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sábado, 24 de agosto de 2013

Cine que sólo se ve en verano: Ace Ventura

Como sabéis, además de escribir cuentos eróticos, colaboro también en un pequeño blog de cine para la revista KouKyou Zen. Me gustaría compartir con vosotros mi aportación semanal al mismo:

Cine que sólo se ve en verano.

Espero que os guste.

Mañana, más erotismo.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Calla y come, Imbécil.

Me sentía estancado. Impotente, desesperado y asustado. No lo conseguía, no hacía progresos en mi relación con Ocaso, y eso me enfadaba conmigo mismo. Después del primer acercamiento, cuando había logrado mantener una escasísima conversación con ella acerca del libro que estaba leyendo, no había habido más avances. Todos los días me sentaba junto a ella a la hora del desayuno, en el trabajo, y la miraba tomarse su té, su fruta… pero no había manera de hablar con ella mucho más que el primer día. Ocaso me toleraba a su lado, me "soportaba"… pero una cosa es que me permitiese pasar el tiempo sentado allí, y otra muy diferente que me diese la mínima confianza. La misma persona, pero bajo el nombre y la identidad de mi ama, Mariposa, se reía de mis esfuerzos cuando teníamos algún encuentro, y el plazo del mes que le había pedido, iba pasando inexorablemente. 

-Te dije que era golpearte la cabeza contra un muro de piedra, Imbécil – me decía esa misma tarde, mientras me esposaba las manos y, poniéndose a mi espalda, las tomaba entre las suyas, enguantadas, para hacer que me masturbase siendo ella quien me guiaba. - ¿Porqué no lo dejas ya? Abandona ahora que aún puedes, y olvidaré el trato del castigo. – Había llegado con ella a un acuerdo, mediante el cual, si en un mes no lograba caerle lo bastante simpático a Ocaso como para que ella me quisiese seguir viendo, ella tendría derecho a imponerme el peor castigo que quisiera. 

-No… no puedo, ama, no puedo dejarlo ahora… - gemí, sintiendo sus manos mover las mías muy lentamente. Yo hubiera querido hacerlo más deprisa, pero Mariposa me refrenaba a cada momento, obligándome a hacérmelo muy despacito. Mi miembro erecto pedía guerra a gritos, pero se tenía que conformar con caricias suaves y lentas.
-Vas a perder… - canturreó. 

-Lo sé… -admití – pero aunque así sea… no puedo simplemente encogerme de hombros, y ya está… tengo que intentarlo… 

-Dime la verdad,… ¿te has masturbado pensando en Ocaso? No en mí, sino en Ocaso. – quiso saber mi ama, y yo deseé que se me tragara la tierra… pues claro que lo había hecho, y no precisamente dos veces, pero eso, ¿cómo se lo iba a tomar mi ama? No tenía sentido decirle que no, semejante bola no se la tragaría nadie, menos aún ella. 

-Eeeh… sí, ama. – musité. – Lo siento. – me apresuré a añadir.

-¿Por qué has de sentirlo, Imbécil? La fantasía, no puede hacer ningún daño a Ocaso. Es la realidad lo que le haría daño. 

-Ama, yo no… yo nunca le haría ningún daño… - protesté, mientras olitas de gusto y ganas me recorrían el cuerpo, dejando regueros de calor por mis muslos. 

-¿Qué querrías hacerle a Ocaso?

-Feliz. – dije sin dudar, y mi ama refunfuñó.

-No es eso lo que te pregunto, y lo sabes. – Dejó de llevarme las manos, y me doblé sobre mí mismo, gimiendo de frustración, mientras mi miembro parecía gritar por que siguiéramos. Intenté mover las caderas para frotarme contra el hueco de mis manos, y Mariposa me pellizcó el culo para que parase, lo que hice de inmediato. – Contéstame. ¿Qué te gustaría hacerle a Ocaso? Imagina que ahora ella estuviese aquí… contigo. ¿Qué le harías, si pudieras?

Eso era jugar sucio, muy sucio… yo sabía que mi ama había sufrido abusos sexuales en su adolescencia, por parte de un familiar. Como dómina, como Mariposa, el sexo le gustaba porque siempre era ella la que llevaba las riendas, la que dirigía la función, y la penetración, en sus encuentros sexuales, era más un juego menor que un componente de temperamento… como persona normal, como Ocaso, nadie le conocía ni novios, ni amigos. Prácticamente, no hablaba con hombres, era el prototipo de la timidez, y mi deseo era franquear su barrera, romper el muro tras el cual se escondía, para lo que era preciso tener infinidad de tacto… pero para recordar todo eso, uno tenía que tener libre la cabeza de arriba. En ese momento, yo sólo podía pensar con la de abajo, y mi ama lo sabía, quería que fuese mi pene quien hablase y así poder echarme en cara que mi interés en Ocaso era puramente sexual, que el amor, no existía, como ella insistía siempre… Tenía que contestar, o me reventarían las pelotas, pero no podía decir la verdad, ni podía mentir tampoco.

-El amor… - contesté por fin. Y no era mentira, pero quedaba mejor que si decía algo como "pegarle un polvo que se le queden tres días las piernas temblando". Mi ama comenzó de nuevo a moverme las manos, y un bendito alivio me recorrió de pies a cabeza, al tiempo que ella me permitía acelerar un poquito, y las caricias me daban un gusto cada vez mayor, el calor en mi miembro empezó a crecer dulcemente. 

-Sé más específico. – pidió Mariposa. – Cuéntame lo que le harías. 

-Querría… haaah… querría besarla… primero, por la cara… la frente, las mejillas… acercarme a la boca… y besársela… 

-¿Te gustaría meter tu lengua en la boca de Ocaso…? – susurró mi ama - ¿babearle la cara, dejarle un círculo pringoso de babas alrededor de los labios, escupirle flemas en la garganta y meterle la lengua hasta la campanilla, hasta lograr que ella basquease…? 

Ecs… De golpe, me había quedado sin ganas. No quería seguir, y mi pene perdió fuelle de forma tristemente evidente. 

-Ama… - no sabía cómo expresarle lo que sentía, ¿porqué había tenido que ser tan desagradable? ¿Tan asqueroso le parecía un beso? Ella me había besado en ocasiones, habíamos usado la lengua, había habido saliva, desde luego que sí, pero nada tan asqueroso como lo que ella había descrito… pero como su esclavo que era, no podía decirle algo así. Mi ama miró mi miembro fláccido y se separó de mí, y fue a sentarse en la cama, mirándome con superioridad. 

-No me gusta lo que estás haciendo. – dijo, con los brazos cruzados sobre los pechos. - ¿Tanto asco te da lo que te digo? Pues no es ni más ni menos, que la realidad que esconden tus palabras. Puedes ocultar tus deseos bajo todas las palabras bonitas que quieras, pero tú y yo sabemos que son falsas. No quieres hacer feliz a Ocaso, quieres tirártela, sin más. Quieres ponerte sobre ella y bombear hasta hartarte, quieres que tu sudor caiga sobre ella, que se trague los jadeos de tu aliento pestilente y que te sirva para guardar tu asqueroso semen, en lugar de mojar kleenex. – Aún de rodillas, desnudo, esposado y con la erección perdida, me sentí picado por su forma de hablarme, Mariposa jamás me había tratado así. 

-¡Ama! – me indigné sin poder evitarlo. Busqué algo que decir, boqueando como un pez fuera del agua, ¿por qué me hablaba de esa manera tan cruel, tan retorcida…? - ¡Yo no soy vuestro tío! – dije finalmente. El rostro de Mariposa pareció desfigurarse de odio cuando me oyó decir aquélla frase. Sus ojos despidieron chispas de ira y se levantó hacia mí. Cerré los ojos y volví la cara, esperando la bofetada, pero no la recibí. Abrí tímidamente los ojos y vi a mi ama con la mano alzada, pero no la dejó caer. Ella misma miraba su brazo, y estaba muy roja. Se relajó y tomó la llave de las esposas para soltarme. - ¿Ama…?

Mariposa no me contestó. Abrió las esposas sin mirarme e hizo ademán de quitarme el collar del cuello. El collar de púas de acero, de perro, que me había dado hacía algún tiempo, por ser un buen esclavo… instintivamente, me llevé las manos al collar, ¡no quería que me lo quitara! No si aquello significaba lo que yo temía. 

-Ama, no… no… - rogué. Mariposa negó con la cabeza y se encogió de hombros, pero no me dirigió la palabra, ni siquiera me miró, sólo comenzó a vestirse. Me di cuenta de que la había desobedecido, y le daba igual. Le daba exactamente igual, pasaba del tema… eso sólo quería decir una cosa: que se había terminado. Mi maldita bocaza… la había hecho perder el control, mi ama había estado a punto de soltarme un bofetón, pero no porque ese fuese su capricho, sino porque yo la había provocado. Mariposa no había sabido controlarse, había perdido su status de dominación, se había dejado llevar al terreno de los sentimientos, aunque estos fuesen negativos… había admitido que yo tenía razón al echarle en cara que proyectaba en mí su rabia contra su tío, y eso, no podía soportarlo. Y yo, no podía soportar que ella me dejase. 

Tenía ganas de llorar, y me eché al suelo panza arriba, gimiendo como un perrito, a sus pies. Mariposa me ignoró, hizo como si yo no estuviera, pasó por encima de mí para acabar de recoger sus cosas, pero yo no me di por vencido, gateé por el cuarto y me rebocé contra sus piernas, gimiendo de nuevo. 

-Ama…. Ama, por favor… ha sido culpa mía… castigadme, me lo merezco… soy un bocazas… os lo ruego, no os marchéis… seré muy bueno, seré perfecto, pero no me abandonéis… - Mi ama terminó de vestirse y recogió su bolso, y todo ello sin mirarme, y echó a andar por el pasillo, y yo detrás de ella, intentando cortarle el paso, pero Mariposa pasaba por encima de mí, fingiendo no verme ni oírme. - ¡Ama, por piedad, os lo ruego! ¡Yo ya lo he olvidado, ¿por qué no lo olvidáis vos…?! ¡No me dejéis sin vos, ama…! ¡Sed clemente, vos que sois perfecta! ¡Tened piedad de vuestro esclavo! ¡Permitid que os siga sirviendo! 

Me sentía patético y miserable, mi orgullo quería rebelarse, pero mi corazón no se lo permitió, y me agarré a la pierna de mi ama, que me arrastró por el pasillo hasta la puerta de entrada, mientras yo no cesaba de gritar y suplicar. 

-¡No, no, no os marchéis, perdón, perdonadme….! – las lágrimas se me caían de los ojos sin que pudiera evitarlo cuando ella abrió la puerta e intentó salir, pero me llevó a rastras también por el descansillo, y llamó al ascensor. Le besé los zapatos, sintiendo que ahí se consumía mi última oportunidad, y que mi tiempo con ella se agotaba mientras el ascensor subía – Por favor… - rogué, y sólo yo sé que las palabras me salían del alma – por favor, ama, os lo suplico, no me dejéis. Si me estáis castigando ignorándome, pero pensáis volver, dadme un palabra de consuelo… decid algo, lo que sea, y me conformaré… pero sois mi ama, mi vida sin vos no tiene sentido, no puedo dejar que me abandonéis sin luchar por vos, ama… por lo que más queráis en el mundo, que ya sé que no soy yo, pero dad a vuestro Imbécil una palabra de consuelo… - Mariposa meneó la pierna, pero cuando alcé la vista del suelo, me di cuenta que no lo había hecho para que la soltase… sino porque el ascensor se había abierto, y mis vecinos, una adorable pareja de ancianitos, nos miraba con estupor. Y yo, seguía desnudo. Por un lado, me sentía tan ridículo que pensé seriamente en buscarme otra casa a partir de esa misma noche… por otro… 

-Ama – me coloqué frente a ella, de rodillas, con los brazos en cruz y la cabeza agachada – cuando de vos se trata, no tengo vergüenza, no tengo orgullo, no tengo respeto alguno por mí mismo… porque vos, me importáis mucho más que todo eso. Delante de terceros, o delante de cualquiera, os ruego una vez más, que seáis clemente. Por favor, ama, dadme una oportunidad de redimirme. No tendréis queja de mí.

Si a mi ama le gusta algo, es presumir de mí. Hasta ahora, lo había hecho sólo cuando me sacaba vestido de chica, como Micaela, pero ahora, le estaba dando tema para hablar a todo el bloque. Todo el mundo sabría cómo el joven encargado del banco, el chico tan formal del sexto piso, era tenido por una dómina, que le tenía absolutamente bajo su control… era demasiado tentador para su vanidad renunciar a ello, yo lo sabía… pero aún así, cuando colocó su mano en mi nuca, donde yo aún llevaba el collar de púas y tiró de mí para llevarme de nuevo a casa, quise reír a carcajadas del alivio que sentí, y mi pene se volvió a erguir al instante, quedando pegado a mi tripa, mientras mis vecinos casi huían hacia su piso, no me hubiera extrañado que llamasen a la policía. 

-Ama… ¡oh, ama, sois cien veces buena conmigo! – dije, con una sonrisa bobalicona que me llegaba hasta las orejas, apenas entramos en casa. Mariposa me miró, y, sin duda recordando las caras que se les habían quedado a los pobres abuelos, se rió y me tomó de la cara con las dos manos. 

-Eres un exagerado, Imbécil… te estaba castigando ignorándote, sí, pero no pensaba deshacerme de ti, sólo irme y dejarte hasta mañana o pasado sin noticias mías, nada más. Te lo he dicho ya muchas veces: eres el mejor esclavo que he tenido, ¿piensas que iba a privarme de ti, por tan poca cosa como el que seas un poco bocazas? Tienes que aprender a tener en ti mismo más seguridad. – Me acarició el cabello negro y suspiré, ¡qué gustito sentir sus dedos rascando mi cabeza…! Me dejé llevar y me rebocé contra sus manos, besándole los antebrazos. – Ay, qué tontorrón eres… 

-Ama, ¿cómo puedo haceros feliz? – la voz me salía temblorosa de la emoción que sentía, y me daba rabia ser tan sensiblón, pero después de lo mal que lo había pasado y el alivio que sentía ahora, tenía ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Tímidamente, llevé mis manos a las de mi ama y las puse en mis mejillas, apretándome un poquito, mirándola con verdadera devoción. "Eres todo mi mundo…" pensé, mientras ella me miraba con una sonrisa de cierta compasión, dándose cuenta que me tenía completamente en sus manos, y yo no es que estuviera conforme, sino que estaba en el culmen de la felicidad. Su sonrisa se ensanchó y me tomó del collar, cómo me gustaba que hiciera eso… la seguí dócilmente, lamiendo con suavidad el terciopelo del guante, que le llegaba hasta el antebrazo, cuando lo dejaba a mi alcance.

-Imbécil, hoy quiero tu lengua. Has sido un bocazas, así que vas a usar esa boca para algo más positivo – dijo mi ama mientras se quitaba de nuevo el corto vestido negro que solía llevar cuando venía a verme, dejando ver las típicas medias sujetas con el liguero que conocía tan bien, el tanga negro y el sostén que sujetaba sus pechos sin tapárselos. Yo asentí de inmediato, sonrientísimo, me encanta hacerle sexo oral, me maravilla que me permita darle un placer tan lujurioso, me vuelve loco sentir su sexo dando contracciones y a mi ama gimiendo, gracias a mí. Su placer es mi premio, su flujo me pertenece…. Sus orgasmos, son mi recompensa. Mariposa se despojó del tanga también y lo acercó a mi rostro, meneándolo, y yo, como el perrito que era, lo olisqueé, lamí e intenté morderlo, lo quería para mí. Mi ama se reía y lo apretó suavemente contra mi cara, y yo aspiré hondamente… Dios, qué bien olía… un gemido se me escapó y me llevé las manos a la espalda, porque las estaba acercando peligrosamente a mi pene ansioso. 

Mariposa se acomodó en un butacón, arrodillándose en los brazos del sofá y apoyándose en el cabecero, de espaldas a mí. Volvió la cara para mirarme.

-Vas a ponerte de rodillas entre mis piernas, y vas a lamerme con mucha suavidad. Quiero que lo hagas a conciencia, cuando quiera más, te lo iré pidiendo. Y recuerda, que te estoy mostrando no sólo mi rajita… ¿de acuerdo?

La cabeza me dio vueltas al entender qué quería decir… también me ofrecía su… su culo. También me dejaba besarla allí. Era tan perverso, me daba tanto morbo, que sólo de imaginarme metiendo mi cara entre sus nalgas, estuve a punto de correrme y la polla me dio un espasmo delicioso, pero logré controlarme, y me acerqué, de rodillas. Lo que tenía delante de mis ojos, era lo más bonito, lo más perfecto que podía imaginar hombre alguno. Su sexo era abultadito, de apariencia esponjosa y blandita, y yo, a pesar que me había introducido en ella menos veces de las que hubiera querido, podía atestiguar que efectivamente era tan esponjoso y blandito como parecía. Estaba cerrado sobre sí mismo, ocultando la entrada y el botón por completo, y mi ama lo llevaba siempre depilado por completo. En la penumbra del cuarto, iluminado sólo por las velas, podía verlo, tan rosado para mí… y también su culo, aún cerrado, con unas nalgas de piel suave; las acaricié sin poder contenerme, paseando mis manos por sus muslos, subiendo y bajando en mis caricias, despacio y con suavidad, haciendo casi cosquillas, como ella me había mandado. 

El olor de su sexo, aún cerrado, me llegaba a la nariz. Olía a jabón íntimo, una fragancia muy suave, y a calor… y un poco a sexo, a hembra. Un olor salado, que me recordaba un poco al olor del mar, y me gustaba. Acerqué mi lengua a su intimidad y la rocé, apenas con la punta, y mi ama dio un pequeño escalofrío. "Tiene ganas", me dije, y empecé a lamer sus labios exteriores, muy despacito, recreándome en cada centímetro de la piel, y muy suavemente, acariciándola con mi lengua. Oí a mi ama exhalar un "mmmmmmmmmhh….", y pensé que hubiera dado media vida por poderla penetrar y oírla gemir en mis orejas,… pero el mero hecho de saber que estaba haciéndola gozar, ya era suficiente para mí, y continué, notando un sabor salado en mi lengua. A través de su dulce rajita, estaba empezando a segregar jugos, y los recogía con lengua al pasar por ella. 

-Sigue, Imbécil… lame por detrás… - pidió Mariposa, y obedecí de inmediato. Mi lengua se paseó a placer por su sexo, hasta llegar al perineo, zona que acaricié a lamidas muy suaves, y el sexo de mi ama se estremeció, haciendo que sus piernas temblasen ligeramente… Con las manos, le abrí las nalgas, y vi su ano. Una estrellita de color rosa…. "y es para mí" me dije, aturdido "Mi ama me deja que la bese aquí, me deja jugar con algo tan bonito como esto…". Saqué la lengua y lamí de abajo arriba, muy suavecito, y Mariposa dejó escapar un ligerísimo gritito de gusto, un "a-ah…", que me puso la piel de gallina, y no aguanté más. Metí mi cara entre sus nalgas y lamí, suavemente, como ella quería, pero con ganas. Con pasión. Sabía a jabón, a toallitas húmedas con perfume de niños, y apreté ligeramente, moviendo la cabeza, acariciando sus nalgas con las manos.

-Mmmmh… - Mariposa temblaba bajo mi lengua, su cuerpo se estremecía cada vez que la movía, a cada círculo sobre su ano. Sabía que le estaba gustando, que le encantaba, pero no pude resistirme a cambiar de foco otra vez, me encantaba lamerle el culo, pero yo quería su coñito, quería abrírselo y ver su botón, lamer sus jugos… Bajé nuevamente, a lamidas, besando su intimidad, acariciándole la piel con los labios, y abrí su rajita con los dedos. Un hilillo de flujo, retenido en la misma, goteó hacia el sofá, y yo, sabiendo que mi ama es una maniática de la limpieza, lo recogí con la lengua y subí hacia su sexo. Cuando mi lengua rozó su interior, cálido y viscoso, empapado, yo me sentí morir de felicidad, pero mi ama tuvo que echar atrás la cabeza para gemir, como si realmente se muriera… pero de placer. 

-Así, así… - pidió, bajo su voz podía oír la sonrisa de gustito – Sigue… sigue, méteme la lengua… - Ah, Dios, era demasiado… el hacerlo tan lentamente me estaba volviendo loco, mis muslos daban convulsiones, intentando apretarme las pelotas, que me dolían por no poder soltar mi excitación, pero en aquél momento, no hubiera parado por nada del mundo. Acerqué mi boca hasta pegarla a su rajita y saqué la lengua. Exploré su interior, lamiendo. Ahí estaba la perlita… la lamí, haciendo círculos en ella, y a cada giro mi ama movía las caderas y gemía para mí. Retrocedí un poco, lamiendo, y encontré el agujerito, parecía muy pequeño… lamí y apreté. Apreté suave, pero firmemente, hasta que mi lengua se abrió camino en su interior.

-¡Sííííííí….! Haaaaaaaah…. Imbécil… no pares… usa… usa los dedos… en mi perlita, y detrás… úsalos lentamente… - Mi ama se derretía como mantequilla, y yo me sentía en el cielo, ¡le estaba dando un placer inmenso! ¡Yo! Obedecí. Seguí lamiendo su interior, podía notar mi lengua casi aspirada por su sexo, y no dejaba de pensar en cómo lo notaría cuando se corriera, al tiempo que llevé una mano a su garbancito y otra a su ano, empapado de mi propia saliva, y empecé a acariciar, muy despacio, como ella quería. Quería que la hiciera sufrir, quería un orgasmo lento y largo, y yo estaba dispuesto a dárselo. Mi mano derecha hacía círculos en su botón, y el dedo corazón de la izquierda masajeaba con toda calma su ano, haciendo cosquillas y giros torturadores.

Mariposa se estremecía a cada roce, y por los sonidos ahogados que emitía, creía poder decir que estaba mordiendo el respaldo del sillón. No aceleré, seguí haciéndolo igual de despacito, a pesar de que los movimientos de sus caderas eran un ruego precioso para que la diera sin piedad, ¡era tan divertido torturarla un poco…! Me dolía el cuello y se me cansaba la boca de tenerla abierta tanto rato, pero no iba a parar aunque se me desencajase la mandíbula. Mi lengua seguía moviéndose dentro de ella, haciendo círculos como si rebañase un tarro de mermelada, dando convulsiones, apretando por dentro, jugando a salirse ligeramente… y cuando hacía esto, Mariposa se pegaba más a mi boca, intentando que no sacara la lengua, ¡y me encantaba!

"Quiero que se corra, quiero notar cómo se contrae alrededor de mi lengua, quiero que me empape de flujo hasta el pecho, venga, venga…" pensaba, desesperado. Mi polla gritaba por un poco de atención, y yo la ignoraba, intentando tan sólo hacerlo con la misma lentitud. Mariposa había cambiado los gemidos por gritos y quejidos sordos, necesitaba correrse, quería hacerlo… pero ella misma no me dio órdenes de acelerar, así que se tendría que aguantar hasta que le viniese, si bien no parecía faltar mucho, pero con esa estimulación en sus tres zonas, cada segundo de placer era una tortura devoradora. Apreté un poquito más, lamiendo más intensamente, haciendo círculos más pequeños en su ano, y rozando la punta exacta de su garbancito jugoso, y las piernas de mi ama dieron un temblor más fuerte… ahí estaba, ya no iba a aguantar más, se iba a correr… seguí, notando cómo Mariposa temblaba y sus gemidos se hacían más agudos, más cortos y seguidos, y por el rabillo del ojo, vi que sus pies daban una convulsión, y entonces, estalló. 

-¡Haaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh….! – un dulce gemido salió de su garganta, y mi lengua quedó presa en su interior, ¡las contracciones tiraban de mi lengua! Me dio la risa, y al moverme, mi lengua también lo hizo y mi ama gritó de nuevo, mientras yo no dejaba de acariciar su perlita y su ano… su sexo temblaba, y no dejaba de estremecerse, rebozándose contra mi cara… "no ha terminado… se ha corrido, pero no ha terminado". Mi polla dio un espasmo sin que yo pudiera contenerla, y los gemidos se agolparon en mi pecho, aaaah… ¡me estaba corriendo! El pensar que podía darle a mi ama más de un orgasmo, había sido demasiado para mí, e intenté seguir acariciando a pesar de que se me estaba saliendo el alma… sabía que no debía, pero no pude evitarlo: aceleré. Mariposa chilló de alegría, y noté su botón temblar, su ano contraerse, atrapando mi dedo, y todo su cuerpo estremecerse de gustito, y un pesado borbotón de jugos me cayó en la cara, y lamí como un loco, bebiendo, moviendo la cabeza, oyendo los gemidos satisfechos de mi ama, y cuando noté que bajaban de tono, de nuevo metí la lengua, lo más hondo que pude, y aceleré con los dedos una vez más, enloquecido, y siendo sólo capaz de pensar que quería otro más, quería que se corriese otra vez más… Mariposa se rió a gemidos, temblando como si tuviera fiebres, tensando el cuerpo, y sus gemidos volvieron a subir de tono.

-¡Oh, sí… sí, Imbécil… SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIII! – Su cuerpo, tenso como una cuerda de guitarra, se estiró de golpe, dando caderazos, y un nuevo espeso chorretón de flujo salió a presión de su sexo, que lamí, bebí, y recogí con las manos, hechizado de placer, lamiendo su rajita palpitante, que se cerraba en convulsiones, como si quisiese esconderse de mí… lo besé una vez más, tiernamente, lamiendo con suavidad los restos de sus jugos, hasta que Mariposa se dejó deslizar al sofá, y con esfuerzo se dio la vuelta para mirarme. Tenía una gran sonrisa en los labios, y las mejillas coloradas como tomates, los ojos vidriosos, y una expresión de felicidad absoluta en su carita adorable. Yo estaba empapado en sus jugos, y me lamía los goterones que había recogido con las manos, mirándola a los ojos. Había eyaculado sin tocarme, y tenía el miembro empapado, y la tripa manchada, y también había manchado el sofá… pero me sentía satisfecho. Nada me daba más placer que darle placer a ella. Mariposa me abrió los brazos, como hacía cuando le daba tanto placer que bajaba la guardia, y yo me aproveché, claro está, refugiándome en ellos cariñosamente, gimiendo como un gatito, sintiendo sus pechos cálidos bajo el mío, eran tan blanditos y calientes… 

-Cada vez… cada vez lo haces mejor, Imbécil… - admitió mi ama. – Eres un encanto… de esclavo. – Me hubiera gustado más ser un encanto a secas, no un encanto como esclavo, pero en aquél momento, me sentía en la más absoluta gloria, no iba a poner pegas. La sonrisa me llegaba a las orejas, mi ama me tenía abrazadito, pegado a ella, estaba contenta de mí… No había nada mejor, no podía haber nada mejor en todo el mundo, que pertenecer a una ama tan buena como ella. Cómo me gustaría poder sentir algo así, pero con Ocaso, con ella como persona, no como dómina. ¿Por qué no nos dejaba probarlo? ¿Por qué no me daba una oportunidad….? Y entonces, se me ocurrió.


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El lunes, no dejaba de mirar a Ocaso. Sabía que lo había visto, TENÍA que haberlo visto, era el programa de correo interno del trabajo, y yo conocía su dirección, tenía que haberlo recibido por fuerza, pero no daba ninguna muestra de nerviosismo, ni de espera, ni de impaciencia, ni de nada. Era la chica más fría de la tierra. Pero yo sabía que había recibido mi correo, que sabía que era mío, y lo habría leído… y ahora, tenía que darme una respuesta. Lo que había puesto en el correo, era en realidad, una proposición bastante simple… "Amo busca sumisa. Cretinas abstenerse".

domingo, 18 de agosto de 2013

Mordiscos (segunda parte)

-¿Por qué me hizo esto…? ¿Por qué tuvo que hacerlo así….? – sollozaba una y otra vez, agarrándose el vientre, que le dolía. – No tenía que hacerlo así… se lo hubiera dado… sólo tenía que pedirlo, ¿por qué me hizo eso…? 

"Porque tú también eres una Chupacabras" pensó Tolo. Pero no se lo podía decir. Bastante tenía ya la criatura, y además, ya no valía la pena. 


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-Tenemos que dejarla, Alan. Sé que te molesta que se marche de casa, pero… tú sabes el talento que tiene Junior para los números, tienes que permitírselo. No va a hacer nada malo – dijo Coral, cariñosa, a su marido. 

-¿Te parece que mezclarse con ganado, no es nada malo? ¿Qué se le ha perdido en una universidad? ¿Qué tiene que aprender de humanos mi hija? – protestó Alan. 

-No va a aprender nada de los humanos, Alan, va a aprender Matemáticas, y es una buena carrera, muy interesante, muy útil. 

-Para los humanos. Para mi hija, es completamente inútil, esa carrera, o cualquier otra. Pero, si quiere estudiar, adelante, que lo haga, ¿no puede estudiar con tutores, como ha hecho hasta ahora? ¿Qué se le ha perdido a mi hija en…?

-¡Nuestra! – le corrigió Coral – "Nuestra" hija, Alan. A lo mejor se te ha olvidado, pero quien la llevó en el vientre durante ocho meses, fui yo. Quien soportó un parto draconiano y quien tuvo que cicatrizar desgarros, fui yo, y quien tuvo las tetas exprimidas, fui yo. Ya sé que es tu hija favorita, pero no la tuviste tú solo, ¿sabes?

Alan gruñó y se sentó en el tresillo, medio enfurruñado. Por un lado, claro que le llenaba de orgullo que Junior, su hija pequeña, su preferida, hubiera sido admitida en una prestigiosa universidad, una de las más importantes de Europa, que apenas aceptaba a cien alumnos por año y para la que había que superar uno de los más terribles exámenes de ingreso para poder optar, y que hubiera entrado dentro de los diez primeros… pero por otro, eso significaba que se iría de casa. Se marcharía, después de más de medio siglo viviendo con ellos. Junior estaba creciendo, y a Alan le costaba aceptarlo.

-¿Piensas que yo, no la voy a echar de menos…? – susurró Coral, sentimental, arrimándose a él – Puede que yo haya intentado no hacer distinciones entre nuestras hijas, pero no estoy ciega. Sé que es la mejor de las tres. Quiero mucho a Bet y a Jet… pero son dos cabezas locas que sólo parecen pensar en caprichos… Están bien donde están, aunque me duela su castigo. La… la voy a echar muchísimo de menos, Alan, ¡es mi niña! Pero, precisamente porque la quiero, tengo que dejarla ir. Tenemos que dejarla ir. Y piensa… - la voz de su esposa cambió radicalmente, a un tono mucho más incitador. Se subió el camisón que llevaba, y se montó a horcajadas en el regazo de su marido. -…que sin niñas en casa, estaremos otra vez solitos… ¿no te apetece volver a jugar, sin preocuparnos de nada…?

Coral acarició el rostro, sin afeitar, de su esposo, y arrimó su boca a la suya tentadoramente. Alan pudo sentir el cálido vaho de ella antes de que dejara caer sus labios en los suyos y los presionara, acariciándolos con su lengua con infinita suavidad, para abrirse paso entre ellos y explorar su boca, hasta encontrarle la lengua y juguetear con ella, vertiéndole en la boca su veneno cálido, enloquecedoramente tórrido… lo sintió bajar por su garganta, quemar su pecho hasta el estómago y llegar por fin a su bajo vientre, donde tiró de su hombría con violencia. Coral sintió la erección pegarse a su sexo desnudo, y rió en medio del beso. 

-Zorra lianta. – murmuró Alan, con los ojos entornados de placer. Su esposa sonrió, y el licántropo estuvo a punto de bajarse simplemente el pantalón y hacerlo sentados, pero al ir a echarse mano a la cinturilla se lo pensó mejor, y propinó a su pareja un empujón que la tiró de espaldas. Coral emitió un grito alborozado, y más cuando su esposo se le lanzó encima entre rugidos y le mordió el camisón, desgarrándolo con los dientes… no soportaba la idea de estar debajo, se sentía sometido, dominado por su esposa, y en cierta manera, algo humillado. Siempre quería estar encima. Coral lo sabía e intentaba con frecuencia tentarle, hacer que se quedara debajo, sólo para molestarle, pero nunca lo lograba. Alan se deshizo de los pantalones y se frotó contra su mujer, entre los gemidos de ambos. Coral lo abrazo, acariciándole con los pies también, mientras Alan movía las caderas y se empujaba con los pies, con su virilidad apretada entre los cuerpos de ambos, sintiendo a cada roce la maravillosa presión, la caricia de la piel suave y totalmente carente de vello, casi escurridiza, de su compañera.

-Aaah… Alan… mmmmh… no me hagas sufrir… métemela… - pidió ella, sonriendo. Alan soltó una risita baja, ronca, y se colocó. El sentir el calor delicioso del sexo de su mujer en su glande, le hizo dar un estremecimiento, y empujó sin poder contenerse, soltando un gañido cuando el placer le dejó sin aire. Coral le agarró con las piernas y empezó a contraer su vagina, apretándole dentro de ella, mientras Alan se movía muy despacio. Cuando su esposa le atacaba, o directamente adoptaba la lordosis, agachándose y sacando el culo hacia fuera, no quería preliminares, sólo una taladradora… cuando se ponía mimosa o cara a cara, como esa noche, quería algo un poco más tierno. Alan no quería pensar que quizá ella lo quería así porque sabía que era él quien lo necesitaba así, quien necesitaba sentirse querido, ahora que su hija preferida iba a marcharse, quien necesitaba mimos extra para convencerse de que la dejase ir… él se lo daba, punto. 

-Coral… - sonrió, empujando plácidamente, abrazados el uno al otro hasta quedar casi pegados – estás… estás tan estrecha como la primera vez que te violé. 

-Haah… ¿Tú me violaste? – gimió ella, lamiéndole quedamente el rostro áspero y peludo. – Si no recuerdo mal… creo que fui yo quien te vencí… - qué delicioso era, su miembro candente acariciándola por dentro, tan firme, tan orgulloso, tan… ¡ah, qué placer! Alan sonrió y negó suavemente con la cabeza. 

-Tú me pillaste bajo de forma… yo te poseí… mmh… en realidad, da lo mismo. – "Cabronazo presumido…" pensó Coral "si me hubieras vencido tú a mí, no daría lo mismo.", pero no lo dijo. Estaba demasiado a gusto es ese momento como para empezar una disputa sobre algo que pasó hacía casi cien años. En su lugar, se dejó dominar por el placer que la atravesaba desde su sexo hasta el cuello… y entonces, sonó el teléfono móvil. La pareja de licántropos se miró, y los dos supieron que no había más narices que cogerlo, era la línea privada, la del "trabajo". De mala gana, Alan se incorporó, sin salir de su esposa y alargó la mano hasta la mesa, cogió el móvil y descolgó. 

-¡¿Quién?! – Rugió, y lentamente, pero siguió empujando. Coral se apoyaba en el suelo para moverse contra él, en círculos adorables – Sí…. Haaah… ¿Qué? No quieres saberlo… Claro que cumplo, nosotros SIEMPRE cumplimos… mmmmmmmmmmmh…. Sí, lo recuerdo… Aaa-acordamos un precio… por matarle, nadie dijo que ese precio, garantizase que siguiese muerto… Más… Ah, no es a ti, idiota… aah… si no te gustan mis modales, encárgaselo a otro, chupasangres… entendido… oh, joder, sííí…. Cincuenta mil… ya me has oído, ni un céntimo menos… de acuerdo… sí, esta noche… ¿inmediatamente? Bueno… será "casi" inmediatamente… - Alan colgó, con una sonrisa de vicio en sus labios, por la cual asomaban sus blanquísimos colmillos. Coral, apoyándose en los hombros, había estado moviendo las caderas todo el rato, cada vez más deprisa, embistiéndole, y dándole un placer asombroso. Estando él siempre encima, Alan no sabía lo que era gozar sin moverse, por primera vez lo había sentido un poquito… y era magnífico. Eso sí, todo el romanticismo, se le había pasado. 

-¿Quién era, bestia…? – susurró Coral. Alan se echó de nuevo por completo sobre ella, y embistió con fuerza, sacando un grito de la garganta de su mujer, que lo abrazo entre risas, rompiendo a sudar.
-Tenemos trabajo… ¿Quieres reservar el orgasmo para luego? – Coral le sonrió, maliciosa.
-¿Para qué reservarlo…? Luego, me darás otro… u otros. – Alan emitió una serie de rugiditos que podían tomarse por una risa, y empezó a empujar sin compasión. 


**************


72 horas antes.

Iana trotaba por el campo de tierra, corriendo como una loca, mirando constantemente tras ella, notando que el cielo, a cada momento, se clareaba más y más. No podía volar, no por un sitio donde empezaba ya haber gente, sólo podía confiar en correr más que el sol… o a las malas, encontrar algún sitio donde ocultarse. No le faltaba mucho para llegar a su casa, pasó junto a la cafetería pequeña, que ya había abierto, y siguió corriendo, jadeando, por las colinas de césped. A lo lejos, se veía el instituto, y poco antes de llegar a él, la casita del conserje, donde vivía con su familia. Apretó aún más la carrera, podía conseguirlo, tenía que llegar…. En la puerta, vio a Vladimiro, su padre, con el rastrillo en las manos, agrupando en montoncitos las hojas secas de los árboles. La miró, y, con reconvención, la apremió para que se apresurara. 

Cualquiera que hubiera visto a Iana, la hubiera tomado por una muchachita de unos dieciséis o dieciocho años,… pero lo cierto, es que contaba más de cincuenta ya. No obstante, se encontraba a gusto con su edad y aspecto, y momentáneamente, había decidido no cambiar. Para desespero de su familia. Casi al borde del vómito por la extenuación de la carrera, pero llegó a la casita, y entró, seguida por su padre, que echó las cortinas oscuras de la vivienda. 

-Hola, papaíto… - jadeó la joven vampiresa con una sonrisa. 

-Jovencita, esto se tiene que terminar. Se tiene que terminar a la de ya, pero tiene que terminarse enseguida. – a Vladimiro solían llamarle "Vladi dosveces" los estudiantes de cincuenta años atrás (y más). Como puede apreciarse, el paso del tiempo, no solucionaba su manía de repetirlo siempre todo.

-Vamos a ver, niña, vamos a ver… ¡¿tú estás tonta o qué!?Iana se volvió y sonrió a quien así le hablaba. Era su hermano mayor, Tolo. En realidad, no eran hermanos, y la joven lo sabía, pero le gustaba considerarle así. Tolo se había puesto un poco más gordito aún en los últimos años. Iba en calzoncillos y camiseta, y su pelo castaño rojizo destacaba de forma muy cómica en su barriga pálida. Quizá el aumento de peso hacía que se notase más el jadeo perenne al hablar, convirtiendo los "es que" en "eg que", por ejemplo. Miraba a Iana con cara de pocos amigos, y antes que ella pudiera contestarle alguna zalamería, continuó – Mira, me da igual que digas que estás enamorada, o enchochada o empanada, ¡si te han dicho que a las dos de la mañana tienes que estar en casa, a las dos de la mañana estás en casa, y punto pelota!

-Buenos días, Tolito.

-No, ni "Tolito" ni pollas en vinagre, niña. Para empezar, esta noche, no sales, y ya está bien de abusar. 

-¡Mamá! – pidió árnica de inmediato la joven. Tatiana, la madre de Iana, estaba terminando de bajar todas las persianas y echar cortinas. Madre e hija eran un calco una de la otra. Sólo en Tatiana se podía apreciar quizá mayor madurez en sus rasgos, mayor serenidad… pero por lo demás, podrían perfectamente ser tomadas por gemelas. - ¡Mira lo que dice Tolo! ¿Verdad que él no me puede castigar…?

-Es cierto, cielo, él no puede… - la joven ya iba a cantar victoria, pero su madre acabó la frase – pero yo, sí. Y estás castigada, esta noche, no saldrás. 

-¿¡Qué?! ¡Papá! – Iana cambió el foco de inmediato y miró a su padre con sus grandes ojos verdes, con carita de tristeza. Vladimiro sonrió y empezó un gesto vago con la mano, pero Tatiana carraspeó audiblemente, y el conserje se lo repensó. 

-Hija… tu madre tiene razón. Tiene razón, es así. Te hemos dicho mil veces que tienes que llegar a las dos, que si no querías seguir creciendo, nos parecía bien, pero que entonces, tenías que obedecer unas normas… Nos parece bien que quieras parar tu crecimiento por ahora, pero con tu edad, tienes que obedecer unas normas, hija. Las vampiresas jóvenes como tú, están expuestas a muchos peligros, muchos peligros. 

-¡Pero, papá… si está porque me pase algo malo, me puede pasar igual a las cuatro de la mañana, que a medianoche! – protestó Iana. 

-Pero el sol, no va a salir a medianoche. – rebatió su madre. Iana intentó objetar algo más, pero su madre la cortó – No se hable más. El salir por la noche, no es un derecho, sino un privilegio. Lo tendrás, cuando vuelvas a merecerlo y a demostrar que eres responsable. Estamos hartos de pasar la mitad de la noche pensando cuándo vas a volver y si te habrá ocurrido algo… y ver que lentamente, va amaneciendo, y que tú no llegas. Sin saber si puedes estar en un sitio seguro, o en mitad de la calle, sin un mal sitio donde ocultarte… Por el momento, estás castigada hasta nueva orden. 

Iana negó con la cabeza, con las lágrimas asomándole a los ojos, boqueando como si intentara encontrar palabras justas para expresar su indignación, hasta que al fin chilló:

-¡No es justo! – y las lágrimas se le cayeron de los ojos - ¡Y todo por tu culpa, gordo seboso! ¡Lo único que te pasa, es que tienes celos! 

-¡Tatiana! – la reprendió su madre - ¿¡Qué forma es esa de hablar a tu hermano?!

-¡No es mi hermano! - los ojos de la joven brillaban en rojo, estaba furiosa. - ¡No es NADA en ésta familia! ¡No tenías ni familia propia y por eso te adoptaron, porque ni los tuyos te quisieron nunca, vomitiva cuba de grasa! – El bofetón fue como un relámpago, tan rápido que Tolo tuvo que mirar a su padre y a Tatiana alternativamente para ver quién lo había sacudido, porque los dos tenían la mano alzada. Finalmente, fue la mirada de intensa culpabilidad de Vladimiro quien le dio la clave. Iana se sujetaba la mejilla encendida, con los ojos brillantes, pero esta vez, de lágrimas. No había sido una torta fuerte, había sido más una llamada de atención, pero lo que más le dolía, era el gesto en sí - ¿cómo podéis poneros de su parte? – sollozó – Ni siquiera es hijo vuestro… ¡Yo, sí!

-Nadie se pone de parte de nadie, Iana… Nadie se pone de parte de nadie, es sólo que… no tienes razón, no la tienes para atacar así a tu hermano. Te quiere más que a nadie, por eso intenta protegerte. Tú sabes que sólo porque te quiere más que a nadie, es tan protector. 

-¡Pues yo no quiero que me proteja, y no lo necesito! ¡Sé valerme sola! ¡Y no quiero que me quiera tampoco! ¡Ya me quiere Borja! ¡Y eso es lo que le molesta, que sabe que no es tan bueno como él! – Tolo, que había permanecido callado hasta entonces, estuvo a punto de espetar que el cretino profundo del Borja, no le llegaba ni al betún, no le llegaba ni… pero Iana se marchó a su cuarto y cerró dando un portazo. Tatiana cogió a Tolo y a su esposo por los hombros. 

-Está en "esa edad"… se le pasará en un rato. 

Eso esperaba, pensó Tolo. Iana siempre había sido una niña cariñosa, dulce, siempre amable, siempre de buen humor… Al llegar a la adolescencia, claro está, había tenido sus momentos irritables, sus cambios de carácter, sus arranques de genio… como cualquiera, pero había seguido siendo de trato fácil pese a todo. Pero desde hacía cosa de unos meses, todo se había ido al traste. Llegaba tarde, cada día más. Apenas estudiaba, no hacía nada en casa, estaba siempre susceptible y de mal genio, ansiosa porque llegase la hora de salir, y si por cualquier motivo no salía, su malhumor tiraba las paredes. A Tolo le constaba que muchas noches se iba a la cama sin haberse alimentado ni siquiera, y a mitad del día venía a pedirle que regurgitara algo de comida para ella… sin que se enterasen sus padres, que la reprenderían por no haber comido. Esos momentos, cuando trataba de conseguir algo, eran casi los únicos en los que se mostraba amable. Tolo, claro está, cedía siempre. 

"Entonces, no soy un gordo seboso, y sí soy tu hermano, ¿verdad?" Pensaba éste. Le había dolido el insulto, le había escocido de verdad. Ya sabía que era gordito, pero ella nunca se había quejado, decía de él que era blandito y tibio como un osito de peluche, y le solía gustar quedarse dormida sobre su tripa…. Antes. Ahora, ya nunca lo hacía. Ni siquiera quería sentarse a su lado ya, como si le diese asco. Bien sabía Tolo quién tenía la culpa de todos aquéllos cambios. Borja. 

Borja era un vampiro joven, tendría más o menos la misma edad, tanto física como aparente, que su hermana. Venía de Europa, estaba pasando su primera temporada sin familia, y era asquerosamente guapito y repelente. Era alto, delgado, rico, vestía bien, hacía gimnasia, y llevaba el pecho depilado. Tolo lo sabía porque solía vestir con camisas que no se abrochaba hasta el tercer botón, dejando siempre el pecho al descubierto. Hablaba con un extraño deje que Iana definía como "aristocrático", pero que él definía como "treinta euros de chicle en la boca", o, más sencillamente "tontolaspelotas". El caso es que el tal Borja consideraba que, para un vampiro, era una especie de crimen no ser guapo. Se cuidaba muchísimo, y pensaba que todo aquél que, como Tolo, fuese gordo o peludo, o ambas cosas, era poco vampírico. Era descuidado, sucio, patán… algo que podían permitirse la raza inferior, los humanos, pero no los vampiros. No era extraño que Iana, para serle más simpática, no quisiera ni hablar con él más allá de lo imprescindible. 

A Iana le había llamado la atención Borja desde la primera vez que le vio, hacía unos meses, pero hacía unas cuantas semanas que salían juntos. La joven no tenía otra cosa en la boca que lo hacía o decía su noviete: "mamá, es que las tareas de la casa estropean las manos, y Borja dice que las manos de una señorita tienen que ser perfectas, y que tienen que estar inactivas para permanecer así…. No quiero comer corazón, Borja dice que engorda muchísimo… Tengo derecho a salir hasta más tarde, ya no soy una niña, Borja dice que me tratáis de un modo muy infantil…" Borja dice, Borja esto, Borja aquello; para ella, era perfecto. Para Tolo, un cretino. Pero en fin… Tatiana tenía razón, se le pasaría. Para empezar, esa noche, se quedaría en casa, luego hablaría con ella. 


**************


-¿Es el mismo Chupacabras que no mataste la noche en la que nació Junior? – preguntó Coral, ya vistiéndose, dispuestos para salir de caza.

-Sí. Y el encargo es de parte de la chica que entonces, supuestamente, violó. Que no la violó, pero esa es otra historia. 

-¿Y qué se supone que ha hecho ahora?

-Psé… hay gente que no puede estar ni cincuenta años sin meterse en líos.


*************


36 horas antes.

-He venido a verte… Me he escapado- Iana sonrió, y cuando Borja le devolvió la sonrisa, se sintió feliz. Era la primera vez que se sentía feliz desde ayer. Su familia le había demostrado que no la querían, habían preferido escuchar al gordo de Tolo en lugar de a ella. ¿Qué pretendían, separarla de Borja? No lo conseguirían… Bien sabía ella qué había pasado: Tolo se pasaba el día calentándoles la cabeza a sus padres, que si Borja era tonto, que si era un Dementia, que si no era un buen chico para ella... para que se callase, nada más que para que se callase, la habían castigado. Pero se iban a arrepentir. Iana sabía que Borja no creía en esas tonterías de las castas, no le importaba que ella fuese una Lacrima Sanguis, una casta por debajo de la suya, lo que importaba, es que se querían. Le había dicho más de una vez que dejase a su estúpida familia de Chupacabras y se marchase con él. "Nos iremos juntos a ver mundo", le decía "Te llevaré a París, a bailar en la misma punta de la Torre Eiffel, desde donde se domina la ciudad entera. A Londres, a hacer el amor en las habitaciones vacías del Palacio de Buckingham; a Transilvania, a ver los dominios de mi antepasado, montaremos a caballo por valles infinitos y aterraremos a los campesinos, como se hacía en el pasado…". 

Sólo porque ella quería muchísimo a su familia, no había aceptado. Pero se había dado cuenta de lo tonta que había sido, ¡si sus padres no la querían…! Si la quisieran, si la quisieran de verdad, querrían su felicidad, no la privarían de estar junto a Borja con castigos infantiles, no preferirían escuchar a un extraño, alguien que no era hijo suyo, que tan sólo se aprovechaba de ellos para tener casa gratis, un fracasado que jamás había hecho nada, en lugar de a ella, que era su hija de verdad. Ahora, no la volverían a ver. Que aprendieran. 

-¿Vas a quedarte conmigo, te has decidido? – preguntó Borja, en la discoteca donde estaban, tomándola de las manos. 

-¡Sí! – Nunca se había sentido tan feliz. Seguro que dentro de un par de días, sus padres discutirían con Tolo, le dirían que era culpa suya que Iana hubiese escapado, y lo echarían de casa. Qué lástima no estar allí para verlo. 

-Entonces, eres mía. 

-Sí. 

-Dímelo, Iana, dime que eres mía. 

-Soy tuya, Borja. 

-Muy bien… - Borja sonrió, y sus colmillos parecieron algo más afilados – Y ahora que por tu propia voluntad, ya eres mía… puedo hacer contigo lo que quiera. 

La sonrisa de Iana vaciló ligeramente. Vio acercarse a los amigos de Borja, y se sintió incómoda. No quiso reconocerlo, pero una molesta vocecita empezó a sonar en su cabeza. Era una voz que le recordaba cuántas veces, Tolo, le había prevenido contra Borja. 


****************


-¿Que se ha escapado?

-¡No está en su cuarto! ¡Sólo hay esto!– Tatiana estaba fuera de sí, había ido a despertar a su hija pequeña, y se había encontrado el cuarto vacío, los cajones sacados y una nota en la que Iana decía que se marchaba. Vladimiro se calzó y se marchó a buscarla sin decir nada, mientras Tolo se iba en dirección contraria, maldiciendo a la terca criatura, y Tatiana se quedaba en casa, por si volvía allí. Tolo sabía que su padre tenía poco olfato, no valía para seguir rastros, pero él sí. Y sabía dónde estaba la discoteca que frecuentaba el niñato aquél, y hacia allí se encaminó. 

En la puerta, había un rastro, fresco, y lo siguió volando. Tuvo que recorrer media ciudad, mientras las horas de la noche se consumían, y él seguía sin localizarlos. Habían usado un coche robado, habían dado vueltas por la ciudad y parado en varios sitios. "Usar coches humanos en lugar de volar, no le parece que sea poco vampírico", pensaba Tolo, intentando no pensar a la vez que, si habían usado un coche, era muy probable que llevasen a su hermana retenida… Volando, no era fácil controlar a una presa, salvo que estuviera inconsciente, lo que les exigiría volar en forma humana o cobrar una forma muy grande para poder transportarla. 

Finalmente, llegó a las afueras. El rastro era más intenso aquí. El cielo ya comenzaba a clarear, estaba de intenso color turquesa, pronto amanecería… pero tenía que seguir. Estaba llegando a un matadero de ganado, y allí, en una cabaña, el rastro de su hermana casi brillaba. Adoptó forma humana y entró, dispuesto a luchar con quien fuera por recobrarla, pero allí sólo estaba Iana. Desnuda de cintura para abajo, encogida en el suelo y tendida en un charco de sangre. Tolo se lanzó a por ella.

-¡Iana! ¡Iana, ¿qué te han hecho…?! – la voz se le ahogaba. Afortunadamente, la sangre del suelo, no era suya. No la mayoría, al menos. La joven sollozaba. Tenía la cara sucia de barro, sangre y lágrimas, y se tapó los ojos, gimiendo "basta… basta…". Tolo la apretó contra sí, y miró a su alrededor. La cabaña no tenía ventanas, sólo un par de troneras, cerca del techo, tapadas con rejilla. Estarían a salvo para pasar allí el día. – Iana. – insistió, suavemente – Iana, soy yo… soy Tolo… ¿qué ha pasado? ¿Qué te han hecho…?

Iana tardó en contestar. Tenía los ojos cerrados y no quería abrirlos. Tolo llevaba un abrigo de piel sintética, muy viejo, pero abrigado; se lo quitó y envolvió con él a su hermana, que sollozó de alivio. Sólo entonces pareció darse cuenta que quien estaba con ella, no era ya nadie de quien hubiera de tener miedo. Abrió los ojos, y al ver a su hermano, sonrió con alivio, y los ojos le brillaron. Tolo le devolvió la sonrisa con ternura, acariciándole la cara. Iana miró la cara redonda de Tolo, su papada temblorosa, las barbas castaño rojizas, igual que el pelo, que le crecía, largo, alrededor de la calva coronilla… y le pareció lo más hermoso que había visto en su vida. 

-Me hizo daño… - susurró. – Me hicieron mucho daño, los tres. Me hicieron beber. Me pegaron y me trajeron aquí… y… Borja me arrancó la ropa y me… 

-Ssssh… - Tolo siseó para que no diera detalles y la meció contra él. 

-Luego… vinieron también sus amigos. Me defendí. Me defendí contra todos. Mordí a uno, le desgarré la garganta, pero… me dijeron que si me defendía, mandarían a todos los Dementia contra vosotros. Os matarían a los tres. Me llamaron Chupacabras, y me tiraron sangre encima, me insultaron… me dijeron que era una puta engreída, si había creído por un momento que un Dementia como él, iba a interesarse en una Chupacabras… luego se fueron y me dejaron aquí. Tolo, yo no… Yo no soy una Chupacabras, ¿verdad que no? Mi madre, es una Lacrima Sanguis… 

-Iana, no te preocupes por eso ahora… ya ha pasado todo, yo estoy aquí contigo. Anda, intenta dormir, voy a llamar a papá y Tatiana, que estén tranquilos. 


***********


-La violó. La violaron los tres. Solamente porque "no es una Dementia". Y como no es una Dementia, parece que no importa lo que le hagan. Como somos unos Chupacabras, tenemos que aguantar con todo, tragar con todo, ya sean insultos, amenazas, abusos o asesinatos… pues yo no estoy dispuesto a tolerarlo. ¿Lo hubieras tolerado tú, si hubiera sido tu hija? 

-Eso, no viene al caso – contestó Alan. Localizar al Chupacabras, no había sido complicado, pero es que ni siquiera se había escondido. Es más, había señalizado su posición, algo grotescamente, pero lo había hecho. – No juzgo, sólo ejecuto. 

-Lo sé. Has venido a matarme por lo que hice y por lo que he hecho. Hace cincuenta años podría pensar que no tenías motivo. Hoy… - sonrió – he hecho lo más que he podido para ganármelo. 

-Pues desde luego, lo has logrado – admitió Alan, mirando hacia arriba. Su esposa sonreía, divertida. Tampoco a ella, le caían demasiado bien los vampiros. 

-Acabemos cuanto antes, mátame ahora, y cuando salga el sol, estaré inconsciente, así creo que no sufriré mucho. 


***********


24 horas antes. 

Borja reía en la discoteca que solía frecuentar. Un montón de bobitas revoloteaba en torno a él, y sus amigos le reían las gracias. A juzgar por los gestos que hacía y las caras que ponía, estaba representando lo bien que se lo había pasado con su hermana. Tolo la había dejado en el cobertizo del matadero. Nada más empezó a oscurecer, salió a buscar agua limpia con la que lavarla, y después de ponerla un poco decente, la había tapado bien con su viejo abrigo y él había salido a buscarle algo de comer. Al menos, eso le había dicho. Y no era completamente mentira… 

A Tolo le hubiera gustado dejarla en casa, pero no podía. Si volvía, sus padres no le dejarían salir de ella para lo que iba a hacer. Sabía que era firmar su sentencia de muerte, pero se iba a morir muy a gusto después de eso. 

Apenas Borja le vio, se rió. A Tolo le resultaba muy desagradable, con el pelito castaño corto por detrás y muy largo por delante, cayéndole sobre los ojos azules, obligándole constantemente a menear la cabeza para apartarse el mechón. Su risa le hacía aún más repulsivo. 

-He venido para hablar de mi hermana. – espetó Tolo. 

-Creo que la dejamos en un sitio… bien provista de alimentos para gente como ella, nos portamos bien… - sus amiguitos soltaron la risa como si estuvieran entrenados para ello. – Y ahora, ¿porqué no te largas a ver si puedes extraer sangre de la mierda, Chupacabras…?

-¿Crees que mi hermana es una Chupacabras, porque su padre es de esa casta, verdad? 

-No es que lo crea, es que es… si su madre tuvo estómago para follarse a uno de vosotros, sus hijos serán de vosotros, aunque sean de una casta superior. La mala sangre prevalece. Es triste, pero… así es la vida de dura.

-¿Y eso, lo saben tus amiguitos?

-Claro, es normal, cualquier persona mínimamente inteligente, y eso no te incluye a ti, lo sabe. 

-No, no digo si saben eso… digo si saben que, por esa regla de tres, tú, entonces, eres también un Chupacabras, chaval. – al ocultar una risa bajo su voz, el cambio de las eses por ges, era mucho más evidente. Borja se echó a reír, como si Tolo hubiera dicho algo muy gracioso. 

-¿Qué dices…? Sabía que eras estúpido, pero no pensé que fueras absolutamente gilipollas…

-Te voy a dar una pista: Tu puta madre, se llama Alezeya, pero se hace llamar Alice, porque piensa que queda más fino. – Borja palideció. Jamás había hablado de su madre, ni con Iana, ni con nadie que hubiera podido tener contacto con Tolo, ¿cómo sabía él…? – Es rubia, y tiene los ojos azules, como los que tienes tú, le gustan los Beatles, la música de arpa, y en los años sesenta, en Londres, se lió con un Chupacabras sin saber que lo era. Lo sé, porque ese Chupacabras, era yo. Acababa de dejarla su marido, un Lacrima Sanguis que la había preñado y se había ido, tú habías nacido hacía poco, eras su primer hijo, y ella estaba con la neura de que con un hijo, ya era vieja, y para quitarse la depre, se follaba todo lo que se le ponía por delante. Hasta a un Chupacabras gordo seboso como yo. 

Los amiguitos de Borja le miraban como si le vieran por primera vez. Uno de ellos se apartó un paso. Borja estaba blanco como la leche, negaba con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra… finalmente, balbució:

-Eso… ¡eso no importa! Si yo ya había nacido, como has dicho, ¡no llevo tus genes! – pareció aliviado al pensar aquello – Sigo siendo un Dementia. 

-Ya habías nacido, pero tu madre te estaba alimentando. Y como las Dementia no pueden amamantar, regurgitaba alimentos para ti. Y te digo una cosa: tu madre será una cabrita e idiota como ella sola, pero la chupa de la hostia, ¿entiendes lo que quiero decir? – Borja parecía a punto de llorar. "En realidad, no es más que un crío llorica", le dijo a Tolo una parte de sí mismo. Pero se recordó que él, no había tenido piedad con su hermana, y se cebó – Ya veo que no. Tu madre me la chupaba hasta que me corría en su boca. Le gustaba mucho tragarlo, decía que era otra forma de vampirismo. Y luego, entre lo que regurgitaba para ti, estaba toda mi corrida. Vamos, que te has criado tragándote todo mi grumo, campeón, ¿estaba rico?

Uno de los amigos de Borja soltó la risa sin poder contenerse. Borja había cambiado; ahora estaba colorado como un tomate, musitando algo como "maldita seas, madre…". Todo su mundo, su estatus, su prestigio… se desvanecía en un instante. Miró a Tolo con verdadero odio y le señaló.

-¡Matadle! – rugió. Pero nadie se movió. Todo el mundo miraba a Borja de arriba abajo, riéndose de él. 
 
-¿A quién le estás hablando, Chupacabras? – dijo uno de sus ex amigos. 

-Mi madre sigue siendo la nieta del jefe de la casta Dementia… - masculló Borja – Yo sigo siendo un Dementia, ¡el sucesor! Si queréis seguir vivos mañana, más os vale…

-Eso, tiene que discutirse… si tu madre tuvo el cuajo de tragarse el semen de "eso", no creo que se la pueda considerar ya Dementia… mi padre lleva la legislación de la casta, y creo que eso, sería suficiente para pedir su expulsión. De ella, y de toda su familia. 

-Si quieres matarle, Chupacabras, mátale tú mismo. –añadió otro.

-No eres ni un Chupacabras, eres un "chupasemen de chupacabras"… ¡chupa-chupacabras! – rió un tercero, y todo el grupo de bobos estalló en carcajadas como becerros… pero a Tolo le dieron ganas de aplaudir. Cuando, hacía tantos años, Alezeya le amenazó de muerte al enterarse de que era un miembro de la casta vampírica más baja, no imaginó lo que iba a desencadenar con su estúpida maniobra de no ser capaz de callarse el lío que mantuvieron. 

Borja se sentía herido en lo más profundo, picado en su orgullo de una forma tan viva que ardía por dentro… y se lanzó a por Tolo. Éste le vio venir, y le dejó acercarse, y cuando estuvo lo bastante cerca, le golpeó la cara con el puño con todas sus fuerzas. El crujido que hizo la nariz de Borja al partirse, fue el sonido más dulce que escuchaba en mucho tiempo. 


****************


Iana sintió una caricia suave en su mejilla, que la sacó dulcemente de su sueño. Tolo estaba junto a ella, acariciándola. Seguía en el cobertizo, envuelta en el abrigo de su hermano, y éste la miraba con ternura. Le parecía que apenas había pasado una hora, pero sabía que llevaba mucho tiempo allí. Se sentía mejor, aunque el vientre aún le dolía.

-¿Cómo te encuentras? ¿Te vas sintiendo mejor? – Iana asintió. Es cierto que el recuerdo, era muy desagradable, pero los vampiros no tienen la misma sensibilidad que los humanos. Para ella, aquello había sido muy duro, doloroso, humillante y descorazonador… pero tampoco algo traumático como lo sería para una chica humana. Se repondría totalmente. Le llevaría algún tiempo, unas cuantas semanas, pero lo conseguiría sin problemas. – Tengo algo para ti. Abre la boca. 

Iana obedeció y Tolo la tomó en su regazo "igual que cuando era un bebé y Tatiana me la puso en las rodillas por primera vez…". La acunó en sus brazos y posó su boca en la de ella. Se oyó un gorgoteo, y enseguida Iana notó en su boca el sabor, cálido y salado, de la sangre. Tragó, gustosa, paladeando… el día anterior, no había comido nada, estaba débil y hambrienta, y el sabor parecía maravilloso después de tantas horas sin probar bocado. "Tolo me ha salvado…" pensó la joven. "Él vino a rescatarme… me ayudó. No le ha dicho a papá y mamá que ya no soy virgen, me ha cuidado y me está alimentando… Siempre ha cuidado de mí. Siempre me ha querido… qué… qué idiota soy". 

Tolo abrió los ojos desmesuradamente y estuvo a punto de apartarse, cuando sintió una presencia en su boca. Era la lengua de Iana. La joven le miró con ojos tiernos y le acarició la cara, abrazándole por la nuca, para impedir que se apartara. El vampiro intentó objetar algo, decir… pero Iana se apretó contra él, mimosa. Si la rechazaba, ella aún se sentiría peor… "Bartholomew: vas a morir al amanecer, y lo sabes. Lo que has hecho, sólo se salda con tu muerte… date un gusto antes de desaparecer del mundo.", pensó. Y sabía que estaba mal, pero… Drácula, llevaba años enamorado de Iana. Mientras fue una niña, pensaba que simplemente era cariño, pero cuando se convirtió en mujer, se dio cuenta que la amaba, la propia Iana lo sabía… no pudo evitarlo: se dejó hacer. 

Iana se deslizó al suelo. Le dolía demasiado el vientre como para tener sexo, pero podía satisfacerle de muchas formas… con todo cuidado, le desabotonó el pantalón y le bajó la cremallera, en medio de un siseo encantador, y le retiró la tela del calzoncillo. El pene de Tolo estaba ya erecto por el fugaz contacto con la lengua de la joven. "Este, sí es bonito…" pensó torpemente Iana, forzándose a no recordar su anterior experiencia, pero lo cierto es que el miembro de Borja le había parecido torpe y feo, torcido y delgaducho… éste era bonito. Orgulloso, tieso, con gracioso vello rojizo rizado en la base… Tolo jadeaba sólo sintiendo la cara de Iana tan cerca de su sexo. Las piernas dobladas le temblaban, y cuando ella lo acarició contra su mejilla, un gemido de gozo le vació el pecho. 

Iana tenía las manos calientes, y su mejilla más caliente aún. Lo frotaba contra su cara, mimándolo, acariciándolo con suavidad, dándole apretoncitos, hasta que por fin se lo metió en la boca. Tolo tuvo que gritar de placer, y apretó los puños para resistir el impulso de tomar a Iana por la cabeza y apretarla contra sí. La joven ensalivó su pene, dejándolo resbaladizo y brillante, tan sensible… y empezó a moverse, subiendo y bajando su boca pequeña sobre la hombría de Tolo, apretándolo contra sus mejillas, mientras gemía tomando aire. 

Tolo no podía ni hablar. Ni quería hacerlo, el momento era demasiado perfecto para estorbarlo con palabras. Se limitaba a sentir. A sentir aquélla boca suave abrazando su polla erecta, arrancándole gemidos de gusto a cada bajada que hacía… a sentir aquella lengüecita traviesa dando giros por todo el tronco, cebándose en la punta, lamiendo el frenillo y provocando que él sufriera escalofríos de gusto a cada toque de la misma. A sentir aquéllas manos cálidas que acariciaban el tronco cuando éste quedaba libre, que jugueteaban con sus bolitas, acariciándolas, que hacían cosquillas entre el vello púbico... 

El vampiro no quería llegar. Quería seguir sintiendo aquello por siempre, pero sabía que era imposible. Su tiempo ya se estaba terminando, sabía que el alba se acercaba… se dejó vencer por el inenarrable placer que sentía, y sus caderas empezaron a moverse solas. Iana le miró a los ojos con verdadero cariño en ellos, y eso fue más de lo que pudo soportar. Tolo exhaló un gemido ahogado y su pene tiró de él, para estallar de placer. El gusto le invadió todo el cuerpo, en una tiritona de gozo infinito, y se derramó dentro de la boca de Iana, que tragó ávidamente su descarga. Tolo le besó la frente y la acomodó nuevamente en el suelo. Una lágrima se escapó de los ojos de la joven.

-¿Por qué me hizo esto…? ¿Por qué tuvo que hacerlo así….? – sollozaba, agarrándose el vientre, que le dolía. – No tenía que hacerlo así… se lo hubiera dado… sólo tenía que pedirlo, ¿por qué me hizo eso…? 

"Porque tú también eres una Chupacabras" pensó Tolo. Pero no se lo podía decir. Bastante tenía ya la criatura, y además, ya no valía la pena. 

-Porque era un gilipollas. Y ya está, no pienses más en eso. Duérmete. Esta noche, estarás en casa.
-Te quiero, Tolito… - murmuró, ya con la voz del sueño, y el vampiro la abrazó por detrás para darle calor. En un ratito tendría que levantarse y salir… pero, durante cinco minutos, podía ser feliz. 


************


Ahora.

-Acabemos cuanto antes… mátame ahora, y cuando salga el sol, estaré inconsciente, así creo que no sufriré mucho. – le dijo Tolo a Alan. El cazador no podía dejar de mirar la grotesca escena que tenía delante. A él, le habían contratado para que matase al Chupacabras, porque, al parecer, estaba detrás de la desaparición de un joven Dementia. No es que a él le importase, pero parece que la desaparición, iba a ser permanente… Tolo había capturado a Borja, se había alimentado de él, y le había clavado en la pared del cobertizo, y sujetado con alambre de espino después. El cuerpo del Dementia era un rosario de sangre, y el Chupacabras no se había quedado ahí. Para asegurarse de que Borja no pudiera soltarse, había atado ratas sobre su cuerpo, que le devoraban lentamente, de modo que el vampirito estaba cada vez más débil. Para cuando saliese el sol, seguiría consciente, pero no tendría modo de soltarse. 

Coral, la esposa de Alan, lo miraba, divertida, mientras Borja insultaba en voz baja. No podía hablar bien con la nariz partida, y parecía que eso le diese vergüenza, porque intentaba no hablar alto. 

-¿Os han mandado a rescatarme, verdad…? Bajadme de aquí… vamos, gilipollas… - su voz silbaba ridículamente – Bajadme, u os mataré… ordenaré que os maten… 

-Matadme primero – pidió Tolo. – Luego, le bajáis. No quiero verle libre, es lo único que os pido. 

"Violó a una chica." Pensó Alan "A una chica de la edad de mi hija, pero mentalmente, más joven aún. La violaron entre varios. Ni para hacer solo algo así, servía ese tío." Miró a su esposa. Y no necesito preguntarle qué pensaba. 


**************


A la noche siguiente, la casta Dementia recibió las cenizas como prueba de que la caza había tenido éxito, pero Alan aseguró que el tal Borja había desaparecido, y que el Chupacabras se había llevado su paradero al infierno. A la casta no le importó gran cosa: toda la familia del citado había sido asesinada o puesta en fuga en cuanto se había sabido de las relaciones que un miembro de la misma había mantenido con un ser de la casta más baja… de modo que nadie perdió el tiempo en comprobar si aquéllas cenizas pertenecían a Tolo, o… a otro vampiro.

También la noche siguiente, volvieron a casa Iana y Tolo. La joven se echó a llorar al ver a sus padres, y estos la cubrieron de besos, igual que a Tolo, pero nadie preguntó nada. Cuando los dos vampiros se tomaron de la mano por encima de la mesa, aprovechando que sus padres estaban en la cocina, Tatiana se dio cuenta, y sonrió a su marido. Vladi asintió, feliz. 

Y también la noche siguiente, Junior empezó a preparar su equipaje para ir a la universidad, estaba loca de contento porque su padre le permitiese ir, y no dejaba de reír mientras metía y sacaba ropa de los armarios, de los cajones, ordenaba libros y fotos que quería llevarse, y charlaba con su madre, que intentaba ayudarla a meter media casa en las maletas, que era lo que intentaban, en opinión de Alan, quien, recordando lo sucedido, no podía dejar de recordar lo afortunados que eran los licántropos al no tener castas, sino clanes familiares. Su hija no podría liarse nunca con un inferior, porque entre licántropos, ese concepto, no existía. Para hacerlo, su hija tendría que liarse con… bueno, qué tontería, ¡eso era imposible!

sábado, 17 de agosto de 2013

Mordiscos (Primera parte)

Londres, 1962.

La música sonaba a niveles ensordecedores, mientras las luces de colores iluminaban alternativamente la discoteca, mostrando los dibujos de las paredes: cabezas de leones, flores enormes, letreros que pedían amor y paz para todo el mundo, una foto de Ghandi, una chica en desnudo dorsal… El humo del tabaco creaba caprichosas formas en medio de las luces y las sombras, dando un ambiente de sortilegio a la sala. Bartholomew aspiraba intensamente el cigarrito liado que la joven le ponía en los labios. Cada vez que el humo salía de sus labios casi cerrados, le invadía una extraña sensación de ingravidez. El joven tenía el cabello muy largo y un poco de barba, de color castaño casi rojizo, y los ojos del mismo color. Era ciertamente gordito, y sus ropas, demasiado ostentosas, de decidido mal gusto, pero había entrado en la discoteca repartiendo billetes, y eso hacía que aumentase instantáneamente su atractivo. La joven rubia, con cara lánguida por el porro, estaba por completo recostada sobre él y se dejaba abrazar hasta que él casi le tocaba las nalgas, mientras ella no dejaba de acariciarle la prominente tripa, también bajando hasta límites, que hubieran sido imposibles de haber estado ella un poco más sobria, y él, un poco más pobre. 

Bartholomew lo estaba pasando bien, muy bien en Londres. Con la llegada de la antibaby, la "píldora mágica", que le decían muchos, parecía que ahora todo estaba permitido. Las chicas ya no tenían miedo de acostarse con quien les apeteciera, porque no podía pasar nada. Aquí, a todo el mundo le gustaba beber, fumar y divertirse. Él no tenía problemas para conseguir dinero, y había todo un mundo para gastarlo alegremente. Su vida era una fiesta continua…

-Leche sola. - …que acababa de terminar. 

El cazador estaba en la otra punta de la discoteca, en la barra, pero a pesar de la distancia y la música, Bartholomew había podido oírle con tanta claridad como si le tuviese a su lado. El porro se le cayó de los labios y su mano, floja, dejó caer la copa. El ruido era tal en la discoteca, que el estrépito del cristal, ni siquiera se oyó. Pero él sí lo había oído. El cazador se volvió ligeramente en la barra y le sonrió. Con la boca cerrada. Bartholomew intentó tranquilizarse "no va a abalanzarse sobre mí en una discoteca llena de gente…", pensó. Pero eso, era sólo una posibilidad. La gente de su clan había aprendido a guardarse de los cazadores igual que los ratones se protegen de los gatos, pero en los últimos tiempos, se había hecho famosa la crueldad de una pareja de cazadores. Al menos, en ésta ocasión, él estaba solo, no la había traído a ella. Bartholomew sabía a quién se enfrentaba. Al menos, lo que se podía saber de él. 

-Tengo que marcharme… - musitó a la joven rubia. Ésta protestó cuando él se movió, pero él no se detuvo, y comenzó a caminar hacia la barra. No tenía sentido ocultarse cuando había sido descubierto. Y sabía que al cazador le gustaba jugar. Le gustaría oler su miedo… "conocer a tu enemigo, es vencerlo", se obligó a recordar, y echó a andar hacia él. Era consciente de que no ofrecía una imagen nada apropiada para un combate. Llevaba pantalones blancos que tenía que sujetarse debajo de la barriga, de modo que parte de ella quedaba al descubierto, una camisa de tela brillante con estampado de flores, de mangas largas, con escote picudo, un abrigo de pieles sobre ella, y unas botas negras con espuelas, y grandes gafas de sol. Su asesino llevaba sencillas ropas negras, grandes botas y un largo abrigo negro. También su cabello corto y sus ojos maliciosos eran oscuros. Sólo sus dientes eran blancos, como pudo apreciar cuando estuvo a su lado y éste sonrió abiertamente, mostrando sus colmillos. 

-¿No te parece que huele a sudor de cerdo por aquí? – susurró el cazador, a modo de saludo, cuando Bartholomew estuvo a su lado. 

-Quiero saber quién te envía. – logró decir. 

-Alguien que paga. Yo no necesito saber más, y tú, tampoco. – Tomó un cigarrillo y lo encendió. El joven estuvo a punto de decirle que lo estaba sosteniendo al revés, cuando el cazador se lo metió en la boca encendido y aspiró con deleite. Cuando exhaló el humo, se rió bajamente de la cara de estupor de su presa. Bartholomew pudo entrever la lengua del cazador, quemada, regenerándose rápidamente, hasta que la cicatriz desapareció en pocos segundos. El joven no lo sabía, pero al cazador, el sabor del fuego le gustaba… le recordaba a su mujer, que esa noche, no había podido acompañarle. 

-Han sido los Dementia, ¿verdad? – le apremió Bartholomew - ¿Han sido los Dementia?

El cazador, sin dejar de mirarle con socarronería, dio otra calada al cigarrillo, esta vez al derecho, y contestó:

-Asuntos de familia. Al parecer, alguien ha estado metiendo su colita de cerdo, donde no debía. 

-Prácticamente me violó. Me hizo tomar mandrágora, me esposó a las puertas de los lavabos y me arrancó la bragueta. – Hablaba más con la nariz que con la garganta, y siempre parecía hablar con esfuerzo, como si estuviera constantemente constipado o si luchar contra su propio peso le cansara todo el tiempo - Estaba muy a gusto chupándome "mi colita de cerdo", hasta que se enteró de que yo era un Chupacabras. Entonces, ya no le gustó. ¿Ahora, resulta que la he violado?

-Todas mis presas cometen un error de apreciación. – comentó el cazador – Parecen pensar que a mí, me importan en algo las razones de cualquiera. – Bartholomew quedó desconcertado por un instante. – Pero siempre me gusta dar un poco de ventaja. Tienes tres minutos. Corre. 

El joven supo que el cazador hablaba en serio, y no intentó sacar más tiempo, ni perder el poco que tenía hablando o suplicando. Se volvió y corrió, tropezando con la gente, intentando salir de la discoteca lo más deprisa que podía. Trastabilló y alcanzó la calle, y echó a correr atropelladamente, esforzándose por pensar…

Alan, el cazador, fumó tranquilamente su cigarrillo y se bebió su leche. No es que adorase su trabajo, pero era divertido. Aunque sin Coral, su esposa, perdía buena parte de la gracia. Cuando estaba ella, se picaban el uno al otro, jugueteaban con la presa como dos gatos con un pájaro con un ala rota, bromeaban y, generalmente, acababan retozando sobre la sangre todavía caliente, dándose un festín de carne y sexo… hoy, no habría nada de eso. Sólo muerte. Y su presa, ni siquiera era una joven chillona de esas que es tan divertido asustar, sino un maldito zombi lamecuellos, como llamaba Alan a los vampiros. Y por si fuera poco, un puto Chupacabras… Un desgraciado, un paria. La escoria social dentro de los mismos vampiros. Un infeliz que no había cometido más error que el de meterse entre las piernas equivocadas. Claro que sólo a un Chupacabras se le podía ocurrir la idiotez de liarse con una Dementia y pensar que viviría para contarlo. Qué aburrimiento.

No obstante, el deber es el deber, se recordó Alan, pagó su vaso de leche y salió al exterior. No le gustaban los vampiros, para él era agradable cargarse a uno, pero no lo era tanto saber que lo hacía por encargo de otro vampiro, que tenía el cinismo de creerse mejor, sólo por pertenecer a otra casta. Los licántropos como Alan se establecían en clanes familiares, los vampiros en castas. Un licántropo no consideraría inferior a un semejante por pertenecer a otra familia. Rival, sí… pero inferior, no. Los vampiros, en cambio, estaban establecidos en rígidas castas, donde los Dementia eran los principales, los que cortaban el pastel. Se decía que descendían del propio Bassarab Vlad Drakul, más conocido como Conde Drácula… pero esto, Alan no acababa de creerlo. Fuera como fuese, los Dementia eran la casta más poderosa, cerrada y endogámica de los vampiros. Controlaban la política en varios países, el tráfico de dinero, armas y drogas… eran salvajes hasta bajo el punto de vista de Alan, y no toleraban los escarceos con vampiros de clanes inferiores.

Por debajo de los Dementia, estaban los Lacrima Sanguis, los únicos vampiros que poseían la fertilidad y que podían reproducirse normalmente, tanto con humanos como con otros vampiros, y que gozaban de gran prestigio por éste motivo, y eran igualmente denostados por aparearse con humanos o vampiros de otras castas inferiores. No obstante, eran apreciados por sus inusuales dotes para la poesía y la literatura, y en general, para casi todo tipo de artes. Después estaban los Semen Minervae, que se ocupaban esencialmente de la investigación y el estudio; los Sensualita, sólo preocupados por el placer en general y el sexo en particular…. Y, bajando, bajando cada vez más en las castas, estaba el último escalón: los Chupacabras. Por no tener, no tenían ni nombre latino de esos que molan. Su nombre, provenía de su tolerancia a alimentarse no sólo con sangre de animales inferiores, sino también –y éste parecía ser su gran pecado- de otro tipo de sustancias, como leche, miel o huevos. 

El resto de castas vampíricas se alimentaban sólo de carne o vísceras humanas… alimentarse de un animal inferior, era algo humillante, que sólo podía tolerarse en caso de extrema necesidad, y había muchos vampiros que preferirían dejarse morir de hambre, antes que morder a una vaca, por ejemplo. Pero la idea de tomar leche, era sencillamente impensable. Era como dar carne a un animal herbívoro, o pasto a un lobo. Para el resto de castas, el que los Chupacabras fuesen capaces de digerir esas sustancias, los colocaba a un solo paso de los humanos. No los consideraban vampiros auténticos, sino una especie de abominación abortiva. Algo que iba a ser vampiro, pero se había malformado en el camino. No era de extrañar que cuando la chica, perteneciente a la casta más alta, se enteró de que se había tragado el semen de un Chupacabras, montase en cólera y dijera que la había forzado…. Ser violada por un miembro de la última casta, no era tan vergonzoso como admitir que tú misma le habías seducido y que te habías metido su polla en la boca de mil amores. 

Alan salió del bar y olfateó el aire. El olor a sudor y miedo era inconfundible, y estaba por toda la calle, marcando el camino que había seguido su presa, como un farol encendido. Echó a andar a buen paso. No necesitaba ni correr, su presa, aterrada, corría atropelladamente, sin duda intentando buscar una salida, una huída… ahí estaba, al final de la calle, trotando muerto de miedo. 

Bartholomew sudaba, apenas podía respirar. Su tripa brincaba al compás de su carrera, y sabía que no podría correr mucho más. Sus piernas protestaban, le dolían los músculos y le pinchaban agujas cada vez que respiraba. Sabía que estaba en muy mala forma, no era ningún luchador, ni nadie poderoso, ni un seductor, ni un literato… sólo era un perdedor, un paria, ¿porqué tenía que tocarle a él? ¡Él no pensaba ir con el cuento a nadie de que una Dementia le había hecho una mamada! ¿No podía la chica callárselo, olvidarlo y en paz…? Mierda, mierda, mierda…. ¿Qué podía hacer? Se detuvo, jadeando, luchando por calmarse un poco para pensar claramente… y entonces, oyó el golpeteo seco de un trote, y supo que su tiempo se había acabado. 

Alan alargó la zancada, las garras listas y los colmillos afilados. Sus ojos se centraron en la garganta del vampiro, dispuesto a desgarrar y separársela del cuerpo, se inclinó para correr también con las manos, se impulsó, alargando el cuerpo, se abalanzó con las fauces abiertas, goteando saliva, cayó… y sólo agarró aire. Rodó ágilmente en el suelo, el vuelo de su abrigo aleteó a su espalda. En la calle, ya no había nada. Sonrió y olisqueó. El olor a miedo se desvanecía cerca de él… en la rejilla del alcantarillado. Arrancó la rejilla y se coló por el túnel, oscuro y pestilente. Ratones y ratas. A cientos, huyendo de él. Alan sabía que era uno de ellos. Uno de aquellos animalitos, era su presa, pero en medio de la pestilencia de la alcantarilla, era imposible saber cuál. Un Chupacabras no tiene grandes poderes de transmutación, y no puede mantener la forma durante más allá de un cuarto de hora… pero allí abajo, entre aquélla peste, era más que suficiente. Para cuando recobrase su forma humana, estaría no sólo lejos, sino empapado en mierda de la cabeza a los pies; imposible seguirle el rastro. El jodido perdedor podría sobrevivir allí años, alimentándose de ratas, sin ocurrírsele asomar un pie fuera. Si los Chupacabras habían sobrevivido a lo largo de los siglos, había sido por eso: por ser tan cobardes, que estaban dispuestos a todo por conservar la vida. 

Alan soltó una risita cínica. Bueno… la verdad es que no tenía muchas ganas de hacer ese trabajo de todas maneras.
-¡Chupacabras! – gritó a la oscuridad – Sé que puedes oírme. Me han pagado por matarte… Pero si nadie sabe que estás vivo, entonces yo he cumplido mi trabajo y tú puedes conservar la cabeza en su sitio. Lárgate de Londres. Vete de Inglaterra. Vuelve con "tu padre"…. No aparezcas por aquí, o no volverás a tener suerte. 

El cazador agarró al azar unos cuantos roedores y se los guardó en bolsillos del abrigo, luego se impulsó flexionando las rodillas, y de un salto, ganó la superficie. Bartholomew le oyó alejarse. Sabía que se había ido, podía sentirlo, sabía que no iba a perseguirle ya… pero de todos modos, permaneció oculto en las cloacas durante varios días, hasta atreverse a salir de ellas, ya en las afueras de Londres. 



Madrid, 1963.

Era Enero y hacía frío, mucho frío fuera. Ya había pasado Reyes, las clases habían comenzado de nuevo, y Alfonso Vladimiro, el conserje de noche, volvía a tener ocupaciones. Pero esta noche, se las había saltado. Sabía que no estaba bien, que su lugar estaba vigilando los terrenos y limpiando las aulas después de las clases nocturnas… pero por una vez, ¿quién se iba a enterar? Para cuando empezasen a llegar el director y los maestros, él estaría de nuevo en danza, nadie se enteraría que, durante unas horas, había abandonado el trabajo para estar con ella. 

"Tengo miedo" Le había dicho Tatiana "No sé porqué, pero estoy muy asustada. Por favor, quédate conmigo, quédate hoy…". Vladimiro, a quien los estudiantes llamaban "Vladi dosveces", porque solía repetirlo siempre todo, era un ser muy responsable de su trabajo… pero terriblemente frágil a las súplicas de su mujer. Hay que tener en cuenta que Tatiana era mucho más joven que él, bonita, muy cariñosa, muy simpática y muy sensible. Resultaba difícil negarle nada cuando ella miraba con esos enormes ojos verdes, tan expresivos y tiernos. Vladimiro había accedido, y le pasó el brazo por los hombros para confortarla, los dos sentados en el sofá de la pequeña casita del conserje. Tatiana suspiró de agradecimiento y lo abrazó, pero casi enseguida se levantó del sofá y se dirigió a la cama de matrimonio, la abrió y se metió en ella, sonriéndole incitadoramente. 

El anciano conserje sonrió, casi halagado, pero en lugar de ir junto a ella, pasó primero por el baño… para lavarse los dientes. Mientras se enjabonaba cuidadosamente, se miró al espejo, y se consideró afortunado. Tenía ya el cabello cano, aparentaba unos sesenta años, si bien su cuerpo seguía siendo fuerte y en realidad tenía muchos más. Tatiana tenía unos cuarenta, y aunque era, en efecto, mucho más joven que él, aparentaba apenas veinte. Recordó que al principio de que ella se mudase con él, mucha gente del complejo la tomó por hija suya, porque él, también tenía los ojos claros, a veces verdes, a veces azules. No siempre era fácil explicar que no era su hija, sino su… bueno, ni siquiera estaban casados. Vladimiro era consciente que había mucha gente que murmuraba, un hombre tan mayor con una chica tan joven, y encima ni casados, y por si fuera poco…

-Vlaadiiiii… - Tatiana canturreó su nombre, y le sacó de sus pensamientos – Ven, corazón, te estoy esperando…. Ven a abrazarme… - El conserje acabó de enjuagarse y se dirigió a la cama, sonriendo cariñosamente. Tatiana tenía estrellitas en los ojos cuando le vio acercarse, se acostó junto a ella y la abrazó. La joven dejó escapar un suspiro infinito y se apretó contra él, buscando calor – Tenía tanto miedo… - susurró ella

-Eso es por la película. – musitó Vladimiro, acariciándole la espalda lentamente - No deberían hacer esas películas de vampiros tan partidistas, que siempre acaban mal… 

Tatiana sonrió. Ella era muy sensible, si decía que estaba asustada, no era por la película ni mucho menos, si no porque había "algo" de lo que tener miedo, aunque ni ella misma supiera aún qué. Puede que algo los amenazase. Puede que estuviese a punto de suceder algo malo, ya fuese político, o meteorológico, o bursátil… siendo muy pequeña, había sido capaz de presentir el Crack del 29, sólo por las sensaciones de inseguridad y sospecha que había en el ambiente. Y eso, Vladi lo sabía. Pero sabía también que, de momento, no había forma de saber qué le daba miedo y precaverse contra ello, de modo que salía por la tangente, para intentar quitar hierro al asunto. Para alguien que no conociese al conserje tan bien como ella, Vladi simplemente podía ser un ancianito despistado, quizá medio senil… ella sabía que bajo esa inocencia desenfadada, había una personalidad astuta. Al menos, la había algunas veces. 

La joven le besó en la cara, cerca de la boca, y Vladi le devolvió el beso con ternura, despacio… y antes de poder darse cuenta, Tatiana le había abrazado con las piernas, le había hecho girar para tenerle encima de ella, y se frotaba contra él, moviendo las caderas, ansiosa por tenerle cuanto antes. Al conserje le solía gustar hacerlo más lentamente, tomarse tiempo, siempre tenía un poco de reparo de ir demasiado deprisa, pero Tatiana, en su juventud, era tan apasionada… y esta noche, tenía verdaderas ganas de él. Notó que su cuerpo reaccionaba con energía y se bajó los pantalones del pijama de cuadros y los calzoncillos azules, mientras Tatiana simplemente se despojó del corto camisoncito azul, bajo el cual no solía usar ropa interior, ni aún en invierno, como ahora. En la oscuridad del cuarto, sólo atenuada por la luz de las farolas, sus pequeños y respingones pechos parecían azulados, y Vladi se dejó caer sobre ellos, sintiéndolos en su pecho. El calor de piel contra piel hizo estremecer a ambos, y Tatiana, ya deseosa, se sintió prácticamente inundada. 

Vladimiro movió las caderas y su virilidad se frotó contra el sexo de su compañera. Tatiana gimió muy bajito. Tenía una voz aguda, infantil, y siempre hablaba en voz baja. Cuando tenían sexo, apenas se la oía. Sólo Vladi podía escuchar los sonidos de su placer, porque los emitía directamente en su oreja… como ahora. El conserje se dejó deslizar plenamente a su interior, sintiendo su miembro exprimido en su cuerpo estrecho. Tatiana se mordía el labio, retorciéndose de gusto al sentirse atravesada en su carne, dulcemente poseída. El ariete de su compañero empujaba en su interior, abriéndola suave, pero firmemente, mientras ella lo abrazaba con las piernas. Se introducía en ella y su sexo se acostumbraba a él, dando latidos que masajeaban a Vladimiro de un modo maraviloso, lo abrazaban y tiraban de él, hasta que al fin quedaron unidos. 

-Vla… Vladi… - musitó la joven, muy bajito, acariciando con su aliento las orejas y el cuello del conserje. Éste casi no podía hablar, era tan delicioso el estar dentro de ella… se le despertaban la ternura, la pasión… y también el apetito. Tatiana, sonrojada de calor y placer, estaba asombrosamente bonita, y la joven vio que su compañero sonreía y abría las fauces, con los colmillos creciendo a ojos vistas, y negó con la cabeza. - ¡no… aún no… espera, por favor…! – suplicó y comenzó a moverse, ensartándose en el miembro de Vladi, quien, embriagado por el placer que le hizo estremecer de pies a cabeza, olvidó por un momento su Sed y empezó también él a moverse. 

¡Qué placer! ¡Qué gusto maravilloso y perfecto…! Los cuerpos de ambos se movían combinados, haciendo que el cabecero de la cama golpease en la pared y que los muelles del colchón protestasen mientras Vladimiro perforaba a su compañera. Las sensaciones tiraban de su cuerpo, haciéndole acelerar, y un indescriptible cosquilleo dulcísimo se expandía desde su miembro por todo su cuerpo, en un gozo delicioso. Tatiana le apretaba con brazos y piernas, besándole los hombros, resistiendo también ella las ganas de morderle, aguantando y "haciéndose sufrir" por retrasar el momento mágico, que ya se acercaba… se acercaba a cada roce de sus sexos excitados, de sus cuerpos trémulos y fusionados. El sexo de Vladimiro frotaba sin descanso el interior de Tatiana, casi febril de felicidad y placer, y él mismo se extasiaba en la dulzura de sentirse casi aplastado en su intimidad tórrida y suave, húmeda y acogedora… 

¡Trrrrrrrrrrrrring!

El timbre de la puerta sonó y los dos pararon de inmediato, con un buen susto, Tatiana gritó de forma casi audible, pero el susto duró sólo un segundo… el susto del timbre, porque de inmediato la joven se asustó mucho más, al ver que su compañero estaba a punto de levantarse para ir a abrir, y le atenazó con más fuerza. 

-¡No! ¡Ahora no, por favor… termíname! – suplicó, mientras se movía, intentando que Vladi no pudiera parar, y a pesar de que la primera intención del conserje era, efectivamente, abrir, el placer le agarró desde las corvas a los riñones y le hizo sentir que se derretía vivo, de modo que no pudo renunciar, y siguió empujando, saliéndose casi del todo para embestirla de nuevo, con fuerza, recreándose en el calor delicioso que le llenaba cada vez que se introducía hasta el fondo.

-¡Ahora voy…! – gritó hacia la puerta - ¡Voy… voy… me… me voooooy….! – No quería gritar aquello, de verdad que le daba vergüenza y quería contenerse, pero el placer era tan maravilloso, que la voz le salió sin poder contenerse. 

"Mierda" pensó Bartholomew en la calle, metiéndose los dedos en los oídos "Esto, no es algo de la vida de mi padre que yo deseara conocer…".

Vladi seguía empujando, cada vez más rápido, ya estaba casi, las piernas le daban temblores y sentía que sus nalgas se acalambraban, mientras Tatiana asentía con la cabeza, con los pies elevados y los dedos encogidos, a punto de estallar, y entonces susurró "ahora", y giró la cara para ofrecerle su cuello. Al conserje le brillaron los ojos, y atacó. Tatiana ahogó un grito, sus uñas se clavaron en la espalda de su compañero, y sintió su carne explotar en la boca de Vladimiro, su sangre ser absorbida, y un calor imposible recorrer todo su cuerpo, cebarse en su vientre, bajar hasta su perlita y estallar por segunda vez, en su vagina, que empezó a titilar y aspirar el miembro de Vladi, que también explotó en ese instante, inundando su vientre de esperma. Vladimiro se estremeció, derramándose dentro de ella, sus caderas dando golpes espasmódicos para expulsar la descarga, mientras su boca se llenaba del sabor cálido, salado y delicioso de la sangre, y Tatiana temblaba entre sus brazos, dando golpes, con los ojos en blanco, tensa debajo de él y con la boca abierta en un grito mudo, soltando sonrisas derrotadas, sólo atinando a susurrar "no pares… no pares….".

Vladimiro sorbió hasta quedar lleno, y hasta que ella dejó de moverse. Los dos estaban satisfechos. Tatiana le soltó de su abrazo dando un suspiro de felicidad absoluta, y el conserje la besó, regurgitando para ella buena parte de la sangre, que la joven tragó ávidamente. Tatiana se quedó amodorrada, y el anciano se levantó a abrir. 

-Hola, hijo. – Dijo cuando vio a Bartholomew en la puerta, le dejó pasar y le dio dos besos. Hacía más de diez años que no le veía, pero se portaba como si hubiera estado allí la tarde anterior. Bartholomew conocía bien a su padre, y no le dio importancia. – Perdona que haya tardado en abrir, hijo, hola.

-Sí, ya sé que… "estabas en el baño". – Vladimiro permaneció pensativo un par de segundos, y luego contestó.

-Lo cierto es que no. Estábamos haciendo el amor. 

-¿Cómo?

-Ella debajo, yo encima. Se llama "misionero".

-Eeeh.. no, no, papá, verás… no he querido decir "cómo", en el sentido de… sino… - Bartholomew abría y cerraba la boca, buscando las palabras, y finalmente preguntó - ¿Desde cuándo tienes una compañera?

-Hará un par de años. Un par de años, sí. 

-¿Vladi…? – Tatiana salió de la alcoba, atándose la bata azul, y Bartholomew la vio por primera vez. Era pequeñita, menuda, con el pelo castaño claro, corto y con espeso flequillo. Iba descalza, tenía los ojos muy grandes y una expresión en general de fragilidad, casi de desamparo. Daban ganas de tomarla de la mano y llamarla cosas como "tesorito". – Hola. – dijo muy bajito, con su vocecita aguda. – Tú eres Tolo, ¿verdad?

-Sí. – Bartholomew había usado el nombre Bartolomeo cuando vivía con su padre, y a pesar de que no le gustaba nada, iba a tener que volver a utilizarlo, por eso prefería que le llamaran "Tolo", para acortar. Siempre quedaba mejor que "Tolomeo", nombre demasiado a propósito para hacer chistes malos. 

-Vladi habla mucho de ti… - Tolo no supo si sonreír o qué, pero su padre sí sonrió. 

-Voy a prepararte tu antiguo cuarto. Está como lo dejaste. Igual que cuando lo dejaste, voy a preparártelo. – Tolo asintió. Así era su padre. Con él, no hacían falta explicaciones ni nada semejante. Simplemente, sabía que si su hijo había vuelto, era porque necesitaba un sitio donde quedarse, y ese sitio, era su casa, no había necesidad de hablar nada. Vladimiro se marchó y Tolo y Tatiana se quedaron a solas. 

-¿Qué cazador te persigue? – preguntó ella. 

-¿Eh? – Tatiana había hablado con absoluta seguridad en su vocecita. Tolo sabía que intentar hacerse el tonto, era imposible, pero, por la fuerza de la costumbre, lo estaba intentando. 

-Es tu miedo el que llevaba sintiendo toda la noche… Estás muy asustado, alguien intentó matarte, o cuando menos, hacerte mucho daño. Sólo pudo ser un cazador. ¿Quién fue?

Tolo intentó una vez más negar con la cabeza, hacerse el despistado… pero los enormes ojos verdes de la joven le miraban fijamente, y supo que sería imposible mentir. Se derrotó. 

-Alan. – confesó. Tatiana silbó hacia dentro. Alan y Coral eran, sin lugar a dudas, los más feroces cazadores. Algo muy gordo tenía que haber hecho Tolo para que mandaran tras él a semejante pareja de asesinos, pero ya no pudo preguntar qué había sido, porque se empezó a oír un llanto en la habitación, y Tolo reparó que había otro cambio en la casa, además de Tatiana: una cunita, con faldones negros. Estuvo a punto de caerse de culo. Tatiana se inclinó hacia la cuna y sacó de ella un bultito envuelto en mantitas negras, arrullándolo suavemente. Se sentó en el sofá y estuvo a punto de abrirse la bata, pero entonces preguntó:

-Perdona… ¿te va a molestar si la doy de mamar aquí? 

"Estoy en su casa. Es la compañera de mi padre, soy un extraño para ella, he venido a refugiarme porque me persiguen dos asesinos que pueden ponerla en peligro a ella misma, a mi padre y a su bebé… y se preocupa porque me incomode si la veo dando el pecho", pensó Tolo. 

-No, claro que no, adelante. – La joven sonrió con agradecimiento y se sacó el pecho, acercándose el bebé a él, que se colgó del pezón al instante y comenzó a succionar. Y entonces, Tolo sintió la realidad golpeándole como un mazo. - ¡¿Lacrima Sanguis?! – sólo los vampiros de esa casta tienen la fertilidad, y por tanto, pueden quedarse en estado, ya sea de humanos o de vampiros, o pueden producir embarazos tanto en mujeres humanas como vampiresas, y naturalmente, pueden dar de mamar. Drácula maldito… Su padre estaba liado con una Lacrima Sanguis, la casta más poderosa de los vampiros, sólo después de los Dementia. 

Tatiana asintió. No era extraño que los Lacrima Sanguis tuvieran relaciones con otras castas o hasta con humanos, pero sí que lo era que permanecieran juntos después. Por regla general, después de dejar su semilla, o de conseguirla, abandonaban a su compañero sexual para volver con los de su casta, pero es cierto que los Lacrima Sanguis eran dados a las artes y las letras; había algunos que eran notarios o abogados, pero la mayoría eran artistas, poetas… y como tales, un poco dados al romanticismo. Era raro que Tatiana se hubiera quedado junto a su padre, pero entraba dentro de lo esperable. Fuera como fuese, a él le venía bien. Para el mundo vampírico, Bartholomew había muerto, pero si se llegaba a saber que seguía vivo y estaba con su padre… bueno, los Lacrima Sanguis eran casi los únicos que podían poner objeciones a una decisión tomada por los Dementia. 

Vladimiro, ya preparada la habitación de su hijo, volvió al salón y sonrió embobado al ver a su mujer dando la teta al bebé. Tatiana le devolvió la sonrisa cuando él se sentó a su lado, y Tolo se sintió un poco fuera de lugar. 

-Ven aquí, Tolo… Tu nueva hermana quiere saludarte. – susurró Tatiana, dando una palmada en el otro asiento del sillón, y el citado obedeció, intentando que no se notara mucho las ganas que tenía de ver al bebé. 

"Bueno, en realidad no es ni medio hermana…" se obligó a pensar el joven. Vladimiro era su padre adoptivo, no biológico. Tolo no recordaba quiénes habían sido sus padres, sólo que se habían alimentado de él cuando apenas tenía seis años y habían desaparecido, dejándole con Vladimiro, que entonces era ya conserje del Instituto, aunque por aquellos tiempos, era un centro sólo masculino. Tolo se acostumbró muy pronto a él y si él le adoptó como hijo, también se puede decir que Tolo le adoptó como padre, aunque no les unieran lazos de sangre. Habían vivido juntos durante más de medio siglo, hasta que él decidió irse a "ver mundo", lo que se tradujo en vivir de juerga constante, beber, fumar, y aparearse con cualquier chica que estuviera dispuesta a ello, fuese humana o vampiresa, y que le había llevado a ponerse en el punto de mira nada menos que de los Dementia. Ahora que estaba de vuelta en casa, se sentía extrañamente tranquilo por primera vez en mucho tiempo. 

Tatiana hizo eructar a la pequeña y luego se la ofreció con una sonrisa. Tolo puso cara de susto, ¿Él? ¿Coger a la niña, él? ¿Y si se le caía…? Pero Tatiana sonrió con amabilidad y le puso suavemente a la niña en los brazos, colocándosela sobre las rodillas para que estuviese cómodo con ella. Parecía que no pesase nada, y sin embargo su presencia sobre él era consoladora y cálida de un modo asombroso. La pequeña bostezó, mirándole con unos ojos verdes que ya había visto en la cara de Tatiana. Le miró con extrañeza, como si pensara "Esta cara, no la conozco…". Sacó una manita diminuta de las mantitas negras y le agarró los pelos de la barba. Tolo se dio cuenta de que estaba sonriendo y acercó su mano a la de la pequeña, que la tomó y se la acercó a la boca, lamiéndole los dedos. 

-¡Ay! – Tolo se quejó, pero no apartó la mano. ¡La niña le había mordido! Sonrió, mostrando sus diminutos, pero afilados colmillos, manchados de sangre. 

-¡Oh…. Le gustas! ¡Te ha mordido! – dijo Tatiana - ¡Es el primer mordisco que da, y te lo ha dado a ti!

Tolo sintió la mano de su padre en su hombro, mientras la pequeña se lamía la boca, probando la sangre por primera vez, y sonriendo con agrado. 

-¿Cómo… se llama? – quiso saber Tolo. 

-Aún no tiene nombre. No tiene nombre aún. – dijo su padre.

-Ponle nombre tú, ya que has sido su primer mordisco. 

-Tatiana. – dijo sin dudar. –Iana, para acortar. Tatiana. 

(Continuará)


Londres, 1962. (epílogo)

La noche en que Bartholomew huyó, muchos otros niños mamaban del pecho de sus madres, o cuando menos, tomaban alimentos regurgitados por éstas. A Alan le hubiera gustado pensar que eso, para él, se había acabado ya con Bet y Jet, pero había tenido que llegar otro embarazo. El tercer cachorro, y ni siquiera era un macho, sería otra hembra más… Tampoco tenía nombre aún, porque ni siquiera había nacido, pero sería otra criatura berreante a ocupar el tiempo, las tetas, y sobre todo, el cariño de Coral, su mujer. Cuando Alan abrió la puerta de su casa, las gemelas se le echaron a los pies, silbando como las serpientes que eran y mordiéndole las botas, porque sabían a cuero. 

-¡¿Qué me has traído, Alan?! 

-¡A ti nada, tonta, me ha traído algo a mí! ¡Dámelo, dámelo!

-Soy "papá", no Alan. – dijo él de mala gana, dando puntapiés para librarse de ellas. Las gemelas sólo hacían algún caso a su madre, y como ella le llamaba Alan, las niñas no se hacían a llamarle "papá". Si dependiera sólo de él, ya las habría puesto firmes con un buen par de zarpazos, no eran más que dos caprichosas consentidas que sólo sabían intentar halagar y hacer la pelota, y pelearse entre ellas. Cuando Alan les rugía o amenazaba, ellas reculaban. No se atrevían a enfrentarse a él, y eso le molestaba, ¿qué clase de criaturas había engendrado, que no habían heredado su valor? Sólo se atrevían a morderle cuando estaba dormido. "Cuando crezcan, empezarán a producir veneno, y eso les dará seguridad, y se harán más audaces", le aseguraba Coral, pero Alan no lo tenía claro. De cualquier modo, lo quisiera o no, eran sus hijas, así que se abrió el abrigo y les dejó caer los ratones, mientras sostenía con una mano a los cachorros de dóberman. 

-¡Ratones! – chillaron al unísono y salieron en pos de ellos. Eso, no lo hacían mal, tuvo que admitir su padre. Sabían cazar muy bien, eran veloces, letales, aún siendo tan pequeñas… mientras Jet corría a por los ratones, Bet esperaba que su hermana los atrapase y luego se los quitaba. Y también fue la primera en darse cuenta de los cachorros. 

-¡Perritos! – dijo, y extendió los brazos todo lo que pudo, intentando coger a los asustados cachorros de dóberman, que, en su miedo, rugían y enseñaban los dientes, y se asombraban de que las niñas no se asustasen de ellos. 

-¿Te gustan? Se llaman Drácula y Mircea. – Alan se agachó por primera vez y dejó en el suelo a los cachorros. Drácula intentó morder a Jet, pero ésta se revolvió, le agarró por detrás y le mordió en la oreja, mientras el animal chillaba.

-Son muy feos – opinó Jet. 

-Y tú muy tonta. – espetó Alan, y su hija le sacó la lengua cuando no miraba – No son para vosotras, ¿entendido? Son de papá. Si los matáis, os estampo contra la pared. ¿Dónde está vuestra madre?

Las niñas señalaron el cuarto de sus padres, y cuando Alan se marchó, le hicieron burla a sus espaldas. El cazador había registrado el piso de Bartholomew. Junto con discos de vinilo, ropas horteras y marihuana, había encontrado una cesta de perro, con dos cachorritos en ella, los dos dóberman. Uno de ellos se le lanzó a la pierna nada más abrir la puerta, y Alan, instintivamente, lo agarró entre las manos y lo desnucó, arrojándolo despreciativamente al suelo… donde, para su sorpresa, minutos más tarde, el cachorro se levantó de nuevo, sacudió la cabeza y gimió, caminando con la cabeza colgando de lado. Alan lo tomó en brazos y le abrió la boca. Aquéllos colmillos, no eran ya de perro… rió hasta hartarse, y le colocó al animal la cabeza en su sitio, tras lo cual, el perrito le lamió las manos servilmente. 

"Perros vampiro" pensó Alan, divertido "Ese cabrito Chupacabras ha estado trasteando en la biología, Satanás sabrá cómo, y ha conseguido perros inmortales". Le pareció un hallazgo tan curioso, que decidió quedárselos, y, ya que eran vampiros, les puso nombres de tales. Drácula y Mircea. Para él, entre un vampiro auténtico, y un perro, no había demasiada diferencia. Abrió la puerta de la alcoba para contarle aquello a su mujer, y se le cayó el alma a los pies. Coral tenía el cabello pegado a la cara por el sudor, la cama llena de manchurrones de sangre, y en el rostro, aún desencajado por los dolores, había una expresión de felicidad, mientras lamía los restos de placenta del cuerpecito del nuevo cachorro. 

Alan estuvo a punto de caer de rodillas. Coral no había ido de caza con él, porque su estado de gestación era avanzado, pero, supuestamente, aún faltaba casi un mes para el alumbramiento… Había parido en su ausencia. Es cierto que los licántropos son mucho más fuertes que los humanos, es muy poco probable que una hembra pueda morir en un parto, y este, es terreno exclusivamente femenino, si Alan hubiera estado en casa, ella tampoco le hubiera dejado pasar, ni intervenir… pero al menos, podría haber estado cerca… Coral le miró, sonriendo.

-Debería lanzarte un estilete a las tripas y retorcerlo después… - susurró, cariñosa. – No sabes lo que es el dolor. Ven aquí, y besa a tu nueva hija. 

No le apetecía. Alan no era un hombre paternal, bien lo sabía, pero sí que amaba a su mujer, y se acercó a ella, acariciándole la cara sudorosa. Y sólo entonces vio al cachorro, y en ese momento, sí que cayó de rodillas, junto a la cama matrimonial. El cuerpo de su nueva hija, estaba por completo cubierto de fino vello negro, y en el final de la espalda, había una diminuta coletilla de pelo suave. El tercer cachorro, no heredaba la licantropía de serpiente propia de su madre, sino la lobuna de su padre. Salía a él. Y Alan supo que aquél bultito de carne rosada cubierto de vello, acababa de atravesarle el pecho con una garra invisible, y había destruido en mil pedazos su corazón. "Vas a ser la más fuerte de toda mi descendencia" pensó Alan "Eres mi hija favorita, mi cachorro verdadero, mi pequeño yo… Junior".



(Continuará, ¡vuelve mañana!)