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sábado, 25 de mayo de 2013

Hechizo de amor


          -Buenavista, venga, que una cosa es quedarse el último, y otra que más que avanzar, pareces un puto cangrejo, que vas para atrás... ¡Fontalta, cuando llegues a Lima, escribe! ¡He dicho que paso re-la-ja-do! ¡Esto es carrera de fondo, no sprint! ¡Nos interesa aguantar! - Voceaba el capitán Bruno, a quien a veces, llamaban el Rubio. Se suponía que aquella “salida de entrenamiento al aire libre” era parte de su perfecto plan, pero a juicio del sargento Buenavista y el cabo Fontalta, se lo tomaba demasiado en serio. El único que no estaba al tanto de aquél “perfecto plan”, era Fugaz, el único soltero de entre el modestísimo cuerpo de policía del pueblecito, y cuyo capitán había decidido ennoviarle, visto, como el capitán decía que al chico “le hacía falta un Polvo, como el comer”. Pero no un polvo de estos que dices “me he desahogado”, no, no. Un Polvo con mayúsculas, de esos de dejarle las piernas tres días temblando. 

    Bruno sabía de sobra que a Arcadio Fugaz estaba tontito perdido por Aurora, la chica que regentaba el chiringuito de playa, a quien solían llamar Aura, y que todos los días les llevaba bocadillos para el almuerzo, de modo que se decidió a emparejarlos. Buenavista y Fontalta estaban conformes con que Fugaz pegase un colchonazo, pero eso de juntarlo de forma seria con Aura, no les terminaba de parecer bien... 

     -Capitán, es que con Aura... - había dicho Fontalta cuando Bruno propuso su plan. 

     -¿Qué pasa con ella? Es soltera y también le hace tilín, basta con ver cómo le trata, y cómo le vacila. Sabe que Fugaz come el pan de su mano, y se aprovecha, a ver si se lanza. Sabe que si se lanza ella, perderá la ventaja, las mujeres son muy listas....
  
      -Esa, más que ninguna. - apostilló Buenavista. Bruno se quedó mirando a sus dos hombres. Los dos parecían saber más de lo que decían, pero no estar dispuestos a largar. Como superior, no podía consentirlo.

      -¿Puedo saber qué leches pasa con ella? 

     -Pues que... - empezó Fontalta, pero Buenavista le chistó. 

     -¡No lo digas! - ordenó - da mal fario decirlo, y más dentro de una casa. 

     -Ay, Dios mío... - suspiró Bruno, que ya sabía por dónde iba la cosa. Había oído rumores, cosa normal en un pueblo, pero no había pensado que sus propios hombres dieran crédito a semejante gilipollada. - ¿Es por que se dice que si es una bruja...?

      Buenavista se santiguó muy deprisa.

    -No es que lo digan, Rubio, es que lo es. ¡Tiene un gato negro, lee las cartas!

    -Oh, vamos, y ahora resulta que tener un gato negro, te convierte en brujo. ¿Y si llega a tener un periquito, qué? ¿Sería delineante? 

     -¿Y las cartas, qué? ¡Yo... un amigo mío dice que la ha visto bailar desnuda en la playa cuando hay luna llena!

     -¡Le gusta bañarse desnuda, llamemos a la Inquisición, todos los nudistas son brujos! ¡Y lo de las cartas se llama “lectura en frío”, y hasta Fontalta podría hacerlo!

     -¡Pero...!
     -¡Que no es una bruja, y no se hable más, joder! ¡He dicho que Fugaz necesita estar con esa chica, y punto! Vosotros dejadme a mí... Nos vamos un día de maniobras al campo, y de allí salen novios. 

     La “genial idea” del capitán Bruno había consistido en llevarles a todos al campo para entrenar, y pedirle a Aura si podía acompañarles para que comieran allí. Era lunes, ni en la playa ni el chiringuito habría muchos clientes, y ella aceptó encantada. Ahora estaban todos allí, echando carreras, haciendo flexiones, abdominales... Arcadio se sentía un poco  ridículo en pantalón corto y camiseta delante de Aura, quien fingía leer, pero no dejaba de mirarle. A Bruno aquello no le pasó desapercibido, sabía que se gustaban. Aura era una mujer fuerte, era hija de madre soltera y había perdido a su madre siendo adolescente, pero no hubo quien la tuviera en el Hogar Juvenil ni atándola, ella quería trabajar y ser independiente, y se metió a currar como una bestia en el chiringuito. Cuando el anterior dueño se jubiló, viudo y sin hijos, le dejó a ella el puesto. Con eso, haciendo cestos y leyendo las cartas y haciendo otras chorradas, se ganaba la vida y no parecía vivir mal. Sabía que tenía poder sobre Arcadio, pero no le decía lo que sentía por él. Sin duda, una mujer tan fuerte, querría a un compañero al menos, tan fuerte como ella, o qué menos que se atreviese a arrancarse. 

    Arcadio era bastante opuesto en ése sentido. Su padre había salido de su Galicia natal a la edad de doce años, se casó en Madrid, tuvo tres niños, y Arcadio fue el menor de todos; nació a destiempo y de rebote, bajo de peso, propenso a enfermedades, el típico niño pequeño que lo coge todo. Había sido, con mucho, el más mimadito de los tres hermanos, y aún para sus padres seguía siendo “el chiquitiño”, Bruno lo sabía bien; Heliodoro y Amelia, los padres de Fugaz, que vivían su jubilación en el pueblecito natal del primero, donde estaba destinado su hijo, habían ido a verle en ocasiones, y todo eran besitos y pellizcos en las mejillas y abrígate bien y a ver qué estás comiendo, estás muy delgado, y acuérdate de comer naranjas, que luego te constipas... Arcadio estaba tan acostumbrado que ni le picaba el orgullo que le tratasen como a niño pese a pasar de los treinta. Era indudable que no se lanzaría, necesitaba una ayudita.

    -Bueno, muchachos, de momento se acabó el entrenamiento. - dijo por fin Bruno, y sus hombres resoplaron - No está mal, sobre todo Fontalta. Buenavista, te hace falta perder un par de quintales. Fugaz: notable. - el capitán se quedó un momento mirando a Arcadio.

    -¿Qué pasa...? - preguntó éste.

    -No, nada, estaba mirando... la verdad es que con la camisa puesta, no pareces tan musculoso. - dijo el capitán. Arcadio se miró, intentando encontrar esos mismos músculos, pero no tenía caso buscarlos; sencillamente sólo estaban ahí en sentido anatómico. Dirigió una mirada inquisitiva a su capitán. - Sí, sí, no te hagas el tonto, eres... pura fibra. Ni un gramo de grasa. - Arcadio puso cara de estar pensando que su capitán, no necesitaba gafas, sino directamente un bastón blanco y un perro guía. - Lo que pasa es que no los marcas, mira, ponte así. - Bruno sacó bíceps doblando ambos brazos. No es que fuese ningún sansón, pero se cuidaba, y tenía los brazos duros como piedras. Arcadio le imitó, o lo intentó. - ¡Aura, ¿a que el cabo Fugaz, no aparenta lo que tiene?! 

     Arcadio se puso como un tomate, y clavó la mirada en la hierba. Aura le miró de arriba abajo, empezó a sonreír, se metió los dedos en la boca y soltó un silbido que hizo que una bandada de pájaros emprendiera el vuelo desde un abeto cercano. Fugaz no sabía ni dónde meterse.

     -Ahí lo tienes. - concluyó el capitán. - Otra cosa no será, pero Aura, respecto a hombres, es de lo más sincera. Así que ya lo sabes. Musculoso - Bruno le dio un revés en el hombro, y Arcadio se rascó la nuca, pensativo. Cuando se atrevió a mirar a Aura, ella asintió, dando la razón al Rubio, y él no supo si sentirse halagado, o culpable. 

    El verano pasado, después de una cantidad no desdeñable de alcohol, él y Aura habían acabado haciendo el amor en la playa, y más tarde, en casa de la joven. Al despertar, Arcadio se había eclipsado discretamente, y éste año, ella no parecía recordar absolutamente nada de eso, ya que no lo había sacado a colación para nada, ni había cambiado su forma de ser con él. Fugaz no sabía si eso lo convertía a él en violador, en un frescales, o simplemente en un cagarrinas, pero sí sabía que Aura le gustaba, le gustaba mucho. Quería repetirlo, quería estar con ella, pero era preciso que le contase lo que había pasado, tenía derecho a saberlo... Lo que no sabía, era cómo decírselo, y le asustaba cómo se lo tomaría ella. 

    El capitán tomó la cesta de la merienda y empezó a sacar cosas de ella, y junto al queso, el jamón y la cerveza fría, sacó un par de paquetes con una gran sonrisa.

     -Mirad lo que os he traído, ¡no diréis que no os cuido! - dijo el Rubio, enseñando un par de tarteras llenas de pinchos morunos caseros, que sacaron sonrisas satisfechas a sus hombres - Tendremos que encender una fogata para asarlos... Aura, mientras yo los preparo, ¿te importaría ir por favor a buscar leña? - La joven asintió y echó a andar. Fugaz quiso dar un paso hacia ella, pero se detuvo, juntos y solos en el bosque, sus compañeros tendrían cachondeíto para todo el viaje de vuelta - Arcadio, ¿no la irás a dejar que venga sola con la leña, verdad? ¡Anda con ella! 

   Al cabo le faltó tiempo para echar a correr tras ella; ordenándoselo el capitán, nadie podría decir nada en contra. Aura, un par de pasos por delante de Arcadio, sonreía. Fugaz, tras ella, trataba de reunir valor, “Siempre que está en el chiringuito, o en el cuartel, estamos con más gente, y me da palo decírselo, pero ahora estamos solitos... no encontraré mejor ocasión, tengo que atreverme. En-en cuanto nos alejemos un poco, se lo digo. Un poco más, y se lo digo”. 

    -¡Operación aguilucho, chicos! - susurró el Rubio apenas les vio alejarse; Buenavista y Fontalta sacaron de sus mochilas los prismáticos, el tirachinas y la cuerda, los tres se llegaron a uno de los abetos más altos, Buenavista se apuntaló y Fontalta se le subió a los hombros, para alcanzar las ramas más bajas y auparse, el capitán hizo lo propio, mientras el sargento pensaba que hasta ahí había llegado su columna; una vez sentados en ramas bajas, Fontalta y el capitán tiraron la cuerda, el sargento se la ató a la cintura, y le subieron entre los dos, con no poca dificultad, y comenzaron a trepar como más o menos podían. Fontalta era un mono, Bruno podía, y Buenavista pensaba que sus antepasados tomaron la decisión más juiciosa de la historia el día que bajaron de los árboles. 

     Diez minutos de esforzados jadeos y tribulaciones vacilantes con el equilibrio más tarde, el capitán, agarrado al tronco con piernas y un brazo, y atado con la cuerda, logró mirar con los prismáticos en la dirección en la que se habían alejado. 

     -¿Los ves, capitán...? ¿Qué hacen? - preguntó Fontalta, agarrado con una mano al tronco y con la otra a Buenavista, quien abrazaba el tronco con la mirada perdida en el cielo, dispuesto a no mirar hacia abajo bajo ningún concepto, ni tampoco a dar importancia a los crujidos que daba la rama en la que estaba sentado. 
      -Los veo, sí, ahí están... Ella recoge leña, y Fugaz también. Será idiota, ¿cómo le deja llevarla? ¡Tiene que llevarla él! 

       -Eso a Aura, no le gustaría, Rubio... - jadeó Buenavista - Detesta que la ayuden, sobre todo cuando se trata de cosas así. Hace bien en dejar que ella lleve... - la rama crujió. - ¡AH! 

      -¡Buenavista, no te muevas! 

     -¡Rubio, que nos vamos a matar! - lloriqueó Buenavista, y Fontalta asintió, abrazado al tronco del árbol como a su esposa.

      -¡Silencio, coño! ¡Estamos atados, no me seáis caguicas, y dejadme mirar! A ver... Nada, ese panoli no se arranca. La mira, la mira mucho, la vuelve a mirar, pero no dice nada... ¡Espera, espera, que se han quedado mirándose...!

       -¡¿Qué hacen, qué hacen?! - preguntó Fontalta, tirando del brazo a su superior. 

      -...Si no lo veo, no lo creo. 

       -¿Qué, qué?

       -Aura le ha cogido parte de la leña a él. 

      -Oh, Dios, ese chico es un retrasao - convino Buenavista. 

      -¿Veis cómo mi idea era buena? - dijo el Capitán - ¡Fontalta, pásame el tirachinas! 

      -Capitán... ¿estás seguro? 

      -Cabo, tengo una puntería excepcional, puedes creerme.

     -No hablo de eso, digo de lo de que se hagan novios. - Buenavista también asintió. 

     -¿Otra vez vamos a empezar con esa chorrada de la brujería y la madre que la parió? - El sargento intentó decir algo, pero el Rubio le acalló - ¡Que no es bruja y a callar todos! Dejad que me concentre... - El capitán miró hacia donde estaba la parejita. Sin los prismáticos, podía verlos, parecían el ken y la barbie de su hija (en tamaño. En todo lo demás, no existía el menor parecido), el proyectil llegaría. Cebó el tirachinas con el hueso de aceituna que habían afilado bien, lo tensó, cerró el ojo izquierdo, apuntó... 

      -¡Ay! - a más de setenta metros de distancia, Aura soltó la leña y se agarró el tobillo, que le sangraba. 

         -¡Blanco! - sonrió el Rubio - ¡Venga, todos abajo, corriendo, venga, venga!

      -¡Aura, ¿qué ha pasado?! - Arcadio soltó de inmediato su carga de leña y se volvió, para ayudarla a levantarse. 

      -Ay... no sé, ha debido picarme una avispa o algo así... ¡qué daño! 

     -Estás sangrando... espera, déjame a mí - El cabo se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó un pequeño estuche con una cruz roja. En él llevaba polvos antisépticos, tiritas de varios tamaños, una venda, esparadrapo, unas tijeritas y un mechero. Echó desinfectante en la herida, que borboteó, sopló para aliviarle el escozor, y la cubrió con una tirita. - Siempre llevo esto encima. De niño, me pasaba más tiempo en el suelo que de pie, así que mi madre me lo regaló para que fuera preparado... Ya está, sólo es un picotazo, se curará enseguida, ¿mejor? - Arcadio levantó la mirada, y lo que vio, le dejó sin habla. Aura tenía estrellitas en los ojos, le miraba como una niña. 

       -Debe ser la primera vez que alguien cuida de mí, desde que murió mi madre... Eres muy bueno. - le tendió las manos para que la ayudara a levantarse, algo que ella, por regla general, no hubiese hecho jamás. Arcadio se las tomó y la ayudó, y ya de pie, ella se arrimó más a él, cerrando los ojos, alzando la boca... 

      -Aura, no... - dijo él con voz lastimera, pero sin soltarle las manos. 

      -Arcadio, ¿por qué te empeñas en estropearlo? - protestó - Llevo mucho tiempo esperando que tomes valor, por que si no eres capaz ni de decirme que te gusto, no creo que te guste lo suficiente... pero cuando me lanzo yo, que encima te hagas el estrecho, ya es el colmo. 

       -¡No es eso, claro que me gustas! - reconoció él, y notó que sus tripas se hacían un nudo - Pero es que... ¡Aura, yo soy un miserable! ¡No te merezco; te violé! 

     A Aura se le encogió un músculo de la cara mientras ladeaba la cabeza.

     -¿Que tu qué....? 

     -El año pasado, en la fiesta... tú no lo recuerdas, pero cuando me diste el saltaparapetos ése, yo te besé, y fuimos a la playa, e hicimos el amor. - Arcadio boqueó, se sentía fatal - No debí haberlo hecho, estábamos bebidos, abusé de ti y de tu confianza, yo no... Lo siento. Me gustas mucho, pero creo que no soy el hombre que tú mereces. 

     -Arcadio... - sonrió la joven. - ¿Era eso lo que te daba tanto miedo? ¡Pero si no pasó nada! 

     -¿Tú... lo recordabas?

     -No, cielo, por que no hay nada que recordar, no pasó NADA. Te di el saltaparapetos, y te caíste redondo. No hicimos el amor, sólo te emborrachaste. Te llevé a mi casa, te metí en mi cama y dormimos juntos, eso fue todo. Cuando no te vi a la mañana siguiente, supuse que te habías encontrado mejor y te habías ido, no le di más importancia, y nunca lo he sacado porque temí que te incomodaría... ¿Soñaste que hacías el amor conmigo? - sonrió ella con picardía.

     -Sí - Arcadio parecía casi descorazonado - Entonces, no... ¿No lo hicimos?

     -Arcadio, piensa. Cuando te levantaste de mi cama, ¿recuerdas que llevabas los calzoncillos puestos? - Fugaz asintió - Ahí lo tienes. Si hubiéramos hecho el amor, hubieras dormido desnudo, no con ropa interior, ¿no te parece? - El cabo intentó decir algo, cada vez con más cara de de desamparo - Seguro que no se te ocurrió levantar la sábana, ¿a qué no?
      -¡Claro que no, yo no haría algo así! - casi se ofendió él.

     -¡Pues si lo hubieras hecho, habrías visto que yo tenía puesto el camisón! 

     -Oh... - Arcadio agachó la cabeza. Por un lado, se sentía muy aliviado al saber que no había hecho nada censurable, pero por otro, su sueño había sido tan agradable, la idea de que lo hubieran hecho pareció tan... bueno, cuando la culpa no le atormentaba, era un recuerdo bonito. “Sí, claro, y volar también es un sueño bonito, ¿cómo pude ser tan imbécil de pensar que de verdad habíamos hecho algo así?”. 

     -Arcadio... Es cierto que te quedaste groggy, pero a mí no me hubiese importado si tu sueño hubiese sido realidad... ¿fue bueno?

     Fugaz levantó la mirada, ¿lo decía en serio?

     -Fue... bueno, la verdad, fue un pasote - sonrió. - Aunque ahora me siento mejor, sabiendo que no tengo que arrepentirme de nada, pero me da un poquitín de pena que no fuese verdad. 

    -Eso se puede arreglar. - Arcadio sintió que su corazón se aceleraba como un pistón; seguía sintiendo timidez, le daba corte, pero sabiendo seguro que ella quería era casi fácil. Se inclinó lentamente, sin poder dejar de sonreír, y la besó. Tenía los labios suaves y tibios, y el chasquido fue tan delicado que apenas lo sintió, pero antes de poder separarse, Aura ya le había agarrado del cuello de la camisa y le besó con ganas. El estómago del joven cabo pareció irse a vivir su vida, desde luego él, no lo sentía. Se dio cuenta que la había abrazado por la cintura, pero no recordaba haberlo hecho, era como si su lengua hubiera copado cualquier otro sentido; notó sus labios aletear entre gemidos, mientras su lengua y la de ella jugaban alegremente, entrando y saliendo de la boca del otro, acariciándose y dándose golpecitos. De pronto, ella apreso la lengua de él entre sus labios y succionó de ella, y Fugaz se dobló de gusto en medio de un gemido agudo y sus caderas empezaron a moverse solas. 

     -Haah... espera, espera... - rogó el policía, sintiendo su pantalón tenso sobre su erección. - ¿Te enfadas si no lo hacemos ahora? ¿Por favor? - Aura le miró con carita de pena - Es que se extrañarán si tardamos mucho, y... y no quiero que sea un rápido. Me gustaría dedicarte tiempo y darte placer, me gustaría mucho. - Arcadio sintió que sus mejillas quemaban, pero había logrado decirlo. Aura le sonrió, y le besó los labios una vez más. 

     -Conforme. Esta tarde, cuando volvamos, di que quieres ayudarme a llevar la cesta hasta mi casa, porque con el tobillo herido, no me apaño bien, y allí seré tuya, ¿hace?

     -Súper. - Arcadio hizo ademán de ir a recoger la leña, pero se quedó mirando a Aura, y sin poder contenerse, la tomó de las mejillas y la volvió a besar, un beso largo, sintiendo cómo las manos de la joven le acariciaban la espalda y bajaban, bajaban, bajaban... “contente, Arcadio, que como vuelvas y estés presentando armas, va a haber cachondeíto para un mes...”, pensó, pero no paró, ¡sabía demasiado bien para detenerse! Tenía unas ganas tremebundas de abrirse la bragueta y que lo hicieran allí mismo “No, no es cierto, eso sería follarla, y tú quieres hacerle el amor... no estropees algo tan bonito, ¡estáis enamorados! Sé paciente, sólo es hasta esta tarde”, se dijo, y con todo el dolor de su corazón y, admitámoslo, también de sus testículos, pero logró refrenarse. 

     Aura gimió, haciéndole mimos y poniendo pucheros, era indudable que tenía tantas ganas como él y a ella le importaba dos pimientos hacerlo ahí mismo, pero él tenía que ser fuerte por los dos, sería mucho mejor, más cómodo y romántico hacerlo en su casa, en su cama, que no en mitad del campo como dos conejos. Logró reunir voluntad y separarse de ella, recogieron la leña y regresaron al campamento con los demás. 

     “Eres fuerte” se dijo Aura, ya con los otros, mientras comían brochetas de pinchos morunos, bocadillos y huevos duros y el bizcocho del postre. “Pensé que podría hacerte sucumbir, pero eres fuerte. El sortilegio lleva un año macerándose en tu cuerpo, y tu culpabilidad le ha dado fuerza, pero será tu propia voluntad la que lo haga excepcional. Cuando esta tarde lo recupere, será capaz de generar una energía increíblemente poderosa”.


                                                    **************************

     -¿Qué os había dicho yo? - susurró el Rubio por un lado de la boca, diciendo adiós con la mano, mientras Arcadio y la chica se dirigían a la casa de ésta, él cargando con la cesta de merienda y ella fingiendo que cojeaba un poco - “De aquí salen novios”, ¿qué, tenía razón, o no?

     -Lo que tú digas, Rubio. - “pero yo sigo pensando que es una bruja” pensó Buenavista “Si Arcadio mañana aparece sin sangre, veremos quién se la carga”. 

     Al propio Arcadio no parecía preocuparle gran cosa esa posibilidad, ni pensaba en ella. Sólo era capaz de pensar “lo vamos a hacer, lo vamos a hacer”, y unos agradables nervios le daban vueltas en la barriga. Aura y él no dejaban de mirarse y sonreírse nerviosamente, y por fin llegaron a la casita de ella. Se trataba de una vieja construcción con el encalado medio caído, de un solo piso y contraventanas de metal verde, encerrada en un jardincito sin valla. Sócrates, el gato tuerto de la joven, los miraba desde el tejado, donde le gustaba ponerse, y maulló suavemente como saludo. Aura le tiró un beso al gato y empujó la puerta, que estaba sin cerrar. Ella jamás cerraba la puerta, ahora que lo pensaba; Buenavista decía que era porque no habría nadie tan loco de intentar robar ni hacer daño a una mujer como ella.

    -Siéntete como en tu casa - sonrió la joven, y Arcadio se dirigió a la cocina, a dejar allí la cesta. La casita estaba mucho mejor por dentro que por fuera; la cocina era toda de madera, llena de alacenas y pequeños estantes plagados de botecitos, y daba directamente al salón, la estancia principal de la casa, de la que salía un pasillo lateral que conducía a la alcoba. Arcadio lo sabía porque, antes de ser de ella, aquélla casa había pertenecido a otra mujer, una señora muy anciana a la que sus padres visitaban siendo él niño, y a la que él llamaba “abuela”, aunque no lo fuera de verdad. Aquélla mujer le daba una bebida caliente muy rica y le enseñó a dibujar. Era una especie de herboristera, las mujeres la consultaban muy a menudo y, antes de que estuviera el centro de salud, solía atender en los partos.

     Aura, en mitad del pasillo que daba al baño (única habitación que tenía puerta) y a la alcoba, le miraba con una sonrisa ligeramente impaciente, y Arcadio se acercó, sintiendo que se le escapaba la risa, y el bordoneo nervioso de las tripas se le reflejaba más abajo. Al llegar a su altura, Aura, le tomó de las solapas de la camisa caqui de manga corta y las acarició, y él la tomó de la cintura, sintiendo el calor de su piel bajo la blusa holgada. Aura se mordió el labio inferior y le besó, y el joven cabo la apretó contra él, sintiendo a la vez deseo, felicidad y una extraña sensación de alivio, al pensar que, cuando recordase aquéllo, sería por completo agradable. 

    -Eres mío. - musitó Aura, y el cabo la miró. Tenía los ojos verdes, completamente verdes. Sí, verdes del todo, sin nada de blanco, y entonces recordó que era así exactamente como él la había visto en su sueño, pero no tuvo tiempo de preguntarse si estaría soñando de nuevo, porque notó algo muy extraño. Era como si Aura estuviese en dos sitios al mismo tiempo, entre sus brazos pero también dentro de su cuerpo, como si buscase algo, como si le registrase... La notó con toda claridad, dentro de su corazón, de su cerebro y más allá todavía. Dentro de su propia esencia como persona, y, metafóricamente, era como si ella estuviera volcando los cajones y levantando el colchón y mirando bajo los cojines de los sillones que componían la habitación interior de Arcadio. No era doloroso, ni molesto, pero sí... inadecuado. 

    -No creo que debas hacer eso... - susurró, confuso. Y Arcadio no supo cómo lo hizo, pero cerró su propia puerta interior, para que no siguiese fisgando. La pega, es que ella seguía dentro de esa habitación. 

     -¿Qué ha...? - intentó decir ella, pero el cabo sonrió y la besó nuevamente, con ternura, y entonces ocurrió algo más extraño aún. Arcadio tuvo que gemir de gusto y de sorpresa, porque le pareció... tuvo la sensación de que tenía dos lenguas en lugar de una sola, lo sintió con tal verismo, que tuvo que separar su boca de la de Aura y lamerse los labios, mover la lengua... no, no, tenía una sola, qué tontería. Pero la joven también se relamió, porque había sentido lo mismo. Ella misma le besó de nuevo, y entonces supo qué sucedía. Arcadio puso los ojos en blanco e intentó contenerse, porque era tan agradable, que le parecía que se podía dejar ir ahí mismo, ¡no sólo sentía el placer de su propia lengua, sino también el placer que sentía ella! Probó a abrazarla de las nalgas, y no pudo reprimir un gemido y un escalofrío de placer que acabó en una risa traviesa, porque de nuevo, no sólo sentía el tacto en sus manos de las nalgas blanditas y tibias de ella, sino que sintió como si a él lo agarrasen del culo exactamente igual. 

      “¿Qué está pasando?” Se aterró Aura “¡No debería suceder así!”. La joven bruja sabía que era diestra en ese tipo de artes, había actuado con la confianza que le daba esa seguridad, pero Arcadio no sólo le había puesto una barrera, sino que la había encerrado dentro de ella. Al continuar en su mente, él podía notar parte de sus sensaciones; gracias que no podía leerle el pensamiento, pero sí podía sentir... y ella también, podía sentir la intensa emoción que embargaba al cabo, cuando la tomó de las nalgas casi le salió el corazón del pecho, y... oh, Dios mío... Ese tirón que sentía, como si le tirasen de la piel... agh... ¿así era una erección? 

     -A... Arcadio, vidita.... yo no... - intentó protestar Aura, pero Fugaz no sólo estaba ya embalado y abrumado por sentir dos placeres al mismo tiempo, sino que se sentía mucho más seguro, y ya no estaba dispuesto a parar. Sonriendo, negó con la cabeza y tomó en brazos a la joven.

      -No tengas miedo, cariño, ni timidez... - susurró, dejándola en la cama y tendiéndose a su lado, abrazándola con mil manos, por más que ella intentaba retirárselas. - Seré delicado, te daré ternura, no te preocupes... - la besó en la cara, y gimió a cada beso, Dios, sentía la tibieza de su rostro y al mismo tiempo, la dulce caricia de sus labios en su propia piel, ¿cómo era posible? Arcadio no lo sabía, pero se encontraba en tal estado, que no le preocupaba, sólo era capaz de extasiarse en la sensación. 

     “No, no... asi no, así no.... ¡Estoy dentro, no podré contenerme, para ya!” pensaba Aura, sintiendo que cada beso le robaba un poco de razón, y no era para menos. Sentía en su bajo vientre un hormigueo cosquilleante que pedía ser saciado, un ardor terrible, un ariete hambriento. Como bruja, ella había tomado mentes de animales en préstamo en alguna ocasión; se había introducido en el espíritu de su gato, había recorrido la noche bajo la piel del mismo, trotado por el bosque con el aspecto de un lobo, surcado los cielos en las plumas del halcón y hasta recorrido el lecho marino adhiriéndose a las rocas con las ventosas de un pulpo, pero en esas ocasiones, era siempre ella quien tenía el mando y controlaba el cuerpo, no le sucedía que una pequeña parte de su mente estuviera encerrada en la del portador, y desde luego, jamás había experimentado el sexo de esa manera, ni lo había sentido en sí misma y en el portador, ni desde luego, había tenido nunca el privilegio de saber qué se sentía teniendo una erección. 

    En un primer momento, le había parecido algo grosero y asqueroso, una parte del cuerpo que pensaba sin uno, que se movía solo como un tentáculo, como la cola de la lagartija que aún arrancada, se mueve sola... ahora, le parecía... caliente. Sobre todo, calor, eso era lo que sentía, un tremendo calor en su bajo vientre, una especie de grito poderoso que surgía de lo más hondo de sus entrañas y exigía que se le prestase atención, era imposible ignorarlo, “¡DAME! ¡DAME! ¡DAME!”, parecía gritar. Mientras Arcadio le besaba el cuello y los hombros y le bajaba la blusa para descubrirle los pechos, Aura pensó confusamente que no era extraño que los hombres pensasen en sexo con tanta asiduidad; llevaban el Ansia Viva entre las piernas. 

     -Haaaah.... mmmmh... - Arcadio se derretía, jamás había sentido nada tan agradable. Cuando miró las tetas de pezones rosados de Aura, sintió su propio deseo y una especie de timidez que provenía de ella, y cuando los besó, tuvo que parar e intentar pensar en cucarachas, porque veía que acababa ahí y no podía evitarlo, ¡qué cosquilleo! ¡Qué calambres tan dulces! Tomó aire y besó uno de los pezones, y sintió a la vez cómo éste se ponía erecto entre sus labios, y cómo su propio pezón era aspirado y rozado por su lengua... sabía que aún llevaba la camisa puesta, y sin embargo, notaba su pezón húmedo y calentito, recibiendo los tironcitos que él daba. Sus caderas se movían solas, y Aura daba temblores debajo de él, como si intentase contenerse, pero las cosquillas que le subían del pezón a las orejas, la sensación de su pezón entre sus labios, pese a tener la boca vacía, fueron superiores a toda su resistencia. 

     “No... no puedo más”, logró pensar antes de poner los ojos en blanco y mover las caderas para frotarse contra Arcadio. Éste ahogó un grito de gusto que acabó en una sonrisa, y ella emitió un sonido muy similar, ¡podía sentir el picor del miembro de Fugaz... el calor, el gustito picante...! Sintió que su cuerpo se empapaba en jugos, y la boca del cabo se abrió en expresión de sorpresa. Él también lo sentía. 

     -Es... oooh... es como si... es tan caliente y dulcee... es como soltar algo que... ¡es como fundirse! - la besó, con fuerza, metiendo la mano bajo su falda y dando un tirón de sus bragas húmedas. Ambos sintieron un escalofrío de gusto, y la propia Aura le echó mano al cinturón, ya sólo era capaz de pensar en el increíble placer que iba a sentir cuando él se metiese dentro de ella. 

     -¡AH... haaaaaah.... qué... qué picorcito....! - sólo fue capaz de susurrar la joven, sonrojada y con los ojos en blanco, cuando tocó el pene erecto de su compañero y comenzó a acariciarlo, ¡mmmmh!, era un placer similar al que ella conocía de su cuerpo, y al mismo tiempo, distinto. En su placer, ella podía acariciarse durante horas, pero el de Arcadio era mucho más ardiente; su placer era cálido y pedía con amabilidad, el de Arcadio quemaba y exigía. Se dio cuenta que le gustaba muchísimo, que no podía parar, qué rico, qué rico era... el cabo gemía de placer, apretando la colcha con un puño y el muslo de la joven con la otra. Y entonces, acarició el sexo, desnudo ya, de la joven, y casi gritó más que gemir, y Aura se detuvo un momento, temblando de gusto. 

     Fugaz acarició la vulva de su compañera como si la rascase, ¡qué mojada estaba! Ay, ay, qué cosquillas... sus caderas se movían solas, las chispas de las cosquillas le daban mordisquitos por las piernas hasta las nalgas, le daban ganas de reír... Metió su dedo corazón entre los labios vaginales y pegó un escalofrío, y no fue el único. A Aura se le abrían y cerraban las piernas en espasmos de placer. Arcadio estaba acostumbrado a, cuando se desahogaba, tirar sin parar, pero allí no era lo mismo, su pene era más como... como un azucarillo, podías morderlo y tragarlo en un instante, pero la rajita de Aura era más como un pastelito, había que comerlo a mordisquitos y saborearlo lentamente. Exploró. Aaah, qué gusto, le parecía que iba a hacerse pis del gustillo que sentía... aquí estaba la entrada... aaah, qué calentita, mmmh, oh, oh, qué bueno... mmmh... pero él sabía que había otro punto, arriba, a la entrada... 

      -¡Aaaaah....! - tanto el uno como la otra se encogieron de placer cuando Arcadio rozó el clítoris de Aura, ¡qué sensación tan increíble! ¿Así lo sentía una mujer? Qué suavecito y que caliente, qué mojado estaba, ¡qué escalofríos daba tocarlo, no podía parar quieto! Aura le agarró la camisa con una mano, mientras con la otra empezaba a acariciarle de nuevo el miembro; el picor se cebó en su glande, y una sonrisa de ojos en blanco le puso carita de bobo, pero bobo que roza el cielo, y también él acarició con ganas aquél botoncito juguetón. No podían parar, ninguno de los dos podía, se miraron a los ojos, cada uno extasiado en su propio placer y en el de su compañero. Aura quería evitar por todos los medios que él terminara, pero sabía que era imposible... El placer era demasiado intenso para poder controlarse, y sumado al que Arcadio sentía, era insoportable... dulcemente insoportable. 

     Aura sonrió con abandono mientras el dedo de Arcadio hacía cosquillas en su punto sensible. El cabo se mordió el labio inferior, dando escalofríos. La joven sintió el picor, la sensación de picor en el glande del cabo, ahí.... y su clítoris que parecía gritar “piedad... me rindo...”, y su mano, cerrada en la camisa de Fugaz, le atrajo contra sí, al tiempo que una sacudida de placer la hacía saltar en la cama y olas de cosquillas deliciosas le surgían desde la punta del clítoris y la dejaban satisfecha.... Arcadio tembló, los ojos en blanco, llamó a Dios y sus hombros se encogieron solos, mientras sentía que el placer era excesivo, y un picor abrasador pareció ser rascado de forma maravillosa, justo en su glande, un poderoso chorretón de esperma salió a presión, y la propia Aura pegó un golpe de caderas, gimiendo de gusto y sorpresa, ¡¿así se sentía al eyacular?! Aaaaaah... era divertido, era.... mmmmmmmmh.... oooh, qué bien dejaba....

     Aura sintió una boca apasionada sobre la suya. La lengua de Arcadio se frotaba con la suya casi con desesperación, mientras el cabo la abrazaba. La joven devolvió el abrazo, acariciándole los brazos y la espalda, pero cuando reparó en lo sucedido, tuvo ganas de llorar. El valioso, el poderoso esperma de Arcadio, que llevaba un largo año macerándose en su interior gracias al bebedizo que ella le había dado como “saltaparapetos”, y que se había nutrido de su culpabilidad... yacía tirado en el suelo, un poco en las sábanas y hasta en su propio vientre. ¡Debió haber hecho que se pusiera el preservativo, allí hubiera podido conservarlo, maldita sea, ¿cómo había podido perder la cabeza de esa manera?! 

    Oyó la respiración acompasada de Arcadio, que indicaba que éste se había dormido sobre su pecho, y, con una sola mano, sacó un diminuto frasquito de cristal de uno de los cajones de la cómoda, y recogió como pudo parte de la descarga, la que estaba en su tripa y aún no se había filtrado en la colcha. Lo del suelo, había que darlo por perdido, para cuando pudiera recogerlo no sería útil ya. Maldita sea, ¡un año entero a la porra, hubiese podido recoger una buena cantidad, y ahora apenas serían unas gotas, con eso apenas habría para una cosilla o dos...! 

   Dejó el frasquito de nuevo en el cajón, y entonces se dio cuenta de algo mucho más alarmante. Pasó un dedo por el antebrazo del cabo, y éste sonrió en sueños, pero ella, ya no sintió nada. Bien, había salido, sin duda al quedarse él dormido, vale, eso estaba solucionado pero, ¿cómo había conseguido Arcadio, un gris y anodino cabo de la policía, defenderse de ella, y aún apresarla? “¿Quién eres tú, Arcadio Fugaz? ¿Qué eres? No eres un brujo, no tienes la menor idea de magia, piensas que no existe, no sabes utilizarla, en ti no detecto nada de ella... y sin embargo, te has defendido y has conseguido apresarme? ¿Cómo?” se preguntaba. Y sabía que debía darle el bebedizo que le haría olvidar lo sucedido tan pronto se despertara, sabía que debía hacerlo, Arcadio no lo era útil ya... pero tenía que saber cómo lo había logrado, y para eso, tenían que seguir viéndose, no podría pararse a seducirle e inducirle al olvido todos los días... Y fue por eso que al día siguiente, Arcadio siguió siendo completamente feliz. 



miércoles, 22 de mayo de 2013

Nido de Mariposas




(Imbécil ha regresado de un mes de trabajo draconiano en Canarias, y su ama y él recuperan el tiempo perdido. Lee aquí la primera parte)


     Tenía la cara metida en su sexo, estaba empapado de sus jugos hasta la barbilla, apenas podía respirar… y no podía imaginar nada mejor en el mundo, nadie podía ser más feliz que yo en ese momento. Los gemidos de mi ama me derretían los oídos y me hacían girar el estómago, cada vez que emitía uno me parecía subir al cielo y apretaba más mi cara contra su coñito húmedo. Su clítoris travieso parecía temblar,  y yo alternaba las lamidas en él con succiones que hacían gritar y temblar a Mariposa, con metidas de mi lengua en su agujerito, que la hacían gemir y estirarse como una gata perezosa. 

     -Mmmmmmh…. Máaaaaaaas…. Sigue, Imbécil…. Sigue así, ahí…. Ahí… - a mi ama se le escapaban las sonrisas de gusto y ponía los ojos en blanco. Con una mano me agarraba la cabeza, y con la otra se pellizcaba los pezones y abrazaba las tetas, y yo, sin dejar de lamer y sin darme mucha cuenta, me frotaba  inútilmente contra el piso, desesperado de deseo, pensando que Mariposa apenas me daba instrucciones, y eso sólo significaba una cosa: que lo estaba haciendo muy bien, tanto que ella ni tenía que guiarme, lo estaba haciendo a su pleno placer, tal y como ella quería… la sola idea me ponía fuera de mí. Quería darle placer, quería conseguir que se corriera en mi lengua. Le abrí bien los labios con los dedos y torturé su perlita a lametones, deleitándome en sus gemidos musicales y los brinquitos de placer que daba. Sabía que estaba a punto de llegar, podía notarlo… y ansioso por darle el mejor sexo que pudiera, me pesqué de su garbancito jugoso y succioné de él como si fuera un biberón. 

       ¡Mariposa se estremeció de pies a cabeza, gritando de alegría! No hace mucho, me hubiese dado corte que mis vecinos oyesen algo así, pero en aquél momento, si de mí hubiera dependido, hubiera puesto un micrófono con amplificador para que me oyera la ciudad entera, ¡Mariposa estaba gozando gracias a mí! El ama más maravillosa del mundo me había elegido a mí, a mí, un pobre Imbécil, como su esclavo, y yo era capaz de darle todo el gusto que quería… Mi ama me apresó la cabeza contra su sexo con ambas manos y empezó a convulsionarse, dando chilliditos encantadores al tiempo que se le escapaba la risa. La apresé por las nalgas y chupé, aspirando con fuerza, dándole lametones, sintiendo cómo las contracciones empezaban… y al fin, mi ama estalló de placer entre mis labios, gritando y sonriendo, estremeciéndose y dando botes, jadeando, mientras yo sentía que el travieso botón, en medio de las convulsiones, quería escaparse, pero no se lo permití, seguí chupando hasta que mi ama tembló de nuevo varias veces, pareció relajarse y de nuevo sus gritos subieron una vez más y finalmente quedó laxa, relajada, y sólo entonces aflojé la presión. Su coño rosado se abría y cerraba en espasmos, y su perlita, roja como un grano de granada, estaba hinchada y temblaba, escondiéndose del Imbécil que le había dado esa paliza. Me notaba empapado hasta el pecho. Mi ama, antes con la espalda apoyada en el pie de la cama, estaba totalmente tirada en el suelo por efecto de sus convulsiones, sudada y con los ojos cerrados, respirando trabajosamente. Sabía que debía pedirle permiso, pero no pude contenerme y empecé a limpiar a lametones los jugos que habían quedado en su piel, entre sus muslos… 

      -Im… Imbécil… - musitó mi ama. La miré, y el corazón casi se me paró. Sus ojos vidriosos, en medio de su cara enrojecida, me miraban con felicidad. Sin maldad, sin picardía, sin superioridad… Me di cuenta que estaba con la guardia, no baja, sino totalmente anulada, y un pensamiento se coló en mi cabeza como un tiro “en este momento, durante este segundo es Ocaso, y está enamorada de mí”. El pensamiento me emocionó tanto como me asustó, pero no tuve tiempo de analizarlo cuando ella me tendió las manos. – Has… hecho muy feliz a tu ama, Imbécil… muy feliz… - Quizá debí haber aprovechado mejor ese momento, tal vez irrepetible, pero estaba tan aturdido y tan sediento de ella, que en lugar de hablar o decir algo, me refugié entre sus brazos y me dejé recostar sobre ella, abrazándola y disfrutando de su abrazo. Mariposa me apretó, con sus escasas fuerzas, contra sus pechos cálidos y un gemido interminable se escapó de mi garganta… me estaba abrazando, sus manos enguantadas acariciaron mi espalda y mi nuca, mi cabello negro y mi cara, mientras mi boca besaba sus pechos y mi lengua los lamía, lamiendo también sus manos cuando se ponían a mi alcance. Ojalá ese momento pudiese durar para siempre… - No has perdido práctica en comer coños, Imbécil. De hecho, diría que has aprendido muchísimo. – Pero no lo hizo. 

      Mariposa se había recobrado, y con eso, los sentimientos volvían a no tener cabida en su mundo, y para ella sólo existía el sexo. Siendo sincero, me daba un poco de miedo que ella se enamorase de mí como mujer, porque… en el amor, no he tenido nunca demasiada suerte. En el amor, todo es distinto, una palabra fuera de lugar, dicha sin mala intención, pero dicha, puede ocasionar una crisis, o hasta una ruptura… con mi ama, eso era imposible porque prácticamente no conversábamos, sólo teníamos sexo. Yo la adoraba, quería realmente que me amase, quería ser su esclavo para siempre, su único esclavo… pero me aterraba la posibilidad de cometer un fallo de persona a persona y que ella no me lo perdonase. Me di cuenta entonces que había dos personas abrazándome. Una era mi ama, a quien adoraba con todo mi ser. Otra era Ocaso, la “chica invisible” de la oficina, a quien yo prácticamente, no conocía. Con lo feliz que me sentía en ese momento, no tenía ganas de romperme la cabeza con eso, pero con frecuencia, las cosas no suceden como uno desea… 






      Un millón de mariposas de alas negras brillantes revoloteaban en torno a mí. Tenían alas de terciopelo y me acariciaban la piel, pero si intentaba tocar una sola, había cuchillas afiladas bajo el terciopelo y me herían sin piedad. Quería tocarlas, acariciarlas, cogerlas entre las manos, pero no podía; cada vez que lo intentaba, me llevaba de regalo un profundo corte, pero las mariposas seguían acariciándome dulcemente cuando yo no intentaba tocarlas. Finalmente, varias de ellas acariciaron mi miembro con tanta dulzura, que un gemido se me escapó, y desperté. Una luz mortecina, gris, entraba por la ventana de mi alcoba. En la terracita del exterior, estaba mi ama, apoyada sobre la barandilla. Sólo llevaba puesto una batita translúcida negra que le llegaba apenas al pubis, como la barandilla es de ladrillo y nadie podía verla, no se había molestado en cubrirse con nada más, pero yo, desde la cama, a su espalda, veía sus nalgas respingonas y redonditas, y entre ellas, un encantador lugar, en tonos rosados. Pensé, con una sonrisa, que le había lamido el sexo más veces que penetrado, a mi ama no parecía gustarle mucho la penetración, o al menos, no la usaba mucho conmigo. A mí me daba lo mismo… bueno, no es cierto, las escasas veces que me había dejado meterme dentro de ella, había gozado como nunca en mi vida, pero me daba tanto placer con su mero modo de ser conmigo, que podía prescindir de ello. 

    Salí de la cama y quise entrar en la terraza, pero recordé que era un esclavo, y pensé si mi ama no se enfadaría conmigo si la interrumpía sus pensamientos, de modo que entré andando de rodillas. A Mariposa le gusta verme suplicar, así no habría posibilidad de que se enfadara conmigo. La miré desde abajo. Mi ama me dedicó una fugaz mirada, casi como si no notase mi presencia allí. Tenía el rostro preocupado, o más que preocupado, fastidiado. No pude evitar recordar lo sucedido anoche, y temí que su momento de “debilidad” la hubiese irritado. De ser así, lo pagaría yo. No me importaba que me castigase (de hecho, me gustan mucho sus castigos), pero temí que pudiera querer abandonarme si se encariñaba demasiado conmigo, si temía perder las riendas. Tenía que demostrarle que no era así, que yo iba a seguir siendo su esclavo, su perro… que no me había dado cuenta de lo que le había pasado. Como un perrito cariñoso, empecé a frotar mi cara contra su pierna y a lamer su piel. Finalmente, me miró y sonrió. Era su sonrisa de superioridad, su sonrisa de “qué tontorrón eres, Imbécil”, y me sentí tranquilo. 

     -Buenos días, Imbécil. – me dijo. Seguía habiendo preocupación en su voz, un extraño tono de hastío, de fastidio… sabía que a mi ama no le gustaba que yo anduviera metiendo las narices en sus asuntos, pero aún así, pregunté. 

     -¿Qué os sucede, ama? ¿Estáis disgustada conmigo, he hecho algo mal?  - Mariposa  me miró con cierta sorpresa, y enseguida intenté cubrirme las espaldas – Sé que vuestra vida privada es sólo vuestra, ama, pero… parecéis enfadada por algo. Si es culpa mía, por favor, ama, decídmelo y ponedme un castigo, sea lo que sea, no quiero volver a repetirlo. 

   Mariposa me sonrió con superioridad y me acarició el pelo, rascándome las sienes, haaah, cómo me gustaba…

     -Tienes razón, no tienes derecho a preguntar. Pero no, no es culpa tuya. Es sólo… que esto se ha terminado. 

     -¡¿Qué?! – el corazón me dio un vuelco, y mi ama se rió.

     -…por hoy, Imbécil. – expiré, aliviado. Casi me mata del susto… - Qué cara de terror has puesto, ¿tanto te molestaría quedarte sin tu ama, Imbécil? ¿Te daría pena no tener ya a nadie para jugar con tu cosita?

     -Muchísimo, ama… no querría ni seguir viviendo sin vos. – contesté sinceramente, mientras ella me sonreía. 

     -Por esto, me fastidia tener que marcharme. Has estado fuera un mes, y ahora que vuelves, yo tengo que irme, en lugar de darte un buen castigo. Hoy tenía pensadas tantas cosas… 

     -Mandádmelas aún así, ama… ponedme deberes, decidme, ¿qué queréis que haga? Vos me mandáis, y cuando volváis esta noche, o mañana… lo tendré hecho. – Mariposa se quedó pensativa. Parecía dudar, y volvió dentro de casa, y yo la seguí, aún a gatas.

     -Bien, Imbécil – contestó por fin – Hoy tengo forzosamente que hacer una visita, y tú vas a venir conmigo. Dirás que eres mi amigo, pero no se te ocurra decir que eres mi esclavo, ni mi novio, ni nada por el estilo, eres SÓLO mi amigo, ¿está claro, Imbécil? – asentí – Muy bien. ¿Tienes algún pantalón de chándal, o algo que te quede muy holgado?

     -Eeeh… sí, ama, algo tengo. 

     -Perfecto. Imbécil, hoy voy a hacer que tengas ganas de cortarte tu cosita. – Reconozco que me dieron ganas de temblar, pero cuando Mariposa se agachó, echó mano a mi pene y lo frotó muy suavemente, temblé efectivamente, pero de placer. 


                                                                          *************


     El autobús olía a sudor y a plástico recalentado. Era apenas primavera, pero ya hacía bastante calor y el sol que entraba por las ventanillas me estaba cociendo la nuca, pero si yo no podía parar quieto en el asiento, no era por la incomodidad del mismo o por el calor… al menos, no por el exterior, sino por el interno. La mano de Mariposa se posó en mi muslo.

     -Quieto… - susurró. La miré, suplicante, ¿cómo esperaba que me estuviese quieto? Tenía una feroz erección y ella no dejaba de tentarla, pero no con las manos, sino con el vibrador. Mi ama me había mostrado una pequeña bala vibradora que podía activarse a distancia, y me la había atado en torno al pene, tocando el frenillo, justo bajo el glande. La sensación de tener algo atado “ahí” ya era bastante extraña, pero cada vez que accionaba el mando a distancia, tenía que morderme los labios para no gritar. Era estupendo, pero me daba bastante corte… el sonido de la vibración no se notaba nada con el ruido del motor, y mi ama había hecho que nos sentáramos en la parte trasera del autobús, se trataba de un vehículo largo, de recorrido interurbano, y de la segunda mitad  para atrás, no éramos ni cuatro monos, pero aún así, algo de corte, sí me daba. Quizá no tanto por la situación en sí, sino por saber que estaba totalmente a su merced, y en plena calle. En la misma parada del autobús, mientras esperábamos, le había dado un par de toques al mando, y yo había tenido que meter las manos en los bolsillos para que no se notase el bulto que me crecía sin parar. Ahora me estaba torturando deliciosamente, accionando la bala para darme gusto y parándola para frustrarme. 

    Al parar, me picaba toda la entrepierna, hubiera querido meterme la mano en el bolsillo agujereado (Mariposa me había hecho hacer un agujero en él, tanto para poder meter la mano ella si se le antojaba, como para que yo pudiera meter un kleenex y limpiarme) y machacarme sin piedad, el ardor era insoportable y hacía que me picase hasta el ano. El sudor me corría por la frente y miré a Mariposa, pidiendo más… por favor, otro poquito más… Mi ama me sonrió con maldad y desvió la vista hacia la ventanilla, mirando tranquilamente el paisaje, ignorando mi terrible deseo. Mis manos se dirigían solas a mi entrepierna, quería tocarme, aunque sólo fuese por encima, pero resistí, e intenté yo también mirar por la ventanilla, disimular… y entonces, lo accionó de nuevo. 

     Me estremecí visiblemente por más que quise evitarlo, ¡qué delicia! La vibración me hacía cosquillas, me producía un picor delicioso justo en el capullo, era una caricia asombrosa, nunca me había sentido así… era un placer travieso, extraño. Yo estoy acostumbrado a acariciarme, a que me acaricien, a la penetración, pero esto eran unas cosquillitas suaves y deliciosas que me tentaban, que me daban más y más ganas, que me subían al cielo… pero no me dejaban llegar. Llevaba sintiendo que estaba a punto de correrme todo el camino, y eso debía ser más de veinte minutos, pero no lo había hecho ni una sola vez. Tal vez, de haber dejado la vibración activada más rato, lo hubiera hecho, pero Mariposa sólo la dejaba un ratito. Unos segundos ahora, un poquito más después, ahora otro poco… de modo que me tenía derretido de gusto, empapado en líquido preseminal y temblando como un flan de gelatina, poco me faltaba para babear… pero sin correrme. Dios, cómo me estaba gustando, qué rico era, qué picorcito… y de nuevo, paró. 

    Sólo por pura vergüenza de ser oído, no grité de frustración, sentí hasta ganas de llorar viendo cómo el orgasmo se perdía de mi vista una vez más. Quise agarrar las manos de mi ama y suplicar que me dejara correrme, que por favor tuviera piedad de mí, se me iba a gangrenar el miembro… Mi mirada debió transmitir fielmente lo que sentía, porque de nuevo sentí el delicioso cosquilleo en mi punta. Mis ojos se cerraron de placer, pero miré a mi ama a los ojos para ver si esta vez… y la vi asentir y sonreír, ¡me dejaba… esta vez, iba a dejar que me corriera! El saber que ahora sí podría hacerlo, hizo subir mi placer. Me agarré con una mano al reposacabezas delantero y apoyé en él la frente, para que nadie viera mi cara de placer, mientras cerraba los ojos, disfrutando de lo que sentía… a pesar del ruido exterior, yo podía oír el zumbido del vibrador en mi miembro, e imaginé la pequeña bala azulada atada a mi glande, haciéndolo temblar por efecto de su vibración, moviéndolo y dándole ese delicioso masaje cosquilleante.

    Me mordí el labio inferior y mi cuerpo tembló cuando la bala empezó a vibrar más intensamente; Mariposa había subido el nivel de tortura, decidida a que me corriera ya mismo. Mi mano derecha, que sostenía un pañuelo de papel, lo estrujaba en pura crispación. Ahora la sensación era más fuerte, más enloquecedora aún si cabe, el zumbido hacía vibrar la tela misma del pantalón y mi pene se frotaba contra ella. Mis caderas se movían solas, buscando más sensaciones y el orgasmo empezaba a avecinarse, pero en un jugueteo diabólico que me hacía sentir que estaba cerca, muy cerca… pero que no iba a llegar nunca. Hubiera querido gritar de placer, abrazarme a mi ama, moverme… pero tenía que seguir lo más quieto que pudiera, y quizá esa imposibilidad me dio más placer aún, el morbo porque pudieran pescarnos me estaba sacando de quicio, y la vibración me daba tirones de placer desde el capullo hasta el vientre, me daba la sensación de que toda la mitad inferior de mi cuerpo era agua, mis rodillas temblaban y mis nalgas daban calambres en el asiento, y por fin, ¡por fin!, me estremecí por entero, la mano izquierda agarrada al reposabrazos con tanta fuerza que mis nudillos palidecían; una deliciosa corriente eléctrica laceró todo mi cuerpo, desde mi miembro a los hombros, me encogí en el asiento y disfruté de la explosión… y casi al instante, me embriagó una dulcísima sensación de alivio, mientras mi pene parecía estallar. Sólo por reflejos había llevado la mano del kleenex a él, y podía sentir perfectamente los disparos de semen salir a presión, regalándome éxtasis a cada uno y dejándome poco menos que muerto. “Si no llego a estar vestido, la leche hubiera llegado al techo”, pensé con torpeza, mientras me dejaba caer en el asiento. 

     La cabeza me daba hasta vueltas y notaba que tenía una sonrisa de oreja a oreja. Estaba hecho un guiñapo, pero me sentía como Dios, había sido la pera, con toda probabilidad, el placer más largo de mi vida. Creía que nada podía mejorar aquello, hasta que una boca cálida se posó muy suavemente en mi mejilla. Mariposa me había dado un beso. Se me escapó un “mmmmmmmmmmmmmmmh….”, del fondo mismo del alma y volví la cara hacia ella, con la boca entreabierta, rogando por otro beso. Mariposa me miró con reconvención, pero echó una fugaz mirada hacia el autobús y, viendo que no había nadie cerca, me lo concedió, y por unos instantes maravillosos, su lengua se fundió con la mía. 

     -Ya estamos llegando, componte un poco, Imbécil. Recuerda que debes llamarme Ocaso, y que sólo somos amigos. 

     -Sí, am… Ocaso. 

     Aún cuando bajamos del autobús, me parecía ir caminando entre nubes. El bus arrancó y nos dejó en una parada sin marquesina, envueltos en una nube de polvo, entre la tierra suelta. Delante de nosotros, sólo había un muro  que encerraba un edificio de ladrillo blanco, rodeado de jardines. Parecía una especie de hospital. Tuvimos que andar un poco hasta la puerta, y vi un cartel que decía “Residencia geriátrica Virgen Dolorosa”, y no pude evitar preguntarme a quién iba a ver Mariposa allí. Por un momento, temí que fuese a algún otro esclavo, pero enseguida deseché la idea, yo no había hecho nada que motivase un castigo por celos tan tenebroso, y de ser así, mi ama no lo habría mantenido en secreto, me lo hubiese restregado de inmediato. Mariposa apenas habló con la gente, pero fue saludada varias veces. Ella se limitaba a mover la cabeza para devolver el saludo, sin sonreír y casi sin hablar, sólo un celador captó su atención, porque le preguntó algo en voz baja. El celador inclinó la cabeza y negó. Finalmente, llegamos al jardín y bajo una sombrilla, sentada en una mecedora, vimos a una anciana. 

     Mariposa se detuvo de golpe, para echar a andar de inmediato, pero mucho más lentamente, con los ojos fijos en la mujer. La anciana era pequeña, menuda, tenía el cabello blanco, y cuando le vi el rostro, tenía la mirada perdida y una extraña expresión de ausencia, con la boca entreabierta. De vez en cuando, se le escapaba un poco de saliva, y por eso llevaba una especie de babero. Mi ama tomó una esquinita del mismo y limpió la boca de la anciana con mucho cuidado. ¿Quién sería aquélla anciana? Nunca había visto que Mariposa tratase a nadie con tanta ternura.

     -Hola. – dijo con su voz de ratita. La anciana, con mucha dificultad, volvió la cabeza y miró a Mariposa con gesto inquisitivo. Algo parecido a una sonrisa cruzó por su cara... parecía como si no se acordase de cómo se sonreía. 

     -¿Quién eres tú? – preguntó, y al oírla, se me puso la piel de gallina. El rostro de la mujer estaba tan maltratado por la edad, y quizá por la enfermedad, que no había notado el parecido, pero la voz la delataba, era… tenía que ser la madre de mi ama. Ahora entendía la urgencia de la visita y su insistencia en que yo no hablase. 

     -Tú me conoces, soy amiga de tu niña. – el rostro de la anciana se iluminó y tomó la mano de Mariposa, tirando de ella para que se sentase a su lado, lo que mi ama hizo, en la silla contigua. 

      -¿La has visto? ¿Cómo está? ¿Es feliz?

     -Está muy bien. La veo con frecuencia. Es una niña normal. 

      -Gracias a Dios… - suspiró la anciana. No acababa de entender la conversación, ¿porqué mi ama no le decía a su madre que ella misma era su hija? – Ya habrá crecido tanto… debe ya tener casi diez años. Apuesto a que es la niña más guapa de su clase, ¿es guapa?

     -Es guapísima… porque se parece mucho a ti. – Contestó Mariposa, con una mirada brillante que me producía cierta envidia, ojalá alguna vez me mirase a mí así…. Su madre, o mejor dicho, la cabeza de su madre, no vivía en el mismo año que el resto de su cuerpo. Decirle que la chica que tenía delante, era su hija, era perder el tiempo, porque para ella, su hija era una niña; pensaría que intentaban engañarla si le decían lo contrario. 

      -Dile que estudie mucho, por favor, y que no desobedezca en nada al tío, es un poco huraño, pero es bueno… tuvo razón al enfadarse. Y que no se acuerde de mí, que no venga a verme, él se pondría furioso. 

      -YA estoy furioso. – un hombre muy mayor, pero de aspecto vigoroso, se acercaba a nosotros. La madre de mi ama se tapó la boca, como si temiera por lo que acababa de decir, y Mariposa se puso en pie. Ya no había rastro de cariño en su mirada, sólo ira, asco. Por un momento, temí que se lanzara contra aquél hombre, y me resultó muy fácil darme cuenta que había muy pocos motivos por los que se contenía de hacerlo, quizá porque estuviera allí su madre, o porque él fuese un viejo. - ¿Qué haces tú aquí? Creí haberte dicho que no quería ver putas aquí. 

     -He venido a verla a ella. No necesito tu permiso.

     -¿No te parece que le hiciste ya bastante daño? ¿No estás satisfecha aún? 

     -¿Perdona…? Si hablamos de daño, creo que no fui yo quien le estampó la cara contra el suelo  y la dejó senil con treinta años.

     -Eso, lo hiciste tú. Todo se lo hiciste tú el día que naciste. 

     -Haberla dejado usar condones o abortar, muy reverendo tío. – Una sonrisa siniestra cruzó por la cara de mi ama. Sin darme cuenta, yo mismo me había levantado, y no dejaba de mirar el bastón en el que se apoyaba el viejo, temeroso de que atacase a Mariposa. 

     -¿Eso te hubiera gustado, verdad? La hubiese condenado a ella y me hubiese condenado yo, ¡eso es lo que buscas desde que naciste, perdernos a todos, demonio! Pero no lo conseguirás. Ya he desistido de llevarte por el camino recto, si quieres perderte, adelante, pero no te la llevarás contigo al infierno.

     -La policía, pondría muchos reparos a lo que para ti es “llevar a una adolescente por el camino recto”… y no digamos a una niña, viejo asqueroso y repugnante. 

     -Dí lo que quieras, yo sé que hacía bien. ¿No te gustaba, verdad? A ella tampoco, pero sabía que era por su bien, yo sabía hacerlo de modo que no diese pecado, pero se fue a zorrear con chicos… chicos que no sabían hacerlo como  yo, y por eso viniste tú, semilla maldita. ¿Crees que me importa la policía? ¡Ellos, no pueden hacerme nada con sus leyes mortales, sólo Él puede juzgarme! – sonrió con maldad – Curiosamente, ya soy demasiado viejo para que me condenen por hacer lo que era justo. Dios me protege. 

      -Tu dios, no existe. Estás tú más loco que ella. ¿Quién te estrelló a ti la cabeza contra el suelo para que te volvieras tan loco, viejo tío? ¿También en el seminario te “llevaron por el camino recto” a ti, otros hombres fuertes y viejos como tú? ¿Te gustaba a ti eso, tío? ¿Te gustaba que te tocasen y te mandasen tocar?

     -No eres más que una puta, una mujer vil, como todas. ¡El Señor será implacable contigo, y te mandará al infierno al que perteneces y del que nunca debiste salir!

     -Ese señor, nunca podrá hacerme nada ni mandarme a ningún sitio, porque no existe, nunca ha existido, no es más que un desvarío de tu mente enferma. Quizá podrías asustarme con esas memeces cuando yo tenía cinco años, pero ya estoy un poco grande para que intentes hacerlo ahora, viejo loco. Si tu dios existiera de verdad, hace mucho que debió haberte enviado una venérea para hacer que se te cayera el pito a cachos y te comieran por dentro gusanos. 

     -¡Vuélvete con Satanás, tu dueño, zorra! ¡Dios está de mi parte, y Dios te va a castigar! ¡Dios sabe quién tiene aquí razón! ¡Dios te va a fulminar, hará que te atropelle un coche, que te violen y te maten, Dios…!

     -¡Y yo me cago en tu cochino dios!

      Sólo vi un borrón. Mariposa hizo ademán de volver la cara para aguantar el revés, pero cuando abrió los ojos, me encontró a mí en medio, sujetando con la izquierda la mano de su tío. El viejo me fulminaba con la mirada, y temí que me cruzase la cara a mí. Sonreí como pude. 

     -Hola. – susurré – Me… me llamo Miguel, y siento un profundo respeto por los ministros de Dios. – soy consciente que quedó babosamente servil y pelota, pero no se me ocurrió nada mejor. 

     -¿Quién es éste cretino? ¿Algún inconsciente al que también estás perdiendo? – Mariposa me miraba como si fuera la primera vez que me viera. Había un extraño asombro en sus ojos, como si me preguntase qué estaba haciendo, quién me daba vela, porqué me metía… pero alcancé las ciento ochenta pulsaciones en un segundo, cuando contestó:

      -Es mi amigo. 


                                                                    ************************

     Mariposa no me había contado nada, pero ahora lo sabía todo. Había nacido de madre soltera, su madre era sólo una adolescente cuando se quedó en estado, y le habían forzado a tener el bebé para quitárselo después y entregarlo a su tío abuelo, un sacerdote que daba misa en un colegio de huérfanos. El viejo había abusado de mi ama como había abusado de su madre años atrás. Engañándola con que lo hacía por amor, porque la quería mucho, para protegerla y también para castigarla por ser “fruto del pecado”, había logrado que ambas guardasen silencio, hasta que Mariposa debió hartarse o creerse demasiado lo de que ella era un pecado e intentó quitarse la vida cortándose las venas… cuando su madre se enteró, poco menos que enloqueció y se encaró con su tío abuelo por vez primera en su vida. Éste la atacó y de la paliza que le metió, la dejó incapaz para siempre. La madre de Mariposa apenas tenía cincuenta años, pero aparentaba más de ochenta. Al parecer, no le quedaba mucho de vida.

     No sabía ni qué pensar. Mariposa tenía razón cuando decía que su tío estaba más loco que su madre, durante los pocos minutos que tardamos en irnos, no dejó de decirme que su sobrina nieta era un demonio, que me alejara de ella ahora que aún podía, porque me destruiría, que mirase lo que había hecho con su propia madre, que salvase mi alma de ese pecado viviente que era Ocaso… Yo sólo entendía que era bastante comprensible que Mariposa hubiera intentado suicidarse  para escapar de una vez de él. Hasta yo lo hubiera hecho, y sólo tuve que aguantarle un ratito. 

     -Imbécil. – mi ama me llamó y yo acudí, de rodillas. Estábamos de nuevo en mi casa, en mi alcoba, y mi ama pareció muy pensativa durante todo el regreso, ni siquiera había querido jugar de nuevo conmigo y el vibrador. Al llegar a casa, me había hecho desnudarme y quedarme fuera del cuarto, y por la puerta entreabierta la había visto abrazar la almohada y mecerse ligeramente, como si precisase sentirse segura… ojalá me abrazase a mí cuando lo necesitase. Después, había rebuscado algo en su bolsa negra, ya no pude ver qué, y me llamó. Entré en el cuarto a gatas, sonriente, y ya erecto, a pesar de que ni siquiera me había tocado. Mariposa elevó la mano, haciendo gesto de que me levantase, y obedecí, quedando de rodillas, pero erguido, con las manos hacia delante, como un perrito que pide. 

      -Imbécil… No hagas preguntas. – asentí. – Tengo un regalito para ti. – Mi ama sacó las manos de la espalda y me mostró un collar negro, con púas de metal. Suena estúpido, pero me sentí emocionado y acerqué la cara, Mariposa sonrió ante mi simpleza y me colocó el collar, dejándolo poco ajustado y acariciándome el cabello. – Te queda bien, Imbécil…. Quiero que sepas, que esto, tiene un cierto valor. No cualquier esclavo, se gana un collar propio. Vamos a pasearte, perrito. – Mi ama sacó una larga correa de metal de su bolsa y la enganchó al collar. Dio un tirón y me hizo seguirla a cuatro patas por toda la casa, por la terraza, lamerle los zapatos, las piernas… más tarde se subió a mi espalda y me hizo pasearla, y yo me sentía reventar de felicidad. “¿Será esto lo que sienten las chicas, cuando el chico de sus sueños les da un anillo….?”