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miércoles, 26 de marzo de 2014

Un día en la piscina

     -…Y ponle el protector solar en cuantito salga del agua, y no dejes que esté mucho rato al sol, sentaos en la sombra, y no se te ocurra dejar de vigilarla, ni dejes que se acerque a la piscina de los mayores, ni que se quite la gorrita, y cuida que beba mucha agua, y si os compráis un helado, el suyo que sea de crema, no de hielo, y cuida que se tome el yogur, y que no esté demasiado rato en el agua, mójale la cabeza, y no la vayas a perder de vista, y…. 

    -¡Mamá, que vamos a una piscina cerrada, no a la selva! – protestó Renato. Tenía casi nueve años y, como decía su madre, “estaba empezando a querer sacar los pies del tiesto”. Su hermanita tenía cinco poco menos que recién cumplidos y era una niñita menuda y calladita con la que era preciso tener cuidado. No exactamente porque fuese frágil, que lo era, sino porque era lo que su madre definía como “traviesa”, y la maestra de la pequeña calificaba de “kamikaze”. Renato, su hermano mayor, consideraba a Dulcita un incordio con patas. Siempre había que tener mil ojos con ella, y no había manera de leer tranquilamente, o jugar, o hablar con su prima Tercero, porque ella siempre se metía en medio y tenía que decir alguna estupidez, lo cual era muy molesto… pero a veces, tenía el vicio de decir alguna verdad, lo cual era terriblemente más molesto aún.

    -René, ya sé que vais a la piscina, y sé que tus primos estarán allí, y tu padre y yo iremos más tarde… pero quiero que tengas presente que debes tener cuidado con tu hermanita. No te dejaría ir solo con ella si no supiera que la vas a cuidar muy bien, pero aún así, quiero recordártelo.

    Renato suspiró. Su madre solía llamarle “René” igual que otras madres decían a sus hijos que ya eran hombres: cuando quería que hiciese cosas que no le apetecían… pero en fin, al menos ya no le decía “Renecito”. Asintió. Tomó de la mano a Dulcita y salieron, con las toallas al hombro y las mochilas a la espalda. Dulce, su madre, se les quedó mirando por la ventana hasta que atravesaron el jardincito, cerraron la verja y cruzaron la calle, por la que pasaba apenas un coche cada hora, camino a la piscina comunitaria, que estaba a menos de un minuto a pie. No obstante, a pesar que ya a finales del verano pasado les dejaba ir solos, a Dulce le gustaba mirarles hasta que llegaban frente al edificio de la piscina, sólo para quedarse tranquila de que habían llegado bien. Una vez en la piscina, ya estaba el socorrista, el vigilante…. Una parte de ella misma le decía “pues ha habido niños que se han ahogado en la piscina, por mucho socorrista que hubiera”, y otra le decía “Están creciendo, tienes que dejarles crecer, no puedes tenerlos siempre prendidos del cordón umbilical”. Lo cierto-cierto, es que sólo había tenido en su vientre a Dulcita, Renato era adoptado, él no lo sabía aún, pero le quería igual que si lo hubiese parido.

    Eso era otro pequeño dilema, pensó Dulce, mientras subía sigilosamente al piso de arriba, donde estaba la alcoba de matrimonio. Habría que decirle alguna vez a Renecito que no era hijo natural, sino adoptado, pero… ¿cuándo decírselo? ¿Cómo se lo iba a tomar? ¿Era mejor decírselo, o callarlo….? La mujer tenía muchas dudas. Ojalá fuera tan simple como Beto, su marido. Abrió la puerta del dormitorio. Su Beto estaba dormido, panza arriba, sólo llevaba los calzoncillos y sonreía dormido, como solía hacer. Para él, Renato era hijo suyo y no había más que hablar, ni se planteaba la idea de decirle al chico que no era hijo natural, porque para él, lo era. Independientemente de quién lo hubiera concebido.

     Dulce tenía que admitirlo: se sentía un poquitín culpable. Si dejaba a los niños ir solos a la piscina, no era sólo por “dejarles crecer”, ni por “comodidad, dormir un ratito más, dejar que Beto durmiera un ratito más…”, sino por estar a solas con él. Es cierto que muchas noches se daban buenos homenajes, pero no era lo mismo tener que hacerlo en silencio, a oscuras y procurando no moverse mucho, que tener la casa entera para ellos solos, y poder dar gritos si les apetecía, o poner música, o… Suspiró. Echó la persiana para que el sol no molestase, y se quitó la batita rosa que llevaba, bajo la cual, llevaba sólo un picardías transparente. Es cierto que, en los últimos años, había ganado algo de peso. Sus muslos tenían pequeñas oquedades dejadas por la grasa, su vientre no era ya liso y tenía estrías y la cicatriz de la cesárea, su trasero se había redondeado y sus pechos habían aumentado de tamaño… pero para Beto, no había mujer más hermosa en el mundo.

     La mujer se arrodilló en la cama, detrás de su esposo, y se abrazó a su espalda, acariciando suavemente el bajo vientre. Beto, aún dormido, dio un ligero respingo y se encogió, intentando inconscientemente proteger su zona genital… pero apenas notó la caricia, un suave “mmmh….” salió de sus labios y se relajó de nuevo, dejándose mimar. Dulce sonrió y bajó en sus caricias, hasta tocar el bulto, que comenzó a crecer de inmediato. Ella metió la mano bajo el calzoncillo y su esposo se encogió lentamente, para abrazar la mano que le daba gustito y tenerla presa contra él. Dulce empezó a mover la mano, acariciando de arriba abajo, hasta que un gemido salió del pecho de Beto y éste despertó.

    Beto parpadeó, esperando quizá que las dulces sensaciones que habían cosquilleado su entrepierna fueran fruto sólo de un sueño subido de tono y se esfumasen al despertar, pero, para su gran alegría, duraban aún estando despierto. Miró hacia abajo, y descubrió un brazo muy familiar perdido bajo su ropa interior. Volvió la cabeza, y vio que Dulce le sonreía. Miró hacia la puerta, y vio que estaba abierta. En su no muy rápido cerebro, se formó la conclusión lógica:

     -Dulce… si sigues haciéndome cositas, querré… llegar al final, aprovechando que los niños no están… - sonrió. – Y buenos días.

    -Buenísimos, Culito Mullido… - sonrió. Dulce solía llamarle así en sus momentos íntimos, y Beto sonrió como un niño travieso. – Estás guapísimo cuando duermes… guapísimo.

    Beto se volvió para poder abrazar y besar a su esposa, ella no sacó la mano del calzoncillo, de modo que pasó a acariciarle las nalgas, mientras él la besaba entre gemidos y le metía las manos bajo el camisolín, apretándola contra él, besándola a la vez con ternura y cierta ansia, como si tuviera miedo de que alguien se la quitara. Dulce tiró de la ropa interior de su esposo hasta bajarla, y él mismo se la quitó con las piernas. Su erección pedía ser saciada de inmediato, y Dulce le hizo tumbarse boca arriba para sentarse sobre él. Beto se incorporó hasta quedar sentado en la cama a su vez; le encantaba estar debajo, pero le gustaba más aún estar a la misma altura, para poder jugar con las tetas de su mujer, besarla…

     -¡Aaaaaaaaaaahm….. sí! – y abrazarse a ella fuerte-fuerte, cuando se dejaba caer sobre su miembro.

    Dulce permaneció quieta unos segundos, disfrutando el abrazo y la sensación de estar llena, de tenerle… “No importa los años que pasen, ni las veces que lo hagamos… ésta sensación, nunca dejará de sorprenderme…” pensó, maravillándose una vez más de la intensidad del goce. Beto era un poco superior a la media en tamaño, y cuando la penetraba, era tan… arrollador, tan fuerte, tan… ¡pleno! Beto empezó a mover ligeramente las caderas, de atrás adelante, y Dulce gimió de gozo y sorpresa, ¡qué gustito! Miró a Beto a los ojos, y éste le devolvió la mirada. Una mirada llena de ese amor tan inocente del que estaba lleno el funcionario, y la vez de dulce picardía, de travesura y emoción…. La mujer gimió de puro deseo y le besó con fuerza, metiéndole la lengua, mientras también movía las caderas.

     “Qué rico… me encanta, sigue… ¡qué rico!” pensaba confusamente Beto, mientras sentía su tita frotarse en el más absoluto dulzor, en medio de cálida seda… seda húmeda y suave que le colmaba de alegría y le derretía. Cada ligera embestida de los cuerpos de ambos le cosquilleaba hasta los dedos de los pies, le hacía temblar los muslos y se le escapaban los gemiditos de gusto.

    -Tócame, Betito… - musitó la inspectora, llevando las manos de su marido a sus tetas suaves… Beto recordó que cuando se conocieron, Dulce ya tenía un pecho bonito y, siendo francos, tirando a grandecito… ahora que había aumentado de peso, tenía unas tetas que a veces no cabían en las blusas y no solía faltar algún grosero que le preguntase si eran operadas… Dulce siempre decía que tenía que ponerse a dieta, pero cuando lo decía, Beto la abrazaba, apoyaba su cara en ellas y decía “no, porfa, no…”. Le encantaban, y las apretó, moviéndolas, frotando una con la otra y haciéndolas temblar… Beto quería seguir mirando a su mujer, pero cuando tenía delante sus tetas, perdía un poco el rumbo, se quedaba colgarrón mirándolas… como ahora. Dulce no se molestaba, al contrario, le gustaba, y mucho… Se agarró ella misma los pechos, y le ofreció los pezones. Beto se lanzó a por ellas, besó, chupó, lamió… mientras Dulce sonreía de placer, sintiendo cada lamida, cada suave caricia de su lengua, cada cosquilleo en sus pezones, comunicarse deliciosamente a su intimidad húmeda y atravesada.

     -Qué… bien… lo haces… ¡qué bien me lo haces, Betito, sigueeee….! – Dulce se puso tensa, abrazando a Beto con las piernas, sintiendo un placer maravilloso colmar las paredes de su vagina, sintiendo la dulzura crecer y crecer, ahí… ahí…. - ¡Haaaaaaaaaaaaah…..! – La mujer se abrazó a Beto con todas sus fuerzas, mientras el estallido se expandió en una explosión de placer que inundó su sexo y colmó su cuerpo, haciéndole dar pequeños respingos y sonreír de gusto… un reguero de hormiguitas recorrió su piel, y su vagina se cerró en espasmos sobre el miembro de su Beto, que la miraba embobado… Y que empezó a embestir gimiendo como un perrito, ¡no aguantaba más, se le salía, se le salía…. Haaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah….!

    Beto intentó conservar los ojos abiertos para mirar a Dulce, pero se le cerraban de placer, ¡qué gustooo….! Un placer maravilloso le hizo temblar entre los brazos de su mujer, quien le abrazaba y casi ronroneaba…. Beto apoyó la cabeza en los pechos de Dulce. Subían y bajaban suavemente, como acunándole. Su pene daba tironcitos de él, vaciándose dentro de su mujer, y cada tironcito era tan agradable… tan agradable…

    -Betito…

    -¿Mmh…?

    -¿Vamos para la piscina ya, o… prefieres que desayunemos primero…?

    -…Desayuno. – contestó una sonriente voz soñolienta. Dulce sonrió también. Lo que Beto no sabía, pero lo averiguaría enseguida, es qué tipo de leche pretendía tomar su mujer esa mañana, y dónde pretendía que comiera él la mermelada de fresas que quedaba…


*************


     -¿Van a venir luego los primos y tu novia…?

     -¿Qué tonterías dices? ¿Qué es eso de “mi novia”? – preguntó Nato a su hermana.

    -La prima Tercero, es tu novia. – sentenció la niña, mirándole con sus ojos ambarinos, como los de su madre.

    -Dulce, por Dios… Tercero es mi prima también, igual que es prima tuya, y NO es mi novia.

    -En el cole siempre estáis juntos, todos los niños dicen que es tu novia.

    -Todos los niños son imbéciles, uno no puede ser novio de un primo suyo, y basta.

   -Entonces… si no fuera tu prima, ¿sí sería tu novia?

   -¡Dulce, Tercero y yo no somos novios, y no hay más que hablar, deja de decir sandeces!

   -¿Qué son sancedes?

    -¡San-de-ces! Son tonterías.

    -Ah… ¿y por qué no dices “tonterías”, sin más?

   -¡Porque… cuando una tontería es MUY grande, es una sandez, y tus tonterías son tan enormes que son sandeces! ¡Y cállate ya! ¡Todo el día “blablablablá, blablablablá”….!

   -Siempre estás enfadado. – masculló la pequeña, torciendo la boca.

   -Por que tú siempre estás incordiando y diciendo chorradas.

   -¡Aclárate de una vez! ¡Yo creía que decía sanceces…!

   Nato cerró los ojos con fuerza y suspiró exageradamente. Él tenía ocho años, ya sabía que los niños no venían de París, pero aunque su madre le había prometido y prometido que ya no vendrían más bebés a vivir con ellos, no dejaba de angustiarle la idea de que había dejado a sus padres solos en casa… No podría soportar a otra larva dando saltitos a su alrededor y diciendo sancedes… ¡sandeces! todo el santo día.

    “Esto sería más cómodo si ella me tuviese la misma antipatía que yo a ella…” pensaba, pero ni era el caso, ni era cierto. Dulcita le adoraba, aunque siempre estuviese diciéndole que era un enfadica y un mandón, la niña quería ser como él a toda costa, y estaba emperrada en aprender a leer y a contar, para poder pasarse el día leyendo y haciendo números, y probando inventos raros, como hacía su hermano mayor. Lo cierto es que Nato no quería que su hermana se pareciese a él en absoluto. Ella era la niña, ¡tenía que ser la niña, vestir de rosa y ser mona, y asustarse de los ratones y dedicarse a aprender canciones y coleccionar muñecas anoréxicas y pegatinas con purpurina! Y él, podía dedicarse a estudiar en paz, sacar buenas notas y que todos le admirasen por lo inteligente que era. El mundo estaba bien hecho así. Pero no… esa maldita larva tenía que querer ser inteligente también. ¿No había tenido suficiente con robarle el puesto de hijo único? ¿Tenía, además, que pretender ser lista y sacar buenas notas como él? ¿Qué le quedaría entonces para destacar en casa, ser siempre el malhumorado? No era justo…. Y… Y la verdad-verdadera, es que tampoco quería que fuese anímicamente como él. Él, podía permitirse ser enfadica, como ella decía, precisamente porque era inteligente. Mucho. Tenía derecho a sentirse molesto ante la estulticia de los demás. Su hermana era lista, qué duda cabía, pero… no tanto como él. No podía permitirse ser borde.

    Por un momento, imaginó qué sucedería si su hermana se portase como él hacía a veces, subvalorando a los demás, riéndose sibilinamente de ellos, a veces con tanta delicadeza que los demás ni lo notaban, y hasta se lo agradecían… No funcionaría. Él podía estar seguro que no se encontraría a alguien más listo, pero su hermana sí se lo encontraría. Y si le devolvieran la patada… “Le estaría bien empleado, así aprendería a ser humilde, le vendría bien llevarse un chasco”. Eso, fue lo que quiso pensar, o al menos, lo que pensó el lado izquierdo de su cerebro. El derecho le traicionó, y un “mataré al que se atreva” casi inaudible, pasó por allí.  Eso le ponía furioso. Porque era algo que no lograba entender.

    Nato siempre lo entendía todo. Todo. Y eso a la vez, era bueno y malo. Cuando a la edad de cuatro años su maestra les enseñó a contar hasta diez, él entendió que tenía por fuerza que haber números mayores, y empezó a contar cosas estilo “diez y cinco; tres veces diez; dos diez y cinco más…”, y, suponiendo que si su maestra les había enseñado sólo hasta diez, es que ella no sabía más, él mismo buscó en la biblioteca los nombres de los demás números… y vio que tenía razón, y que había números para cualquier cantidad, por grande que fuese. Y casi de inmediato, vio que a esos números, podían añadirse más números, o quitarse. Y había una manera lógica y rápida de repartir cosas iguales, sin necesidad de contarlas una a una, y se llamaba división. Y había otra manera de contar cosas iguales, y se llamaba multiplicación. Y durante toda una tarde, se maravilló descubriendo que podía saber cuántas baldosas había en el techo sin contarlas todas, sólo sabiendo cuántas había por lado. Y podía repartir con su prima los caramelos o las chocolatinas, sin necesidad de ir “una para ti, una para mí”, sino sólo contándolas y dividiendo entre dos…. ¿por qué no les enseñaban eso, si era tan útil y divertido? ¿Por qué perdían el tiempo dibujando, y cantando canciones, y durmiendo siestas…? Él había entendido eso, y fue capaz de explicárselo a Tercero, y ella lo entendió también, y le dijo que era un mago… Pero lo que Nato no pudo entender, es por qué él se sentía tan… importante, cuando ella le dijo aquello. Eso, le puso furioso. Porque no podía entenderlo.

    Cuando, con seis años, los profesores descubrieron que, mientras los demás niños aprendían a leer y a sumar, el pequeño Nato ya leía de corrido y entendía perfectamente lo que leía, y había aprendido él solito a hacer raíces cúbicas, propusieron a sus padres subirle de curso. Eso, también lo entendió. Entendió que significaba tener seis años con compañeros de once o de doce, que se sentirían amenazados por él y le considerarían un bicho raro, un empollón, un monstruo… y ya no se sentaría al lado de Tercero nunca más. Así que se negó. Su madre intentó convencerle, era bueno para él, y seguiría viendo a su prima todas las tardes… Nato no había mencionado para nada a Tercero, y se asombró de que su madre supiera que su negativa, iba por ahí… “Es mi madre. Si soy inteligente, lo he sacado de ella; desde luego no me viene de papá”, pensó finalmente, pero siguió en sus trece. Si lo pasaban de curso, no aprobaría un solo examen más, los dejaría todos en blanco y repetiría curso. “Aunque tenga conocimientos, no podéis obligarme a demostrarlos, y si no los demuestro, repetiré”. Su padre salió en su defensa, no quería que su hijo acabase odiando el colegio… así que se quedó en el curso en que estaba, a cambio de recibir una hora de clase extraordinaria durante dos tardes a la semana, donde pudieran resolverle dudas y darle contenidos adecuados a su capacidad. Eso lo entendía, y era bueno entenderlo.

    Lo que no era bueno entender, eran otras cosas. “Podrías llegar a donde quisieras…. Podrías hacer todo lo que se te antojara”, solía decirle su madre entonces, y él entendía que la había decepcionado con su decisión de seguir sus cursos con normalidad. Eso, hubiera preferido no entenderlo. Él mismo sabía que, ahora mismo, estaba estudiando contenidos ya de bachillerato, cálculo de límites, logaritmos neperianos y fractales abstractos. Y no le bastaba. Su cerebro siempre quería más. Ya estaba en un nivel matemático en el que no había ni números, sólo letras y símbolos... y pronto eso, no sería suficiente para él. Entendía que su madre habría querido que él estuviese cursando estudios superiores, y quizá en la universidad antes de cumplir los once años, sabía que la había hecho daño con su decisión, que ella pensaba que estaba malgastando su potencial. Entendía que su madre quería muchísimo a Tercero, era su sobrina… pero sabía que a veces pensaba que, de no existir ella, sin duda su hijo SÍ habría pasado de curso. Y tenía razón, lo habría hecho. Pero sólo porque en ese caso, no habría nadie, nadie en el mundo con quien mereciera la pena hablar. Sólo consigo mismo. Eso, no lo entendía, no entendía por qué le gustaba la idea de tener a Tercero, a fin de cuentas, ella sólo era una chica normal. Y el no entenderlo, le enfurecía.

    Tampoco era bueno entender a los mayores. Cuando su padre se levantaba muy sonriente los sábados por la mañana, o cuando él y su madre decían que iban a echarse la siesta después de comer, él entendía perfectamente qué sucedía en el dormitorio. Y hubiera dado cualquier cosa por no entenderlo, igual que no entendía qué podía haber visto su madre en ese gorila estúpido y simplón que tenía por padre. Se sentía muy culpable por pensar así, no se puede decir que no le quisiera, sí, le quería, pero… pero, por favor, era un hombre que si le decías “mira, un burro volando”, decía “¿dónde, dónde?”, y miraba al cielo, CONVENCIDO de que allí estaría… le asqueaba la idea de ese hombre encima de su madre, pero algo le resultaba mucho más alarmante… él sabía que los hijos heredan cosas de sus padres, y a veces de sus abuelos. Él, estaba claro, no había sacado, gracias a Mendel, nada de su padre, salvo quizá la pigmentación de los ojos, que eran verdes, pero… ¿qué sería de sus hijos? ¿Y si alguno salía tan tonto como el abuelo? No podría soportarlo, antes se haría la vasectomía que permitir algo así…

     -¡Llegó el caballo de la princesaaaa…! – Nato iba tan ensimismado, que no los había oído, pero el grito de su primo Kostia y la carcajada de su hermana, se los anunciaron. Kostia, gamberro profesional en ciernes, había llegado por detrás, y había metido la cabeza entre las piernas de Dulcita, levantándola al momento, para llevarla a corderetas. La niña gritó de alegría y se puso a gritar “¡arre, caballito; arre, caballito!”, mientras Román y Tercero llegaban y se reían también, y Kostia fingía trotar y cabeceaba resoplando y relinchando como un caballo. Tercero dio dos besos a Nato, y éste, a pesar de que los gemelos le parecían demasiado alborotadores y gritones (sobre todo Kostia), se alegró de que llegasen por fin. Con sus tonterías infantiles, hacían callar a su cerebro, y eso a veces, era bueno.


*********



      “Seguro que esto, es explotación infantil…. Tiene que ser ilegal, estoy seguro… ¡trabajo, trabajo y trabajo! ¡Un día que tengo para que me dejen en paz en el colegio, y tienen que venir a cargarme de recaditos, parezco la chacha!”, iba pensando Octavio, aupándose la mochila llena de librotes que llevaba a cuestas. El sol mañanero de mayo le iba cociendo el cogote, mientras se acordaba de su padre, su madre, y el bibliotecario, y no precisamente para bendecirlos.

    -Si te pesan mucho los libros, más te pesarán los sacos de cemento que tendrás que llevar como no estudies, ¡espabila! – le había dicho su madre al mandarle a casa del sr. Oliverio, el bibliotecario de la Universidad. Al parecer, hacía un par de semanas que el Director del colegio había cogido prestados libros allí, y le había pedido al conserje, padre de Octavio, que por favor se los devolviera. Con las mismas, su padre le había mandado a él, “a ver si a fuerza de llevar libros, empezaba a interesarse algo por ellos”.

   Octavio, o Viteto como él se decía, detestaba estudiar. Lo odiaba con todas sus fuerzas. Eso de sentarse a leer y memorizar, y aprender nombres de ríos, y capitales, y climas…. Le parecía la peor tortura imaginable. ¿Qué sentido tenía aprender todo eso? ¡No servía para nada! Bueno, quizá para hacer crucigramas y jugar al Trivial, pero en la vida real, ¿de qué le servía a su padre saberse los reyes godos, por ejemplo? Para nada. A él le gustaba jugar, correr, trepar a los árboles, dar volteretas, nadar, y últimamente, mirar a las chicas mayores… pero eso de estudiar… puagh. Por eso estaba repitiendo curso. Y más le valía aprobar, si no quería que su madre le desnucase a collejas, pero el camino que llevaba, era solamente regular. Los profesores se desesperaban con él, y los niños solían reírse de él, o pedirle que hiciera alguna de las suyas, como cuando se bajó al sótano del colegio (era la ventaja de tener un padre conserje, tenías todas las llaves) y se pasó una tarde entera buscando cucarachas para llenar con ellas el cajón de la profesora, ¡qué grito dio al verlas! Eso sí, su padre casi le dejó sin orejas. O aquélla otra vez que su padre iba muy estreñido y tomaba un laxante, y Viteto cogió la botella, la vació en la cafetera de los profesores y luego rellenó la botella con vinagre, y todos los maestros estuvieron con diarrea dos días y tuvieron que cerrar el colegio, convencidos de que se trataba de gripe estomacal y temían contagiarlo a los niños… Su padre se dio cuenta, y su madre ató cabos también, e intentaron regañarle, pero les entró tanta risa que no fueron capaces, y se libró, aunque al día siguiente sí hablaron con él, pero al menos, conservó las orejas en su sitio.

     Pensando en aquello, al fin llegó a casa del bibliotecario. La verdad que le gustaba ir allí, el sr. Oliverio tenía tres hijos, y los tres le caían bien. Román y Kostia habían sido sus compañeros el año pasado, y aunque Román era más sosainas, Kostia se enrollaba bien, habían sido muy amigos durante el curso, aunque ahora se veían menos por que él sí había pasado. Ahora, coincidía con Tercero, la hermana pequeña de ellos. Viteto pensaba que las chicas mayores, eran interesantes, pero las niñas eran tontas. Pero Tercero…. Era menos tonta que las demás. Estaba casi bien para ser niña, pensó y llamó a la puerta, y le abrió la señora Irina, vestida con un pantaloncito corto y una camiseta que le resbalaba por un hombro… sólo por verla, el paseo ya valía la pena. Viteto sabía que había madres guapas, porque la suya era una de ellas, pero la señora Irina no es que fuese guapa, es que era como esas chicas que salen en las pelis de acción, y además era simpática.

    -¡Hola, Viteto! – le sonrió. El niño le había dicho en una ocasión que se llamaba Viteto, no Octavio, y desde entonces, ella siempre le llamaba así. Era la única adulta que lo hacía, y eso le hacía subir aún  más puntos a ojos del niño. El día de la entrega de notas, el año pasado, cuando le dio dos besos al verle llorando porque había suspendido, de golpe, un día horrible, se convirtió en el más feliz de su vida… - ¿Traes tú los libros? ¡Muchas gracias! Pero pasa, no te quedes ahí, ¿quieres un refresco?

    -No, muchas gracias… ¿No están Román y Kostia?

   -No, se han ido a la piscina con sus primos… - la señora Irina pareció pensar mientras le miraba, y de pronto sacó una ficha roja de un cajón y se la dio - ¿Quieres ir con ellos?

    Viteto sabía que le habían dicho que, después de entregados los libros, volviese a casa a toda velocidad para ponerse a estudiar, pero cuando oyó “piscina”, se le olvidó todo.

   -¡Sí! E-es decir, si puedo…

  -Claro que sí. – le entregó la ficha. – Sólo acuérdate de devolverle el pase a Román o a Kostia cuando te vuelvas a casa, ¿vale?

   -Doña Irina, si alguna vez la deja su marido, véngase a mi casa. – soltó Viteto y la mujer se rió con ganas, mientras el chiquillo salía como una flecha; sabía bien dónde estaba la piscina, ya había ido otras veces el verano pasado, apenas eran diez minutos a pie, y corriendo, menos.

    Irina le miró deslizarse por la barandilla, sonriente. Le encantaban los niños… aunque, la casa, sin niños, era también todo un lujo, pensó mientras subía las escaleras, quitándose la camiseta, bajo la cual no llevaba nada, y desabrochándose el pantaloncito vaquero, bajo el cual tampoco había ropa interior. No esperaban que fuese a aparecer Viteto, e Irina se había puesto la ropa como había podido, y sólo porque le había dado corte abrir con un albornoz. En la buhardilla del piso, estaba el “reservado”, como ella llamaba  a su habitación de matrimonio. Alcoba, terraza, baño, y mucha diversión. Abrió la puerta.

    -¿Irina…? – preguntó Oli, su marido. Y preguntaba por una buena razón: llevaba los ojos vendados. Irina le lanzó el pantaloncito a la cara, Oli respingó, sorprendido por el tacto de la prenda y al tocarla, supo de qué se trataba y la olió. – mmmmmmmmmh…. – Oyó la puerta cerrarse y los pies descalzos de su esposa dirigirse a él. – Irina, esto es…. Muy perverso.

    Ella sabía qué quería decir. Oli, por más años que pasasen, siempre sería el tímido irredento a quien ella desvirgó, y que tenía cierto “miedo” al sexo, y a quien todo le producía agradable vergüenza… Cuando algo le parecía muy excitante, o muy perverso, o similar, quería decir que tenía miedo de no durar nada… pero que le gustaba, le gustaba mucho. Irina sonrió y tomó a su marido por los hombros. Oli estaba sentado en la cama, e intentó abrazarla, pero ella le empujó en medio de una risita y Oli se dejó caer y mecer, botando en la cama de agua, notando por el “oleaje” que su esposa también se había subido a ella. En una traidora parte de su cerebro, se coló una idea: “…y pensar que a los niños le encanta ésta cama, si supieran qué hacemos en ella, qué vergüenza, qué vergüenza…”, pero otra tomo el control, cuando notó en su boca algo suave, caliente y húmedo, y con un olor fuerte, pero agradable…

    -¡Mmmhh! – Oli no pudo contenerse, su lengua tiró de él. Su mujer le había puesto la vagina en la boca.

    -Oooh, sí….. sí, mi Oli… ¡ah...! Mmmh, sí…. – gimió Irina, abriéndose los labios con una mano, mientras su marido, rojo como un tomate, la abrazaba por las nalgas y le cubría de besos la intimidad, dando lametones en los labios, buscando a ciegas el… ahí, ahí estaba… se notaba en la lengua, la rajita y el botón que sobresalía, y se notaba en el cambio de la voz de Irina…. Mmmmh… tan salado y caliente, tan suave… Lo apresó entre los labios y succionó. - ¡Oh, SÍ! ¡Sí, por favor….! Oli…. Mmmh… méteme los dedos…

    Oli estuvo a punto de dejar escapar una risita, pero se contuvo, ¡no pensaba soltar ese dulce botoncito! Le encantaba cuando ella decía cosas así, cosas que eran casi tacos, le daba morbo… Tanteó con los dedos, sin dejar de chupar, acarició, metiéndose levemente entre los labios… “qué caliente está… qué mojada… de aquí sale más humedad…”, se dijo, notando los temblores de Irina, las manos de ella en su cabello, en sus mejillas… Cada vez que se acercaba al agujero, ella gemía más intensamente. “Seguro que ahora está poniendo los ojos en blanco, y con la carita roja, y con los pezones muy erectos… seguro que se le pone de punta el vello de los brazos… haaaaaaaaah…. Dios, quiero correrme….”, pensó, y suponiendo que Irina se encontraría en el mismo punto, le metió el dedo corazón hasta el fondo.

    -¡Síiiiiiiiiiiii….. aaaaaaaaaaaah….! – Oli pudo oír la sonrisa de placer en medio del gemido, y fue como… como un faro de luz en su interior. Cuando sabía que le daba gusto, que la hacía feliz, la alegría del momento era como un fogonazo que iluminase su alma. Con el dedo dentro de ella, apretó ligeramente hacia delante, y su mujer dio tal convulsión de placer, que se escapó de entre sus labios.
   Oli boqueó como un pez fuera del agua, buscando de nuevo el clítoris, ¡quería seguir jugando con él, quería seguir besándolo…! Irina, entre risas gemidas, se acercó de nuevo, abriéndose los labios, y Oli exploró con la lengua, arrancando dulces grititos de gozo del pecho de su mujer a cada lamida, y finalmente lo encontró de nuevo y lo apresó una vez más, sorbiendo, mientras empezaba a mover el dedo dentro de ella.

    Irina se estremeció, luchando por no moverse demasiado y correr el riesgo de soltarse otra vez, estaba casi a punto… casi a punto… haaaah, qué bien lo movía, qué ladrón, cómo sabía dónde tenía los puntos delicados… mmmmh…. Se derretía de placer, ¡qué cosquillas…! Aaah, su perlita echaba chispas, y cada arremetida del dedo de su esposo, tocaba más y más ese punto, ese punto que picaba tanto y que era tan bueno rascar… un poco más… sólo un poco má-aaas… ¡Haaaaaaaaaaaaaah….! Irina tembló de pies a cabeza, sintiendo la explosión a la vez en su coño y en su clítoris, haciéndola cerrar los ojos de gusto, haciendo tiritar sus hombros y sus muslos, y titilar dulcemente su sexo, tirando del dedo de su marido y escapando de sus labios aunque no quisiese… una maravillosa relajación se adueñó de ella, las olitas del orgasmo pasaban por su cuerpo haciendo suaves cosquillas en su piel, dejándola tan… ¡tan bien!

   Oli sonreía de oreja a oreja. Le encantaba ver gozar… bueno, verlo no lo había visto, pero Irina había tenido razón en la venda de los ojos: era estupendo sentir sin ver. No había necesitado mirar, sabía bien qué preciosas caritas de abandono ponía su Irina, y a cambio, podía recordar cada gemido, cada exhalación, cada suspirito, cada pequeño grito de placer… Estuvo a punto de retirarse la venda negra, cuando de golpe, se quedó sin aire.

    -¡HAH…! – dijo solo. Irina le había cogido completamente a traición, él estaba tan a gusto recordando las sensaciones sin vista, que el propio balanceo de la cama de agua no había traicionado los movimientos de Irina hasta que fue demasiado tarde: tenía su pene en la boca de su esposa, y ésta lo chupaba como si lo precisase para seguir viva. – I… Irina…. Me mataaas….

     Estaba muy excitado, tenía muchas ganas… una caricia como aquélla, era excesiva, pensó, apretando con fuerza la sábana, y sintiendo que sus nalgas se tensaban con fuerza. La boca de Irina, húmeda y ardiente, se paseaba a placer por su miembro, succionando, lamiendo. Subía  y bajaba suavemente, síiiiiiiii… sí, muy suavemente, todo humedad, todo calor… Su lengua hacía pasadas interminables por el tronco, y cuando llegaba arriba, hacía caricias deliciosas en la punta, y cada caricia le hacía respingar, ¡qué gustito…! “Más, por favor… sigue, Irina, sigue…”, intentó decir, pero sólo logró boquear.

    Irina sonrió, y el aire de su risita le hizo cosquillas en la piel del bajo vientre, que le hicieron morderse el labio inferior. Los gemidos se le escapaban, cada uno más desmayado que el otro, y entonces sintió una caricia dulcísima en sus testículos… ¡aquello era demasiado, no, Irina, son muy sensibles, no, no, aparta, por Dios, apartaaaaaaaa…! Pero no fue capaz de decirlo en voz alta, antes de poder articular palabra, su cuerpo ya había encendido el interruptor del orgasmo… pudo sentir la erupción salir a presión de su miembro, un picor delicioso, una quemazón indescriptiblemente agradable, un cosquilleo en todo su pene que se cebó en la sensible punta y pareció cosquillear de modo exasperante (¡exasperantemente irresistible!) sus testículos, y que contrajo sus nalgas en un calambre de gozo, mientras todo el aire se escapaba de su pecho… Sólo eso, ya era bastante bueno, pensó mientras el bienestar se expandía por su cuerpo, pero entonces, notó unas manos cálidas acariciarle tiernamente, desde el pene a los costados, subir por el pecho, y ser abrazado, mientras unos pechos blanditos y calientes se apretaban contra él… una pierna le abrazó las suyas, y una suave cabellera se frotó contra su barbilla, llevando a su nariz el olor del champú de frutas que usaba… Una mano subió por su cara y le quitó la venda negra.

   Oli abrió los ojos. La habitación no estaba especialmente iluminada, así que no precisó acostumbrarse. Miró a su esposa y le sonrió, apretándola contra sí.

     -Irina… me encanta cuando hacemos el amor, pero… también es tan bueno cuando… en fin, cuando somos más apasionados, cuando…

    -¿Follamos?

   -…Sí, eso.

   -No completaba tu frase, cielo…

   -Oh… - Oli sonrió más abiertamente, y bajó el brazo por la espalda de su mujer – Ven aquí…


*************


     Nato no estaba contento. Bueno, eso no se ajustaba a la verdad. Más bien, estaba rabioso, loco de ira, por más que intentase aparentar que no le importaba. Él había estado jugando con sus primos y con Tercero, mientras su hermanita estaba tan a gusto, teniendo para ella sola la piscina de los pequeños. Román y Kostia se habían puesto a hablar de las notas que les darían dentro de pocos días, y eso le había dado a Nato ocasión para presumir: él iba a sacar de nuevo Matrícula de honor en todas las asignaturas, y se llevaría todos los diplomas habidos y por haber, y además iban a concederle un Premio Especial en Ciencias Naturales por su maqueta del Sistema Solar, que se movía con movimiento perpetuo… Román sentía un poco de envidia por eso, se le notaba, y Kostia también, aunque él lo disimulaba diciéndole que aquello no tenía mérito, que cualquiera podía sacar matrículas en todo siendo superdotado, así cualquiera… pero Tercero le había descubierto, “tú, lo que tienes es envidia”, le había dicho a su hermano, y a él le había dedicado una enorme sonrisa. Ella había sido la única que había visto la maqueta antes que nadie, y que había podido estar con él mientras la diseñaba y la montaba… habían compartido el secreto, y ella se había sentido importante por ello. Y Nato se había sentido… bien, sabiendo que ella se sentía importante por él. Todo estaba yendo muy bien… y entonces, llegó él.

     “¡BOMBA VAAAAAA!”, había gritado, y se lanzó a la piscina en calzoncillos, importándole un pimiento todo. Era un cretino descerebrado sin pizca de vergüenza ni de sentido común. Octavio, el hijo del conserje, que de no ser porque era precisamente hijo suyo, ya el año pasado lo habrían echado de la escuela. Se pegó un piscinazo haciendo la bomba que casi la vacía, y los gemelos, sobre todo Kostia, habían celebrado exageradamente su “gracia”, pasando enseguida a imitarla. “¡Qué cosa más tonta! Salir, para volverse a meter…” pensaba Nato, que no le veía la gracia a aquello de hacer la bomba, o probar nuevas formas de tirarse al agua, a cual más idiota:

    -¡Mirad, tíos! ¡El salto egoísta! ¡”Toa pa míiiiiiiiiiiiii”! – gritó Kostia, lanzándose en plancha, que se hizo daño y todo, por imbécil, pero Román y Octavio se desternillaban de risa. Y eso, mal que bien, tenía pase, a fin de cuentas, cuando se ponían, podían ser igual de cretinos… pero lo que no entendía, es que a Tercero, le hiciese gracia también.

   Desde que había aparecido el lerdo de Octavio, ella casi ni le miraba, se limitaba a reír haciendo coro a los demás, y a aplaudir como una mona idiota por cada chorrada que hacía. Y entonces, se le ocurrió el jueguecito estúpido:

    -¡Juguemos a los Torneos! – había dicho.

    -¿Y eso, cómo se hace…? – había preguntado Tercero. Con una vocecita interesada de idiota, según le pareció a él. No quería recordar que era la misma voz que ponía cuando le preguntaba a él algo, y que en esos momentos, le parecía tan llena de curiosidad y bonita.

    -Muy fácil, nos ponemos en parejas, uno hace de caballo y otro de jinete, y los jinetes intentan tirarse al agua el uno al otro. ¡Todo vale, el primero que muera, pierde!

    -Somos impares. – Observó Nato.

    -¡Somos pares, Tercero es la princesa del Torneo, y no combate! ¡El que gane, recibirá el beso de la princesa! – El muy…. Esssssssstúpido de Octavio se había reído a carcajadas y hasta se había puesto rojo al decir eso. Tercero conocía bien a su prima, sabía que no le iba lo de ser princesita, ella querría combatir, y estaba tranquilo, pero…

    -¡Ah, jajajaja, sí, qué idea tan buena! – Nato tuvo que mirarla para asegurarse de que aquéllas palabras, efectivamente, habían salido de la boca de Tercero. De pronto, estaba muy roja y no dejaba de mirarle y sonreír.

    -¡Que empiece el Torneo! – había gritado Kostia, mientras se tapaba la nariz para sumergirse y que Octavio se sentase en sus hombros, pero Tercero, entre risas, gritó:

   -¡Esperad, esperad un momento! – la niña salió de la piscina y fue a la de los pequeños, trayendo a Dulce de la manita, se fue a su mochila y sacó una goma del pelo, con bolitas rojas que simulaban fresas, de adorno. – La princesa tiene derecho a elegir campeón. Y yo elijo…. A Ser Nato. – dijo, y le colocó la goma del pelo en torno a la muñeca, como si fuera una pulsera. Luego le miró de una manera muy rara, y se sentó en el borde de la piscina junto a Dulcita, de quien dijo que era su dama de honor. A Nato, todo aquello le parecía la tontería más absurda que podía vivir nadie, pero todos los demás parecían estarlo pasando muy bien… quiso decir que él no jugaba, que no quería jugar, que no… pero antes de poderse dar cuenta, estaba sobre los hombros de Román, y Octavio le miraba con una sonrisa peligrosa.

     -Hola. Me llamo Huracán Viteto. Me has robado a mi chica. Prepárate a morir. – soltó entre risas, y le empujó. Nato se hizo hacia atrás, esquivando el viaje, pero era indudable que Viteto no sólo tenía más experiencia en ése juego, sino también más ganas de jugarlo, le acosaba por todos lados, pero sin llegar a tirarle… “Puede tumbarme cuando quiera… pero prefiere jugar conmigo al ratón y al gato”, se dijo Nato.

    -¡Túmbale, Nato, venga! – le animó Tercero, y el niño, picado en el orgullo, intentó atacar. Viteto le sujetó las manos y empujó, estuvo a punto de hacerle caer, pero le sujetó en el último momento, riéndose de su torpeza. La condescendencia le escoció a Nato más que su escrita derrota, desembarazó el pie del brazo de su primo, y le soltó una patada a su contrincante.

   -¡Auh! – se quejó Viteto - ¡Eso no vale!

   -¿No has dicho que valía todo? – jadeó Nato, recobrando el equilibrio sobre los hombros de Román. Qué bien le venía ahora que tuviera esas espaldas de buey, igual que su padre. Aprovechando la guardia baja de Viteto, intentó empujarle del lado contrario al que le había pateado, pero el chico se movió, le atrapó las manos, y Nato, viendo que no podría tirarle, se decidió a hacerle daño y le arañó con todas sus fuerzas. Viteto se tragó el gemido de dolor y le soltó de una mano; Nato le escupió a los ojos y logró que le soltase de la otra también, e intentó empujar de nuevo, pero una vez más, Viteto le frenó las manos. Y esta vez, apretó.

    -De modo que el cerebrito, quiere jugar duro – Nato se dio cuenta en ese momento que Octavio era más de un año mayor que él, y a su edad, esa diferencia, suponía mucho. A la desesperada, intento morderle.

   -¡Niño! – gritó uno de sus primos.

   -¡Nato! – La voz de Tercero era reproche concentrado, pero al niño ya no le dio tiempo a protestar; Viteto le retorció las manos, le dio un sacudón con fuerza y lo tiró al agua limpiamente, deslizándose a la vez de los hombros de Kostia, y sumergiéndose. Nato notó que lo agarraban y lo hacían dar vueltas dentro del agua, y pronto no supo dónde estaba la superficie, alguien lo zarandeaba, y de un tirón…

    -¡Tachán! ¡Los despojos del vencido!

    -¡Bluagh…! – Nato emergió, escupiendo agua y rojo como un tomate, sin sacar los brazos del agua - ¡Serás cerdo! ¡Devuélveme “eso”!

    -Ven aquí a buscarlo, so tramposo. – Se burló Viteto, haciendo girar sobre su cabeza el bañador de Nato. Él ya sabía que iba a perder, perder le molestaba, pero no era nada horrible, no cuando se trataba de un estúpido juego piscinero… pero la humillación no podía soportarla. Sus primos se reían, su hermanita se reía, pero lo que era infinitamente peor: Tercero, también se reía. Y entonces, Viteto se puso de rodillas y le ofreció a Tercero su bañador – Milady, vuestros son los despojos de ése canalla.

    -¡Mi bravo vencedor! – había dicho ella y, efectivamente, le besó en la cara. Luego, ella le había acercado el bañador, para que pudiera salir del agua.

     Ahora, estaban jugando de nuevo. Viteto era el caballo de Tercero, y Kostia, el de Román, y Dulcita hacía de princesa, y se desternillaba de risa, y salpicaba con los pies a Román y Kostia, que también se partían de risa y decían “¡no vale que la princesa tome partido! ¡Sois unos enchufados!”. Nato estaba sentado en el césped, planeando formas de matar a Octavio. Finalmente, Román le pegó a su hermana un pellizco en las costillas y logró hacerla caer, entre las risas de todos, y de la propia Tercero. “Ojalá no se riera ella también… ojalá le molestase, ojalá…” pero se tragó sus malos deseos, aunque no su rabia, cuando Tercero le sonrió, nadó hasta el borde de la piscina, salió y se acercó a hablar con él.

    -¿Hasta cuándo vas a estar de morros?

    -Hasta que me dé la gana. – masculló.

    -Nato… Mira, puede que no estuviera bien que te quitase el bañador… pero tampoco estuvo bien que le patearas, le arañases e intentases morderle, reconócelo.

    Nato miraba a Octavio jugar y reír con sus primos, hacer gracias a su hermanita pequeña que los miraba al borde del agua, y sintió envidia, una envidia terrible y devoradora… ¿Por qué él no hacía reír a los demás así? ¿Por qué los demás no le adoraban como a ese cretino, ni aceptaban todas sus ideas, ni le admiraban…? ¿Qué tenía él? Nato era inteligente, culto, el primero de su clase, superdotado, creativo… ¡los niños, deberían hacer cola para ser sus amigos! Pero en lugar de eso, preferían a ese zoquete, que pensaba que una raíz cuadrada, era poner plantas en macetas tetraédricas, y cúbicas, ponerlas en los cubos de fregar. Pero, claro… ese zoquete, era divertido. “¿Por qué yo no soy divertido…?”. Una manita fresca, mojada de agua, le tocó el hombro.

    -No te amurries… - le dijo Tercero. – Anda, ven a jugar con nosotros. Así puedes enseñar a nadar a Dulcita, has dicho que éste verano la enseñarías. – Nato quiso hacer un gesto de fastidio, pero Tercero añadió – Si la enseña Viteto, no te lo perdonaré. – El niño se puso en pie de inmediato, pero entonces, un grito infantil le heló la sangre.

   -¡Aaaaaaaaaaaay, me ha picado, me ha picadoooooooooo! – Dulcita se agarraba el tobillo y lloraba a gritos. Nato echó a correr como si el suelo ardiera, pero Viteto, que estaba junto a la niña, la tomó en brazos y la llevó al socorrista.

    -¡Dulcita, ¿qué te ha pasado?! – gritó Nato, y luego tuvo que tomar aire a bocanadas que le rasgaban el pecho, porque se las había apañado para llegar al socorrista al mismo tiempo que Viteto, siendo que éste estaba a menos de la mitad del camino.

    -Creo que le ha picado una avispa.

    -¡Serás idiota! ¡¿Ves que hay una avispa cerca de una niña de cuatro años, y no la espantas?! – Nato sabía que no era culpa de Viteto, pero quería enfocar la rabia en algo. Hubiera preferido que le picasen diez avispas a él, antes que una sola a Dulcita.

    -Ssssssssssssh…. – siseó el socorrista, en cuya placa decía “Rob”, un hombre fuerte, aunque algo llenito, y muy peludo, y que casi nunca hablaba. Era muy bueno como socorrista, había quien decía que le habían visto estar dormitando en la silla, y de golpe, despertar y ponerse de pie, alerta como un perro de caza… y, dos segundos después, alguien pedía socorro. Pero, naturalmente, esto sólo eran habladurías. En cualquier caso, con su siseo y su sonrisa al mirar a Nato, éste entendió que, ni era culpa de Viteto, ni era para tanto… No sabía cómo podía saberlo sólo mirándole, pero lo sabía. Rob sacó el aguijón de la avispa con unas pinzas estériles, y aplicó pomada después en el picotazo. Sin decir nada, sacó una piruleta de un cajón, y se la ofreció a Dulcita, que aún hacía pucheros, pero al ver el dulce, sonrió. Rob acercó su dedo índice a la nariz de la niña, y la apretó ligeramente – Mec. – dijo. Y la niña, se rió.  Nato se relajó visiblemente, y sólo entonces se dio cuenta que tenía la mano de su hermana cogida con la suya… y que la niña, seguía aún en brazos de Viteto.

    Viteto echó a andar, con Dulcita en brazos, y los demás se fueron, pero Rob retuvo un momento a Nato.

    -¿Sí…? – el niño pensó que iba a regañarle, pero el socorrista le miró a la cara, como escudriñándole. Le miró el mentón… la nariz, larga y afilada… los ojos verdes y, él no lo sabía aún, pero cargados de malicia… y su olor… - ¿Qué pasa? – Rob sonrió, negando con la cabeza, e hizo un gesto con la mano, indicando que no tenía importancia. Nato se apresuró a volver con los demás, pero Rob se quedó pensativo… de lo que se enteraba uno… Nada menos que el Decano. El sr. Moral y Buenas Costumbres, y con un hijo bastardo por el mundo… de lo que se enteraba uno…


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     “Me lleva como a su novia…. Me lleva como si fuera su novia….” Pensaba Dulcita, ya pasado el dolor de la picadura, completamente feliz siendo llevada en brazos por Viteto. El chico la dejó en la hierba y le dijo que había sido muy valiente soportando el dolor de la picadura, y mientras Dulcita chupaba su piruleta y los chicos mayores volvían a jugar, mientras llegaban los mayores con la cesta de los bocadillos de tortilla y el dinero para helados, mientras veía jugar a unos y oía charlar a otros, decidió que, ya que su hermano y Tercero eran novios, ella también tenía un novio. Es cierto, él no lo sabía aún, pero… ya se enteraría.

lunes, 10 de marzo de 2014

Asuntos de familia



   
      -¿Tienes una hija? – preguntó Alan - ¿Y qué se supone que pasa con ella, es otra blanda de corazón como su padre? ¿Alguien que presume de ser menos salvaje que sus hermanitos y luego los apuñala por la espalda usando humanos….? – Bromeó el licántropo. Bobbie, el hermano pequeño de Alan, aguantó la ironía. Desde su ya lejana niñez, Alan había presumido de ser el más salvaje de los dos, el más animal, el más feroz. Bobbie no se había sentido orgulloso de su licantropía nunca, opinaba que su hermano mayor era demasiado bruto, y era cierto… pero entre licántropos, no se estila la sutileza, prima la fuerza bruta. Alan estaba destinado a ser el heredero de la familia hasta que llegó Coral. Bobbie había mostrado interés en ella, pero Alan, tomándola por una humana que pretendía colarse en una familia rica a base de polvos, intentó asesinarla. Grande fue su asombro cuando descubrió que se trataba de una renegada; una licántropo también, aunque de la familia de las serpientes, que había sido expulsada de su clan. Puesto que el heredero de una gran familia no podía contraer matrimonio con alguien sin familia ni honor, Alan renunció a sus derechos de primogenitura en favor de su hermano pequeño. De eso hacía ya casi un siglo. Un siglo que la pareja había vivido en el incógnito, sirviendo como mercenarios, protectores y asesinos a sueldo, y habían engendrado tres hijas. 

     Bobbie por su parte, se había hecho cargo de la familia, pero muy a disgusto de su padre. El menor de los licántropos sabía que Alan había sido el favorito paterno y lo seguía siendo, renegado  o no. El padre de Alan y Bobbie había hecho saber constantemente a éste que era el heredero sólo porque no quedaba más alternativa, pero no porque lo aprobase realmente. En su lecho de muerte, comido por el sida y convertido en mero pellejo, sólo había pedido por su hijo mayor. Bobbie había intentado cientos de veces permanecer junto a su padre, tomarle de la mano, ofrecerle algún consuelo… el anciano le echaba apenas le veía aparecer y sostenía que él sólo tenía un hijo. Bobbie, mucho más sensible que su padre y su hermano, se tragó las lágrimas de canto. Despreciaba a su padre, pero no podía odiarle. En su recuerdo, siempre sería aquél hombre fuerte que aun teniendo él doce años, era capaz de cogerle del cogote y zarandearle con una sola mano para jugar con él. Tras su muerte, hacía ya cerca de veinte años, Bobbie se hizo cargo de las empresas que su padre había fundado y hecho crecer. Para entonces, también estaba casado y dos de sus hijos estaban ya en el mundo. El tercero, que había hecho que Bobbie pudiera encontrar a su hermano, vendría al año siguiente. 

     -Será mejor que te lo cuente todo. – opinó Bobbie – Sé que vas a reírte, pero no me importa. Necesito tu ayuda. – Coral, la mujer de Alan, quien estaba dispuesta a ayudar a Bobbie… si éste accedía también a dejar que su esposo e hijas recobrasen el apellido familiar y la mitad de riqueza de la familia, llenó de nuevo el vaso de licor de ambos hermanos y el suyo propio. – He tenido tres hijos, Alan. Dos machos y una hembra. Y cada vez que los miro, pienso que Padre tenía razón conmigo: nada bueno se puede esperar de mí… sólo he sido capaz de engendrar abortos. 

     Alan se quedó mirando a su hermano. Si Bobbie esperaba una palabra de consuelo, una mano tendida de su hermano mayor, los dos sabían que esperaba en vano. Pero Alan sabía que su hermano era sensible, afectuoso. Si se refería en esos términos a sus propios hijos, algo grave tenía que pasar con ellos. 

      -Marcus es el mayor. – continuó Bobbie. – No pude sentirme más feliz cuando lo tuve en brazos. Es un joven fuerte, alto... Se parece mucho a ti. – miró a Alan como si él tuviese la culpa – Cada vez que le miro, pienso que eres tú con el pelo claro. Pero se parece sólo por fuera. Por dentro, no es ni como yo. Es débil, pusilánime, cobarde. Tiene un miedo absurdo a recibir heridas o a sufrir dolor. Cuando he intentado luchar con él, me ha rehuido. Me teme. Teme a todo el mundo, no es capaz de enfrentarse a nadie… aún es virgen. No ha tomado pareja, no ha matado. No puede darme herederos. Es ahembrado. Cree que no lo sé.

    Entre los licántropos, la homosexualidad no es algo realmente grave salvo en el aspecto de la fertilidad; si un primogénito no desea tomar pareja con la que procrear, pierde su derecho en favor de su siguiente hermano, a no ser que pueda conseguir un cachorro legítimo de algún otro modo… no era eso lo que preocupaba a Bobbie, sino el hecho de que su hijo mayor fuese virgen con casi cincuenta años de edad. De un modo u otro, tenía que mostrar apetencias sexuales, igual que mostraba hambre o sed. 

     -Pero… No es posible que le tenga miedo a todo, es sobrino mío a fin de cuentas, ¿cómo habéis educado a ese chico? – intervino Alan.

     -Siempre intenté hacer que… se sintiera a gusto consigo mismo, que supiese que su fuerza no lo es todo, que tiene otras cualidades… Y las tiene, tiene las “otras cualidades”, pero no parece tener las principales. Sabe escribir poesía, música, sabe tocar el piano y el arpa, sabe dibujar… pero no sabe matar ni cazar. No es capaz ni de cazar un conejo, hasta cerca de los quince no fue capaz de Cambiar – Bobbie parecía desesperado – Pero a fin de cuentas, por débil que sea, por miedoso que sea, es mi hijo primero, y al menos… ¡al menos habla! – se lamentó y se llevó las manos a la frente, avergonzado al continuar – Mi hijo mediano es un sag. 

     -¡¿QUÉ?! – ladró Alan, y se puso en pie de inmediato - ¿Será una coña, verdad? – Hasta Coral ahogó un grito. Bobbie contestó con la voz ligeramente ahogada. 

     -No. No lo es, ojalá lo fuera. – Bobbie pensó en Rob, el que durante tantos años fue su hijo pequeño, y la pena y la vergüenza le invadieron. La palabra “sag” puede traducirse por “perro”. Los licántropos son una mezcla de humano y animal, un capricho evolutivo. Pero las mezclas caprichosas pueden salir bien, como la perdiz al chocolate… o pueden salir más bien como natillas con mayonesa. Un sag es un licántropo incompleto, alguien excesivamente cerca del lado animal, pero no en su variante salvaje, sino doméstica. La mayor parte de sags no hablan o se niegan a hacerlo, y aún en su forma humana tienen hábitos caninos. Los licántropos los tienen muy mal considerados y apenas una cría demuestra estas rarezas, es sacrificada. Se considera que por su propio bien y el de la familia. – Mi esposa me pidió que lo eliminara, que lo abandonara si no podía hacerlo… pero no fui capaz, ¡es hijo mío! 

     -¡Esa sensiblería, no le hace ningún bien a esa criatura hecha a medias! – le reprochó Alan – Si hubiera nacido sin brazos, o deformado, ¿no lo habrías matado por su propio bien? ¡Ahí es donde se demuestra la bondad, haciendo lo que es preciso hacer! Lo contrario, no es bondad ni amor, es sólo debilidad. 

    -Alan… basta – advirtió su hermano, también poniéndose en pie – Te garantizo que no he sido un padre débil. He buscado siempre lo mejor para mi sangre; se me ha dicho siempre que los sags no son conscientes de su propia existencia, que son anencefálicos y no sienten, que no son más que perros con disfraz… te garantizo que mi hijo siente. Piensa. Sufre. Y no voy a asesinarlo. 

     -¿No te das cuenta que lo has condenado a una existencia mísera? ¿Que no habrá hembra que quiera acercarse a ello, que ningún clan va a aceptarlo, que vivirá y morirá siempre solo viendo como todo el mundo lo desprecia?

     -¡”Le”, Alan! ¡No es un animal, no es una cosa! ¡Puede Cambiar, es un licántropo! ¡Puede que sea un sag, pero es mi hijo a pesar de todo! ¡Me llena de vergüenza cada vez que le miro, pero sacaré de él algo de provecho, porque es hijo mío! Aunque me deje la vida en ello. 

    Ambos hermanos se miraron retadoramente, un rugido bajo salía de la garganta de los dos, pero antes de que la cosa pasase a mayores también Coral se levantó y colocó una mano conciliadora en el hombro de su esposo. No es que Alan se calmase al instante, pero algo de juicio sí le devolvió. Coral aprovechó para tomar la palabra mientras se sentaban nuevamente:

     -No sé cómo deseas que te ayudemos con un sag. Sé que es hijo tuyo, pero… Bobbie, ¿no has pensado que es posible que esté cegándote la pasión? ¿Que veas señales de inteligencia dónde sólo hay… donde no hay nada? – Bobbie la fulminó con la mirada. No le perdonaba el que ella hubiera elegido a Alan en lugar de a él, y ella lo sabía – Entiéndeme, cuando mis hijas eran pequeñas, me parecía que decían “mamá” cuando solamente balbucían. 

    -Hablemos claro, Bobbie: te faltan redaños para dar un puñetazo encima de la mesa y quieres que lo demos nosotros en tu lugar, ¿verdad? – El menor desvió la mirada – SABES que hay que darles un zarpazo para que espabilen, pero no eres capaz. 

    -Sé lo que duele que tu propio padre… o tu hermano, te den una tunda, aunque te haga falta. He pretendido educarles sin necesidad de que me teman, pero parece que he fracasado. 

    -No se trata de que te teman, sino de que te respeten. Yo he tenido que enfrentarme a mi hija favorita hasta aplastarle la cabeza contra el suelo, ¡pregúntale si dejó de quererme! 

    -¿Qué hizo…?

    -Eso no viene al caso – Si Bobbie se enteraba que Alan había transigido con un humano y lo habían convertido en licántropo, no podría dejar de reír en un año. - ¿Qué pasa con tu tercer cachorro, con la hembra?

    -Ella…. Eeh… Alan, antes de hablarte de ella, tengo que pedirte una cosa. – Alan cabeceó para animarle a continuar – Mi hija pequeña se llama Dolly. Por favor, no le digas a mi esposa por qué la quise llamar así. 

    Dolly había sido la prostituta humana con la que Bobbie se había desvirgado; Alan cerró los ojos y negó con la cabeza. 

     -Qué ganas tienes de complicarte la vida tú solo, hermanito…  Sea, no diré nada. ¿Qué pasa con ella?

     -Es tú con tetas. 

     A Coral se le escapó la risa sin poder contenerse, y muy pronto su marido la acompañó. ¿Qué tenía de malo que su sobrina, se pudiese parecer a él? Junior también era parecida a él, y salvando que había ido a encapricharse de una subcriatura (aunque luego hubiera demostrado valía), no tenía nada que reprocharle…

     -Suponía que lo tomarías así, pero no es tan bueno como suena – dijo Bobbie – No se trata de que sea feroz, dispuesta o tenga iniciativa… se trata de que no es la primera vez que la pesco intentando matar a alguien de los suyos. 

    -¿Eso te parece tan terrible? – Alan bebió un sorbo de licor – Yo no era más que un mocoso y creo que tú aún mamabas, cuando maté al mediano. Son cosas que pasan en familia. Quien se deja matar, no merece vivir. 

     Bobbie asintió mirando a otro lado. Sabía que había tenido otro hermano además de Alan, pero éste le había matado siendo poco más que cachorros; durante una lucha habitual entre hermanos, el mediano se había rendido a la superior fuerza física de Alan, colocándose panza arriba delante de él. En lugar de dar por terminada la pelea, el pequeño Alan destripó a su propio hermano y lo decapitó. El mediano había tenido un nombre, pero su muerte había hecho que fuese borrado de los libros de familia, de los retratos y su nombre cayese en el olvido, igual que si no hubiese existido nunca. Alan no presumía de éste hecho, se trataba de algo que, si bien no era la norma general, tampoco era tan extravagante, podía pasar. Pero la difunta madre de ambos le contó a Bobbie algo de lo que Alan presumía menos aún. Su hermano mayor se había peleado con el mediano en muchas ocasiones, eran rivales pero también camaradas, su diferencia de edad era corta… Pero qué casualidad, la pelea mortal sucedió poco después de que Alan pescase al mediano intentando ahogar a Bobbie con una almohada. 

    -Ya. Pero es que no va solo contra sus hermanos. – puntualizó Bobbie – Mi hija pequeña pretende matar a su madre y tener hijos conmigo. 

   Alan se atragantó con el whisky. 

    -¿Qué? 

    -No es algo que haya leído en su diario. Es algo que tuvo la sangre fría de decirme a la cara. Con su madre delante. No es un caprichito de cachorro inocente, fue hace menos de tres meses; mi esposa se había quedado dormida en el sofá, y cuando llegué a casa, la pesqué intentando atravesarle la cabeza por las orejas con una aguja de tejer. Cuando la frené, me dijo que con ella sólo había engendrado hijos malos, salvando ella misma. Que si la tomaba a ella, tendría hijos mejores para la familia… Mi mujer se le lanzó a la cara e intentó arrancarle los ojos, tuve que pararlas antes de que se mataran la una a la otra… 

    -Mal hecho. – intervino Alan - ¡Debiste dejar que le dieran un buen revolcón! 

   -¿Me dejas terminar, por favor? El caso es que quise enviar a Dolly a un internado, pero me asusta que mi hija se ponga a matar chicas humanas, es muy capaz de ello. Pensé en ponerle un tutor privado y enviarla lejos con él, pero tiene que ser alguien muy fuerte o…

    -Yo, vamos. ¿Es eso? ¿Quieres que sea el tutor de la Electra que tienes en casa hasta que se le pase el calentón? 

    -…Sí. – A la vista estaba que Bobbie se sentía ridículo y avergonzado por tener que pedir a su hermano algo semejante, por haberle tenido que confiar algo tan embarazoso, pero no le habían quedado más opciones. Coral y Alan se miraron. Es cierto que era una estupenda ocasión para que tanto él, como las niñas, recobrasen su apellido y sus derechos, pero por encima de todo… era su hermano.



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      No había muchos edificios tan altos como ése en la ciudad, y más de la mitad de las plantas estaban destinadas a un hotel, el Lunadorada, más lujoso aún que el Maravillas, y a tiendas de lujo de todo tipo. En la zona más alta del edificio, Bobbie y su familia tenían su vivienda. Tres pisos de ático de más de doscientos metros cada planta, más el jardín privado, arriba de todo, con piscina y sauna. Al lado de aquello, la casita de campo que él y Coral poseían, parecía poco más que una chocita. Alan vio cómo suspiraba su esposa mirando el inmenso lujo, y pensó que si podía conseguir la mitad de su herencia, le faltaría tiempo para conseguirle una guarida así… “Debe haber sido una pasada criar niños aquí, con tanto espacio para… todo. Acostar a las niñas en un cuarto grande lleno de ventanas y plantas, y no en una litera triple dentro de un cuartito con un solo ventanuco que daba a un patio de vecinos, que olía a marihuana y a pastel de oveja revenido…” pensó Alan, recordando los lejanos tiempos de los primeros años de sus hijas, en un piso enano en lo peorcito de Londres. Les costó mucho ocultarse y ahorrar, ahorrar como urracas para conseguirse una vivienda decente con un poco de sitio para que las niñas pudieran jugar y correr, y Cambiar en paz. Tomó de la mano a Coral. 

     -¿Te imaginas…?

    -Sí – contestó su esposa. La mirada que intercambiaron, lo decía todo. En una casa así, no sería preciso mandar a las niñas a jugar fuera para tener una pizca de intimidad, ni esperar a que estuviesen dormidas para salir al bosque a retozar un poco… Era una verdadera lástima que en una casa tan a propósito para criar a una familia, sólo se respirase resentimiento y temor. 

    -Buenos días, padre. – dijo una voz clara. Alan ya sabía que estaba allí, le había olido nada más entrar, y también sabía que estaba la pequeña, y que los espiaba, pero no sabía desde donde. Bobbie sonrió, un poco forzadamente, y se dirigió a su hijo mayor.

    -Hola, Marcus. Quiero presentarte a alguien. Alan… - tendió la mano hacia su hermano – Este es tu sobrino. Marcus, éste es tu tío Alan. Y su esposa, tu tía Coral. – Coral se adelantó y besó la mejilla, redonda como la de su esposo, del joven licántropo. Marcus tenía el cabello castaño claro, casi rubio cuando le daba la luz, pero por lo demás, era un calco de su tío Alan. El joven pareció estudiarlos, ¿qué hacían allí de pronto? 

    -Parece ser que alguien necesita un empujoncito en la buena dirección… - dijo Alan, tendiendo la mano al joven. Éste la estrecho, pero miró con nerviosismo a su padre.

   -¿Qué les has contado?

     -Nada serio, hijo, son parientes y pretenden ayu…

    -Sólo nos ha dicho que un castrato tendría más huevos que tú. 

   -¡Papá!

   -¡Alan! – padre e hijo habían hablado a la vez y casi con el mismo tono de avergonzado reproche, y Coral no pudo evitar reírse.

    -¿Es la verdad o no? 

   -No… considero que sea preciso usar la violencia constantemente, si a eso te refieres. – argumentó el joven. 

    -“No consideras que sea preciso usar la violencia constantemente…” – se burló Alan, y apenas había terminado de hablar, cuando Marcus se desplazó un metro hacia atrás por efecto del zarpazo. Bobbie  quiso frenar a su hermano, pero no llegó a tiempo. Marcus, con gesto espantado y blanco como un papel, vio como la sangre le goteaba en cuatro surcos, del hombro hasta casi el ojo izquierdo. - ¿Y ocasionalmente?  - El joven titubeó. Alan dio un paso hacia él y Marcus retrocedió – Acabo de atacarte, ¿no vas a responderme? 

    -Pero… ¿Por qué me atacas? – el joven miraba a su padre en busca de auxilio, y Bobbie no le mantuvo la mirada. - ¡Yo nunca he querido usar la fuerza! ¡¿Por qué no se puede ser pacífico, por qué no se puede dejar a la gente en paz?! 

    Alan miró a su hermano con reproche. 

    -¿Cómo les has enseñado? ¡Este chico no tiene orgullo! 

    -Alan, tú sabes que Madre también buscaba la coexistencia pacífica entre humanos y licántropos, y yo estoy de acuerdo con ello. Es lo que he intentado inculcar en mis hijos: la palabra, el diálogo… ¡No somos fieras!

    -¡Ahí es donde te equivocas, hermano, SÍ somos fieras! Es posible que seamos más inteligentes que un lobo o un león, pero somos fieras. – se volvió hacia Marcus, que respingó – El pacifismo sólo sirve para envalentonar al enemigo. Para que piense que le tienes miedo, que es más fuerte que tú, y que puede abusar de ti como se le antoje. La Naturaleza te ha dado fauces y garras, y tú pareces sentirte avergonzado de esos dones. ¡Úsalos! – Alan lanzó otro bofetón, pero Marcus esquivó, aún asustado. Alan atacó con la izquierda, y golpeó de nuevo, Marcus se quejó y siguió esquivando, pero cuando le acertó el tercer golpe, sus ojos brillaron, y su rugido atronó el cuarto. Alan sonrió – Bien. 

    Marcus se quedó pensativo y la furia desapareció de sus ojos. 

   -¡No, no está bien! – se lamentó - ¡Yo no quiero ser así! 

   -No haber nacido. – Marcus estuvo a punto de protestar, pero Alan le acalló – Escucha, hijo… Si quieres hacerte la ilusión de que eres mejor que alguien, de que eres bueno y noble, puedes hacerlo si te place. Si quieres soñar con una utopía pacifista, por mí adelante. Pero tienes que saber que en el mundo, hay gente… como yo. - Sonrió, mostrando los afilados colmillos -  Gente que intentará quitarte lo que tienes, que intentará matarte, hacerte daño a ti y a los tuyos, gente a la que el pacifismo, le importa un cuerno y a quienes no podrás convencer hablando. Forzosamente tendrás que atacarlos, te tendrás que defender, o te matarán. 

     -Pero yo creo…

      -No es lo que creas, es lo que ES. – Un repentino cambio en la atmósfera, como si hubiera caído al suelo una pluma, indicó a Alan que alguien más estaba en el cuarto, y se volvió para verla. Allí estaba la pequeña, Dolly. No parecía pasar de los dieciocho, si es que llegaba a ellos; tenía el cabello largo y negro y los ojos muy azules. Su cara parecía porcelana, su rostro el de una muñeca. Sus ojos, los de una asesina. Vestía de negro y miraba a Alan con gran interés. 

    -Hola, Alan. – sonrió y mostró dos afilados colmillos felinos. – No pierdas el tiempo con Marcus, no vale la pena. Lo mataré cualquier día. 

    -Dolly, ¿cuántas veces he de decírtelo? Deja en paz a tus hermanos – abogó su padre. La joven emitió un ronroneo y se contoneó hacia su padre, se frotó contra él, rebozándose como un gato, acariciándole la barbilla con su espesa melena. Bobbie pareció incómodo. 

    -Lo siento, papaíto. – musitó con voz melosa – No lo diré más delante de ti. Pero… - se acercó a Alan – Cuando le haya matado, su nombre será borrado de los registros, y yo no tendré hermano, así que no será como si lo hubiese matado, sino sólo como si él no hubiese vivido. ¿Verdad que sí, Alan?

   Dolly se quedó mirando a su tío con los labios entreabiertos, recorriéndole con ojos de deseo. Alan estuvo a punto de mirar a Marcus y decirle “¿Ves lo que te decía?”, pero antes de poder hacerlo, Coral estaba junto a él y le había tomado de las caderas. 

    -Hola, pequeña – recalcó – Soy tu tía Coral. Estoy segura que quieres que nos llevemos muy bien. 

    -Eres una renegada – sonrió con superioridad – No puedes darle verdadero honor, yo sí puedo; vuestros hijos serán todos bastar… - Dolly no llegó a acabar la frase; Alan la cogió del cuello y la alzó, casi al mismo tiempo que Coral le escupió veneno a los ojos. 

    -¡No! ¡Alan, suéltala! – la defendió Bobbie mientras la joven pataleaba inútilmente e intentaba Cambiar, sin conseguirlo. Alan apretó la garra, sonó un chasquido y entonces la dejó caer. Dolly gorgoteaba en el suelo y Bobbie corrió hacia ella - ¡Le has roto la tráquea! 

    -Qué lástima… - bromeó Coral.

    -Aparta, papá. – Marcus se acercó, llevaba en las manos un canuto de bolígrafo, se agachó junto a su hermana y le atravesó el cuello con él en el lugar preciso. Una especie de silbido indicó que los pulmones de Dolly se llenaban nuevamente. – Escucha, hermanita, el sonido de tu respiración. Y cada vez que lo hagas, recuerda que lo sigues haciendo gracias a mí. 

    Bobbie miró a su hijo mayor como si fuese la primera vez que lo veía. El joven se alzó y miró a su tío. 

    -Opino que se cazan más moscas con una cucharada de miel, que con un litro de vinagre. – dijo, y sonrió. – Nunca se me ocurrió que nadie pudiera plantarle cara  a Dolly. Me gustaría que me enseñases a pelear… tío. 

    Alan dio una cariñosa bofetada a su sobrino.

    -Eso está hecho. 

    -¡No veo nada… no veo! – Con voz ronca y gangosa, Dolly se quejaba en el suelo, y no era para menos. El veneno de Coral le había quemado los ojos. Su padre la tomó en brazos para llevarla al sofá, pero Coral se interpuso. 

    -Para. 

    -Coral, me parece que ya has hecho bas…

    -Ni he empezado todavía. – sonrió - Esta niñata se piensa que puede conseguir a cualquier hombre que desee, que puede conseguir TODO lo que desee y menospreciar a todo el mundo, porque es muy fuerte y guapa… y porque papaíto siempre va a estar ahí para mimarla. 

    -¿Qué quieres decir? 

    -Bobbie, quizá no te hayas dado cuenta, pero has hecho muchos favoritismos entre tus hijos. No te culpo por ello, Alan también tiene su cachorro favorito, pero cuando ha hecho falta poner los cojones sobre la mesa y pararle a alguien los pies, lo ha hecho. Esa es la diferencia, que tú no lo haces; has dejado que Dolly haga siempre lo que ha dado la gana. Ahora está empezando a sufrir las consecuencias, déjala sufrirlas. Si piensa que siempre vas a estar tú para protegerla, no haremos nada.

   -¡Cállate, zorra venenosa! – chilló la chica - ¡te mataré! 

   -Bobbie, tú sabes que ha estado mal lo que ha hecho. Lleva estando mal mucho tiempo. No la abraces, no la consueles, no la apoyes cuando hace mal. Castígala. ¿Quiere matarme? Muy bien, que lo intente. Déjala en el suelo. 

    Dolly quiso protestar, aferrarse al pecho de su padre cuando notó que éste la bajaba, y a Bobbie se le partió el corazón al dejarla de nuevo en el suelo sabiendo que estaba ciega y que no podía respirar bien… pero lo hizo. Coral se sacó de la espalda los dos estiletes llenos de veneno que solía usar y se situó cerca de ella. La joven lanzó un zarpazo y erró. Cambió, sin duda pensando que en forma animal tendría ventaja. Era una bellísima pantera, pero seguía ciega. Saltó hacia donde olía a Coral, pero ésta se apartó ágilmente, y la pantera cayó mal, chocó contra la cristalera y se hizo daño, pero se levantó, se sacudió y olfateó de nuevo, rugiendo. Coral se acercó, caminando tranquilamente; Dolly saltó hacia ella, y Coral se limitó a agacharse y alzar el brazo derecho, apretando el pomo del estilete para soltar el veneno; la pantera se desgarró las tripas de arriba abajo ella sola y el veneno le quemó los intestinos, cayó al suelo hecha un ovillo, en medio de un agudo gemido de dolor, y de nuevo volvió a su forma humana.

    -¡Hija! – Bobbie intentó de nuevo ir hacia ella, pero Alan le frenó. Dolly estaba tendida en un charco de sangre y su cuerpo emitía un olor detestable al quemarse con el ácido veneno de su tía. Se estremecía de dolor y lloraba. El canuto del bolígrafo cayó de su garganta, con la tráquea ya regenerada y sus ojos recuperaban lentamente la visión, pero la profunda herida que prácticamente la abría en canal tardaría más en cerrarse. 

    -Duele… duele… - gimió. Parecía mucho más pequeña ahora. Coral se acercó a ella, a distancia prudente. 

    - Puedes creerme: no he disfrutado. – Dolly, con gran esfuerzo, levantó los ojos para mirarla. Estaban llenos de odio – Ahora, puedes esperar a recobrarte e intentar vengarte, y volver a recibir otra tunda similar, y otra, y otra, hasta que aprendas que debes tener un cierto respeto a tus mayores… O puedes empezar a hacerte a la idea de que siempre, SIEMPRE va a haber alguien más fuerte que tú. Más despiadado que tú. Con peor leche que tú. No puedes ir por el mundo como si éste te perteneciera, sé que es lo que tu padre te ha hecho creer, pero no es así, y te conviene darte cuenta de ello, de que no eres el centro del mundo, que… - Coral se quedó pensativa unos momentos y miró a su esposo. Alan en un principio pareció molesto, pero casi enseguida sonrió. ¿Acaso no estaban buscando un nuevo cachorro…? 

    -Bobbie, tu hija se viene con nosotros una temporada. 

    -¿Qué? – Bobbie no fue quien lo preguntó, ni Dolly. Un gato de color negro, salido de nadie sabe dónde, también lo había hecho. El gato saltó al sofá y tomó forma humana, una mujer elegantemente delgada, que los observaba con brazos y piernas cruzadas, muy erguida. – Creo que eso es algo que también se me debería consultar a mí. 

    Bobbie sonrió y besó la sien de la mujer. 

    -Elisabeth, te presento a mi hermano Alan y a su mujer. – la mujer se limitó a asentir. 

    -Encantados. – dijo Alan – Vuestra hija necesita estar un tiempo sin vuestra protección, en especial sin la de su papi, que le deja hacer todo lo que le sale de los hocicos sin más consecuencias que decirle “no mates a tus hermaaaanos…”. 

    -Entiendo, pero tengo que pensarlo. Pensado, lleváosla.

   -¡Madre! – se lamentó la joven. Elisabeth le dirigió una mirada de hielo sin mover la cabeza un centímetro. 

   -Dolly lleva muchos años pidiendo a gritos un buen rapapolvo, y su padre parece pensar que es perfecta, puesto que no la corrige jamás, y nos hace callar a los que intentamos hacerlo. Es posible que ahora, los dos se decidan a ser un poco razonables. 

   -Mamá… mami… - Dolly, aún con las heridas tiernas, se arrastró hasta el sofá y se frotó contra las piernas cruzadas de su madre – por favor, no me eches… Sé que soy rebelde, pero seré mejor… ¡no quiero ir con ésta gente!

    Elisabeth la miró con desprecio. 

    -Ese truco sólo te funciona con tu padre. Irás. 

   -Elisabeth… Me parece bien, pero... – intentó protestar Bobbie.

   -Ira. O me marcho yo. 

   -Papá. – sonrió Dolly, tendiendo un brazo hacia su padre – Deja que se vaya. No nos hace falta… yo puedo hacerte feliz, yo puedo…

   -Irás. – concluyó Bobbie. – Y que te entre en la cabeza: eres hija mía, te quiero, pero no te amo. Estoy enamorado de tu madre, no de ti. Jamás me emparejaré contigo, ni abandonaré por ti a tu madre. Nunca.  

   Dolly pareció herida, frustrada como si le dijeran que los preciosos patines que ha visto en la juguetería serán para otra niña y no para ella. 

    -No eras más que el segundón de la familia, padre. – murmuró, venenosa – Y no me haces falta. – Miró a su tío y sonrió, pero Alan, bastante menos diplomático que su hermano, tomó a Coral del brazo e inclinándose sobre ella la besó lujuriosamente. Marcus se sonrojó, Bobbie pareció molesto y Elisabeth sonrió con picardía. 

    -No le llegas ni a los talones a tu tía. Si se te ocurre intentar algo contra ella, lo que te ha hecho, te parecerán cosquillas. – Contestó Alan tras soltar a su mujer con una sonrisa de placer. 

   -Pues está dicho. Te vas con ellos. – concluyó Bobbie. Marcus no pudo evitar dar una palmada y sonreír de oreja a oreja. 

    -No eches al campanas al vuelo, tú – le advirtió Alan. – Mañana vendré a intentar sacar de ti un poco de furia. 



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     -¡Ah… sí, mi bestia… más… más! – Alan no era muy dado a gritar cosas así durante el sexo, lo suyo era más rugir y aullar, no las palabras con sentido, y mucho menos pedir… Pero los dos sabían que Dolly les estaba oyendo, y era preciso que le quedase bien claro que eran una pareja unida y feliz; no iban a separarse porque un cachorro malcriado pretendiese meterse por medio. Coral estaba encantada. Su marido no la dejaba nunca estar encima, sólo un par de veces había consentido quedarse debajo, le molestaba profundamente adoptar un papel pasivo… Ni tampoco era dado a romanticismos ni cariñitos, salvo en algunas ocasiones y muy a la chita callando. Lo suyo era ponerse encima o detrás de su mujer, y empujar, pero hoy, estaban haciéndolo sentados, cara a cara, y, dentro de un orden, lentamente. Coral, sobre el regazo de su marido, se deslizaba en círculos lujuriosos sobre su hombría mientras le acariciaba la cara, la áspera barba y le hacía mimos en el cuello y las orejas. Alan gemía a cada movimiento de su pelvis y le besaba o mordisqueaba los dedos cuando los ponía al alcance de sus fauces. 

     -Aaah… mi animal odioso… - sonrió Coral, y Alan gimió y le apretó un pecho, fuerte. - ¡Aay! Mmmh… sí, sí, apriétame… - Coral intentaba contenerse un poco, porque sabía que Alan podía desbocarse por la pendiente del salvajismo y arruinar la ternura pero, ¡era tan bueno lo que sentía! El propio Alan la atrajo hacia sí y la besó, acariciándole la lengua, y Coral vertió dentro de su boca su veneno cálido. Las piernas de Alan dieron un temblor, y sus caderas empujaron, aún debajo de ella; el veneno caliente que le quemaba dulcemente la boca y la garganta, bajando suavemente hasta el estómago, parecía resonar en su miembro, era demasiado agradable, era insoportablemente dulce… 

    -Ah… eres el Paraíso… ¡Tienes el Paraíso entre las piernaaaas…! – musitó el licántropo, estremeciéndose de gusto, notando cómo el calor le estallaba con una lentitud deliciosa en la base del miembro y se expandía por su bajo vientre y enseguida por todo su cuerpo, sumiéndole en el placer más delicioso que podía existir… su ano se cerraba solo, su frenillo palpitaba mientras se le escapaban a la vez el esperma y media vida, y Coral le mordió el cuello, clavándole los colmillos, vertiendo veneno. Alan puso los ojos en blanco y agarró con mayor fuerza a su mujer, clavándole las garras en la espalda y rasgándola de los hombros a los costados mientras ella gemía. 

    -Más… Cabrón, dame MÁS. – musitó ella en las orejas de Alan, y éste rio bajamente y, con ella abrazada, se tumbó de lado para ponerse encima de inmediato, y emitió un rugido cariñoso que hizo que su mujer soltarse un gemido desmayado. Su nudo animal, en la base de su miembro, se hinchaba a voluntad, y se apretó contra Coral, que sonreía, abrazándole con las piernas. Alan jadeó mientras lamía la cara de su mujer y la bola se abría paso en el cuerpo de ella. Se retiró ligeramente y embistió. Un poco más… un poco más… ¡ya! - ¡Aaaaah… Sí! 

   Coral tembló de gusto, y Alan le mordió la boca más que besarla. El nudo palpitaba dentro de ella, como si la polla de su esposo se moviese sola. Era la segunda vez en dos días; generalmente, no solían copular como animales con tanta frecuencia, hacían sexo humano, sin nudo… sólo de recién casados solían usarlo más, precisamente por la posesión y entrega que implica, y porque favorece el embarazo. Hoy, buscando dar por los morros a su sobrinita, era una buena idea hacerlo así. Coral empezó a apretar el bulto de su esposo, y éste cerró los ojos en un rugido satisfecho.

     -Exprímeme – ordenó, mientras su nudo presionaba los puntos sensibles de la vagina de su compañera de un modo maravilloso. Coral se estremecía y no tardó en sentir el picorcito que anunciaba su placer. Miró a los ojos a su Alan, mientras los hombros se le encogían y sus mejillas se ponían muy coloradas. – Ah, eso es… eso es, córrete, córrete con mi bulto… - Coral no podía hablar, sólo se le escapaban sonrisas abandonadas mientras apenas atinaba a acariciar los brazos de Alan; el placer le subía, caliente y dulce, desde el vientre hasta el cuello, en olas que estallaban con más fuerza cada vez, hasta que al fin tembló de gusto, se estremeció y gimió, notando el delicioso cosquilleo que zumbaba en su coño hasta los dedos encogidos de sus pies. Alan la besó, violándole la boca con la lengua, mordiéndole los labios, mientras su nudo, dentro de ella, se vaciaba lentamente de esperma. 

    Coral sabía que el bulto seguiría palpitando al menos durante veinte minutos más, y con lo sensible que estaba, al menos tres o cuatro orgasmos no se los quitaba nadie, y lo mismo servía para Alan, que estaba empujando de nuevo, como si quisiera hacer mete-saca, a pesar de saber que, estando trabados, no podía… terminarían empapados en sudor, extenuados y ligeramente doloridos… pero le encantaba tenerle dentro de ella. Le agarró las nalgas y se las apretó con fuerza, y Alan gimió sonoramente y una sonrisa de placer se abrió en su cara; Coral notó que el semen empezaba a desbordarse de su interior, y aunque eso implicaba que terminaría antes, que luego le dolería menos… casi le dio pena. 



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     En su cuarto prestado, Dolly no podía dormir de la indignación que sentía. ¿¡Cómo era posible que su padre la hubiera echado de casa a ELLA?! ¡Era su hija favorita, y lo sabía bien! ¿Por qué no echaba de casa a ese cobarde de Marcus? El sag estaba en la Universidad, era como si no estuviera, ¡pero Marcus! ¿Por qué él podía quedarse en casa, y ella no? No había derecho, madre sólo era un gato, ¿cómo podía preferirla? Hasta la mujer del tío era más digna, al menos era una serpiente, ¡pero un gato, por favor! ¿Cómo había podido su padre enamorarse de ella? Era vergonzoso, asqueroso, sencillamente asqueroso. Así habían salido sus hermanos, Marcus cobarde y el sag… era un sag. Le daba igual lo que dijera padre, pensaba matar a ambos, no tenían derecho a vivir. Y si él persistía en preferir a su esposa, también lo mataría a él. “Mataré primero a madre, le dejaré verlo. Y luego a él, si no entra en razón.”. En la habitación cercana, los gemidos y el golpeteo empezaron de nuevo, y la joven se cubrió la cabeza con la almohada. En su casa, jamás había oído nada, pero aquí, oía demasiado. 


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        El “pop” que producía el nudo al salir por fin, era ciertamente liberador. Alan se dejó caer sobre el pecho de su esposa, en medio de un gemido de alivio, mientras ella lo abrazaba con un solo brazo. Alan le tomó la mano libre, entrelazando los dedos. Entre ellos, notaba el latido, apresurado aún, de la sangre de su esposa. Era muy bueno cuando lo hacían de modo animal, con el nudo, pero… caray, ambos quedaban agotados. Por no hablar de la cama; era comprensible que Coral sólo quisiera hacerlo así cuando follaban fuera, ahora tenían que cambiar la cama de todas-todas, las sábanas estaban empapadas de sangre, jugos, esperma…

  -Alan, mi vida… - jadeó su mujer. - ¿No te has dado cuenta de una cosa?

   Con esfuerzo, Alan se alzó sobre los codos y retiró suavemente varios mechones de cabello, empapados de sudor, de la frente de su compañera. 

    -¿De qué?

    -El sag. No estaba en la casa… 

    -Sí. Y teniendo en cuenta que mi querido hermano no ha sido capaz de encontrarnos durante ciento cincuenta años, y de golpe lo consigue… 

    -Creo que yo también sé dónde está. 

   -Con la niña, en la Universidad. 

   -Sí. – Coral suspiró – Alan, sabemos que la niña está bien, si el sag nos ha delatado y tu hermano vino por nosotros, no creo que a ella le suceda nada. Y recuerda que no está sola. No la hagas abandonar sus estudios.

    -¿Quién, yo? No, mujer, no pensaba eso… Pensaba que, ya que el sag ha sido tan listo para descubrirnos y tan leal a los suyos para delatarnos, podemos hacer que Junior le demuestre que nosotros, también somos fieles a los nuestros…

    Coral sonrió abiertamente.

    -Me parece muy adecuado… cariño mío.