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martes, 30 de julio de 2013

La doctora y el coronel

-¡Seguid corriendo! ¡Vamos, muchachos, no os paréis! ¡Adelante! – gritaba el coronel a sus chicos, la mayoría de entre diecisiete y diecinueve años, pero había alguno de sólo catorce, y aún así, saltaban como los que más, entre las peñas, esquivando las piedras flotantes de la superficie de la zona de maniobras, cargando con su arma y mirando el suelo para no pisar ninguna de las minas. El coronel Bonetti, Antonio "Ulises" Bonetti, dirigía las maniobras en Cartago. Era un gran estratega y un hombre muy astuto, por eso le habían puesto el nombre del héroe heleno. Durante su carrera, había llevado no pocas misiones especiales, todas con éxito, había conseguido los mayores logros contra el tráfico de jump, y la que era aún peor droga, el minx, un estupefaciente tan potente que producía adicción sólo con olerlo de lejos y podía matar a la cuarta dosis. Era gracias a él que su cultivo estaba erradicado prácticamente por completo y los capos en prisión, desatomizados o en el exilio. Ahora, con casi sesenta años de edad y sin conflictos bélicos en el horizonte, había solicitado ser destinado al entrenamiento de reclutas, y le había sido concedido. Ulises aún era joven, todavía podía prestar servicios al ejército durante unos cincuenta años más hasta que le llegase la edad de jubilarse, y se hacía querer fácilmente por sus hombres. Para los muchachos, era poco menos que un héroe, una leyenda viva. Estarían dispuestos a seguirle hasta los confines del universo si él se lo pidiese. 

-¡Tened cuidado de dónde pisáis! – gritó, corriendo junto a ellos, agachándose para esquivar las piedras flotantes y saltando sobre ellas - ¡Atentos a la zona minada! – Mirando trotar a los chicos, el coronel no podía evitar recordar a su hija. Ulises se había casado muy joven, con menos de veinte años… todo el mundo lo consideró una locura entre dos chiquillos sin cabeza, pero él y Andrea habían sido muy felices hasta que su prematura muerte se la arrebató, dejándole con dos hijos varones de dieciséis y dieciocho años, y una niña de solamente once. El coronel no había querido que ninguno de sus hijos siguiese sus pasos como militar, y menos aún después de la muerte de su esposa… pero ahí llegó su pequeña hijita, la menor de los tres, la niñita con trenzas, a decir que quería ser soldado. Bonetti se negó. Se lo explicó a su hija por activa y por pasiva, la vida del soldado era ingrata y durísima, ¿quería morir como su madre? ¿Vivir constantemente en peligro, en lucha permanente por conseguir un lugar? Pero la pequeña Sabella era tan terca como él mismo, no dejaba de insistir, y Ulises pensó en convencerla por las bravas, y se la llevó un día de maniobras de entrenamiento, dispuesto a que viese lo duro que era, a que se cayese e hiciese daño y quedase lo bastante agotada para que se le quitasen para siempre las ganas. Sabella corrió, trepó, saltó, se dejó caer, se arrastró, cargó pesos… todo en unos tiempos de pena y con unos resultados miserables, pero no se le ocurrió abandonar, ni siquiera quejarse. El coronel la vio luchando con todas sus fuerzas, con los ojos abrasados de lágrimas de pura impotencia, enfadada consigo misma por ser tan pequeña y débil, pero sin abrir la boca ni para gemir, y sacando fuerzas de su misma terquedad… y supo que no había nada que hacer. Sabella quería ser soldado, y lo sería, con el apoyo de su padre o sin él. Al día siguiente, la inscribió en una escuela militar.

Su hija menor, siempre temerosa de que alguien pudiese echarle en cara que le regalaban la mínima por ser hija de un, entonces capitán, se decidió a esforzarse el triple que cualquiera, y lo consiguió. Entrenaba y estudiaba como una bestia, y fue la primera de su promoción todos los años, muy pronto la nombraron Cabo Estudiante. Ahora, la niña era toda una mujer, ostentaba su mismo cargo, teniente coronel… y estaba casada. Al propio Ulises no le gustaba el tener que haberle elegido un marido, pero los dos sabían que era la única manera… 

Últimamente, con casi sesenta años, y sin ningún conflicto bélico en el horizonte, el coronel se dedicaba principalmente a logística, pero había pedido su traslado a educación, al entrenamiento de nuevos reclutas. Aún era joven, le quedaban más de treinta años hasta la edad del retiro, y los jóvenes estaban encantados de ser instruidos por alguien como él. En Fuerte Cartago había sido recibido con todos los honores y se pasaba los días trotando con los muchachos, trepando y saltando como el primero, e inculcándoles no sólo esfuerzo, sino también compañerismo, valor… y recordándoles día tras día que aunque sea imprescindible para un soldado ser fuerte y ágil, entre inteligencia y fuerza bruta, vencerá siempre la inteligencia. Los muchachos se dejaron embriagar por su personalidad, aunque estricta, simpática y llena de camaradería, y entrenaban con esmero… si bien Fuerte Cartago era todo un ejemplo de buen hacer, no como otros sitios de la galaxia, y nadie quería decir específicamente "Fuerte Bush III", de donde hacía años que no salía un solo ingeniero y llevaba el mismo espacio de tiempo obteniendo los peores resultados de las Fuerzas Armadas, y parecía ir camino de convertirse más en un correccional militar que en una escuela como Dios manda…. 

El coronel iba pensando en aquello mientras miraba a los jóvenes saltar y esquivar obstáculos. De vez en cuando, saltaba una mina del suelo con estrépito, pero los muchachos sabían reconocer las señales de suelo explosivo que podían encontrar en el exterior, y las esquivaban ágilmente. Un muchacho iba un poco rezagado del grupo, y Ulises aminoró para esperarlo, corriendo hacia atrás. Y entonces, todo pareció ir a cámara lenta. El chico se acercó a una zona explosiva. El coronel pensó que la esquivaría, como hacían todos, pero trastabilló y en su intento de recuperar el equilibrio, empezó a caer sobre ella. Ulises intentó gritar para advertirle, pero el recluta ya estaba cayendo, con ojos desencajados de terror, sobre la zona pelada, apenas la rozó con las manos, y saltó por los aires en medio de un trueno ensordecedor. 

-¡Seguid corriendo! – Gritó el Coronel a los demás - ¡No pasa nada, terminad el ejercicio! – Corrió hacia el muchacho herido mientras pulsaba en su muñeca el llamador de auxilio médico. El niño, tirado de espaldas en el suelo, apretaba los dientes para no gritar de dolor. Tenía enrojecidas las manos y la cara, nada serio, porque sus ropas eran ignífugas… lo serio, era la herida de la pierna. El suelo explosivo es una trampa mortal de las arañas mina, quienes, en lugar de tejer telas, se ocultan bajo tierra y rebozan esta de un producto químico que segregan ellas mismas, de explosión por impacto. Cuando la tierra explosiona porque algún animal se posa en ella, la tierra, endurecida como el cristal, salta en esquirlas, produciendo daños horribles en la víctima. Aquí, entrenando, el producto era de baja potencia, pero aún así, al explosionar, una piedra afilada había herido al muchacho en la pierna, había roto su uniforme y la sangre manaba a borbotones. 

-No es nada, hijo, no te preocupes… - Ulises sonrió animosamente al muchacho, quien le miró intentando contener el gesto de dolor. No obstante, el coronel sabía que sí era serio, la esquirla había seccionado una arteria. Si el médico no llegaba pronto, el chico estaría muerto en pocos minutos. En un intento desesperado por ganar tiempo, arrancó jirones del traje roto y le ató el muslo con él, tan fuerte como pudo, haciéndole un torniquete. Sabía que esa práctica era peligrosa, que podía gangrenar la pierna… "mejor cojo que muerto", pensó, pero siguió dando ánimos al chico y diciéndole que no era nada, que enseguida estaría bien… y sintió un alivio infinito al oír el suave silbido del antigravedad que traía al médico. 

-Médico – dijo la figura delgada que saltó del antigravedad.

-¿Usted? – preguntó el Coronel con cierta sorpresa. Ulises no era ningún antiguo, no le extrañaba la presencia de un médico femenino… lo que le extrañaba, era verlo en Fuerte Cartago. Nunca había habido mujeres en Cartago, era un fuerte masculino. 

-Sí, yo. – contestó la mujer, sin apenas mirar a Ulises. Se arrodilló junto al muchacho y examinó la herida - ¿¡Quién ha hecho éste torniquete, si se puede saber!? – se escandalizó.

-Yo. Perdone que no sepa medicina, no se me ocurrió otro medio para intentar conservarle la vida. – Ulises solía ser amable con todo el mundo, pero no le gustaba que vinieran a enmendarle la plana mientras uno de sus reclutas se desangraba. 

-Dejándole cojo, ¡qué buen sistema! ¿Por qué nadie me dijo que era una urgencia con riesgo de muerte? – la doctora apretó su propio pulsador, para pedir transporte para el herido, no cabría en su pequeño antigravedad. 

-Tal vez, porque no quería asustar a mi soldado más de lo preciso, ¿le parece que hice mal?

La mujer le miró por primera vez y suspiró. 

-No te preocupes, hijo. Ya estoy aquí, todo va a salir bien. – sonrió al soldado, le inyectó un sedante y miró al Coronel con cara de desencanto. – El transporte estará aquí en diez minutos. No antes. – Ulises resopló, el joven no tenía tanto tiempo, antes de que llegasen estaría desangrado si aflojaban el torniquete y cojo si lo dejaban en su sitio.
-Se podrá hacer algo… - susurró – Algo, además de ponerle morfina. – la doctora pareció luchar consigo misma y finalmente habló. 

-En su equipo… ¿lleva usted pasta plástica de reparar fusiles? – Por toda respuesta, Ulises sacó el aplicador, la doctora lo tomó y colocó una pequeña cantidad de pasta blanca en la arteria rota. 

-Eso… ¿es seguro? – preguntó él. 

-¿Quiere que le sea sincera? ¡No! Es tóxica, puede morir envenenado, pero nos dará tiempo para llevarle al hospital y curarle como es debido… y entre morir y morir, esto nos da más oportunidades que no hacer nada. – Ulises la miró casi por primera vez. Era joven, más que él, debía ser sólo algo mayor que su hija. Tenía el cabello castaño oscuro, igual que los ojos, era delgada y daba cierta impresión de… fragilidad. De delicadeza, aunque su habilidad y la rapidez de sus decisión diera un mentís a ese aspecto. – No intentaba una curación tan disparatada desde las playas de Xaú-biget.

-¿Estuvo en Xaú? – se asombró Ulises y le sonrió, al tiempo que una creciente sensación de respeto le invadía. La doctora le miró a los ojos para asentir, y algo debió ver en ellos, porque permaneció mirando los ojos verdes del Coronel un segundo de más, y enseguida agachó de nuevo la cabeza, quizá más rápido de lo que hubiera querido. Ulises recordaba bien las playas de Xaú, allí se libraron las más feroces batallas en la guerra contra el jump, prácticamente todo un planeta intentando defenderse de las Fuerzas Imperiales durante varios años, hasta que aquellas playas se convirtieron en el último reducto de los productores y traficantes y durante seis larguísimos días se combatió sin descanso hasta lograr la victoria. "Compañera de armas… tan joven, y conoció Xaú", pensó Ulises.

La doctora limpiaba lo mejor que podía la herida, cuidando de no tocar la zona de pasta para evitar que se abriese de nuevo, pero las manos le temblaban, por más que quisiera ocultarlo. La mirada del Coronel la ponía nerviosa, ¿tanto le asombraba que una mujer hubiera estado en el cuerpo médico del ejército en una batalla un poco señalada…? No había pasado miedo bajo el fuego enemigo, pero ahora estaba experimentando una sensación muy parecida a él, bajo la penetrante mirada de Ulises. "Por favor, que llegue pronto el transporte…" suplicó, y pocos segundos después, llegó el vehículo sanitario. Un joven intentó bajarse para ayudar, pero antes de que pudiera impedirlo, Ulises se cargó al muchacho a la espalda y lo metió en el vehículo, sentándose junto a él y la doctora. Apenas se aposentó, suspiró tranquilo, pero la mujer no compartía su optimismo. 

-No se entusiasme tan pronto, Coronel…. Este chico ha perdido mucha sangre, va a necesitarla para reponerse, y deprisa, y no va a ser fácil encontrarla. No de su grupo sanguíneo. 

-¿Tiene agujas esterilizadas aquí, doctora? – la mujer asintió, y Ulises se arremangó la guerrera – Empiece cuando quiera. 

-No es así de sencillo – sonrió con cierta superioridad – A lo mejor para usted, la sangre es sangre, pero hay diversos tipos, y éste chico no es enteramente humano, mire su piel… - era cierto, la piel del chico era ligeramente azulada – Su padre o su madre no eran humanos, sino lilius. El cruce genético es posible, pero el grupo sanguíneo se altera, es siempre ABC positivo, y ese grupo sólo lo tienen los mestizos como él… como mucho, podría aceptar la sangre de su progenitor no humano, pero no va a ser fácil encontrar ni a unos, ni al otro… Si no le conseguimos sangre pronto… 

-Doctora – Ulises devolvió la sonrisa con la misma vaga superioridad – ahórrese la lección de biología, mi grupo es cero negativo, donante universal receptor único… válido hasta para mestizos, así que cuando usted quiera. 

Ulises casi no había terminado de hablar cuando la mujer ya estaba sacando trastos de su instrumental, dispuesta a empezar la transfusión, efectivamente allí mismo. 

-¡¿Por qué no me lo dijo antes!? – protestó la doctora mientras el ataba el brazo con una goma para resaltar las venas - ¡túmbese!

-No lo necesito, puedo hacerlo sentado. 

-No me venga con machadas, vamos a necesitar una cantidad importante de sangre, ya tengo bastante con una persona inconsciente, ¡túmbese!

-….Hacía mucho que una mujer, no me pedía algo así. – El Coronel había intentado aguantarse. Lo había intentado de veras, pero la doctora era la primera mujer en muchos años que le llamaba la atención. Después de perder a su esposa, había estado convencido de que nunca más volvería a interesarse, ni menos aún volvería a amar a otra mujer, y por primera vez desde entonces, se había sentido juguetón y con ganas de tonteo. La doctora le miró con expresión de regañina, y no se dignó ni en contestarle, todo su semblante le estaba llamando inmaduro. Pero las manos le temblaron ligeramente cuando le inyectó. - ¿Cómo se llama, doctora?

-Randall. – contestó ella. Intentó hablar fríamente, pero cuando le miró a los ojos para decir el nombre completo, se le escapó una minúscula sonrisa que arruinó todo el efecto – Capitán Katherine "Cat" Randall. 

-Randall… conocí a un oficial llamado Patrick Randall, ¿la ha pescado a usted?

-Túmbese, Coronel… y no, no me ha "pescado", como usted dice, es mi nombre paterno, hay muchos apellidos en el universo que se repiten. – contestó la mujer, y mirando la blanca sonrisa de Ulises, le invadió la sospecha de que quizá no le importaba un pimiento saber si el tal oficial era o no su esposo, sino tan sólo saber si tenía un esposo. "No… no puede ser. Es el Coronel de la base, el Coronel Antonio Ulises Bonetti, una leyenda viva… no va a interesarse por mí, sólo quiere vacilarme, ponerme nerviosa, nada más". Pero la doctora Randall no pudo contener una sonrisa al mirarle de nuevo. Es cierto que el oficial le sacaba casi veinte años, pero aún así,… era bastante atractivo. Tenía el cabello casi encanecido del todo, pero abundante y de apariencia suave, con ciertos reflejos claros que delataban que había sido rubio en su juventud. Tenía los ojos de color verde claro, muy brillantes y sabía mirar con picardía. De hecho, no dejaban de mirarla, y se le escapaba una sonrisa cada pocos segundos. 

Ulises sintió sus rodillas dar un ligero temblor, pero no pudo acusarlo a la pérdida de sangre. La doctora le gustaba. Por primera vez en muchos años, en muchísimo tiempo, una mujer volvía a gustarle y despertarle sensaciones. Otro tipo de hombre quizá se hubiera puesto a hablar de sí mismo, a echarse flores, ya que con su currículum, podía hacerlo; o le hubiese preguntado por ella, o hasta le hubiera pedido tomar algo cuando acabase aquél jaleo y el chico estuviese ya fuera de peligro… Ulises, no. Él no esperaba que las circunstancias fuesen favorables o intentaba propiciarlas. Él, directamente moldeaba la realidad a su antojo. 

-Do… Doctora… - musitó Ulises, y la mujer le miró. Se había puesto blanco como un papel y sudaba, parecía a punto de perder el sentido. Cat casi se lanzó sobre él y le agitó. 

-¡Coronel! ¿Está usted bien? – la mujer sabía que la pérdida de sangre podía generar esa debilidad, pero no tan rápidamente ni en tal proporción. El coronel intentó negar con la cabeza y la agarró con la mano libre.

-No…. no interrumpa la… transfusión… salve al chico. – susurró, apenas audiblemente, y perdió el conocimiento. Le pareció oír de muy lejos la voz de la doctora, y se dejó arrastrar a la negrura cálida y agradable que le caía sobre los ojos. El brazo del que le extraían sangre casi rozaba el suelo, y de su mano cayó una ampolla que rodó bajo su camilla. Al chocar contra la pared del vehículo, pudo leerse la etiqueta: Yodocaína. 

************

A Ulises le parecía que lo mecían dulcemente al tiempo que la estancia se hacía más y más clara… pero cuando estuvo plenamente consciente, fue como si le hubieran golpeado la nuca con un mazo y no pudo evitar un gesto de dolor. "El pecado lleva en sí mismo la penitencia", se dijo. La yodocaína era un sedante que además producía sudor y aumento de la temperatura controlados, una especie de fiebre artificial para matar los virus, pero si coincidía que uno estaba donando sangre, lo dejaba totalmente k.o. No obstante, apenas su gemido de dolor fue audible, notó una presencia muy cerca de él, y el aroma de jabón delató a la doctora, así que había valido la pena. Con esfuerzo, abrió los ojos y enfocó la vista. 

-Doctora… - intentó hablar, pero ella siseó suavemente para que no hablase y le tomó el pulso. No le pasó desapercibido al coronel que en lugar de usar el medidor automático, ella simplemente le tomó de la mano y buscó los latidos en su muñeca. 

-No haga esfuerzos. El chico está bien. – Ulises sonrió. Ahora también podía estar tranquilo por la suerte de su recluta. - ¿Qué hace? ¿No irá a intentar levantarse?

-Doctora Cat, sé que usted lo hace todo por mi bien, pero yo he dicho siempre que el día que pasase una noche en la enfermería, sería la última de mi carrera, y ya me perdonará que no quiera jubilarme mañana. – dijo mientras intentaba incorporarse y retirar las sábanas de la cama. 

-Ni se jubilará mañana, ni va usted a salir de aquí. – contestó ella de forma terminante, poniéndole una mano en el hombro y presionando. – A lo mejor se piensa, coronel Bonetti, que no sé tratar con militares cabezotas como usted. 

-¿Qué quiere decir…?

-Quiero decir que ya me conocía esa frase idiota antes que usted me la dijera, y las estúpidas machadas que ha hecho más de una vez, ¡fugarse de la enfermería estando herido, en una ocasión de un disparo láser que casi se le lleva medio costillar…! Debería darle vergüenza hacer cosas semejantes. 

-Es curioso, no suelo considerar como digno de vergüenza el interponerme entre un láser y uno de mis hombres y tener tiempo aún, mientras caía con un lado del cuerpo abrasado, de abatir al tirador. 

-No hablo de eso, y lo sabe. Hablo de su irresponsabilidad por negarse a recibir cuidados médicos adecuados y preferir volver al barracón de soldados a correrse una juerga. 

-Doctora, ya me habían injertado, cosido, vendado y demás… lo de hacerme pasar la noche en la enfermería como si fuera un colegial, no era más que una pequeña tontería. Si a esas alturas no me había muerto, era difícil que lo hiciera ya curado, y si lo hacía, prefería que me viniese la muerte estando borracho perdido celebrando la victoria con mis hombres, que solo como un perro en la cama de un hospital. Y sintiéndolo mucho, pero es lo mismo que voy a hacer ahora. Si es tan amable de quitarme la mano del hombro, no tendré que agarrarla, tumbarla en la cama y atarla a usted a ella. 

-¡Coronel…!

-Bueno, mejor aún, deje ahí la mano, de hecho, la idea de atarla a la cama, me resulta bastante atrayente…

-Coronel Bonetti, técnicamente, podría denunciarle por hablarme así. 

-Y yo a usted por retención indebida. Créame, deje que me marche. No es culpa suya, se lo aseguro, si fuera usted otro médico cualquiera, también me iría. 

-No escucha usted cuando le hablan, ¿verdad? Le he dicho que ya le conocía, he tomado mis medidas. 

-Que así, a botepronto, yo diría que son…. Ochenta y cinco, sesenta, y…. 

-¡Coronel! A lo que me refiero, es que he dado órdenes de que no dejen salir a nadie de la enfermería esta noche, he cerrado todo con llave electrónica cuyo código sólo yo conozco y todas las puertas, incluida la de ésta habitación tienen doble sistema de seguridad. Al menos por esta noche, puedo estar segura que va a reposar, tomarse su cena tranquilamente para recuperar sangre y dormir como un bendito. 

Por un momento, Ulises pareció derrotado. No se esperaba aquello. Y con voz de profunda consternación, contestó:
-Vaya… es usted astuta. Me está diciendo…. Que estamos encerrados aquí, sin modo de salir hasta mañana, donde nadie puede ni entrar ni salir para molestarnos. Los dos solos. – A Cat le temblaron las rodillas casi con violencia cuando vio que la mano derecha de Ulises se había cerrado en torno a la mano que ella todavía conservaba en el hombro de él. - ¿Es eso lo que me está diciendo….?

-Coronel… no… ¿no irá a….? – pero Ulises la tomó del brazo con una rapidez prodigiosa y la tumbó sobre sus rodillas, plantándole un beso en los labios. Cat desorbitó los ojos, cogida en su propia trampa, y sólo tuvo sensatez para intentar conservarse fría, para no devolver el beso… para no cerrar los ojos y dejarse derretir. - ¿Se supone que esto, es un ataque viril directo? ¿Debo sonrojarme y pedir auxilio? – Cat no quería ser consciente de que le temblaba la voz.

-Eso, depende. – susurró Ulises, con su nariz casi rozando la de la doctora

-¿De qué depende?

-Del tipo de rollo que te guste. – el coronel la besó nuevamente, y en esta ocasión, la doctora le golpeó torpemente el pecho, intentando apartarle, pero al tercer golpe, su mano pensó sin ella y reptó por el cuello de Ulises hasta abrazarlo. 

-¿Qué estamos haciendo…..? – musitó, con la voz casi ahogada por el llanto, mientras Ulises la acomodaba mejor sobre la cama y él salía de entre las sábanas para pegarse a ella. – Por Dios, ¿qué estoy haciendo yo….? Esto no está bien, no está bien…

-Mujer, antes de decir eso, espera a ver cómo lo hago… -bromeó el Coronel. 

-¡Hablo en serio! – se lamentó la doctora, intentando ignorar cómo su cuerpo se humedecía vertiginosamente al notar el de Ulises, ya erecto, frotarse contra ella, aún con la ropa puesta. – Eres mi paciente, yo tu doctora, esto es poco menos que un delito por el que podrían denunciarme y perder mi licencia, mi currículum hundido, mi carrera perdida… 

-¿Y quién te va a denunciar, si estamos solos? – las manos de Ulises se habían perdido bajo la camiseta blanca de la doctora, acariciando la suave espalda, cuya piel se erizaba de sensaciones increíbles bajo el roce mágico de sus dedos – Y lo mejor, ¿a quién te va a denunciar… si el Coronel de la base, soy yo? 

Cat no parecía haber reparado en ése detalle y por un momento, se quedó desconcertada… en el acto, le abrazó con las piernas y le apretó contra ella, entre la sonrisa de Ulises. "Estoy loca, completamente loca", se dijo, notando que le sacaba la camiseta por la cabeza y sus pechos, libres de cualquier sostén quedaban al descubierto. Aquello era una irresponsabilidad terrible, el Coronel estaba débil, acababa de perder mucha sangre y ella estaba cediendo a tener sexo con él, ¿qué clase de profesional era ella…? Una profesional que acababa de perder la cabeza, pero desde que era una adolescente había estado platónicamente enamorada del mítico Coronel Bonetti, el gran Ulises, el héroe militar… Cat sólo había tenido dos novios en su vida, y con el primero solía cerrar los ojos e imaginar que a quien tenía encima, era a Ulises. Ahora que realmente le tenía sobre ella de verdad, no era capaz de renunciar, no podía… oh, Dios, qué bien besaba… 

En menor medida, pero también el coronel pasaba sus pequeños apuros. Desde la muerte de su esposa, se había negado tajantemente a buscarse una nueva compañera, ni siquiera había tenido aventuras o líos, por más que ocasiones, se le habían presentado. Sus desahogos habían sido siempre en solitario, ninguna mujer le había vuelto a llamar la atención, hasta ahora. Cat no se parecía en nada a su mujer, de hecho era casi su opuesto, tan modosita, tan tímida, tan miedosa… pero le gustaba, le gustaba mucho. Y quizá fuera que llevaba muchos años sin una mujer o el que ella fuese la única mujer soldado que él conocía, y además tan joven, que había compartido una batalla de las suyas y tan emblemáticas, o que simplemente se hubiera tragado el anzuelo y la caña de su plan, pero le gustaba más de lo que podía imaginar, y no iba a echarse atrás. Se despojó de la chaquetilla de su pijama, dejando ver un pecho prácticamente lampiño, con sólo algunas trazas de vello rubio y la misma doctora le acarició bajo la cinturilla del pantalón blanco, gimiendo adorablemente mientras lo bajaba. 

Ulises, más ansioso que ella, metió la mano en el pantalón de su compañera y bajó éste y las bragas apenas lo justo para acariciar su sexo, húmedo. Cat se tapó la boca con ambas manos para reprimir el gemido de placer que llenó la habitación, mientras Ulises se reía, deseoso, y apretó su sexo con muy poco cuidado. 

-¡Auh….! Con… con cuidado, despacio… - pidió la doctora. También en eso, era distinta a su mujer, pensó el coronel, y acarició más suavemente, casi haciendo cosquillas. Cat suspiró, cerrando los ojos. 

-Ahora, sí que te has puesto colorada… - dijo él, en un susurro hambriento, y Cat le sonrió, ofreciéndole la boca. Ulises jugueteó con su lengua en los labios entreabiertos de la mujer, franqueándolos con mucha suavidad mientras su mano derecha no cesaba de acariciar los labios vaginales y su dedo corazón, con la misma ternura que su lengua, hacía leves incursiones, esparciendo la humedad, convirtiendo cada caricia en una dulce tentación. El clítoris tembloroso parecía esperar ansioso sus mimos, y cada vez que lo rozaba, parecía que Cat perdía el alma de los gemidos que se le escapaban. 

-Más… po…por favor, más…. Un poquito más rápido… - qué linda estaba, era como si suplicase, como si le diese una vergüenza tremenda sentir placer, como si fuese una tímida adolescente virginal. Ulises sentía su erección reventando los pantalones del pijama blanco, pero quería hacer que ella terminase primero, quería ver cómo se corría, quería verla estremeciéndose de gusto entre sus brazos, poner los ojos en blanco y gozar hasta que no pudiera más, hacía mucho tiempo que no veía el orgasmo femenino, quería saborear la visión, y le dio lo que pedía, subió su dedo al clítoris y centró las caricias en la rosada perlita, haciendo círculos breves, rápidos… su dedo resbalaba en la dulce pepita y la doctora empezó a temblar. 

Ulises sonrió, acariciando sin cesar, viendo como Cat gemía, se le agarró del cuello y empezó a ponerse tensa, con los ojos cerrados y las piernas juntas, apresando entre ellas la mano de su compañero. Las caricias maravillosas la estaban sacando de quicio, ¡qué placer! Cada roce la electrizaba, produciendo un cosquilleo delicioso que se expandía por todo su cuerpo, cebándose en las corvas y los riñones, y tenía un feroz deseo de ser penetrada… ¡pero ahora, no quería que parase! Era como si le rascase de forma maravillosa un picor insoportable, era tan gratificante, tan rico, aaaaah… sus gemidos subían de tono por más que ella intentase contenerlos, y el placer se iba volviendo deliciosamente insoportable, le ardía todo el sexo, pronto no podría soportar más esa sensación, el estallido estaba próximo… su clítoris parecía borracho de gusto y calor, las cosquillas le subían más y más, sus caderas daban golpes y sus piernas se tensaban, y entonces una oleada larga de placer le laceró el cuerpo y pareció estallar en la base de su columna. 

Ulises quiso estallar en carcajadas cuando Cat gritó. La doctora apretaba la boca, intentando contenerse, pero el placer fue superior a todas su fuerzas y finalmente gritó de gusto, entre convulsiones, curvando la espalda, mirándole con ojos entre inquisitivos y ahítos, como si quisiera preguntarle qué le estaba haciendo. La explosión de gozo se expandió de forma dulcísima por su sexo y su cuerpo, como una corriente de cosquillas hormigueantes que llegaron hasta los dedos de sus pies, hasta su nuca, y la hicieron temblar como si tuviera fiebre, y finalmente relajarse entre sonrisas, mientras su sexo aún latía, y cada latido era una suave caricia que recorría su cuerpo, proporcionándole un bienestar indescriptible. 

Cat recuperaba la respiración cuando Ulises se despojó de los pantalones y, en medio de gemidos ansiosos, le retiró por completo los suyos, la deseaba ahora mismo, ya no era capaz de esperar más. La doctora le abrió los brazos y el coronel se dejó deslizar sobre ella. Apenas su miembro erecto rozó la piel, cálida y húmeda, del sexo de la mujer, se creyó desmayar de placer, pero cuando al recolocarse, su miembro pensó por él y él solito encontró la entrada y conquistó el interior, introduciéndose en aquella cavidad estrecha y tórrida, Ulises sintió que su pecho se rasgaba por el gemido de gusto que se le escapó del cuerpo, y estuvo a punto de irse de golpe como un primerizo… ¡Dios…! ¡Qué sensación! Era la maravilla suprema, hacía más de veinte años que no estaba dentro de una mujer, y casi se le había olvidado lo delicioso que era. Durante unos segundos no se movió, sólo disfrutó de la dulzura de sentirse abrazado por dentro y por fuera, su respiración chocando agitadamente con la de Cat, que lo mantenía pegado a su pecho, apretándolo, y su pene siendo aplastado, exprimido, por su delicioso coñito palpitante.

Ulises empezó a mover las caderas, y un escalofrío de gusto recorrió su espina dorsal en un calambre juguetón que le hizo contraer hasta las nalgas y empujar con los pies sobre la cama, ¡qué increíblemente bueno era! Cat se rió al ver la cara de inmensa satisfacción de él, la sonrisita tonta y los ojos en blanco, mientras le acariciaba las piernas con las suyas, animándole a que siguiera moviéndose, a que terminase y se quedase a gusto, tan a gusto como ella. Ulises no se hizo rogar, y aceleró, sintiendo que su bajo vientre se derretía a cada movimiento. Su miembro estaba en la gloria, aprisionado en una inmensa suavidad y un calor enloquecedor. Apoyado sobre los codos, sus caderas se meneaban como una tuneladora, y la doctora se retorcía entre risas debajo de él, encantada con su manera de penetrar, mmmh, acababa de correrse y estaba a punto de hacerlo otra vez, oh, sí, qué bien le rozaba el punto exacto, ahí, ahí…. Más, más…. Ulises estaba extasiado, sus testículos parecían arder y le picaba hasta el agujero del culo de lo bien que lo estaba pasando, adoraba el modo en que a ella se le escapaba esa risita tímida, mira qué tensa se estaba poniendo, iba a acabar otra vez… no podía aguantar más, no podía, iba a estallar….

El coronel sintió que su cuerpo se preparaba para la explosión, pudo sentir su semen ardiente recorrer todo el tronco, incapaz de contenerlo, y en ese preciso momento, las manos de Cat se crisparon sobre sus hombros y sus piernas se entrecruzaron a su espalda, tensa como un cable de acero, y mirándole con expresión desmayada, mientras su sexo se cerraba violentamente, tirando de su polla, y Ulises gimió, notando que su semen era literalmente aspirado por el cuerpo de su compañera… una sensación ardiente se apoderó de él, una explosión que le hizo vibrar desde los pies a los hombros, y el estallido le hizo dar escalofríos y estremecerse dentro de ella, mientras todo su cerebro parecía un castillo de fuegos artificiales y sus manos se cerraban, crispadas sobre la colcha, y su ano se contraía, ayudando a expulsar la descarga que le dejaba sin fuerzas, exhausto… y en la gloria. Un bordoneo de cosquillas traviesas le recorría el pene mientras él gemía, con la cabeza apoyada en los hombros de Cat.


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-Debes pensar que soy una guarra que me lo hago con cualquiera… pero te aseguro que no es así, te lo aseguro… - le decía Cat, con la cabeza apoyada en su pecho, los dos dentro de la cama, cubiertos por la colcha térmica, mientras Ulises se encendía un cigarro. No es que fumase mucho, pero un purito de vez en cuando, le gustaba. – Esto ha sido… excepcional. Ha sido un error, de hecho, no creo que estuviese bien que lo repitiéramos. 

-Claro que no. Se repite lo que se ha hecho mal. Lo que se hace bien, simplemente, se hace otra vez. Y mientras tú y yo estemos de acuerdo en hacerlo, no estará mal que lo hagamos siempre que nos dé la gana. 

-Pero, Coronel… No… ¿no se da cuenta que si alguien se entera, puede denunciarnos?

-De nuevo, ¿a quién van a denunciarnos, si yo soy el Coronel de la base? ¿Y de qué nos van a denunciar? Tener una aventura, no es delito.

-Pero… pueden acusarme a mí de… 

-El amor… o si lo prefieres, el pasar de vez en cuando un rato agradable, no es delito ni motivo para que te acusen de nada. – Cat intentó replicar, pero Ulises la cortó – Escúchame, no eres ninguna guarra, ni una trepa. Mi mujer y yo nos conocimos teniendo yo apenas veinte años y ella diecisiete, y ninguno de los dos llegó virgen a los brazos del otro. No éramos unos degenerados, simplemente sabíamos que éramos soldados, teníamos una profesión de riesgo, y si encontrábamos algo bueno, lo sensato era agarrarlo cuanto antes, porque mañana podía no seguir ahí. Puede que de críos fuéramos un poco cabezas locas los dos, pero cuando nos casamos, no hubo matrimonio más fiel que el nuestro. No voy a pensar mal de ti porque te hayas acostado conmigo. Si así fuera, no lo habría… - se cortó, y sonrió. 

-¿No lo habrías qué? – preguntó ella con mirada de sospecha, pero Ulises se limitó a sonreír más, con el puro en un lado de la boca. Cat pensó y ató cabos rápidamente – Oh… no… yodocaína, me faltaba una ampolla de yodocaína en mi maletín… no le di importancia, pensé que la habría gastado y no lo recordaba, o que se me habría caído cuando salí deprisa por la llamada… y sabías que yo intentaría hacerte descansar por todos los medios, y como conocía tu fama, intentaría retenerte y vigilarte… te has drogado con un anestésico que produce fiebre sólo para engatusarme… ¡y yo, caí en la trampa como una idiota!

-Bueno, no tan idiota, lo has descubierto tú sola… - sonrió, mientras Cat ponía un cómico gesto de indignación, con las mejillas brillantes de enfado. Estaba tan adorable, que Ulises la apretó contra sí, por más que ella intentaba resistirse – ¡Es genial ver que la astucia, nunca pierde! 


jueves, 25 de julio de 2013

El amor hace cosquillas (Mariposa y yo)

Lo había hecho. Me había atrevido. Me había acercado a Ocaso, no a Mariposa. Mi ama ya me había dejado muy clarito que nuestra relación era simplemente sexual, que no había nada más y nunca habría nada más.... porque, fuera de nuestros encuentros de dominación, éramos dos desconocidos, y tenía razón. Imbécil adoraba a Mariposa, pero de Ocaso, sólo sabía su nombre. Vistas así las cosas, lo mejor era que Miguel, y no Imbécil, intentase acercarse a Ocaso, y no a Mariposa, de modo que, a la hora del almuerzo, me planté ante ella y la invité a desayunar conmigo. 
Bueno, quizá la palabra "invitar", sea un poco exagerada… me acerqué a su puesto, y le dije exactamente:

-Hola. Se te va a pasar la hora del descanso… yo también me lo tomo ahora, ¿quieres un café?

Ocaso no supo ni qué decir. Sólo se quedó allí mirándome, sentada en su silla, sin saber cómo reaccionar, sin explicarse qué estaba intentando. Yo permanecí esperando, sonriendo. No pensaba moverme de allí. Pasaron casi dos larguísimos minutos, durante los cuales, Ocaso siguió mirándome a través de los cristales oscuros de sus gafas rojas, que protegían de la luz sus ojos fotofóbicos, y sin ninguna expresión en el rostro más que sorpresa… finalmente agachó la cabeza y negó con suavidad. 

-¿No vas a tomar nada…? – dije con amabilidad - ¿Un sándwich, un bollito… un zumo? – Ocaso negó nuevamente, sin casi mirarme. Sacó de una bolsita que tenía en la mesa un termo, y se sirvió en la tapa-taza del mismo una bebida que parecía té. Empezó a tomárselo a sorbitos, intentando ignorar el hecho de que yo seguía allí plantado, esperando alguna reacción por parte de ella, aunque sólo fuese un "¿vas a quedarte ahí hasta echar raíces…?". Cualquier otro tío hubiera dicho una frase de cortesía y se hubiese largado, pero yo estaba dispuesto a conocer a Ocaso, por muchas trabas que me quisiera poner, de modo que ataqué nuevamente. - ¿No vas a la cafetería a desayunar? ¿O sales fuera?

Durante la media hora del almuerzo, muchos compañeros íbamos a la cafetería, o, aprovechando que las oficinas están dentro del centro comercial, salimos a comprar algo… pero ahora caía que nunca creía haber visto a Ocaso en la cafetería, ni fuera. En efecto, mi compañera de trabajo negó ligeramente con la cabeza una vez más. Si estaba dispuesta a no despegar ni los labios, aquello iba a ser aún más cuesta arriba de lo que yo temía… Tomé una silla que estaba cerca y me senté a horcajadas en ella, saqué mi sándwich y me dispuse a tomármelo allí, junto a ella.

-¿No te importa si almuerzo aquí, verdad? – Pregunté. La mano de Ocaso apretó la taza del termo, e instintivamente, cerré los ojos, esperando que me lanzara su contenido a la cara, pero se contuvo. Suspiró y negó con la cabeza una vez más. Mi presencia la molestaba, lo sabía bien, y mi parte de esclavo se sintió miserable por hacerle a mi ama algo semejante y me vinieron ganas de pedir perdón y marcharme… pero me forcé a recordar que aquélla que estaba a mi lado, no era mi ama. Era una chica normal a la que yo deseaba conocer, y por lo tanto, no le debía ningún tipo de obediencia. No obstante, sí era juicioso intentar no explorar el límite de su paciencia, y procuré quedarme calladito. Estaba bien claro que no tenía unas ganas locas de conversar. 

Procuré masticar en silencio, mientras la observaba. Me costaba no pensar en ella como "mi ama", pero intentaba hacerlo. Ocaso parecía totalmente abstraída de mi presencia allí. Tenía los ojos cerrados mientras bebía su té, saboreándolo. Su cuerpo estaba allí, pero su mente estaba increíblemente lejos, donde ni yo, ni nadie podía alcanzarla. Me parecía más inaccesible como chica normal que como ama incluso… siendo Mariposa, no tenía reparo en hablarme, mirarme, atenderme… siendo Ocaso, ni siquiera me hacía la dignidad de notar que estaba allí. Viendo que no iba a haber manera de que ella misma me contase nada de su persona, miré hacia sus cosas, en la mesa, por ver si algo podía darme alguna pista para iniciar una conversación, o cuando menos, atraer su atención de algún modo… 

En el ordenador, sólo tenía abiertos los programas del banco. La mayoría de compañeros, incluso yo, que soy medio jefecillo, tenemos abierto Internet para mirar algo de vez en cuando, las noticias, el tráfico, el correo, o incluso hacer alguna compra… ella no. Su escritorio estaba inmaculadamente limpio y despejado. Qué diferencia con el mío, lleno de tonterías, calendarios, ositos, un cacto, portalápices, notas adhesivas, una bolsa de gominolas a medias, bolis luminosos y migas de galletas. Ocaso no tenía ni una simple foto, ni un mísero detallito personal, nada en absoluto. La llamaban "la chica invisible", pero lo cierto es que ella era la primera que se esforzaba por serlo… En la bolsita donde guardaba el termo, asomaba un libro. No se veía el título, pero casualmente reconocí la edición.

-¡Andá! ¡El Conde de MonteCristo! – dije alegremente, y por primera vez, Ocaso giró la cara para mirarme – Eeh… bueno, es un clásico. Es muy bueno… - casi me disculpé. Ella parecía sorprendidísima, me miró con gesto de sospecha, miró al libro y de nuevo a mí, inquisitiva. ¿Quizá le extrañaba que yo lo hubiera reconocido sin ver el título…? – Tengo esa misma edición, el barco de la portada es el Faraón, por eso sabía que era El Conde de MonteCristo…

Mi compañera me miró como si me estuviera viendo por primera vez. Su boca apenas se movió, pero a través de los cristales oscuros de sus gafas, pude ver algo parecido a simpatía en sus ojos. Estuve tentado de empezar a hacer preguntas del estilo "¿te gusta leer? ¿Por dónde lo llevas? ¿Es la primera vez que lo lees?", pero me contuve. Mi ama detestaba las preguntas, y Ocaso no parecía muy dada a dar respuestas, ni a hablar de temas insustanciales con alguien a quien no conocía. En lugar de eso, sonreí y esperé, mirándola a los ojos, intentando hacerla ver que la estaba escuchando… por si quería decir algo. No dijo nada. Sólo tomó el libro y lo abrió por una página en la que tenía una señal, y me lo acercó ligeramente. Me asomé y leí. Era la primera vez que la Condesa de Morcef, Mercedes, ve al Conde, y al reconocer en él a Edmundo Dantés, palidece y está a punto de desmayarse. Asentí. Ahora, ya sabía por dónde lo llevaba. Ocaso se me quedó mirando unos segundos, luego miró el libro y alzó un poco la mano derecha.

-¿Lo has leído cinco veces…? – creí entender, y ella asintió. Y esta vez, inequívocamente, sonrió. Una sonrisa fugaz y diminuta que duró un segundo… pero había sonreído. 


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-Imbécil, ¿puedo saber a qué estás jugando?

-No sé de qué me habláis, ama… - susurré aquélla misma tarde, desnudo y tumbado en la cama, las manos esposadas al cabecero y los pies atados también.

-No te hagas el tonto. Hablo de tu patético numerito de esta mañana, ¿qué pretendes? ¿Qué buscas de Ocaso?

-Conocerla, ama. – admití. – Vos me dijisteis que fuera de aquí, éramos dos desconocidos y nunca llegaríamos a nada porque no queríamos conocernos, y en parte tenéis razón… pero yo sí quiero conoceros a vos también fuera de aquí. Quiero conocer a Ocaso, y es lo que, en mi humildad, estoy intentando.

-Qué bonito… el bueno de Imbécil cree que puede acercarse a Ocaso y así, por las buenas, convertirse en su amiguito o en su novio, ¿verdad que sí?

-No lo creo, ama…. Lo intento, nada más que eso. 

-Imbécil… Ocaso ya ha pasado por bastante como para pasar también por ti. Ella no tiene la fuerza de carácter que tengo yo para mandarte a tomar por saco, pero atiéndeme: es mejor que la dejes en paz.

-Pero, ama, si yo… yo no pienso hacerle nada malo… No voy a hacerle ningún daño…

-Qué casualidad, eso mismo le decía el viejo. – Había rabia en su voz. Mi ama había sufrido abusos por parte de su tío abuelo, quien también abusó de su madre, siendo pequeña. Incluso había intentado quitarse la vida para huir de él. No era de extrañar que Ocaso apenas hablara y le costase tanto tomar confianza. Siendo Mariposa, se protegía de todo el mundo; Mariposa era fuerte, era una dómina, era alguien que sólo hacía sus propios deseos, que siempre era la parte potente y siempre mandaba, nunca obedecía. Ni siquiera pactaba. Sin embargo… en esta ocasión al menos, tenía que intentar que pactase conmigo.

-Ama… mi señora… os juro…

-Déjate de juramentos y de palabrerío, Imbécil. No vas a seguir hablando con Ocaso y punto. Si mañana vuelves a mi puesto, aunque sólo sea para decirme "hola", lo nuestro se habrá acabado. Y si persistes, te denuncio por acoso. Tu antigua princesita, estará encantada de ser mi testigo, aunque sepa positivamente que no ha sucedido nada. – Aquello era darme donde me dolía, y Mariposa lo sabía. Nélida, una compañera del trabajo, me había tenido como pagafantas durante más de medio año, para por fin darme la patada… y cuando yo empecé a rehacerme y a ser feliz por haber encontrado a Mariposa, se ofendió y se tomó como una ofensa personal el que yo no estuviera deprimido durante más tiempo porque ella me abandonara. Desde luego, estaría dispuestísima a apuntarse a cualquier cosa que significase hacerme la puñeta, y no digamos hundirme…

-Un mes – dije muy deprisa.

-¿Un mes, qué? – contestó, no de muy buen talante. Me la iba a jugar. Estaba completamente loco, y lo sabía, iba a jugármela.

-Os pido… os ruego un mes, ama, sólo eso. Permitidme tratar con Ocaso, sólo un mes, nada más. Si a ella le caigo lo bastante simpático como para seguir viéndonos, estupendo. Si no es así… casi… casi prefiero que esto se termine entonces. – Mariposa me miró con extrañeza en sus grandes ojos verdes – Sufro demasiado estando con vos y sabiendo que no puedo teneros, ama….

-Imbécil, que esto se acabe o no, no es decisión tuya, sino mía. Si se acaba, yo también pierdo, ¿sabes? Eres un buen esclavo, probablemente, el mejor que he tenido. Pero también eres un tonto. Persigues algo que sólo has soñado. Lo que tú llamas amor, Imbécil, no existe. No es que yo no quiera dártelo, es que NADIE puede dártelo… quien te diga lo contrario, te quiere engañar. 

-Entonces, pensad un castigo. Tan duro como queráis, ama, lo que se os ocurra, todo… y si de aquí a un mes a Ocaso le doy igual y no quiere conocerme, lo cumpliré.

-Eso, es si gano yo… ¿y qué hay si ganas tú?

-Según vos, ama, esa posibilidad no puede darse, porque ni siquiera existe, así que no debe preocuparos. – contesté enseguida. Mi ama me miró de soslayo. Parecía sospechar, pero por algún motivo, también esa sospecha parecía divertirla. Finalmente sonrió, y se sentó junto a mí en la cama. 

-Está bien… pégate de cabeza contra el muro si eso es lo que te entretiene, y regálame una excusa para ponerte un castigo que no olvidarás jamás. Mientras tanto… hoy, vas a sufrir y disfrutar en el jardín de las cosquillas. – sonreí como un bobo cachondo. Mi ama me había hecho extender un par de toallas grandes sobre la cama, y tumbarme sobre ellas. Me había esposado las manos al cabecero y atado los pies a las patas de la cama, para que no pudiese moverme. Estaba desnudo y expuesto, y aunque aún no estaba erecto, mi pene estaba medio alegre, previendo la diversión. Mariposa, sentaba junto a mí, llevaba una corta batita negra transparente, bajo la cual, sólo había piel… sus pezones erectos y su rajita depilada se adivinaban para mí detrás de la tela, pero hoy, nuestro placer iba a basar en hacerme sufrir a mí. 

Los finos dedos de mi ama se acercaron a mi piel, sin tocarla. Bajó la mano derecha, arrimándose a mi vientre, tan cerca que podía notar su calor, pero no me tocó. Su mano subió muy despacio por mi tripa, mi pecho, hasta casi mi boca, y yo podía sentir su presencia, pero la caricia no se producía, y eso me volvía loco. Tenía muchas ganas. Mi ama hizo de nuevo el recorrido, ahora bajando, y se me escapó un gemido, estaba burro porque me acariciase, pero su piel no caía sobre la mía, estaba imposiblemente cerca, pero lejos… su mano bajó más allá de mi vientre, y se detuvo… no, no se detuvo, siguió avanzando pero con una lentitud increíble, hacia mi sexo ansioso, que, sin necesidad de tocarlo, se estaba empinando con tal rapidez que casi dolía. Dejé escapar un gemidito de súplica y Mariposa me sonrió, pero no se apiadó. Sin tocarlo, recorrió mi pene, como si lo moldease en el aire. Primero con toda la mano, luego con el dedo índice, como si lo acariciase desde la base a la punta. Se detuvo en ella e hizo círculos con el dedo, como si tocase allí… dobló la mano para abarcar mi miembro y la movió arriba y abajo, lentamente, como si me pajease, ¡pero sin tocarme!

-Ama… - supliqué – me… me vais a volver loco… - no pude contenerme y moví mis caderas, intentando rozarme contra su mano, y al hacerlo, efectivamente la toqué. El latigazo de calor me recorrió desde el tronco del pene hasta la nuca y una maravillosa sensación de bienestar me hizo estremecer de gusto. 

-Imbécil, eres un impaciente – me recriminó mi ama alegremente, riéndose. - ¿Ya estás pidiendo piedad y ni siquiera hemos empezado aún…? Reserva tus súplicas, te harán falta.

Mariposa se levantó de la cama y buscó algo en su bolsa. Cuando se irguió, llevaba en la mano una especie de plumero negro y dirigió una elocuente mirada a mis pies. Instintivamente, encogí los dedos, intentando esquivarla a pesar de que ni siquiera se había acercado aún. Sabía que iba a gustarme, yo mismo le había pedido cosquillas, pero aún así, la idea me producía una sensación de indefensión… terriblemente excitante. Mi ama se me acercó y acercó su plumero a mi cara, acariciándome con él. De inmediato, un agradable cosquilleo me picó dulcemente en las mejillas, el interior de la nariz, el cuello…

-¡Mmmh, jijijii…! ¡No, no… mmh… ya, ama… ya! – reí sin poder contenerme, mientras el cosquilleo se extendía por mi cuello, y mi ama bajó el plumero a mis sobacos, y ahí sí que estallé en carcajadas, ¡era bestial! Me contorsionaba en la cama, intentando darme la vuelta para escapar, pero cuando me movía, Mariposa atacaba por otro lado, la tripa, los brazos, la cara… un millón de mordiscos traviesos recorrían ávidamente mi piel, y pronto intercalé las risas con gritos histéricos y mis ojos empezaron a lagrimear, me faltaba el aire y no podía parar de reír, una presión en mi vientre empezó a crecer, mientras Mariposa bajó el ritmo del plumero y convirtió las cosquillas salvajes en una caricia pícara, sensual. Tomé aire ahogadamente y lo solté en gemidos, era asombrosamente bueno… Los mordiscos se habían convertido en un reguero de hormiguitas traviesas, y Mariposa empezó a bajar, paseando las plumas muy lentamente por mi bajo vientre.

-Parece que esto te gusta… ¿qué dices, Imbécil? ¿Te da gustito? ¿Sigo, me paro…?

-¡No, no paréis….! – supliqué enseguida – Seguid, ama… se-seguiiiiid…. – Era delicioso, simplemente delicioso… las plumas se paseaban a placer por mi bajo vientre, rozando ligeramente mi miembro, dándome un gusto delicioso a cada roce. Cada vez que las sentía, una gran sonrisa de vicio y placer se abría en mi cara, y un travieso cosquilleo se extendía desde mi polla a mi espalda. Las plumas empezaron su bajada, y creí que se detendrían en mi erección, pero Mariposa siguió descendiendo, acariciando mis muslos, deteniéndose entre ellos, deleitándose cada vez que yo gemía, a medio camino entre el suspiro y la risa… cuando llegó a las corvas, de nuevo reí a carcajadas, noté que rompía a sudar y mis piernas se balanceaban, intentando librarse del ataque, tan suave como devastador, de las crueles plumas, mmmmh… Mi ama siguió bajando, y por fin, llegó a mis pies. Se sentó en la descalzadora, a los pies de la cama. Yo, con la cabeza apoyada en la almohada doblada, podía verla desde donde estaba, podía verla mirarme con superioridad, con ojos traviesos… y brillantes de deseo.

"Le gusto" pensé, en aquél respiro que me concedía "Le gusta darme placer y jugar conmigo, pero además le gusto físicamente, le… le hago gracia." Era difícil poner palabras a lo que veía en los ojos de Mariposa, pero no era mera dominación, yo lo sabía bien, porque la había visto ir cambiando lentamente. Le había pedido cosquillas, y me las estaba dando. Al inicio de nuestra relación, no me hubiera dado ese gusto ni de lejos, no porque no le apeteciera, sino porque yo, un esclavo, se había atrevido a pedirlo, pero ahora, sí me lo daba. Mariposa no ponía barreras en el sexo, pero sí en su corazón… sólo aspiraba a ser lo bastante inteligente como para saber derribarlas… pero entonces, sus dedos acariciaron las plantas de mis pies, y fui yo quien se derribó por completo.

-¡Mmmmmmmh… no, no… ahí no, ama….! ¡Eso no, los pies no, los pies no! – supliqué inútilmente, entre risas, pero Mariposa me contestó con una sonrisa y siguió moviendo su dedo índice, arriba y abajo, muy suavemente… mi piel se puso de gallina y encogí los pies, intenté hurtárselos, moviéndolos, pero estaba atado, era imposible… de golpe, los dedos de mi ama aletearon sobre mis pies, y mi estómago giró, una carcajada chillona salió de mi garganta a golpes y unas feroces cosquillas recorrieron todo mi cuerpo.

Mariposa se reía al verme así, retorciéndome en medio de risas agudas y súplicas de piedad, y no dejaba de mover los dedos, haciendo cosquillas en las plantas, en los tobillos, me cogió de los dedos e hizo cosquillas en ellos, y chillé de risa, ¡yo mismo no sabía lo sensible que era! Me debatí con violencia, la presión en mi vientre apareció de nuevo, más intensa, y el miembro me picó de forma insoportable…

-¡Ama! –grité, casi con desesperación, viendo qué iba a sucederme - ¡parad… jaaaajajajajaja… parad, por favor…. Por favor, me meoooo….! – me lloraban los ojos y reía sin parar, pero tenía miedo, ¡no quería orinarme encima… y delante de ella! Mariposa bajó lentamente el ritmo y me dejó respirar, pero no se detuvo del todo. Siguió acariciándome con suavidad, haciéndome dar pequeños respingos cada vez que sus dedos tocaban el centro de las plantas de mis pies.

-Tranquilo, Imbécil,… relájate, tu ama se ocupa de todo. – susurró con su voz más sensual, y suspiré. Me dí cuenta que tenía la boca abierta y la lengua fuera, mi barbilla estaba húmeda de babas. Cuando la miré, vi mi pene, erecto como un mástil, casi pegado a mi tripa, con todo el capullo empapado de líquido preseminal, que se deslizaba suavemente por el tronco, calentito y viscoso. - ¿Para qué crees que te hice poner las toallas en la cama? Para que puedas estar tranquilo. Relájate y disfruta de tu tortura, si tienes un accidente, no mojarás la cama. 

¡Mariposa estaba dispuesta a hacer que me mease de risa…! No supe si el pensamiento me gustó o me pareció perverso, pero no pude analizarlo, porque mi ama tomó una brochita de maquillaje, y empezó a torturarme con ella. ¡Mmmmmmmmmh….! Aquello no eran cosquillas alocadas como las de hace un momento, era algo… aaah… era enloquecedor, daba risa, pero también era agradable… no quería que parase, eran unas cosquillas muy suaves, y me llegaban por todas partes… Mariposa me sujetaba de los dedos y paseaba la brocha por la planta, por los dedos, por entre ellos, y yo temblaba como si tuviera fiebre, sintiendo las diabólicas cosquillas extenderse hasta mis nalgas. Mi polla erecta palpitaba, deseosa, tenía ganas de tocarme, de masturbarme sin piedad mientras sentía las cosquillas, pero por otra parte, quería que durase más, era tan divertido, tan agradable lo que sentía…

Me retorcía en la cama, inútilmente, mientras mi ama pasaba al otro pie y lo sometía al mismo tratamiento, paseando la brocha por él, deteniéndose en el centro, haciendo círculos interminables, mientras yo ya gemía más que reír, agarrando convulsivamente el barrote del cabecero al que estaba esposado y que había crujido ya dos veces. Mi cama protestaba en chirridos agudos y mi ama tenía la cara muy cerca de mi pie, casi parecía a punto de besarlo… "si lo hace, me corro como una mula. Lo sé", pensé, desesperado, mientras mi sudor me empapaba la cara y se escurría por mi cuello, y mi pie intentaba escapar, por más que yo no quería que lo hiciera… Dios, qué gusto, qué perfecto era lo que sentía… mi ama subió con su brocha a mis tobillos, a mis dedos de nuevo, y entonces sentí otra brocha en mi otro pie, ¡me estaba haciendo cosquillas en los dos a la vez! Grité de puro placer, mis caderas daban golpes inútiles y mis dedos se extendían, ya no se encogían, quería dejar sitio a las brochas, querían ser acariciados y cosquilleados por mi ama, y ella… ella lo hizo. Mi ano se encogió de gusto y sentí que me iba a correr sin tocarme siquiera, pero muy despacio, Mariposa paró. 

La miré con ruego, con intensa frustración, pero no fui capaz de articular palabra, estaba agotado. Jadeaba como un perro, boqueando, mi cuerpo temblaba y me sentía desmadejado, como si no tuviera ni un solo hueso en su sitio, la tripa me dolía de tanto reír y mi pene gritaba por estallar. Mi ama se rió. Era su risa de superioridad, pero también había simpatía en ella. 

-¡Si pudieras verte ahora como yo, Imbécil…! Sudado, tembloroso, con cara de estar drogado… - apoyó una mano en mi pecho y se agachó hasta casi tocar mi oreja con su boca, y eso me hizo dar otra profunda convulsión, un nuevo subidón de placer me agarró desde los riñones a la nuca, pero de nuevo no me corrí. Necesitaba una caricia en mi miembro, sólo eso… solamente una caricia y estallaría como un volcán y me quedaría a gusto… Mi ama susurró en mi oído - ¿Tienes muchas ganas de correrte, verdad….? – Asentí, incapaz de hablar, moviendo las caderas como un desesperado, mientras su vaho ardiente parecía perforar mi cerebro – vamos a hacerte cosquillitas también por aquí, para que te corras… - sus dedos aletearon por mi bajo vientre y rozaron mi miembro, arrancándome un gemido derrotado, y Mariposa se alzó, tomó el plumero, y arrancando una de las plumas, empezó a acariciarme con ella.

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah…. Amaaaa…! – fue demasiado para mí. El hormigueo cosquilleante que se extendió por todo mi miembro, casi me hizo llorar de frustración, ¡querría correrme, no podía esperar más… pero con esas cosquillitas, no iba a conseguirlo tan deprisa como yo necesitaba…! Pero Mariposa, aún sabiéndolo, no tuvo compasión, y sólo me concedió el mover la pluma un poco más deprisa, centrar las cosquillas en el glande… hizo atrás la piel ligeramente y cosquilleó el frenillo, y puse los ojos en blanco de placer, los cerré con fuerza… estaba en las puertas, en las mismas puertas del orgasmo, pero no podía abrirlas aún, era una tortura absoluta. El bordoneo travieso, el picorcito tan rico, se cebaba en mi polla, la recorría de arriba abajo, se agolpaba en mis pelotas, pero no acababa de estallar… las hebras de la pluma hasta se metían por el agujero de mi pene, y yo sacudía la cabeza frenéticamente, tenso como un cable de acero, deseando descargarme… Mariposa soltó la pluma y tomó la brochita en su lugar, y empezó a frotarme más intensamente… ¡SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII….! No aguanté ni un segundo, con un profundo gemido de alivio y placer, sentí que mis pelotas estallaban, mi ano se contrajo y mi frenillo pareció palpitar, anonadado de gusto, cuando un poderoso géiser de esperma salió a presión de mi cuerpo. Oí la risa de Mariposa, que se había apartado lo más que podía sin dejar de rozar la brocha en mi sexo… el espeso chorretón me cayó en el pecho, en la tripa, y finalmente goteó por mi pene, que daba convulsiones para expulsarlo completamente…. Me había quedado en la gloria.

Quise tomar aire para recuperarme, pero mi ama me atacó a traición, pellizcándome los costados, con rapidez y fuerza, de arriba abajo, a toda velocidad. Negué con la cabeza, mientras empezaba a partirme de risa y a estremecerme entre sus manos, quería disfrutar del orgasmo, saborearlo… pero, curiosamente, aquéllas cosquillas, ¡sólo lo acentuaban más! Quise hablar, decir "basta", pero de mi boca, sólo salieron carcajadas y balbuceos, la presión en mi tripa se hizo insoportable, las propias carcajadas empujaban la presión hacia abajo, sólo podía salir por un sitio, miré a Mariposa con ojos desencajados de sorpresa y miedo, negué con la cabeza mientras no podía parar de reír, y mi ama, con expresión traviesa, asentía sin dejar de pellizcar… el pene me ardía, el estómago me reventaba, tenía que soltarlo, no podía más, tenía que… 

-¡Aaaaaaaaaaaaayyy….! ¿Oh…ooh…? Ha-aaaaaaaaaaaaaaaaaaah….. – Había sido más fuerte que yo. Mi pene se vaciaba, pero esta vez, de orina, y en medio de la terrible vergüenza, sentí un alivio infinito, que pareció convertirse en un segundo orgasmo… mis caderas empujaban para soltarlo todo, y el dorado chorro brilló, describiendo un arco, para caer en las toallas, entre mis piernas abiertas, en varios chorros… el alivio recorrió toda mi columna, haciéndome gemir suavemente… haaaaaaaaah... qué gusto… y entonces, una boca caliente y de labios suaves se posó en mi mejilla, muy cerca de mi oreja, y me besó, lamiendo quedamente la piel. Solté un último gemido. AHORA, sí que estaba en la gloria. 

-Así me gusta, Imbécil, que lo sueltes todo. Ahora, voy a dejar que reposes un poquito, y luego, quitarás esas toallas sucias de la cama y te lavarás bien. Porque para la segunda parte, te toca darme gusto a mí, y te quiero limpio. ¿Te ha gustado tu sesión de cosquillas? ¿A que querrás repetirlo?

Como pude, notando aún tibias gotas de orín resbalar de mi sexo por entre mis piernas, pero asentí. Mi ama me miraba con simpatía, agachada junto a mí, la cabeza apoyada en mi pecho. Hubiera dado diez años de mi vida por tomar entre mis manos esa carita con forma de corazón y llevar su boca a la mía, para meterle la lengua hasta la garganta… pero no hizo falta que yo diese nada. Mariposa misma leyó mi deseo en mis ojos y sacó la lengua, para que yo la lamiera. Nuestras lenguas juguetearon unos segundos, y enseguida mi ama puso su boca en la mía, explorándome, lamiéndome por dentro, y haciendo en mi paladar las últimas cosquillas de aquél juego delicioso. "Un mes…" pensé, encantado "Tengo un mes para intentar que quien me haga esto, sea Ocaso, y no sólo Mariposa… no sé si voy a lograrlo, pero voy a dejarme hasta la piel por conseguirlo, palabra. Yo nunca he sabido realmente lo que era querer hasta ahora, Ocaso. Tengo que conseguir enseñarte a ti también a hacerlo. Se puede, ya verás cómo se puede… os amo, Mariposa. Te quiero, Ocaso… te quiero…".

miércoles, 24 de julio de 2013

Déjame conocerte, Ocaso.

-¿Y cómo dices que te llamas?

-Micaela, pero… verás, es que he venido con otra persona… 

-Sí, ya he visto que has venido con una amiga, no importa, tengo dos brazos para llevaros a cada una colgada de ellos, rubia. – El tipo me sonrió con lascivia y directamente me intentó tomar del brazo, yo sonreí e intenté desasirme, pero antes de poder lograrlo, la voz de mi ama frenó al tontobaba que se ponía pesado.

-Eh, tío… mantente apartado de mi propiedad. – sonrió Mariposa, que llegaba con dos bebidas, las dejó en la mesa y dándome un pequeño cachete, se dirigió a mí con verdadera lujuria destilándole en la voz, que no se molestó en disimular lo más mínimo – Serás golfa, no puedo dejarte ni un momento sola, enseguida te dedicas a andar calentando al personal… - quise objetar algo, pero mi ama me tomó del cuello y me plantó la lengua en los labios, lamiéndome para abrirse paso. Mis ojos se cerraron de gusto y mi propia lengua se asomó para frotar la suya, acariciándonos muy suavemente, y me dejé fundir en la infinita suavidad húmeda, hasta que casi se me escapó un gemido. - ¿Qué pasa contigo, no ves que estamos ocupadas? Puerta. – le dijo al tipo, y éste, con pinta de sentirse violento, se marchó. Sus amigotes se reían de él cuando le vieron volver con el rabo entre las piernas. 

De nuevo Mariposa me había hecho vestirme de chica, y por más que me diese una vergüenza espantosa que me sometiese a aquello, lo estaba encontrando muy excitante y divertido. Y además, era el único modo que mi ama accedía a salir conmigo, jamás salía con Miguel, ni siquiera con Imbécil, pero sí con Micaela. Casi siempre íbamos al mismo pub, y ya nos estaban empezando a llamar las lesbiprincess. No es que a Mariposa le gustase gran cosa bailar o hablar con la gente, pero sí le gustaba ver cómo me miraban. Yo seguía sin entender qué veía la gente en mí como chica. Yo me seguía viendo demasiado alta y grandota vestido de chica, pero mi ama decía que yo tenía tipo de mujerona y que con las falditas que solía llevar, no importaba realmente si estaba un poco llenita. Yo me sentía feliz por hacerla feliz a ella, con eso me bastaba… pero últimamente, cada vez me bastaba menos. 

Quería algo más. Quería lo que Mariposa se negaba a darme, una relación normal, o cuando menos, fija. Me gustaba ser su esclavo, adoraba serlo, no quería que eso cambiase… pero sí quería ser su "esclavo fijo", digamos. Quería ser suyo, pero en todos los aspectos. Quería que se enamorase de mí, en una palabra, pero mi ama ni siquiera creía en el amor, o eso decía. Sin embargo, yo notaba que ella estaba a gusto conmigo, aún cuando no hubiese sexo, y hasta me había dado un collar, un collar de cuero negro con aristas de acero, de perro, como premio, que me ponía cuando iba a verme y se llevaba después… era para mí una condecoración que me llenaba de orgullo, pero ni siquiera me dejaba conservarlo. "No es un regalo, Imbécil, es un préstamo" solía decirme "lo tendrás mientras te lo merezcas".
-Vamos a tu casa, Micaela… hoy, voy a hacerte un viejo capricho. – me susurró al oído, y antes de levantarme de la silla, me puse la cazadora frente al cuerpo, porque estaba presentando armas de forma más que evidente. No tardamos en llegar y apenas entramos, me arrodillé para que ella me pusiera el collar, como hacía siempre. Puede que sea una tontería, pero sentir el roce áspero del cuerpo y el tintineo del broche al cerrarse, me llenaban de felicidad y de ganas, era la señal de que los juegos iban a comenzar y que yo seguía siendo del agrado de Mariposa. 

– No me has preguntado nada, Imbécil, te he dicho que voy a hacerte algo que quería hace tiempo, y no has dicho nada… 

-Ama, yo sé que lo que me hagáis, me gustará, sea lo que sea, sólo estoy deseando que empecéis… - dije sinceramente, y Mariposa me miró con algo que se parecía un poco al desconcierto. Últimamente, me miraba extrañada, como si le chocara mi modo de ser, pero yo no entendía porqué. Yo la adoraba, siempre había sido humilde con ella y dispuesto a todo lo que me pidiera, llevábamos varios meses de relación, cerca ya del año, y yo siempre había sido así, no entendía qué le producía esa extrañeza, esa especie de tristeza con la que me miraba a veces. Me acarició la cabeza y yo me froté contra su vientre. 

-Eres un buen esclavo, Imbécil. Eres tan obediente, tan sumiso para mí… - Dios… había cariño en su voz, lo había, podía sentirlo. Mi sonrisa me llegó hasta las orejas, cómo me gustaba cuando le salía un poco de miel para mí, me abracé a sus piernas y me apreté contra ella. Daría lo que fuera por tenerla así para siempre, pero mi ama se rió y me dio un golpecito en las manos para que la soltara y la siguiera. La seguí a gatas. Ella no me lo había pedido, pero yo notaba que le gustaba, que le excitaba que yo caminase a cuatro patas, y a mí me excitaba excitarla a ella. Llegamos a la alcoba, y ella misma encendió velas. Siempre lo hacíamos a la luz de las velas, jamás dábamos la luz eléctrica, ni siquiera al terminar. Cuando Mariposa estaba conmigo, nunca había más luz que la de las velas, detestaba la luz fuerte, sólo soportaba, más mal que bien, la solar, y aún así, solía llevar gafas oscuras hasta en invierno, pero a fuerza de estar con ella, yo mismo había llegado a acostumbrarme a la penumbra y ahora, aún estando solo, muy pocas veces encendía las luces de mi piso. 

A la luz de las velas, mi ama se despojó del corto vestido negro que solía usar para salir y se quitó el sostén, quedándose sólo en bragas. Mi pene pedía a guerra a gritos, levantándome la falda de cuadritos que llevaba, pero yo permanecía arrodillado en el suelo, sin osar tocarme. Mariposa me miró con su sonrisa de vicio y me tomó del collar, forzándome a caminar hasta el armario de luna. Aquella forma de actuar conmigo, me ponía caliente de un modo increíble, gateé tras ella dejándome llevar, sintiendo que mi excitación crecía a pasos agigantados, deseando y temiendo que me tocara, porque a poco que lo hiciera, me iba a correr como un burro. 

-Mírate. – me dijo. Me daba vergüenza, y ella lo sabía, por eso lo hacía. – Te he vestido de chica, ni siquiera es la primera vez que lo hago, y ahora incluso te divierte hacerlo. No es que me lo consientas, es que incluso me lo pides. ¿Te gusta calentar a los otros tíos, verdad, Imbécil? ¿Te gusta que presuma de ti como he hecho hoy, que te proteja, que haga saber a los demás que eres mío? – Mariposa me conocía mucho mejor de lo que yo suponía, y asentí, jadeando, mientras el miembro me manchaba la ropa de líquido preseminal y mis caderas se movían solas, buscando desesperadamente frotarme contra algo. 

-Sí, ama…. Me gusta que lo hagáis, quiero ser vuestro… hacedme vuestro… - Mariposa se rió de mi petición y se arrodilló a mi lado, me tomó de las manos y las llevó al bulto que hacía la falda. 

-Hace tiempo que quería ver esto. – susurró, con su voz baja y grave, sensual, muy cerca de mi oído, y gemí, con la sensación de que mi cerebro se fundía – tócate. Despacio… - Mi ama se situó a mi espalda y yo no me atrevía ni a mover las manos, temeroso de derramarme. Respiré hondo e intenté pensar en escenas desagradables de pelis de miedo para retrasar lo inevitable, mientras Mariposa empezaba a abrirla la blusa muy despacio. – Vamos, Imbécil… empieza, agárratela y frótate. 

Obedecí. Apresé el tronco con las dos manos entrelazadas y empecé a acariciarme arriba y abajo, la tela de los calzoncillos y la faldita me daban mucho calor, pero aminoraban un poco las sensaciones, hubiera querido quitármelo todo, pero mi ama quería verlo así. 

-Abre los ojos, Imbécil, y mírate. Mira la carita de gusto que pones… qué guapa estás, Micaela. – Abrí los ojos, y la vergüenza que sentía siempre cuando me miraba en situaciones así, me invadió, pero curiosamente, con mucha menor fuerza… Ahora, no era yo mismo. Era Micaela. Se me escapó una sonrisa de gustito, y vi a una chica rubia sonriendo de placer, y me sentí casi horrorizado al sentir que me gustó mirar aquello. Mi ama me sonrió, notando el cambio en mí, y me despojó del sostén con relleno que usaba, dejando mi pecho al descubierto. Sin pechos y con ese bulto, parecía mucho menos una chica, pero no me sentí tampoco como un travesti, sino como una especie de ser hermafrodita. Mariposa dirigió sus manos a mi cuello y empezó a acariciarlo, haciendo cosquillas muy suaves. 

-Aaah… haaaah… - gemí, era muy dulce sentir esas caricias, y no pude contenerme – Más… seguid, ama… seguiiiiid…. 

Mariposa sonrió muy cerca de mi oreja y sus manos bajaron a mis pezones, y empezaron a acariciarlos con la punta de los dedos. Mis caderas dieron un golpe y me estremecí de pies a cabeza, ¡qué rico! Mi ama empezó a dar pellizquitos de ellos, se quitó los guantes que siempre llevaba, bajo los cuales había finas muñequeras para impedir que yo le mirase las cicatrices, y con los dedos desnudos, me acarició nuevamente, y todo mi cuerpo tembló de placer.

-Estás acelerando mucho el ritmo, Imbécil, ¿no puedes soportar la sensación? Tienes los pezoncitos muy sensibles, ¿te gusta que juegue con ellos?

-¡Sí… sí, ama, por favor, no paréis, os lo ruego, no paréis….! – gemí buscando aire, una de las manos de Mariposa dejó de pellizcar mis pezones y se dirigió a mi cintura, buscando la cinturilla de la ropa interior. Me costó un infierno parar de frotarme, pero lo logré, y mi ama me bajó los calzoncillos hasta la mitad del muslo. 

-No levantes la falda, quiero que empapes la tela de tu sucio semen, quiero ver un manchurrón bien grande en ella, venga… - me susurró, mientras subía de nuevo la mano. La tela de la falda era algo áspera, pero yo ya no podía parar, apreté la tela en torno a mí y froté como un loco. Mariposa se lamió los dedos y los llevó de nuevo a mis pezones, húmedos y calientes, ¡gemí hasta quedarme sin aire! Pude ver en el espejo que mis ojos se ponían en blanco y yo tenía la lengua fuera del gusto, me encantaba. Los latigazos de placer de mis pezones llegaban hasta mis orejas, hasta mi estómago, y me producían unas cosquillas increíbles, era asombroso… mi ama los pellizcaba, retozaba con ellos, me abrazaba el pecho con toda la mano, los excitaba con las uñas… yo apenas podía conservar los ojos abiertos, y mi miembro picaba enormemente, mientras no podía parar de gemir. La mano derecha de mi ama bajó hasta mi vientre y empezó a hacer cosquillas en él. 

-¡Nooo… jijijiji, no, eso no, ama, jajaja, por favor, basta…..! – me doblé, intentando retirar mi tripa, pero la mano juguetona de Mariposa no me dejó escapar. 

-¡No dejes de frotarte, venga, date con fuerza, Imbécil! – me ordenó, mientras seguía haciéndome cosquillas, movió las manos a mis costados y siguió haciéndome cosquillas, en un movimiento reflejo quise tirarme al suelo, levantarme, esquivarla de cualquier modo, pero no podía parar, mis manos no podían detenerse, gemía y reía a carcajadas, los dedos de mi ama en mis costados me estremecían hasta los hombros, el placer en mi polla me acalambraba de gusto, me retorcía entre risas locas, el picor delicioso ganaba terreno, las cosquillas lo hacían aún mejor, parecían rebotar en mi miembro, qué maravilla, sentía hasta ganas de orinar, qué picorcito tan insoportable, qué bueno, no podía más, y por fin, sentí la dulce explosión saliendo a borbotones de mi cuerpo, lo apreté fuerte y me tensé, sintiendo la liberación maravillosa, el ardor que me fundía, el placer que me mordía hasta la nuca y el dulce alivio al soltarlo, mis caderas dando golpes solas, y yo mismo recostándome hacia atrás, cayendo en los brazos de mi ama, que había cambiado sus traidoras cosquillas por suaves caricias… un calorcito delicioso me invadió, me sentía en la pura gloria mientras el alma se me iba por entre las piernas. 

-Mírate, Imbécil. Mira cómo has dejado la falda… - susurró mi ama, y con esfuerzo, abrí los ojos. Mis manos aún apresaban mi miembro, y las tenía mojadas y pringosas. La falda estaba empapada, un par de gotitas blancas aún asomaron por la tela antes de escurrirse y deslizarse por entre mis dedos. Mi ama me movió las manos para que me soltara, y una enorme mancha quedó a la vista, mientras mi pene seguía erecto bajo ella. – Qué travieso eres, Imbécil, parece que lo que te he hecho te ha gustado mucho, te has quedado rendido. 

-Oooh, sí, ama…. – dije desmayadamente. – Me ha encantado. Las cosquillas han sido tan perversas… Ama, ¿puedo pediros una cosa…?

-Depende. Tú pregunta, y ya veremos. 

-Algún día… siempre cuando vos queráis, claro… ¿podríais… podríais hacerme cosquillas durante más rato… por favor? – Lo reconozco. Me había encantado, me había sentido totalmente a su merced, y eso me había vuelto loco de gusto, quería repetirlo. Mariposa se rió con ganas. 

-¡Pero qué Imbécil tan travieso! Eres un pequeño pervertido, ¿lo sabes? No importa qué te haga, siempre vuelves a por más, no te importa que te humille, te torture, todo te gusta. 

-Ama, es que vos lo hacéis todo tan bien… me hacéis sentir tanto placer… me hacéis sentir tan importante, tan querido…

-¿Qué? – la voz de mi ama ya no tenía un tono tan agradable. 

-Ama… - levanté la cara para mirarla directamente a los ojos, tumbado entre sus pechos como estaba, y aún con la peluca rubia, medio de lado sobre la cabeza debido a los frenéticos movimientos del orgasmo – Estoy enamorado de vos. 

Durante un momento, mi ama puso cara de susto. Luego, sin perder la seriedad en su rostro, intentó rehacerse. 

-Imbécil, eso es… normal. – dijo, con un tono paternalista – En una relación de dominación, puedes llegar a sentir una cierta atracción sensible por un amo, porque le ves como a alguien que cuida de ti, que te da placer… 

-No, ama, no es sólo eso. – Tenía la sensación de que me iba a arrepentir si seguía hablando, pero ya no estaba dispuesto a echarme atrás – Estoy enamorado de vos como Mariposa, pero también como persona. Quiero que seamos…

-¿Que seamos QUÉ, imbécil? – No me estaba llamando por mi nombre. – Mira, tú no me conoces. En realidad, no sabes prácticamente nada de mí, sólo conoces a Mariposa, no conoces a Ocaso, y nunca la conocerás. Me gusta que seas mi esclavo, me gusta divertirme contigo, pero entérate que NUNCA vamos a pasar a nada más, por la simple razón de que no existe nada más. El amor no existe, sólo existe la hipocresía de encubrir con una absurda mentira el instinto de reproducción, eso es todo. Fuera de aquí, tú y yo no nos conocemos de nada, sólo somos dos compañeros de trabajo que jamás han pasado más allá del "buenos días", y punto. Y así es como seguirá siendo. 

-Pero, ama… si estáis a gusto conmigo… ¿Por qué no….?

-Mira, Imbécil… si quieres ser mi esclavo perpetuo, lo entiendo, y podemos seguirnos viendo, pero llegará un momento que conozcas a otra persona, y no necesitarás a Mariposa. Entonces, me cansaré de ti, y esto se terminará.

-¿Y si nunca conozco a nadie, ama? ¿Y si sólo quiero ser de vos…?

-Serás desdichado. Imbécil, yo no puedo vivir una mentira, así que no puedo amarte, ni a ti ni a nadie. Entiendo que esto te duele, porque tú no lo sabes. Tú crees que existe el amor, tú piensas que dos personas pueden levantarse una mañana después de convivir diez años y pensar que no han desperdiciado su vida. Que sienten amor hacia esa persona… pero ese sentimiento, no existe, ni ha existido nunca. Nos lo han hecho creer así, porque así era menos triste. Porque así, parecíamos más lejos de los animales y más cerca de ser algo mejor, más perfecto, más cercano a un ser superior… no parecíamos simples animales que en el fondo, siguen moviéndose por instintos. Pero es mentira. Tú y yo, solo existimos aquí. Fuera de aquí, no te conozco, ni tú a mí. Y no queremos conocernos. No nos importamos el uno al otro, nos ignoramos, y así están bien las cosas, así es como deben ser. 

-Pero…

-Esta conversación se ha acabado, Imbécil. Y si vuelves a ella, sólo conseguirás que me canse de ti. No puedo tener a un esclavo que persiste en perseguir lo que no hay. No te pongas murrio… hoy, has sido muy bueno, voy a dejar que me masturbes con los dedos, ven aquí. – se subió a la cama y me llamó junto a ella, estuve a punto de acomodarme entre sus piernas para masturbarla, pero palmeó la cama para que me tendiese a su lado. – Aquí. Así podrás darme tu lengua mientras me tocas. Empieza, Imbécil.

Quería sentirme frustrado y triste. Quería sentirme amargado y maldecir mi perra suerte, y quien sabe si hasta llorar… pero me despojé de la peluca por completo y mis dedos acariciaron su rajita suave y cálida, produciendo deliciosos gemidos en Mariposa, al tiempo que me incliné y mi lengua y la suya empezaron a mimarse muy despacio, nuestros labios húmedos se acariciaban y mi ama se apretaba contra mi pecho, moviendo las caderas, y mis dedos empezaban a chapotear en su inundada intimidad…


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Era jueves, hacía frío, pero en la oficina no se estaba mal. La chica se acababa de quitar las gafitas oscuras que llevaba, para frotarse un poco los ojos, eran más de las once e iba a salir a hacer su descanso. Según decían, era fotofóbica, y por eso siempre llevaba esas gafas, no muy bonitas, oscuras y de montura de pasta roja, que sólo dejaban adivinar sus ojos. Cuando volvió a ponérselas, yo estaba frente a ella y respingó del susto. 

-Hola… - saludé, y pude entrever que me miraba de arriba a abajo, como preguntándome qué hacía yo allí. – Se te va a pasar la hora del descanso… yo también me lo tomo ahora, ¿quieres un café?

Ocaso no supo ni qué decir. Sólo se quedó allí mirándome, sentada en su silla, sin saber cómo reaccionar, sin explicarse qué estaba intentando. Yo permanecí esperando, sonriendo. No pensaba moverme de allí. 

(continuará, ¡vuelve mañana!)

sábado, 20 de julio de 2013

Déjate puesta la gorra.

-¿Qué no quieren regresar…? Me está diciendo, Capitán Stillson… que esos chicos llevan MESES haciendo oposiciones a la expulsión, y cuando organizan una marimorena que hace prácticamente forzosa la misma, ¿resulta que mágicamente cambian de opinión y quieren quedarse?

-Me temo que es cierto, señora… ¡señor!. 

-Esto es asombroso… ¡y delante de mí, quítese la gorra! – El capitán Daniel "Dan" Stillson hizo ademán de quitarse la gorra al tiempo que su superior, la teniente coronel Slade intentó quitársela con un golpe de su vara de mando, vara y dedos llegaron a la visera al mismo tiempo, y Dan recibió un varazo en los nudillos que le hizo ver las estrellas hasta el codo. El rostro de la mujer, a quien los muchachos llamaban "Coronela Bragas de Hierro", se contrajo visiblemente de preocupación, y estuvo a punto de tomarle la mano y besarle los dedos, pero la cercanía del asistente de Stillson, en el antedespacho, la hizo contenerse. – Mueva la mano. Los dedos. Flexiónelos… ¿puede moverlos? – Dan asintió, haciendo lo que le pedía, y Sabella logró camuflar su dolor bajo un interés frío y meramente profesional a haber podido romperle los dedos al capitán. – Si se hubiera quitado la gorra nada más entrar en mi despacho, Capitán, esto no habría ocurrido. Y ahora, dígame qué le han dicho Rieguer y su panda de gamberros, palabra por palabra. 

Rieguer era un joven recluta del campamento-escuela militar Fuerte Bush III. Dicho campamento había dejado de ser la vergüenza del sector Acuario y un lastre para el Imperio sólo a partir de los últimos días. La Coronela había llegado para imponer orden en él y poner a todo el mundo firme… pero mientras los soldados se ponían firmes, ella se había derretido por completo en brazos de su amor de juventud, su ahora subordinado, el capitán Stillson, tras haber aclarado la conspiración que los había llevado a enemistarse siendo poco más que niños. Naturalmente, los nuevos métodos disciplinarios impuestos por la Coronela Bragas de Hierro, no habían sido del agrado de los reclutas, acostumbrados ya a una vida cómoda y a no hacer más esfuerzos de los estrictamente necesarios (tales como levantar la pierna para accionar el cierre automático de los cordones de las botas, o mover el brazo para llevarse la cuchara hasta la boca). Enfadados ante el drástico cambio de vida, parte de los reclutas, comandados por Rieguer, habían decidido presentar rebeldía y dar la nota para intentar hacer quedar mal al capitán Stillson delante de la Coronela… pero la cosa se les fue de las manos y la montaron mucho más gorda de lo que querían. 

Stillson había dado la cara por sus reclutas como responsable de su vandálico comportamiento, pero, contrariamente a lo que todos esperaban, la Coronela no había cargado contra el capitán al que parecía tener tantas ganas, sino contra los reclutas. Y según le explicaba ahora Stillson, aquello parecía haberles picado el amor propio, porque le habían rogado una segunda oportunidad. Querían cumplir la condena que la Coronela les había impuesto, pero también deseaban quedarse y ser mejores, como soldados y como personas. 

-Increíble… quién iba a decir que esa recua de antropoides irresponsables, tenía su poquito de orgullo… 

-Señor, me han entregado una carta para usted. En ella informan a sus padres de todo lo sucedido, dicen que quieren hacerlo ellos personalmente antes de que lo haga usted… sólo le piden que la firme, si está conforme con cómo lo cuentan y les permite quedarse para cumplir su castigo. 

La Coronela tomó el bolígrafo digital y lo enfocó a la pared para leer la carta. Con un estilo ciertamente peloteril, pero de honroso fondo a fin de cuentas, los muchachos contaban, sin omitir nada, lo que llamaban su "pésimo y pueril comportamiento", y hacían a sus padres propósito de enmienda, si "la estricta, pero siempre justa, Coronel Slade, juzga que somos dignos de una segunda oportunidad". La citada estricta, pero siempre justa, sonrió con picardía. "Qué sinvergüenzas… si no firmo esto, quedaré como una traganiños". Dan esperaba su juicio, y sonrió aliviado al ver que ella activaba la opción de marcar cambios en el archivo, y con su propio bolígrafo, estampaba su firma digital en el documento láser, agregando una posdata: "Ellos y yo sabemos que ésta, será la última oportunidad que necesiten". Sin dejar de ser cordial, enviaba a los chicos un ultimátum terminante. El cuento de la misericordia, no les funcionaría una segunda vez. 

-Capitán Stillson, es cierto que los chicos se aprovechan de que en el fondo, no tengo mal corazón… pero su deseo de corregirse, les disculpa de su atrevimiento. Puede que sólo tengan miedo de sus padres, pero eso implica que no todo les importa un comino, que tienen ganas de quedar bien ante alguien, no quieren volver a sus casas como fracasados, de una patada en el culo… tienen amor propio, y eso es un comienzo. Y eso, ha tenido que inculcárselo alguien… - le miró de tal modo, que Dan sintió que rompía a sudar – No esperaba menos de usted. Le felicito, Capitán Stillson. 

Dan y ella se habían acercado el uno al otro hasta casi tocarse y se miraban con verdadero deseo. Cualquiera que les hubiera mirado en ese momento no hubiera dudado que la relación entre ambos cargos iba mucho más allá de lo profesional, de hecho, parecían hacer esfuerzos para contenerse, para no abalanzarse apasionadamente el uno contra el otro. Sabella miraba la boca de Dan y sus ojos, alternativamente, y había empezado a acariciar con suavidad su vara de mando, de arriba a abajo, sin darse cuenta de que lo hacía. Dan miraba la boca entreabierta, de labios húmedos, de su superior y se relamía, mientras sus manos enguantadas se apretaban en sendos puños, que se adelantaban, dirigiéndose a las caderas de la Coronela, mientras él los contenía una y otra vez y de su pecho se escapaban respiraciones hondas que intentaba disimular, y su mirada traspasaba las ropas de Sabella. Ella podía notar cómo sus pezones se ponían erectos sin tocarlos, sólo bajo la mirada fogosa de Dan, y se hacían apreciables aún bajo la guerrera. La Coronela, ya con la espalda erguida, hizo hacia atrás los omoplatos para que sus pechos resaltaran más aún, y Dan pensó que daría media vida por estrujarlos en ese mismo instante y hacerle el amor salvajemente, sin desvestirla, sobre la mesa de su despacho. Una finísima gota de sudor, casi inapreciable, se deslizó por su sien, y Sabella pareció devorarla con la mirada, ansiosa por lamerla… A Dan se le estaban escapando directamente gemidos y le pareció que estaban teniendo sexo sin ni siquiera tocarse, su pene estaba empezando a agitarse y a pedir sitio peligrosamente en sus pantalones, cuando…

-¿Señor? – el ayudante de Stillson dio dos golpecitos en la puerta abierta y se situó junto a su Capitán, quien se volvió de no muy buenos modos. 

-¡¿Qué quieres?! – masculló Dan, con los dientes apretados. Habían tenido que venir a fastidiarle uno de los momentos más lujuriosos de su vida. 

-Eh… lo siento, señor, pero me han dado éste mensaje para la Coronela, señor. Me han dicho que es urgente. 

-¿Pa… para mí? – Sabella estaba colorada como un tomate y con la respiración desordenada. El joven soldado asintió y le entregó la tarjeta digital, intentando no pensar porqué la Coronela Bragas de Hierro daba el aspecto de acabar de haberse masturbado. La mujer la tomó y la orientó hacia su mano para leerla, y ahogó un grito. 

-¿Malas noticias, Coronel? – preguntó de inmediato Dan. Sabella estuvo a punto de contestar pero entonces se quedó mirando al asistente de Stillson, que seguía allí, sin dar muestras de querer perderse la novela. Dan le fulminó con la mirada – Gracias, soldado, puede retirarse – sonrió falsamente el Capitán, haciendo gestos de ahuyentar con la mano. El joven pareció un poco fastidiado, pero saludó y se marchó. Ya a solas, Sabella confesó. 

-Mi marido estará aquí esta noche. 

-¿¿Qué?? – Sabella estaba casada. Según ella, no era más que un matrimonio de conveniencia, no se amaban y apenas se habían visto ocho veces en los cinco años que llevaban de casados, pero eso no hacía que ella estuviese menos casada a los ojos de Dan. - ¿A… a qué viene aquí? ¿Por qué ahora? ¿Para cuánto tiempo viene? – Stillson era consciente que se estaba poniendo un poco eléctrico, pero no podía evitarlo; la idea de que ella estuviese casada con otro hombre sólo en casos muy puntuales le resultaba morbosa y excitante… la mayor parte del tiempo se sentía un traidor y un canalla por cometer adulterio. 

-No lo sé, Dan, sólo sé que viene, y cálmate, no dramatices… es mi esposo, no mi padre. Y a mí me fastidia su llegada más que a ti, puedes creerme. – Sabella le miró con esos tiernos ojos verdes de sirena y Dan hizo un cómico gesto de dolor sin contenerse. La coronela podía emitir fuego con la mirada cuando le daba la gana, pero también era capaz de irradiar tanta ternura como para hacer llorar a las piedras, y Dan comprendió que, aunque a él pudiese darle miedo o respeto la llegada de su marido, para ella iba a ser un auténtico fastidio. El capitán sabía qué quería ella de él en ese momento, y, aprovechando que su asistente ya se había marchado y que la tarde estaba bastante avanzada como para no temer ninguna interrupción más, se acercó más a ella. 

-Está bien, si va a estar aquí en unas horas… mejor si aprovechamos el tiempo, ¿verdad? – susurró, con la voz tan cargada de lascivia que hubiera podido derretir queso. La coronela sonrió y, sin soltar su bastón de mando, lo abrazó y Dan prácticamente la embistió contra la pared de su despacho, en medio de un furioso beso en el que le metió la lengua casi con ferocidad. - ¡Espera, espera…. Ponte la gorra! – pidió ella. Dan sonrió, tomó su gorra del suelo y dando una risita que pareció un rugido, la embistió de nuevo. 

Stillson sintió su lengua apresada entre los labios húmedos y cálidos de su superiora, ella lo abrazaba, apretándole contra su cuerpo, acariciándole la espalda, abrazándole con una pierna, hasta que el propio Dan la cogió de las nalgas para auparla y le abrazó entre ellas, frotándose ansiosamente uno contra el otro. La tontería de llevar puesta la gorra, con eso de que ella siempre insistía que se la quitara en su presencia, le estaba excitando de modo increíble, y al parecer, también a Sabella, que gemía y reía tan bajo como podía mientras él le besaba el cuello a chupetones, bajando en busca del escote…

-Aaah… somos… somos unos locos, Capitán Stillson… ¡mmmmmh! Po-podría vernos alguien… recibir una llamada, o… no, no siga, por favor, capitán… haaaaaaaaaah… - a Dan se le escapaba la risa, apretando del culo a Sabella, remangándole la estrecha falda para descubrir las bragas que, pese a su apodo, no eran en absoluto de hierro, sino que le encantaba usarlas cuanto más finas y suavecitas mejor. – Capitán, ¿qué me está haciendo…? Ooooh, por favor, soy una mujer casadaaa…. Mmmmh… y su superior… - Su esforzado parloteo, no era más que parte del juego que se traían ella y Dan. A Stillson le encantaba sentirse mandón y superior, a ella le encantaba regodearse en la idea de que estaba siendo infiel a un marido al que no amaba y que le había sido impuesto por su padre. Sí, era en estos casos cuando Dan también encontraba excitante la idea de la infidelidad, pero en ese momento, remangando su falda, había llegado por fin a la ropa interior, y ya no estaba para pensar.

-Coronela, pero qué vergüenza, está mojada… - musitó, muy cerca de su oreja, y a Sabella se le erizó toda la columna de gusto al sentir las palabras perforando su cerebro. – No finja que no le gusta, señor… mire, sus bragas están empapadas… - los dedos de la mano derecha de Dan acariciaron muy suavemente, rozando sólo con la punta, la entrada del sexo de su coronela, metiéndose por dentro de la tibia y goteante prenda íntima. Sabella gimió sin poder contenerse y se tapó la boca, con la cara roja de placer, era tan maravilloso cuando Dan la tocaba, las cosquillas le recorrían el cuerpo entero y su cuerpo parecía desconectarse de su cerebro, embriagado de gusto. Dan notaba el flujo de su superior escurrirse muy quedamente sobre sus dedos, mientras ella le miraba con los ojos entornados y la respiración agitada, rogando con todo su cuerpo que la hiciese feliz una vez más…. Era más de lo que podía soportar, aunque tuviese ganas de seguir jugando, la sentó sobre la mesa del despacho y se abrió los pantalones mientras ella asentía ansiosamente con la cabeza y se desabrochaba la guerrera, para dejar libres sus pechos, cubiertos sólo por un sostén transparente. 

"Qué mala eres, tú has venido ya preparada para jugar, sabías que esto iba a pasar, me… me has seducido una vez más" Pensó confusamente Dan al mirar los pezones, rosados y tan erectos que amenazaban romper la finísima tela del sujetador. Al capitán le costaba creer que ella se pusiese aquél tipo de ropa interior simplemente para sí misma, como ella le decía… más bien pensaba que se la ponía con toda intención cuando tenía ganas de Dan, o cuando notaba que él tenía ganas de ella, lo que sucedía de forma muy regular. Fuera como fuese, Stillson no pensaba poner pegas porque ella quisiese alobarle con esas ropas, sino que se lanzó a apretujar sus pechos mientras se frotaba contra su sexo casi desnudo, con las finas bragas echadas a un lado. 

-Ooooh… Dan, no me andes con jueguecitos…. Mmmmh… ¡Te quiero dentro YA! – exigió Sabella, espoleándole con las piernas. El capitán dejó escapar una risita, retrocedió levemente para orientarse y pegó un golpe de caderas, ensartándola hasta el fondo de un solo viaje. - ¡MMmmmmmmmmmmmmh…..! – Sabella tuvo que apretarse contra él y enterrar la cara contra su pecho para ahogar el gemido que le taladró la garganta, y Dan la vio convulsionarse y poner los ojos en blanco…. La coronela se sintió estremecer, un latigazo de placer delicioso explotó en sus entrañas y azotó todo su cuerpo, de la nuca a los tobillos, hasta los dedos encogidos de los pies… hasta su clítoris titilante, borracho, ahíto de gozo. Su sexo dio convulsiones y su respiración desordenada se convirtió en un jadeo, mientras Dan, maquinalmente, había agarrado el bolígrafo digital de la mesa y acababa de grabar en holograma aquél momento, y luchaba ferozmente contra el deseo de eyacular. Su mano mantenía el bolígrafo cogido casi en calambre, mientras Sabella jadeaba mirándole, temblorosa, con los ojos entornados y una abierta sonrisa de gustito… 

-Daaan… Dan, mi vida… - Sabella le lamió la boca y muy tiernamente metió su lengua entre los labios de Stillson, mientras le abrazaba por las nalgas, metiendo la mano entre el pantalón flojo, y le apretaba, animándole a moverse. Dan, aún hechizado por lo que acababa de ver, pero obedeció a sus ganas y empezó el suave movimiento, sabiendo que no le faltaba mucho… en efecto, su cuerpo ansioso, y su cerebro emocionado le hicieron sentir el dulce picorcito que antecedía al orgasmo apenas a la tercera embestida. La coronela le apretaba contra él, sonriéndole, y Dan se apoyaba en la mesa con una mano, mientras con la otra apretaba los pechos y los pezones de Sabella, alternativamente. "Se ha corrido nada más metérsela…" pensaba, embobado, recordando las dulces caritas de sorpresa, gozo, satisfacción, bienestar… que ella había puesto. Sus ojos muy abiertos, y enseguida poniéndose en blanco, su cuerpo tensándose y relajándose por el placer…. ¡ah, qué precioso había sido! ¡Y qué placer estaba sintiendo él ahora mismo…! Sentía su miembro dulcemente apresado, abrazado, abrigadito… cada movimiento era una tortura de placer, un deseo dulce y travieso de querer a la vez correrse y no correrse, y por eso se frenaba, intentando hacerlo lo más despacito que podía… 

Sabella temblaba entre sus brazos, tan sensible después del orgasmo… quizá no se corriese otra vez, pero le estaba dando un gusto inmenso también a ella, la coronela le cubría la cara de besitos, le daba pequeñas lamidas por las mejillas, la nariz, los párpados… y mientras, no dejaba de apretarle las nalgas con la mano libre, mientras que con el brazo derecho le abrazaba por la espalda, pero seguía sin soltar el bastón de mando… por fin, la maravillosa sensación de gusto empezó a ganar terreno de forma imparable, Dan ya no podía detenerse, el placer crecía y crecía, le venía, iba a estallar, ¡qué buenísimo era!, las rodillas le temblaban y todo su cuerpo se derretía de gustirrinín, y por fin, el delicioso picor estalló dulcísimamente en todo su miembro, desde su bajo vientre, haciendo erupción en su glande y derramándose dentro de la coronela, quien gimió entre escalofríos al notar la tórrida descarga, mientras Dan se ponía de puntillas y sus nalgas se acalambraban, apresando a Sabella contra sí, hasta que los dos se dejaron deslizar hasta la mesa, el uno sobre el otro, respirando trabajosamente… ¡qué maravilla!

La Coronela se sentía en la gloria. En realidad, hacerlo en su despacho le daba bastante miedo, pero ahora que se había atrevido a ello, estaba deseando repetir… y preferiblemente, cuando su marido estuviera también en Fuerte Bush III. Qué rabia le tenía a su estúpido marido, si su padre no se hubiera empeñado en que ella se casara, ahora sería una mujer libre, podría divertirse con Dan sin preocuparse de más… y hablando de Dan y su marido… no quería fastidiarle a Stillson su orgasmo, pero… había algo que tenía que saber, y mejor cuanto antes. Y mejor también que se enterara por ella. 


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Agachado y hecho un lío, ruborizado hasta las orejas y sin saber si reír o ir a la enfermería a pedir una limpieza selectiva de memoria, debajo de la ventana del despacho de la Coronela, estaba Rieguer. El gamberro institucional de Fuerte Bush III, el artífice de todo el lío montado por los reclutas y también el que había tenido la idea de la carta para lograr quedarse, había dicho a sus compañeros que iría a espiar la resolución que tomara la Coronela Bragas de Hierro, y hasta se había comprometido a intentar convencerla en la medida de lo posible si se negaba a darles otra oportunidad. 

Así, se había acercado hasta el despacho y había observado a hurtadillas las reacciones de la Coronela mientras leía el escrito, y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro cuando la vio firmarlo… pero cuando vio qué miradas se dirigían ella y el Capitán Stillson, pensó que se estaba volviendo loco… no, no podía ser, aquello no podía ser… ¿Bragas de Hierro, tenía un corazón? Bueno, hay que reconocer que estaba buena, eso sí, pero… ¿Con el capitán Stillson? ¿Con un chalao por la disciplina, Don Perfecto Stillson, Estirado Stillson? Y además, estando casada…. Estaba pensando en aquello, cuando ese mismo Don Perfecto, se abalanzó contra ella como un tigre furioso y se pusieron a tener sexo salvaje en pleno despacho, y Rieguer quería dejar de mirar, quería irse, pero no podía, estaba como clavado al suelo, mirándoles jadear y refrotándose el uno contra el otro. Mientras su cuerpo reaccionaba, su cerebro no acababa de decidir si aquello era en realidad excitante o abiertamente desagradable… ¿eso, era… "follar"? Pues, no acababa de ser como él se lo había imaginado… Desde luego, no era como en las escasas holografías eróticas a las que él había podido echar mano, para empezar… no sabía que se pudiese hacer con tanta ropa puesta… 

Pero eso, no era lo más alarmante, sino el decidir qué iba a hacer. Rieguer puede que no llegase a los veinte y fuese virgen, pero para otras cosas, no era tan pipiolín. Sabía que la Coronela Bragas de Hierro estaba casada con otro hombre, y el Capitán Stillson no era alguien que a él le cayese esencialmente bien, con sus manías de disciplina antigua, sus maneras de mandón, y sus ansias por "sacar de todos algo de provecho"… Rieguer había intentado librarse de él ya en una ocasión, y había fracasado. Si ahora sacaba a la luz que estaba teniendo una aventura con una mujer casada, que además era la encargada de supervisarle… Sin duda al esposo de la Coronela, le resultaría muy interesante saber eso, y el Alto Mando se cuestionaría qué grado de veracidad tendrían los informes de una mujer seducida…. Y el muy idiota de Stillson había grabado en holograma más de la mitad de la escenita. 


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-¿Que tu marido es QUIÉN? – preguntó Dan. Se estaba arreglando la ropa, y al oír lo que ella acababa de confesar, sus pantalones cayeron hasta el suelo, dejando ver unos bóxers de color azul pálido a cuadros. 

-Dan, por favor… ¡no le elegí yo! No tengo la culpa de que me casaran con Aniano Milar… - Sabella estaba muy fastidiada, pero para Stillson, aquello era una sensación muy parecida a la que producía el mar en las heridas en una ocasión en la que de niño se quemó en la playa: un escozor rabioso. Aniano Milar había sido su rival prácticamente desde que eran críos los dos. Milar era un año mayor que él, y parecía pensar que el puesto de cabo "de facto", que ostentaba Stillson por méritos y notas, lo merecía él sólo por la edad. Mientras que Stillson provenía de una familia humilde, Milar tenía padres ricos que le hacían regalos caros y le llevaban de vacaciones a sitios estupendos, mientras que él, la mayor parte de las veces, pasaba las vacaciones también en Fuerte Bush III, porque sus padres no tenían para mantenerle en casa durante los dos meses de vacaciones, alimentando también a sus tres hermanas… Mientras que él se esforzó como un burro para sacar las notas más altas en infantería, el papaíto de Milar le pagó un acceso en Ingenieros que le valió el paso a Fuerzas Espaciales. La élite del ejército. Milar también había bebido los vientos por Sabella en su juventud, cuando ella y el batallón de chicas fueron a visitarles en el famoso "mes de la Diversidad", cuando se habían conocido, pero la entonces Cabo Bonnetti había elegido a Dan… hasta que se produjo la ruptura. Y ahora que por fin, catorce años después, la recuperaba, resultaba que ella se había ido a casar con su malditísimo rival, que era teniente de Aeroespacial. 

-Dan… Lo siento, quizá debí habértelo dicho antes… pero no esperaba ni que fuese a ser preciso que te lo dijese nunca. Tenía pensado pedir el divorcio tan pronto como acabara el período de supervisión en Fuerte Bush III… Quiero a mi padre con todo mi corazón, pero a veces le detesto por endilgarme a ese cretino como esposo. 

Stillson pensó que si el marido legítimo de Sabella, un teniente de Aeroespacial, se enteraba de su aventura, le iban a facturar a las Lunas Heladas de los Límites de una patada en el culo. Si el padre de Sabella se enteraba del asunto, iría hasta las mismas Lunas a castrarle con un cuchillo mantequillero, preferiblemente oxidado. Y si el Alto Mando sospechaba que los informes de la Coronela Slade habían sido comprados con sexo, lo menos que le esperaba era ser degradado a soldado raso y cumplir su instrucción con los gelidrógalos caníbales de las mismas Lunas Heladas… Pero de pronto, la idea de estar colocando una cornamenta en la cabeza del marido de Sabella, ahora que sabía quién era, ya no le producía culpabilidad, sino que le resultaba ciertamente… traviesa.