móvil, ya le llamaría él, y que estuviese arreglada para salir por la noche. La voz de Polita sonaba ansiosa por la perspectiva del encuentro posterior… Amador estuvo en un tris de decir “no voy al claustro, digo que me duele la cabeza y me largo” e ir a por su esposa, pero se contuvo. Comió deprisa en una bocatería cercana y se metió en el cuarto de baño a lavarse los dientes y cambiarse. Se puso el traje nuevo que se había comprado, junto con la camisa, las botas y el sombrero de vaquero. Todo era blanco, salvo las botas, negras, con flecos y terribles espuelas. Se miró al espejo y sonrió complacido. Ni el J.R. en sus mejores tiempos, estaría más guapo que él. Salió del local rápidamente y se metió en su coche, siendo consciente de que su indumentaria, en especial por el sombrero, atraía las miradas… y no le molestaba. 

      El trayecto al hotel no era largo y aún faltaba para las tres cuando llegó. Miró por la ventanilla por ver si veía a Potrilla, pero ninguna de las mujeres que entraron al hotel, ni las que se veían por la acera o los locales cercanos, se parecía a ella. A las tres menos cinco ya no pudo aguantar más, y entró en el parking. 

     En el vestíbulo del hotel, le parecía que todo el mundo le miraba, y se puso bien erguido, mirando ligeramente hacia arriba, con una mano en la cintura, y, caminando lentamente, se acercó a la recepción y pidió por la 205. El recepcionista le sonrió abiertamente y le entregó la llave.

     -Que disfrute de su estancia… señor. – Amador sonrió y subió los tres pisos en el ascensor. Cuando metió la llave electrónica en la ranura de la puerta, sintió que le temblaban las piernas y tuvo que respirar hondo para intentar calmar los golpetazos que daba su corazón. 

     -¿Potrilla…. Estás? – susurró a la oscuridad de la habitación, pero nadie le contestó. Entró y cerró la puerta, encendió la luz. La habitación estaba desierta, su Potrilla aún no había llegado. Se sentó en la cama, pero sus pies tamborileaban solos del estado de nervios en que se encontraba. Con prisa, se levantó casi de un salto y empezó a desnudarse, dejando la ropa hecha un gurruño en el sofá. Se quedó sólo en calzoncillos, botas y sombrero. Al cabo decidió desatar las espuelas de las botas, estaban muy afiladas y no quería correr riesgos de hacer daño a Potrilla, y casi de inmediato se puso a doblar la ropa un poco mejor. Acababa de terminar, cuando oyó a alguien trastear en la puerta y se lanzó a la pared para apagar la luz. De momento, quería que todo fuese lo más íntimo posible. 

      -¿Vaquero…? – una vocecita femenina muy dulce acarició los oídos de Amador, a quien se le escapaba una sonrisa hasta las orejas cuando contestó.

     -¡Sí…! – Una risita, la puerta que se cierra, y de pronto un pecho cálido sobre el suyo le abraza con fuerza y se funden en un beso interminable. Potrilla le acaricia la cara hasta dar con el sombrero sobre su cabeza. 

     -Te lo has puesto… lo has traído para mí… mi Vaquero… ¡móntame! ¡Móntame ahora mismo! – la ropa de Potrilla hizo frufrú sobre su cuerpo cuando la mujer se la quitó con la misma prisa que él segundos antes. El Vaquero intentó torpemente ayudarla a librarse de ellas y prácticamente saltaron sobre la cama, frotándose el uno sobre el otro entre jadeos animales. El Vaquero la sujetó de los brazos y le lamió el cuello, llenándola de saliva caliente mientras ella daba golpes de cadera debajo de él y su respiración se agitaba, cabeceaba intentando devolverle las lamidas, intentando morderle, hasta que atrapó su oreja y la mordisqueó, metiendo la lengua a intervalos. El Vaquero dejó escapar un gemido profundo.

       -Oooh… qué animal tan travieso… vamos a tener que domar a ésta potra salvaje. 

      -Oh, sí, sí… - susurró ella. Tan pronto sintió que El Vaquero se levantaba, Potrilla se puso a cuatro patas, de rodillas sobre el colchón, mientras oía que él se deshacía de los calzoncillos. La mujer esperaba que la penetrase en ese instante, pero relinchó literalmente de placer cuando sintió que le metía la cara entre las nalgas - ¡¿Qué me haces?! – gritó alborozada, sintiendo mil cosquillas en su sexo y su clítoris haciendo chiribitas. - ¡¿Qué me haces…?! Mmmmh…. Más, más…. 

      -Así… inclínate, Potrilla, esto te hará doblegarte… - bromeó El Vaquero entre lamidas. Metió su lengua entre los labios vaginales de su amante y exploró en su sexo, sorbiendo, moviendo su lengua de dentro a fuera, haciendo círculos dentro de ella, dando golpecitos muy cerca del ano, mientras con los dedos no dejaba de acariciar el clítoris hinchado y tembloroso. Tenía los dedos empapados hasta los nudillos y los jugos de la mujer le escurrían por la barbilla, mezclados con su propia saliva, ¡y le encantaba! Con Polita hacía el amor, y era estupendo, porque era tierno, lleno de sentimiento… con Potrilla podía simplemente follar, hacer guarradas, sólo existía el placer, daba igual si era sucio, pegajoso, lleno de babas… ¡era estupendo!

    Potrilla jadeaba sin ningún reparo. Aquí no había niños que pudieran despertarse, no había vecinos con los que coincidir en el ascensor o la escalera más tarde, no había un marido empeñado en darle sólo mimitos… lo único que había era un hombre ansioso de placer y que ahora mismo le estaba metiendo la lengua en el coño hasta casi el útero, ¡y era maravilloso! ¡Qué suave y qué caliente, se retorcía dentro de ella como un delicioso tentáculo, explorando sus puntos sensibles, apretando aquí y allá, frotándose de forma deliciosamente húmeda…! Y todo ello sin dejar de acariciar su clítoris con los dedos, la estaba volviendo loca de gusto… Tenía las caderas elevadas, la cabeza apoyada en el colchón, y sus piernas querían estirarse, elevar aún más las caderas… El Vaquero le pegó un azote en el culo y le apretó las nalgas, y ella gritó y rió de placer. 

      -No te pares… aaah… no… no te pares ahora…. Por… por favor, dame más… - suplicó Potrilla, notando que su orgasmo era inminente. Oyó la risa ahogada del Vaquero a su espalda, y éste continuó con su masaje, y con la mano izquierda, empezó a coquetear en el ano de su compañera - ¡Aaaaaah….mmmh, sí, sí, sigueee! – Potrilla desorbitó los ojos, sorprendida del intenso placer que sentía por detrás y que nunca había experimentado hasta ese momento, era como si culo ardiera, ¡pero tan maravillosamente! Su clítoris tiritaba, aturdido de gozo, su interior iba a explotar de placer, y su culito se cerraba solo, intentando atrapar el dedo húmedo y resbaladizo del Vaquero que hacía cosquillas en el esfínter, acariciándolo superficialmente, entrando y saliendo sólo de las nalgas, tentándolo sin dejarle probar por entero. 

       Potrilla ya no podía hablar, apresó las sábanas entre sus manos crispadas y apretó los dientes, sus muslos dieron un poderoso temblor y todo su cuerpo se convulsionó sin que ella pudiera contenerlo, en medio de un feroz grito de pasión que taladró los oídos del Vaquero, quien seguía lamiendo como poseído, encantado de notar su lengua aprisionada por las contracciones del sexo de su compañera. Potrilla gemía y chillaba mientras su coño temblaba en titilaciones dulcísimas que repartían un placer inenarrable por todo su cuerpo… El Vaquero lamía, más lentamente, pero no dejaba de lamer, acariciar, tocar… las sensaciones se fueron espaciando y haciéndose más leves, pero también más dulces,  hasta que se calmaron y la dejaron satisfecha. 

      -Haaaaaaaah…. Uuuuuuuuuh…. Guauuu… - jadeó Potrilla, con la lengua fuera. – Ha sido bestial… 

    El Vaquero le dio un cachetito en el culo y la hizo caer de un lado de una simple presión en el costado. 

     -Como ahora estás muy cansada, ¿qué te parece si repones fuerzas mamando…? – Dijo, poniéndose de rodillas a cuatro patas sobre ella. Potrilla rió pícaramente y acarició los muslos peludos de su compañero, mirando su instrumento erecto... aún en la oscuridad del cuarto, se distinguían los contornos. Eso era lo que tantas ganas tenía de probar. Es cierto que deseaba probarlo con su sexo, pero mientras ella se reponía, bien podía hacérselo así. Se elevó sobre los codos y se lo metió en la boca. El Vaquero dejó escapar un gemido mientras ella jadeaba con su miembro entre los labios. Potrilla hubiera querido mamar como una desesperada hasta dejarle seco, pero se contuvo. No quería hacerlo tan rápido, no quería arruinarlo haciendo que se corriera demasiado pronto. Lo mantuvo en su boca, llenándolo de saliva como si tuviera un chupa-chup en ella, empapándolo en su calidez, sin apenas moverse. Muy pronto la excitación hizo jadear al Vaquero, que empezó a mover él mismo las caderas, follándole la boca. 

     Potrilla sonrió y comenzó a darle grandes pasadas con la lengua, acariciándolo muy suavemente con los labios, cosquilleándolo con la boca. El miembro del Vaquero goteaba de saliva y líquido preseminal, estaba cada vez más hinchado y más rojo. A cada lamida de Potrilla, pensaba que iba a terminar sin remedio, pero el placer inmenso que le recorría la espina dorsal se detenía justo en el punto crítico y le dejaba respirar para volver a llevarle al límite. Finalmente, la propia Potrilla no aguantó más el hacérselo tan sensualmente y lo atrapó con su boca, se colgó de él como un ternerillo y empezó a succionar con vehemencia, moviendo la cabeza y aspirando profundamente. 

     -¡Sí, SÍ! – Gritó el Vaquero sin contenerse, notando que el latigazo de placer le laceraba desde los riñones a la nuca y estaba a punto de estallar en sus pelotas, ¡qué maravillosa forma de succionar tenía Potrilla! No es que quisiera sólo darle placer, es que quería beber de él, quería que terminase en su boca, se notaba por la pasión que ponía… y… y lo iba a lograr, iba  a sacárselo todo. El Vaquero notaba su pene como al vacío, literalmente aspirado dentro de una calidez maravillosa… no podía más, no aguantaba… en medio de irresistibles temblores, sus testículos parecieron reventar de gozo y una tórrida descarga salió a presión por su miembro derrotado de placer, dándole la impresión de que se le escapaba media vida en la descarga, ¡pero con qué gusto…! Oyó cómo Potrilla tragaba mientras seguía aspirando y su lengua le acariciaba dulcemente, haciendo que se estremeciera de pies a cabeza…. Qué maravilla… qué delicia… 

     -Bueno, Vaquero… - susurró Potrilla – ha llegado la hora de que montes a tu Potrilla. – El Vaquero no se sentía muy capaz después del agotador orgasmo que acababa de tener, pero su miembro aún no había iniciado la bajada, tal vez pudiera recuperarlo. Potrilla se colocó de rodillas frente a él y el Vaquero se frotó contra su sexo, empapado y pringoso. Apenas unas caricias, notó que de nuevo su miembro se hinchaba y pedía guerra. Potrilla se inclinó para dejarle paso, y él decidió no hacerla esperar, embistió sin previo aviso - ¡Mmmmmmmmmmmmmh! – su amante se retorció de gusto sintiéndole dentro - ¡Por fin…. Haaah… oh, la siento tan grande…. Mmmh… qué bien me llena… esto sí es una polla, y no lo de mi marido….! Oooh, ¡párteme con ella! 

     El Vaquero no se lo hizo repetir, empezó a empujar como si quisiera atravesarla, ahora gemían al unísono, el cabecero de la cama golpeaba contra la pared mientras los dos se abandonaban al placer de estar fundidos. Cada embestida les abrasaba, los dos estaban tan sensibles después de sendos orgasmos que no iban a tardar mucho en llegar. La cama protestaba, los dos gritaban y jadeaban sin ningún reparo. El Vaquero se dejó caer sobre la espalda de Potrilla y le amasó las tetas hasta con ferocidad. 

     -¡Sí, así, así…. Más, mi Vaquero…! ¡Oooh… no aguanto más! – Potrilla temblaba, se le escapaba la risa y su sexo picaba de un modo deliciosamente insoportable, el miembro de su amante le calmaba ese picor y a la vez lo provocaba, la traviesa sensación iba a más y más, la gran explosión se estaba gestando y finalmente chilló hasta quedarse sin aire al notar un nuevo estallido nacer en sus entrañas y desbordarse por su cuerpo… y sólo unos segundos después, los jadeos del Vaquero se hicieron más animales y notó que se derramaba de nuevo en aquélla intimidad húmeda y estrecha que le abrazaba dulcemente en las contracciones de su placer, hasta que él también gritó de gozo, satisfecho y agotado, mientras sus nalgas se acalambraban de gusto… se dejaron caer en la cama revuelta, el uno al lado del otro, sudorosos y extenuados, pero felices. 


                                                                                    ***********


     -¿Qué película te va a apetecer ver…? – preguntó Amador a Polita, que se estaba peinando en el cuarto de baño, mientras él terminaba de vestirse. 

     -Había pensado en “La sangre de la tierra”, ya sabes, esa que matan al dueño de una explotación de vinos, y mientras buscan al asesino, empiezan a sospechar que el tío explotaba a sus trabajadores y hasta abusaba de las mujeres que curraban para él y en la familia hay unos líos que no veas… ¿quieres?

     -Bueno… aunque a mí me llamaba más “Asesina como puedas”, esa en la que parodian Psicosis. Tiene pinta de ser divertida. – Polita sonrió y besó a su marido antes de ponerse el carmín. 

     -Podemos ver las dos, sólo son las siete. Nos dará tiempo a eso, y cenar. Y te recuerdo que en casa… 

    -Polita de mi alma, ¿¡No te basta con dos?!

    -Esos dos, eran para Potrilla, a mí me has prometido otro, ¿no irás a faltar a tu palabra, verdad…? Si llegas a casa y yo me insinúo, y me dices que estás muy cansado, puedo sospechar… 

     -Está bien, lianta, tomaré dos postres para tener energías. - Dio un cachetito cariñoso en el trasero a su mujer mientras se terminaba de poner de nuevo el traje blanco, pero esta vez, sin sombrero de vaquero ni espuelas en las botas. 

     “¿Soy yo un tipo muy afortunado o de verdad esto de las aventurillas da buen resultado?” Pensó Amador calzándose las botas, mientras pensaba en cuándo volverían a encontrarse Potrilla y el Vaquero, y si se volverían a encontrar ellos y no otros distintos. Hacía ya algunos años, Amador le había propuesto a su mujer el juego de “ser infieles” con ellos mismos, cada uno adoptando una personalidad, fingiendo no conocerse y desbocándose cuanto quisieran en un sitio donde no tenían que preocuparse de bajar la voz o decir una burrada si les daba la gana. Polita había aceptado encantada, y desde entonces, de vez en cuando, jugaban a conocerse a través de páginas de contactos o de internet, se escribían cartas subidas de tono, se mandaban fotos que se hacían el uno al otro y finalmente quedaban para una sesión de un placer que no podían permitirse teniendo aún a un adolescente en casa y viviendo en un piso donde las vecinas adyacentes eran estaciones de radar. “Sea como fuere, yo sí que me lo he montado bien. A mí no me puede pasar como a Cristóbal, a mí no me pillarán jamás en un marrón. La mejor precaución para una infidelidad, es cometerla con tu propia esposa”.