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lunes, 24 de junio de 2013

Hazme tuya, Conejito

Olía el aire fresco de la noche, hasta podía oler el cambio de estación y el rocío evaporándose lentamente de las plantas, el aroma de la tierra húmeda aumentando de temperatura con la salida del sol. Podía oler el aroma del café que estaban moliendo en la cafetería para hervirlo inmediatamente después, y los bollos horneándose, las tortillas dándose la vuelta en las sartenes para preparar los bocadillos, el pan recién horneado… y aunque no era tan agradable, también podía oler quién se había masturbado en su cuarto la noche anterior en la residencia masculina de estudiantes. Un nuevo mundo se había abierto para Virgo, el lavandero, y como todo, tenía sus ventajas y sus inconvenientes. 

Rodrigo, a quien llamaban Virgo, el lavandero de la residencia femenina, se había enamorado de una chica que resultó ser un licántropo, y con la oposición de la familia de ella, pero finalmente lo habían aceptado tras pasar una serie de pruebas. Al menos, de momento. Roy había tenido mucho miedo, el convertirse en un licántropo no era algo que le atrajese gran cosa, pero por estar con Junior… haría lo que fuese preciso. Todavía recordaba el momento de la transformación. Junior le había dicho que no tuviese miedo, que no hacía daño… casi. Le hizo sentarse en su cama, desnudo, y también ella se desnudó y le permitió besarla durante un buen rato, hasta que el joven lavandero ya no pensaba en qué iba a suceder, sino solo disfrutaba. La joven se sentó a su espalda y empezó a acariciarle el miembro con una mano y el pecho con la otra, lamiéndole el cuello. Roy temblaba, agarrando la colcha, acariciando las piernas de Junior, se le escapaban las sonrisas de gusto mientras su miembro se ponía más y más rojo, se humedecía y gritaba por correrse. Los dedos de su chica le daban un gusto maravilloso, acariciándole de arriba abajo, deteniéndose en la punta, esparciendo el líquido transparente que brotaba de él, en caricias dulces y traviesas, haciendo cosquillas cálidas en sus pelotas, pellizcando sus pezones y recorriendo su pecho hasta el vientre con la punta de las afiladas uñas. 

Roy se sentía en la gloria entre los brazos de Junior, los estallidos de calor se iban haciendo cada vez más frecuentes, sus caderas se movían a golpes y los jadeos de gusto eran más altos y explícitos conforme la velocidad de la experta mano de Junior iba aumentando también. 

-Córrete, Conejito… - susurró la joven en su oído, bañando la mejilla de Roy con su tórrido aliento. – Venga, quiero ver mi mano pringosa de tu semilla, quiero verlo saltar hasta el techo, mancharte la tripa, y recogerlo con mi lengua… - El oír aquéllas cosas puso fuera de sí a Roy, jadeó con más fuerza y ya no pudo aguantar más, su cuerpo se deslizaba por efecto de los golpes de su cadera, y por fin apretó los dientes en medio de un gemido y su virilidad explotó dulcemente de dentro a fuera, haciendo manar un géiser de esperma que lo hizo contraerse hasta los dedos de los pies, y en ese preciso momento, la boca de Junior perforó su cuello. El gemido de gusto se mezcló con el grito de sorpresa y dolor cuando los colmillos de su novia atravesaron la piel, haciendo estallar venas y reventando la carne. Roy se moría de placer en medio de su orgasmo al tiempo que un dolor terrible le laceraba el cuello, punzante y abrasador… pero entonces, gimió un sonido de sorpresa. El dolor del cuello desapareció bruscamente, y no notó nada, como si el cuerpo entero se le durmiera. Virgo se asustó. Quiso mover los brazos, patalear, pero no podía, su cuerpo no le respondía. Junior le agarró por debajo de los brazos, le sostuvo y apretó contra ella, mientras a él le parecía oír cómo masticaba…

Muy lentamente, la sensibilidad volvió. Una sensación de calor comenzó en la zona del mordisco y se expandió lentamente por su cuerpo. Como un reguero de fiebre, lo sintió pasar por su pecho, sus brazos, su vientre, su pene aún erecto y bajar por sus piernas hasta las puntas de sus pies. Y ese calor se volvió acogedor y agradable. Era como tener una alegre hoguera dentro de su propio cuerpo. Roy recuperó lentamente la respiración, todavía con el cuerpo laxo, sostenido por Junior, y probó a mover los dedos de las manos. Le respondieron, pero se sentía raro. Algo le picaba y quemaba por dentro… era como si su cuerpo, no fuese enteramente su cuerpo. Como si hubiese alguien más compartiéndolo. Alguien más fuerte. Más ágil. Con mayores apetitos. 

"Es posible que te cueste un poco acostumbrarte" le había dicho Junior. "A nosotros, nos suele pasar en la preadolescencia, en torno a los ocho o diez años, hasta entonces, el animal está latente, es una parte de nuestro carácter, pero no se manifiesta por completo. A partir de esa edad, empezamos a darnos cuenta de qué somos en realidad. Nuestro animal está desarrollado y lucha por salir. Es cierto que nosotros, no tenemos demasiado… autocontrol, digamos, pero aún así, debes recordar que vives entre humanos y eres tú el que controla a la bestia, no ella a ti. Deberás aprender a controlar tu nueva fuerza, tus apetitos, tus instintos…".

Y tenía razón. A Virgo le estaba costando, pero últimamente, notaba que tenía siempre antojo de comer carne, y mejor cuanto menos hecha. Cortarla y verla roja por dentro, incluso que chorrease cuando clavaba el cuchillo, le llenaba de placer. Le avergonzaba reconocerlo, pero a veces no se molestaba en cortar los filetes, simplemente los pinchaba con el tenedor y se los comía de feroces bocados. Cuando el jugo le goteaba por la barbilla, se le escapaba un gemido de gusto, pero eso no era lo peor. Lo peor es que su deseo sexual, se había desbocado, pero Junior no le dejaba satisfacerlo. 

-¿Pero, por qué? Si ahora ya somos iguales, ¿por qué no quieres? – preguntó un jadeante y muy desesperado Roy a Junior. La joven se sentía mal por negársele, su Conejito estaba excitadísimo, con una terrible erección en los pantalones y haciendo ímprobos esfuerzos por retener el impulso de abrazarse a su pierna y frotarse como un perro en celo. 

-Todavía no podemos, Roy. Aún… aún hay cosas que no sabes. Es cierto que técnicamente, eres un licántropo, pero aún no eres lo que se considera como "adulto", porque nunca te has transformado ni has abatido una presa. Todavía no eres un cazador, y no tienes derecho a tomar hembra si no lo eres. Debemos esperar hasta que mi padre decida llevar a cabo tu iniciación. 

Roy gimió como un animal apaleado. El padre de Junior, Alan, le seguía dando mucho miedo, y aunque su parte animal le ordenaba que se dejase de chorradas y simplemente violase a Junior, que ambos lo estaban deseando y que le dieran por ahí a su padre, llamó en su ayuda a toda su fuerza de voluntad, y se contuvo. Aquélla noche tuvo que masturbarse tres veces hasta quedar relajado, que no satisfecho, algo que no le pasaba desde que tenía quince años, y desde luego, no se sentía tan salvaje como ahora. 

Alan y su esposa, Coral, vivían en el Hotel Maravillas, no muy lejos de la universidad, y desde allí, el padre de Junior disfrutaba viendo lo mal que lo estaba pasando esa asquerosa subcriatura que se había atrevido a acostarse con su hija. ¿Quería ser un licántropo? Muy bien, que lo fuera… vamos a ver cuánto aguantaba. Así habían pasado ya casi dos semanas, y Roy lo llevaba peor cada día. Su trabajo, no le ayudaba. Como lavandero de la residencia femenina, estaba expuesto a la ropa interior de todas las chicas de la universidad; bragas, corsés, sujetadores, ligueros… a cientos pasaban cada día por sus manos, muchos de ellos con el olor aún fresco, que él podía detectar con mucha mayor agudeza ahora. Sudaba copiosamente cuando llevaba los barreños, y no era por el esfuerzo del peso. El aroma de la ropa interior, entre la que se contaba la de Junior, era una verdadera tortura. Por el olor, sabía qué chica se había masturbado, qué chica estaba en período fértil, qué chica había hecho el amor la noche anterior, si realmente lo había hecho o si sólo había estado retozando; sabía si las que se masturbaban, lo habían hecho sólo acariciándose el clítoris o si se habían penetrado, si habían usado un juguete o los dedos…; de las que habían hecho el amor, sabía si el chico había usado protección o no, podía oler si era ella la que tomaba anticonceptivos… hasta podía saber qué chica lo tragaba o no.
No era fácil vivir con una libido desatada, en medio de estímulos constantes y con tu chica tan cerca, y a la vez, tan lejos. Roy tenía miedo de sí mismo. Si alguna chica se le insinuase… de acuerdo, seguía siendo el lavabragas, no creía que fuese a suceder mañana, pero era posible… si alguna chica se le insinuase, tal vez no pudiese aguantarlo y se dejase vencer. Y quizá fuera cosa suya, pero desde que no era del todo humano, las chicas que antes se reían de él, le miraban con mejores ojos. Se sinceró con Junior. Ahora sólo hablaba con ella por teléfono, porque él temía que no pudiese soportarlo y se abalanzase sobre ella, y ella misma no quería ponérselo más difícil. 

-Es normal, Roy… los licántropos somos seres muy sexuales. Y… tú mismo no te das cuentas de ello, pero lo cierto es que ahora estás más fuerte, más marcado. No hueles igual que antes, ni eres el timidón de antes. Apenas tartamudeas… Has cambiado. El animal te ha cambiado. Eres más seguro de ti mismo. La testosterona te chorrea cuando andas, y eso, cualquier hembra lo nota, aunque sigas siendo el lavabragas. – En la voz de Junior, se notaba que ella también le deseaba ardientemente. 

-Junior… - jadeó al teléfono Roy, y la joven sintió que se derretía…. Su Conejito era puro deseo, tenía una voz tan ronca que apenas le conocía. - ¿No podríamos… no podríamos sólo vernos y… y juguetear un poco? Sin llegar hasta el final, te lo prometo. Sólo jugar. Sólo acariciarnos. 

"Me está hablando el lobo, no Roy." Pensó Junior, aguantándose sus propias ganas, intentando ignorar que su vientre se estaba poniendo candente con la voz ansiosa del lavandero. "Tengo que ser fuerte, tengo que serlo por los dos".

-No. No podemos. Si vienes aquí, acabaremos cayendo, no podremos evitarlo, aunque queramos. Yo también tengo ganas, Conejito, yo también lo estoy pasando mal…

-Junior… lameré tu boca, tus labios, muy despacio. – susurró, recreándose en las palabras – agarraré tu camiseta y la desgarraré mientras bajo lentamente por tu cuello, lamiéndote…. Lameré el canal entre tus tetas… las masajearé con las manos, y pellizcaré tus pezones… apretaré. Cada vez más fuerte, tiraré de ellos, y te haré gritar. Me suplicarás que pare… ¿Junior? – Roy jadeaba en su lado del teléfono, desnudo sobre la cama, con su miembro apuntando al techo, pero del otro lado sólo llegaba el silencio. Por un momento, le invadió la idea de que ella ya no había sido capaz de soportarlo más y venía a verle, pero enseguida la desechó. De ser así, ya tendría estar oliéndola, y no lo hacía. Simplemente, había dejado el teléfono sin colgarlo. 

Junior, efectivamente, no había sido capaz de soportarlo más, pero su juicio había vencido y se dirigió a ver su padre. 

-Qué alegría, la más joven de mis cachorros se ha acercado a vernos… ¡Coral, mira quién acaba de llegar! – sonrió falsamente su padre al abrir la puerta de la habitación del hotel. 

-Padre… basta. – pidió. 

-¿Qué quieres decir? – Alan se hizo a un lado para dejarla pasar, pero la joven permaneció donde estaba. 

-Quiero decir que ya es suficiente. Llevamos casi tres semanas esperando que te decidas a iniciarle. Roy está sufriendo, y yo también. 

-La vida es sufrimiento, Junior. Si no lo sabías, ya iba siendo hora de que te enterases. 

-Mañana hay luna llena. Quiero la iniciación mañana. – contestó Junior, ignorando el comentario de su padre.

-Eso, no eres tú quien lo decide. 

-¿Te parece que no? Entonces escucha esto: si mañana no lo inicias, pasado mañana le permitiré cubrirme. – Junior casi no acabó la frase, cuando su padre ya había alzado el brazo y un feroz bofetón le laceró el rostro, dejándole las garras marcadas desde la mejilla al cuello. – Esto, lo puedes hacer… ¿pero, serás capaz de matarme a mí… y a lo que lleve en el vientre?

Un grave rugido salió de la garganta de su padre y Junior cerró los ojos sin moverse, esperando que se abalanzase sobre ella, pero el grito de su madre frenó la pelea. 

-¡Alan! – Coral agarraba a su marido de los hombros. Su padre seguía rugiendo, bajamente. El estar en un hotel lleno de humanos le importaba un pimiento. Su madre la fulminó con la mirada. – La iniciación será este jueves, aprovechando la última luna llena del mes. Precisamente tu padre y yo estábamos hablando de ello ahora, ¿no es verdad, Alan….? 

Éste asintió. No era cierto, él pensaba esperar aún hasta el próximo mes y ver si Roy era capaz de aguantar tanto, pero era un buen término medio, así que cedió. Junior se mostró conforme y se marchó. "Voy a destruir a ese infraser…" pensó Alan, furioso "Maldito sea mil veces por haberme arrebatado a mi hija favorita, me ha obligado a enfrentarme con ella y a golpearla… me desquitaré en la caza. Lo destriparé y me comeré sus entrañas. Y me aseguraré de que viva el mayor tiempo posible para que lo vea".

No fue fácil esperar los cinco días que aún quedaban hasta el jueves, pero ya con una fecha fijada, tampoco fue tan árido como el período anterior. Roy estaba algo asustado, pero Junior le tranquilizó. "No es nada tan horrible… simplemente, mi padre te llevará de caza, abatiréis una presa y volveréis. Y luego, tendrás que montarme…. Eso sí, delante de ellos". Al lavandero no le hacía mucha gracia eso de tener que hacer su primera vez con los padres de ella delante, pero Junior le explicó: "No se trata de que hagamos simplemente el amor. Se trata de que me cubras, y cuando hablamos de un licántropo converso, es preciso que haya otro para juzgar que es capaz. Tu miembro se hinchará, se formará una bola o nudo en su base, y tendrás que empujar hasta metérmelo por completo, y quedaremos trabados hasta que se deshinche. Puede que te duela un poquito, pero no te apures".
Junior omitió decirle que más le iba a doler a ella, ya estaba bastante preocupado. Finalmente, llegó el día y Alan los llevó en su coche hasta un bosque no muy lejos de la propia universidad. 

-Desnúdate. – ordenó Alan, ya fuera del coche. Roy palideció, pero Junior le explicó enseguida a qué se debía.

-Esta noche, tu transformación será completa. Es posible que rompas la ropa, y en cualquier caso, no podrás quitártela siendo un lobo, tienes que quitártela antes. 

El lavandero intentó obviar la vergüenza que sentía. Junior se volvió de espaldas, pero su madre no hizo lo propio, y la joven carraspeó. Sólo entonces Coral se dio cuenta, pero en lugar de volverse, simplemente volvió la cara. 

-Hija, tu novio no va a tener nada que yo no haya visto. Bueno… visto, tocado, besado, lamido… - sonrió y Junior sonrió en medio de sus nervios. Al propio Roy se le escapó una sonrisa, pero cuando vio el gesto adusto de Alan, se le borró el gesto. Alan se erguía orgulloso en su desnudez, y para el joven lavandero, tenía motivos para estar orgulloso. Él estaba encogido y se cubría la virilidad con las manos. Desde su transformación, había crecido ligeramente, pero desde luego nada comparable a lo que lucía Alan, quien le miró con una sonrisa de superioridad, buen conocedor de su potencia. Su futuro suegro parecía completamente cómodo estando desnudo y descalzo. Él tenía frío, le picaba todo el cuerpo, la hierba le arañaba las piernas, el suelo le hería los pies y se sentía canijo y miserable. 

-Transfórmate…. Si es que sabes. – Alan apenas había terminado de hablar cuando en su lugar había un enorme lobo negro. Las fases intermedias de su metamorfosis casi no se apreciaban de lo rápido que cambiaba, era el tiempo de un parpadeo. Su animal era asombrosamente grande y de aspecto amenazador y terrible. Enseñó los dientes y le rugió. Roy cayó en la cuenta que seguía siendo tristemente humano… ¿cómo hacía para cambiar? Miró a Junior en busca de ayuda, ésta miró a su madre por ver si la observaba, y ésta, oportunamente, desvió la mirada, muy interesada de repente en sus zapatos. Junior se relamió de forma muy explícita, y Roy entendió. Una forma de cambiar a su estado animal, era excitándose. 

Cerró los ojos, e intentó abstraerse de la presencia de Alan, y pensar sólo en Junior. En sus pechos, en la primera vez que los vio, cuando ella se los enseñó jugando, en la lavandería… en la terrible erección que le sobrecogió cuando ella le agarró del cuello y le manejó como un muñeco y le lanzó sobre su cojín, enfadada porque le había pescado con fotos de ella… Sintió un terrible picor en todo el cuerpo, como si la piel le quemase, y se dio cuenta que se estaba cubriendo de vello, un espeso pelaje negro. Continuó recordando, la vez que ella vino a verle a casa, el grito de pasión que dio cuando él le pellizcó los pezones sin ningún cuidado, a lo bestia… y de repente, tuvo muchas ganas de morder algo, lo que fuera, y dio un bocado al aire. Su boca sonó como un cepo metálico, y tuvo que dar un par de bocados más para acostumbrarse a unos dientes mucho más agudos y unos colmillos muy afilados, y una lengua mucho más larga… Por fin, notó algo muy humillante en el final de su espalda, quiso rascarse, pero los brazos ya no le llegaban ahí. Le había salido una hermosa cola negra. Estaba a cuatro patas, aunque no se había dado cuenta. De pronto, el suelo de tierra, piedras y yerbajos no le molestaba ya, ni tenía frío, ni se sentía ridículo. Se sentía… bien. 

Junior le miraba extasiada, con las manos juntas y los ojos chispeantes. Se moría de amor por él, y Roy saltó hacia ella sin contenerse, dispuesto a montarla ahí mismo… A medio salto, un relámpago negro le cortó la trayectoria y le mordió dolorosamente una oreja con tal fuerza que casi se la arranca de cuajo. Era Alan. 

"Todavía no te has ganado eso, aprendiz". Alan no hablaba, no movía el hocico… pero Roy le oía, no sabía cómo. "Aún tienes mucho que aprender, y una cosa importante, es a dominar al lobo. Y ahora, vamos. Comienza tu caza". Roy no llegó a verlo ya, pero Junior le lanzó un beso mientras se alejaba es pos de Alan. 

Roy intentó hablar, pero de su boca sólo salieron gruñidos, y Alan le contestó con otro veloz mordisco que estuvo en tris de arrancarle la cara, sólo sus reflejos animales salvaron que su futuro suegro sólo lograra llevársele un mechón de cabellos que volvió a crecer muy rápido. "No seas estúpido, no uses la boca. Sólo la cabeza"

"Perdón… ¿qué vamos a cazar?". Alan estuvo a punto de contestar "a ti", pero se contuvo. Sabía que por aquélla zona había furtivos que se dedicaban a abatir ciervos o corzos fuera de temporada. Si había suerte, y ya se ocuparía Alan de que la hubiera, era muy fácil que le descerrajaran un tiro al imbécil éste… y cuando quedara inconsciente, sólo era cuestión de separarle la cabeza del tronco. Luego podría hacerlo pasar como un desgraciado accidente delante de su hija, con el tiempo ella entendería que no había sido una buena idea encoñarse de una subcriatura humana. 

Pero de esto, nada sabía Roy y trotaba feliz siguiendo el paso de Alan. Nunca se había sentido tan libre. El recorrer el bosque sobre cuatro fuertes patas, sentir el viento nocturno, lleno de olores excitantes, el crujido de la tierra bajo él, el sinnúmero de sonidos del silencio… era sencillamente magnífico. Sus patas, todo su cuerpo, respondía de un modo que antes él ni podía imaginarse. Podía saltar ribazos altísimos, dar zancadas de toda la longitud de su cuerpo, oír la tierra temblar bajo su peso, y no sentía apenas fatiga por la carrera. Olía las liebres, los pájaros en los árboles, olía su miedo, su alerta… y entonces olió algo que no le gustó. Metal. También Alan lo había olido, y frenado en seco. 

"Humanos". Dijo. "Pensaba hacerte cazar una simple liebre, pero vamos a ponerte a prueba. Ese humano pretende abatirnos. Nos toma por lobos, y los lobos son una presa codiciada. Mátalo tú a él". Roy titubeó. Quería a Junior, pero no quería convertirse en un asesino. "Vamos… no puedes estrenarte con nada mejor. Si quieres, te abriré el camino. Tú tendrás que dar el golpe mortal, pero yo saltaré el primero para aturdírtelo". Roy estaba tan asustado, que no encontró extraña la gentileza de Alan. Su animal le impelía a continuar, quería sangre, quería a Junior, lo quería todo, ¡¿qué importaba que un cazador estúpido estuviera en el lugar equivocado en el momento inoportuno?! Roy estaba a punto de dejarse simplemente arrastrar, cuando reparó en la zona de tierra. Un círculo de arena limpia en medio de las hierbas que crecían por doquier. Y entonces supo que el metal que había olido, no pertenecía a un arma. Alan saltó. Y Roy intentó gritar, saltar y pensar todo al mismo tiempo.

"¡Alan, NO!", aulló, saltó y embistió a su suegro para desviarle, cayó en el círculo de tierra y un escalofriante chasquido metálico rompió la noche como un vaso de cristal. Alan rodó de lado, estuvo a punto de abalanzarse, furioso, sobre Roy, y entonces le vio. Gorgoteaba, estremeciéndose. La sangre le corría de la comisura de los belfos, mientras volvía rápidamente a su forma humana. Un cepo de oso, de dientes serrados, se había cerrado en torno a su pecho. Roy hubiera querido arrancarse las orejas cuando el espantoso sonido de sus huesos al ser atravesados y el siseo de su carne, cortada como mantequilla, laceró sus oídos. Sintió su sangre estallar fuera de su cuerpo, y empezar a derramarse, casi dulcemente por su piel. El dolor llegó lentamente, pero una vez empezó, creció sin parar, no se detenía, se hacía más y más agudo cada vez, y por fin el lavandero gritó, gritó más fuerte de lo que nunca pensó que podría gritar, hasta quedarse sin aire, hasta que todo se volvió negro. 


**************


-Nos vamos. – Susurró Alan. – No necesitamos quedarnos. – Junior se jactaba de no haber llorado jamás, pero en ese momento lo estaba haciendo. Su Conejito tenía una horrible cicatriz semicircular que le cruzaba el pecho y parte de un brazo. Estaba ya regenerándose, pero aún así, Roy todavía estaba aturdido. Era la primera vez que se moría, no estaba acostumbrado. Su padre, con su increíble fuerza, lo llevaba en brazos. 

-¿Qué… qué ha pasado…? – preguntó Roy, con voz extenuada. – Recuerdo… el dolor… 

-Te tiraste de cabeza a un cepo de osos para intentar salvarme. – explicó Alan. – Y no sabías que eso, no te mataría. Estuviste a punto de matarte por evitar lo que creías mi muerte. Yo mismo abrí el cepo y te traje aquí de nuevo. Me pesa reconocerlo, pero no necesito más pruebas. Alguien que es capaz de algo semejante… es digno de tener a mi hija y de formar parte de mi clan. – La mandíbula de Roy tembló de emoción. Oír algo así del padre de su novia era lo que más podía anhelar. Sin poder contenerse, se incorporó ligeramente y besó filialmente la mejilla de Alan. Éste cerró los ojos y resopló. – Vamos a hacer como que esto, no ha sucedido. Y si se te ocurre llamarme "papá", te mato. – Le dejó en el suelo. A Roy le temblaron las piernas, pero Junior le abrazó para sostenerle. Le devoraba con la mirada, llena de cariño y de pasión. 

-Hija mía… enhorabuena. Enhorabuena a los dos – Su madre besó las mejillas de su hija y acarició la cara de Roy, pero enseguida se marchó, riendo por lo bajo, en pos de Alan. Se montaron en el coche, y se marcharon. 

-Se largan sin más… ¿y nosotros, qué…? – Roy miró a su chica en busca de respuestas, pero la mirada ardiente de Junior sólo contenía una cosa: ganas. Virgo estaba agotado después de lo sucedido, pero su deseo acumulado durante tantas semanas, fue más fuerte, y empezó a notar que su hombría se elevaba. Junior le hizo arrodillarse. A pesar de estar en forma humana, el estar sobre la tierra no le molestaba en absoluto. La joven se sacó la camiseta y el pantalón con las bragas. 

-Estoy orgullosa… estoy tan orgullosa de ti, mi Conejito… - jadeó. – que sepas que, técnicamente, deberíamos luchar, deberías vencerme para hacerme tuya… pero por hoy, te lo perdono. – La boca de Junior se pegó a la suya, y su lengua candente se introdujo en su boca. Roy gimió, abrazándola, apretándola contra sí. Sabía que Junior no era una chica dada a los romanticismos, y por eso se lo calló, pero lo que más le había aterrado, no había sido el intenso dolor, no había sido la oscuridad, no había sido la idea de morirse… sino el temor de no volver a verla más, no tenerla nunca más entre sus brazos, como ahora.

Junior besó su cuello, lamiendo su piel. Lamió la señal del mordisco, única cicatriz que dejaría señal, pues era anterior a su transformación, y bajó por su pecho, ahora más velludo que antes, lamiendo los pezones, retozándolos con los dientes, entre los gemidos risueños de su prometido. Siguió bajando, y lamió cada punto rosado de la cicatriz del cepo, que desaparecería en pocas horas, y continuó bajando, hasta su erección, rosada y húmeda, y sin avisar, se la metió en la boca hasta la garganta. 

-¡Aaaaah…. Junior….! – Roy gimió, tomándola de la cabeza para que no parara. Antes, nunca habría hecho una cosa así, pero ahora, su mitad animal también tomaba parte en las decisiones. Sus caderas se movían, su cuerpo, dolorido y agotado, se refugiaba en el dulce y cálido placer que ahora le inundaba, quería correrse, aliviar su deseo de tantos días en blanco… pero Junior alzó la cabeza con una sonrisa. 

-No quiero que tu primera vez se desperdicie. Vamos, poderoso macho licántropo… cubre a tu hembra, tienes derecho. Te lo has ganado. – La joven se volvió de espaldas y se inclinó, alzando sus nalgas, dejándole el camino abierto a su sexo húmedo y ansioso. Roy no podía imaginar felicidad mayor. La tomó de la cintura, y embistió. Ambos gritaron de placer, fundidos hasta lo más profundo. Roy jadeó, preso de un placer que jamás había sentido. Aquello era nuevo… era más… ardiente. Sin poder contenerse, empezó a bombear. Junior gemía, alegre, viciosa, riendo sus jadeos, mientras Roy empujaba a una velocidad increíble, como si tuviera un motor en las caderas. Pronto la joven no aguantó más y empezó a gritar como una loca - ¡Sí… sí, SÍ, SIGUE, BESTIA, ANIMAAAAAAAAAAAL…. ME CORROOOOOOOOOOOO….! 

Junior arrancó manojos de hierba con las manos mientras Roy no podía ni hablar, sólo jadeaba como un perro. Sintió las contracciones eléctricas del coñito de su chica sobre su miembro ansioso, y tampoco él pudo más… pero en lugar de eyacular, sintió que su pene se hinchaba. Le dieron ganas de sacarlo y mirar, pero el calorcito delicioso le impidió aquello, tiró de él, para conseguir que siguiera empujando, y Roy obedeció a su recién estrenado instinto y apretó, pugnando por introducirse plenamente dentro de su compañera. Jadeó, apretó, su sudor caía sobre la espalda de Junior, el placer le quemaba…

-Oh… oh, Dios, está entrando… ¡está entrando…! – gimió, maravillado. Junior tenía los ojos cerrados y los dientes apretados… y por fin, Roy cayó sobre su espalda. 

-¡Estás dentro! Aaaah…. Es increíble… es… es… ¡nunca me había sentido así! – La joven reía y lloraba al mismo tiempo. Dolía, pero era un dolor maravilloso. La alegría de estar fusionados lo superaba con creces. Roy tenía ganas de moverse, y empezó a sentir cómo su miembro se vaciaba dentro del cuerpo de Junior. 

-Me estoy… me estoy corriendo… mmmmmh…. Aaaah… esto es la leche… ¡es bestial! – Era como si su miembro fuera una fuente inagotable de semen, podía sentir los espesos chorros ser succionados dentro del coñito de Junior, que daba sacudidas y lo masajeaba. Cada borbotón le daba un placer inenarrable, y no era el único. El tórrido esperma y las convulsiones de su polla y del nudo, hacían delicias en el sexo de Junior, la joven no dejaba de estremecerse y reír, el dolor había pasado por completo, ahora sólo quedaba el inmenso placer… el bulto vibraba en su interior, pegando en puntos mágicos, haciendo que su placer subiera de fomra imparable cada pocos segundos, para hacerla estallar, relajarse, y excitarse nuevamente. 

Es imposible saber cuánto tiempo estuvieron unidos. Ambos perdieron la noción del tiempo, pero por fin, Roy quedó vacío por completo y su pene pudo salir. Lentamente, tiró de su cuerpo y con un suave "plop", quedaron libres. Junior se dejó caer por completo en el suelo, y Roy hizo lo propio, sobre su espalda, ambos jadeando, satisfechos y felices. El joven lavandero lamía quedamente la cara de su chica, dando gemiditos, y ella le sonreía, sacando la lengua a su vez para acariciar la suya… 

-Bueno… va siendo hora de volver a casa. ¿Quieres echar una carrera? – sonrió Junior. Roy estuvo a preguntar cómo se suponía que iban a volver sin coche, pero sonrió y adoptó su forma animal, al tiempo que también Junior lo hacía. El joven se sentía muy juguetón y se lanzó sobre su chica, rebozándose en la tierra como dos cachorros grandes, rugiéndose y mordiéndose en broma, hasta que ella echó a correr y él la persiguió. No le hacía falta saber la dirección. Podía oler la universidad. 


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Lejos de allí, en la suite del Hotel Maravillas, Coral estaba haciendo su equipaje y guardándose un par de albornoces y unas cuantas toallas del hotel, mañana se marcharían y volverían a casa. Alan estaba en la terraza, contemplando la luna llena con gesto adusto, mientras la radio emitía una canción que detestaba: "….¿Y cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre…? Pregúntale, ¿por qué ha robado un trozo de mi vida? Es un ladrón… que me ha robado todo….". Siempre había odiado esa canción, porque pensaba que sólo un humano, un ser tan inferior como un humano, podía reaccionar tan estúpidamente a la traición de una compañera, y si ese era su modo de contestar a una infidelidad, la única tontería que había hecho la mujer, había sido esperar… ahora veía otro mensaje en esa canción, la veía desde otra perspectiva… y eso le hacía detestarla más aún. Pero por algún extraño motivo, no quería quitarla.

-Alan. – Su esposa estaba agachada junto a él, y le acarició los hombros. – Ha sido lo más noble que has hecho en mucho tiempo. – el licántropo agarró las manos de su mujer y la atrajo frente a sí. 

-¿Crees que ha sido acertado? ¿Que nuestra hija será… será feliz con un humano?

-Ahora ya no es un humano, Alan. Y piensa… no es lo mismo, pero… tu padre también pensó que tú no podrías ser feliz con una renegada. Que si yo había desobedecido a mi clan, era porque era de mala raza, y no podría hacerte feliz. Pensaba que yo te traicionaría, que te abandonaría… y no tuvo razón. Las cosas nos han ido bien, ¿no crees?

-No lo creo, estoy seguro. – sonrió Alan. 

-Pues puede que esto sea lo mismo. Los tiempos cambian, Alan…. Pero por mucho que cambien, hay algo que siempre será igual…. – Coral pareció a punto de decir algo como "mi amor por ti", pero en lugar de eso… - Cuando trajiste a ese chico en brazos, olías a sangre y tierra, a miedo… a cacería, y a muerte… parecías un hermoso ángel del infierno, y me excitaste… de tal modo, que me costó contenerme delante de los chicos…. Mmmh… - Coral se hizo hueco entre las piernas de Alan, y mientras éste le acariciaba la cabeza con una sonrisa de vicio, su esposa le desabrochó el pantalón, le sacó el miembro, ya erecto, y empezó a besarlo apasionadamente….

lunes, 17 de junio de 2013

De fiesta con las gemelas


     El gusto de los ratones siempre era salvaje y excitante. Jet ya estaba protestando porque Roy, el novio de su idiota hermana pequeña, a quien tenían que seducir, había logrado eclipsarse soltándoles ratones, pero Bet prefería disfrutar del sabor de la sangre cálida y salada que aún se notaba en su boca. Jétzabel era siempre impaciente y algo chillona, Betsabé solía ignorarla. Las gemelas licántropo habían fracasado en seducir al novio de Junior, su hermana pequeña, y sabían que su padre no se lo iba a tomar nada bien… pero además de enterarse, para pagarlo con ellas, tenía que hacer antes otra cosa: atraparlas. Y es cierto que Alan y su madre eran asesinos a sueldo, especializados en encontrar licántropos renegados de sus clanes, las cogerían tarde o temprano, pero hasta entonces, pasaría tiempo, y mientras tanto, no era plan de desaprovechar el suyo.
      -¡Se nos ha escapado por tu culpa, idiota! – le reprochó Jet, a pesar de que las dos se habían lanzado a por los ratones, y por lo tanto, habían dejado libre a Roy para escaparse, exactamente al mismo tiempo… pero para Jet, la culpa siempre era de los demás. 
     -Cállate, estúpida…mmmh… los ratones tienen más gusto que ese insípido humano… ¿qué nos importa que se haya ido… él se lo pierde, si prefiere quedarse con nuestra subnormal hermana, allá él… otros mejores vendrán. – Y en ese momento, una chica se asomó por la ventana.
     -Hola, chicas. – era una joven pelirroja, con el pelo casi al rape. Como ya no quedaban ratones, no se asustó por nada. Hablaba con una voz sensual, y antes de que lo dijera, ya estaba claro lo que quería. - ¿Tenéis una fiesta… privada, o aceptáis a más miembros…? – Jet y Bet despreciaban a los humanos, pero llevaban mucho tiempo sin tener sexo con nadie. 
-Depende... – sonrió Bet - ¿De quién se trata, bombón…? – La joven licántropo se acercó a la ventana y manoseó el pecho de Thais, bajo la camisola. Thais no aparentaba más de dieciocho años, y sufría una especie de alergia a la música, que la hacía quedar a merced de cualquiera… pero esa noche, además, quería subir el ánimo al que, muy a su pesar, pero consideraba su amigo a pesar de todo. 
-De mí… y de mi amigo. – Jean se asomó a su vez, y Jet rompió en carcajadas. 
-¡Qué feo! ¡Eres más feo aún que Drácula!
-¡Qué tonta! – contestó Jean, poniendo su mismo tono de voz – ¡Eres más tonta aún que Abundio! – Lo que Jean no sabía es que cuando Jet decía Drácula, no se refería al vampiro, sino a uno de los perros de su padre, que se llamaban Drácula y Mircea, y con los cuales ella y su hermana habían tenido sexo. 
-Es muy feo, pero me ha hecho reír – contestó Bet. – puede quedarse. Pero que no se haga ilusiones, no pienso dejarme besar por esa boca llena de hierros. 
-Tampoco yo quiero besar esa boca llena de colmillos… - protestó, pero de todos modos, siguió a Thais cuando ella entró por la ventana, Jean era un prestigioso abogado, moreno, atractivo, bien hecho… pero esa noche, bajo el conjuro de las gemelas, volvía a ser un adolescente de pelo grasiento y apelmazado, rostro masacrado por el acné, cuerpo desgarbado y grotesco aparato dental que le hacía cecear. No estaba a gusto sintiéndose feo y en plena pubertad, pero la golosina de tener a su amiga y a dos chicas más, por ende gemelas, para él solito… digamos que le consolaba bastante. 
    Entre risitas, le pusieron de rodillas. Los pantalones gris del traje le quedaban grandes, pero eso daba igual a las tres chicas. Puesto que Bet y Jet no estaban dispuestas a acercarse al aparato, Thais supo que su boca, sería por entero para ella, y quiso lanzarse a besarle mientras las gemelas se disponían a quitarle el pantalón y descubrir su juguete, pero, para su propia sorpresa, Jean la detuvo.
    -Eh, ¿y el “ambiente”? ¿No vais a poner ni un poquito de música…? – Thais sabía por qué lo decía. Teniendo ella la madurez mental de los dieciocho y el calentón que tenía, era poco probable que sucediera, pero si se le pasaba, sería muy capaz de huir… oyendo música, caería presa de su debilidad y no podría escaparse. 
    -Los humanos siempre lo complicáis todo – susurró Jet, tan bajo que no la oyeron – Si quieres música, ponte a cantar. 
     -Bet… no seas grosera con nuestro juguetito… Elige algo bueno de la música de nuestro “cuñado”, y ponla, venga. – Jet estuvo a punto de protestar, pero su hermana se le adelantó – Te prometo que no abriré el paquete hasta que vuelvas. – Dicho y hecho, Jean intentó soltarse él mismo el botón y dejar su erección libre, pero Bet le sujetó las manos – No, no, cachorro travieso… quieto. Tú, chica – dijo, dirigiéndose a Thais. – Ponle las tetas en la espalda y acaríciale… vamos a hacerle sufrir un poco mientras vuelve mi hermana. 
     Thais sonrió y se sacó la camisola por la cabeza, dejando ver sus pechos, menudos y rosados, de pezones rojizos, pero Jean apenas pudo verlos fugazmente, ella le abrazó por detrás y los notó, calientes y puntiagudos, en su espalda. Entre risas suaves, la joven se acarició contra su columna, haciendo círculos con los pezones. Jean sonrió y tembló ligeramente, recordando que con dieciocho años, con la edad que él tenía ahora… era casi por completo virgen, sólo había besado a una chica que le dejó cuando él quiso pasar a mayores, algo como tres chicas para él solito, era algo que entonces, sólo estaba en sus sueños más salvajes… de haberle sucedido en esos años, se hubiera muerto de gusto… más o menos como le estaba pasando ahora, sonrió. 
    Bet se puso en pie y dejó su sexo a la altura de la cara de Jean. “Jet, no te des prisa…” pensó. Aún entre sus labios cerrados, se veía perfectamente la punta de su clítoris rosado, y cuando se abrió el coñito con los dedos, éste quedó al descubierto, erecto y tembloroso, húmedo y tentador… Curiosamente grande. 
    -Saca bien la lengua, feíllo. – ordenó – No quiero que me toques con esos hierros llenos de saliva.
    Jean obedeció, mientras tenía que apretar los puños para no soltar su pene, que gritaba por ser liberado, y Thais no dejaba de frotarse contra su espalda y acariciarle el pecho con las manos, lamerle el cuello en caricias, subiendo hasta las orejas… él sacó la lengua todo lo que pudo y la acercó a la gorda perlita de Bet. 
     -¡Mmmmmh…! – la joven licántropo se dobló sobre sí misma al sentir el intenso latigazo de placer húmedo que pareció electrificar su sexo hasta la nuca, cuando la traviesa lengua de Jean la rozó, y de inmediato empezó a aletear, acariciando el bultito, rodeándolo, hurgando entre los labios vaginales, haciendo cosquillas irresistibles… Sí, el amigo de la chica era feo con ganas, el pobre, pero tenía sus buenas tablas usando la lengua… qué dulce lo hacía… Sería por el tiempo que las gemelas llevaban sin tener sexo, pero le estaba sabiendo a gloria, qué modo tenía de moverse, era como un pececito fuera del agua, aleteando sin descanso, acariciando y dando golpecitos, frotando por la punta, intentando meterse entre sus labios, presionando, dando vueltas… no paraba para tragar, le importaba un pimiento estar babeando si a cambio le daba placer, era un artista… 
     -¡Eh, no empecéis sin mí, cabrones! – gruñó Jet, que ya volvía. Había puesto un disco en el que se oía el susurro del viento en los árboles y trinos de pajaritos… Roy no tenía más música que eso y rock duro, y poner canciones del estilo “violaré tu cadáver frío y putrefacto y me sacaré gusanos del miembro después del acto”, durante una sesión de juegos, era excesivo incluso para Jet.
     -Ooooh…cállate y déjame un poquito más, no sabes la lengua que tiene este pervertido…
     -¡Yo también quiero probarla!
     -¡Tú dijiste que no querías saber nada de su boca llena de hierros, así que ahora te aguantas! Aaah, sigue, sigue chupándome… mmmh, así… eh, chica, no me lo desconcentres… - Thais se rió, porque la habían pescado, ella misma estaba desabrochando el pantalón de su jefe y le había sacado el miembro erecto. Jean se estremecía de placer, su pasante sabía acariciar muy bien, lo hacía con toda calma, torturándole un poquito, dándole un gusto maravilloso pero sin acelerar demasiado, para que no se olvidase de lamer a Bet. 
     -No te preocupes, Jean es muy hábil, ¿verdad que sí? – susurró al oído de éste, lamiendo la oreja y jugueteando con el lóbulo. Él asintió, sin dejar de mover la lengua, las manos apretadas en los muslos de Thais – No parará aunque le dé un orgasmo…
     Bet se apretaba los pechos y luchaba contra el impulso de agarrar la cabeza de Jean y embutirle contra su sexo, el repelús que le daba el aparato era poca cosa comparada con el placer que sentiría cuando esa experta lengua se deslizase plenamente al interior de su coñito y presionase los puntos exactos… Pero Jet estaba fastidiada.
     -Jet… no seas tonta, no te enfades… haaaaaaaaaah… - gimió su hermana – yo hubiera querido que chuparas a éste feo, pero… mmmh… la chica ya te ha tomado la delantera… haz algo útil y ayúdame a llegaaaaar… aaaaaah… cuanto antes lo haga… antes podrás probar tú…. 
     -Eres una asquerosa – rezongó Jet, pero se puso de rodillas detrás de su hermana y le abrió las nalgas con las manos, enterrando de inmediato su cara entre ellas. Bet gritó y brincó de gozo cuando la lengua de su hermana se introdujo en su ano, casi con furia. 
     -¡Aaaaaaaaaah… sí, sí, seguid, seguid los dos….! – chilló, mientras se le escapaban las sonrisas y las piernas le temblaban. “El culo… le está chupando el culo…” pensó Jean, con la cabeza que le daba vueltas. Tenía en la punta de su lengua el clítoris más grande que jamás había visto, su pene sentía mil delicias entre las manos de Thais, y a solo unos centímetros, separada por las piernas de Bet, las tetas y el sexo de Jet se le ofrecían… sin poder contenerse, acercó la mano derecha al coñito depilado de la menor de las gemelas. 
     -¡Mmmmmh…! – Jet dejó de lamer por un momento para mirar a Jean, pero éste no pudo devolverle la mirada, no estaba dispuesto a dejar de lamer, quería sentir esa gran perla correrse y vibrar para él, quería sentirla temblar en su lengua y verla contraerse, y estar acariciando otra similar, no era motivo para dejar de mirarla. 
     -¡Jet, estúpida, no pares….! – suplicó Bet, contoneándose, ansiosa por sentir de nuevo la lengua doble, y su hermana volvió de nuevo a su deber, su lengua se introdujo entre los cachetes tibios y acarició la rosada estrella, mojándola, y apretó ligeramente, para lograr introducirse poco a poco, en medio de una indescriptible calidez… ella misma sentía su ano húmedo, pero era por las dulces caricias de Jean, que le frotaba el clítoris con el pulgar y le metía un dedo sin reparo. 
      “Jooo… yo también quiero…” pensó Thais, viendo a las gemelas suspirar y gemir. Una parte de sí misma se avergonzaba por pensar así, pero por otro lado, hoy no quería pensar… se sentía como si estuviera viviendo un sueño, una especie de fantasía de la que al día siguiente nadie recordaría nada y por lo tanto, de la cual nadie podría pedirle explicaciones ni hacerle reproche alguno. Como si Jean se anticipase a sus deseos, llevó hacia atrás la mano izquierda, y como pudo y con bastante dificultad, pero empezó a acariciarle también a ella el coñito. 
     Bet apenas podía hablar. Sonreía y ponía los ojos en blanco, apoyando las manos en los hombros de Jean, sudaba y se estremecía; Jet gemía audiblemente a pesar de tener la lengua metida en el ano de su hermana y sus manos, agarradas a las nalgas de Bet, se crispaban de placer, mientras sus muslos daban convulsiones; a Thais, que gozaba de las cosquillitas que le hacían Jean en su sexo, le estaban entrando ganas de jalearle, ¡estaba satisfaciendo a dos chicas a la vez, y eso mientras le acariciaban el miembro! Su jefe era un pervertido, pero podía enorgullecerse de serlo, no todos los que se jactan de ello pueden presumir de tener a tres chicas atendidas al mismo tiempo… mmmh, qué bien le estaba tocando, le hacía cosquillas en el clítoris justo con la punta de los dedos, era tan excitante… 
      -¡Más… más… MÁS! – chilló por fin Bet sin poder contenerse, clavando las uñas en los hombros de Jean, de modo que éste aceleró con la lengua, moviéndola a toda velocidad, frotando la puntita con fuerza… y desobedeciendo al sentido común, pero siguiendo el imparable dictado de su ansia, apresó el clítoris en su boca y succionó como si quisiera exprimirlo, mientras metía dos dedos en el coño de Jet y los doblaba por dentro para acariciar el punto mágico. El chillido de ambas gemelas atronó los terrenos de la universidad. Bet se dobló de placer, tiritando, mientras su gorda perlita intentaba contraerse, pero los labios de Jean la tenían presa y las convulsiones se hacían con ello insoportablemente agradables; Jet puso los ojos en blanco y arañó las nalgas de su hermana en su temblor, sus muslos se estremecieron y Jean pudo sentir perfectamente su sexo titilar y abrazar sus dedos mientras gemía y babeaba.
     Suavemente, Jean soltó su presa. Para él, no había nada más excitante que sentir los golpes incontrolables de un orgasmo femenino, y más cuando lo había provocado él. Sabía que acababa de correrse sin poder evitarlo, su pene estaba empapado en jugo blanco, él jadeaba, recobrando el aliento… había sido demasiado bueno para aguantar. Las gemelas respiraban con fuerza, las dos de rodillas, y Bet se daba lengua dulcemente con Thais, acariciándose los pechos. Esta sola imagen bastó para volver a darle ganas. “Es cierto, con dieciocho años era más feo que picio y un fracasado social… pero eso de poder pasarse siete orgasmos empalmado como un campeón y no tener que tomarse ni un descansito de diez minutos, también era una ventaja”, pensó. 
     -Mmmmmmmmmmh… - gimió Bet, jugueteando con la boca de Thais – Gracias por traerte a tu amigo, bombón. Tú, feo, mira en qué estado te has puesto, todo sucio… Jet, vamos a limpiarle, se ha portado bien, ¿no crees?
     -Haaaaaaah… sí, no ha estado mal, se ha ganado que le limpiemos. – Jet gateó y se inclinó, hasta besar muy suavemente el miembro erecto de Jean. Permaneció un segundo con la boca pegada a su piel, y luego se separó lentamente, dejando un hilillo blanco suspendido entre su boca y él. Jean suspiró, echando hacia atrás la cabeza, mientras también Bet se inclinaba, dispuesta a lamerle. 
     -No te distraigas, feo… compensa a tu amiga por haberte dejado entrar, tócala, que veamos cómo le das gustito, venga… - susurró la licántropo. No había nada que ninguno de los dos desease más, Thais se colocó junto a él, y le acarició del cuello, lamiendo sus labios. Jean sacó la lengua y empezaron a lamerse mutuamente, mientras él bajaba las manos sin ningún reparo, la derecha en su coñito, la izquierda por detrás, iba a acariciarla por todas partes. No sabía si Thais había hecho antes sexo anal o no, no importaba, era un buen momento para comenzar. 
    Las gemelas lamían el grueso miembro de Jean, paladeando golosamente el espeso semen que lo cubría, entre los suspiros de su propietario. Cada vez que las pícaras lenguas rozaban su piel, un escalofrío de intenso gusto le recorría de pies a cabeza, era tan agradable que se le escapaban las sonrisas y se le encogían los hombros, pero no por eso dejaba de acariciar a Thais, que le ponía unas caras de placer que partían el alma. Los dedos de Jean acariciaban el clítoris por delante y se mojaban bien por detrás para acariciar el ano, hacer cosquillas que daban a Thais unas ganas tremendas de ser penetrada… Jean asintió y le metió dos dedos de golpe.
      -¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! – gritó, sonriente, aferrándose a Jean y temblando de gusto, ¡qué bueno! Su sexo mismo pareció aplaudir de placer, la maravillosa caricia tórrida se expandió por su cuerpo, produciéndole una sensación dulcísima de plenitud… que enseguida se transformó en un picorcito travieso y calentito que exigía que los invasores se movieran en su interior, lo que empezaron a hacer de inmediato. 
     Jean suspiraba, mirando a Thais sonreír y a las gemelas lamer su pene alternativamente. Su miembro estaba ya limpio por completo, sonrosado y brillante de saliva. Bet y Jet le lamían hasta las pelotas, se metían su miembro en la boca, una cada rato, y de vez en cuando las dos jugueteaban con sus lenguas en la punta del mismo. Jean sentía los hilillos de saliva resbalar pícaramente por su tronco, acariciando y haciendo cosquillas, era irresistible, insoportable… deliciosamente insoportable. Si seguían así, iba a correrse otra vez, no podría remediarlo… Thais casi brincaba sobre sus dedos, sus manos volaban en su interior, su mano izquierda apretaba cada vez más su culito, se estaba metiendo en él… y la joven suspiraba entre sonrisas, gimiendo su felicidad, incapaz de soportar el placer… como él mismo era incapaz. 
      -Señor, esto compensa lo de la lotería… ¡gracias! – murmuró en medio de gemidos entrecortados, sintiendo que un nuevo orgasmo se avecinaba y no podía hacer nada por retenerlo. 
     -Se va a correr… no aguanta nada, otra vez que se va a derramar… - musitó Jet, haciendo pasadas interminables con su lengua.
     -Oooh… ¡esperad, esperad! – casi a manotazos, Thais las quitó del miembro de Jean y lo apresó en su boca, succionando como si pretendiese arrancarle la vida por él… y casi lo consiguió, porque al ver aquello Jean se dejó derrotar y una poderosa descarga de esperma le fue arrebatada por la boca de su pasante, sintió su sexo aspirado dulcemente, en medio de contracciones que le acalambraban el cuerpo y daban tirones de su polla embriagada de sensaciones indescriptibles… se descubrió a sí mismo tirado de espaldas, vencido por el placer, mientras sentía que su sexo aún daba empellones, metido todavía en la dulce boca de Thais.
     -¡Tragona egoísta! – protestó Jet.
     -Venga, vosotras tuvisteis la anterior… 
    -Y tendremos la siguiente… la tuya. – dijo Bet, y se lanzó a por el sexo húmedo de la joven abogada, metiéndole dos dedos hasta los nudillos. Thais rió y gritó de placer, agachándose hasta tocar el suelo con la cara, para dejar su coñito expuesto. Jet, riendo perversamente, se colocó junto a su hermana y acarició el ano de la joven. Jean, tirado en el suelo, no sabía si advertir de su presencia allí, o limitarse a disfrutar del espectáculo e intentar que su sangre volviera al resto de su cuerpo, porque llevaba no sabía cuánto rato agolpada en su miembro. 
     Thais le miró, sonriente, y a gatas y como pudo, se acercó a él, y empezó a lamerle la cara y los labios… Jean sacó la lengua para que ella no tuviera que tocar el corrector dental y empezaron a acariciarse mutuamente mientras las gemelas la masturbaban sin cesar. Apenas unos minutos más tarde, la joven empezó a gemir con más fuerza, sus mejillas se pusieron rojas y su cuerpo temblaba. Bet la taladraba sin piedad, metiendo y sacando sus dedos a toda velocidad, y Jet introducía su dedo índice en el ano de Thais, lentamente, haciendo círculos y presionando por dentro, produciendo subidones extraordinarios de gusto, pequeños estallidos que presagiaban el Grande en el cuerpo de la pasante. 
      Thais intentó hablar, decir que le venía, pero de su boca sólo salieron gemidos desamparados. Sin importarle un pimiento el aparato, dejó caer su boca sobre la de Jean y le metió la lengua con desesperación, mientras su sexo estallaba en una fuente de sensaciones maravillosas, expulsando tibias gotas espesas de placer, al tiempo que se cerraba en convulsiones, apresando los torturadores dedos de las gemelas, que reían a carcajadas viendo los temblores incontrolables del cuerpo de Thais, cómo sus esfínteres se cerraban en espasmos rítmicos, al compás de sus gemidos de placer.
     El aparato dental era frío y de sabor metálico. No era precisamente agradable, sin embargo, Thais, en medio de su orgasmo, lo recorrió con la lengua, tranquilamente y con pasión “esto es como besar a un androide…” pensó, jadeando. Ese fue su último pensamiento coherente antes de dejarse caer junto a Jean. Tenía la sensación de que la fiesta había seguido, pero no recordaba nada más allá. 

        A la mañana siguiente, la despertó una sensación áspera sobre su piel. Algo rascaba ligeramente su brazo, y cuando abrió los ojos, descubrió que era una manta marrón, de tela basta. Estaba en la casa que recordaba de anoche, tendida en el suelo y desnuda, pero le habían echado una manta por encima, y tenía su camisola junto a ella, bien doblada. Estaba caliente y olía como si alguien la hubiera lavado, secado y planchado en esa noche. Fue a incorporarse, y descubrió a Jean a su lado, sonreía dormido, como le pasaba cuando había tenido sexo (lo cual quiere decir que sonreía dormido la práctica totalidad de las veces que dormía). Él también estaba dormido, pero ya no era Jeanny Hierros. Su acné había desaparecido, su cabello estaba bien peinado, ligeramente hacia arriba, dándole ese aspecto de erizo aseado que le caracterizaba. Su cuerpo estaba moldeado como ella lo conocía… los pantalones de su traje también estaban junto a él, y también planchados y doblados con mimo. Las gemelas habían desaparecido. Por la ventana, apenas salía el sol aún… podía ponerse la camisola y llegar hasta su cuarto sin que nadie la viera, no quería que Jean se despertase y empezase a hacer bromitas estúpidas sobre lo sucedido la noche anterior. Se puso la camisola e intentó salir de debajo de la manta, pero una voz casi la hizo saltar medio metro del susto. 
     -¿No quiere un café? – Un chico alto y de mandíbula saliente estaba sentado en la encimera de la cocina, mirándola. Sostenía una taza en las manos y la miraba con afabilidad. 
     -¿Quién eres tú?
     -Soy Virgo, el lavandero. Vivo aquí. – Thais se sonrojó hasta las rodillas, y Virgo sonrió con amabilidad. – Parece que anoche pasaron algunas cosas raras, no se preocupe, lo suyo no ha sido lo peor. El conserje de noche me ha contado que ha encontrado a una pareja de profesores en el gimnasio, él encima de ella, sin calzoncillos y dormidos como dos troncos, él roncaba y todo. Y otra pareja, en un coche. Yo he visto volver a un tío vestido de mujer, y hasta el bibliotecario salió de la residencia de chicas hace como una hora… iba escondiéndose, hasta que su mujer salió al balcón y se puso a gritar “¡Oli, te quiero! ¡Oli! ¡Te quiero!”, y luego el primo del bibliotecario se asomó también y gritó que él también le quería, pero que era muy temprano aún y despertaron a media residencia femenina… creo que el bibliotecario volvió a meterse allí. Lo suyo, no ha sido lo peor. Por lo menos de lo suyo, no se ha enterado nadie. 
     Thais no sabía ni qué cara poner. Pero el lavandero tenía razón, al menos nadie se había enterado, no parecía que el tal Virgo le fuese a ir con el cuento a nadie, y aunque lo hiciese, ¿qué más iba a dar…? Su caso no sería más que otro entre tantos.
      -Creo que sí me tomaré ese café… - susurró y se levantó, estirándose bien la camisola. La entrepierna le escocía y le quemaba. 
     -¿Le apetece que ponga un poco la radio…?
      -Por Dios… todo, menos eso. 
      

viernes, 14 de junio de 2013

La noche del Otro


     -¿Y bien? - preguntó el Rubio, por mejor nombre capitán Bruno, cuando Fontalta llegó de su “inspección”.

     -Confirmado, no ha dormido en casa. Ayer me quedé hasta tarde viendo la del Steven Seagal que hacían en la tele, y no le oí llegar, pero ahora acabo de llamar, y nadie contesta. 

     -¡Ese es mi Fugaz! - sonrió el Rubio, cerrando el puño. - Espere que deje el honor del Cuerpo MUY alto.  - el cabo Fontalta y el sargento Buenavista intercambiaron una mirada preocupada... Arcadio Fugaz, el otro cabo, estaba coladito como un colegial por Aurora, a la que llamaban Aura, la chica del chiringuito, y el capitán Bruno, viendo que Fugaz no se arrancaba, les dio un empujoncito, y parecía que la cosa había ido rodada, visto que Arcadio no había vuelto a su casa. Por un lado, al larguirucho Fontalta y al gordito Buenavista les parecía estupendo que el chico le hubiese dado una alegría al cuerpo; necesitado estaba de ello... pero les preocupaba el hecho de que hubiese sido precisamente con Aura, de quien se rumoreaba que era bruja, ¿y si le había hecho algo a su compañero...?

    -¡Muy buenos días! Siento llegar tarde, capitán, luego me quedaré un poco más, ¿habéis visto qué mañana tan preciosa tenemos? ¡El mar relucía como si fuese de diamante, y esta mañana el aire estaba perfumado como de jazmín, de azahar... de vida! - Arcadio entró en ese momento, luciendo una sonrisa esplendorosa y con estrellitas en los ojos. Quedaba claro que Aura SÍ que le había hecho algo... y debió de ser algo tremendo, vamos.

     La propia Aura, poniendo a punto su chiringuito para abrirlo cerca de una hora más tarde, bien podía atestiguar lo tremendo que en efecto había sido. “No pude controlarlo a él, pero lo más grave no es eso. Lo más grave es que no pude controlarme a mí”, se decía, pelando naranjas y limones para meterlos en los exprimidores automáticos. Era cierto que era una bruja, no eran “sólo rumores”, y el verano pasado había dado un fuerte bebedizo a Arcadio, camuflándolo como una bebida alcohólica, para meter un sortilegio a macerar dentro de él; su intención había sido recuperarlo y cosechar la semilla del cabo, fortalecida gracias al mismo y que tendría muchos usos para diversas pócimas. No sólo no lo había logrado, sino que el policía había conseguido... defenderse. 

     Cuando la joven bruja se metió en la mente de Fugaz para recuperar el sortilegio, éste lo notó. Y, quién sabe cómo, la encerró dentro de sí. Aura estaba a la vez fuera y dentro del cuerpo del cabo, y eso les proporcionó el sexo más extraño y placentero de sus vidas, y con toda probabilidad de la vida de nadie, por que cada uno podía sentir a la vez su propio placer y el placer que sentía el otro. Anonadada por las sensaciones, Aura ni siquiera había sido capaz de pedirle a Arcadio que usase protección, y su valioso esperma se había derramado casi por completo, la joven apenas había podido recuperar un poco. Y el sortilegio seguía preso en él. Es cierto, eso le daba otra ocasión de volver a activarlo y conseguir otra cosecha, pero ni de lejos sería tan poderosa como una que se ha macerado un año... 

    “¿En qué estaba yo pensando cuando se me ocurrió hacer personalmente la cosecha?” se reprochó la joven, mirando fijamente el agua de la olla de las almejas. En un principio, el honesto líquido no pareció darse por enterado, pero la joven carraspeó, y el agua entendió que hoy, no era buen día para andarse con bromas; rompió a hervir al instante. “Siempre he utilizado a interesadas para eso... nunca me he implicado yo”, se dijo. La semilla humana, convenientemente tratada, puede servir para muchas cosas a una bruja; pócimas de amor, de fertilidad, de prosperidad, de belleza, remedios contra la impotencia, la falta de deseo... y también maldiciones que causasen esos mismos efectos, tenían como base o ingrediente principal, el semen. Si éste ha sido potenciado mediante el sortilegio que Aura poseía, se volvía especialmente poderoso, por eso lo utilizaba, pero nunca era ella quien hacía la cosecha, debido al trato que tenía, no le apetecía lo más mínimo tener sexo fuera de... Solía meter el sortilegio en algún hombre y pedir a alguna interesada (esposa, novia...) que hiciese ella la cosecha. Después recuperaba su sortilegio simplemente intercambiando algunas palabras con el hombre en cuestión. Ella se introducía en su mente y lo recuperaba, era tan sencillo como alargar la mano hacia una estantería y coger un volumen que conocías a la perfección. 

     Claro está que éste método de cosecha exigía usar a hombres que sabías que vivían en el pueblo, no podías coger a un veraneante que al año que viene podría no presentarse, y exigía también hacer algún tipo de favor o servicio a la mujer que te ayudaba a conseguirlo. La idea de Aura había sido ahorrarse ese servicio, haciendo personalmente la recolección. No es que Fugaz no le gustase... ni tampoco que estuviese enamorada de él. Había oído decir que las brujas que se enamoraban podía perder parte o la totalidad de sus poderes; que dentro de la tríada Doncella, Madre y Arpía, la tercera era la más poderosa, y ella había aspirado precisamente a ese tercer puesto. En cierta manera, estaba pagando algo que le daba poco menos que derecho a ello. En la sociedad de las brujas, los rumores no se toman a broma. Porque nunca son “sólo rumores”. Desde luego, su incapacidad para no controlarse durante el acto, la molestaba profundamente. Sabía que tenía que recuperar el sortilegio, pero sabía también que Arcadio se daría cuenta si lo intentaba, tendría que ser cauta. Y cuando recobrase lo que era suyo, sabía asimismo que no podría abandonar al cabo sin más, éste bebía los vientos por ella, había podido notar la intensidad de sus sentimientos con toda claridad cuando estuvieron juntos; si se limitaba a decirle que había sido un entretenimiento veraniego, le destrozaría. Y sabía también que eso, le importaba. Eso era precisamente lo que más molestaba a la joven: que él, le importaba. 

     -Hola, Aura. - dijo César, el joven que vivía en el Hogar Juvenil y a quien el juez había condenado a terminar los estudios y currar durante el verano, para que viera que el dinero cuesta mucho ganarlo para que venga después un crío y te lo robe. Aura levantó la vista para saludarle, pero la sonrisa se le congeló. Y César pareció quedarse también helado. Al menos, no movió un músculo cuando ella le quitó el cigarrillo de entre los labios. 

    -No... se fuma... aquí. - dijo con voz clara. Una voz que hubiera podido calificarse de... rara. Una voz normal, y sin embargo, que nadie había oído jamás. Estando consciente, claro está. 

     -No se fuma aquí - repitió maquinalmente el chiquillo. 

     -Eso es. - sonrió Aura y el chico parpadeo. Miró el cigarrillo que Aura tenía en la mano e hizo ademán de adelantar la suya para recuperarlo, pero rectificó. 

     -Perdona, había olvidado que no debo fumar en la cocina. 

     -No importa, ya lo tiro yo. - sonrió - Tráete un par de cajas de refrescos y las metes en el congelador, abriremos enseguida. Luego, te pones a preparar mejillones. - El muchacho asintió  y salió a la trastienda a por las cajas de botellines. Aura apagó el pito y lo tiró a la basura. No le gustaba abusar de su poder mental, pero ya tenía que usarlo cada vez menos con César; al principio había sido casi el único modo de conseguir que obedeciera y se mantuviera lejos de la caja registradora, pero ahora, hasta le estaba empezando a gustar el trabajo. 

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     -Bueno, creo que nuestro Fugaz ha triunfado de todas todas. - Musitó el Rubio cuando le vio marchar. Iba precisamente hacia el chiringuito, en parte para hacer la ronda del Paseo Marítimo, en parte porque para cuando llegase hasta allí, ya sería la hora de comer, y podría acompañar a Aura hasta la comisaría, donde ella llevaba la cesta de bocadillos para el almuerzo de los policías. 

     Fontalta y Buenavista asintieron. La verdad que la cara que llevaba Arcadio gritaba a los cuatro vientos su felicidad. No es que antes fuese un depresivo, pero era un hombre calladito, apocado, de pocas palabras... Ahora estaba increíblemente expansivo, sonriente, hablador... Buenavista le había visto cuando aún estaba con su novia anterior, y según decía, ni entonces había estado así. El Rubio sonreía, porque a él le había pasado algo parecido la primera vez que hizo el amor con Charito, su esposa; él era entonces policía de tráfico junto a la Escuela Elemental donde ella trabajaba de maestra, y él rezumaba mala leche. Trataba a todo el mundo a grito limpio, de cada tres palabras que salían de su boca, dos eran tacos... él había hecho a su difunta madre una promesa de mantenerse virgen hasta el matrimonio, llevaba un Anillo de Pureza que simbolizaba la misma, y ni siquiera se masturbaba, de modo que eso, unido a la rabia que le producía la gente despreciando las normas de circulación y poniendo en peligro su vida y la de los demás, le parecía que justificaba de sobra su mala leche permanente... pero con Charito era siempre educado y cordial, con ella no era capaz de enfadarse, y cuando perdieron juntos la virginidad... Recordaba con toda claridad que al día siguiente, no había sido capaz de enfadarse con nadie y tuvo la sonrisa imborrable en todo el día. 


                                                          *********************

     -Entonces, ¿esta noche no... puedo verte? - preguntó un Arcadio bastante tristón a Aura, quien llevaba la cesta de bocadillos. 

     -Sólo será ésta noche, nada más. - contestó ella. Le daba pena verle así, pero esa noche era incontestable, era luna nueva. La Noche Oscura. Era de... del Otro. - Tengo que hacer la caja del mes, y necesito concentrarme, y seguro que acabaré muy tarde, y cuando acabe, sólo tendré ganas de dormir.

     -Podría ayudarte a hacerla, se me dan muy bien los números... - insistió él.

     -Eres muy bueno, Fugaz, pero es mejor que no. Si vienes esta noche, sé de sobra que no haremos caja. Haremos otras cosas... - sonrió muy explícitamente, y el cabo inclinó la cabeza, devolviendo la sonrisa, ella tenía razón. Llegaron a la comisaría y la joven dejó la cesta de los bocadillos y tomó el dinero del Capitán, que le dedicó una excepcional sonrisa. 

      -Gracias una vez más, Aura, por todo lo que haces por nuestra pequeña comisaría. - dijo el Rubio. - Nos mimas, y... - guiñó un ojo a Fugaz, que se sonrojó visiblemente. - ...espero que nosotros te sigamos mimando MUCHO.

    La joven sonrió y saludó a todos, y Fugaz salió con ella para despedirse, mientras el Rubio seguía revisando la documentación de la mujer que estaba allí en ese momento, para la renovación del DNI. La señora, acompañada de una niña de unos seis años de edad, sonrió a Aura cuando salió y el sargento, sentado en la mesa de junto, entró en su campo de visión, de modo que vio cómo se santiguaba. Fontalta se acercó a él.

      -¿Qué opinas tú? Se le ve feliz... - dijo en voz no lo bastante baja, y el Rubio resopló, pero siguió a lo suyo. 

     -Que me digan lo que quieran. Yo a esa chica no me acercaba ni con una pica bendecida por el Papa. - contestó Buenavista. Bruno levantó la cara y abrió la boca, pero la frase que hizo volverse al sargento, no fue suya.

     -Ruegue, sargento, por que no tenga que comerse nunca esas palabras. - dijo la mujer que llevaba a la niña, y se acercó a la mesa de Buenavista - Dicen que es una bruja, y hay gente que le niega el saludo... gente que se llama a sí misma “cristiana”, pero que cuando pintan bastos, corre a mandarla llamar, o a verla. - Buenavista intentó hablar, pero la mujer puso delante a la niña. Una carita sonriente de grandes ojos azules y pelo negro como el carbón, si el carbón brillase. - ¿Ve a mi niña? Pues de no ser por esa a la que usted llama “bruja”, ni ella ni yo estaríamos vivas. El médico decía que no se podía hacer nada, porque venía de nalgas. Decía que aquí no tenía medios, que no podía salvarla... Llegó ella, y lo consiguió. Logró sacarla, viva y sana, y salvarme a mí también. Me importa un pito lo que digan de ella, yo sé que es buena... pero delante de mí, sargento, ¡muérdase la lengua!

   La mujer, sonrojada y con los ojos brillantes de furia, recogió su DNI y se fue, pidiendo perdón al capitán un poco atropelladamente, pero éste la disculpó. 

     -Te está bien, Buenavista. - le dijo al sargento. - Ya te he dicho que te dejes de supersticiones. 

    El sargento apretó los labios y se sentó con fuerza en la silla. Aquello no le hacía ninguna gracia. Ninguna. 


                                                                       *******************


     Aura regresó a su chiringuito con rapidez, pero las piernas no le iban tan deprisa como el corazón. Fugaz se había despedido de ella besándola en mitad de la calle, frente a la misma comisaría, y durante varios minutos habían permanecido allí, besándose contra la pared del edificio, frotándose las narices y tonteando, y ella no había podido parar de sonreír. Aquello era serio, se estaba encariñando... ella había querido marcharse enseguida, tan pronto entregó la cesta, pero Arcadio salió tras ella y la retuvo de la mano, y antes de poder darse cuenta, estaba entre sus brazos... le besó con los ojos cerrados, disfrutando de la suave caricia de la lengua del cabo, de la dulzura de sentirse apretada contra él. Las manos de Fugaz le habían acariciado los brazos, la espalda, casi hasta límites no aptos para la vía pública, y ella se había sorprendido al darse cuenta que estaba devolviéndole el abrazo, acariciándole los hombros y apretándole contra ella. 

    “Es... agradable” se dijo a sí misma. “Es normal que me guste, es una caricia agradable, seguro que si me abrazase cualquier otro, Buenavista, por ejemplo, también me gustaría”. Su cerebro quería decirse que sí, que había una posibilidad... su corazón se partió de risa y le preguntó hasta cuándo iba a seguir pretendiendo engañarse a sí misma. 

    “No puedo entablar una relación normal con un hombre, ¿qué pasa con mi trato?” se dijo. “Al Otro no le importará, y lo sabes. Se la repanfinfla todo, con tenerte una vez al mes para lo que quiere, le da igual lo que tú hagas”, pensó y aunque sabía que tenía razón, que su trato sólo implicaba óvulos, pero jamás fidelidad, no dejó de sentirse algo preocupada. “...que lo utilice.” Pensó. “Creo que eso es lo que me asusta en realidad... que quiera utilizarlo contra mí. Ya consiguió bastante con la niña, me quitó mi útero. No me importaba, no planeaba utilizarlo, fue por una buena causa... pero ¿qué puede hacerme si le da por utilizar a Arcadio? ¿Qué le puede hacer a él?” Aura pasó buena parte de la tarde haciéndose preguntas, pero no tenía caso intentar contestarlas. Esa noche se resolverían solas. 

      La joven cerró antes de hora el chiringuito, como hacía siempre la noche de luna nueva, y se fue directamente a su casa, a esperar que anocheciera. Era verano y oscurecía más tarde, pero ella estaba preparada para lo que la esperaba. Sócrates, su gato tuerto, lo sabía también y por eso aquéllas noches no entraba en la casa hasta que amanecía; ni siquiera en lo más crudo del invierno, cuando ella vivía en la casa apartada de la montaña y había una gruesa capa de nieve y caían copos como pequeñas flechas de hielo, osaba entrar el gato. Era el familiar de una bruja y eso le confería cierto poder especial, aunado al que ya tiene de por sí un gato, y además no era un animal miedoso en absoluto... pero lo que sucedía en aquéllas noches, incluso a él le daba repeluznos. 

     Aura miró, sentada junto a la ventana de su dormitorio, cómo el cielo se iba oscureciendo lentamente, hasta que los rayos rojos del atardecer colmaron todo el cielo y pintaron de encarnado las paredes de su alcoba. La luz del día se extinguió por completo, pero el color rojo permanecía en su cuarto sin querer desvanecerse, y Aura supo que una vez más, había llegado la hora. Al principio no se notaba nada, pero casi enseguida, la vista del pueblo que se podía apreciar desde su ventana, desaparecía, y sólo se veía oscuridad, mientras que su cuarto se iba haciendo más y más rojo, y se notaba calor creciente, como si estuviera dentro de un horno. La primera vez, se asustó un poco... ahora ya se había acostumbrado. 

     -Chúpame la polla. - como también se había acostumbrado a sus maneras, a su aspecto y a su voz. Una no puede esperar romanticismo, ni siquiera un mínimo de cortesía por parte de un demonio... Bael la miraba desde sus más de dos metros largos de estatura, sobre sus peludas patas de cabra, con pezuñas tan anchas como un plato de postre. Su piel roja estaba ligeramente brillante de sudor y sus ojos negros relucían de lujuria en su cara con forma de triángulo invertido. Tenía dos largos y retorcidos cuernos negros en su calva cabeza, sólo había pelo en su perilla de cabra, larga hasta casi el pecho y tan negra como las garras de sus manos. Su voz ronca y terriblemente grave hacía temblar las paredes del cuarto. Aura se levantó y se llevó las manos a la falda, para quitársela, pero el demonio negó con la cabeza, mostrando en una sonrisa sus afilados colmillos - ¿Quién te ha dicho que te desnudes? 

      -Tampoco has dicho “buenas noches” - dijo ella acercándose a Baelzhabud. Era tan alto que ni siquiera tenía que arrodillarse para hacer lo que él pedía, podía hacerlo sólo agachándose un poco. 

      -Eso es por que no me interesa que hables, ¡chupa! - exigió el demonio, señalando un bulto peludo en su entrepierna animal. Aura tomó aire y enterró la cabeza entre el vello. Era suave, suave y perfumado... eso era lo que más detestaba. Bael podía controlarla a su antojo y había decidido que todo lo que sintiese con él, fuese agradable, precisamente por que ella le odiaba, a él y al trato. 

    Seis años atrás, ya casi siete, la mujer del maestro estaba en estado. Era el tercer embarazo después de dos abortos muy dolorosos, porque fueron con el embarazo ya muy avanzado... ella y su marido temían que de nuevo todo se estropease, pero todo fue muy bien. Hasta el parto. El bebé venía de nalgas, y en el pequeño pueblo no había hospital, sólo la consulta del médico, quien no tenía medios para salvar a la criatura. Llevarla al hospital era cerca de una hora de carretera por la montaña, no había tiempo. El médico le dio a elegir: o su esposa, o la niña. Y si no se daba prisa, ambas. El maestro, con la cara desencajada, sacó de la cama a Aura rogándole que, si de verdad era bruja, o maga o tenía cualquier tipo de poder, por favor ayudase a su esposa. La joven, sabiendo que el maestro siempre se había negado a creer en nada y que estaba rompiendo todos sus esquemas en busca de una pizca de esperanza, fue a su casa y se encontró el plantel. Es cierto que la anterior inquilina de la casa le había enseñado cómo atender un parto, pero aquello no era un parto: era una muerte, y Aura lo sabía. No había manera humana de salvarlas a las dos... Humana, se recordó. Pero fuera del alcance humano... 

   Aura no se lo pensó (entre otras cosas, por que si lo hubiera pensado, se hubiera dado cuenta de qué locura completa estaba haciendo), echó a los hombres de la habitación y trazó un círculo de invocación, ofreciendo todos sus óvulos que ella no iba a aprovechar, a cambio de la vida de la nueva niña. Bael la escuchó. Él salvaría a la niña, si a cambio le daba todos sus óvulos... y le permitía cosecharlos a él personalmente. Aura sabía que aquello significaba tener sexo con un demonio, y la idea no la volvía precisamente loca de pasión, pero a cambio de la vida de la niña, aceptó. 

    La joven pensó que sería horrible, doloroso y desagradable, pero ella no sabía lo astuto que podía ser Bael. Fue placentero. Fue salvaje y sin cariño alguno, pero asombrosamente satisfactorio, delicioso y pleno. Bael la hacía sentirse como si su sacrificio no tuviese valor, por que el sexo con él, mal que le pesase, le encantaba. El demonio era grosero, rudo y déspota... pero era capaz de despertarle sensaciones increíblemente intensas. Aura trataba de controlarse, de mantenerse fría y portarse como una estatua, pero su cuerpo se encendía como una tea apenas él la tocaba. En ese mismo momento, buscando su miembro entre el espeso vello, intentaba pensar en otra cosa, pero era tan suave y cálido... cuando sus manos lo tocaban, parecía seda. Olía muy bien, un olor dulce de chimenea perfumada con hierbas... La joven quería contenerse, pero antes que pudiera darse cuenta, metió su cara entre el vello con un pequeño gemido. Un tizón palpitante pareció quemar su mejilla. Era el miembro de Bael. Aura lo tomó entre sus manos y lo acarició, y éste creció hasta sobresalir del pelo. Rojo, casi purpúreo. 

     -¡Chúpamela! - exigió Bael dando un golpe de caderas, y Aura abrió la boca todo lo que pudo, albergándola entre sus labios, ¡qué caliente estaba y... y qué bien sabía, maldita sea, era un sabor tan dulce...! - ¡Aaaah... ¿qué te has hecho en la boca, puta?! ¡Me gusta...! - Bael la agarró de la nuca y embistió. Aura sintió que el tremendo ariete se le metía hasta la garganta, podía sentirlo perfectamente copando toda su tráquea, pero aquello no le impedía respirar ni la hacía basquear, le gustaba mucho... Bael podía abusar de ella y hacerle burradas, pero siempre se cuidaba de que ella sólo pudiese sentir placer, no le permitía refugiarse en el dolor o en el asco para sentirse bien por su sacrificio, la hacía sentir culpable por gozar. 

    “¿Cómo que qué me he hecho en la boca...?” pensó Aura mientras se agarraba al suave pelo de Bael y éste embestía con las caderas, follándole la boca. “Yo no me he hecho nada...”. Y entonces, cayó, ¡el beso de Fugaz! Al besarse con Arcadio, se había llevado su tacto en la piel, y Bael podía sentirlo a través de ella, y, fuese lo que fuese, parecía que le gustaba mucho... 

     -¡Voy a hacer que te lo tragues todo....! - gritó el demonio con su ronca voz, en medio de una feroz carcajada - ¡Traga! ¡Traga! ¡Tragaaaaah....! - Bael la aprisionó contra su cuerpo, apretándola por la nuca mientras él se corría en su estómago. Aura cerró los ojos e hizo lo que pudo por contener los gemidos, pero las palpitaciones del miembro del diablo dentro de su garganta expulsando el semen hicieron que sus rodillas temblaran... Bael sacó lentamente su pene de la boca de la joven, y ella sintió cómo hacía el recorrido por su garganta, haciéndola sentir imposiblemente bien, haciéndola desear que no la sacase, que la dejase dentro de su tráquea... El demonio se detuvo un momento, dejando el glande en la boca de Aura, y ella lo lamió, con los ojos en blanco, saboreando el semen. Sabía bien, sabía muy bien, sabía a cerezas, a frutas... ¡no quería que le gustase, tenía que saber amargo, no tan bien...! No podía contenerse, lo saboreó, tragando los débiles chorritos que aún expulsaba, mientras él se reía de ella. Finalmente, lo sacó del todo, y a Aura se le escapó un pequeño gemido de protesta que intentó reprimir y la hizo cerrar los ojos de vergüenza. 

      -Cómo te gusta ser mi puta, Auzorra. Si la madre de esa niña supiese lo bien que lo pasas conmigo, quizá podría llegar a pensar que tú causaste las complicaciones de su parto, sólo para tener un pretexto para invocarme. - se rió Bael. En los primeros tiempos de su trato, Aura podía haber picado en ese anzuelo y decir que esa madre jamás pensaría algo así, lo que provocaría que Bael se lanzase a intentar convencerla que, por defecto, todos los seres humanos eran ignorantes, malpensados y malintencionados, y que lo mejor que podía hacer, era servirle a él exclusivamente y no a sus semejantes... la joven sabía que esa era la idea principal del diablo, y aunque supiese que tenía parte de razón, no estaba tan loca de entrar en su juego, de modo que no contestó. 

     -Bael, no me hables de otras mujeres... cuando estoy contigo, quiero estar sólo contigo... - murmuró, cariñosa, abrazándose a su cintura, acariciando la piel roja del demonio y besándole el costado mientras se dirigía a la cama. - Anda, ven a por tu óvulo de éste mes... 

     -Puta. - sonrió Bael - Todas las hembras tenéis algo mío, sabéis cómo usar el coño cuando una conversación deja de interesaros. - Aura sonrió y se sacó la blusa por la cabeza, mientras el demonio se dejaba caer en la cama. El citado mueble era a todas luces demasiado pequeño para alguien del tamaño de Bael, sin embargo apenas el demonio se acercó a ella, la cama tuvo la gentileza de estirarse todo lo que fue preciso para que pudiera tumbarse sobre ella. 

     Aura sonrió y se sentó sobre su pecho, y Bael le apretó las tetas; las garras afiladas y negras le torturaban la piel, dejando regueros de cosquillas allí donde tocaban, y, como siempre sucedía, la joven bruja dejó de luchar contra lo que sabía que no podía vencer, y empezó a disfrutar. Sabía que se sentiría culpable... después. El demonio se rió, una risa ronca de animal viejo, más viejo que el mundo. Agarró a Aura de la cintura y la arrastró hasta su boca, y empezó a lamer. 

      -¡Ooooh.... oh, Baeeel....! - Aura odiaba gritar su nombre, se mordió los labios, pero no pudo acallar sus gritos; la lengua del demonio, cálida y flexible, alcanzaba longitudes imposibles cuando se metía en sus entrañas. La sintió acariciar su clítoris, y casi enseguida, meterse dentro de ella, reptando en su interior, girando y rebañando, entrando y saliendo, haciendo círculos y tocando en puntos que la hacían poner los ojos en blanco y estremecerse de placer. 

    “Tu coño quema”. Bael no necesitaba la boca para hablar, pero Aura no pudo contestar, su placer era demasiado fuerte, apenas conseguía respirar, el aire se le agolpaba en gemidos nerviosos, su cuerpo temblaba... El demonio le rasgó la falda y la obligó a mirarle. La joven podía ver los ojos de Bael que destilaban lujuria, que le recordaban obscenamente que aquello debía ser un sacrificio, y sin embargo ella gozaba como una loca; intentó cerrar los ojos, pero el demonio no se lo permitió. Bael acercó un dedo al sexo de la joven y acarició su clítoris mientras no dejaba de mover su lengua en el interior de ella. La garra caliente y rugosa provocó un nuevo estremecimiento en Aura, y ella misma empezó a mover las caderas, a frotarse con lascivia contra la cara de Bael. Este presionó con su lengua en el interior de la vagina de la joven, y ella sintió unas tremendas ganas de orinar. 

    -¡NO! - suplicó - ¡Eso no, ahí no.... otra vez nooooooooo...! - Aura tiritó de placer, sintiendo que se derretía viva, mientras un picor ácido, ácido como un limón pero agradable de un modo insoportable, se cebaba en punto indeterminado entre su clítoris y su agujero. Oyó la risa de Bael, y la presión de la lengua de éste, aumentó, haciendo que el picor pareciese reventar en un chispazo, un cosquilleo que sacudía, y que hizo que Aura gritase de gusto estremeciéndose de placer, al tiempo que un potente chorro de flujo transparente saliese a presión de su cuerpo, mientras ella temblaba y temblaba, incapaz de parar quieta, y Bael reía, sin dejar de lamer.

      Aura apenas pudo tomar aire cuando Bael se incorporó y la tomó de la cara para que le limpiase el rostro con la lengua, lo que la joven hizo dócilmente. Sabía a limón, el mismo sabor ácido que hubiese jurado saborear con su sexo. El demonio sacaba la lengua para que le besase también, y ella lo hacía maquinalmente, pero soltando gemidos  de gatita... Bael le soltó la cara y la joven se desplomó sobre la cama. El demonio rió, la colocó a cuatro patas, y embistió. 

    -¡HAAAAaaaaaaah....! - Aura tuvo que poner los ojos en blanco y creyó que se desmayaba de gusto, ¡qué caliente era el miembro de Bael....! Una parte de sí misma le detestaba, sentía asco por el modo en que el demonio la usaba, pero al mismo tiempo, no podía dejar de desearle físicamente, ¡lo hacía tan bien! 

     -¡Voy a llenarte el coño con tanta lefa, que estarás meando semen una semana, puta! - rió Bael, embistiendo con fuerza, en medio de carcajadas. Aura mordió la sábana para no gritar, porque estaba segura que su boca diría que sí y pediría más y más... pero no hacía falta que su boca lo pidiera; su garganta se quemaba en gemidos de gozo y su culo se echaba hacia atrás a cada retirada del ariete del demonio, buscándolo de nuevo. Bael se daba cuenta y eso le llevaba al éxtasis. Agarró con fuerza las caderas de la joven bruja y le azotó las nalgas con la mano abierta, gozando de los gemidos y saltitos de gusto que ella daba. 

     El demonio sudaba y una agradable sensación de hormigueo se extendía por su cuerpo, no aguantaba más... pero quería que Aura se corriese una vez más, se corriese con él dentro... le cosquilleó la espalda con sus afiladas garras y la joven dejó de morder las sábanas para tomar aire, y gritar. 

     A Aura le pareció que su cabeza estallaba cuando sintió las cosquillas en su espina dorsal, comunicándose en escalofríos a su sexo, y las lágrimas escaparon de sus ojos sin que pudiera evitarlo, mientras una carcajada brotaba de su garganta, una risa dolida y desquiciada, pero cargada de placeres sexuales... su vagina se contrajo en medio de un espasmo de locura gozosa, y Bael le dio un empujón aún más fuerte... El demonio gritó de gusto, sintiendo el placer estallarle en la polla, disfrutando del tierno masaje que Aura le hacía sin querer con las contracciones de su dulce coño, y notando cómo la inundaba de semen... En el Infierno, un nuevo demonio había nacido. Aura no tenía que pasar por un embarazo, pero su óvulo había sido fecundado por Bael para ser aprovechado en el Infierno. 

     Aura jadeaba, agotada y sudorosa. Bael aún mantenía la cabeza echada hacia atrás, gozando, moviéndose lentamente. El trato era bueno, a cambio de una única niña, él podía conseguir un demonio nuevo para su séquito cada mes, y además el placer del sexo y de dominar a una humana que por añadidura, era una bruja independiente. Bael no dejaba de intentar insistir en que ella tomase partido por él, pero de momento, Aura seguía siendo neutral y más inclinada a la legalidad que al caos... pero ya lo conseguiría, no tenía ninguna prisa. 

    La joven bruja aprovechó los momentos libres para intentar pensar. “Tu coño quema”, había dicho Bael... el contacto que Arcadio había dejado en su piel, hacía que incluso un demonio tan poderoso como él pudiese notarlo, y le quemaba, aunque a él le resultase agradable. Tenía que hablar muy seriamente con el joven cabo, ¿qué era, para conseguir defenderse de ella, y que su tacto produjese quemazón en un demonio...? ¿Era posible que...? Pero entonces, Bael metió su dedo índice en el ano de Aura, y ésta pegó un bote y gritó de gusto una vez más.