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viernes, 31 de enero de 2014

Chantaje matrimonial

     Vaya día y vaya semanita… apenas llevaban dos semanas de curso, y él ya estaba más que harto, le había tocado un horario asqueroso, con un montón de horas en blanco por medio y clase todos los días, ¡qué asco! Amador, profesor de Geo-Historia del Instituto, pensó con nostalgia en su horario del año pasado, lo bien programadito que estaba, y el viernes no tenía ni una clase… claro está, eso era a cambio de que Bernardo, otro de los profesores de Historia del seminario, se comiera todas las clases el viernes, y tuviera los grupos difíciles y las horas separadas… Amador llevaba salvándose de la mala distribución los últimos cinco años; éste le había tocado a él comérselas todas de canto: los grupos menos aplicados y más gamberros, uno de los cuales, lo tutorizaba; clase todos los días, horas mal aprovechadas, y el viernes completito… eso sí, salía a las dos en lugar de las tres. Algo era algo, poco, pero algo.

   La semana anterior, después de la presentación, ya unos padres habían pedido hablar con él acerca de su hijo, un vago tarambana que no pegaba un palo al agua, pero a quien sus padres consentían todo. Mientras caminaba desde el garaje a su casa, Amador recordó que cuando empezó de profesor, hace ya más de quince años, los padres que pedían hablar con él, era para decirle algo como: “si usted ve que se merece dos buenas hostias, se las pega sin ningún reparo, ¿eh?”. En la última reunión, los papaítos de marras le habían dicho: “por favor, no agobie usted al niño, que se estresa mucho y si le da un ataque, usted sería el responsable”. Curiosamente, los chicos a los que le habían invitado amablemente a abofetear, no eran tan gamberros como sus padres decían… pero éstos cuyos papis le pedían que fuese indulgente, que levantase la nota, que no fuese severo… más de una vez había pensado que vaya si se merecían, no tanto un suspenso, una llamada a casa o una expulsión, como un hostión a mano abierta que les hiciese preguntar por la matrícula del camión que los había arrollado. En fin…

     Estaba muy cansado, pero al menos ya era viernes. Había llevado una mañanita atroz, pero ya se había terminado; ahora, a casita, a comer sus macarrones con queso que los llevaba celebrando toda la mañana, y a echarse la siestecita en el sofá. Polita, su mujer, también salía temprano del trabajo los viernes, y podían comer juntos. El resto de días, a veces salía a las tres, otras a las cinco, y otras a las siete de la tarde, maldita Agencia de Viajes… Ah, por fin su portal. Le parecía que el maletín le pesaba toneladas. Apenas había entrado, vio a un jovencito de unos quince años, delgado y de pelo castaño, con una carpeta azul bajo el brazo y los auriculares puestos, bajar la escalera e intentar salir, pero Amador le tomó del brazo, sonriendo.

     -¡Eh, mocito, ¿ya no se saluda a tu padre?!

     -¡Coño, papá, perdona, no te había visto…! – dijo el chico, quitándose un auricular, del que salía un ruido espantoso. “Este chico se queda sordo antes de los treinta”, pensó Amador, mientras su chico, el menor de sus tres hijos y el único que aún vivía en casa, le daba dos besos.

      -No digas tacos, Chus…. – Amador dio una cariñosa palmada en la mejilla, aún suave, de su hijo - ¿Qué vas, a Inglés? ¿No es un poco pronto? ¿Has comido ya?

     -Papá, ¿por qué no te hiciste policía? Porque tienes un don para interrogar… Sí, he comido, y voy a Inglés porque he quedado con un amigo antes para ver los ejercicios y vamos juntos.

      -Que no me entere yo que te fumas la academia, ¿eh? Sé que soy pesado, hijo, pero…

      -“…con las notas que has traído, no puedes permitirte ese lujo”, - completó el chico la cantinela, y Amador sonrió – No te preocupes, voy a ir. Eeeh… por cierto, papá… quería decirte…

     “Malo….” pensó Amador. La última vez que su benjamín “quiso decirle” algo, se encaprichó de un ciclomotor. Y mira, el Inglés y las Matemáticas, las llevaba fatal, el Latín siempre con pinzas, el Lenguaje y la Literatura, a rastras… pero el carné de ciclomotor,  A LA PRIMERA, oye. Afortunadamente, la compra de la moto habían podido posponerla hasta los próximos tres sobresalientes, cosa que no parecía que Chus fuese a sacar mañana.

     -Dime. – resopló Amador.

     -Pues… que resulta que para Octubre, para últimos… pues que… viene Pink Floyd a España, y… que me gustaría mucho ir… es un conciertazo, papá, y comprando las entradas anticipadas, sólo son 69 euros…

     -¡¿Setenta napos?! – se escandalizó el maestro - ¡Tú no estás bien del tejado!

     -¡Papá, son Pink Floyd…!

     -¡Como si son los Rolling! – pensó un momento – Bueno, si son los Rolling, lo mismo me lo pensaba.

     -Venga, papá… ¡Y no pediré nada hasta Reyes! ¡Y además, lo aprobé todo…!

     -¡Sí, en Septiembre!

     -¡Pero lo aprobé, y éste año me voy a poner las pilas, palabra…! Porfa…

    Amador refunfuñó.

     -Bueno, mira, ahora la verdad que estoy muy cansado, tengo hambre y no estoy para éstas… esta noche, en la cena, dímelo, lo vemos con tu madre, y lo hablamos, ¿vale?

     -¡Genial, vale, papá! ¡Hasta luego! – Chus salió a toda prisa, celebrando ya el concierto. Para él, estaba claro que sus padres dirían que sí; eran severos, pero no injustos. Amador le vio marchar, preguntándose si no lo estarían mimando demasiado, como decían siempre sus dos hermanos mayores, Ernesto y Toñito. Ernesto no había sido de estudiar y a los diecinueve años, harto de repetir, dijo que se ponía a currar de vendedor, y buenas peloteras hubo en casa por ello… ahora no le iba mal, era jefe de ventas de un concesionario de coches de ocasión, y finalmente, por las tardes, se había terminado de sacar la secundaria. Toñito también las había pasado finas con los estudios, y también hubo peloteras, gritos, amenazas, discusiones… ahora estaba en la Universidad, estudiando, quién lo iba a decir, Geografía e Historia, si bien su padre rogaba que no le diese por la docencia. Toñito era un chico buenísimo, pero no tenía carácter para ser profesor; los chavales le torearían en dos minutos. Con Chus, las cosas eran… diferentes. Era el pequeño, se llevaba más de siete años con su hermano mediano, Amador y Polita le habían tenido buscando la niña, aunque nació el tercer varón, y cuando sus hermanos aún eran pequeños, pero… digamos que ya habían dejado de pedir a Papá que mirase en el armario y bajo la cama, no fuera que hubiese monstruos.

      “Hasta ahora, de los tres, es el que menos cates ha traído…”, pensó Amador mientras subía en el ascensor hasta el quinto. “A su edad, Ernesto ya había repetido primero de BUP, y Toñito llevaba con las mates para Septiembre, desde séptimo de básica… Vale, él ha tenido ordenador, internet, minicadena y móvil mucho antes que sus hermanos, pero también le ha pillado más joven todo el boom tecnológico… Antes, Toñito no soltaba la gameboy, y cuando Ernesto se ponía con la dichosa MegaNes o como cuernos se llame, no se podían ver ni las noticias… No creo que lo estemos mimando tanto, la verdad… Sí, al chico le quedaron dos para Septiembre, pero las sacó, y vale que el Inglés lo aprobó raspado, pero en Matemáticas sacó un 6.5, y la media de todo el curso fue 6.8, que no es que sea para tirar cohetes, pero tampoco es nada espantoso… En fin, ya veremos esta noche”, se dijo, mientras el ascensor se abría, ya en el quinto, y se dirigía a  su piso.

     -¡Al fin en casa…! – suspiró, soltando la cartera ahí mismo, en la esquina del recibidor. Un delicioso aroma a queso fundido llenaba toda la casa - ¡Polita! – se asomó a la cocina. Su mujer no estaba allí, y nadie le contestó. – Debe ser la moda de hoy, esto de no saludarme… ¡Polita! – Salió de la cocina y recorrió el pasillo, pero a la altura del comedor, un plumero multicolor le pegó en la cara. Estornudó y al abrir los ojos, se encontró a su mujer frente a él. Llevaba la blusa blanca arrastrando por el suelo, vestía un corsé azul del que casi se le salían los pechos, falda negra y los zapatos de tacón, y un delantalito blanco encima de la falda. Le apuntaba con el plumero, y antes de que Amador pudiera decir nada, le cosquilleó la cara otra vez y le echó el brazo por los hombros, meciéndose.

     -¿Qué creías, que no quería saludarte, profe…?

     -Co-ño, Polita…

     -Como mi maridito lleva dos semanas quejándose de los malos horarios que tiene este año, he pensado que le podía apetecer empezar el fin de semana, quitándose el stress… - Polita le abrazó y le besó en la nariz, contoneándose frente a él. Amador, muy sonriente, la abrazó de la cintura, y empezaron a caminar sin soltarse. Al maestro se le había pasado el cansancio, el malhumor, el hambre… todo a la vez. Y más cuando Polita, contoneo a contoneo, le llevó al salón en vez de al dormitorio; le daba muchísimo morbo cuando lo hacían fuera del cuarto; “como vuelva el niño, ya verás qué risa…” pensó, pero se dejó llevar hasta la alfombra, mientras su mujer le metía las manos bajo la chaqueta y empezaba a besarle la cara, suavecito, acercándose a la boca…

     -Polita… mi Poli, qué buena eres… siempre pensando en tu hombre…

     -Precisamente por eso… ya que soy tan buena contigo, sería un bonito gesto por tu parte… - “¡PELIGRO-PELIGRO!” empezó a sonar en el cerebro de Amador – Que esta noche, en lugar de torturarnos a todos con el partido del Athletic, que ya sabes que va a perder, veamos juntos “Dile que muero por ella”, que la ponen ésta noche, ¿hace?

     -¿Una comedia romántica…? ¿La noche del Derby? – Polita le tomó de las manos e hizo que las pusiera en sus nalgas. – mmmh… Polita… ¡que es el Athletic! ¡El Athletic es sagrado! – La mujer sonrió y se llevó las manos al corsé, sacándose los pechos de él. Tenía los pezones erectos, y a Amador se le fueron los ojos a ellos como un imán. – Polita… no seas tan mala… - Pero su mujer se rió por lo bajo y se arrimó a él, y empezó a besarle el cuello, a frotarle la entrepierna con el muslo… qué calientes estaban sus tetas…

     -Anda, Amador… amorcito… - susurró, con esa vocecita cariñosa que ponía sólo para él, abrazándole del culo y sacándole la camisa del pantalón. El profesor no pudo reprimir un escalofrío de gusto cuando ella le acarició los costados y empezó a subir por la espalda… - Sólo va a ser ésta vez… y en los descansillos, te dejo que cambies el canal… vengaaaa…

      Amador empezó a devolver los besos casi sin darse cuenta, y recorriendo la cara de su mujer, encontró sus labios, y la besó apretándola, metiéndole la lengua de inmediato, ¡qué bien sabía…! Y con qué dulzura ella le apretó, devolviendo el beso, en medio de un gemidito tan simpático… mmmmh… la apretó del culo, le estaba sobrando un montón de ropa, e intentó tirar de Polita para que ambos se arrodillasen en la alfombra, pero ella se resistió. Amador abrió los ojos. Su mujer le miraba con sonrisa de maldad.

     -Antes de meter, promete.

     -¡Polita…! ¿No sabes que todos los psicólogos dicen que no está bien usar el sexo como arma arrojadiza?

     -¿Cómo arma? – fingió escandalizarse ella - ¡Líbreme el Señor! Yo no te estoy chantajeando, sólo digo que, después de todo lo que te cuido, te mimo, todo lo que pienso en ti y me esfuerzo porque seas feliz, después de todo lo que hago por ti día a día, y a cambio sólo pido una película… ¿no te parece que sería muy cruel por tu parte, negarme ese poquito e insignificante caprichillo que pido….? – hizo temblar su barbilla, y los ojos le brillaron, pareció a punto de echarse a llorar, y Amador retiró la mirada, tocado en lo más hondo… esos ojitos… esos ojitos llevaban metiéndole en líos y sacándole promesas desde los dieciséis años, cuando ella estaba aún con aquél otro gilipuertas… Aquélla lejana tarde, Polita le miró con esos mismos ojitos, y él supo que estaba perdido. Igual que hoy.

     -Poli… eso ha sido jugar sucio. – intentó protestar, pero su esposa le sonrió más abiertamente y le agarró el miembro con la mano.

     -No, cariño… esto, habría sido jugar sucio. – bromeó, mientras movía la mano y Amador se estremecía bajo sus caricias.

     -Sea… aaaah… veremos la estúpida peli, prometidooooooo…

    En medio de una risita de triunfo, Polita se dejó arrodillar y tumbar en la alfombra del salón, algo áspera, pero cálida, y Amador  le atrapó un pezón con la boca mientras las manos de los dos aleteaban en la bragueta del profesor, bajándole apresuradamente los pantalones negros del traje. Amador, aún en calzoncillos, se dejó caer sobre su mujer, besándola, metiéndole la lengua hasta la campanilla, mientras ella lo abrazaba con manos y pies, y metía los brazos bajo la camisa, subiéndosela…. Qué bien abrazaba, qué calor tan dulce desprendía su piel… Amador se desembarazó de la camisa, sacándosela por la cabeza, y metió la mano bajo la falda de Polita, bajándole faja, medias y bragas de un solo tirón.

      Polita gimió, embriagada de deseo, al sentir las manos impacientes de su esposo apretarle las nalgas desnudas, y ella misma tiró de su ropa interior para sacársela, sin quitarse la falda. Amador le amasaba el culo, frotándose contra ella y soltando algún cachetito… es cierto que tanto él mismo como ella pasaban de los cuarenta (ella dos meses menor), que estaba tirando a llenita y algo blanda por la cintura; ya no era la chica de veinte años que tenía firme hasta el apellido… “Pero a mí, sí que me sigue poniendo firme….”, pensó el profesor. Para él, el mundo estaba lleno de mujeres hermosas, guapísimas, seductoras… y la suya, era la más guapa entre todas. Empezó a repartir besos rápidos y deseosos sobre las tetas de Polita, y empezó a bajar, hasta colocarse entre sus piernas, allí donde salía tanto calor y un olor tan tentador… Polita le miró, sorprendida. No era, ni de lejos, la primera vez que él la chupaba ahí… pero sí una de las pocas que lo hacía en un polvo improvisado.

       -¡Haaaaaaaaaaaaaaaah…. Amadoooor… ¿qué te ha dado…?! – preguntó la mujer, en medio de un fuerte estremecimiento, cuando su marido le abrió la vulva con los dedos y de un fuerte lametón, le metió la lengua lo más adentro que pudo. “Es tan… húmeda, y calentita… tan flexible, me toca tan bien… ¡aaaah, la está moviendo dentrooooo….!”, pensó Polita, sintiendo que su coño desbordaba, y su orgasmo llegaba a todo correr, y ella no pensaba detenerlo, ¡era sensacional! Más… un poco más, por favor, muévela un poco más… ¿eh?

      Polita levantó la cabeza de la alfombra para mirarle, y a Amador le costó trabajo contener la risa, pero le costó más aún no continuar lamiendo como un loco: su mujer estaba toda rojita, sudada y temblorosa, derretida de gustirrinín… pero él había parado.

     -¿Qué pasa…. Por qué no sigues, mi amor, si me gusta mucho…? – pidió ella.

     -Pues he pensado que… ya que yo te doy tanto placer, ya que siempre tengo ideas en el sexo para que no nos aburramos, ya que siempre te llevo a buenos hoteles, y me disfrazo, e imagino, y todo para hacerte feliz…

     -¡Serás guarro! – sonrió Polita, que sabía por dónde iba desde que le vio la sonrisa.

     -…He pensado que podíamos poner a grabar ese rollo de amor, y verlo juntos, pero después del partido, ¿hace? – Sonrió, pícaro. Polita le asesinó con la mirada, ¡pero estaba casi a punto de correrse, no era fuerte para negociar ahora!

      -Eres malo… - dijo, dejando caer de nuevo la cabeza en la alfombra. - ¡hace, vemos el partido! ¡Pero ahora vuelve a meter la lengua, y no pares hasta que me desma…aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah….! – Polita ya no pudo terminar la frase, Amador se había lanzado sobre su vulva empapada y la penetró con la lengua, mientras la abría con los dedos para acariciar la punta del clítoris. Su mujer reía y gemía de gusto, sintiendo la esa lengua deliciosa, ese tentáculo de pecado entrar y salir suavemente, presionando… ¡oh, sí! La doblaba en el punto exacto, y sus dedos no dejaban de acariciarle la perlita, haciéndola saltar de gusto a cada segundo, ¡qué placer! Una sensación de plenitud se hacía más y más intensa cada vez que la lengua presionaba dentro de ella, y los pies de Polita empezaron a levantarse del suelo sin que ella misma se diese cuenta… pero Amador sí, y empezó a hacer sus caricias más velozmente, moviendo el dedo arriba y abajo, arriba y abajo, frotando sin piedad, y moviendo la lengua más fuerte.

     Polita ponía los ojos en blanco, su cabeza se movía y todo su cuerpo temblaba… ¡qué buenísimo era, se sentía taaaaaaaaaan bien….! El imparable cosquilleo se cebaba a la vez en la pared de su vagina y en su botoncito, le daba la impresión de que iba a estallar… y entonces, sus riñones parecieron estallar realmente, mandando la explosión por todo su bajo vientre, haciendo mil delicias cálidas que la hicieron estremecerse bajo la lengua y los expertos dedos de Amador, estremecida de gozo, notando la dulzura recorrer sus piernas temblorosas, su espalda curvada, sus manos que agarraban el pelo de la alfombra, y su boca abierta en un gemido infinito.

     La mujer respiraba en gemidos. Sonreía, con los ojos cerrados, los cabellos revueltos y una gota de sudor bajándole por la cara hasta el cuello… Amador, incorporado, la miraba, sonriente. Se ponía tan guapísima gozando… Al fin ella abrió los ojos, recuperada en algo la respiración, y le sonrió abiertamente. Se abrazó a él y se besaron, la lengua de Amador sabía salada, muy salada, pero Polita no sintió repelús alguno, todo lo contrario. Ese era el sabor de su placer…. Y recordando lo que había hecho, se dio cuenta que su Amador aún tenía hasta los calzoncillos puestos. Giró hasta quedar encima, y se los bajó de un tirón, apenas lo justo para descubrir lo que ella llamaba “esa maravilla de la Naturaleza”.

    El pene de su marido se erguía entre el negro vello púbico, y Polita se puso a caballito sobre él, mientras Amador se reía de puras ganas, sólo el pensar en el placer que le esperaba, el inmenso gusto de meterse en ella… Polita se frotó contra su erección, mojándole la verga con su flujo, tan caliente… Amador tuvo que cerrar los ojos de gustito, y la agarró del culo, por favor, que se la metiera ya… ya…    Su mujer sonrió dulcemente, se aupó, orientó el miembro de su marido y se dejó caer de un viaje.

      -¡Haaaaaaaaaah! – Amador se encogió, tensando todo el cuerpo, ¡qué sensación! Era tan dulce y tórrido… era una gran bañera de agua caliente, era seda pura, era como… “como mermelada calentita”, pensó, recordando aquélla entrañable estupidez que se le había colado en la cabeza la primera vez que hicieron el amor, hacía ya más de veinticinco años…. Polita, sosteniéndose los pechos con las manos y mordiéndose el labio inferior, empezó a moverse sobre él, entrando y saliendo, y haciendo círculos… cada subida y bajada, a Amador se le iba el alma, podía notar su miembro saliendo de ella sólo un poquito, para casi enseguida verse abrazado otra vez, recogido dentro de ella… cada meneo de caderas le movía todo el sexo, pero no sólo su pene estaba de fiesta: todo su bajo vientre parecía temblar, y le daban escalofríos deliciosos a cada vez que ella se movía.

    Polita apoyó los codos en el suelo, para ponerle las tetas en la cara, y Amador pensó que su costilla quería volverlo loco, o matarlo a polvos… “”Murió feliz”, podrían poner en mi lápida”, pensó, y él mismo empezó a mover las caderas, combinando sus meneos a los de Polita, mientras le chupaba las tetas… qué calientes eran… qué suaves, y qué bien olían, jabón y perfume, sales de baño, la crema hidratante, y el perfume… joder, qué bien olía la puta colonia esa, se la iba a comprar por azumbres,  mmmmmh… “ahora mismo, no hay nadie en el mundo que esté ni la mitad de a gusto que yo…”, se dijo Amador, tomó aire y aprisionó a su mujer contra sí, balanceando la cara entre sus pechos, hundiéndose en ellos, eran tan grandes y dulces que podía morirse ahogado entre ellos, haaaaaaaaaaah….

     Polita se rió, y su risa hizo temblar sus tetas, y empezó a moverse más deprisa, con más decisión, subiendo y bajando a golpes que hacía chasquear sus sexos húmedos. Amador tuvo forzosamente que soltarla y tomar aire, el placer le embriagó de golpe y le hizo temblar, agarró los pechos de su mujer y los apretó, sintiendo que el dulce cosquilleo le bajaba por la tripa y empezaba a tentarle la puntita del miembro… sí, sí.. sí…. Y se detuvo.

       -¡AH! ¡JODER…. Cabronaaaaaaaaaaaa…..! – Amador apretó los dientes, Polita se había salido de golpe, justito un segundo “antes de”. Su polla gritaba de frustración, y sus testículos llenos le dieron un latigazo de dolor caliente. – Esto no es justooo…

       -He pensado que mejor, ponemos a grabar el partido, y lo vemos juntos, pero después de la peli… ¿no quieres?

      Amador parecía casi a punto de llorar cuando gimió con voz de falsete, por un ladito de la boca:

     -Mecagoenmiputamadre…. Vale. – Polita sonrió, encantada, y se dejó caer de nuevo. Y Amador pensó que se había muerto, y estaba en el Cielo, ¡Dios, qué gusto, qué placer, qué alivio….! Su miembro gritaba de gratitud como antes de frustración, y con la misma intensidad, haciéndole sentir el placer infinito por todo el cuerpo, no había parte de su piel que no sintiese cosquillas y dulce picor, sus testículos le mandaban chispitas de gozo, y Polita no dejaba de brincar, sin salirse apenas, dejándole dentro todo lo que podía, haciendo que su glande se frotase contra su estrecho interior, y Amador sonrió sin darse cuenta, al notar que la explosión le llegaba, por fin, sí… un roce más, una arremetida más, y su frenillo palpitó dentro de su esposa, sus testículos zumbaron de gloria y un espeso chorretón de esperma le recorrió el miembro y salió despedido al vientre de su mujer, que sonrió al notarlo escurrir, quemando, mientras Amador notaba que sus caderas daban golpes para expulsarlo, el culo se le contraía y todo su cuerpo era bañado dulcemente en calor y en un bienestar indecible, y los ojos se le cerraban… ay, qué bueno había sidooooo…..

      Polita, tumbada sobre él, le llenaba la cara de besitos suaves, ahora mucho más tranquilos, y Amador la abrazó. Sea. Verían la peli esa, y él grabaría el partido, qué remedio… pero había valido la pena, vaya que sí.


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     -Sí, hombre, claro, ¡venga ya! ¿Pero qué clase de gilipuertas trabaja soldando con unas simples gafitas…? ¡Y ni una manchita en el mono, por supuesto…! Oigh, oigh, el pelo, oigh, qué guapísimo soy, me salgo, vamos…. Mira, mira qué payaso, por favor… Sí, arréglate otra vez el pelito, chato, que no te hemos visto, oigh, que se rompe, por Dios…

      -¿Bueno, Amador, te vas a callar, por favor?

     -¡Pero es que esto es una chorrada detrás de otra, Polita! Amos, no me jodas, esto es peor que las novelas Corazón que se leía mi madre, por favor…

     -¡Y que no se calla! – protestó Polita. Esa noche, sentados los tres frente al televisor mientras cenaban sándwiches calientes y frutas secas, estaban finalmente viendo la película, con no muy buen agrado del componente masculino, entiéndase Amador y Chus. El padre, ya con su cómodo pijama a rayas y sus pantuflas de cuadros, no cesaba de comentar lo artificioso y nada natural de la película, todo hecho a propósito para el lucimiento del protagonista.

     -Mamá, es que tiene razón… no les falta más que poner en la pantalla “el guapo”, cada vez que sale…

      -¡Jaja, como en El bueno, el feo y el malo! – se rió Amador.

     -¡Mira, me tenéis hasta las narices ya! ¡O me dejáis ver la peli, o el bizcocho que he hecho, no se toca hasta mañana!

     -Papa: me apetece verla. – dijo Chus, y Amador asintió, dispuesto a guardar silencio. Lo cierto es que le había prometido al chico pagarle el concierto dichoso si le apoyaba haciendo frente los dos contra la película, a ver si lograban que Polita se hartara y les dejase ver el partido en directo, pero un bizcocho casero de los de su mujer, todo esponjoso y dulce, rellenito de crema y con el azúcar glas por encima… era un argumento demasiado poderoso.
     

sábado, 11 de enero de 2014

Padre, marido y amante, ¿no tienes bastante?

  
    -Todos le conocéis de nombre. No sólo es una persona con un cargo de importancia, sino un hombre muy valeroso, de gran inteligencia y una auténtica personalidad para el ejército y un ejemplo para todos… Rieguer, si lo que digo no te interesa, a lo mejor prefieres dar veinticinco vueltas al campo.

     -¡No, señor! – se cuadró el joven, y miró al frente de inmediato. El capitán Stillson no pudo dejar de darse cuenta que, últimamente, el más travieso y descarado de sus reclutas, no le miraba nunca a la cara. Antes, jamás había hecho eso, pero ahora, cuando tenía que hablar directamente con él, parecía mirar un punto imaginario, situado un poco más alto de la línea de los ojos y ligeramente a la izquierda de la cabeza de su superior.

     -Bien. Decía que el Teniente Coronel Bonetti es un ejemplo para todos. Un ejemplo de capacidad, esfuerzo, valentía, tesón… y sobre todo, astucia e inteligencia. Va a venir no sólo a visitar a su hija, sino a supervisar todo el trabajo que hacemos en Fuerte Bush III. No quiero ningún tipo de bromita idiota. No quiero ni una sola muestra de indisciplina. No quiero ni una manchita minúscula en los uniformes. Aquél de vosotros que se atreva a dejarme mal, a dejar mal los esfuerzos de su hija y Coronela nuestra, puede tener la seguridad de que tendrá mucho tiempo para lamentarlo.

    -¡La teniente coronel Slade! – gritó el ayudante del capitán Stillson.

    -¡Fiiir-mes! – ordenó el capitán, y los veinte chicos y él mismo se cuadraron metiendo tripa y sacando pecho, llevándose la mano a la frente en saludo militar. No se oía ni respirar a nadie, la Coronela Slade, a quien los jóvenes soldados llamaban “Coronela Bragas de Hierro”, era terriblemente severa y estricta. Sin embargo, aquélla mañana, viéndolos a todos tan obedientes, parecía casi complacida.

    -Descansen – ordenó la mujer, y todos bajaron la mano, separaron ligeramente los pies, y dejaron los brazos a ambos lados del cuerpo. El capitán Stillson se apresuró a quitarse la gorra antes de dirigirse a la coronela.

     -Buenos días, señor. – la mujer insistía en ser llamada “señor”, puesto que opinaba que un soldado, no tenía sexo… pero lo cierto, es que ella sí que tenía sexo… con Stillson. Ambos disimulaban con toda corrección, entre otras cosas, porque ella estaba casada con otro hombre.

    -Buenos días, capitán. ¿Dando las últimas instrucciones… o advertencias, a la tropa? – la mujer, enfundada en un traje de chaqueta con una falda que apenas le llegaba a las rodillas y marcaba sus encantadoras curvas, hablaba con esa voz tan suya, cálida  y dominante, que igual podía preceder una tormenta de reprimendas y castigos, que un furioso beso de tornillo.

    -Sí, señor. Deseo que a la llegada del coronel Bonetti, todo sea perfecto.

    -Se excede usted, Stillson. – sonrió la coronela, acariciando su bastón de mando, coronado por una piedra negra de Lilium, con un palpitante corazón rosado. – Soldados, la cosa es muy simple. El que viene a visitarnos, no es mi padre, es un superior, el coronel Antonio “Ulises” Bonetti. En principio, no es una visita formal, pero su opinión será muy valiosa para éste centro de entrenamiento y estudios. Si queda contento, todos saldremos beneficiados, incluidos vosotros. Si queda descontento… - dejó la frase en el aire, y miró a los reclutas uno por uno. Ninguno de ellos fue capaz de sostenerle la mirada. – No. No queréis que quede descontento.

    El nerviosismo entre los muchachos casi podía palparse. Era asombroso cómo podía manejarlos sin ningún tipo de amenaza, sin siquiera levantar la voz… Stillson solía recurrir a castigos severos, a ejercicios físicos o teóricos, a amenazas directas o a hacer callar pegando una voz, y le solía dar resultado, aunque los muchachos le tomasen por un pesado estirado chalado por la disciplina. Sabía que le llamaban Don Perfecto o Estirado Stillson… pero ella, no recurría a eso. Sólo en un par de ocasiones había empleado la fuerza: en una, tumbando una litera porque sus ocupantes no quería levantarse, y en otra, sacudiendo un varazo  en la pierna de uno de los reclutas porque no querían correr. Y lo hizo sin apasionamiento ninguno, de forma completamente tranquila y metódica, sin dejarse sacar de sus casillas. En su frialdad, era mucho más temible que Stillson en su apasionamiento. “No amenaza con nada, porque les deja imaginar…” Pensó el capitán “Nada de lo que ella les dijera, puede ser peor que lo que ellos mismos se imaginen que puede pasar. Es esa incertidumbre lo que más miedo les da… la adoro”.

    -Hay otra cosa que debo haceros saber, con respecto a la visita del coronel. No vendrá solo. – La coronela dio la espalda a los reclutas y paseó lentamente mientras les hablaba. Stillson procuró mantener un gesto inexpresivo, a pesar de que él, sabía ya lo que venía. – Sabed que va a venir a visitarnos también un teniente de las fuerzas Aeroespaciales, y… mi marido. El teniente Aniano Milar. – Stillson se forzó a no mirar el rostro de su amante, pero el ver aquél fastidio en su cara cuando hablaba de su esposo, le llenaba de un egoísta regocijo. Detestaba a Milar desde que ambos eran niños y estudiaban en Fuerte Bush III. – Él no viene a inspeccionarnos, sólo es una visita personal mía. No quiero que nadie, repito NADIE, haga la menor distinción conmigo o con él, por estar emparentado judicialmente conmigo. Debe ser tratado con respeto, como corresponde a un superior, pero no deben observarse con él privilegios, ni confianzas, ni ningún otro tipo de trato por ser “el marido de la coronel” – “Eso, va por mí”, se dijo Stillson.

      -El coronel Bonetti, por su parte, vendrá acompañado de su oficial médico. Es una mujer, su médico personal y su asistente particular, pero es igualmente un soldado como nosotros. Y ella… tiene un discípulo. Es una chica. Muy joven, de vuestra edad. – Aún de espaldas, la coronela notó que los chicos intercambiaban miradas y se ponían alegremente nerviosos… hacía al menos un año que ninguno de ellos veía a una chica. – Quiero hacer especial hincapié en éste punto. Esa chica es un soldado. Igual que vosotros. Es un camarada, no una chica. Viene aquí acompañando a su maestra, porque ella también va a ser médico, de modo que está estudiando, no viene aquí para ser importunada por un montón de jóvenes con las hormonas desatadas. Si me entero, y me enteraré, que uno sólo de vosotros se ha atrevido a tratarla de un modo que no sea el estrictamente profesional, y Rieguer, esto va especialmente por ti… digamos que puedo molestarme. Puedo sentirme indignada. Y cuando yo me indigno, o me molesto… - se volvió de nuevo de cara a los reclutas, que agacharon las cabezas al instante, todos a la vez, como si llevaran ensayando una semana. - …lo que ha causado mi indignación, sufre. Y permanece sufriendo durante mucho rato. Tanto, que a veces incluso me arrepiento. Pero me arrepiento después, cuando se me pasa. Y vosotros todavía no sabéis lo que a mí me tarda en pasar una indignación. Y podéis creerme, no queréis saberlo. – La coronela les dejó masticar unos segundos ese miedo, y finalmente concluyó – Rompan filas.

     Los reclutas exhalaron aire casi al unísono, y echaron a andar, solos o en parejas o grupos, para dirigirse a las cantinas, las bibliotecas o los barracones. Hoy tenían el día libre y podían hacer, dentro de un orden, lo que quisieran.

    -Capitán Stillson. – el citado se cuadró. – Esta tarde, tengo pensado hacer ejercicio hasta más lejos que de costumbre. Dado que hoy, no ha salido de entrenamiento con sus reclutas, lo hará conmigo. Será mi escolta.

    Daniel “Dan” Stillson saludó marcialmente al tiempo que contestó un frío “sí, señor”, que no dejaba traslucir en absoluto el intenso cosquilleo que tenía en las tripas… Maldita la falta que le hacía a Sabella, la coronela, ninguna escolta en un planeta completamente pacífico y siendo ella la soldado perfectamente entrenada que era. Lo que quería, era disfrutar de un rato a solas con él, pero esto, sólo lo sabían ellos dos… o eso creían. El joven Rieguer, que todavía andaba por allí, fingiendo estar muy interesado en las florecitas rosas y amarillas que crecían al borde de la pista de entrenamiento, los miraba de reojo. Él se había enterado, por pura casualidad, de que su relación iba mucho más allá de lo profesional… accidentalmente, los había visto follando. Y no sabía qué hacer.

     “Si se lo cuento al marido de ella, nos libraremos para siempre de Estirado Stillson… pero Bragas de Hierro también sufrirá las consecuencias…”. La coronela había sido enviada allí para supervisar y sobre todo, para poner en orden el trabajo de Stillson en Fuerte Bush III, que en los últimos años, parecía haberse convertido más en una especie de reformatorio, que en el centro de entrenamiento de reclutas que pretendía ser, y en el pasado había sido. En el tiempo que ella llevaba allí, el centro había mejorado muchísimo, y aunque fuese estricta y mandona… bueno, la verdad que se hacía respetar. Después de que los reclutas, comandados por el propio Rieguer, en un intento de tomarse la revancha contra Stillson, se escapasen del centro y montasen una marimorena de aúpa en un bar que estuvo a punto de costarles la expulsión definitiva, le habían pedido una segunda oportunidad a la coronela, y ella… se la había concedido. Le habían asegurado que estaban arrepentidos y era cierto, pero ella no tenía por qué creerles, y sin embargo, lo había hecho… Era estricta, pero justa y deseaba confiar en ellos. Era difícil no tenerle respeto. Y además, caray, era muy guapa con su pelo rojo y su pecho tan alto, y esas caderas tan redondas y esos muslos gorditos, y esos ojazos verdes… Rieguer no quería perjudicarla. Stillson le daba un poco más igual. Era un chalao por la disciplina que se pensaba que estaban en el siglo XXI como poco, era un estirado que no toleraba el menor error… bueno, la coronela tampoco lo hacía, pero… ella no sermoneaba. Y para colmo, se la estaba tirando. No, a Rieguer, Stillson, no le caía precisamente simpático.

     “Tal vez podría contárselo a su padre… el coronel Bonetti no querrá perjudicar a su hija, así que no creo que la delate. Pero no habrá quien le frene con Stillson. Se las apañará para destruirle sin salpicar a su hija, es un hombre muy astuto, seguro que sabrá hacerlo… La pega es ver cómo consigo yo hablar con él. Dicen que es un hombre muy cercano a los soldados, aún sigue entrenando a chicos de mi edad y más jóvenes… quizá nos entrene un día o dos para ver cómo respondemos… Tal vez, podría hacerme el simpático en esos entrenamientos, y… ¿Y cómo será la chica? Bueno, es un soldado, y va para médico… las chicas guapas, no suelen elegir esos caminos, todo el mundo dice que el ejército es para perdedores, que salvo Aeroespacial, los demás somos la mierda, carne de cañón, basura… Si se ha metido en el ejército para ser médico, sin duda es porque la nota no le llegaba para estudiar en una universidad, y se metió aquí porque la nota de corte es mucho más baja, basta con un aprobado… No, no creo que sea guapa. Será una pobre perdedora… como yo”. Rieguer no quería sentir simpatía por la visitante, sabía que ese, sería el mejor camino para no meterse en líos. Pero lo cierto es que pensar que tendrían algo en común, hizo que ya le cayera bien, aún sin conocerla.



*************


     -A mí no me hace más gracia que a ti, Dan. – dijo Sabella esa misma tarde, corriendo junto al capitán. Llevaban un trote descansado que les permitía hablar sin excesiva dificultad. Dan sabía que ella no amaba a su marido, que éste le había sido impuesto por su padre, pero eso no implicaba que su llegada, le diese igual, y menos aún, que le diese igual la llegada de su padre. – Ha sido la única cosa que, en toda la vida, me ha obligado mi padre. Me pidió que confiara en él, pero nunca me ha explicado por qué.  Te garantizo que la llegada de Milar, no me agrada lo más mínimo.

    -Ya sé que no… pero comprende que me mosquee…. ¿Dormiréis juntos? – Dan intentaba mantenerse frío, pero su tono de voz le delataba, y la coronela sonrió.

    -Ni loca. Nunca lo hemos hecho. En los cinco años que llevo casada con él, creo que habremos consumado el matrimonio… tres, o cuatro veces. Siempre estoy muy ocupada, o coincide que estoy menstruando… Al principio, él insistía mucho, pero ahora ya se ha ido calmando, creo que tiene alguna lagarta por ahí.

    -Lo dices como si eso te molestara.

    -No te portes como un crío, Dan. Que no le quiera, no implica que no tenga mi poquito de orgullo. ¡Se supone que él, sí me quería a mí!

    -O sea que no le amas y te parece normal hacerle capricornio, de lo cual me alegro muchísimo, pero te parece mal que él no te ame a ti, y también se alivie por ahí… nunca entenderé a las tías. – Sabella frenó en seco - ¿Qué?

    -Que haces bien. Se supone que la Diosa dijo “ama a tu mujer”, pero nunca dijo “entiende a tu mujer”. – la coronela se le quedó mirando, con una sonrisa pícara, la cara colorada y un hilillo de sudor en la frente, mientras sus pechos subían y bajaban por una respiración algo más agitada, que no se debía tan sólo a la carrera. Sin mediar palabra, se acercó a ella y la tomó en brazos por la cintura, besándola casi con ferocidad. - ¡Espera, espera…! ¿Hemos salido ya?

    Dan consultó su intercomunicador de pulsera, en el cual podían ver si habían salido de la zona vigilada por el satélite, de modo que, pese a estar al aire libre, no pudieran verles. Su presencia y la de Sabella era un único puntito rojo, lo que delataba su seguridad; de haber estado aún en zona, su color sería verde. Asintió y la llevó a un lado del camino, y apoyados en un árbol comenzaron a besarse, mientras la propia coronela levantaba la camiseta de Dan y le bajaba los pantalones.

    -Ooh… Sabella, estamos locos… - musitó el capitán, metiendo la mano en la cinturilla elástica de los pantalones de su superior, apretándola de las nalgas, bajando las manos todo lo que podía, acercándose a la zona mágica, que ya estaba húmeda y desprendía un calor tan delicioso… - Pero prefiero estar loco a ser un gilipollas, y tu marido es gilipollas….

    -No me hables de él ahora, cariño… - boqueó la coronela, acariciando ya el miembro ansioso de su amante, quien tenía los pantalones bajados a medio muslo. – No me hables de él, ni de mi padre, ni siquiera de amor… ¡háblame sólo de sexo!

    -Mmmmh, sí… quiero follarte… - susurró Dan, frotándose contra ella. La coronela dejó escapar una risita y se volvió de espaldas, bajándose el pantalón sólo lo justo para que él pudiera entrar. El capitán se apretó contra su espalda, y…. una oleada de calor intenso y placer dulcísimo le hizo tiritar hasta los dedos de los pies, su miembro había encontrado el camino él solito, ¡qué deliciosamente estrecho era!

     “Quisiera tenerte así para siempre…” pensó Sabella, pero no lo dijo. No quería pensar en amor, en cariño… quería gozar, quería placer, no quería pensar en Dan y ella unidos, sino en la tranca de Dan partiéndola en dos… “Quiera la Diosa que todo salga bien…”, pensaba. No quería seguir con su esposo, temía que su padre lo pagase con Dan, temía un enfrentamiento entre ambos, o entre los tres… si todo salía mal y tenía que despedirse del capitán del que llevaba enamorada desde que eran niños, sería mucho menos doloroso si pensaba en él en términos de sexo, y no de sentimientos… En ese momento, Dan empezó a deslizarse lentamente, y Sabella le bendijo por llevarse de su cabeza cualquier posible pensamiento.

     “Me… me voy a derretir….” Pensó confusamente el capitán. Su compañera tenía las piernas juntas, y apretaba para darle aún más gustito, y vaya si lo conseguía, haaaaaaaah… era delicioso, estaba tan estrecha, y aún así resbalaba tan bien… Dan sabía que no podría aguantar semejante placer mucho tiempo, así que llevó la mano derecha al vientre de Sabela, y acarició, bajando, hasta encontrar…

    -¡Haaaaaaaaah… sí, ahí, ahíiiiiiii…! – …el punto “delicado” de la coronela. El travieso clítoris, empapado y caliente, resbalaba entre sus dedos, y Dan, sin dejar de moverse, lo cosquilleó despiadadamente, consiguiendo que Sabella se retorciera de placer entre sus brazos. La coronela puso los ojos en blanco y notó que su placer se disparaba en un segundo, una feroz corriente eléctrica le atacó el punto mágico, y apretó los dientes para no gritar de gozo. Dan se apretó contra ella, mientras la joven le agarraba la mano que él mantenía en su perlita, y pudo sentir los espasmos en su miembro… “Haaah… parece que quiera arrancármelo…”. Ése fue su último pensamiento consciente, a partir de ahí, su cerebro pareció desconectarse, y el placer inundó todo su cuerpo, sus nalgas se contrajeron y sus hombros se tensaron, una sacudida de un gusto maravilloso le dejó relajado y con una sonrisa bobalicona en los labios, mientras el alma se le escapaba del bajo vientre.

    -¿Capitán Stillson? Base llamando a capitán Stillson; conteste, capitán. – El intercomunicador zumbó y sonó, justo en medio de los mimitos, lo que provocó que Dan no contestase de excesivo buen humor.

   -¿¡Qué pasa ahora!? – gritó hacia su muñeca, mientras Sabella se subía el pantalón y le subía a él el suyo, pero al mirarle el pene empapado, una chispa traviesa brilló en sus ojos, y… - ¡Hah…!

   -¿Está usted bien, capitán?

   -¡Sí, sí, perfectamente… perfecto…uf…! – La boca de Sabella era dulce, cálida, y le recorría el miembro con toda suavidad, empapándole de saliva y acariciándole lento, lentito, con la lengua.

  -Perdón, no le oigo con claridad…

   -Estoy entrenando con la coronela… haah… ¡y ella, no se para porque yo esté hablando, así que diga rápido qué sucede! Aaffh….

   -Es sólo que el teniente Milar, de las fuerzas Aeroespaciales, acaba de llegar, señor… y pregunta por su espo… por la coronel Slade.

    -Ah… así que… ya ha llegado… ¿cómo se le ocurre adelantar la llegadaaaah… impidiéndonos que le hagamos un recibimiento con honores, como merece… haaaaah…? ¡Haah! Aaaaaaaaaah….

    -¿Capitán?

    -¡Soldado, hablar mientras se corre…. Mientras corres, no es fácil, te lo aseguro! Uuuuuuuuuuh…. Y si la coronela tuviese la bondad de paraaar… pero no se detiene…. Mmmmmmmmmffh…. – el asistente de Stillson, al otro lado, guardó silencio. Un silencio espantoso, y Dan intentó terminar deprisa la conversación – Soldado, diga al teniente que estaremos allí apenas terminemos el entrenamiento, cambio y cortooooooooo…. – Dan desactivó el intercomunicador literalmente en el último segundo; él nunca lo sabría, pero su asistente se arrancó el intercomunicador en la última palabra, maldiciendo su imaginación calenturienta. Mientras tanto, con la espalda apoyada en el árbol y las caderas dando convulsiones, el pene de Dan se vaciaba por segunda vez, y en esta ocasión, en la boca de la coronela, que le miraba sonriente mientras le lamía. La joven arrancó una hoja de yerbasanta y la masticó, para quitarse el gusto.

     -Oh, Danny… ¡estás tan precioso cuando terminas!

    -Ya puedes decirlo, porque casi terminas conmigo… - pero no pudo evitarlo: sonrió.


***********


     -Buenas tardes, querida. Me alegra mucho volver a verte – dijo Milar apenas la vio, pero por el tono, cualquiera hubiera podido pensar que hablaba con su tía, o con una abuelita millonaria, pero no con su mujer. Parecía sentir por ella respeto incluso cariño... Pero no amor, y desde luego, ninguna pasión.

      -Hola, Aniano... ¿Has tenido buen viaje? - "A ella le pasa lo mismo, pero disimula mejor", pensó Dan. El sabía qué modo de mirar tenía Sabella cuando alguien le gustaba, le desagradaba, o le era completamente indiferente.... Y su marido, pertenecía al tercer tipo. Milar se acercó a su esposa y la besó en ambas mejillas, con muy poca naturalidad, mientras ella se limitó a hacer el ruido, sin posar su boca en la cara de su cónyuge.

     -¿Stillson...? ¿Dan Stillson? - Milar pareció reparar en él por primera vez - ¡Qué sorpresa..! Me habían dicho que Fuerte Bush III era llevado por un viejo conocido mío, pero no imaginé que fueras tú... ¡Te hacía en un destino mucho mejor que ésto, querido amigo!

    -Oh, me gusta Fuerte Bush, me gusta entrenar a los nuevas fuerzas del Imperio - contestó Dan, a quien no le había pasado desapercibido el veneno, ni la falsedad de la frase. - no cambiaría mi destino por otro, considero más útil ayudar a los nuevos reclutas a hacerse un nombre y un sitio en el ejercito que... No sé, sacar brillo a una silla repasando inventarios de mercancías. Aunque sea en Aeroespacial. - aquél era, esencialmente, el cometido de Milar en Intendencia Aeroespacial, y el citado sonrió falsamente.

     - Bueno, no se puede esperar que la pobre infantería, comprenda las responsabilidades de la élite del ejercito.

     -Sin duda. Claro que, yo diría que, los oficiales que precisan de unos diez asistentes para entregar sus informes en plazo, quizá tampoco las entienden...

     -Oh, siempre olvido que en infantería, los oficiales tienen bastante con que su asistente, les traiga las zapatillas.

     -Sí, eso demuestra que todo lo atinente a nuestro trabajo, sabemos hacerlo solos.

    - ¡Claro, sólo se os pide que seáis niñeras!

    - ¡Unas niñeras que cumplen su cometido solas, a pesar de ser uno de los más duros del ejército!

     -Caballeros.... - Sabella interrumpió con la mejor de sus sonrisas - no es que no me complazca su sana rivalidad, ni que esté a disgusto con su fraternal intercambio de cortesías, pero... El capitán Stillson y yo misma, venimos de entrenar, estamos, sucios, sudorosos, cansados.... Creo que deberíamos adecentarnos un poco antes de la cena.  Capitán Stillson, supongo que cuento con su permiso para sentar esta noche al teniente Milar a la mesa de los oficiales, ¿verdad?

     Dan iba a asentir, aunque no le hiciese gracia sentarle en su mesa, hubiera sido de una grosería incalificable negarle ese derecho, pero el asistente del capitán apareció en ese momento.

    -¡Señor! ¡Lamento mucho interrumpir, señor, pero se acerca el transporte imperial que trae a bordo al coronel Bonetti, y solicita permiso para aterrizar de inmediato!

     -¿Aquí? ¿Ya? - a Milar no parecía hacerle mucha gracia la adelantada presencia de su suegro.

     -¿Y a qué se supone que espera, soldado? ¡Concédaselo!

    -E-es que eso hice, señor, ¡acaba de aterrizar, pensé que quedaba más tiempo, pero su nave no fue detectada por el satélite, ni el radar, ni...! Está ahí afuera, señor....

     Milar palideció, Dan estaba nervioso, ¡bonita manera de recibir a un superior, a un supervisor, y encima al coronel "Ulises" Bonetti, una leyenda viva....! Pero Sabella no se inquietó, miró hacia la ventana y vio a un hombre en un elegante uniforme militar, cuajado de galones y medallas, y sonrió como una niña.

    -Papá....- se le escapó -¡Papá! - y echó a correr. Dan la vio llegar a la zona de aeropista, frente a la ventana de su despacho, donde el transporte había aterrizado, y lanzarse en los brazos del coronel, que la levantó del suelo al abrazarla, le dio dos besos (y ella los devolvió besando la cara de su padre, no haciendo tan solo el ruido), y la miró de arriba abajo, como si esperase encontrarla más alta...

    -Bien.... Sudado, sucio o como sea, sigo siendo el capitán de ésta base, tengo que ir a recibirle esté como esté. - Pensó Dan en voz alta, y ya iba a salir por la puerta, cuando la voz de Milar le frenó.

     -Stillson. - cuando Dan le miró, lo que vió, no parecía en absoluto un alto cargo de las Fuerzas Armadas, sino una bestia herida y acorralada. - Sé bien qué parece mi matrimonio, pero no te engañes: ella y yo nos queremos, me lo ha demostrado en más de una ocasión... Me gustaría detallarte cada una de ellas, sé lo mucho que te molestaría. Pero sé que te molesta más que te deje con la intriga.

     -Milar... Estás hablando de algo, que sucedió hace catorce años. Ella y yo éramos unos críos, y tonteamos como críos, está más que olvidado. - mintió descaradamente Dan. Aniano le miró escrutadoramente.

     - Eso espero. Te voy a hablar claro, Dan: si me entero de que vas detrás de mi mujer, te mato.

     Dan se forzó a reír con indiferencia.

    - Antes que a mí, empieza por liquidar a toda la base. No creo que haya hombre en ella que no haya convertido a tu esposa en la protagonista de sus fantasías onanistas... - mientras salía del despacho, todavía llegó a sus oídos un "estás advertido, Dan".


*****************


 -Mierda… ¿no será esa, verdad?

     -Viene con la médico, y es de nuestra edad… desde luego, no es una maleta…

     -Cobain… esta noche, si alguien entra con gafas ultravioleta en el baño de reclutas, le sangrarán los ojos. – Rieguer, junto con Leblanc y Meucci, otro par de reclutas como él, no podían dejar de mirar a la joven que acompañaba al coronel Bonetti y a la doctora; una chica de su edad, de piel ligeramente azulada y cabello muy rubio, casi platino, lo que delataba su origen mestizo, hija, en su caso, de un humano, y una lilius. Los lilius, habitantes de Lilium-Arcadia, el planeta vecino, eran una raza pacífica y altruista, que adoraba a una Diosa sin nombre que predicaba el amor por encima de todo… y por lo tanto, consideraban el sexo una forma de rezar. La joven en cuestión tenía una dulce carita de muñeca que delataba su juventud, un cuerpo armonioso, piernas muy largas y curvas poco menos que insultantes para unos muchachos que llevaban más de un año sin ver a una chica y se acercaban a la segunda década de su vida sin haber catado besos más que de sus tías.

     Los tres reclutas habían seguido, con más o menos disimulo, al coronel, la doctora y la joven, mientras se dirigían al pabellón principal, donde serían inscritos formalmente. Estaban frente a la recepción, cuando la doctora fue a quitarse su anillo de identificación, con cuya pequeña pantalla, imprimiría la del registro electrónico, pero al quitárselo, se le quedó atascado, y al tirar para forzarlo, el aparatito salió disparado.

    -¡Yo se lo alcanzo, doctora! – dijo enseguida la muchacha, corrió a recogerlo, y se agachó, flexionando el cuerpo, y dejando una vista de su redondo trasero que hizo que los tres reclutas ahogasen un grito al unísono. Meucci, el más joven de los tres, pareció a punto de echarse a llorar ahí mismo. La jovencita ni cuenta se dio, pero cuando vio que el coronel, aún de espaldas a la puerta, se tapaba la boca con la mano y se estaba partiendo de risa, preguntó - ¿Qué sucede, señor?

     -Nada, hija… - contestó el coronel, aguantando la risa – Es sólo que… me parece que ya has hecho algunos amigos por aquí. Se medio volvió, y miró a los chicos - ¿Por qué no vas a saludarlos? – La chica les sonrió y empezó a acercarse a ellos. Rieguer se puso blanco, Meucci colorado, y Leblanc sin duda también hubiese cambiado de color, de no ser negro. Entre los dos, empujaron a Rieguer, “¡dile tú algo!”, mascullaron. El joven Meucci se tapaba media cara con la gorra, y Leblanc tenía tal sonrisa que parecía que le estuvieran estirando desde detrás de las orejas.

    -Hola… - dijo la chica, con una voz de campanillas – Me llamo Rina. ¿Cómo estáis?

    -Eeeh… - Rieguer intentó recordar la última vez que habló con una chica que no fuese de su familia. Sin duda debió ser cuando todavía pensaba que las niñas, eran todas tontas. – Todo… Todo Fuerte Bush III te da la bienvenida y se alegra de que estés aquí. – Podía haber quedado bien. La frase era buena, realmente podía haber quedado bien… de no haber sido porque ella sonrió y contestó.

     -Ya lo veo… ¡yo también me alegro mucho de estar aquí, aunque no se me note!

     -¿No… notarse…? – Rieguer no acabó de comprender, hasta que un temor horrible le hizo bajar la cabeza.

      -¡Oh, Diosa! – Leblanc se tapó la abultadísima entrepierna con la gorra, y se volvió de espaldas, al igual que Rieguer, Meucci directamente huyó, y al segundo fue seguido por sus compañeros. El rato había sido atroz, pero apenas se alejaron, estallaron en carcajadas…. Igual que el coronel.

    -¿Qué ha pasado, coronel? ¿Dije algo malo…? – Rina estaba realmente preocupada, la huída de los chicos la había sorprendido. Ulises no pudo contestar, y la doctora apoyó la mano en el hombro de su protegida.

    -No, no te apures, cariño, no has hecho nada malo… es sólo que ellos, no ven la sexualidad del mismo modo que tú. Para ellos, ha sido algo embarazoso. Sólo diles que no tiene importancia, y no lo saques a relucir… pero… no se lo digas ahora mismo, espera a la cena.

    Rina asintió, más calmada. “Qué poco sé de los humanos, aunque mi padre sea uno de ellos…” pensó “¿Qué puede haber de vergonzoso en una erección…? Eso, sólo demuestra que yo les gusto, y que son jóvenes y sanos; es bonito, no humillante… Nunca había olido tanta testosterona, segregada sólo para mí… qué amables han sido, sobre todo el que ha hablado… Nunca ha recibido el Regalo de la Diosa, no ha tenido jamás un orgasmo con otra persona… me gustaría mucho poder darle yo el Regalo… Oh, Diosa, concédeme el don de darle el Regalo, creo que puede ser la persona a quien yo me daría por completo”

lunes, 6 de enero de 2014

Mentira sobre mentira.


      -Vamos a ver si me entero… Entonces, a lo que he sacado en el dado, le sumo el…

     -Destreza, modificador de destreza, ¿qué tienes en destreza?

     -…No lo sé, ¿dónde está la destreza esa?

     -Amador, estás mirando abajo, las características están arriba. – le sopló Cristóbal.

     -Ah, sí, joé… Eeeh…. Dos, tengo un +2 en destreza.

     -Vale. Tóbal, mírale si tiene Esquiva Asombrosa. – Pidió Viola, que les enseñaba a jugar.

     -¿Si tengo qué?

     -Esquiva Asombrosa… - explicó él – Es una dote, la tienes que tener aquí, por la parte de atrás de la ficha, a ver… sí, la tiene.

     -Vale, genial, entonces, como has esquivado, en lugar de sufrir todo el daño, sufrirías sólo la mitad, pero como además tienes la Esquiva Asombrosa, no te hace nada de daño…. – Viola miró la cara tan pensativa que ponía Amador mirando su ficha de personaje, y preguntó - ¿Lo vas entendiendo?

    -…Sí. Casi sí, medio-medio. ¡Y que me digan los críos que la política es complicada y luego, jueguen a esto, “amos”, no me jodas! – Los presentes en el saloncito de Viola, se echaron a reír sin poder contenerse, porque Amador tenía parte de razón: los juegos de rol, ni de lejos eran el parchís. Era domingo por la tarde, y los profesores, picados por la curiosidad, habían querido aprender a jugar a esos juegos que la televisión definía a veces de “peligrosos y satánicos”, y se habían enterado que Viola tenía alguna idea de jugar. En un principio, Nazario, el jefe de estudios del instituto donde todos trabajaban, se había negado a ello, no quería ni oír hablar de juegos de rol, pero tras hablar con Viola y con el sr. Oliverio, el bibliotecario de la Universidad vecina, y que ambos le asegurasen que no había absolutamente nada que temer, y que eso del satanismo y los asesinatos en serie, eran chorradas, había accedido a que aprendieran si les daba la gana.

     Ahora estaban jugando una partidita de prueba, entre Cristóbal, Amador, Polita, la mujer de éste, y Luis, y Viola la masterizaba. Les había contado cómo iba, les había explicado por encima cómo hacer fichas y peleas, y había elegido “Planetas Prohibidos” como juego para que probasen. Para que no fuese tan árido, a pesar de haberles contado grosso modo cómo se hacía una ficha, les había dado personajes ya hechos, para que no tuvieran que hacérsela ellos y pudieran pasar directamente al juego. Amador era una especie de monje, su personaje pegaba con todo el cuerpo y tenía un gran poder mental que le ayudaba a ignorar el dolor, y era muy ágil. Su mujer era una contrabandista especialista en liar a cualquiera, buscar y desactivar trampas y robar; Luis un sacerdote especialista en sanación que también podía hacer mucho daño con determinados hechizos… y Cristóbal era un agente experto en armas y lucha cuerpo a cuerpo, con más vida, dotes y facultades que cualquiera de los tres, e incluso que dos de ellos juntos. Su personaje se llamaba Tánatos, y le apodaban Asesino Galáctico.

     “Huuuuuy, huy, cuánto favoritismo veo yo aquí….” Había dicho Amador, y Luis le había secundado, “¿Qué pasa, hay que tirarse al máster para tener un personaje molón?”, había dicho, mientras Cristóbal tomaba de la mano a Viola y decía que los orgasmos múltiples, tenían que agradecerse de algún modo.... La verdad es que lo estaban pasando muy bien, allí sentados en la alfombra, rodeando la mesita baja donde tenían la partida, comiendo patatas fritas, palomitas de microondas y chocolate, y jugando muy despacio, pero con muchas risas. A eso de las ocho, Amador y Polita dijeron de irse marchando, pero Viola les pidió que se quedaran a cenar, pidieron pizzas y se las comieron mientras dejaban a un lado la partida y se ponían de cháchara. En la sobremesa, sentados ya en los sofás, Viola se recostó sobre Cristóbal. Éste directamente subió los pies al sofá, y apoyó la cabeza en el regazo de la joven maestra.

     -¿Molesto…? – preguntó. Por toda respuesta, Viola sonrió y le abrazó, y empezó a hacerle mimos en la nuca y las orejas, rascándole como a un gatito. Luis, mirando la escena, sonrió. Amador no.  Conocía a Cristóbal hacía años. Los suficientes para haberle visto con su ex mujer, quien le echó de casa cuando se enteró que él se entendía con Viola… y que Viola, no había sido ni remotamente la primera aventura de él. Había estado en su casa muchas veces, las suficientes para saber que, cuando se ponía tan cariñoso, y más en presencia de terceros, era porque se sentía culpable por ser infiel. Y Cristóbal, que sabía que Amador estaba bien al corriente de todo eso, evitó deliberadamente mirarle a los ojos durante el resto del tiempo.


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     “Más me vale intentar dormir un poco… El despertador sonará dentro de cinco horas…” Pensaba Tóbal. Eran casi las dos de la mañana, Viola dormía profundamente, pero él no lograba conciliar el sueño. Sabía que Amador se había dado cuenta, ¿cómo había podido ser tan torpe? Es cierto, también sabía que Amador no era tío de andar con chismes, no diría nada… o al menos, eso creía. Se había callado sus aventuras con su mujer, porque ella no le caía nada bien. “Sabía que yo la quería. Pero sabía que me tenía negado el sexo, así que supongo que lo vería… “normal”. ¿Le seguirá dando igual con Viola, que sí le cae bien y es una compañera?”. Se dio la vuelta hacia el lado de Viola. Su brazo quería abrazarla, pero… no podía. Se sentía culpable si la abrazaba. Pero si se daba la vuelta hacia el otro lado, se sentía también mal.

   “A fin de cuentas, no ha pasado nada…” se dijo. “Pero pasará. Quieres que pase”, le dijo una vocecita muy molesta desde el fondo de su cabeza. La verdad es que no sabía si lo quería o no. Por Dios, era una cría… Topa no era más que una cría, tenía apenas diecinueve años, era una cría, y se portaba como una cría. “Pero una cría que tiene muchas ganas de tío”, pensó.

     Había sido hacía pocos días. Tóbal conocía a Topa (se llamaba Topacio, pero todos la decían Topa, para acortar) desde hacía un par de años, ya la tuvo el curso pasado en su clase. No sabía por qué se empeñaba en hacer el bachillerato de Ciencias, si no le gustaba, ni estaba hecha para ello… suponía que por juntarse con todos los chicos que poblaban el ramo, porque tenía fama de ser algo pendón. El caso es que venía a preguntarle cosas con frecuencia. Tóbal nunca le había dado importancia, hasta hacía cosa de una o dos semanas, en que fue a su mesa, ya cuando se habían ido todos, y le preguntó algo acerca de un problema. No es que le hiciera gracia quedarse después de la hora, pero… en fin, sólo serían dos minutos. Se puso a hablarle del problema, y entonces se dio cuenta que la chica no miraba al folio, sino a él. Estaba exageradamente apoyada en la mesa, resaltándose los pechos con los brazos, y meciendo las caderas. El escote, no había parecido tan acusado cuando ella estaba sentada, pero ahora, casi se le distinguía un pezón. Tóbal no quiso tomarlo en serio, y fingió no darse cuenta, mientras intentaba terminar de explicarle… pero la chica le interrumpió:

     -Profe, tiene que haber una manera más sencilla de resolver esto… - La chica se pasó el dedo índice, arriba y abajo, por el canalillo, fingiendo rascarse. Cristóbal se había levantado de su silla, e intentó parecer severo cuando le contestó.

    -La única manera que hay de resolver problemas, es estudiando de firme y practicando mucho.

    -¡No se lo tome a mal, profe…! - contestó ella enseguida, en apariencia apenada – Yo sólo quería decir que su asignatura me gusta, pero a veces es tan complicada… ¿No podría usted echarme una mano? ¿En algún recreo, por ejemplo…?

    Tóbal sabía que tenía que decir que no. Sabía muy bien qué pretendía la chica, y no estaba dispuesto a cambiar aprobados por sexo, no había aceptado jamás un soborno, y no iba a empezar dejándose llevar al huerto por una cría que ni llegaba a los veinte, y pensaba que sus tetas le iban a ayudar toda la vida… Pero quería pensar que decía la verdad, que no estaba intentando seducirle, que sólo quería aprender… “Una mierda. Tu cerebro sabe muy  bien que no es eso, pero tu pito está deseando creérselo todo”, se dijo.

    Le había dado clase dos veces desde entonces. La primera vez, todo había sido casi normal… casi. Ella se arrimaba mucho a él, estaba casi pegada a su brazo, y cuando cruzó las piernas, balanceaba el pie y le acariciaba la pierna con él. Tóbal se había apartado dos veces, y las dos ella se arrimó de nuevo. La segunda vez, que había sido el viernes pasado, la chica, apoyando el brazo y todo el busto en la mesa, se había quejado del calor y se desabrochó un botón de la blusa, dejando perfectamente a la vista el sujetador. Cristóbal volvió la cara, furioso con ella y consigo mismo.

    -Topacio, no sé qué te has figurado, pero no pienso aprobarte porque me enseñes el sostén. Ciérrate la blusa. – le dijo, mirando hacia la pared del aula.

     -Profe… - de nuevo, la vocecita triste – Yo no quiero que me apruebe por eso. En realidad, no quiero que me apruebe. – Cristóbal no tuvo más remedio que volver la cara, inquisitivo. Al menos, ya se había abrochado el botón de nuevo, pero los ojos brillantes eran aún peor – Si lo hace, dejaré de verle… y yo no quiero dejar de verle. Usted me gusta… - La mano derecha de la joven se posó en su muslo y acarició, y Cristóbal dio un respingo, pero la maravillosa sensación de calor, y sobre todo el peligro, el morbo… atacaron violentamente su estómago y algo más abajo, y le pareció que no tocaba el suelo. Y en ese bendito momento, sonó la campana. Tóbal casi saltó de la silla y huyó del aula. Corrió hacia los lavabos, y mientras lo hacía, hizo una llamada perdida a Viola. Para cuando él llegó a los lavabos, la maestra ya estaba allí, se metieron en un cubículo como solían, y… “Soy un cabronazo”. Lo había pensado entonces, y lo seguía pensando ahora. Lo había pensado en el momento en que se metía dentro de Viola mientras pensaba en la chica. Lo había pensado mientras la embestía desde atrás y con los ojos cerrados, haciéndolo con Viola, pero pensando en su alumna. Lo había pensado mientras un delicioso orgasmo le vaciaba los testículos en dulces espasmos mientras apretaba la boca para no susurrar el nombre de Topa. Y lo seguía pensando ahora, tumbado junto a Viola, y sintiendo remusguillo en el estómago al saber que al día siguiente, vería de nuevo a la chica.


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     -Doble de café, a ver si te despejas… - sonrió Viola a la mañana siguiente, saltarina y alegre, como siempre, mientras que él estaba hecho un zombi. Se bajó el café casi de un trago, estaba bien fuerte, y se sintió mejor.

    -Gracias.

    -Dime una cosa, Tóbal, ¿tu mujer te ponía el café…? – preguntó ella, mientras dejaba la cafetera, desmontada, en el lavaplatos.

    -No, ella era de descafeinado.

    -Mira, otra cosa en la que no nos parecemos. – se volvió. En la cabeza de Cristóbal empezó a sonar una alarma. - ¿Sabes en qué más no me parezco a tu mujer?

    -Viola, ¿qué…?

   -No me parezco a tu mujer en que yo, no soy tan gilipollas. Ayer no te lo dije porque estaban los demás y era muy tarde, pero no me tomes por tu mujer, porque no lo soy. Si tienes queja del sexo conmigo, dímelo, pero no se te ocurra engañarme.

   -Viola, yo no... ¿por qué dices eso? – intentó hacerse el inocente.

   -Porque te conozco. Y porque la cabra, tira al monte. Se te ha puesto a tiro un chochito de diecinueve, y has pensado “¿por qué no?”. Pues te prevengo: hazlo, y la próxima vez que te sirva café, será tirándotelo a la cara. – la maestra tenía la cara roja, los ojos brillantes, y le temblaba la voz. Estaba furiosa y dolida, y Cristóbal se sintió más cabrón que nunca por haberla… “engañado” en una fantasía, pero al mismo tiempo… esa parte primitiva de su cerebro, esa que venía de serie desde la Edad de Piedra, se puso a dar brincos con su garrote mientras gritaba “unga, unga, ¡dos hembras desean a mí! ¡Yo muy macho!”. Tóbal conocía bien esa zona, maldito Arquicórtex… le había metido ya en más de dos problemas en su vida, y siempre por las mismas causas, pero… también servía para sacarle de ellos. Al menos, por el momento. Sonrió con ternura y cierta picardía, mientras se levantaba de la mesa y le abría los brazos a Viola.

     -Terroncito…

     -¡No me vengas con “Terroncito”! – pero Tóbal no se dejó arredrar, y sonrió más abiertamente.

    -Cariño, ¿de eso va esto? ¿De que tienes miedo de que tu Asesino Galáctico, se ponga a jugar con otras niñas…? – Acarició a Viola de los brazos, la profesora no tenía clases ese día, y estaba aún vestida sólo con el pijama rosa. Su cara aún seguía furiosa, pero sus ojos querían tanto creer a Cristóbal… - ¿Qué te hace pensar eso?

     -Que he visto cómo esa niña te persigue por los pasillos, te busca para preguntarte cualquier tontería y te pone las tetas en la cara en cuanto tiene ocasión.

     -Pero eso, no significa que yo vaya a mirárselas…

     -Ayer te recostaste sobre mí, con la casa llena de gente, ¡nunca haces eso! Delante de los demás, te gusta presumir de sexo, pero no de amor… es algo que haces sólo cuando te sientes culpable.

     Cristóbal había sido más imprudente de lo que él mismo pensaba, Viola no sólo trabajaba con él, además no era ninguna tonta. Él había creído, había estado convencido de que los acercamientos de Topacio siempre habían sido en privado, pero la chica, como cría que era, no tenía ninguna discreción, y mientras que él lo había tomado por un tonteo o ni siquiera se había dado mucha cuenta de ello, Viola lo había visto todo. Pero no podía derrotarse.

    -No, Viola, es algo que sólo hacía cuando me sentía culpable… con mi ex mujer. Tú sabes que ella no me daba sexo, nada en absoluto, ni un beso. Por eso, cuando tenía aventuras con otras, me sentía culpable por no ser lo que ella quería, y me ponía cariñoso, para que ella se sintiese feliz, y me… “perdonase”. Sólo lo hacía por eso. Contigo lo hago por que te quiero. – Viola quería seguir enfadada, pero sus sentimientos fueron más fuertes y se abrazó contra Tóbal. Éste la acarició la espalda. – Ay, mi gatita celosa…. Mira, ¿qué te parece si llamo y digo que estoy enfermo, y nos pasamos toda la mañana jugando….?

     -Estás loco, ayer te vieron en plena forma, no puedes… - contestó Viola, pero ya tenía una sonrisa hasta las orejas, que era lo que había previsto Cristóbal. Éste insistió un poco más, pero la joven maestra se negó y le despachó para el instituto.

     En el coche, de camino hasta allí, no podía dejar de darle vueltas. No iba a hacerlo, claro que no. No iba a liarse con Topacio, estaría loco… pero caray si podía. Claro que podía, Viola estaba loca por él, si se andaba con el suficiente cuidado, ella no se daría cuenta de nada, y podría hacerlo. Pero eso no importaba, porque no iba a hacerlo. Pero, por diversión, podía pensar… la chica estaba dispuesta, claro que sí. Dentro del instituto, no podía hacerlo, Viola se acabaría enterando, aunque nadie los viese. Lo más juicioso sería… lo más juicioso, sería NO hacerlo, y él no lo iba a hacer. Pero, si le diese por hacerlo, lo más sensato sería quedar fuera del instituto. El Café Royal sería un buen sitio, tenía reservados, y era un sitio no muy conocido. O el Hotel Maravillas, que tampoco quedaba demasiado lejos, la pega es que era mucho más caro, estabas un par de horas y pagabas por toda una noche…

     El remusguillo en el estómago. Cuando Cristóbal aparcó en su plaza subterránea y cerró el coche, sintió ese dulce mariposeo en las tripas, o mejor dicho, fue consciente de él, porque llevaba sintiéndolo desde que empezó a fantasear con la idea, igual que sentía el bordoneo, el cosquilleo en su sexo. Más le valía calmarse. “Qué suerte tienen en ese aspecto las tías, ellas pueden estar chorreando, pero no se les nota”, pensó.


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     -Mirad, una curiosidad… Si os fijáis, el oro y el hierro, son muy similares en el fondo: sólo los diferencia un protón, sólo uno. Sin duda, habréis oído hablar de los alquimistas en Historia, ¿verdad? – preguntó Cristóbal a sus alumnos.

     -Sí, esos que pretendían convertir en oro metales corrientes… ¿no? – contestó, precisamente, Topa.

     -Exacto. – a Tóbal se le escapó una sonrisa de aprobación que duró un segundo más de lo debido, y la chica se relamió. Cristóbal apartó la mirada. -  Es cierto que empezaron a caballo entre la brujería y la superstición, pero en el fondo, sentaron las bases de los estudios químicos. No hay posibilidad de convertir el hierro en oro, pero sí dieron a cambio con muchas aleaciones interesantes en sus estudios, y si hubieran sabido que el oro estaba a sólo un protón de distancia del hierro, sin duda se hubieran tirado de los pelos. – la clase sonrió. Topa, mirándole fijamente, lamía su bolígrafo, y cuando vio que él la miraba también, se lo metió en la boca casi hasta el fondo. – Es lo que se conoce como… “Tan cerca, pero tan lejos”.

    Es poco probable que Cristóbal se hubiera alegrado nunca tanto como aquél día, de que diese la hora y tuviera que marcharse a su siguiente clase; prácticamente salió corriendo del aula. “Esa chica va a saco…” pensó. A las once, la hora del primer recreo, tendría la clase con ella. Por un lado,… bueno, para qué mentir: su cerebro le decía que estaba loco perdido, que no se trataba sólo de Viola, sino de su empleo, por muchos diecinueve años que tuviera, era su alumna, no podía liarse con ella… Pero su polla no dejaba de gritar: “¡A por ella, Cristóbal, fóllatela, vamos a hacerla aullar como a una perra en celo, lo está deseando, quiere que me guardes en su coño tenso y húmedo, que le aprietes las tetas hasta dejarle marcas y que la empotres contra la pared hasta partirle las costillas! ¡No seas imbécil, ¿cuándo te van a poner en bandeja una potra de ese estilo?!”

    Podía hacerlo. ¿Quién se iba a enterar? Nadie. Si lo hacía con cuidado, no se enteraría nadie. Puede que Viola hubiese sospechado, precisamente porque había sido Topa quien se le había acercado, pero si él tomaba las riendas, sabría ser discreto. Podía perfectamente disfrutarla una vez, sólo una vez… Topa tampoco querría más, sólo quería sacarse el picor de coño, nada más… Qué cuernos, no estaba enamorada de él, era un cuarentón con entradas, peludo, narigón y bajito, no iba a robarle el corazón a una cría de diecinueve años, ella sólo quería aprobar la asignatura y jugar al profe y la niñita, nada más… entonces, ¿por qué no?


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     ¿Por qué no? Se preguntaba una y otra vez, ¿por qué no? Hacía girar el bolígrafo a toda velocidad entre sus dedos, mientras esperaba que llegase Topa, y entonces llamaron a la puerta, y entró.

    -Buenos días, profe… - sonrió.

    -Buenos días. Siéntate. – La chiquilla sonrió y, como era su costumbre, se sentó a su lado. Siempre solía sentarse cerca, y se iba pegando más y más a él. También esa mañana lo hizo, solo que lo consiguió mucho más rápido, porque Tóbal no se apartó. De fuera, llegaba el jaleo del recreo, pero en ese momento, Tóbal sólo escuchaba los latidos de su propio corazón. A la joven no le pasó desapercibido que su maestro ya no se retiraba, y sonrió con lascivia. Cruzó las piernas y le acarició con el pie… y Cristóbal la miró a los ojos, y arrimó su pierna a las suyas. Topa se mordió el labio inferior y pareció luchar contra el impulso de abalanzarse sobre él y montarle allí mismo, en el aula vacía.

     -Profe… - La joven llevó la mano al botón de su blusa, para desabrocharlo, y Cristóbal la frenó, tomándole la mano… y acariciando su pecho con el dorso de los dedos.

    -Espera. Topa, tenemos que dejar cosas claras aquí. – Sonrió. – Yo también quiero, pero es preciso que te haga saber algunas cosas… Eres muy impulsiva. Podemos buscarnos un lio los dos, si no te refrenas. A partir de ahora, tienes que tratarme con más indiferencia, ¿vale?

    -Vale, profe.

    -Segunda: en el instituto, no podemos quedar, ni vernos. Tarde o temprano, alguien sospechará, y eso no será bueno ni para mí, ni para ti tampoco. Si quieres que nos veamos, tiene que ser fuera del centro, ¿de acuerdo?

    -Sí, señor… ¿Puede ser esta tarde? Por favor, ya no aguanto más, quiero tenerle esta tarde… - La mano derecha de Topa bajó hasta el muslo del profesor, y empezó a acariciar hacia arriba. Tobal cerró los ojos, mientras sentía que su virilidad se erguía con fuerza. No la frenó. Se reclinó un poco en la silla para dejarle sitio, y la joven sonrió, encantada, pasando a acariciar el bulto. Estaba roja, muy roja. Un cosquilleo dulce y terriblemente incitador se expandió por el bajo vientre de Cristóbal, pero su cerebro dio la voz de alarma, “No la dejes seguir… no puede cascarte una paja aquí, en mitad del aula, puede entrar cualquiera y veros…”. Con evidente esfuerzo, la tomó de la mano y la apretó, pero la sacó de su entrepierna.

    -Y tercera… ¿estás SEGURA de querer hacer lo que vamos a hacer?

   -Profe… si no me hubiese frenado, ya estaría debajo de la mesa, haciéndole la mamada de su vida.

   -Vale – sonrió. – Hoy, acabas a las dos, ¿verdad?

   -Sí.

   -Ve al aparcamiento. Plaza H4. Allí estaré. Te esperaré un cuarto de hora. Si no vienes, entenderé que te has arrepentido, y no habrá resentimientos, ni represalias, ni nada… ¿de acuerdo?

    -La primera campanada de las dos, la daré aquí, y la segunda, en el párking. – Topa le besó, muy cerca de la boca, y se levantó, toda sonrisas, lanzándole un besito antes de irse. Cristóbal se quedó cavilando.

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     “¿Vas a hacerlo, verdad? No puedo creer que vayas a hacerlo…”. “Sólo será ésta vez, nada más… nadie va a enterarse, así que nadie va a sufrir”. “Sí, claro, eso mismo decías cuando se trataba de tu esposa. Ella no te daba sexo, y eso te disculpaba para ponerle los cuernos todo lo que querías… Viola sí te da sexo, ¿cuál es la excusa aquí?”. Y a eso, no sabía qué contestar. Su conciencia no había dicho ésta boca es mía hasta entonces, pero una vez dada la cita, parecía haberse despertado de golpe. Estaba dando las clases “en automático”, y en cada pausa entre las mismas, no dejaba de pensar… “Vas a hacerle daño a Viola, mucho daño… a una persona que te quiere, que te acogió cuando tu mujer te echó de casa, y que te salvó del autocastigo que te impusiste. ¿Así se lo vas a pagar? ¿Tirándolo todo por la borda por un calentón?” “No es cierto, no voy a hacerle ningún daño, porque no se enterará, no lo sabrá nunca. Lo que Viola no sepa, no le hará daño”. “Pero tú sí lo sabrás. Sabrás que la has traicionado, y eso te hará sentir mal, y no vas a poder arreglarlo acurrucándote en su regazo, o comprándole algo caro…”. Cristóbal, ya de camino al aparcamiento, se maldijo a sí mismo. Eso, era exactamente lo que pensaba hacer: en cuanto terminasen el polvo, tenía pensado ir a comprarle algún regalito, y decirle que llegaba tarde precisamente porque había pensado en ella, en hacerle un detalle… no se había dado cuenta hasta ese momento.

    “¿Cómo puedo ser tan cabrón…?” pensaba, bajando en el ascensor del párking. Su bolsillo vibró. Sacó el móvil.

    “Procura no tardar, o cogeré frío. ;) ”, decía el texto. Viola le mandaba una foto de ella misma, tendida en la cama, y desnuda. En otro momento, ese mensaje le hubiera alegrado el día. En aquél instante, le invadió una profunda sensación de náusea. “Sólo será esta vez. Prometido, sólo ésta. Es la última vez que me lío con otra, palabra de honor… sólo quiero… sólo quiero saborearlo por última vez. Sólo eso, no hay sentimientos, no hay nada, sólo es sexo, nada más… no la estoy engañando, es lo mismo que hacerme una paja, es igual… y será la última vez. Jurado”. Se dijo, y llegó al garaje. Se apoyó en el coche, y espero. “Desearía haber terminado ya. Ojalá estuviera ya de vuelta en casa... Tengo que responderle al mensaje, tengo que decirle que voy a llegar tarde, y que le daré una sorpresa…”, se dijo. Cogió el móvil y miró el mensaje una vez más. Intentó pensar en Topa, tenía unos pechos grandes y preciosos, y en las ganas que tenía de estrujárselos, de follarla, de… y por primera vez desde los doce años, pensar en sexo no produjo ningún efecto en su cuerpo. Su pene, horas antes tan ansioso, estaba callado y muerto.

     -¡Hola, profe! – dijo una alegre voz a su espalda. Tóbal se volvió. La chica estaba frente a él, muy sonriente, pero al mirarle a la cara, su sonrisa se desvaneció. - ¿Qué pasa?

   “No sólo soy un cabrón. Encima, soy un gilipollas”, pensó. Se acercó a la chica y negó con la cabeza.

   -Topacio, verás… - ¿qué importaba darle cualquier explicación? Fuese la que fuese, ella querría rebatirla. Era mejor ser directo – Perdóname. No puedo.

    -¿Qué quieres decir con que “no puedes”? ¿Me pones la polla en la mano y ahora te entran escrúpulos? ¡Venga ya!

    -Sé que esto te molesta, sé que te he dado la cita yo, pero… Sencillamente, no puedo. No tiene nada que ver contigo, eres muy guapa, pero yo…

   -¡Tú eres un cagado, eso es lo que eres! ¡O me llevas a follar ahora mismo, o voy y le digo al jefe de estudios que me has violado!

   Tóbal suspiró, malhumorado.

   -Si crees que eso es lo correcto, hazlo. Yo no te lo impido. Sé que mi conducta contigo, no ha sido adecuada para un profesor, así que estoy dispuesto a cargar con ello… pero no puedo acostarme contigo. No voy a hacerlo.

    -Cobarde de mierda, rajado, maricón… - masculló Topa con asco. – Esto, no va a quedar así, te lo aseguro. ¡A mí, nadie me desprecia, y menos un carroza como tú! ¿Quién te has creído que eres? – Tóbal aguantó el chaparrón de insultos, mientras la joven se alejaba. Suponía qué vendría ahora. Nazario, el jefe de estudios le iba a bombardear, él también sabía que había tenido varias aventuras, pero nunca había sido con alumnas, es posible que se aviniera a oír la verdad… si bien es cierto que la verdad, tampoco le dejaba muy bien parado… “Parado, es como te vas a quedar”, se dijo. “Cuando lo haga saber, ningún padre te querrá cerca de una hija suya. Enhorabuena, gilipollas, acabas de firmar tu sentencia de muerte, y ni siquiera has catado el polvo….”. Se dispuso a abrir el coche, cuando oyó un trote a su espalda, y alguien le abrazo por detrás con tal fuerza que le dejó sin aire.

    -¿Viola? – El perfume, el tacto, el color de la ropa… todo la delataba. – E-espera, no saques conclusiones, puedo explicarlo, no es lo que parece… - empezó a decir, hasta que se dio cuenta que ella, lo estaba abrazando.

   -Lo he oído todo, tontorrón… la has rechazado. – Tóbal se giró. Viola sonreía, una sonrisa llena de alegría… y por primera vez en horas, se sintió alegre él también.

   -Viola, ¿cómo… qué haces aquí?

   -Quise venir… para darte una sorpresa. Te mandé el mensaje para que creyeras que estaba en casa, aunque estaba aquí, y pensaba saltarte encima en cuanto te viese, pero vi que no abrías el coche, que esperabas… y al verla aparecer, pensé que os mataba a los dos, pero cuando te oí que decías “No puedo…”…Te adoro, Tobalito… - Viola le acariciaba la cara, con los ojos brillantes, mirándole los labios, y Cristóbal sintió que su cuerpo empezaba a pedir fiesta, primero en murmullos, para enseguida romper a cantar a voz en grito:  “¡tralará-lará, tíratela, tíratela!”. Abrió la portezuela de atrás y sonrió con picardía.

    -Acomódate y hazme sitio, Terrón de azúcar… - Viola sonrió y se reclinó en el amplio asiento trasero, subiéndose la falda y separando las piernas, mientras Cristóbal se recostaba sobre ella, cerrando la puerta al entrar. Por un momento, gozaron de la sensación de mirarse a los ojos, abrazados, sintiendo cómo el calor y el deseo aumentaban gradualmente. Tóbal arrimó su cara a la su amante, acariciándose mutuamente, retrasando el momento, hasta que ella misma gimió con voz desmayada:

    -Oh… ¡Oh, Asesino Galáctico…! – y le tomó de las solapas del traje para besarle, metiéndole la lengua en la boca casi con ferocidad, con ansia… Tóbal respondió, despojándose de la chaqueta, mientras la propia Viola le desabrochaba la camisa. ¡Qué delicioso escalofrío le hizo temblar de pies a cabeza cuando las manos de la maestra le acariciaron el pecho, los costados…! Viola se abrió la blusa, dejando ver sus pechos. No traía sujetador, había venido “lista para la batalla”, y Tóbal se dejó caer de cara entre sus tetas, apretándolas, entre las risas de la joven, que movía las caderas para acariciarle el bajo vientre, y su erección… esa erección que pedía a gritos ser liberada.

   Viola manoteó entre los cuerpos de ambos, y frotó el bulto, apretándolo. Cristóbal tuvo que sacar la cara de entre los pechos de su amante para poder tomar aire, con los ojos en blanco, y una sonrisa bobalicona en la cara.

    -¡Haaaaaah…. Más! – pidió. - ¡No pares, Viola, cáscamela, quiero mojarme en los pantalones…. Sí! – Viola estalló en carcajadas y apretó más fuerte, frotándole más deprisa, ¡le encantaba cuando su Tóbal se ponía tan vicioso…! Y hoy, quería mimarle, quería hacerle todo lo que él le pidiera. “Eres un cabroncete guarro… si no te hubiera entrado un ataque de culpa, te hubieras ido con esa niñata… Pero no lo has hecho, y eso es lo que importa… Soy una tonta, pero te quiero y me haces feliz…” pensó Viola, frotando con rapidez, mientras Tóbal le ofrecía la lengua y ella la entrelazaba con la suya. El profesor le pellizcó un pezón entre el pulgar y el anular, rascándolo con el índice, y Viola estuvo a punto de parar de masturbarle, sólo por el intenso placer y deseo que le producía esa caricia… En lugar de ello, soltó los gemidos, mirando a Tóbal a los ojos, dejándole ver el goce que sentía, mientras sus lenguas no paraban de juguetear.

    “Me derrito… me fundo aquí mismo, voy a inundar el pantalón…. ¡SÍ! ¡SÍ!” pensaba Tóbal, sintiendo con cada caricia cómo le subía el placer más y más. Cada caricia caliente le hacía subir el cosquilleo desde los huevos al glande, los dedos de los pies se le encogían a cada roce, ya no aguantaba… no podía más….

    -¡Síiiiiiii, Violaaaaaaaaaaah…..! – gimió, estremeciéndose entre sus dedos, sintiendo una dulce oleada de semen caliente escapar de su cuerpo, sintiendo cómo le palpitaba la polla contra la mano de la joven profesora, mientras olitas de placer le recorrían el cuerpo… dejándole con ese cosquilleo tan bueno en el bajo vientre, que venía a querer decir “ha sido estupendo, pero sigo teniendo ganas”.

    -Mmmmh… qué calentito… Mmmh, me has mojado… Niño malo, te has manchado el pantalón… - jadeó Viola. Tenía razón, pensó, sonriendo. Se había puesto perdidito, tenía toda la zona de la bragueta empapada, y cuando se abrió el pantalón, su miembro erecto estaba empapado en semen. Viola le acarició, produciéndole un escalofrío, y se llevó la mano a la boca, para lamer parte de su descarga. Dios, cómo le ponía que hiciera eso. - ¡AAaaaaaaaaah, Tóbal, espera…. Haaaaaaaaah… espera… quería ponerme encimaaaaah…! – gimió, sonriente. Pero Tóbal no podía esperar, ni quería que ella se pusiera encima para darle placer, quería embestir, lo necesitaba… y quería hacerlo mirándola a la cara, a los ojos. Quería ver la carita de placer que ponía, quería ver cómo ella gozaba y le deseaba… quería oír cómo le llamaba “Tóbal”, o “Asesino Galáctico”… pero no “profe”.

    Tóbal jadeaba, entrando y saliendo de ella, extasiándose en la suavidad, el infinito calor que su sexo desprendía. Viola, con las mejillas rojas y brillantes, se abrazaba a él con brazos y piernas, poniendo los ojos en blanco y sonriendo de gusto a cada arremetida… La maestra sabía que su amante era siempre apasionado, pero hoy… quería que ella gozase más aún, quería sentirse deseado y perdonado, aunque en realidad no hubiera ocurrido nada irreparable, pero quería hacerse perdonar. Viola no tenía que perdonarle nada, es posible que hubiera estado a punto de… pero finalmente, no lo había hecho. Pero oye, si quería seguir pidiéndole perdón, por ella, podía estarlo haciendo años… aaah, Tóbal la estaba taladrando, ¡qué maravilla! Su sexo casi palpitaba, no aguantaba más…

    -Tóbal… me… me voy a correr… - anunció. Quiso abrazarse a él, pero Tóbal la besó sin poder contenerse, sin cerrar los ojos, y la joven gimió su orgasmo contra el paladar de él. Cristóbal la vio ponerse tensa, con los ojos en blanco, agarrándole de la camisa como si quisiera desgarrársela, mientras él no dejaba de penetrarla; Viola tembló, apretándole, succionándole la lengua, dio una convulsión en el asiento y gimió con fuerza… soltó su boca, y sonrió, con la mirada perdida, sudando, y con el coño temblándole… Tóbal no paró, bajó el ritmo de sus embestidas, pero no paró… Aaahhhhhhh… qué gustito daba meterse dentro de ella cuando se estaba cerrando… Esos tironcitos, esos temblores que le daba, mmmmh…. – Tó… Tóbal… si sigues así…. Por favor, volverás a ponerme cachonda…

    Tóbal sonrió con malignidad, y empezó a embestir ferozmente de nuevo. Viola gritó sin poder contenerse, levantando las piernas y temblando una vez más, ¡estaba a punto de caramelo! Cristóbal sabía que después iba a pasarse toda la tarde dormitando, y que Viola estaría escocida, ¡pero no podía detenerse, no sabiendo que ella estaba de nuevo a punto de correrse! Su miembro resbalaba en el interior de su compañera, produciendo chispas a cada movimiento, un reguero de calor delicioso que se cebaba en el glande y amenazaba con estallar, y Viola no dejaba de sonreírle, acariciándole la espalda y bajando hasta las nalgas, apretándole del culo… y mirándole con ternura aún así. Llevado del momento, Tóbal confesó algo que era completamente cierto, pero que le costaba admitir.

    -Viola… te quiero. – Nada más decirlo, la joven tembló, sus manos crispadas le apretaron del culo en una convulsión, y se estremeció como gelatina debajo de él. Una olita cálida bañó el miembro de Tóbal, estaba teniendo un orgasmo… un orgasmo húmedo. Tóbal ya no gemía, directamente rugía, y embistió más ferozmente, sintiendo cómo la vagina de Viola tiraba dulcemente de él, le exprimía, y…. sus pelotas parecieron explotar, pudo sentir el placer desbordarse, y un intenso géiser de esperma salió a presión de su polla, como si ella lo aspirase, ¡ah, qué placer…! ¡Qué placer!

   Cristóbal, jadeante y sudoroso, se dejó deslizar al pecho de Viola, encogido el cuerpo para no salirse todavía de ella. Sus tetas subían y bajaban, recobrando el aliento. Estaban calientes y sudadas… olían a perfume, y a su propia saliva, a calor y a placer… un gemidito se le escapó del alma cuando Viola le acarició la nuca y le rascó el cabello. Qué a gusto estaba. Viola sonreía. La cabeza de Tóbal sobre sus tetas le proporcionaba una maravillosa sensación de bienestar, de… seguridad. Sentía su pene aún dentro de ella, escocía y quemaba, pero le gustaba. Al cabo de un ratito, lo sintió ir encogiéndose suavemente y salir de ella, y al hacerlo, parte de flujo y semen se escurrieron de ella, produciendo sensación de quemazón en su piel, pero aún esto le gustaba. Tóbal se enderezó para besarla de nuevo, y para arreglarse un poquito para poder conducir hasta casa.

   Tóbal no sabía qué pasaría al día siguiente. Si Topacio decía efectivamente que él la había violado, sería su palabra contra la de ella, y todo el mundo se sentiría más inclinado a creer a una chiquilla guapa y de aspecto inocente, que a un tipo cuya mujer le echó de casa por sus continuas infidelidades… Pero descubrió que le daba igual. Si Viola estaba con él, lo demás, tenía una importancia sólo relativa.


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     -Dice que la violó. Yo, no me lo creo, la verdad, pero… es Cristóbal. Todos sabemos que le cuesta mucho trabajo tener los pantalones en su sitio. Ya le costó su matrimonio. – Nazario estaba reunido con varios profesores más, esa misma tarde. Topacio le había contado, hecha un mar de lágrimas, que d. Cristóbal, el de Química y Matemáticas, la había forzado aprovechando las clases que le daba en el recreo.

     -Nazario… Cristóbal será lo que sea, pero él está muy a gusto con Viola – terció Luis, el de Francés. – Yo lo que creo, es que Topacio ha visto que no aprueba ni aunque la empujen, así que está mirando medios de saltarse la asignatura.

    -¿Inventándose una violación? Un poco fuerte, ¿no?

    -Nazario, Luis, José Antonio… - terció Amador con una expresión inusualmente seria. – No quería contar esto. Es algo que ni mi mujer sabe, así que agradeceré mucho que no salga de aquí. Topacio no es la primera vez que intenta buscarle bollos a un profesor. El año pasado lo intentó conmigo. Decía que estaba enamorada de mí, intentaba provocarme, seducirme, rozarse conmigo… Cuando venía a preguntarme algo, se desabrochaba un botón de la blusa… En una ocasión, durante un examen, vino a mi mesa y me sugirió que “podía hacerme muy feliz, si yo era bueno con ella”. Me lo quise tomar a broma, y le dije que para ser buena conmigo, sólo tenía que estudiar, que eso me hacía increíblemente feliz, pero que no subía nota por andar enseñando las tetas. Eso la cabreó, y me dijo que si no la aprobaba, iría diciendo que yo le había ofrecido un trato de aprobados a cambio de sexo. Le dije que entregara el examen y que no me quisiera buscar las cosquillas. Me tiró la hoja a la cara con mucha soberbia. Perdí la paciencia y le solté un bofetón, delante de dos amigas suyas, que eran las únicas que no habían entregado el examen todavía. Nazario, Cristóbal será todo lo faldero, o hasta lo pichabrava que tú quieras, pero esa cría, se piensa que lo va a conseguir todo gracias a sus tetas, y cuando se da cuenta que no, ataca con el cuento del abuso sexual, de la violación, y de lo malos que somos los tíos. ¿Dice que Cristóbal la ha violado? Vale, vamos a denunciarlo, y que le hagan un examen ginecológico para ver si hay semen de él en su cuerpo. Vas a ver lo rapidito que dice que no.

   Nazario permaneció pensativo unos segundos.

     -Ya lo ha dicho. Lo primero que me dijo fue que no quería presentar denuncia, para que sus padres no se enteraran, que sólo quería que lo echaran para que la dejase en paz… 

    -Joder, la niña… - intervino Luis. – Más le hubiese valido también a Cristóbal cruzarle la cara de un bofetón, no veas la Mata-Hari…

    Amador se calló que, probablemente, Cristóbal hubiese empezado haciéndole cara y luego se lo hubiese repensado, se limitó a asentir. Nazario asintió con gravedad. Lo hablaría con la chica y, si ella quería, podía meterla en otro grupo, donde daría clase con otro profesor…


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     -Mira, ya sabemos más o menos cómo se juega, pero no vamos a participar en un campeonato, ¿verdad? ¿Quién se apunta a ver Pulp Fiction? – había dicho Amador, el siguiente domingo por la tarde, apenas llevaban una hora de partida.

    -Uf, con lo violenta que es ésa peli… ¡anda, hijo, que ya te podías haber traído algo más potable! – había dicho Polita, su mujer, pero lo cierto es que todos estuvieron de acuerdo en ver la peli, incluso ella, sobre todo cuando Amador bromeó “te quiero, HoneyBunny”, y le besó. Apenas empezó la película, Viola pasó el brazo por los hombros de Cristóbal. Éste la miró con ojos tiernos, y lentamente, se dejó deslizar a su regazo. Y ésta vez, miró directamente a Amador, quien, al ver que su compañero le sostenía la mirada, sonrió.

    “Qué mamonazo. Si no llego a inventarme ese cuento chino para forzar a Topa a someterse a un examen médico o claudicar, ahora estarías en un buen lío… pero yo sabía que esa cría es una calientacascos. Si no me intentó seducir a mí, a muchos de sus compañeros, sí, y ya tenía asustados a varios con el rollo de “haz tal cosa para mí o digo que me has violado”. Alguien tenía que pararle los pies. No sólo tienes suerte de tener a Viola, también tienes suerte de tener los amigos que tienes, so mamonazo”. Pensó Amador sonriendo, y besó la mano de su Polita.