¿Te ha gustado? Mira mi libro:

sábado, 30 de noviembre de 2013

Yo ERA uno de esos amantes...



     “¿Qué es eso que viene por ahí…? ¿Un robot con una escoba metida en el culo…?” Eso, fue lo primero que pensó Traviesa la primera vez que le vio. Un chico que aparentaba más edad de la que tenía, muy alto, con el cabello corto y ondulado, casi rizado, y de color anaranjado, con gafitas redondas, chaleco escotado de punto, pantalones caqui, y que caminaba muy erguido. Demasiado erguido, estirado sería la palabra. Y serio, muy seriote. Traviesa estaba caminando por los terrenos de la universidad, buscando el edificio del teatro, donde le esperaba su amigo Tony, pero era la primera vez que pisaba esa universidad, y era enorme… de hecho, los terrenos comprendían también el gran instituto, los edificios de las bibliotecas, las residencias de estudiantes, cafeterías, gimnasios… era inmensa, y todo parecía muy bonito y bien cuidado, pero era fácil perderse si uno no sabía dónde estaban las cosas. Había algunos carteles sueltos, pero en ninguno ponía “Teatro”, así que Traviesa tuvo que valerse de andar preguntando a las personas que veía.

    Preguntó a varios estudiantes, a un joven que tendía la ropa canturreando alegremente, y todos le fueron orientando, pero al llegar frente a la facultad de Derecho, supo que se había despistado otra vez. Le habían dicho que tenía que ver la facultad de Filología Hispánica, la de Filosofía y Letras, nadie le había hablado de la de Derecho… así que se puso a esperar que pasase alguien, para poderle preguntar. Era hora lectiva, y había muy poca gente deambulando por allí, los que no estaban en las clases, estaban directamente en las biblios, en las cafeterías, no hacía día para estar en los jardines, era Marzo y hacía aún frío. Y entonces, le vio. Se dirigía sin duda a una clase, porque no tenía el aspecto de alguien que anduviese por el mundo haciendo pellas. De hecho, parecía que la simple idea de algo semejante, le repugnaría, parecía tan severo y duro como un viejo, pero en sus ojos claros, había también algo de… astucia. Y su cabello corto y de color naranja, casi crema, le daba aspecto de… sí, se rió Traviesa. De melocotón. No sabía por qué, pero parecía realmente un melocotón, suave y dulce, aunque tuviera ese aspecto de legalista. Sonriendo, le preguntó si sabía dónde quedaba el Teatro…

     -¿Otra más? – preguntó el chico desde su altura – A éste paso, pronto la cola de chicas saldrá del complejo… En fin, desanda hasta que veas la facultad de Filología, es la tercera contando a partir de ésta, luego gira a la derecha y camina todo recto hasta la cafetería roja; allí, caminas dejando la cafetería a tu derecha, y pasarás por la facultad de Filosofía y letras, y verás la biblioteca grande. Se reconoce enseguida por que parece el Partenón, y frente a la puerta, hay aparcado un Smart azul, es el del bibliotecario. Al lado, está el teatro. De todos modos, para cuando llegues a la altura de la cafetería, ya verás la cola de chicas que hay formada, así que no tiene pérdida.

    Traviesa se le quedó mirando unos segundos. Nadie le había dado indicaciones tan exactas, eso desde luego… No le había fallado la intuición, puede que pareciese un estirado, pero también era un bonachón.

    -¡Muchas gracias, Melocotón! – le sonrió cariñosamente, y estuvo a punto de echarse a reír de ternura al ver a su interlocutor ponerse muy colorado, con una cara de extrañeza realmente cómica.

     -¿Melocotón…? – se extrañó, casi molesto.

     -Sí… tienes un color de pelo precioso, y pareces igual de dulce… ¡adiós! – y se alejó alegremente.

    “¿Melocotón?” se repitió Carvallo.  Y aunque una parte de sí mismo se decía “que le has gustado, que le has gustado…”, otra mucho más poderosa se sentía casi indignado, ¡pero qué atrevimiento, una chica que no le conocía de nada, llamarle de esa manera! ¡Aspirante a actriz tenía que ser, valiente desvergonzada…!



***********



     -¿Que te llamó “melocotón”….? – Sofía, a quien llamaban la Zorra con Suerte, hermana de Carvallo aunque no de sangre, no podía parar de reír cuando el joven lo contó, la noche siguiente, en la partida de rol.

     -¿Y tú, qué le dijiste? – quiso saber Toñito, quien masterizaba la partida. La cuarta esquina, Rob el Perro, no preguntó nada, porque el joven moreno y de cara redonda nunca hablaba, pero le miraba con pícara curiosidad mientras escondía entre las manos un cartucho de tinta de la pluma de Pastor, que le había escamoteado, y que se pondría a beber en cuanto nadie mirase.

    -¿Qué querías que le dijera? Yo no voy a seguirle el juego a ninguna de esas que hacen oposiciones a formar parte del harén particular del tal Tony… Si pretendía coquetear, conmigo se ha equivocado. Pastor nunca comete el mismo error en dos ocasiones. – pensativo, bajó la vista hacia su estuche. Y al mirarlo detenidamente, levantó la cabeza hacia el Perro. El joven bajó la mirada, pero era demasiado tarde, Pastor se había dado cuenta, y extendió la mano hacia él – Perro… mi cartucho de tinta, por favor. Si quieres beber tinta, te la compras, pero yo la necesito para los apuntes, y va cara.

    Rob el Perro emitió un gruñido de fastidio y le devolvió el cartucho, y Toñito siguió leyendo la aventura que protagonizaban los tres, pero Zorra con Suerte, se quedó pensativa… Ella sabía que su hermano no era feo. Podía ser algo antipático con su forma de ser, siempre tan rígida y estirada, pero en realidad era muy amable cuando uno lo conocía bien. No es que fuera un conquistador, pero, quién sabe porqué, lo cierto es que tenía un misterioso imán para las chicas, todas se sentían atraídas por él, y casi siempre las más guapas…. Tal vez fuese por el modo en que Pastor pasaba de ellas. No es que las despreciase, es que… era siempre frío. Cordial, pero distante. Se había rodeado de un aura de “inalcanzabilidad”, se podía decir. Las chicas le miraban, y sabían, por el modo de ser de Pastor, que no importaba lo guapísimas que fueran o lo buenísimas que estuvieran; él no caería a sus pies como los demás chicos. Nadie podía negar que Pastor era un hombre con apetitos de tal… cuando Sofía buscaba algo en el ordenador de su hermano y encontraba vacío el historial de internet, ya sabía qué había estado haciendo… pero él se negaba taxativamente a “tontear con las chicas”, como él decía.

     “Todo eso le viene por Susana…” se dijo Zcs. Y tenía razón. Susana había sido una chica del instituto, a Pastor le había gustado bastante, dentro de lo poco que dejaba el chico ver de sus sentimientos o emociones… y en un fin de curso, con dieciocho años cumplidos, habían montado una fiestecita, en una cafetería, cantando y bebiendo, todos los compañeros. Zorra también estuvo allí, y Toñito, el Perro no, porque entonces aún no lo conocían, pero el caso es que allí estaban todos, riendo, festejando las recién iniciadas vacaciones de verano (o retrasando el momento de ir a casa, como era el caso de Toñito, que llevaba cinco terribles suspensos en las notas), cuando Zorra dejó de ver a su hermano. Le buscó por la cafetería, y salió a la calle a ver si lo veía, era rarísimo que se hubiese ido sin avisarla, él siempre la llevaba a casa… algo había sucedido. Miró en los lavabos, por si estaba mareado, preguntó a todo el mundo… y finalmente, le dijeron que le habían visto irse con Susana. Zorra, suponiendo lo que había sucedido, sonrió y se limitó a esperar.

    Esperó hasta casi medianoche, cuando ya todos se habían ido, y sólo se quedó Toñito a acompañarla, en parte por amistad, en parte porque no quería volver a su casa. Pastor llegó solo, con cara de rabia y tristeza, y las mejillas arañadas. Zorra quiso preguntarle al instante qué había pasado, pero la cara de su hermano la acalló al momento. Se despidieron de Toñito y volvieron juntos en el bus nocturno, llamando desde la estación a casa de los padres de ambos, para que estuvieran tranquilos.

     -Sofía… - le dijo en el autobús, y Zorra casi se sobresaltó, porque algo muy serio iba a decirle Pastor si la llamaba por su nombre-nombre, y no por el apodo, como hacían siempre todos, sólo la llamaba Sofía cuando se enfadaba con ella – Nunca, nunca, tengas sexo con nadie que no se lo haya ganado. Nunca regales tu cuerpo. No quiero que te sientas… como yo ahora.

     Pastor era muy reservado, y hubo de esperar dos días a que le contase todo el asunto. Susana le había propuesto ir pasar un buen rato en el coche de ella, y en principio Pastor vaciló, pero cuando ella se puso cariñosa, él cedió… porque pensaba que él a Susana, le gustaba de verdad. Su hermano perdió la virginidad en el coche de Susana, y según dijo “no estuvo mal”, pero al terminar, él había querido quedar con ella para el día siguiente, presentarle a Zorra, a sus padres… Susana se rió en su cara y le dijo que qué se había pensado, que ella, con “probarle”, ya había tenido suficiente. Pastor no lo comprendió, él no entendía que pudieses acostarte con una persona y no querer nada más de ella. Discutieron, él se indignó y le preguntó si le había tomado por un gigoló, y ella le arañó la cara y le echó de su coche a empujones. Desde entonces, Pastor había tomado la decisión de no acostarse jamás con ninguna chica, salvo que se casaran o, cuando menos, que tuvieran algo muy en firme. Zorra le consoló, le juró que nunca le diría a nadie lo sucedido, ni menos que le había visto llorar de dolor (Pastor presumía de no haber llorado nunca, y en cuanto a determinados golpes morales y físicos, lo había conseguido, pero lo de Susana le tocó muy hondo), igual que tampoco contaba a nadie lo mucho que le gustaba dibujar y lo hacía a escondidas, y le aseguró que ya encontraría otra chica que le hiciese olvidar su mala experiencia. Pero Pastor no paró hasta que ella prometió con él, que ella tampoco se acostaría con nadie a la ligera.

    Zorra no se sentía en la necesidad de prometer aquello, la verdad… no era una chica mona, ni femenina, era muy desgarbada, iba siempre vestida con ropas holgadas y cómodas, y además llevaba de guardaespaldas a Pastor. Ningún chico se le había acercado… hasta ahora.

    Tony Superhot, el nuevo profesor de teatro por el que se habían vuelto locas la práctica totalidad de las chicas de la universidad, sí se había interesado en ella, precisamente porque le gustaba actuar, no figurar, y era una payasa con poco miedo al ridículo… y, Zorra no sabía aún muy bien cómo, pero el caso es que ella y Tony habían acabado haciendo el amor frenéticamente entre bastidores, y los dos querían volver a verse. La joven sabía que había roto su promesa y que tendría que contarle a su hermano que ahora… tenía un novio, y no sabía cómo se lo iba a tomar. O mejor dicho, sí lo sabía: MAL.

    “Pero si Pastor estuviese ocupado con otra chica… si encontrase el amor que cree que nunca, o cuando menos hasta dentro de mucho tiempo, no encontrará… tal vez no se lo tomase tan mal”. Pensó Zorra. Y aunque el que Pastor quitase importancia a una promesa rota era una posibilidad remota, bien valía la pena intentarlo.


***********



     -¿Quieres que Traviesa seduzca a tu hermano…? – Preguntó Tony al día siguiente, cuando ella se lo propuso.
    -¡Ni loca! Si lo seduce en broma, entonces no habrá ni media posibilidad de que nos perdone nunca… Hablo de que ella lo conozca, que vea si le gusta, y si le gusta…

     -Sofía, a Traviesa le gustan TODOS los hombres, le gusta coquetear con todos los hombres, flirtear y reírse con y de todos los hombres… por eso la llaman Traviesa.

    -Y a mí, Zorra, y eso no significa que haga honor a mi nombre… sólo que me gusta que me llamen por él.

    -Perdón… Zorra, no Sofía. – se corrigió Tony con una sonrisa llena de dientes blanquísimos. Zcs lo encontraba poco menos que arrebatador. Otro tipo de chica podría haberse preguntado qué veía un hombre tan guapo como él en una chica tan poca cosa como ella, pero la Zorra, no. Ella, ya lo sabía, y es que puede que no fuese muy bonita ni se arreglase demasiado, pero sabía que era simpática, inteligente y bondadosa… es cierto, era imprescindible hablar con ella para darse cuenta de todo eso, pero una vez hecho, ella sabía que era muy guapa por dentro. Tony se levantó del banco del teatro donde estaba sentado, y se arrimó más a ella, tomándola de la cintura… él estaba harto de chicas que “no eran chicas, eran un montón de pintura y ropa cara que no llevaban a nadie detrás”, chicas que querían acercarse a Tony el actor, Tony el cantante, Tony el artista de variedades… no a él. Chicas que fingían interesarse por los campos que él dominaba para intentar serle simpáticas, y que eran incapaces de mantener una conversación inteligente, sencillamente porque se pasaban tanto tiempo intentando agradar a los demás, que no habían tenido tiempo de saber cómo eran ellas y construirse una personalidad… Zcs era todo lo contrario, era una chica que pensaba que había cosas más prácticas en las que gastarse el dinero que en ropa, maquillaje o perfumes, como libros, películas de cine independiente (o salvajemente comerciales, no importa), juegos de rol y frikadas, y si tú pensabas lo contrario, eras muy libre de hacerlo, pero si intentabas hacerla cambiar de idea,  te podías ir al cuerno. A Zcs le importaba dos pimientos qué oficios hubiese desempeñado Tony, lo que le importaba es que era cariñoso, simpático, y bueno. Zorra no fingía interés en aquello en lo que, para ella, no lo tenía para caerle simpática a nadie, ella sabía qué le gustaba y cómo era, y sabía que era simpática de por sí, independientemente de la conversación, y nunca tenía la menor afectación. En una palabra: los dos estaban hartos de que el sexo opuesto los hubiera prejuzgado muchas veces, y disfrutaban de haber encontrado a alguien que había sabido ver un poco más allá. Tony la besó largamente, y Zcs le abrazó por la espalda, bajando casi enseguida a las nalgas, apretándole contra ella, y cuando Tony le acarició los labios con la lengua, la boca de la joven se dejó explorar sin resistencia, gimiendo suavemente…
 
      -Vale… - susurró Tony. – Hablaré con ella, y veremos qué resulta… Pero, ¿y si  a tu hermano no le gusta…?

     -No le gustará… esa, es su mejor baza para que se gusten, pastelito mío… - musitó Zcs, mordisqueando la oreja de su compañero. Tony quiso preguntar a qué se refería, pero entonces la joven se sacó la camiseta de los Sonata Ártica, dejando ver sus pechos libres de todo sostén, y Tony pasó de seguir preguntando, se lanzó a besarlos… Zorra engañaba, como siempre llevaba esas camisas tan amplias, nadie pensaría que tuviera unos pechos tan preciosos, algo mayores que la media, aureolas un poco grandes, y pezones gorditos… para él, bellísimos. La joven le apretó la cara contra ellos, abrazándole con las tetas, mientras suspiraba de gusto. Tony lamió sudor y perfume sencillo, la colonia de bebé que ella usaba, y notó que tenía que tenía que liberar su erección pero YA, si no quería mancharse los pantalones. – Mmmmmmmmmh… sí, sí, ven aquí, gatito precioso…

    Tony, con los pantalones en los tobillos, como ella, sonrió y se arrimó. Zorra solía llamarle “gatito”, porque le recordaba a uno: no tanto presumido como consciente de su propia belleza, siempre repeinado, siempre bien arregladito, delgado, ágil… Tony aún no le había sacado un nombre cariñoso a ella, porque con Zorra ya le bastaba… y porque en cuanto empezaban, ya no podía pensar. Era la primera vez que le pasaba. Antes, en el sexo, era tan meticuloso y exquisito como en todo, era cariñoso, era delicado, era juicioso y cabal, era refinado… era un amante clásico, digamos. Con ella, no podía. Era verla, y su hombría tiraba de él, pensaba por él, y se hubiera puesto a jadear como un perro de no haberse contenido. Su deseo era más fuerte que él mismo, y no podía ocuparse de… actuar. Mal que le pesase, se había dado cuenta que con las otras chicas, actuaba también en la cama, representaba un papel, el papel del amante perfecto… con Zorra era natural, porque quien hablaba, era su deseo de estar con ella y hacerla suya. Como en aquél momento, que sin preliminar alguno, se ensartó en su carne hasta la pelvis, en medio del grito de ambos.

     -¡Aaaaaaaaaaaaaah…. SÍ! – gritó ella sin poder contenerse. Fuera, Chucho, el viejo perro de Zorra, aulló por acompañar, y los dos rompieron en carcajadas, mientras Tony bombeaba, gozando del exquisito calor húmedo que le envolvía, y Zorra temblaba de pies a cabeza, con los pantalones del amplio chándal colgando de una pierna, esas piernas redondas y algo gorditas, esos muslos torneados y jugosos, que parecían suplicar que alguien los apretara y les diera cachetadas… y eso fue lo que hizo Tony, entre las risas alegres de su compañera. “Dios mío, me estoy comportando como un guarro de peli porno barata, ¡yo jamás había hecho algo así…!”, pensó… pero no podía detenerse, no quería detenerse, quería ser desenfrenado y un poco grosero…. Aaaah, qué maravilla, qué gusto sentía… Zorra le sonreía, con la frente sudorosa, las manos bajo su camisa blanca, haciéndole cosquillas en los costados, en la columna… él la tenía agarrada de las nalgas, apretándoselas con tal fuerza que le dejaba los dedos marcados, y cada vez que la apretaba, una maravillosa sensación de plenitud le recorría los brazos… La joven le apretó contra ella, y Tony la soltó un momento para quitarse la camisa por la cabeza, sin importarle que le saltara sin querer un botón, ¡quería sentir su piel sobre la suya! ¡Qué calientes estaban sus tetas…! Zorra le abrazó con fuerza “me encanta su modo de abrazar… me estruja”, pensó Tony, y la joven le gimió al oído.

     -Da…dame más… por favor… me… corro… - la voz bajita de la joven, pareció derretir el cerebro de Tony, éste pudo notar un río de lava hirviendo derramarse por el interior de su nariz, por su nuca, y recorrer su espina dorsal, y empujó con fuerza, con rapidez, notando cómo su compañera gemía más fuerte a cada empellón, y finalmente sus piernas le abrazaron, cruzándose a su espalda, apretándole más contra ella, apresándole, igual que sus brazos, tensos… Zorra sintió una deliciosa explosión en el interior de su vagina, que hizo temblar su clítoris salvajemente y la hizo brincar sobre el banco, hasta que Tony casi la cogió en brazos, mientras su cadera golpeaba la de él, y la dulzura chispeante se expandía por su cuerpo, dejándola relajada, a gusto… Tony notó las contracciones orgiásticas del sexo de la Zorra y ya no pudo más, sin transición, su polla explotó dentro de ella, haciendo que sus piernas temblaran y tuvo que volver a dejarla en el banco, porque los brazos le fallaron y temió dejarla caer… aaaaaaaaaaaah…. Su descarga parecía tirar de él, era como si la vida se le escapara una agonía… ¡pero qué maravillosa manera de agonizar!

     Permanecieron unos instantes aún unidos, abrazados y jadeantes, hasta que Zorra quiso besarle, y al mirarle a la cara, ahogó un grito.

    -¡Tony! ¿Te he golpeado? ¡Te sangra la nariz! – Tony se llevó los dedos a la nariz, y efectivamente, un reguero caliente le llegaba al labio superior – Echa hacia atrás la cabeza, espera. – Sofía tomó un kleenex del bolsillo y le taponó la nariz, mientras Tony la miraba muy sonriente.

     -No me has dado ningún golpe, cariño. – dijo, con voz gangosa – Es sólo que me emocionado mucho… - Zorra le dedicó una sonrisa enternecida y le besó la mejilla. Sabía qué quería decir Tony, al excitarse demasiado y muy deprisa, había sufrido una pequeña hemorragia nasal. No es algo que suceda a diario, pero puede pasar, sobre todo cuando uno es un adolescente y ve desnuda a una chica que le gusta por primera vez, o, como en el caso de Tony, cuando sufre una excitación sexual genuina y arrolladora casi por vez primera en su vida.

     Un rato más tarde, Zorra salió del teatro con una sonrisa soñadora, desató a Chucho y le abrazó. El anciano basset emitió una especie de gemidito cariñoso con la garganta y se dejó mimar, meneando la colita, mientras se ponía trabajosamente en pie. La joven ya se disponía a marcharse, cuando una risita ronca la hizo volverse. Rob el Perro estaba tras ella. La Zorra puso cara de horror, pero el Perro alzó las manos, negando con la cabeza mientras sonreía, y ella suspiró tranquila. El Perro olfateó y le dedicó una mirada de picardía, alzando las cejas.

     -Bueno… - sonrió Zorra. – digamos que… no ha estado mal. – El Perro sonrió por un lado de la boca y puso los brazos en jarras. – Está bien, de acuerdo, ha estado fantástico, sí, acabo de hacerlo, sí, ha sido con Tony, y sí, ha sido bestial, ¿satisfecho?

    Rob sonrió y asintió. ¿Qué falta hacía que ella mintiera? Él, podía oler con quién había estado y qué habían hecho, y hasta lo bien que lo había pasado… pero no pensaba contar nada, así que no era preciso que se ocultara. De todos modos, Zorra le entregó la correa de Chucho y entró un momento de nuevo al teatro, para salir casi de inmediato.

      -Sé que no vas a contar nada… pero esto, para agradecértelo de todas maneras… y porque ahora, puedo hablar con alguien de ello. – y le entregó una barrita de maquillaje color blanco. Rob sonrió abiertamente y se la llevó la boca, como quien chupa un caramelo, y los tres emprendieron camino a las residencias de estudiantes.


***********


     -Por enésima vez: No-me-gus-tas. Sé tan amable de dejar de perseguirme, por favor.

     -Pero… Melocotón…

     -¡Y no me llames melocotón! ¡Mi nombre, es Pastor, y para ti, Carvallo! ¡Fresca! – Pastor estaba casi colorado de indignación, hacía casi dos semanas que esa chica que le preguntó por el teatro, la que se hacía llamar Traviesa, le seguía a todas partes y no dejaba de inflarle la cocorota con sus estúpidas conversaciones y su descarado modo de intentar pegar la hebra, hasta su hermana se había dado cuenta “esa chica va a saco…”, había dicho, y a Pastor le horrorizaba que su hermana tuviera que ver algo semejante, ¡vaya ejemplo, y en una universidad! Traviesa usaba falditas de cuadros y blusas que dejaban el ombligo al aire a pesar de ser apenas Abril, y que aún refrescase. Solía llevar un abriguito corto, pero daba igual, porque lo llevaba siempre abierto. Usaba botines rojos que hacían juego con su cabello y siempre despedía un olor penetrante, y llevaba adornos estúpidos en el pelo, como si fuera una adolescente… su hermana respetaba su decisión de no querer nada con ella, pero Toñito y Rob el Perro no compartían su parecer:

     -¡Pastor, tú estás grillado! ¡Esa chica está como un tren, está loca por ti, y tú la rechazas todo el rato! – protestó Toñito. El Perro no hablaba, como era su costumbre, pero asentía vigorosamente mientras se bebía el perfume de Traviesa, que le había distraído del bolso en un descuido de la chica.

     -Toñito, el que una chica esté “como un tren”, no es motivo suficiente para perder la dignidad por ella. No está loca por mí, no le intereso en lo más mínimo, lo único que busca de mí, es… mi cuerpo – dijo, reteniendo el temblor de su voz, provocado por su malestar –    Y no voy a concedérselo como si fuera mercancía, sólo por un rato dudosamente agradable.

     Rob el Perro le miró, encogiendo un ojo y los hombros, con expresión interrogativa.

    -Pues porque no quiero, punto. – contestó Pastor. – Yo no soy un muñeco hinchable para nadie, soy una persona con sentimientos, y no voy a permitir que nadie me utilice para…. ¡un polvo, y adiós, muy buenas!

     -Pero, Pastor… si no le das la ocasión de conocerla, nunca llegarás tampoco a nada… - intervino Zcs.

     -¿Tú también? ¿Ahora, tú también?

     -Sólo digo que es posible que le gustes-gustes, pero si no hablas con ella, nunca lo sabrás… no puedes juzgar a todas las chicas como a unas lobas sin corazón…

     -Zorra, esa en concreto, SÍ es una loba sin corazón. Se ha encaprichado conmigo vaya uno a saber porqué, y como no le doy lo que quiere, la tengo detrás de mí. Sin duda, no está acostumbrada a que nadie se resista a sus encantos… - bromeó Pastor.

    El Perro hizo un gesto muy elocuente encogiendo y estirando los brazos, y Carvallo pareció asqueado.

    -No. No me voy a acostar con ella sólo para que me deje en paz, Perro. Que se masturbe pensando en mí, y me olvide, caray, no es tan difícil…

    -¿Y por qué te parece una loba sin corazón…? Habitualmente, las que te perseguían, te dejaban en paz al cabo de dos o tres peticiones infructuosas, tenían su amor propio… Pero ésta, está insistiendo mucho… a lo mejor, quiere algo más. A lo mejor, deberías hablar con ella. – Pastor se quedó mirando atentamente a su hermana. A Zcs no le gustaba ese modo de mirar, era como si él pudiera ver a través de ella. Durante las dos últimas semanas, Carvallo no había podido descubrir el juego que ella se traía con Tony, precisamente porque Traviesa le había distraído lo suficiente como para tenerle ocupado y servirles de pantalla, pero si Pastor llegaba a sospechar que ella le ocultaba algo, y además, tan gordo…

     -¿Y por qué tienes tú tanto interés en que hable con ella…?

     -Eeeh… ¿a lo mejor, porque no quiero que un día te despiertes con 75 años y compartiendo tu vida con un pececito de colores que lleva seis días nadando panza arriba….?

      -¡Oh, me encanta que me tengas deparado ese porvenir!

      -Bueno, te pondría junto a una docena de gatos, pero es que encima, eres alérgico. ¡Pastor, muchas veces te comportas como un viejo!

      -¿Un viejo, yo?

      -Sí, señor, ¡un viejo solterón, huraño y cascarrabias, al que por que una vez le hicieron daño, se ha negado a volver a confiar en la gente, y prefiere parapetarse tras una cortina de “dignidad y decencia”, antes que arriesgarse!

     Toñito y el Perro habían dado un paso atrás. Pastor estaba torciendo el morro, el labio de abajo le sobresalía y tenía los ojos achinados.

     -Tú crees que quiero asumir riesgos, ¿verdad? Piensas que soy un cobarde, ¿no es cierto? – Zcs intentó decir que ella le tenía muchísimo aprecio y respeto, no le tenía por un cobarde, sólo por un poco comodón… pero Pastor continuó – Pero nunca has pensado así de mí con tanta insistencia… Sólo te has puesto tan declaradamente a favor de alguien que no fuese yo, con ésta chica… Te interesa saber por qué le digo que no PRECISAMENTE a ella… Y a mí me interesa saber por qué te interesa a ti. Así que hagamos un trato: yo saldré con ella, si tú me cuentas por qué tienes tanto interés en que salga con ella.

     “Genial” se dijo Zorra. A Pastor, no se le podía mentir, él olía las mentiras como el Perro los compuestos tóxicos, pero tampoco le podía decir la verdad, si se enteraba que tenía un novio, y que se estaban… que se estaban acostando, los mataría a los dos. Se mordió el labio.

     -Porque la conozco, y sé que es una buena chica. La conozco… del grupo de teatro.

     -¡¿Qué?! – Toñito y el Perro se quedaron con la boca abierta. El Perro ya lo sabía, pero era mejor hacerse el sorprendido, Toñito no tenía ni idea, y Pastor menos. Pastor ABORRECÍA el teatro y todo lo que lo circundaba, decía que todos los actores eran gente de moral ligera, que todas las chicas que se habían interesado por el grupo, sólo querían arrimarse a Tony y éste las utilizaba como un sultán a su harén… lo último que hubiera querido oír, es que su hermana pequeña, se juntaba con esa ralea. – Sofía… ¡Sofía!

     La citada se tapó la cara con los puños, cerrando los ojos, temiendo el rapapolvo. Pastor la miraba cabreadísimo, le salían chispas de los ojos casi cerrados. “Bueno, no sabe lo peor, pero con eso, le basta… es bastante fuerte para que no se le ocurra pensar que aún hay algo más”. Pastor la tomó del codo y empezó a tirar de ella hacia la residencia de estudiantes. Toñito y el Perro fueron lo bastante juiciosos de no seguirles, aquello era algo entre los dos hermanos.

     -¿Dónde me llevas…? – se atrevió a preguntar Zcs.

     -A la residencia. Vamos a hablar muy seriamente de esto tú y yo, pero primero, voy a llamar a tus padres y a contarles en qué pierdes el tiempo y cómo descuidas tus estudios. – Zorra estuvo a punto de protestar que era mayor de edad y hacía lo que le daba la gana, pero juzgó más prudente callarse, se limitó a seguir el paso de su hermano mostrándose lo más contrita que podía.

      Muy por detrás de ellos, Toñito y el Perro caminaban hacia la residencia femenina. Era allí donde volvería Zorra con Suerte cuando su hermano acabase con ella, y querían enterarse de si ella seguía teniendo suerte o no… Rob hizo un gesto de cortar el cuello con el dedo índice.

     -No, no creo que sea para tanto… - contestó Toñito. La verdad que el Perro podía no ser muy locuaz, pero sí muy expresivo. Aunque jamás soltase prenda, sus gestos, y sobre todo, sus ojos azules, eran asombrosamente elocuentes, y uno aprendía muy pronto a comprenderle. – Ella misma dice siempre que su hermano ladra mucho, pero muerde poco. – El Perro puso cara de no tenerlas todas consigo, y Toñito asintió.

      Muchas chicas guapas entraban y salían de la residencia femenina. Toñito no podía dejar de preguntarse si alguna vez, habría alguna para él, pero El Perro dirigía miradas a todas, miradas tan llenas de pimienta que hubieran podido ser consideradas acoso sexual, y que, en medio de su cara redonda y sin afeitar, estaban mucho más cargadas de fuego de lo que hubiera sido esperable. Algunas le miraban con curiosidad, otras con asco, otras con sorna… Una chica muy joven fingió no darse cuenta de su mirada y apretó el paso para meterse en la residencia, y estuvo a punto de chocar con un joven muy alto, de mandíbula saliente, que llevaba un pesado barreño lleno de ropa recién lavada. Era Roy, a quien llamaban Virgo, el lavandero, que sonrió a la joven y se puso a tender sábanas y ropa interior. Generalmente, secaba la ropa en las secadoras, pero dos estaban estropeadas y no se podía dejar la ropa húmeda esperando que las secadoras estuvieran libres; después olían a húmedo, y el olor hacía parecer que alguien había vomitado sobre la ropa, era más práctico tenderla. Para que nadie le dijese que hacía favoritismos, entre la ropa que tendía, estaba la de su novia, Junior. Roy pensaba que no había suavizante en el mundo que pudiera eclipsar el cálido olor a hembra que desprendía siempre la ropa de Junior… y no era el único que lo pensaba. El Perro, de espaldas a él, se había puesto blanco como un papel. Lo último que había esperado encontrarse en una universidad humana, había sido el olor, inconfundible, de un miembro de su familia.


**************



     -Sofía, tu padre dice que ya lo sabía, ¿porqué no me lo has contado a mí?

     -Yo no se lo conté a papá, mamá… - se excusó Zcs. Se oyó la voz cascada y ronca de su padre al otro lado… al parecer, le explicaba a su madre que él había atado cabos con las horas a las que no se la podía llamar ni localizar de ninguna manera, y el programa de actividades que habían mandado a casa, a nombre de ella, de manera que, aunque no sabía exactamente qué estaba haciendo, sí sabía que estaba  metida en alguna actividad, pero no había dicho nada, esperando que fuese ella quien lo contara…

     -Sofía… - dijo su padre, y Zorra se sintió mejor. Es cierto que su padre, era mucho menos severo que su madre, ella siempre había sido la niña favorita de papá, pero cuando había que regañarla, le temía mucho más a él… precisamente porque no estaba acostumbrada a que se enfadase con ella,  pero sólo por el tono de voz que utilizaba, ya sabía que no tenía que preocuparse. – No es que me apasione que hagas teatro, pero si te gusta, y sobre todo, si no descuidas tus estudios, puedes hacerlo.

    -¿De verdad? ¡Gracias, papá!

    -¡Pero no dejes de estudiar por ello! – insistió su madre – Podrás hacer teatro siempre que ello no entorpezca tus estudios, ¿vale? ¡Y haz mucho caso a Pastor en todo, dile que su madre le manda muchos recuerdos…!

    -Lo haré, mamá, no tendréis queja de mí, palabra… ¡gracias! – Zcs se despidió  de sus padres y colgó, con una gran sonrisa iluminando su cara redonda. Pastor la miraba con los brazos cruzados sobre el chaleco de punto y una mirada de severa disconformidad detrás de las gafitas redondas. – Bueno… no ha ido mal, parece que me dejan seguir.

     -Eso, no cambia mi parecer. Me has mentido, Sofía, ya sabes lo que pienso del teatro.

     -Precisamente por eso, no me diste pie a contártelo, me hubieras prohibido ir, y yo quería hacerlo…

     -Me da igual que quieras hacerlo, y me da igual que tus padres te dejen, a mí ese tío y su calaña, no me inspiran ninguna confianza, así que, para quedarme tranquilo yo mismo y tus padres, te acompañaré todos los días, y te llevaré después a casa, y me quedaré allí durante los ensayos para vigilar qué te hace o qué no te hace.

     -¿¡Qué?!

      -Sofía, a esos del teatro ya me los conozco yo… con el cuento de “es arte, es por el arte, lo exige el guión”, les falta tiempo para hacer que te quites el sujetador, y eso, con mi hermana, no. – Zorra estuvo a punto de indignarse, de decir que estaba harta de que la tratase como si tuviese nueve años... pero con eso, sólo conseguiría darle motivos de más sospecha a su hermano, de modo que sonrió.

     -De acuerdo… pero te recuerdo que me prometiste que, si yo te contaba mis motivos, tú… - A Pastor le tembló un músculo de la cara, se le había olvidado por completo su promesa. – Sí, exacto. Tienes que salir con esa chica.

     -No…. ¡No, no y mil veces no! ¡No lo hare, no quiero hacerlo, no me gusta, no pienso hacerlo! – Pastor empezó a correr por su cuarto, mientras Zcs le perseguía diciendo “¡lo harás, lo harás, ya verás es muy simpática, va a gustarte mucho!”. Y Pastor sabía que no podía faltar a su palabra, porque… Zorra era muy buena, pero podía hacerle chantaje con demasiadas cosas que él no quería que se supieran.
    



jueves, 28 de noviembre de 2013

Milady y yo.


      -Milady, ¿qué hacen esas dos tazas "ahí", por favor…? – de nuevo había quedado con mi esclava por chat, y esta vez, yo también había conectado mi micrófono, no quería tener que volver a parar en lo mejor de la zambomba, para ponerme a escribir. Le había ordenado el día anterior que se conectase con la cámara, y desnuda. Lo había hecho, pero había puesto dos tazas frente a ella, justo en el lugar donde estaban sus tetas, de modo que no se le veían. Ocaso, como mi esclava Milady, me sonreía con apuro. Era la primera vez que veía una sonrisa así en su cara, y me gustaba, pero me estaba desafiando. 

-Eeh… me he tomado dos chocolates, mi amo querido… - "pelota, más que pelota…" pensé, pero no me dejé convencer.

-Muy bien, entonces, sé una niña pulcra, y retira las tazas sucias de la mesa. – Milady suspiró, tímida, al tiempo que su rostro tomaba más color. Me resultaba tan extraño que ella pudiese tener vergüenza… que sólo deseaba ver esa vergüenza más y más, me parecía tan dulce, tan exótico en ella ese sentimiento… No podía dejar de pensar si, cuando finalmente nos encontrásemos cara a cara, y yo le hiciese cosas, ella se taparía la cara colorada y diría cosas como "no, por favor, que me da mucha vergüenza…". Me moría de ganas por que llegara ese momento, y estuve tentado de conectar mi cámara yo también, para que viese cómo la miraba, y poder ver su reacción, pero me contuve. De momento, tenía que guardar las distancias, sólo así me haría inalcanzable, como lo era mi ama para mí. Mi esclava retiró las tazas de la mesa, pude medio ver las curvas de su cuerpo cuando se levantó de la silla y volvió a sentarse, encogida en el asiento, para presentar ante la cámara sólo su cabeza y cuello. Lo poco que se veía del pecho, lo tapaba con sus brazos. – Así, no, esclava. Tienes un cuerpo precioso, ¿por qué te empeñas en esconderlo, y más cuando tu amo te ordena que se lo muestres? 

-Me da cosa que me miréis, amo…

-¿Por qué? Milady, ya sabes qué pienso y qué hago cuando te miro. No hay ningún misterio en eso, ni es nada malo. Cuando te miro, me pongo contento, mi pistolita se pone contenta, y me acaricio hasta que me quedo a gusto, ¿hay algo que no supieras?

-Tenéis razón, lo sé, pero… siempre me da vergüenza cuando alguien me mira. No soy capaz de aguantar una mirada fija, me pongo nerviosa y me da la risa floja, por eso nunca miro a los ojos a nadie. Y me da un poco de apuro el saber que vos… os tocáis mirándome.

-¿Apuro por qué? Si es algo estupendo.... – Milady miró directamente a la cámara, como si me mirase a mí, y se encogió ligeramente de hombros. – Bueno, no importa, no valen más excusas. Yérguete y quítate los brazos del pecho, quiero ver tus tetas. 

Mi esclava cerró los ojos de timidez, pero irguió la espalda, se retiró los brazos y echó hacia atrás los hombros, para que yo mirase sus pechos. Me alegré de que no pudiera ver la sonrisa de bobo cachondo que se me abrió de golpe en la cara. Sin poder contenerme, acerqué dos dedos a la pantalla del ordenador, para fingir que le pellizcaba los pezones rosados.

-Están calmados… tus pezones, quiero decir. – dije – Tócalos, quiero se pongan erectos. – Milady se frotó los pechos con el dorso de las manos, fugazmente, y aunque sus pezones respondieron al instante, chasqueé la lengua repetidamente, para indicarle que no lo había hecho bien. – Así, no, esclava… ¿así te los tocas cuando te masturbas?

-Cuando me masturbo, no los toco, amo… me toco directamente… "abajo".

-Entonces, tendré que enseñarte yo. Primero, acaricia tus pezones con las palmas de las manos – mi esclava obedeció – Eso es… ahora, cógete las tetas con las manos. Así, muy bien, apriétalas un poquito, muévelas. Y ahora, pellízcate los pezones… ¿estás sonriendo?

-S…sí, amo… me da corte, pero… me gusta. – Mi ama abrió ligeramente los labios, no para suspirar, sino como si quisiera decir algo más, pero no se atreviera. Y casi se me paró el corazón del susto cuando me di cuenta que no necesitaba preguntarle qué era. Ya lo sabía. Quería decirme algo como "me gustaría que me los tocaseis vos"… Una vez más, Mariposa emergía a la piel de mi esclava, quería dominarme, ser ella quien dirigiese la función, y no se lo permití; si le preguntaba qué quería decir y me contestaba eso, sería incapaz de guardar la compostura, ella lo aprovecharía y me usaría a su antojo. "Qué difícil es ser amo" pensé "Cuando soy Imbécil, me basta con obedecer, dejarme llevar, no necesito pensar… cuando soy Athos, tengo que estar alerta todo el rato, porque Mariposa siempre quiere estar encima". Pero tenía que seguir. Yo sabía qué me apetecía ver, me apetecía verla sucia. 

-Milady, ¿tienes leche en la nevera? 

-Sí, amo Athos. 

-Bien, ve a buscar un par de cartones, y un mantel de plástico. – Mi esclava miró a la cámara con gesto de extrañeza, pero obedeció. Ocaso era una mujer pulcra hasta el extremo, una de sus primeras órdenes como Mariposa, cuando nos conocimos, había sido que yo le recibiera siempre limpito y aseado… hoy, me iba a llevar mi pequeña revancha, ella me había hecho darme cuenta de lo desastrado que era, y yo quería hacerle ver que un poco de suciedad, podía ser muy divertida…

-Ya lo tengo todo, amo. – contestó. Se tapaba con el mantel de hule, decorado con florecitas.

-Extiende el hule en suelo, y arrodíllate sobre él. Siéntate de rodillas… separa los muslos. ¿Te gusta la leche…? – dejé el final de la frase tan declaradamente en suspenso, que Milady me miró casi con horror.

-Amo… ¿no querréis…? Amo, por favor, no… por favor, es una lástima, habiendo tantos niños que pasan hambre en el mundo, desperdiciar la leche…

-¿Desperdiciar? ¿Quién ha hablado de eso…? La vas a utilizar, y puedes creerme, que vamos a darle muy buen uso. – Me sentía travieso, me sentía taimado, y me encantaba. – Coge el cartón, ¿está abierto? – mi esclava asintió, casi temblorosa – Bien… echa la cabeza hacia atrás, y vuélcalo en tu boca. De golpe, quiero que te chorree por la cara. – Milady miró el cartón de leche. Miró a la cámara. Sus ojitos parecían suplicar, estaba tan guapa así, desnuda, con los muslos abiertos… - Vamos, ¿esperas que te mande una invitación escrita en pan de oro? Vuélcatelo encima, Milady. 

Mi esclava cerró los ojos con fuerza, echó hacia atrás la cabeza y se volcó la leche encima. Chilló de sorpresa y se rió, enderezándose de nuevo, con los hombros encogidos, mientras goterones de leche le caían de la cara y le escurrían por el cuello y el pecho, ¡ahora sí que tenía los pezones durísimos, hasta desde la cámara se veían! 

-¿Está fría? – pregunté, intentando contener la risa.

-¡Muy fría, amo, está helada! – Milady sonreía… y yo conocía esa risa. Era su risa de niña, su risa alegre, bajo la cual sólo había simple contento, nada más. Era la risa que se le escapaba cuando se olvidaba de todo, de que era una dómina, que había sufrido abusos, intentado suicidarse, sus fobias, sus miedos, su otra personalidad… entonces, era simplemente Ella, aunque todavía no supiésemos bien quién o cómo era Ella. Adoraba esa risa.

-Vierte más leche en tus pechos, empápalos… algún día, si te portas bien, quizá sea yo mismo quien te inunde con mi propia leche… ¿eso te gustaría?

-¡Oh, amo…. Ojalá eso sea pronto! Quiero vuestra leche, vuestro semen… seguro que estará muy bueno y calentito, y será espeso, no como esto, tan frío y aguado… Por favor, amo, decidme que nos veremos pronto… - Se había acercado a gatas hasta la cámara, con los pechos bamboleándole, goteando leche, y la cara sucia. Mi pene quiso reventar ahí mismo, y me puse a frotarme con las dos manos, y tuve que recordar sacarlo de los calzoncillos, mientras los ojos se me cerraban de placer, y yo me esforzaba por pensar, porque mi primer impulso era el de saltar de la silla y correr a su casa, tal como estaba, en bata y gallumbos, aunque ni siquiera sabía aún dónde vivía… el placer me hizo doblarme en la silla, convirtiendo mi columna en agua tibia. 

-Eso… dependerá de muchas cosas, dependerá de que sigas siendo buena y obediente… venga, vuélcate la leche en las tetas… - saboreé las palabras, estaba perdiendo el control, pero no podía evitarlo, ¡era demasiado para un pobre ex pagafantas! Milady se lamió los labios y sonrió, una sonrisa cariñosa, llena de esperanza, y volvió al mantel, tomó el cartón de leche y se lo derramó en las tetas, poniendo cara de sorpresa, y la tripa se le encogía por el frío… gotas de leche rebotaron en su piel, saltando… hilillos de líquido blanquecino le resbalaban por el cuerpo, por el entreseno, la tripa, y bajaban hasta su rajita depilada, caían entre sus muslos abiertos… aaaah, Dios, me iba a correr como un burro…. – Acaríciate… - apenas podía hablar, y Milady sonreía al oír mis esfuerzos. Se acarició las tetas empapadas, y agachó la cabeza para lamérselas, intentando mirarme a la vez. Mis manos en mi polla aceleraban más y más, apretándome, y cada pocos segundos, un temblor de placer me hacía tiritar en la silla. Era como si mi esclava estuviera haciéndome burla, jugando conmigo en lugar de yo con ella, Milady era tímida, pero la mujer que se acariciaba, que estaba bajando las manos peligrosamente a su intimidad, ya no era tímida en absoluto, y había en ella más de Mariposa que de Ocaso… ¡pero qué me importaba eso a mí a estas alturas!

"Me da igual si me desafía un poquito… si a cambio, me da este placer y me deja hacerme la ilusión de que soy yo quien manda…" pensé confusamente, en medio de un placer dulcísimo. Milady se hacía cosquillas en la vulva, veía aletear sus dedos, y con la mano libre, se volcó otra vez el cartón de leche, en la boca, abría y cerraba la boca, tragando parte de la leche, mientras la mayoría se derramaba por su cuello, sus tetas, temblaba y goteaba en sus pezones, y caía entre sus muslos, formando un charquito, mientras ella me miraba con los ojos entornados… Mi cuerpo empezó a temblar, las patas de la silla golpeteaban en el suelo, y fue como si un terremoto tuviera lugar en mi estómago.

-¡Milady… me corro….! – sólo atiné a decir, y mi esclava tomó el segundó cartón, y lo agitó entre sus manos, le quitó el tapón y se lo lanzó de golpe a la cara, manchándose incluso el cabello; entendí qué quería que imaginase, y lo consiguió… un escalofrío delicioso me estremeció todo el cuerpo, y mi polla estalló como un volcán, soltando un potente chorretón de esperma, mientras yo tiritaba, y mi culo se contrajo con tal fuerza que me dolieron las nalgas, y los dedos de mis pies se encogieron, ¡qué placer…! Jadeé, desmadejado en la silla, con la polla dando espasmos que me hacían sonreír de gustito, y viendo como el manchurrón de mi tripa se escurría lentamente… también mi polla estaba manchada, notaba las pelotas mojadas, y unas cosquillitas muy dulces al escurrirse el lefazo por entre mis piernas… qué bien me había quedado. Milady se reía, era una risita con un cierto punto de superioridad, pero aún así, amable. 

-¿Os ha gustado, amo? Os he oído gemir mucho… 

-Milady… has hecho muy feliz a tu amo… si ahora estuvieras aquí, te premiaría dejando que lamieras mi pene…

-¡Oh, sí, amo, eso me gustaría mucho! – batió palmas. Y yo reí con sorprendida incredulidad… mi ama poco menos que detestaba los fluidos corporales, si a alguien le tocaba lamerlos, era a mí, y me hacía lavarme poco menos de pies a cabeza cada vez que me corría. La idea de verla lamiendo despacito mi pene, recogiendo los restos de mi corrida y dejándome limpio a lengüetazos, me puso a presentar armas de nuevo, pero aún así, decidí que era mejor despedirme de Milady por esa noche, había que saber ser gradual.

-Bueno, esclava, te has portado muy bien. Te dejo con una sola orden, y es que te masturbes, pero… tú decides si vas a masturbarte después de haberte lavado, o así, empapada de leche. La próxima vez que me apetezca divertirme, ya me contarás cómo lo hiciste. Adiós. – Cerré la ventana, pero cuando mi esclava oyó mis palabras de despedida, me lanzó un beso a toda prisa. Yo tenía la mano en el ratón y no fui capaz de moverme. Un beso. Me había lanzado un beso. Mariposa, los gestos de cariño los daba con cuentagotas, pero Milady… mi esclava sabía que su amo tenía una debilidad, y era la necesidad de sentirse querido, y lo aprovechaba para sí. Yo sabía que un amo no debía tener sentimientos, si yo me hubiera atrevido a lanzarle un beso a Mariposa, ella me lo hubiese reprochado como una falta de respeto y me hubiera castigado por ello… pero a mí me daba vueltas el corazón, no podía dejar de sonreír, y tenía ganas de ponerme a pegar gritos de alegría, ¡había sido un éxito! Mis primeras sesiones de dominación como amo, ¡estaban saliendo bien! Mariposa tenía muchas tablas como ama, pero cuando era Ocaso, era sólo una mujercita tímida, una chica gris que se ocultaba tras sus gafas oscuras aún en la oficina, porque era fotofóbica, que apenas hablaba, y en la que nadie se fijaba… y ahora, era Milady. Mi esclava. Cuando pensaba en ella de ese modo, tenía muchas ganas de abrazarla, apretarle la cabeza contra mi pecho y decirle cosas como "mi chuchita, cuchirritina"… me daba la impresión de que se trataba de alguien muy pequeño y frágil, alguien que necesitaba de mi protección y mi cariño. Yo era el primero que sabía que no era así, tanto como Ocaso, como Mariposa, mi ama sabía componérselas muy bien sola, pero a mí me daba esa impresión aún así. 

"¿Será eso lo que siente por mí Mariposa?" Me pregunté al día siguiente, por la mañana, mientras me duchaba sin prisas. El festivo del miércoles, lo habían movido en el banco al viernes para juntar tres días, así que no trabajaba y podía pasarme una hora bajo la ducha si quería. Mariposa vendría esta tarde, quería estar bien presentable. "¿Cuando soy Imbécil… me verá mi ama como a un ser pequeñito y desamparado?" En ocasiones, ella me había dicho que soy un infelizote, y tiene razón… tal vez, ella me viese así realmente. Pero Mariposa, sin dejar de ser también ella, era distinta. No llevaba gafas nunca, era segura de sí misma, hablaba más que nadie, ponía los brazos en jarras… "Me gustaría hacer algo que me diese más seguridad…. Algo que… me distinguiese. Algo que me dé pinta de amo, que me haga parecer otra persona más fuerte…", pensé, mientras me daba jabón en la cara, tengo un espejito dentro de la ducha para afeitarme dentro, me resulta muy cómodo. Y mientras me enjabonaba la cara, sonreí. Sin duda, a Mariposa, no le haría demasiada gracia, ella que es tan pulcra… pero a mi esclava, tal vez le gustase la idea. "Mariposa me verá así cuando venga mañana… pero Milady tardará más tiempo, cuando ella lo vea, ya tendrá forma", me dije. Y me afeité, sólo en parte. 


*********


-¿Puede saberse, Imbécil, qué te has hecho en la cara….? – No podía evitar sonreír. Mi esclavo se estaba dejando barba. Se había afeitado las mejillas, pero se había dejado la línea de las patillas hasta la mandíbula, y un bigote que se juntaba con la perilla. Sólo se veía la silueta, se notaba que la barba era de hoy, pero el dibujo ya estaba ahí, y pensé que le daba aspecto de conspirador de la corte, de secretario de los rumores, pero no se lo dije. 

-Quería… bueno, cambiar de look. ¿No os gusta, ama…? – Tenía el aspecto de un niño que le ofrece a mamá un pastel de barro por el Día de la Madre, presintiendo que para esas ocasiones, se regalan otras cosas, pero a sabiendas que eso, es lo mejor que tiene a su alcance. Acaricié la suave perilla, aún sin formar, y mi esclavo cerró los ojos de gusto, como siempre que le hago alguna caricia.

-¿Esperas impresionar a Ocaso con una barbita de cabra filósofa…? – le hice cosquillas en la garganta, y mi Imbécil sonrió con su risilla de tonto cachondo, mientras su ropa interior se abultaba considerablemente. Me encanta ver cómo puedo hacer que se ponga erecto sólo con una atención… pero en esa ocasión, en su risita de tonto cachondo, había algo más. Un tono que yo no le conocía. Apenas lo oía, pero estaba ahí, podía intuirlo… era como si estuviese guardando un secreto.

-Impresionarla, no, ama… No pretendo impresionarla. No con la barba, al menos. Pretendo sólo… bueno, tener otro aspecto menos cándido. Vos siempre me decís que tengo cara de demasiado bueno. – Me sonrió, y en su sonrisa, lo vi claramente. Estaba convencido de que ya me tenía, que a Ocaso le gustaba tanto ser su esclava, que no sería capaz de dejarlo pasado el mes, y yo perdería la apuesta… una parte de mí se sintió furiosa al ver esa expresión marisabidilla en su cara, pero otra, me recordó nuestro jueguecito de anoche "Ten calma, eres siempre TÚ quien manda", me dije. Eso de fingir que era su obediente esclava, había sido muy divertido. Bueno, no tanto, había sido curioso, más bien. Eso es. Sólo curioso, interesante. Paseé mis dedos por su incipiente bigotito.

-¿Sabes cómo llaman a estos bigotes finos, Imbécil…? ¿Lo sabes? – Mi esclavo negó con la cabeza mientras me besaba los dedos cuando se los ponía a su alcance, e intentaba lamérmelos o apresarlos en su boca. – Los llaman "el placer del conejito", porque hacen cosquillas… ¿Te apetece hacerme cosquillas con tu bigotito, Imbécil?

Mi esclavo puso cara de intensa felicidad y se arrodilló de inmediato, frotando su cabeza contra mi muslo, besando mis piernas, para que yo me sentara enseguida y le dejase darme placer. Es cierto que no era más que un imbécil, pero era MI Imbécil, y me gustaba que fuera tan solícito. Me senté en su cama y abrí las piernas, para dejarle sitio entre ellas, y se lanzó a besarme la cara interior de los muslos, frotando su recién estrenado vello facial en mi piel, haciendo, efectivamente, cosquillas, muy dulces y traviesas… "¿Te he enseñado bien, o eres tú un buen alumno?"… pero cuando estoy recibiendo placer, no me apetece pensar, de modo que simplemente, disfruté de sus besos, y cuando empezó a lamerme, acercando cada vez más su lengua a mi intimidad, me invadió un gusto tan intenso que… el deseo que se coló en mi cerebro, me avergonzó. 


*************


El lunes por la mañana, yo estaba en mi puesto, silbando alegremente mientras trabajaba con muchas energías. Había pasado un finde estupendo con Mariposa. Mi ama había tenido unos altibajos extraños, tan pronto estaba fría como el hielo, como me dejaba apoyar la cabeza en su vientre y me acariciaba el pelo y la nuca, pero yo no le daba demasiada importancia. Estaba conmigo, eso era todo lo que yo precisaba para ser feliz. Ocaso estaba también en su puesto, ignorándome por completo, como yo a ella. Los dos fingíamos no conocernos, pero yo, como el gilipollas irredento que soy, no podía dejar de mirarla furtivamente, o de quedarme colgarrón cuando la veía pasar. Ricardo, mi mejor amigo, estaba empezando a sospechar que era ELLA la misteriosa chica por la que sabía que yo estaba colgado, pero viendo la enfermiza timidez de Ocaso, tuvo el buen juicio de no hacer ningún comentario. Quien sí lo hizo, fue Nélida, mi ex princesa. La chica que me había tenido como pagafantas durante más de medio año, sin ser capaz de decirme que no, mientras se zumbaba todo lo que quería, y yo sopitas… afortunadamente, su comentario, no fue sobre Ocaso, sino sobre mi cambio de aspecto.

-¿Y esa barba? – me dijo cuando se acercó a mí, para darme unos certificados que sólo puedo mandar yo. Mi barba había crecido durante los tres días festivos, y aunque aún distaba mucho de ser tupida y espesa como yo la quería, ya era mucho más que una sombra, estaba definida y decididamente oscura. El bigotito fino no me hacía nada viejo, la barba arrancándome de las patillas me hacía parecer menos carirredondo, y la perilla me daba un aire… casi arrogante, me encantaba. 

-Me apetecía cambiar. – sonreí, tomándole los papelotes que me traía y sin darle más importancia. Hacía tiempo que Nélida no me importaba, igual que yo no le importaba a ella, pero mi reciprocidad, era un golpe para su orgullo. Me miró con una sonrisa paternalista.

-No te favorece nada, afeitado estás mejor. – Hace apenas dos años, esa misma frase me hubiese hecho sentir ridículo y miserable, y hubiera aprovechado el descanso del curro para ir a comprar una maquinilla y afeitarme en el cuarto de baño. Hoy, me hizo devolverle la sonrisa paternalista y contestarle:

-Nélida, no me la he dejado para que te guste… a ti. – No podía decírselo más claro, y puso cara de princesita ofendida, y de sorpresa, lo último que podía esperarse, era que yo le contestase algo así.

-Qué borde eres. – dijo muy deprisa, y se largó. Me encogí de hombros, ¿qué quería que le dijera, que mi vida ya no estaba supeditada a sus caprichos…? Eché una mirada a Ocaso, se sentaba muy cerca, quizá lo había oído. Mi esclava estaba colorada y totalmente quieta en su puesto. No tecleaba, no se movía, y creo que ni respiraba. La miré fijamente, hasta que notó que la estaba mirando, y medio vi sus ojos moverse, bajo las gafas oscuras, y al ver que, en efecto la estaba mirando, de golpe miró de nuevo al monitor, y tomó rápidamente un pañuelo, como si fuese a sonarse… pero a mí no me engañó. Se estaba riendo.

martes, 26 de noviembre de 2013

Haciendo niños... literalmente.


     -Sigue… ¡Si-sigue…! Mmmmh… sigueee… - musitaba Irina, muy bajito, mientras la acariciaba. Yo estaba tendido a su espalda, los dos de lado, y la abrazaba con una mano, mientras la masturbaba con la otra, muy despacito, muy suavemente. De vez en cuando, ella musitaba mi nombre, “Oli…”, así, a media voz, entre gemidos, y me derretía de amor por ella. Hubiera querido tenderme sobre mi mujer, o verla saltar encima de mí, pero su preciosa pancita de embarazada, muy avanzada ya, nos impedía hacerlo en esas posturas, y yo mismo temía abusar… la verdad es que mi Irina llevaba su estado con una alegría que me extrañaba, por lo que había visto en mi hermana y leído por ahí… pero me traía loco. Después de unos primeros meses durante los cuales, ni ella ni yo habíamos estado demasiado bien por culpa de mi trabajo, al ver solucionado ese problema, al tener otra vez tiempo para vivir, nos habíamos refugiado el uno en el otro de una manera casi animal. Prácticamente, ni salíamos. Nuestros primos, Beto y Dulce (sanguíneamente, Beto es sólo primo mío, pero le tenemos tanto cariño a él y a su novia, que los consideramos primos a los dos, y de los dos), si querían vernos, habían tenido que venir ellos a casa, porque casi no salíamos, como no fuera a llevar al parque a Román y Kostia, nuestros gemelos… apenas un año les separaba del que iba a ser nuestro tercer lanzamiento editorial, al que sólo le faltaban unas semanas para salir a las estanterías… mi mujer dice que sólo un bibliotecario, sería capaz de expresarse así de un hijo, y me hacía gracia. Porque tenía razón. 

     -Irina… mi Irina… - La apretaba contra mí, sentía en mi pecho los latidos de su corazón, su sudor se pegaba a mi piel, y su respiración vibraba en el brazo con el que la rodeaba, me acariciaba la piel… sus caderas se balanceaban, frotándose contra mi mano, y contra mi erección. Tenía el miembro empapado y sucio de antes, las sábanas estaban manchadas, no era la primera vez esa noche que me metía dentro de ella, pero otra vez tenía ganas…. Como ella. Pero antes de volver a penetrarla, quería darle un orgasmo a base de caricias, quería hacerla temblar y estremecerse entre mis brazos, ver cómo titilaba de gustito y tiritaba bajo mis caricias… Dios mío, ¿cuántas semanas llevábamos así, haciéndolo todas las noches, varias veces, y en ocasiones hasta por las tardes? Ya había perdido la cuenta, y no me importaba. Román y Kostia nos agotaban, nos acostábamos que nos dormíamos de pie… y sin embargo, nuestros cuerpos reaccionaban solos, y nos pedían mimos, y no había manera de evitarlo. Me dolían las corvas, me escocía la entrepierna y me costaba Dios y ayuda levantarme por las mañanas, pero ¡qué feliz era!

     -Ahí… ahí… mmmh, Oli… ay, qué suave… qué… qué dulce me lo haces… ¡más! – suplicó mi mujer, apretándome la mano con la que la abrazaba, frotándose contra mí, buscando ensartarse en mi miembro… yo mismo me movía, mi pene entre sus piernas se extasiaba de calor, se acariciaba con su sexo, tan calentito y suave… Irina apretó las piernas de golpe, y me apresó entre ellas.

     -¡Aaaaaaaah… Irina…. Mala! – musité, tapándome la boca con su hombro, luchando por no gemir en voz alta, para no despertar a los gemelos, que dormían en la cunita doble, junto a nuestra cama. El latigazo de placer había sido una ola de delicia que me había recorrido desde los testículos, expandiéndose por todo mi cuerpo, llegó hasta los hombros y me hizo encoger los dedos de los pies, casi fue como si hubiese terminado… pero no, no había llegado aún, y una traviesa impaciencia me dominó, quería acabar, tenía muchas ganas de meterme dentro de ella una vez más, no sabía si podría cumplir mi deseo de hacerla llegar a ella primero… intenté centrarme en mi miedo a que una vida sexual tan intensa como la que llevábamos, pudiese perjudicar al bebé. Ya sabía que no, se lo había consultado al médico.

     “Durante el embarazo, las mujeres segregan hormonas que les cambian mucho el carácter”, me dijo don Álvaro, mi médico, cuando le pregunté acerca de… la alegría que tiene Irina últimamente, que es cierto que mi mujer siempre ha sido muy animada en el sexo, pero ahora mucho más. “Igual que a algunas les da por sentirse tristes y llorar por cualquier cosa, otras se sienten muy felices y se quieren muchísimo, y otras tienen mayor apetito sexual. Son hormonas, les puede dar por eso perfectamente. Mientras no intentéis posturas raras, mientras ella esté cómoda durante el coito, no hay nada que temer”. Me sentí aliviado al saber esto, Irina no sabía que yo había ido al médico a preguntarle esas cosas, pero aún así, quise saber algo más… A mí me encanta hacer el amor con Irina. Ella ha sido mi único amor en la vida, aparte de los libros y de mi trabajo; ella me hizo un hombre, con ella perdí mi virginidad, la quiero más que a nadie en el mundo… me gusta estar con ella, y cuando digo “estar con ella”, me refiero “estar íntimamente con ella”… pero siempre he sido muy tranquilo respecto al sexo. Hasta ahora.

     Casi siempre, es mi mujer la que se acerca a mí, la que pide… yo, simplemente me dejo querer. Sólo muy de vez en cuando tomo yo la iniciativa, y eso, si entendemos por “tomar la iniciativa” cosas como “poner a Barry White en el equipo de música”, o “mirar de reojo cuando ponen un beso o una “escena” en la película que estemos viendo”, o, lo que es más penas todavía y lo reconozco, “decir que tengo frío cuando estamos juntos en la cama”. Pero últimamente, en estas últimas semanas… buf. Estoy pasando unas vergüenzas horribles, pero estoy empezando a pedir de manera más clara, a tomar un poquito la iniciativa. Anteanoche, por un ejemplo, cuando mi Irina fue a desnudarse para ponerse el camisón, se bajó las mallas y yo estaba a su espalda, la abracé y musité “no te pongas el camisón todavía…”. Mi mujer se rió, con esa risa pícara que tiene, y yo noté que me ponía como un tomate. Y ayer por la tarde, mientras los gemelos dormían la siesta, Irina les entornó la puerta de la habitación, ella estaba recién duchada, todavía tenía el pelo húmedo, olía tan bien, y llevaba una camiseta mía, que le queda muy grande y se le resbala por el hombro, y me pareció que no estaba tan guapa ni llevando trajes de noche, ni siquiera con el vestido de novia… y la tomé de la mano, y le dije “ven aquí…”, y la atraje hacia mí, la besé, y en el sofá del salón…

     Muerto de vergüenza, también le pregunté a d. Álvaro por eso. Mi médico me sonrió y me dijo que el aumento de mi libido, también era normal. “Si un hijo no une a una pareja, NADA lo hará”. Me explicó que muchos hombres se sienten muy excitados en el embarazo de sus compañeras, que era algo muy natural, nada de lo que avergonzarse… la verdad, que me quitó un peso de encima, porque yo me sentía como una especie de depravado sintiendo tanto deseo por mi Irina estando como está, como si debiera verla como una madre, y no como a mi esposa… Me alivió. Claro que yo, me sentía culpable hasta por masturbarme siendo adolescente, y eso que no lo hacía demasiado; mi padre me hacía hacer mucho ejercicio para agotarme y que yo no andase manchando en exceso los pijamas. Según él mismo y mi madre, masturbarse era cosificar a la persona que protagonizase tus fantasías, faltarle el respeto, insultarla… por eso, sólo lo hacía cuando realmente las ganas me gritaban y haciendo ejercicio o leyendo no podía sortearlas, y procuraba hacer lo que yo llamaba “a ciegas”, que consistía en pensar sólo en el placer que sentía, jamás en chicas o en lo que sentiría si besaba o tocaba a alguna… no siempre era fácil, porque simplemente, las chicas de los anuncios de desodorante o gel de baño, se incrustaban en mi cabeza. No digamos si había visto una peli policíaca o de terror en la que saliera un club de strip-tease, o alguna chica ligera de ropa… me sentía terriblemente culpable. En eso, como en muchas otras cosas, había venido Irina a quitarme la culpabilidad y los prejuicios, y entonces, me picó la curiosidad respecto a…

      -Irina… cuando… cuando eras adolescente… ¿te tocabas así… como yo ahora? – pregunté. Por alguna razón, mi pregunta pareció gustarle mucho, la oí sonreír, y se esforzó por hablar.

     -Sí…. Sí, me tocaba… me gustaba mucho acaricia-¡ah…! Acariciarme… mmmmh…

     -¿Cómo… cómo lo hacías? – quise saber, mientras no dejaba de hacer cosquillas en su clítoris, y mi pene estaba ansioso por sumergirse dentro de ella, pero seguía aguantándome.

     -Mmmmh… me gustaba hacerlo… boca abajo… me tumbaba boca abajo y me acariciaba… hasta que mis braguitas se mojabaaan… y metía las manos dentro… mmmmmmmmmh…. Oh, sí…. Mis dedos resbalaban aquí… - subrayó, cogiendo mi mano, con la que le acariciaba la perlita temblorosa, y medio volvió la cara. Estaba muy roja, y sacó la lengua, para acariciarme los labios. Se me escapó un gemido del centro mismo del alma, y saqué la mía, para corresponder. Nuestras lenguas juguetearon mientras mi Irina temblaba en mis brazos, parecía tan indefensa… - Pregúntame más, Oli, cielooo… pregúntame cositas…

    Le excitaba hablar de eso mientras la tocaba, y sonreí, travieso, ¿podía preguntarle todo lo que yo quisiera…? Pues quería que me lo contase todo.

      -¿Qué sentías cuando… te tocabas?
      -Picor… cosquillas… - gimió dulcemente – era un picorcito… muy agradable… re… recuerdo que casi saltaba sobre mi mano… oooh… movía las caderas… mmmmmmh… movía el culito, de atrás adelante, frotándome contra mis dedos… haaaaaaaaaaah…. – Sólo de imaginarme a mi Irina descubriendo su placer íntimo, como ella misma lo describía, pensé que me iba encima… y mi mujer, estaba igual, le estaba llegando el gustito… y seguí preguntando.

     -¿Cómo empezaste a… aaah… a tocarte? – iba a decir “a masturbarte”, pero siempre he pensado que esa palabra suena tan fea…

     -Pues… mmmmmh… debía tener… diez, u once años… y… cuando veía en la tele alguna escena erótica… me subían unas cosquillitas, mmmmmmmmh… muy dulces desde abajo… me gustaba jugar a estirarme de las bragas, para que… me hicieran presión en el coñito… - haaaaaah… Dios, iba a estallar, iba a estallar ahí mismo, con el miembro fuera, preso entre sus piernas, iba a ponerla perdida… - Después… empezó a gustarme hacerme cosquillas con los dedos…. Haaaaaaah… era muy rico, pero… cuando lo hacía, siempre me quedaba con ganas…. Instintivamente, yo sabía que había algo más…

     -Sigue… Sigue, Irina, sigue hablando… - le rogué, mientras no dejaba de acariciarla, sus caderas daban golpes espasmódicos, y las mías buscaban casi frenéticamente su cálido agujero, y yo tenía unas tentaciones horribles de cogerme el miembro y guiarlo dentro de ella. ¡Pero era una tortura tan deliciosa la que sufríamos, que no quise pararla!

     -Haaaaaaah… u-un día… como notaba que… apretándome con las bragas, daba gustito…. Pensé en frotarme contra algo… mmmmmmmmh…. Y… me froté contra el pico de… de mi mesa de estudio… ooooh… sigue, Oli… si… sí…. ¡síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! – Irina pareció echarse a llorar, se estremeció dando un brinco sobre el colchón, su boca se abrió en un gemido mudo, y noté su pecho palpitar con fuerza, su respiración desordenada salir a bocanadas y su perlita estremecerse bajo mi dedo corazón, titilando contra mí… mi pene estaba pegado a su sexo, y noté una dulcísima oleada de líquido cubrirme el miembro, a latidos… haaaaaaaaaaaaaah… Dios mío…. Dios mío, me corría, no podía evitarlo…. Empecé a temblar, y quién sabe cómo, Irina pensó por los dos, metió la mano entre su piernas y me colocó en su entrada, aún más estrecha por el modo en que se contraía, y yo sólo tuve que mover ligeramente las caderas para… ¡aaaaaaaaaaaaaah, qué placer… qué dulzura! ¡Me había metido dentro de mi mujer en el momento exacto del orgasmo, mi pene pareció agradecer el calor en que lo sumergían devolviéndome un placer inenarrable… Irina gimió como una gatita, sintiéndome dentro de ella mientras aún daba contracciones de gusto, y mi descarga se derramó como miel caliente… me arrebujé más aún contra Irina, sintiéndome pequeñito y mimado… los dedos de mi mujer, entre sus piernas, me acariciaban los testículos, y sin darme cuenta, tenía de nuevo su boca sobre la mía, mientras los dos gemíamos como si fuéramos a echarnos a llorar…


*************


      -Otra vez, tienes que terminar de contarme lo de… - dejé la frase en suspenso, pero mi mujer sabía a qué me refería.

      -¿Lo de cómo me acariciaba el coñito hasta que me venía el placer y me quedaba con las piernas temblando y el cuerpo desmadejado de gusto…? – Mi Irina sonríe con picardía, y yo no soy capaz de sostenerle la mirada, ni aún a oscuras, se me escapa una risita, un “jijijí…”, pero asiento con la cabeza, y mi mujer me besa, y se ríe. Qué risa tan preciosa tiene… le acaricio la cara, y la beso largamente, mi lengua piensa sola, pero Irina no pone ningún reparo, al contrario, me abraza por la nuca y deja que mi lengua penetre su boca, me acaricia, y lleva mi mano a sus nalgas desnudas. Mi mano se pasea a placer por su trasero, sus caderas, y llega al frente…

     -Irina… o-otra vez estás empapada… - Mi mujer sonríe, pero de pronto, poner una cara muy rara.

     -¡Ay… AUH! – se dobla y se agarra la tripa.

     -¿Qué pasa? ¿Irina, qué tienes? – me incorporo en la cama, mi mujer me mira con los ojos muy abiertos, intentando incorporarse ella también.

     -Oli… eso… ¡AH! Eso no era flujo… ¡AH! – cierra los ojos de dolor - ¡A… acabo de romper aguas!

    Mi cerebro piensa estúpidamente “¡Pero si no es hasta dentro de tres semanas!”, pero las fechas se ven desbordadas por un borbotón de líquido amniótico; no es dentro de tres semanas, no va a ser dentro ni de tres horas, ¡es ahora, viene el bebé!

     -¡No te asustes, Irina, no te preocupes, voy por las llaves del coche! – Irina me toma de la mano y aprieta con fuerza.

    -¡No…. No va a dar… AH!

    -¡Espera, por favor… llamo a una ambulancia! – Mi mujer niega con la cabeza, me dan ganas de decirle “¡no empujes!”, pero no me da tiempo, ni a ella tampoco. Grita, fuerte, su grito de dolor atrona las paredes, y me aprieta la mano con tal fuerza que me hace daño. Y de pronto, todo queda en silencio. Y ese silencio se rompe por el sonido más hermoso del mundo entero: el llanto de un recién nacido.

     Enciendo la luz. Nuestra cama está roja, empapada, y en medio del charco, hay una cosita pequeñísima y arrugada, sujeta a Irina por un grueso cordón rosado. Mi mujer está llorando, un llanto silencioso, mientras recoge el bebé con infinito mimo, y se lo acerca al pecho, y éste deja de llorar al instante. En la cunita, Román se despereza, gimoteando molesto porque le han interrumpido el sueño, y su hermano Kostia mira  al nuevo bebé con ojos llenos de curiosidad. Y yo… yo estoy de rodillas junto a la cama. Es evidente que he caído fulminado, pero no recuerdo ni cuándo. Tampoco recuerdo haber llorado, pero noto en mis labios el sabor salado de las lágrimas. Mi mujer me mira con un cariño infinito en los ojos, y tampoco soy capaz de explicar cómo, porque me parece que voy flotando y no toco el suelo, pero de pronto me encuentro acercándole una enorme toalla limpia, y una especie de voz lejana me recuerda que necesitamos agua tibia, y tijeras esterilizadas… estoy tan extasiado, que me parece perfectamente normal cuando mi Irina, con los ojos arrasados en lágrimas, besa al bebé, limpiándole con la lengua los restos de placenta…


****************


     -Todo ha ido muy bien, han tenido ustedes mucha suerte… los partos-relámpago son muy traicioneros, menos mal que al menos, estaban en casa. - me dice el médico que ha terminado de reconocer a Irina y al bebé. Yo todavía estoy en una nube, no acabo de creerme que hace sólo un cuarto de hora, fuéramos sólo cuatro en casa y ahora, ya seamos cinco… Mi Irina está tendida en nuestra cama, entre sábanas limpias, y el bebé, ya limpio, mama de su pecho, tan pimpante. “Aún no estabas en el mundo, y lo primero que haces, es pegarnos un susto de muerte… si así es como empezamos, no quiero saber qué harás cuando llegues a los quince…”, pienso, divertido.

      -Ya sabes cómo se va a llamar, Oli. Sin discusiones. – me sonríe Irina, y niego con la cabeza, derrotado.

     -Jesús… ¿estás segura que quieres llamarle así? – sonrío, sentándome junto a ella en la cama y tomándole la mano - Oliverio Homobono, tercero… Por favor, Irina, no tiene aún una hora de vida, y quieres ponerle un nombre digno de un cincuentón…

      -Bueno, hoy día hay muchas chicas que tienen nombre de chico… - tercia el médico, ya recogiendo y a punto de marcharse. – Sé de una que se llama Tony…

      Una especie de campanilla parece sonar en mi cerebro.

      -¿Chica….? – Miro al médico. Miro a Irina. Mi mujer sonríe.

     -Pueees… a no ser que en lugar del cordón umbilical, le hayamos cortado otra cosa… sí, es una chica. Buenas noches…. Y salud para criarla. – El médico sonríe una vez más y se marcha. Irina sonríe más y más.

     -No… ¡Angelito mío! Irina, por favor, no la llames Olivia…

     -¡Por favor, Oli….! Quiero que lleve tu nombre, de verdad, de verdad lo quiero… Sé que no te gusta porque piensas en el tuyo, pero Olivia es un nombre muy bonito… por favor… - Sabía que estaba derrotado antes de empezar, con Irina no puedo discutir. Asiento con la cabeza, y mi mujer sonríe, con esa sonrisa tan luminosa que tiene, y me tiende a nuestra hija. Nuestra niña…. Mi niña. La tomo en brazos, y cabecea contra mí, buscando un pecho que no puede encontrar, pero se arrebuja contra mí de todos modos, pescando mi camisa entre los labios… le acerco la mano a la boca, y me chupa los dedos, y… ay, Dios, esta chiquitajilla es una chantajista, lo veo venir y eso que ni siquiera habla, va a ser como Irina, no podré negarle nunca nada… Voy a tener que aprender a ser firme, porque no quiero hacer distinciones entre ella y los gemelos, no quiero ser un mal padre que tenga favoritos, pero… mira qué bonita es. Nuestro tercer bebé… nuestro… y entonces, se me ocurre. “Te llamas Olivia, sí… pero ser, eres Tercero.”