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viernes, 14 de junio de 2013

La noche del Otro


     -¿Y bien? - preguntó el Rubio, por mejor nombre capitán Bruno, cuando Fontalta llegó de su “inspección”.

     -Confirmado, no ha dormido en casa. Ayer me quedé hasta tarde viendo la del Steven Seagal que hacían en la tele, y no le oí llegar, pero ahora acabo de llamar, y nadie contesta. 

     -¡Ese es mi Fugaz! - sonrió el Rubio, cerrando el puño. - Espere que deje el honor del Cuerpo MUY alto.  - el cabo Fontalta y el sargento Buenavista intercambiaron una mirada preocupada... Arcadio Fugaz, el otro cabo, estaba coladito como un colegial por Aurora, a la que llamaban Aura, la chica del chiringuito, y el capitán Bruno, viendo que Fugaz no se arrancaba, les dio un empujoncito, y parecía que la cosa había ido rodada, visto que Arcadio no había vuelto a su casa. Por un lado, al larguirucho Fontalta y al gordito Buenavista les parecía estupendo que el chico le hubiese dado una alegría al cuerpo; necesitado estaba de ello... pero les preocupaba el hecho de que hubiese sido precisamente con Aura, de quien se rumoreaba que era bruja, ¿y si le había hecho algo a su compañero...?

    -¡Muy buenos días! Siento llegar tarde, capitán, luego me quedaré un poco más, ¿habéis visto qué mañana tan preciosa tenemos? ¡El mar relucía como si fuese de diamante, y esta mañana el aire estaba perfumado como de jazmín, de azahar... de vida! - Arcadio entró en ese momento, luciendo una sonrisa esplendorosa y con estrellitas en los ojos. Quedaba claro que Aura SÍ que le había hecho algo... y debió de ser algo tremendo, vamos.

     La propia Aura, poniendo a punto su chiringuito para abrirlo cerca de una hora más tarde, bien podía atestiguar lo tremendo que en efecto había sido. “No pude controlarlo a él, pero lo más grave no es eso. Lo más grave es que no pude controlarme a mí”, se decía, pelando naranjas y limones para meterlos en los exprimidores automáticos. Era cierto que era una bruja, no eran “sólo rumores”, y el verano pasado había dado un fuerte bebedizo a Arcadio, camuflándolo como una bebida alcohólica, para meter un sortilegio a macerar dentro de él; su intención había sido recuperarlo y cosechar la semilla del cabo, fortalecida gracias al mismo y que tendría muchos usos para diversas pócimas. No sólo no lo había logrado, sino que el policía había conseguido... defenderse. 

     Cuando la joven bruja se metió en la mente de Fugaz para recuperar el sortilegio, éste lo notó. Y, quién sabe cómo, la encerró dentro de sí. Aura estaba a la vez fuera y dentro del cuerpo del cabo, y eso les proporcionó el sexo más extraño y placentero de sus vidas, y con toda probabilidad de la vida de nadie, por que cada uno podía sentir a la vez su propio placer y el placer que sentía el otro. Anonadada por las sensaciones, Aura ni siquiera había sido capaz de pedirle a Arcadio que usase protección, y su valioso esperma se había derramado casi por completo, la joven apenas había podido recuperar un poco. Y el sortilegio seguía preso en él. Es cierto, eso le daba otra ocasión de volver a activarlo y conseguir otra cosecha, pero ni de lejos sería tan poderosa como una que se ha macerado un año... 

    “¿En qué estaba yo pensando cuando se me ocurrió hacer personalmente la cosecha?” se reprochó la joven, mirando fijamente el agua de la olla de las almejas. En un principio, el honesto líquido no pareció darse por enterado, pero la joven carraspeó, y el agua entendió que hoy, no era buen día para andarse con bromas; rompió a hervir al instante. “Siempre he utilizado a interesadas para eso... nunca me he implicado yo”, se dijo. La semilla humana, convenientemente tratada, puede servir para muchas cosas a una bruja; pócimas de amor, de fertilidad, de prosperidad, de belleza, remedios contra la impotencia, la falta de deseo... y también maldiciones que causasen esos mismos efectos, tenían como base o ingrediente principal, el semen. Si éste ha sido potenciado mediante el sortilegio que Aura poseía, se volvía especialmente poderoso, por eso lo utilizaba, pero nunca era ella quien hacía la cosecha, debido al trato que tenía, no le apetecía lo más mínimo tener sexo fuera de... Solía meter el sortilegio en algún hombre y pedir a alguna interesada (esposa, novia...) que hiciese ella la cosecha. Después recuperaba su sortilegio simplemente intercambiando algunas palabras con el hombre en cuestión. Ella se introducía en su mente y lo recuperaba, era tan sencillo como alargar la mano hacia una estantería y coger un volumen que conocías a la perfección. 

     Claro está que éste método de cosecha exigía usar a hombres que sabías que vivían en el pueblo, no podías coger a un veraneante que al año que viene podría no presentarse, y exigía también hacer algún tipo de favor o servicio a la mujer que te ayudaba a conseguirlo. La idea de Aura había sido ahorrarse ese servicio, haciendo personalmente la recolección. No es que Fugaz no le gustase... ni tampoco que estuviese enamorada de él. Había oído decir que las brujas que se enamoraban podía perder parte o la totalidad de sus poderes; que dentro de la tríada Doncella, Madre y Arpía, la tercera era la más poderosa, y ella había aspirado precisamente a ese tercer puesto. En cierta manera, estaba pagando algo que le daba poco menos que derecho a ello. En la sociedad de las brujas, los rumores no se toman a broma. Porque nunca son “sólo rumores”. Desde luego, su incapacidad para no controlarse durante el acto, la molestaba profundamente. Sabía que tenía que recuperar el sortilegio, pero sabía también que Arcadio se daría cuenta si lo intentaba, tendría que ser cauta. Y cuando recobrase lo que era suyo, sabía asimismo que no podría abandonar al cabo sin más, éste bebía los vientos por ella, había podido notar la intensidad de sus sentimientos con toda claridad cuando estuvieron juntos; si se limitaba a decirle que había sido un entretenimiento veraniego, le destrozaría. Y sabía también que eso, le importaba. Eso era precisamente lo que más molestaba a la joven: que él, le importaba. 

     -Hola, Aura. - dijo César, el joven que vivía en el Hogar Juvenil y a quien el juez había condenado a terminar los estudios y currar durante el verano, para que viera que el dinero cuesta mucho ganarlo para que venga después un crío y te lo robe. Aura levantó la vista para saludarle, pero la sonrisa se le congeló. Y César pareció quedarse también helado. Al menos, no movió un músculo cuando ella le quitó el cigarrillo de entre los labios. 

    -No... se fuma... aquí. - dijo con voz clara. Una voz que hubiera podido calificarse de... rara. Una voz normal, y sin embargo, que nadie había oído jamás. Estando consciente, claro está. 

     -No se fuma aquí - repitió maquinalmente el chiquillo. 

     -Eso es. - sonrió Aura y el chico parpadeo. Miró el cigarrillo que Aura tenía en la mano e hizo ademán de adelantar la suya para recuperarlo, pero rectificó. 

     -Perdona, había olvidado que no debo fumar en la cocina. 

     -No importa, ya lo tiro yo. - sonrió - Tráete un par de cajas de refrescos y las metes en el congelador, abriremos enseguida. Luego, te pones a preparar mejillones. - El muchacho asintió  y salió a la trastienda a por las cajas de botellines. Aura apagó el pito y lo tiró a la basura. No le gustaba abusar de su poder mental, pero ya tenía que usarlo cada vez menos con César; al principio había sido casi el único modo de conseguir que obedeciera y se mantuviera lejos de la caja registradora, pero ahora, hasta le estaba empezando a gustar el trabajo. 

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     -Bueno, creo que nuestro Fugaz ha triunfado de todas todas. - Musitó el Rubio cuando le vio marchar. Iba precisamente hacia el chiringuito, en parte para hacer la ronda del Paseo Marítimo, en parte porque para cuando llegase hasta allí, ya sería la hora de comer, y podría acompañar a Aura hasta la comisaría, donde ella llevaba la cesta de bocadillos para el almuerzo de los policías. 

     Fontalta y Buenavista asintieron. La verdad que la cara que llevaba Arcadio gritaba a los cuatro vientos su felicidad. No es que antes fuese un depresivo, pero era un hombre calladito, apocado, de pocas palabras... Ahora estaba increíblemente expansivo, sonriente, hablador... Buenavista le había visto cuando aún estaba con su novia anterior, y según decía, ni entonces había estado así. El Rubio sonreía, porque a él le había pasado algo parecido la primera vez que hizo el amor con Charito, su esposa; él era entonces policía de tráfico junto a la Escuela Elemental donde ella trabajaba de maestra, y él rezumaba mala leche. Trataba a todo el mundo a grito limpio, de cada tres palabras que salían de su boca, dos eran tacos... él había hecho a su difunta madre una promesa de mantenerse virgen hasta el matrimonio, llevaba un Anillo de Pureza que simbolizaba la misma, y ni siquiera se masturbaba, de modo que eso, unido a la rabia que le producía la gente despreciando las normas de circulación y poniendo en peligro su vida y la de los demás, le parecía que justificaba de sobra su mala leche permanente... pero con Charito era siempre educado y cordial, con ella no era capaz de enfadarse, y cuando perdieron juntos la virginidad... Recordaba con toda claridad que al día siguiente, no había sido capaz de enfadarse con nadie y tuvo la sonrisa imborrable en todo el día. 


                                                          *********************

     -Entonces, ¿esta noche no... puedo verte? - preguntó un Arcadio bastante tristón a Aura, quien llevaba la cesta de bocadillos. 

     -Sólo será ésta noche, nada más. - contestó ella. Le daba pena verle así, pero esa noche era incontestable, era luna nueva. La Noche Oscura. Era de... del Otro. - Tengo que hacer la caja del mes, y necesito concentrarme, y seguro que acabaré muy tarde, y cuando acabe, sólo tendré ganas de dormir.

     -Podría ayudarte a hacerla, se me dan muy bien los números... - insistió él.

     -Eres muy bueno, Fugaz, pero es mejor que no. Si vienes esta noche, sé de sobra que no haremos caja. Haremos otras cosas... - sonrió muy explícitamente, y el cabo inclinó la cabeza, devolviendo la sonrisa, ella tenía razón. Llegaron a la comisaría y la joven dejó la cesta de los bocadillos y tomó el dinero del Capitán, que le dedicó una excepcional sonrisa. 

      -Gracias una vez más, Aura, por todo lo que haces por nuestra pequeña comisaría. - dijo el Rubio. - Nos mimas, y... - guiñó un ojo a Fugaz, que se sonrojó visiblemente. - ...espero que nosotros te sigamos mimando MUCHO.

    La joven sonrió y saludó a todos, y Fugaz salió con ella para despedirse, mientras el Rubio seguía revisando la documentación de la mujer que estaba allí en ese momento, para la renovación del DNI. La señora, acompañada de una niña de unos seis años de edad, sonrió a Aura cuando salió y el sargento, sentado en la mesa de junto, entró en su campo de visión, de modo que vio cómo se santiguaba. Fontalta se acercó a él.

      -¿Qué opinas tú? Se le ve feliz... - dijo en voz no lo bastante baja, y el Rubio resopló, pero siguió a lo suyo. 

     -Que me digan lo que quieran. Yo a esa chica no me acercaba ni con una pica bendecida por el Papa. - contestó Buenavista. Bruno levantó la cara y abrió la boca, pero la frase que hizo volverse al sargento, no fue suya.

     -Ruegue, sargento, por que no tenga que comerse nunca esas palabras. - dijo la mujer que llevaba a la niña, y se acercó a la mesa de Buenavista - Dicen que es una bruja, y hay gente que le niega el saludo... gente que se llama a sí misma “cristiana”, pero que cuando pintan bastos, corre a mandarla llamar, o a verla. - Buenavista intentó hablar, pero la mujer puso delante a la niña. Una carita sonriente de grandes ojos azules y pelo negro como el carbón, si el carbón brillase. - ¿Ve a mi niña? Pues de no ser por esa a la que usted llama “bruja”, ni ella ni yo estaríamos vivas. El médico decía que no se podía hacer nada, porque venía de nalgas. Decía que aquí no tenía medios, que no podía salvarla... Llegó ella, y lo consiguió. Logró sacarla, viva y sana, y salvarme a mí también. Me importa un pito lo que digan de ella, yo sé que es buena... pero delante de mí, sargento, ¡muérdase la lengua!

   La mujer, sonrojada y con los ojos brillantes de furia, recogió su DNI y se fue, pidiendo perdón al capitán un poco atropelladamente, pero éste la disculpó. 

     -Te está bien, Buenavista. - le dijo al sargento. - Ya te he dicho que te dejes de supersticiones. 

    El sargento apretó los labios y se sentó con fuerza en la silla. Aquello no le hacía ninguna gracia. Ninguna. 


                                                                       *******************


     Aura regresó a su chiringuito con rapidez, pero las piernas no le iban tan deprisa como el corazón. Fugaz se había despedido de ella besándola en mitad de la calle, frente a la misma comisaría, y durante varios minutos habían permanecido allí, besándose contra la pared del edificio, frotándose las narices y tonteando, y ella no había podido parar de sonreír. Aquello era serio, se estaba encariñando... ella había querido marcharse enseguida, tan pronto entregó la cesta, pero Arcadio salió tras ella y la retuvo de la mano, y antes de poder darse cuenta, estaba entre sus brazos... le besó con los ojos cerrados, disfrutando de la suave caricia de la lengua del cabo, de la dulzura de sentirse apretada contra él. Las manos de Fugaz le habían acariciado los brazos, la espalda, casi hasta límites no aptos para la vía pública, y ella se había sorprendido al darse cuenta que estaba devolviéndole el abrazo, acariciándole los hombros y apretándole contra ella. 

    “Es... agradable” se dijo a sí misma. “Es normal que me guste, es una caricia agradable, seguro que si me abrazase cualquier otro, Buenavista, por ejemplo, también me gustaría”. Su cerebro quería decirse que sí, que había una posibilidad... su corazón se partió de risa y le preguntó hasta cuándo iba a seguir pretendiendo engañarse a sí misma. 

    “No puedo entablar una relación normal con un hombre, ¿qué pasa con mi trato?” se dijo. “Al Otro no le importará, y lo sabes. Se la repanfinfla todo, con tenerte una vez al mes para lo que quiere, le da igual lo que tú hagas”, pensó y aunque sabía que tenía razón, que su trato sólo implicaba óvulos, pero jamás fidelidad, no dejó de sentirse algo preocupada. “...que lo utilice.” Pensó. “Creo que eso es lo que me asusta en realidad... que quiera utilizarlo contra mí. Ya consiguió bastante con la niña, me quitó mi útero. No me importaba, no planeaba utilizarlo, fue por una buena causa... pero ¿qué puede hacerme si le da por utilizar a Arcadio? ¿Qué le puede hacer a él?” Aura pasó buena parte de la tarde haciéndose preguntas, pero no tenía caso intentar contestarlas. Esa noche se resolverían solas. 

      La joven cerró antes de hora el chiringuito, como hacía siempre la noche de luna nueva, y se fue directamente a su casa, a esperar que anocheciera. Era verano y oscurecía más tarde, pero ella estaba preparada para lo que la esperaba. Sócrates, su gato tuerto, lo sabía también y por eso aquéllas noches no entraba en la casa hasta que amanecía; ni siquiera en lo más crudo del invierno, cuando ella vivía en la casa apartada de la montaña y había una gruesa capa de nieve y caían copos como pequeñas flechas de hielo, osaba entrar el gato. Era el familiar de una bruja y eso le confería cierto poder especial, aunado al que ya tiene de por sí un gato, y además no era un animal miedoso en absoluto... pero lo que sucedía en aquéllas noches, incluso a él le daba repeluznos. 

     Aura miró, sentada junto a la ventana de su dormitorio, cómo el cielo se iba oscureciendo lentamente, hasta que los rayos rojos del atardecer colmaron todo el cielo y pintaron de encarnado las paredes de su alcoba. La luz del día se extinguió por completo, pero el color rojo permanecía en su cuarto sin querer desvanecerse, y Aura supo que una vez más, había llegado la hora. Al principio no se notaba nada, pero casi enseguida, la vista del pueblo que se podía apreciar desde su ventana, desaparecía, y sólo se veía oscuridad, mientras que su cuarto se iba haciendo más y más rojo, y se notaba calor creciente, como si estuviera dentro de un horno. La primera vez, se asustó un poco... ahora ya se había acostumbrado. 

     -Chúpame la polla. - como también se había acostumbrado a sus maneras, a su aspecto y a su voz. Una no puede esperar romanticismo, ni siquiera un mínimo de cortesía por parte de un demonio... Bael la miraba desde sus más de dos metros largos de estatura, sobre sus peludas patas de cabra, con pezuñas tan anchas como un plato de postre. Su piel roja estaba ligeramente brillante de sudor y sus ojos negros relucían de lujuria en su cara con forma de triángulo invertido. Tenía dos largos y retorcidos cuernos negros en su calva cabeza, sólo había pelo en su perilla de cabra, larga hasta casi el pecho y tan negra como las garras de sus manos. Su voz ronca y terriblemente grave hacía temblar las paredes del cuarto. Aura se levantó y se llevó las manos a la falda, para quitársela, pero el demonio negó con la cabeza, mostrando en una sonrisa sus afilados colmillos - ¿Quién te ha dicho que te desnudes? 

      -Tampoco has dicho “buenas noches” - dijo ella acercándose a Baelzhabud. Era tan alto que ni siquiera tenía que arrodillarse para hacer lo que él pedía, podía hacerlo sólo agachándose un poco. 

      -Eso es por que no me interesa que hables, ¡chupa! - exigió el demonio, señalando un bulto peludo en su entrepierna animal. Aura tomó aire y enterró la cabeza entre el vello. Era suave, suave y perfumado... eso era lo que más detestaba. Bael podía controlarla a su antojo y había decidido que todo lo que sintiese con él, fuese agradable, precisamente por que ella le odiaba, a él y al trato. 

    Seis años atrás, ya casi siete, la mujer del maestro estaba en estado. Era el tercer embarazo después de dos abortos muy dolorosos, porque fueron con el embarazo ya muy avanzado... ella y su marido temían que de nuevo todo se estropease, pero todo fue muy bien. Hasta el parto. El bebé venía de nalgas, y en el pequeño pueblo no había hospital, sólo la consulta del médico, quien no tenía medios para salvar a la criatura. Llevarla al hospital era cerca de una hora de carretera por la montaña, no había tiempo. El médico le dio a elegir: o su esposa, o la niña. Y si no se daba prisa, ambas. El maestro, con la cara desencajada, sacó de la cama a Aura rogándole que, si de verdad era bruja, o maga o tenía cualquier tipo de poder, por favor ayudase a su esposa. La joven, sabiendo que el maestro siempre se había negado a creer en nada y que estaba rompiendo todos sus esquemas en busca de una pizca de esperanza, fue a su casa y se encontró el plantel. Es cierto que la anterior inquilina de la casa le había enseñado cómo atender un parto, pero aquello no era un parto: era una muerte, y Aura lo sabía. No había manera humana de salvarlas a las dos... Humana, se recordó. Pero fuera del alcance humano... 

   Aura no se lo pensó (entre otras cosas, por que si lo hubiera pensado, se hubiera dado cuenta de qué locura completa estaba haciendo), echó a los hombres de la habitación y trazó un círculo de invocación, ofreciendo todos sus óvulos que ella no iba a aprovechar, a cambio de la vida de la nueva niña. Bael la escuchó. Él salvaría a la niña, si a cambio le daba todos sus óvulos... y le permitía cosecharlos a él personalmente. Aura sabía que aquello significaba tener sexo con un demonio, y la idea no la volvía precisamente loca de pasión, pero a cambio de la vida de la niña, aceptó. 

    La joven pensó que sería horrible, doloroso y desagradable, pero ella no sabía lo astuto que podía ser Bael. Fue placentero. Fue salvaje y sin cariño alguno, pero asombrosamente satisfactorio, delicioso y pleno. Bael la hacía sentirse como si su sacrificio no tuviese valor, por que el sexo con él, mal que le pesase, le encantaba. El demonio era grosero, rudo y déspota... pero era capaz de despertarle sensaciones increíblemente intensas. Aura trataba de controlarse, de mantenerse fría y portarse como una estatua, pero su cuerpo se encendía como una tea apenas él la tocaba. En ese mismo momento, buscando su miembro entre el espeso vello, intentaba pensar en otra cosa, pero era tan suave y cálido... cuando sus manos lo tocaban, parecía seda. Olía muy bien, un olor dulce de chimenea perfumada con hierbas... La joven quería contenerse, pero antes que pudiera darse cuenta, metió su cara entre el vello con un pequeño gemido. Un tizón palpitante pareció quemar su mejilla. Era el miembro de Bael. Aura lo tomó entre sus manos y lo acarició, y éste creció hasta sobresalir del pelo. Rojo, casi purpúreo. 

     -¡Chúpamela! - exigió Bael dando un golpe de caderas, y Aura abrió la boca todo lo que pudo, albergándola entre sus labios, ¡qué caliente estaba y... y qué bien sabía, maldita sea, era un sabor tan dulce...! - ¡Aaaah... ¿qué te has hecho en la boca, puta?! ¡Me gusta...! - Bael la agarró de la nuca y embistió. Aura sintió que el tremendo ariete se le metía hasta la garganta, podía sentirlo perfectamente copando toda su tráquea, pero aquello no le impedía respirar ni la hacía basquear, le gustaba mucho... Bael podía abusar de ella y hacerle burradas, pero siempre se cuidaba de que ella sólo pudiese sentir placer, no le permitía refugiarse en el dolor o en el asco para sentirse bien por su sacrificio, la hacía sentir culpable por gozar. 

    “¿Cómo que qué me he hecho en la boca...?” pensó Aura mientras se agarraba al suave pelo de Bael y éste embestía con las caderas, follándole la boca. “Yo no me he hecho nada...”. Y entonces, cayó, ¡el beso de Fugaz! Al besarse con Arcadio, se había llevado su tacto en la piel, y Bael podía sentirlo a través de ella, y, fuese lo que fuese, parecía que le gustaba mucho... 

     -¡Voy a hacer que te lo tragues todo....! - gritó el demonio con su ronca voz, en medio de una feroz carcajada - ¡Traga! ¡Traga! ¡Tragaaaaah....! - Bael la aprisionó contra su cuerpo, apretándola por la nuca mientras él se corría en su estómago. Aura cerró los ojos e hizo lo que pudo por contener los gemidos, pero las palpitaciones del miembro del diablo dentro de su garganta expulsando el semen hicieron que sus rodillas temblaran... Bael sacó lentamente su pene de la boca de la joven, y ella sintió cómo hacía el recorrido por su garganta, haciéndola sentir imposiblemente bien, haciéndola desear que no la sacase, que la dejase dentro de su tráquea... El demonio se detuvo un momento, dejando el glande en la boca de Aura, y ella lo lamió, con los ojos en blanco, saboreando el semen. Sabía bien, sabía muy bien, sabía a cerezas, a frutas... ¡no quería que le gustase, tenía que saber amargo, no tan bien...! No podía contenerse, lo saboreó, tragando los débiles chorritos que aún expulsaba, mientras él se reía de ella. Finalmente, lo sacó del todo, y a Aura se le escapó un pequeño gemido de protesta que intentó reprimir y la hizo cerrar los ojos de vergüenza. 

      -Cómo te gusta ser mi puta, Auzorra. Si la madre de esa niña supiese lo bien que lo pasas conmigo, quizá podría llegar a pensar que tú causaste las complicaciones de su parto, sólo para tener un pretexto para invocarme. - se rió Bael. En los primeros tiempos de su trato, Aura podía haber picado en ese anzuelo y decir que esa madre jamás pensaría algo así, lo que provocaría que Bael se lanzase a intentar convencerla que, por defecto, todos los seres humanos eran ignorantes, malpensados y malintencionados, y que lo mejor que podía hacer, era servirle a él exclusivamente y no a sus semejantes... la joven sabía que esa era la idea principal del diablo, y aunque supiese que tenía parte de razón, no estaba tan loca de entrar en su juego, de modo que no contestó. 

     -Bael, no me hables de otras mujeres... cuando estoy contigo, quiero estar sólo contigo... - murmuró, cariñosa, abrazándose a su cintura, acariciando la piel roja del demonio y besándole el costado mientras se dirigía a la cama. - Anda, ven a por tu óvulo de éste mes... 

     -Puta. - sonrió Bael - Todas las hembras tenéis algo mío, sabéis cómo usar el coño cuando una conversación deja de interesaros. - Aura sonrió y se sacó la blusa por la cabeza, mientras el demonio se dejaba caer en la cama. El citado mueble era a todas luces demasiado pequeño para alguien del tamaño de Bael, sin embargo apenas el demonio se acercó a ella, la cama tuvo la gentileza de estirarse todo lo que fue preciso para que pudiera tumbarse sobre ella. 

     Aura sonrió y se sentó sobre su pecho, y Bael le apretó las tetas; las garras afiladas y negras le torturaban la piel, dejando regueros de cosquillas allí donde tocaban, y, como siempre sucedía, la joven bruja dejó de luchar contra lo que sabía que no podía vencer, y empezó a disfrutar. Sabía que se sentiría culpable... después. El demonio se rió, una risa ronca de animal viejo, más viejo que el mundo. Agarró a Aura de la cintura y la arrastró hasta su boca, y empezó a lamer. 

      -¡Ooooh.... oh, Baeeel....! - Aura odiaba gritar su nombre, se mordió los labios, pero no pudo acallar sus gritos; la lengua del demonio, cálida y flexible, alcanzaba longitudes imposibles cuando se metía en sus entrañas. La sintió acariciar su clítoris, y casi enseguida, meterse dentro de ella, reptando en su interior, girando y rebañando, entrando y saliendo, haciendo círculos y tocando en puntos que la hacían poner los ojos en blanco y estremecerse de placer. 

    “Tu coño quema”. Bael no necesitaba la boca para hablar, pero Aura no pudo contestar, su placer era demasiado fuerte, apenas conseguía respirar, el aire se le agolpaba en gemidos nerviosos, su cuerpo temblaba... El demonio le rasgó la falda y la obligó a mirarle. La joven podía ver los ojos de Bael que destilaban lujuria, que le recordaban obscenamente que aquello debía ser un sacrificio, y sin embargo ella gozaba como una loca; intentó cerrar los ojos, pero el demonio no se lo permitió. Bael acercó un dedo al sexo de la joven y acarició su clítoris mientras no dejaba de mover su lengua en el interior de ella. La garra caliente y rugosa provocó un nuevo estremecimiento en Aura, y ella misma empezó a mover las caderas, a frotarse con lascivia contra la cara de Bael. Este presionó con su lengua en el interior de la vagina de la joven, y ella sintió unas tremendas ganas de orinar. 

    -¡NO! - suplicó - ¡Eso no, ahí no.... otra vez nooooooooo...! - Aura tiritó de placer, sintiendo que se derretía viva, mientras un picor ácido, ácido como un limón pero agradable de un modo insoportable, se cebaba en punto indeterminado entre su clítoris y su agujero. Oyó la risa de Bael, y la presión de la lengua de éste, aumentó, haciendo que el picor pareciese reventar en un chispazo, un cosquilleo que sacudía, y que hizo que Aura gritase de gusto estremeciéndose de placer, al tiempo que un potente chorro de flujo transparente saliese a presión de su cuerpo, mientras ella temblaba y temblaba, incapaz de parar quieta, y Bael reía, sin dejar de lamer.

      Aura apenas pudo tomar aire cuando Bael se incorporó y la tomó de la cara para que le limpiase el rostro con la lengua, lo que la joven hizo dócilmente. Sabía a limón, el mismo sabor ácido que hubiese jurado saborear con su sexo. El demonio sacaba la lengua para que le besase también, y ella lo hacía maquinalmente, pero soltando gemidos  de gatita... Bael le soltó la cara y la joven se desplomó sobre la cama. El demonio rió, la colocó a cuatro patas, y embistió. 

    -¡HAAAAaaaaaaah....! - Aura tuvo que poner los ojos en blanco y creyó que se desmayaba de gusto, ¡qué caliente era el miembro de Bael....! Una parte de sí misma le detestaba, sentía asco por el modo en que el demonio la usaba, pero al mismo tiempo, no podía dejar de desearle físicamente, ¡lo hacía tan bien! 

     -¡Voy a llenarte el coño con tanta lefa, que estarás meando semen una semana, puta! - rió Bael, embistiendo con fuerza, en medio de carcajadas. Aura mordió la sábana para no gritar, porque estaba segura que su boca diría que sí y pediría más y más... pero no hacía falta que su boca lo pidiera; su garganta se quemaba en gemidos de gozo y su culo se echaba hacia atrás a cada retirada del ariete del demonio, buscándolo de nuevo. Bael se daba cuenta y eso le llevaba al éxtasis. Agarró con fuerza las caderas de la joven bruja y le azotó las nalgas con la mano abierta, gozando de los gemidos y saltitos de gusto que ella daba. 

     El demonio sudaba y una agradable sensación de hormigueo se extendía por su cuerpo, no aguantaba más... pero quería que Aura se corriese una vez más, se corriese con él dentro... le cosquilleó la espalda con sus afiladas garras y la joven dejó de morder las sábanas para tomar aire, y gritar. 

     A Aura le pareció que su cabeza estallaba cuando sintió las cosquillas en su espina dorsal, comunicándose en escalofríos a su sexo, y las lágrimas escaparon de sus ojos sin que pudiera evitarlo, mientras una carcajada brotaba de su garganta, una risa dolida y desquiciada, pero cargada de placeres sexuales... su vagina se contrajo en medio de un espasmo de locura gozosa, y Bael le dio un empujón aún más fuerte... El demonio gritó de gusto, sintiendo el placer estallarle en la polla, disfrutando del tierno masaje que Aura le hacía sin querer con las contracciones de su dulce coño, y notando cómo la inundaba de semen... En el Infierno, un nuevo demonio había nacido. Aura no tenía que pasar por un embarazo, pero su óvulo había sido fecundado por Bael para ser aprovechado en el Infierno. 

     Aura jadeaba, agotada y sudorosa. Bael aún mantenía la cabeza echada hacia atrás, gozando, moviéndose lentamente. El trato era bueno, a cambio de una única niña, él podía conseguir un demonio nuevo para su séquito cada mes, y además el placer del sexo y de dominar a una humana que por añadidura, era una bruja independiente. Bael no dejaba de intentar insistir en que ella tomase partido por él, pero de momento, Aura seguía siendo neutral y más inclinada a la legalidad que al caos... pero ya lo conseguiría, no tenía ninguna prisa. 

    La joven bruja aprovechó los momentos libres para intentar pensar. “Tu coño quema”, había dicho Bael... el contacto que Arcadio había dejado en su piel, hacía que incluso un demonio tan poderoso como él pudiese notarlo, y le quemaba, aunque a él le resultase agradable. Tenía que hablar muy seriamente con el joven cabo, ¿qué era, para conseguir defenderse de ella, y que su tacto produjese quemazón en un demonio...? ¿Era posible que...? Pero entonces, Bael metió su dedo índice en el ano de Aura, y ésta pegó un bote y gritó de gusto una vez más.