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miércoles, 29 de octubre de 2014

Infiel sin saberlo.



     -Jupi, me voy a acostar, no tardes. – Sonrió Tupami y se marchó. Y Júpiter, que había estado casado dos veces anteriormente, supo qué quería decir ella. El “me voy a acostar, no tardes”, no era tanto una invitación clara como una declaración de guerra directa, y eso Jupi lo sabía. Igual que sabía que tenía que ir, pero que no podía ir, porque realmente, Tupami no era su mujer, aunque eso ni siquiera ella misma lo sabía. 

   Jupi ya llevaba varios días sospechando que Tupami se le iba a lanzar. Días en los que ella le miraba mucho, le sonreía más, y cuando se sentaba a su lado en la cena, no se limitaba a sentarse junto a él, sino pegada a él. A Júpiter le parecía mal quitarse, y, qué cuernos, a él le gustaba. Esa misma noche, la mujer había hecho que la pequeña PumpkinPie (“mamá dice que significa “pastel de calabaza””-le dijo la niña cuando se la presentó), la hijita de ella, cenase pronto y se acostase temprano; según dijo, porque había tenido un día de mucho ajetreo y le convenía descansar. Y ahora, le venía con el “me voy a acostar, no tardes”. Júpiter había permanecido pasivo durante los casi dos meses que venía durando ya su falso matrimonio; podía haberse hecho el arisco, sí, pero,… Sonó el intercomunicador y lo aceptó. 

    -Jupi, es tarde… - bajo la voz cariñosa de Tupami, se oía una sonrisa – Anda, ven a acostarte. – Cerró la comunicación. “No ha puesto imagen, sólo sonido. Malo, malo.”, pensó él. La posibilidad de que ella estuviera desnuda en la gran cama doble, hizo que su cuerpo empezase a reaccionar. Júpiter cogió la bebida helada que tenía frente a él y se la puso entre los muslos para calmarse. No quedaba otra, tenía que ir y… que fuese lo que los dioses quisieran. “¿Cómo me he metido yo en un lío tan absurdo?” pensó mientras se ponía en pie. 

     Había sido todo de golpe y porrazo. Dos meses atrás, él estaba preparándose para huir. Había pasado los tres años anteriores trabajando como portero de discoteca, y de repente, cayó sobre el club una acusación de tráfico de Minx, una droga alucinógena potentísima que podía provocar adicción sólo con olerla y podía matar a la cuarta dosis. Él no había estado implicado en aquello, pero habían ordenado su detención de todos modos, igual que querían detener a todo el que trabajase en el club. La noche de la redada, él libraba, y un compañero le pasó el soplo, que se largase, que no dejase que lo cogiesen. El ejército acababa de salir de la feroz batalla de Xaú-Biget y querían aplastar todos los puntos de venta; cualquier sospechoso de tráfico tardaría mucho tiempo en volver a ver la luz del sol si le pescaban. A punto de tomar un transporte interplanetario que le llevase a donde fuera mientras ese “donde fuera” fuera lejos, Jupi se encontró con un antiguo amigo suyo que le pidió un pequeño favor. 

     -¿¡Casarme?! – se indignó Júpiter cuando se lo pidió – Oye, ya he estado casado DOS veces, y una de ellas me metió de culo en la cárcel, eso es más que suficiente para cualquiera. – su amigo intentó meter baza – Peter, NO. Hacerte un favor, es guardarte una maleta, alojarte en mi casa, ¡hasta pegarle un susto al tío que se tira a tu mujer, pero no casarme por ti!

    -¡Por favor, Júpiter! ¡Es sólo un matrimonio de conveniencia, me caso para conseguir una herencia, pero me ha salido un plan estupendo, no lo puedo perder!


    -Peter, das asco. ¿Me estás diciendo que retrasas tu propia boda, para irte detrás de otra tía?

 
   -¡SÍ! ¡Tú no has vista a esa “otra tía”! Escucha: tú sólo tienes que presentarte allí diciendo que eres yo, ¡ella no me conoce, nunca me ha visto, para ella sólo soy un nombre y un par de frases de compromiso en unas cuantas cartas estúpidas! ¡No estamos enamorados ni nada así, ella se casa conmigo porque es mestiza! Dentro de un mes o dos, yo vuelvo, le digo cualquier tontería, y ya está, ¡le va a dar igual lo que yo haga o deshaga!

    Los mestizos, sobre todo los de determinadas razas, solían tener graves problemas sociales: ya no eran enteramente de su propia raza, pero tampoco eran enteramente humanos. Los lilius, por ejemplo, no hacían distinción alguna: para ellos, todo ser inteligente era merecedor de respeto con independencia de sus genes, no entraba en su naturaleza el hacer distinciones. Pero otras razas, como los mutantes que podían cambiar de forma, consideraban muy grave el juntarse con seres que no poseían esa particularidad. Los Andrómeda, que eran ondas mentales dirigidas por lo que ellos llamaban el Es, ni siquiera consideraban la posibilidad de juntarse con alguien que no fuera de su propia raza, puesto que el uso de un cuerpo físico les parecía algo tremendamente retrógrado y superficial… los mutantes de las razas no inclusivas sólo podían solicitar la nacionalidad lilius (y no todo el mundo estaba de acuerdo con sus ideas pansexualistas) o acogerse a un matrimonio con un humano para así tener la nacionalidad de Tierra Antigua. La mayor parte de estos matrimonios eran concertados y las parejas que los contraían ni siquiera vivían juntas; sólo se trataba de un contrato. 

    -Sé que estás huyendo – susurró Peter. Ese era otro de los defectos de su amigo: siempre sabía más de lo que te apetecía que supiera – Ella tiene un negocio en las Lunas de Zubeneschamali, iréis allí después de casaros. Piensa que si te buscan, buscarán a un hombre solo, no a un casado. – Júpiter se maldijo. Tenía razón, le venía bien y lo iba a hacer. Media hora más tarde, a las dos de la madrugada, estaba frente a un anciano juez de guardia diciendo llamarse Peter, que Júpiter era un apodo, con los documentos de aquél, y rogando porque su foto no hubiera sido enviada a los Archivos aún. 

     Tupami era una mestiza de la raza de los Herbos. Tenía la piel de color entre verde y rosado y el cabello de un intenso color verde brillante, con alguna que otra pequeña flor en él. No se trataba de adornos, las flores crecían en su propio cabello. Los Herbos habían evolucionado a partir de plantas, y aún los mestizos eran capaces de sobrevivir durante varios meses sin más alimento que sol y agua. Peter tenía razón: aquélla mujer realmente no le conocía de nada, para ella no era más que la posibilidad de que ella misma y su hija sufriesen la menor discriminación posible. Incluso le pareció notar cierto desagrado en los ojos de ella cuando le vio. No le extrañó demasiado, y la necesidad de huir era más apremiante que su orgullo. 

    Júpiter era fuerte, alto y rubio. Dicho así, suena muy bien, pero la realidad no se ajusta bien a las palabras simples. Era ancho de espaldas e hinchado de músculos; fuerte, sí, pero de aspecto mazado y recio, nada delicado. El cabello sólo le crecía de las orejas hacia atrás, largo y fino; rubio, sí, pero con una reluciente calvorota. Sus ojos azules estaban surcados de finas arrugas por el sol, y por una edad que, en pocos años, ya no empezaría con un cuatro. Su bigotón cuadrado le resaltaba la mandíbula y la nariz decía a las claras: “Fui boxeador”. En una palabra: su aspecto solía asustar a las chicas y era más fácil imaginarle como presidiario que como galán. 

   Tupami llevaba en brazos a su soñolienta hija, también de piel y cabello verderosados, que no aparentaba más de cuatro o cinco años, y que le estuvo mirando todo el tiempo que duró la ceremonia civil; las bodas mestizas solían celebrarse de madrugada, precisamente para evitar las molestas intervenciones de la Liga de la Raza o de algún inspector que pretendiese comprobar que era una boda verdadera y no un contrato, inspección que sería mucho menos probable una vez casados. A él le venía muy bien la hora, pero la pobre niña tenía una carita de sueño…  A la hora de firmar, la mujer estuvo a punto de dejarla en el suelo, pero de forma instintiva, Jupi se ofreció a tomarla. Tupami le miró con sorpresa, pero no pudo decir nada porque la pequeña, viendo que la salvaban de estar de pie, le echó los bracitos inmediatamente. Era increíblemente ligera, y, sin duda sorprendida por encontrarse a una altura inhabitual para ella, soltó con voz perezosa: 

    -Mami, ¡qué grandote es! – Jupi no pudo evitar reírse y Tupami sonrió. Es probable que allí empezara a liarse la cosa. “¿Quién me mandó a mí pretender ser educado?” pensó, mientras se lavaba los dientes. Aquella madrugada, cuando salieron del pequeño juzgado, Pie se le había quedado dormida en los brazos; Tupami le dijo que no hacía falta que la llevase, que la dejase en el suelo y que anduviese, que la niña ya no era un bebé para que la mimaran así… Pero Júpiter se negó, ¡si no pesaba nada! La llevaría con mucho gusto. Tupami parecía más sorprendida cada vez, e insistió, le dijo que estaría más tranquila si ella llevaba de la mano a la niña. Jupi tardó un par de segundos en darse cuenta de que estaba insinuando un miedo monstruoso a que él pudiera… hacer daño a la pequeña. El forzudo estuvo a punto de indignarse, pero vio auténtico miedo en los ojos de ella. Era indudable que alguien la había vuelto severamente desconfiada. “No te asustes de mí. Si lo prefieres, claro que te doy a la niña”, dijo, y una gran sonrisa aliviada apareció en la cara de Tupami. Apretó a la niña contra ella, y no tuvieron que caminar mucho, montaron los tres en el antigravedad de la mujer, y embarcaron directamente con él. El viaje a las Lunas de Zubeneschamali era largo, ocuparon su cabina y fueron inducidos al hipersueño. Cuando despertaron, casi dos días más tarde, empezó Jupi a respirar tranquilo. Pero sólo en lo relativo a su detención.

    Júpiter recordaba cómo la niña no le había quitado los ojos de encima durante mucho rato, hasta que su madre le advirtió que mirar tan fijamente, no era bien educado, y Jupi sonrió y le preguntó a la niña qué le daba tanta curiosidad para mirarle tanto. PumpkinPie tomó aire y disparó una batería de preguntas acerca de cuánta sopa había comido de pequeño, para qué tenía los brazos tan gordos, cómo era que sólo tenía pelo en media cabeza, para qué le servía el pelo en la cara, si sus ojos estaban hechos de agua y lo veía todo azul, si es que uno tenía que acordarse de parar de crecer y él no se había acordado, si podía ver su casa desde allí… “Has cometido un grave error”, sonrió Tupami, y Júpiter pensó que el interrogatorio policial cuando en su día le arrestaron, fue una amigable charlita al lado de la metralleta interrogativa de Pie, pero aún así, con paciencia contestó todas las preguntas de ella. Para cuando llegaron al Hotel que su madre regentaba, “el grandote”, como ella le llamaba, ya se había convertido en “su amigo el grandote”. Tupami parecía indecisa. Por un lado, suponía que le agradaba que, ya que tenía que tener a la fuerza un marido humano, éste fuese una persona de trato agradable, pero por otro, parecía todavía desconfiar de él y de su amabilidad. 

    “Hubiera sido mejor dejar que desconfiase de mí” pensó, enjuagándose la boca por tercera vez. Tomó un cepillo del pelo y se puso a peinarse. “Hubiera sido lo mejor, si ella me hubiese cogido miedo…” Pero Júpiter, a pesar de su aspecto forzudo, a pesar de tener su carácter y que a veces pudiera ser un poco enfadica, sabía lo terrible que era causar miedo. Desde niño había sido grande y fuerte y sus compañeros habían tenido miedo de él, le habían tomado por un abusón… Jupi, el mayor de otras tres hermanitas, se había criado siendo lo contrario a un abusón: un protector. Cuando llegó a la escuela y detectó a los abusones, se le removieron las tripas y no pudo cruzarse de brazos: se enfrentó a ellos. Desde entonces y hasta que cogió su trabajo de puerta en el club, siempre sucedía lo mismo; él veía un jaleo, una pelea, y se acercaba, preguntaba qué pasaba, y mágicamente resultaba que jamás pasaba nada. Con Tupami sucedió algo similar, y la mujer fue dándose cuenta, a medida que pasaban los días, que no sólo no tenía que tener miedo a su forzudo esposo de conveniencia, sino que incluso podía serle muy útil. 

    Tupami llevaba lo que había empezado como un modesto negocio, un hotel del amor. En las Lunas eran un negocio muy común, porque se trataba de un bonito destino de vacaciones. Ella tomó el alquiler de un “local sin determinar”, y cuando ella lo tomó, era poco más que un picadero para desahogos de cuarto de hora, pero la mujer lo reformó, lo arregló cuidadosamente, hizo habitaciones temáticas… y el local empezó a dar dinero de verdad. Tanto, que el dueño quiso recuperarlo. Tupami se negó, alegando que ella había alquilado sólo el local, el negocio le pertenecía y no lo pensaba abandonar. Y como era mestiza, el dueño la denunció, diciendo que estaba quitándole su negocio. El que ella tuviera los contratos perfectos, no pesaba tanto como su condición de mestiza y madre soltera, de modo que para que su situación fuera legal, tenía forzosamente que contraer matrimonio con un humano; mientras estaba sola, se la podía tomar por una estafadora, pero al casarse, era su marido humano su representante legal, y un humano no tenía armas biológicas para influir en la voluntad como una alienígena o una mestiza.

   Al no poder vencerla ya legalmente, el dueño del hotel había intentado chantajearla con una bajeza: secuestrando a su hija Pie. Aquello había sido hacía un par de semanas, y a Jupi aún se le ponía la carne de gallina pensándolo. La niña estaba jugando en la calle con otros chiquillos, al alcance de una voz de su madre. Él estaba en el patio trasero, pegándose con una vieja barbacoa eléctrica que no quería funcionar, y entonces oyó el grito de la niña, y no pensó, salió corriendo. En su carrera pasó a Tupami, que también corría hacia el hombre vestido de payaso que se llevaba a la pequeña; el falso animador iba montado en patines flotantes y volaba velozmente, pero Júpiter echó el resto, alargó la zancada, ganó terreno y le saltó encima. “¡Jupi, Jupi!”, gritó la pequeña, y el forzudo la separó del payaso, a quien agarró del cuello y levantó en vilo. Aún sin aliento, rugió con voz de trueno “¡¿A dónde te llevabas a mi niña?!”. Pero entonces, el hombre sonrió y simplemente desapareció. Se desvaneció en el aire. Había llegado a un punto oculto de teletransporte y sencillamente, se había ido. Júpiter se asustó. De haber dado sólo un par de pasos más sin que él le agarrase, habría conseguido llevarse a la niña. Cuando se volvió, vio a Tupami abrazada a Pie. La mujer lloraba y besaba la cara de la pequeña. “Gracias”- dijo la mujer. Y sonrió. Si antes la niña había simpatizado con él, ahora directamente era su ángel guardián. PumpkinPie presumió de él ante todos sus amigos de la calle, y por la noche le tuvo cogido de la mano durante toda la cena. Eso no le había importado, le gustaba y le hacía sonreír, pero también Tupami le había sonreído y a partir de esa noche había empezado a sentarse pegada a él, y eso claro que también le gustaba… pero es que no estaba bien, ¡Tupami no era su mujer! 

    “¿Y qué tendría que haber hecho? ¿Dejar que se llevasen a la niña delante de mí?” pensó Júpiter, pasándose el cepillo por 87ª vez. En ese momento, la luz del dormitorio se apagó, y por un lado se sintió mal por ella, porque se hubiese dormido, pero por otro se sintió muy aliviado. Mañana sería otro día. Salió silenciosamente del baño y abrió su lado de la cama. Sábanas limpias, olía muy bien… “esto era una encerrona en toda regla”, sonrió. Apenas se había tumbado, ella encendió la luz otra vez. Y Jupi estuvo a punto de soltar una maldición. 

    -Te has hecho rogar, ¿eh? – sonrió ella. Estaba tapada hasta las axilas, los hombros de suave tono rosa verdoso. Júpiter supo que ella no llevaba nada y sintió un fuerte tirón doble en las corvas. Ay… no tenía una erección tan rápida desde los quince. Mierda. – Jupi, quiero hablarte. – La mujer se deslizó junto a él, y al moverse, él vio un bordecito de encaje. Gracias a Lemmy, no iba desnuda. Tupami se colocó de lado junto a él, apoyada en el codo, y, como distraídamente, la sábana se deslizó por su cuerpo, dejando ver un corsé blanco que le aupaba el pecho de una forma que hubiera sido considerada pecaminosa por más de la mitad de la religiones existentes. Jupi cerró los ojos y resopló. “Ya era bastante malo pensar que iba desnuda, pero después del descanso al pensar que no lo iba, esto es peor todavía”, pensó, e intentó poner excusas.

    -Tupami, no pretendo molestarte, pero, lo que sea, ¿no podría esperar a mañana? Estoy muy cansado esta noche… - bostezó exageradamente, y ella le sonrió y le acarició el hombro con un dedo, en cosquillas. 

    -No es una charla larga, corazón. – “Ay, ay, ay… ¿Qué debe hacer uno en un caso así? La estoy obligando a ser infiel a su verdadero esposo… Claro que él la está siendo infiel a ella de todos modos. ¡Pero ella no sabe que yo no soy su marido! ¡Va a tener sexo extramarital conmigo sin saberlo!” Se agarró a la sábana y se tapó hasta la barbilla como única barrera, pero a Tupami aquello debió parecerle muy divertido, porque sonrió más aún. – Sólo quería decirte que… tú me has hecho darme cuenta de que estaba siendo muy injusta con toda la raza humana. Antes de conocerte, yo… bueno, a Pie desde luego no la trajo la cigüeña, estuve con otros humanos, y todos se aprovecharon de mí. Alguno me hizo verdadero daño… Yo llegué a pensar que todos los humanos eran malvados, crueles, embusteros incapaces de amar de verdad. – Jupi no supo ni a dónde mirar. Se sentía un miserable – Pero llegaste tú y me hiciste ver que existen personas amables, honestas, sinceras de verdad… y cariñosas. Que no todos los humanos son iguales, y que yo estaba siendo muy racista. El racismo que tanto me molesta cuando lo sufro yo, yo se lo estaba haciendo sufrir a los demás, y no me daba ni cuenta. – Los ojos de Tupami brillaron – Gracias.

   La mujer se inclinó ligeramente sobre él y le besó la mejilla. Fue pura suavidad, una caricia de ternura con aroma de flores, y hubiera quedado como un gesto de inocente cariño de no ser porque ella permaneció casi pegada a su cara durante unos segundos y de inmediato se dirigió a su boca. Apenas Júpiter sintió sus labios en los suyos supo que había perdido, que no tenía forma de escapar. Aún así, intentó hablar, pero ella siseó para acallarle y le acarició la cara. De repente, le estaba abrazando con una pierna y se frotaba contra él, y a juzgar por cómo sonreía, era indudable que podía notar que esas atenciones, no le dejaban en absoluto indiferente. 

    -Sé por qué quieres frenarme. – musitó – Porque eres una buena persona y no quieres que haga esto sólo por agradecimiento o por complacerte a ti. – se acomodó del todo sobre él y apretó tiernamente los muslos sobre su erección. Jupi soltó las sábanas y la agarró de la cintura, con los dedos casi reptando hacia abajo, hacia las nalgas. – Te aseguro que no es sólo por eso. – Tupami le miró los labios entreabiertos, por entre los que a Júpiter se le iba media vida en cada respiración, y se acercó a ellos con exasperante lentitud. Los acarició con los suyos, y finalmente los beso en medio de un gemido impaciente. Las manos de Jupi se crisparon en las nalgas de la mujer. Nalgas desnudas. Las amasó, encontró una fina tira de tela suave. “Corsé y tanga”, pensó, en medio de las caricias que a su lengua le prodigaba la de Tupami “Yo seré un embustero y tu legítimo marido un caradura, pero tú seducirías a una silla si te diera la gana”. 

    Tupami acariciaba el interior de su boca con la lengua, pero también le acariciaba todo el cuerpo con la piel, no paraba quieta sobre él, le acariciaba los brazos, las piernas, se frotaba contra el pantalón… Cuando al fin le soltó la boca, después de apresarle el labio inferior y darle tironcitos como si lo mamara, Jupi pensó que no iba a durar nada. Entre unas cosas y otras, llevaba casi medio año sin sexo. Con ella, llevaba dos meses viéndola caminar, sonreírle y tomar confianza lentamente, y como tres semanas viéndola ser atenta con él, viendo su silueta a través de la cortina de la ducha, durmiendo junto a ella y despertando con ella agarrada a su brazo o directamente abrazada a él… y deseándola. Aunque supiese que no debía. Todo ese deseo contenido se cebaba en él ahora y le hacía retorcerse debajo de ella de pura impaciencia; cuando ella se alzó y le colocó los pechos en la cara, aún cubiertos por el corsé, creyó de verdad que se volvía loco. 

    -Chúpalos… hazlo, y verás. – sonrió ella, y Jupi emitió un rugido hambriento y abrió la boca. Un sabor dulce se la inundó, y notó que la tela se deshacía entre sus labios, ¡era un corsé de azúcar, comestible! Aquélla mujer se había propuesto matarle, pensó mientras lamía como un loco, sus manos perdidas ya más allá de las nalgas, notando la humedad que desprendía. Empezó a acariciar sin reparo, y ella gimió al notar sus dedos coqueteando con su cuerpo. – Sí… acaríciame… - Las piernas de la mujer acariciaban las suyas y sus manos le hacían mimos en el cuello y las orejas, le acariciaban el cabello rubio y le apretaban contra sus tetas, ya prácticamente desnudas.

     “¡Qué preciosa es!” logró pensar, inundándose del olor que desprendían sus tetas. Un olor dulce a flores, pero ligeramente embriagador, como cuando uno hunde la nariz en un montón de rosas y de pronto le parece que todo huele a ellas. Tenía los pezones de color dorado, y al lamerlos, un suave polvillo, como purpurina, se desprendía de ellos. Sabía dulce, sabía aún mejor que el corsé, podría pasarse horas enteras chupándolos, y los apresó alternativamente entre sus labios; cada succión era respondida con un gemido de placer y una sonrisa, y mientras tanto, Jupi no dejaba de acariciar la empapada intimidad de Tupami, hasta que ésta se inclinó sobre él para besarle nuevamente, y empezó a bajar, besándole la garganta, el pecho… viendo a dónde iba, Júpiter la frenó, la tomó de los hombros y la apretó contra él.

   -No, no… es nuestra primera vez… - jadeó con esfuerzo – Abrazados. Hagámoslo abrazados. – pidió, y la infeliz Tupami pareció a punto de llorar de emoción, ella no podía saber que el único modo que tenía Jupi de medio descargar su conciencia, era decirse a sí mismo que en el fondo, habían hecho el amor, no tenido sexo improductivo.

    -Amor mío… - la joven suspiró de tal modo que Jupi estuvo a punto de confesárselo todo, pero entonces ella le besó una vez más, acariciando su paladar con la lengua en un cosquilleo tan rico, que el placer le dominó y no fue capaz. De hecho, sus manos se dirigieron a su pantalón y lo bajaron para dejar al descubierto la erección. Apenas ella notó el calor de su hombría, se hizo a un lado el tanga y se alzó. Júpiter tuvo que taparse la boca con las dos manos. Había entrado hasta el fondo de un solo viaje, y ella era estrecha, cálida, apretada. Tupami gimió. Jupi vio la cara de placer que ella ponía, una sonrisa abandonada, y un intenso color verde esmeralda, brillante, en sus mejillas. Y entonces, lo notó. Algo le estaba… tocando. Desde dentro del cuerpo de ella. 

    Júpiter respingó, ¿qué era… qué pasaba? La mujer vio su expresión de sorpresa y se le escapó la risa. Le tomó de las manos y él se las apretó, entrelazando los dedos. En el interior del cuerpo de Tupami, un montón de diminutos bultitos acariciaban el miembro de Jupi, pero enseguida, sintió algo más. “Son como… lenguas”, se dijo, sin poder cerrar la boca, tanto por la sorpresa como por el gusto. Una lengua húmeda, una especie de tentáculo le abrazaba la polla desde dentro, y enseguida otro, y otro más… aaaagh…. Uno se metió debajo la piel y empezó acariciar suavemente por dentro, ¡Dioses! ¡Era increíble! Los tentáculos empezaron a pasearse a placer por su virilidad en infinidad de caricias húmedas, y Jupi no podía parar quieto, sus manos apretaban las de Tupami y su cuerpo daba convulsiones, perdido en golpes de placer, cada uno mejor que el anterior.

      -¿Nunca lo habías hecho con una chica como yo? – gimió Tupami con dificultad, mientras sus caderas se mecían contra el cuerpo del forzudo. Era indudable que el acariciarle de esa manera, también a ella le daba placer. Júpiter negó con la cabeza, y ella sonrió. - ¡Qué lindo… es como si fueras casi virgen! Aaaah… 

    Júpiter se quemaba, pero se quemaba en un placer increíble que le hacía cosquillear hasta por dentro de la polla. Sin poder contenerse, empezó a bombear, y Tupami le sonrió más, mientras los gemidos se le escapaban. Las manos de Jupi se dirigieron a los pechos de la joven, y ella misma le apretó las manos contra sus tetas. Empezaron a moverse al unísono, combinando los meneos de caderas con los apretones en sus pechos, y pronto Tupami empezó a jadear sin poder contenerse; no había peligro de que la niña les oyera, su cuarto estaba insonorizado, si la pequeña llegase a llamarles, sólo la oirían ellos a ella, el intercomunicador infantil jamás funcionaba a la inversa. Eso les daba libertad para gritar a pleno pulmón si les daba la gana, y casi fue lo que hicieron. 

    Júpiter gemía su placer, jamás había sentido nada tan delicioso y potente; Tupami jadeaba, asombrada de sentir tanto bienestar; por regla general, los hombres con los que había estado se limitaban a tenderse y disfrutar de lo que el cuerpo de una Herbos podía ofrecerles, era la primera vez que uno intentaba ofrecerle más placer del que ella misma podía procurarse, ¡y era maravilloso! ¡La fricción de su miembro la llevaba al Jardín Paradisíaco! Notó que él estaba a punto, que no podía aguantar más, e hizo que sus tentáculos acelerasen el ritmo.

    Júpiter exhaló un poderoso gemido, ¡se iba a correr! ¡Ella estaba frotándole más rápido, las caricias de los tentáculos eran más potentes, y tan suaves, tan húmedas… haaaaaaaaaah… uno de ellos le cosquilleó la uretra, y ahí ya no pudo aguantar más! Un golpe de caderas, una fuente de placer, y una nube de polvo dorado se expandió por el cuarto. Y Júpiter lo vio todo a cámara lenta. Sintió el placer crecer lentamente, cebarse en su frenillo, y estallar en una ola cálida de gusto maravilloso. Sintió que su descarga subía con una lentitud imposible por su miembro y salía a presión del mismo, inundando la intimidad de Tupami. Y el placer no se detenía. Duraba y duraba. Segundos y segundos de placer, infinito placer saciado, mientras el polvo dorado caía tan lentamente a su alrededor, que parecía no caer… sólo cuando estaba a punto de llegar a su piel, cayó de golpe, y el tiempo volvió a su velocidad original. 

    Tupami le sonreía, mientras seguía frotándose. Jupi jadeaba y sus músculos daban pequeñas contracciones. Su ano se cerraba en calambres y su polla, aún dentro de ella, daba los últimos golpecitos de un placer inenarrable. Jamás había tenido un orgasmo tan largo, había oído decir que los orgasmos largos eran privilegio del sexo femenino. “Si es así como lo sienten ellas, no sé cómo les puede doler nunca la cabeza…” pensó con lentitud. Sólo un poco más tarde se dio cuenta que Tupami seguía frotándose y gimiendo sola; no había terminado. Jupi miró hacia abajo: su miembro seguía preso dentro de ella, erecto aunque él no sintiese nada especial. En el cuerpo de la mujer, había un botoncito de intenso color rosado, gordito y extrañamente grande. Júpiter se lamió los dedos índice y pulgar y sin avisar, lo pescó entre ellos. 

    Tupami ahogó un grito y su cuerpo dio un temblor, ¡sólo ella misma se tocaba allí! A los hombres solía darles repelús un clítoris tan grande y gordito como el suyo, nunca… haaaaaaaaaaah… por favor, por favor, que siguiera… El forzudo sonrió. El travieso apéndice resbalaba entre sus dedos, era caliente y se podía jugar muy bien con él, y cada caricia parecía poner a Tupami fuera de sí, a juzgar por cómo se contoneaba y gemía. Sin dejar de acariciar, empezó a embestir, y la mujer gritó. 

    -¡Sigue! ¡Sigueee…!– atinó a pedir. Le tomó la mano libre y la agarró entre las suyas; Jupi la llevó a su rostro y la acarició, y la mujer le miró con infinita ternura mientras sus gemidos subían de tono. Júpiter movió los dedos sobre su clítoris como si lo cosquillease, rodeado entre sus dedos índice y corazón, y frotándolo con el pulgar, y Tupami puso los ojos en blanco. Se alzó ligeramente para dejarle más sitio para bombear, y Jupi comenzó a hacerlo a lo loco, a toda velocidad. La joven emitió una risa de placer, él no lo sabía, pero todos los tentáculos del interior de su vagina, eran sensibles como el suave clítoris que él acariciaba sin descanso entre sus dedos, ¡le estaba dando un placer maravilloso, iba a correrse con todos ellos!  El pubis de Tupami empezó a cambiar de color, su piel, entre rosada y verde, empezó a tomar un precioso color verde esmeralda, brillante, con tonos azulados, y empezó a expandirse por su piel, por sus muslos y su vientre, mientras sus gemidos se hacían más lánguidos y agudos. Sus muslos temblaban, potentes calambres la hacían estremecerse sobre Jupi, una gota de sudor perfumado se deslizó entre sus tetas, y al fin, un grito de pasión anunció su orgasmo. 

     Tupami se curvó hacia atrás, sus manos agarrando, crispadas, la mano libre de Jupi; éste notó que el clítoris se contraía hasta escapársele de entre los dedos, y un fuerte apretón le aprisionó la polla en espasmos rítmicos, pero eso no fue lo más espectacular: Tupami cambió de color por completo, todo su cuerpo se volvió verde esmeralda, a vetas azuladas; su cabello creció desmesuradamente, tomó un intenso color azul y pequeñas flores blancas empezaron a brotar del mismo y de nuevo, paf, la nube de polvo dorado lo coronó todo. Jupi vio que procedía de las flores de su cabello. Ahora la vio caer a la velocidad normal, porque no era él quien se había corrido, sino ella. El polvillo dorado era tan fino que apenas empezaba a caer, dejaba de verse, como el polvo que danza en un rayo de sol. 

     Tupami temblaba, aún echada hacia atrás. Su sexo daba contracciones, cada vez más espaciadas, y sus gemidos se iban cambiando a una respiración más normal. Le miró. Y se dejó caer sobre él con una sonrisa de cariño inmenso. Lentamente, su cuerpo tomó su tono verde rosado normal, y su cabello también volvió a su longitud anterior. “Si me hubiera metido Minx, no habría soñado nada mejor que esto”, pensó Jupi, abrazándola con los ojos cerrados, disfrutando de su calor y de su intenso olor a flores. Los dos se apretaron y estrecharon mutuamente, y Júpiter notó que un sueño dulcísimo le pesaba en los párpados y no pudo ni volver a abrir los ojos. 

     Debía ser muy tarde cuando el forzudo quiso cambiar de postura y despertó. Tupami seguía abrazada a él, respirando con regularidad. Tenía los brazos y la nariz muy fríos, y Júpiter subió más las mantas; la mujer perdía mucho calor corporal durante las horas nocturnas, por eso casi siempre cuando Jupi despertaba se la encontraba abrazada a él, su calor la atraía como la luz a las polillas veraniegas. Tupami emitió un entrañable gemido al sentir el calorcito, y besó el pecho de Jupi cuando él le acarició los brazos fríos con sus manos tan cálidas. El forzudo sonrió, aún sabiendo que estaba en un buen lío. Si sólo hubiera sido un revolcón, no habría sido tan grave, pero Tupami le quería de verdad, y él mismo no quería ya dejarla, ni dejar tampoco de ver a PumpkinPie. Le hubiese gustado pensar qué podía hacer, pero Tupami le acarició la cara con una mano fresca y suave, y sus ojos parecieron hacerse de plomo. Se durmió al momento. 
 




     -¿Comes tortitas? Entonces, ¿no es verdad que si sólo como dulces nunca creceré? – preguntó Pie a la mañana siguiente mientras desayunaban, al ver la generosa ración de jarabe de mushaté que Júpiter se servía en sus tortitas. 

    -Claro que crecerás. – dijo él, y al levantar la vista, vio a Tupami que le hacía gestos de negación, y se corrigió – Pero sólo si además de dulce, comes de todo, si no, te quedarás canija y debilucha y no podrás levantar ni una hoja del suelo. 



    Pie miró a su madre y ella asintió.


   -Te dice la verdad, igual que yo. Si no te bebes toda la leche y el ferti, te quedarás enana y no florecerás. – dijo Tupami. PumpkinPie, por un momento no pareció muy contenta con la idea de que su madre tuviese un ayudante, pero entonces Jupi le dijo que si se lo acababa todo, la enseñaría a construir un antigravedad de juguete para hacer carreras, y la niña sonrió, apañó el vaso de leche y empezó a beber a lo pavo. Jupi y Tupami sonrieron. Todo podría ir muy bien, de no ser porque poco después, el forzudo recibió un mensaje holográfico. Peter se había cansado de su otro plan y se preparaba para ir de regreso.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Todo queda en casa.



          -.Se trata de un modelo con muy poco uso, su antiguo dueño era un hombre ya mayor, jubilado y sin hijos, que precisamente lo vendió porque apenas lo usaba, prácticamente está nuevo.

     El cliente asintió. No estaba del todo convencido, y eso Bernardo lo sabía. Miró a ver si alguien se estaba fijando en él y se acercó un poco más al comprador.

     -Dígame, ¿qué no le cuadra? - sonrió, confidencial.

     -El precio. - dijo el tipo sin rodeos - Para un coche usado, sinceramente, se me hace caro.

     -¿Caro? ¿Un coche así? Señor, estamos hablando de un 2.0, de 180 caballos, y eso de usado Sería usado si lo hubiera tenido un padre de familia con tres niños, sería usado si lo hubiera tenido un estudiante universitario, sería usado si le hubieran dado USO. Pero no tenía ni mil quilómetros, ¡en un año! Su antiguo dueño lo compró, lo metió en el garaje y llevó con él al cine a su señora dos veces. Ese es todo el uso que le dio. Pruébelo si quiere, ya verá cómo responde.

     -No, no, si me lo dice usted
   
    -Insisto. Prefiero que lo vea personalmente. Damos una vueltecita a la manzana, y cuando vea cómo tira, va a ver que no es caro.

    El cliente casi se vio arrastrado al asiento del conductor mientras Bernardo se sentaba en el del copiloto y le iba hablando de cilindros y de bajos consumos. Tenía que reconocer que el coche iba con toda suavidad; no sólo le habían dado poco uso, también su antiguo dueño lo había conducido con mucho cuidado. Cuando regresaron al local de compra-venta de donde habían salido, el cliente aún quiso decir que tenía que hablarlo con su mujer, consultarlo con ella, ya volverían Bernardo le sonrió y le dijo que era normal, siendo para ella el vehículo. No, no, si es para mí”, contestó el cliente y entonces el vendedor atacó de nuevo.
 
    -Si es para usted, créame, no lo consulte, cójalo. Se lo digo de amigo: éste coche tiene ya más de un novio. Esta misma mañana ha venido un hombre que quería comprarlo para su sobrina, dijo Lo más fácil es que mañana, este coche no esté aquí, y sinceramente, me da pena que se lo den a alguien que no sabrá valorarlo, ni lo cuidará.

    -No sé… - sonrió el cliente - Mi mujer querrá…

    -Ande - Bernardo le dio suavemente con el codo - ¡Déle una sorpresa! Lléveselo, aparque frente a su casa y llámela. Le dice que se asome a la ventana y que mire. Cuando vea esto, le garantizo que no se enfada.

    El cliente miró al coche, tan bonito, tan cuidado, tan reluciente sonrió. Y asintió. Bernardo se empavó. Había vuelto a conseguirlo.


    
     -Y doce. - contó su jefe - Has vuelto a doblar el cupo, a partir de ahora, comisiones dobles, y sólo estamos a martes. Hijo, me vas a arruinar.

    -Ya será menos. - bromeó Bernardo. Llevaba trabajando allí desde los 19, desde que dijo que no estudiaba más ni a escopetazos y se puso a buscar curro como un desesperado, hasta que encontró aquella casa de compra-venta de coches usados casi de rebote y d. Ricardo le contrató. Aquél hombre le había enseñado todo lo que sabía sobre coches, seguros, mecánica y ventas, y tenía muy buen rollo con él. Bernardo sabía que tenía mucho que agradecerle; de no haberle contratado él, ¿dónde hubiese acabado un pobre niñato como él, sin más estudios que el bachillerato y sin saber hacer nada? Bien o mal, pero ahora sabía vender y llevar un negocio, tenía una vida hecha, no se podía quejar.

    -Quería decirte una cosa. Vamos a tener compañera nueva. - sonrió su jefe - Sabes que Alberto se jubila, así que voy a meter a la pequeña, a Roci. Ya va siendo hora de que se gane la vida ella y deje de chupar del bote de los estudios. - Bernardo asintió. Conocía de vista a la chica; cuando él entró, ella tendría unos 16, y los compañeros la llamaban Rocín para enfadarla, porque era muy dentona. Llevaba aparato para corregir precisamente eso, y que él recordase, era una niña tímida y estudiosa, siempre con las gafitas finas y la trenza que le llegaba casi al culo. Hacía unos años había ido a estudiar a una universidad privada y a vivir en un colegio mayor para estudiar Filología Hispánica, pero al parecer, una cosa era sacar la carrera y otra muy diferente, trabajar de ello, sobre todo teniendo en cuenta que, al parecer, la chica no quería ser profesora. - Te lo digo por tres cosas: la primera, que es posible que no venga de muy buen humor. Hemos tenido un par de peloteras en casa, que dice que ella no se ha pasado tantos años estudiando como una bestia para vender coches, que no le gusta, que no quiere Tú ni caso. No quiero que nadie haga favoritismos con ella. Tiene que currar como la primera y lo hará, o se las va a ver conmigo. A la primera que veas que se escaquea o que no trata a un cliente como debe, vienes y me lo dices.

    Bernardo no era precisamente amigo de chivatazos, pero asintió de todos modos.

    -Y la segunda, es que a ver si le echas tú una manita. Tú sabes vender, eres el mejor vendedor que tengo a ver si la enseñas. Tiene que hacer algo para ganarse la vida, yo no voy a estar siempre para pagarle carreras, yo sé que estudiar es muy bonito, pero es que no da dinero. Al revés, lo cuesta. No te pido que estés detrás de ella todo el día, pero sí que la ayudes un poco, hasta que se suelte y sepa vender sola.

    Bernardo sonrió y asintió de nuevo.

    -¿Y la tercera? - inquirió. D. Ricardo sonrió abiertamente y se levantó de la silla, mientras ésta chirriaba ligeramente al verse libre del peso del jefe.

    -Sabía que no se te pasaría por alto. La tercera es Tú eres el más joven, el que más se le acerca en edad. Mi hija es jovencita, y, pasión de padre aparte, es guapa. Como te acerques a ella más de lo debido, te corto los huevos, hijo.

    Bernardo se rió, y también lo hizo d. Ricardo, pero el joven vendedor vio un brillo de advertencia en los ojos de su jefe.

    -Pierde cuidado, Ricardo ¡yo estoy muy a gusto soltero! No me interpretes mal, pero no me interesa

    -Sí, sí, ya me lo sé. Es que a mí tampoco me interesaba su madre, y a los cuatro meses de conocerla, se casó conmigo embarazada de dos. Por eso, me conozco eso de los intereses. Yo sólo te lo advierto: ayúdala, haz que se sienta cómoda, que venda, sé el poli bueno, que el malo ya seré yo pero todo eso, de lejos. ¿Eh?
 
    -¡Eh! - asintió Bernardo. No tenía que tener miedo. Conocía a Rocío, y es verdad que era mona, que era simpática, pero a él no le gustaba especialmente ni ella, ni ninguna. Cuando le apetecía sexo, tenía dos o tres amigas, sin compromiso, y si ellas estaban ocupadas o no estaban por la labor, podía salir de bares y conseguir lo que quería. No es que fuese un galán de cine ni un tenorio, simplemente sabía qué quería, y lo pedía sin rodeos ni mentiras; si una te decía que no, pasabas a la siguiente. ¿Para qué querría él complicarse la vida intentando poner una pica en semejante terreno, cuando tenía todo lo que quería ya?




     Rocío no se sentía nada bien. Su padre le había dado un rapapolvo de los que hacen historia, ella sólo le había dicho que prefería buscar otra cosa, que no le gustaba la idea de trabajar vendiendo coches usados después de su carrera y de sus notas; para eso, lo hubiera hecho con dieciocho su padre le había contestado que si quería buscar otra cosa, que la buscase mientras trabajaba y hacía dinero, joder con la marquesa, ¿qué quería, pasarse año y medio buscando curro y mientras tanto, la sopa boba? ¡Pues no, señorita, aquí a ganarse el pan como los buenos, y no quiero malas caras ni borderías, ¿estamos?! Roci se sentía triste y enfadada, pero no podía hacer nada más que apechugar y tragar, ¿para eso había estudiado tanto, se había esforzado tanto y había sacado tantas matrículas de honor? Pero la verdad es que, fuera de estudiar, no se le había ocurrido pensar qué quería hacer con su vida y sus estudios. No le gustaba la idea de dar clase, no tenía talento para escribir, había buscado algo por revistas y periódicos, pero preferían gente que hubiera estudiado Periodismo y aún así era casi imposible entrar si alguien no te recomendaba desde dentro Papá tenía razón en parte, ALGO tenía que hacer, ya buscaría más tarde algo más acorde con sus estudios, pero mientras, ganaría algo de dinero y ayudaría en casa con él.

     -Venga, mujer, alegra esa cara - le dijo su padre en el coche aquélla mañana, llevándola a la tienda. - Te voy a poner a que Bernardo te enseñe, ¿te acuerdas de Bernardito, verdad? El chico pelirrojo de pelo rizado

    -Sí, me acuerdo - Roci no quería admitir que se acordaba sobre todo del miedo que pasó su padre cuando, a poco de contratarlo, se presentó el tío de Bernardo, un tal Luciano, que era inspector de Hacienda, porque quería revisar el contrato de su sobrino informalmente y ver si todo estaba en orden. El informalmente se convirtió en una auditoría de cuatro horas que estuvo a punto de costarle a Bernardo su recién estrenado trabajo, de no ser porque su tío descubrió que un tipo al que estaba investigando y alegaba no tener coche propio, se había comprado dos en el último mes, y a juzgar por sus antecedentes, se iba a olvidar de pagarlos. Su padre recuperó los dos coches, el sr. Luciano obtuvo sus pruebas y no encontró nada en las cuentas del compraventa, de modo que Bernardo siguió trabajando allí. En aquél momento, fue algo preocupante, pero recordado ahora, era divertido.

    -Bueno, pues él te va a enseñar a vender. Vas a ver que es un trabajo fácil y entretenido. Eso sí… a ver qué haces con el chico, ¿eh?

    -¿Qué quieres decir?

    -Quiero decir que como vendedor es el amo, pero como hombre, no quiero que se acerque a ti un palmo. Es un caradura, un mujeriego y un vago.

    -¿No es tu mejor vendedor? - se sorprendió la joven.

    -Precisamente por eso, vende tan bien. Es un sinvergüenza para intentar todo; mujer que entra a pie, mujer que sale en coche, y vende bien porque es un jodido vago que no vale para otra cosa más que pa´soltar carrete y enrollar a todo dios. Te lo digo porque con la tontería de enseñarte, lo mismo intenta enseñarte de más no te fíes de él, no te creas nada de lo que te diga y si intenta la mínima, a mí, ¿queda claro?

    -Sí, papá. - Contestó Roci, aunque más por costumbre. Por favor ella conocía de vista a Bernardo, era un chico guapo, y es cierto que un poco vivalavirgen, pero sensato. No iba a intentar nada con la hija del jefe, era demasiado juicioso para eso.

    Bernardo le dedicó una gran sonrisa y le estrechó la mano cuando su padre se la presentó formalmente, y casi enseguida d. Ricardo desapareció para dejar que la enseñara. Tú fíjate bien, le dijo cuando llegó el primer cliente. Y Rocío se fijó. Se fijó en cómo Bernardo le escuchaba con atención y hacía alguna pregunta sobre qué uso quería darle al coche, si era para llevar a los niños al cole o para trabajar En realidad, hizo pocas preguntas, porque el propio cliente le contaba todo, él se limitaba a darle la razón, sonreír y asentir. Parecía más una animada charla que una venta. Bernardo le enseñó un coche grande y bonito, un familiar, y Rocío pensó si Bernardo iba en serio el hombre le había dicho que se acababa de ir a vivir con su novia, ¿para qué quería un familiar tan grande? Pero Bernardo susurró algo y el cliente se rió y asintió, y en pocos minutos, se sacó el dni para formalizar la venta. Bernardo le dio los formularios, los rellenó por él mientras seguían de charla, y el hombre salió de allí con el coche puesto, más contento que unas Pascuas.

    -¿Has visto? ¿Alguna duda? - sonrió Bernardo apenas el cliente se fue.

    -Todas - dijo ella - ¿Por qué le has dado un familiar a un chico que ni está casado? Él y su chica no tienen hijos

    -Pero piensan tenerlos. - la sonrisa de Bernardo brillaba bajo su bigote rojizo. - Verás, él y su novia podrían apañarse con un cochecito de tres puertas, pero la venta no se sustenta sobre lo que necesitas ahora, sino sobre lo que crees que necesitarás. El cliente quiere comprar una cosa, pero tú tienes que saber hacerle ver que en realidad, necesita otra.

    -¿Pero eso no es?

   -No. - le cortó él amablemente - No es poco ético, ni nada semejante. Él podría comprarse un coche pequeño, y dentro de algún tiempo, tendrán niños y ese coche ya no les servirá, y se tendrán que comprar otro, pero no se lo comprarán aquí. Porque en su momento, no les vendimos lo que les hacía falta. Les vendimos lo que querían, pero no lo que necesitaban. Ya sabes cómo es la gente, la culpa es siempre de los demás, si compran algo que luego no les sirve, la culpa es del vendedor, no suya que no saben lo que quieren. Él y su novia quieren tener niños, y necesitan un coche grande y seguro para llevarlos, aunque aún no los tengan. Cuando su novia le vea llegar con ése coche, pensará oh, qué chico tan responsable es mi novio, que ha comprado un coche de papá, y no un coche de niño, y cuando vayan por ahí, dirán lo honestos que fuimos al venderles un coche familiar, en lugar de aprovechar para colocarles un superdeportivo.

    -Y ¿seguro que eso, no tiene nada que ver con que el coche familiar sea bastante más caro que el tres puertas?

     -Claro que sí. Pero queda más corporativo decir que es psicología. - sonrió Bernardo y le dio un toquecito en la nariz con el contrato enrollado.

    El día transcurrió con bastante normalidad. Roci miraba a los vendedores en general y a Bernardo en particular, y sobre todo se ocupó del trabajo administrativo, para lo que también Bernardo le iba ayudando y explicando cosas. Ya eran más de las siete cuando el vendedor decidió salir un rato a tomarse un refresco y fumar un cigarrillo para hacer tiempo hasta las ocho que cerraban. Podía dejar a Roci sola, ya no iba a venir nadie, y si entraba alguien, la chica podía bracear con el que fuera hasta que él volviese. Al menos, eso pensaba él, pero quedó bien claro que se equivocaba cuando al volver, oyó insultos.

    -¡Valiente burra, que no sabe ni reconocer lo que vende! ¡Con la de gente válida que hay en el paro en éste país, y te tienen aquí a ti!

    -Buenas noches, señor, ¿qué sucede? ¿Le puedo atender? - dijo muy deprisa, tomando enseguida el mando.

    -¡No, déjelo! ¡Como sea usted como esta!

    -Señor, “ésta es mi compañera, ¿tiene la bondad de decirme en qué le puedo ayudar?

    -En nada, porque ya veo que no tienen ni idea, ¡adiós!

    -Si me deja que le ayude, le puedo

    -¡Usted no puede nada, y me voy a otro sitio donde sepan su oficio! ¡Adiós!

    -Muy bien, adiós, señor, buenas noches.

    -Ya, ya se ve que tiene ganas de vender, ¿eh? ¡Buenas noches! - el tipo salió relatando, y Bernardo se volvió hacia Roci, que le miraba con la cabeza gacha, como esperando otra reprimenda. Pero no sería Bernardo quien se la diera.

    -¿Qué ha pasado? - preguntó solo.

    -Me preguntó cuántos caballos tenía el coche. Yo le dije que lo tenía que mirar, pero me hice un lío con el otro, y se enfadó… yo le dije que ya estaba segura de los caballos, le enseñé la ficha, pero se puso a gritarme que era una burra, y ya no supe qué hacer

    Bernardo sonrió con bondad.

    -Nunca has trabajado de cara al público, ¿verdad?

    -Nunca he trabajado, punto.

    -Te diré… huelen el miedo. Es así, los clientes son muy hijos de puta, saben cuándo una persona no tiene malicia, no tiene experiencia, y se ceban con ella. Se ha crecido porque te ha visto aquí sola. Llega a haber cualquier otra persona, y no te monta este Nodo. ¡No te apures! Es mejor que esto, te haya pasado cuanto antes, te ayudará a curtirte, créeme. A mí también me tocó, llegó un tío, me vio que yo no tenía ni barba, y dijo a éste me lo como. Yo intenté ser amable, pero él se puso borde y empezó a insultarme. Salió tu padre y, mágicamente, el tío se calmó. - Bernardo le levantó la cara de la barbilla. - Cuando te llegue un tío así, tú sobre todo, segura. No dejes que te achanten. Si te insulta, le dices claramente que tú no le estás faltando, que se modere. Y si sigue, les dices que así no le atiendes y que por favor se marche o que llamas a la policía. Anda, no lo pienses más. Venga, cierra los ordenadores, que ya nos vamos por hoy.

    Roci asintió. Bernardo se sentía mal por ella, y un poco culpable; sabía que tenía derecho a tomarse un descanso, pero si él hubiera estado allí, ese imbécil no le hubiera hecho pasar ese mal trago. Se lavó las manos y cuando se acercó al despacho, oyó un quejido. Miró por la puerta entreabierta. Rocío estaba de espaldas a él, frotándose los ojos y sorbiendo por la nariz. De vez en cuando, se le escapaba un débil quejido. Bernardo sabía que ella tenía que aprender a hacerse dura o los clientes se la iban a comer por los pies, pero algo dentro de él se removió ante la idea de que nadie hiciese llorar a una chica, y salió corriendo a donde sabía que iba a encontrar al gilipuertas ese. Al bar de al lado.

     -¡Pues no me dice la muy pava que lo tiene que mirar, y se confunde con el otro coche ay, ay, a ver si no es este! - el tipo ponía voz de pito y se reía, y los otros parroquianos le reían la gracia. Bernardo sintió que el pecho le escocía.

    -Qué divertido. Reírse de una trabajadora porque aún no tiene tablas ¡para mandarte a la mierda! - alzó la voz y todo el bar se le quedó mirando.

    -Oye, señorito, ¿qué va a pasar a?

   -Mira, hermoso, conmigo, la lengua te la guardas en el bolsillo, porque yo no soy mi compañera - el tipo intento hablar, pero Bernardo alzó la voz - ¡Esa chica acaba de empezar a currar hoy, está aprendiendo, y ya tiene bastante presión encima como para que vengas tú a insultarla cuando ella solamente intentaba atenderte lo mejor que puede! ¡Si tienes quejas, me las dices a mí, y si vas a insultar a alguien, me insultas a mí, que yo ya estoy bastante curtidito hasta para cruzarte la cara si te propasas! ¡¿Te enteras?! - los que antes le habían reído la gracia al tío, ahora le miraban de arriba abajo llenos de censura, ¿y venía presumiendo como un machote, y había insultado a una pobre chica trabajadora demasiado educada para ponerle en el sitio que merecía? ¡Qué vergüenza!

    -Pero yo no sabí…

   -¡Claro que no lo sabías! ¿Ahora lo piensas? ¿Ahora, no te gusta ser el malo? ¡Eso, se piensa antes de humillar a una PERSONA! Te diré algo: esa chica ya ha pasado por bastante en su casa, en su familia, en todo, y ahora está llorando porque tú has venido a insultarla y a decirle que no vale para esto, ¡vas a venir conmigo a pedirle perdón! ¡La vas a tratar como a un ser humano, aunque tú no lo seas!

    El tipo pensó en negarse, pero visto el cabreo que llevaba encima Bernardo, juzgó más prudente darle la razón en todo y echó a andar hacia la tienda.

    -Señorita, un momento - dijo el hombre al entrar en el compraventa, y Rocío casi se puso pálida - Sólo quería decirle que he sido algo brusco con usted, antes quería pedirle perdón.

    Roci miró al tipo, y a Bernardo, que estaba detrás de él. El hombre parecía suplicar por favor, perdóneme, o éste tipo me come vivo, y sonrió.

    -No tiene ninguna importancia, señor.

    -¡Muchas gracias; adiós! - dijo el tipo muy deprisa y salió casi corriendo.

   -Pensándolo bien, creo que hubiera preferido que lo sintiera un poco más. - bromeó Roci, y sonrió. Bernardo se rascó la nuca.

    -No debería haber hecho esto, lo sé, y te agradeceré que no se lo digas a tu padre; dirá que te malcrío pero cuando te vi ahí llorando, no pude

    -¿Eh?

    -Ahí dentro, en el despacho, antes cuando te vi que llorabas.

    -¡Yo no lloraba! - sonrió abiertamente Roci - Después de todo el día, me escocían mucho las lentillas, y y - Bernardo se estaba sonrojando a ojos vista, la joven no quiso que se sintiese ridículo, le tomó la mano y se la estrechó con fuerza entre las suyas - ¡Gracias! Muchas gracias por portarte como un caballero matadragones por mí. - Se puso de puntillas y le besó cerca del bigotito anaranjado. - Mi padre me ha dejado el coche, ¿me dejas que te acerque a tu casa?

    Bernardo se dio cuenta que aún tenía su mano entre las de la joven, y fingió que le picaba el otro brazo para soltarla.

   -¡No oh, no, por favor, no te molestes, si vivo muy cerca, no son ni diez minutos andando!

   -Bueno, pues así estarás en casa diez minutos antes por favor. - sonrió.

   Recordó lo que su padre le había dicho te corto los huevos, hijo. Pero vamos, mira cómo le miraba, en él no veía a un hombre, veía al chicarrón mayor que llevaba casi ocho años trabajando para su padre, que le preguntaba qué tal los exámenes y que cuando un chico la llamo rocín delante de él, le sacudió en la cabeza con una carpeta, de broma, pero con fuerza suficiente para que supiera que no tenía que volver a hacerlo delante de él. Veía al hermano mayor que nunca había tenido, eso era todo. Antes de darse cuenta, estaba junto a ella en el coche, hablando de lo mucho que a ambos les gustaba el rock, y antes de poder impedírselo, cuando ella le dejó en su portal le dio dos besos en las mejillas a modo de despedida.

    -¡Hasta mañana! - sonrió Roci mientras le daba la vuelta al coche y se marchaba. Bernardo se quedó unos momentos frente al portal. Había sido tan completamente natural, que sólo ahora notaba que ella había vuelto a besarle. Es más, ahora lo notaba TODO su cuerpo. Bernardo, es la hija pequeña de tu jefe se dijo, subiendo en el ascensor, con el maletín delante de él por si venía alguien Por favor, ¿no hay mujeres suficientes en el mundo como para enchocharte de ESA?. Bueno, no era tan grave, él tenía la solución y era sencilla. Apenas cruzó la puerta se desnudó, se puso cómodo en el sofá, se acercó la cajita de kleenex y empezó a acariciarse pensando en ella, ¡qué gusto, estaba tan excitado que su miembro recibió las caricias con verdadera gratitud! Roci no era un bellezón de película, pero estaba muy bien con su larga melena oscura acabada en punta. Le gustaba llevar flequillo y prendedores como una niña, y le quedaba muy bien, le daba un aire muy gracioso tenía tetas de tazón, semicirculares, y era caderona, con el culo más bien grande, igual que su madre. Bernardo empezó a gemir sin poder contenerse, estaba mucho más a punto de lo que suponía, y bombeó, frotando la punta. Su pene goteaba líquido aún transparente, pero cálido y viscoso que le humedecía el miembro y hacía que las caricias fueran suaves, ¡qué placer! Con la mano izquierda se acariciaba los muslos y las pelotas, sin dejar de pensar en Roci, ¡qué perverso sería que ella pudiese mirarle ahora, verle desnudo dándose gusto a su salud! La imaginaba mirando su pene con admiración, roja de deseo, pidiéndole con su vocecita tímida Déjame chuparlo…”. Aquello fue demasiado, un grito ahogado se escapó de sus labios y el placer le colmó en el bajo vientre, mientras media vida se le iba por entre las piernas, haciéndole temblar  las rodillas y encoger los dedos de los pies haaaaaaaaah. qué rico.

   Se limpió con un kleenex el miembro, la mano y la parte de la tripa que se había manchado. Se había recostado bien para no correr el riesgo de manchar el sofá, “¿te imaginas qué corte cuando venga a casa, si hubiese una mancha en la tapicería y me pregunta que?. Mierda. Se suponía que, después de, no tendría que seguir pensando en ella.


     No obstante, aquélla pequeña preocupación desapareció al día siguiente cuando ella le vio llegar y le sonrió. Mira qué sonrisa era una sonrisa de niña, de amiga. A él le habían sonreído muchas veces, y sabía qué tipo de sonrisa te dedica una chica que quiere algo de ti, y desde luego, no era esa sonrisa. Se hablaron con simpatía, y llegó el primer cliente. Quería un coche más bien potente, dijo, algo que aguantase kilómetros y respondiese, porque él conducía muy bien y le gustaba llegar a tiempo a los sitios. Bernardo le sonrió y le enseñó uno de los modelos de mayor potencia, de línea muy deportiva, dos puertas, descapotable uno de esos coches que, en opinión de Bernardo, iban gritando pito pequeño cuando lo llevaba un menor de treinta y cinco, y pitopausia, cuando lo llevaba un mayor de cuarenta (“¿y si lo lleva una mujer? -Entonces grita Soy soltera. Y el anillo me lo he encontrado en la calle). Al tipo le gustó, le enamoró nada más verlo, pero el precio iba acorde con la potencia del coche, y eso, se le salía del capricho. Bernardo le propuso probarlo, pero el cliente se negó, No, no no quiero probarlo, es demasiado caro para lo que es éste coche…”. El cliente ya estaba por pedir algo menos y Bernardo por ofrecérselo, cuando Roci intervino con educada timidez.

     -Perdón, señor, ¿me disculpa un momento? Bernardo, una cosita, es que es urgente - le ofreció una carpeta con unos papeles prendidos en ella, y el vendedor se alejó unos pasos, con gesto de fastidio.

    -¿Qué pa? - pero la joven le indicó la carpeta, y entonces vio que había una nota allí, que leyó al vuelo. Le guiñó un ojo a Roci. - No. No y no, lo siento mucho, se tendrá que aguantar. - dijo, fingiendo que bajaba la voz.

    -Pero ¡le habías prometido éste, éste coche! ¿Qué dirá cuando no lo vea? - contestó la joven con expresión ansiosa. El cliente pareció curioso.

     -Lo entenderá. No es un coche para él, no lo es y punto. ¡Tiene dieciocho años, es un niño, sabe conducir, pero no sabe conducir ÉSTE coche!

    -¿Ocurre algo? - quiso saber el cliente.

    -Verá, señor, lo lamento mucho, pero va a tener que elegir otro modelo - intervino rápidamente Rocío. - Éste, está vendido.

    -Rocío, no está vendido ni mucho menos. Está apalabrado, que no es lo mismo, y te recuerdo que es mi responsabilidad. Yo no le voy a vender éste coche, no me quedo tranquilo. Figúrese - dijo, dirigiéndose al cliente - Ayer mismo llega un chico, dieciocho cumplidos, el carné todavía húmedo, y su padre nos apalabra éste coche, éste. Por favor ¡no va a durarle ni dos días!

    -Hombreeee. - coincidió el cliente - Es que, para un niño, éste coche es mucho coche

    -Eso mismo le dije yo: llévese un Panda, un Twingo, un coche sencillito yo sé que éste es muy tentador. Es muy juvenil, muy potente, corre que no hay dios que lo pille, y precisamente por eso, no es un coche para un chico joven. Es para alguien con más experiencia.

     -Sí, la verdad que sí. - asintió el cliente - Es una pena darle un coche como éste a un niño. Estoy pensando

    -Bernardo, por favor, su padre va a venir esta tarde. Señor, lo lamento, pero tenemos otros modelos también potentes que

    -No, no hace falta, niña, me quedo éste. Si me prepara los papeles, por favor

   -Cómo no, ahora mismo. - sonrió Bernardo y en el acto le presentó papeles para firmar, seguro para el coche Cuando el hombre arrancó su nuevo cochazo y se marchó, los dos vendedores chocaron las manos arriba y abajo como si lo hubieran ensayado, y Bernardo tuvo que contenerse para no abrazar a Roci y estamparle un beso, ¡habían colocado un cochazo de más de cincuenta mil euros! Desde entonces, empezaron a repetir el truco con tanta frecuencia, que su padre se amoscó.

    -¿Cómo que venta conjunta? - dijo cuando le presentaron los resultados para la comisión - ¿Qué es esto de 1-venta exclusiva; 4-venta conjunta?

    -Verás, Ricardo, la estoy enseñando a vender, como me pediste - contestó Bernardo, y Roci asintió, muy sonriente - Algunas ventas, las hago yo sólo, y están anotadas como venta exclusiva, pero algunas las hacemos juntos. Ella aún no vende sola, pero yo tampoco los hubiera colocado sin su ayuda, así que son venta conjunta. Páganos media comisión a cada uno, y hecho.

    -No estoy yo muy seguro de si este sistema nuevo me convence

   -Vamos, papá, ¿estamos vendiendo, sí o no? ¿Estoy aprendiendo, sí o no? Puede que aún no tengas tantas ventas mías como de otro vendedor, pero tienes la mitad más un cuarto, y pronto tendrás la totalidad, en cuanto coja oficio, que ya lo voy cogiendo y aquí Bernardo puede decírtelo, entonces, ¿de qué te quejas? Afloja la mosca, que en latín quiere decir la pasta.

    D. Ricardo se quedó mirando a su hija pequeña, esa misma que, pocos días atrás, apenas levantaba la cabeza delante de los clientes y casi no la oían al hablar, y sonrió.

    -Bernardo, no la enseñes demasiado bien, que ésta nos come el terreno, a ti y a mí. - los tres sonrieron mientras el jefe les anotaba las ventas y sus respectivas comisiones - Ah, por cierto. Mañana os haréis la tarde solos, yo tengo que acompañar a tu madre al dentista y Alfredo y Gregorio están sólo de mañana. A partir de las dos, la venta es vuestra, ¡a ver si la aprovecháis!

    Bernardo asintió, y Roci hizo lo propio. Se dedicaron una mirada de mutua simpatía; mañana por la tarde, ningún cliente iba a salir sin coche. Bernardo se la quedó mirando, y ella le sostuvo la mirada. Cuando se quiso dar cuenta, cayó en que, mientras Ricardo hacía sus anotaciones, los dos se habían seguido mirando el uno al otro, sonriéndose, sin darse cuenta de nada.



  
     La tarde siguiente, viernes, estuvo bastante tranquila. Casi todas las semanas Alfredo, que se encargaba sobre todo de la compra de usados, solía buzonear, pero esa semana no lo había hecho porque dentro de otras dos, vendría una remesa de preciosos coches de gama alta que había comprado a bancos y casas de préstamo que habían ejecutado archivos de morosidad, de modo que se habían notado menos curiosos; también estaba ya empezando el frío, y a la gente no le gustaba pasearse por el amplio solar lleno de coches prácticamente al relente (todavía era pronto para echar el toldo y conectar la calefacción externa). Bernardo se estaba limitando a pasear entre las filas de coches y mirar hacia la entrada del solar. Nadie. Era la duodécima vez que miraba y ni siquiera había nadie cerca del descampado; a eso de las tres sí hubo mucho movimiento de gente y coches, pero nadie entró: todos estaban de salida, el lunes era fiesta y la ciudad se iba a quedar vacía. Se apoyó en el lateral de un coche. En la fila de enfrente, al sentido contrario, paseaba Roci, para controlar la puerta de calle, pero por allí, tampoco pasaba nadie. Se la quedó mirando.

    El pelo oscuro, con reflejos azulados de la joven, revoloteaba cada vez que el viento se animaba. Roci, cada tanto, se lo recogía en un nudo que sujetaba con el boli, pero con frecuencia se le volvía a desatar. A Bernardo le gustaba ver cómo se lo ataba, sostenía el boli entre los labios, se atusaba el cabello con las manos -¡cómo se le elevaba el pecho cuando alzaba los brazos!- hacía un especie de revoltijo que sostenía con una mano, con la otra cogía el boli y lo ensartaba en sus cabellos por la punta, como una flecha. Por un extremo, se veía el culo del boli, y por el otro, el pico negro de su pelo. Se estiraba el pelo para tensar el nudo y su cabello brillaba. En esas precisamente estaba, cuando a la joven se le escurrió el boli de los labios y se inclinó para cogerlo.

    Hay luna llena se dijo Bernardo, sonriendo con picardía, ¡qué pedazo de culo tan precioso tenía! Mierda. Se maldijo y miró de nuevo hacia la puerta, ¡joder! ¡No tenía que pensar en ella de ese modo, fue lo primerísimo que su padre le dijo! ¿Es que no tenía nada de seso? Tenía que ser muy caballero. Vale, pero el ser muy caballero, no implica que no puedas recordar y guardar el recuerdo, ¿no? Ya lo has visto, eso no puedes cambiarlo, dijo un diminuto diablillo en su hombro izquierdo, y no le pareció tan mal. En esas, se acercó un hombre.

    -Buenas tardes.

    -¡Buenas tardes! - saludó de inmediato Bernardo y le preguntó qué deseaba. Desde su lugar, más cercano a la tienda, Roci le miraba. Miraba su cabello rizado y rojo anaranjado, miraba su bigotito del mismo color, miraba su sonrisa y también esas piernas tan interminables. Y sus manos, grandes, anchas, pero finas y suaves, y tan expresivas como su gracioso rostro. Sabía que estaba engatusando a aquél tipo, le había llevado junto a tres coches más o menos similares en prestaciones, pero muy diferentes en precio. Roci conocía ya aquél truco. Uno de los coches era asombrosamente caro en relación con los otros dos, por la marca, decían. Eso hacía que el cliente pensase que el más barato de los tres, era también el peor y se acababa decidiendo por uno de los dos caros. Por cómo sonreía Bernardo, ella ya sabía que aquél tipo estaba en el bote. Tomó una carpeta, prendió en ella un papel, y se acercó.

     -Perdone, señor - sonrió la joven, con la carpeta en la mano - Lo siento mucho, Bernardo, es un fax, urgente. - dijo y se marchó. A Bernardo le extrañó, esta vez el truco no hacía falta, el tipo iba a entrar como un corderito, y ¿por qué se marchaba? Leyó la nota. Tosió y agarró la carpeta, tapando la nota.

    -¿Ocurre algo? - preguntó el cliente.

    -¡No, nada, un cheque que han devuelto! - Estás tan bueno, que tengo antojo de chuparte hasta dejarte seco. Las palabras parecían brillar delante de sus ojos aunque ya no mirase la nota. Por primera vez en su vida, se dio cuenta que no estaba llevando las riendas de la conversación con un cliente, y que no era capaz de contestar con rapidez. Aún así, el tipo entró, dejó señal diciendo que volvería el martes a por el coche y se marchó.

    Bernardo no sabía si ir adentro o no. Tenía que ir, tenía en la mano un cheque y un contrato que tenía que llevar al despacho por fuerza, pero dentro estaba ella. Si no le gustase, sería mucho más fácil, pero es que sí le gustaba, y por él, podía usarle para sacarse el antojo cien veces, pero juer, se estaba jugando el puesto, donde tienes la olla, no metas la p…” le dijo el angelito del hombro derecho. Pero entonces separó la carpeta, volvió a leer la nota, y el diablillo del hombro izquierdo le pegó una patada giratoria al pobre angelito. Se fue a la tienda y entró en el despacho. Roci ya estaba allí, sentada en el escritorio con las piernas juntas, intentando a la vez mirarle y no mirarle, y sonriendo con lo que ella esperaba que fuese picardía y no sólo apuro. No era virgen, claro que no, pero sí que era la primera vez que tomaba la iniciativa de una forma tan descarada; no lo habría hecho si no estuviera casi del todo segura de que le gustaba a Bernardo, pero ¿le sentaría bien un ataque tan directo? Por el modo en que sonreía, no parecía haberle molestado.

    -Roci ¿Va de veras? ¿No es broma? - preguntó. La joven se levantó de la mesa y avanzó hacia él, y Bernardo dio un paso hacia ella. Rocío le acarició los brazos hasta subir a la nuca.

    -No es broma. Me gustas. Me gustas tanto que - pero no acabó la frase, su nariz frotó la de Bernardo y sus labios se acariciaron, el bigotito le hizo cosquillas y eso le hizo reír a él.

    -Pero tu padre se va a cabrear

    -¿Te refieres a se va a cabrear SI se entera”…? - Bernardo sonrió e hizo un intento de ir a la mesa para archivar el contrato y el cheque y para separarse, aunque sólo fuese para poder decirse a sí mismo después, sin que fuese completamente mentira, que él había resistido. Sólo consiguió llevarla con él entre besos suaves que le quemaban la boca cada vez más.

    -Me dijo te corto las pelotas, así lo dijo - se rió Bernardo, bajito, mientras se acercaba a la mesa. Tropezó con la silla y cayó sentado en ella, en medio de una risa - Así, textual. Me dijo que si me arrimaba a ti demasiado, me cortaría las pelotas.

    -También a mí me prohibió acercarme a ti. - sonrió ella, apoyando las manos en los brazos de la silla - ¿Sabes qué más cosas me ha prohibido mi padre?

    -¿Qué? - preguntó él, los ojos entornados, sus labios entreabiertos - ¿Qué más te ha prohibido?

    -Todo lo que siempre he hecho.

    Bernardo dejó escapar un suspiro, cerró los ojos e hizo ademán de besarla, pero su boca besó el aire; Roci estaba de rodillas frente a él, se hizo sitio entre sus piernas y empezó a acariciarle los muslos, subiendo descaradamente al bulto del pantalón. Se frotó contra su erección, y Bernardo pegó un brinco en la silla, ¡qué calor! ¡Y qué… Dios, qué fuerte, pensaba comerle la polla allí mismo!
     -Roci ¿no pretenderás? Ooh sí, sí lo pretendes - atinó sólo a decir, al sentir las manos de la joven abriéndole el pantalón ansiosamente y retirando los calzoncillos; a Bernardo se le escapó  un grito de sorpresa y placer cuando ella se la metió en la boca casi sin tocarle. El vendedor sonrió y se dejó llevar. Si en ese preciso momento hubiera aparecido su padre en persona, no sólo no hubiera sido capaz de parar, sino que le hubiera agradecido el tener a Roci, casi con lágrimas en los ojos. - Rocío esto es lo mejor ¡tú eres de lo mejor que he!

    -Anda ya, adulador - ella le soltó por un momento para sonreírle, visiblemente complacida, y siguió de inmediato, pero tuvo que parar de nuevo para reírse - ¡Por favor, no me pongas esas caritas! - y tenía razón, Bernardo lo sabía y no era la primera vez que se lo decían, pero como le cogieran el punto, el gusto le hacía ponerse bizco.

   -No puedo evitarlo Lo haces muy bien, lo haces tan bien haaahh - la sonrisa le lleno la cara, Roci le chupaba tan suavecito, su boca subía y bajaba deslizándose tan dulcemente, que le parecía que podía morirse de gusto ahí mismo. Cada movimiento de su lengua sobre su miembro le daba un zumbido cosquilleante que se reflejaba en otros puntos, bien encogiéndole los hombros, bien temblándole las nalgas. Las manos de la joven no paraban quietas; cuando no le acariciaban los muslos, se metían bajo la ropa acariciándole la tripa, las pelotas De vez en cuando, ella le agarraba el tronco y lo frotaba unos segundos, para enseguida soltarlo e intentar meterse todo su miembro en garganta y darle placer sólo moviendo la boca.

   Bernardo se estremecía en la silla, sin poder dejar de sonreír, intentando mirar cómo se lo hacía aunque el placer le hacía con frecuencia cerrar los ojos. Una gotita de fino sudor se escurrió por su sien, ¡no podía creer que fuese tan afortunado! Qué gusto, ¡qué placer, qué bien lo estaba pasando! ¡Y justo en ese momento, sonó el archimaldito teléfono!

   Bernardo intentó rehacerse en la silla, pero un gemido protestón y una succión apasionada le hicieron saber que Roci no pensaba detenerse por algo así, pero él tenía que contestar, ¿y si era Ricardo? Jesús, que no fuera él Con esfuerzo, estiró el brazo y descolgó.

    -Automoción Silvera, buenas tardes - canturreó al teléfono como pudo. Una caricia de aire en su bajo vientre, Roci se estaba riendo mientras él se mordía el labio inferior. - Sí, señor Ortega, buenas tardes, sí… ¿su coche? Aaaaaun no lo han traído. - Diooooooos, le estaba lamiendo las pelotas - ¡No! Nooo sabe cuánto lo siento, señor Sí, créame que lo siento, lo siento mmmmucho. - Haaaah le estaba haciendo chupetón en la punta, la saliva se le resbalaba por el tronco, hacía cosquillas. Le daba tanto gusto que tenía que acordarse de sostener el auricular, apenas podía con él. - Oh, pues oh bueno ah puede que la semena, ¡digo, la semana! La semana que viene, entonces es seguro. Sí. Sí, sí, sí. - ¡Mmmmmmh, ahora estaba acelerando, la muy canalla! Le frotaba con ganas mientras no dejaba de lamer la punta. Bernardo bajó la mano izquierda, quizá para pedir piedad, pero Roci le ofreció la suya y el vendedor se hubo de contentar con apretarla, entrelazando los dedos; no era capaz de más. - Eso es. Eso es. La semana que viene ya estará… Sí, la que viene. ¡Que viene! ¡A-a-adiós! - Bernardo sólo conservó la cordura necesaria para tapar el auricular con el pecho, porque no pudo aguantar los gemidos cuando el placer pareció reventarle, le hizo temblar de pies a cabeza y un gusto maravilloso le inundó desde el miembro hasta la nuca, zumbándole en todo el cuerpo. Joder, qué BUENO, qué a gustísimo se había quedado, mmmmmmmh

     Con manos temblorosas, logró colgar el teléfono, y se acercó un par de toallitas húmedas que había en una cajita del escritorio. Roci aún le estaba dedicando mimos a su miembro, tenía la carita empapada de semen, pero no le soltaba la polla, se la acariciaba y le daba besitos. Bernardo le aupó la cara de la barbilla para limpiarla. Tenía las mejillas rojas, el cabello revuelto; los ojos encendidos le miraron con mucha ternura y se dejó limpiar, sonriéndole con cariño.

     -¿De verdad mi boca está tan buena? - preguntó en un susurro.

     -Es la mejor. - contestó Bernardo sin dudar. - Esta boquita, es la mejor, esta boquita es ¡esta boquita me la voy a comer pero ya! - el vendedor se arrodilló y besó a Rocío sin miramientos, le metió la lengua con pasión, y antes de que ninguno se diese mucha cuenta, la joven estaba tendida en el suelo con su compañero encima, frotándose ansiosamente, metiéndose mano bajo las ropas. Bernardo encontró una tira de tela bajo la falda, y tiró de ella, sacándole las bragas en medio de una risa, mientras ella misma se arremangaba la falda y le tiraba de la corbata para que se tumbase otra vez sobre ella. Al segundo siguiente, estaban el uno dentro del otro, y Bernardo no podía parar quieto.

     Roci gritó, un gritito alegre de gusto, y Bernardo la besó para impedir que se la oyera, ¿habría gritado tan fuerte él? ¡Qué más daba! Sus caderas se meneaban como a espasmos, intentando no emocionarse demasiado para no terminar demasiado rápido; embestía tres o cuatro veces, y luego se frenaba, sin parar del todo, pero bajando el ritmo. Roci jadeaba en su boca, a juzgar por cómo se mecía debajo de él y lo mojadísima que estaba, parecía que lo estaba pasando, como poco, tan bien como él antes. Mmmh, cómo le acariciaba la lengua con la suya Bernardo tuvo que soltarle la boca un momento para llenarse los pulmones, se ahogaba de gusto. Ella le abrazó y casi le derritió el cerebro cuando musitó en su oído, con voz lánguida Me estás matando de placeeeerTe mueves como una anguila sigueee…”

     Era demasiado para él. Demasiado saber que se estaba tirando a la hijita pequeña de su jefe, demasiado saber que era en el mismísimo despacho del curro, demasiado que había sido después de una mamada demencial, demasiado la suave humedad cálida de su cuerpo envolviendo el suyo, y demasiado saber que la estaba volviendo loca de gustito. Aceleró, su pecho pegado al de ella, la boca de Roci gimiendo en su oreja y mordiéndole el lóbulo Aa-así, así… sigueeee sigue, por favor, estoy a punto de. ¡CORRERmmmmmmh.! Bernardo la acalló besándola, y la vio poner los ojos en blanco de placer liberado, mientras las manos de la joven le agarraban del pelo, de la cara, del traje, se crispaban tirando de la tela, y él no paraba quieto, ¡no podía! Sencillamente no podía. El cuerpo de la joven se estremecía entre sus brazos como si fuese a quebrarse, y él podía notar una gruesa lágrima de flujo espeso y caliente saliendo de ella, bañándole las pelotas, mientras le daba tirones del miembro al gozar; se corría con él dentro. No quería, tenía que parar, pero no pudo, siguió bombeando. Las piernas de Roci se cruzaron a su espalda, ¡no, eso no, por favor, tenía que sacarla, tenía que dejarle saca. aaaah no, eso no, dentro noooo.!

    Un placer inenarrable le bañó de pies a cabeza, su pene se extasió de gozo y pareció llorar de felicidad, ¡qué gustirrinín! Era tan, tan agradable Roci gemía, pegada a él, apresándole con brazos y piernas en un mimo infinito. A cada espasmo de su polla dentro de ella, la joven soltaba un gemidito. Virgen Santa, sin condón se lo he echado dentro sin protección pensó Bernardo besando los hombros de Rocío. Una suavísima corriente de aire en su cuello le erizó el pelo de la nuca y se estremeció en una sonrisa, ella le estaba dando sopliditos y le mordió suavemente la oreja una vez más.

    -Tomo la píldora. - susurró. Y Bernardo dejó escapar un gemido de alivio desde el centro del alma, y la besó por enésima vez. Eso sí, tenía que reconocer que esos segundos en los que luchó contra el orgasmo, fueron un pasote de placer.





      -Ah, que no vienes a dormir, vale, ¿con quién te quedas? Ah, con las amigas, con Vanesa y Anarda, vale. Pues nada, hija, pásalo bien y sé prudente. Hasta mañana. - D. Ricardo colgó y sonrió, satisfecho. Era mejor que su mujer no supiese nada de sus manejos, pero él sabía que había hecho bien. Sabía que era muy machista, pero él quería dejar colocadas a sus hijas. Cuando Bernardo se reveló como el buen vendedor que era, de inmediato pensó en emparejarle con la pequeña, que era la que mejor le venía en edad. Desde luego, había tenido que esperar a que los dos fueran bastante maduros, no le interesaba un amor de críos; diciéndoles a ambos que tenían prohibido entenderse, sabía que los haría intimar de inmediato. Seguro que ese par de bobos se pensaban que le estaban engañando, y durante un tiempo, llevarían la fantasía del que no se entere papá”, pero vamos de aquí a medio año, lo decían fijo. Si sabría él, que lo pescaron igual que a Bernardo.