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jueves, 29 de mayo de 2014

La más dulce tortura es el dolor de corazón.


   



     


      Estaba blanco de yeso, me dolían los brazos, tenía los hombros agarrotados y estaba lo que se dice un poco bastante hasta los cojones… pero si aguantaba, me daría por satisfecho. Jibó con el juguetito de las narices, no había sido suficiente vergüenza comprarlo, y eso que me habían ayudado… estaba frente a ellos en el sex-shop, y cogí uno, casi el primero que vi, porque era baratito, pero había un tipo a mi lado, un tipo trajeado, altísimo y un poco mofletudo, que olía mucho a colonia barata, que me dijo “no se lleve ese… créame, es incomodísimo y no aguanta nada. Éste otro es un poco más caro, pero es mejor, más resistente, y lo que es más importante: muchísimo más cómodo…. Puedo garantizárselo”, y la verdad que me convenció, pero tenía un modo de hablar tan… natural, de algo tan íntimo, que admito que me sentí tan cortado como una vez que mi padre me compró preservativos. Lo hizo con buena intención y se lo agradecí, pero, caray, qué rato… Pero por lo visto, el tipo sabía lo que se decía, porque el de la tienda le tuteaba y todo, en plan “hola, Jean, buenas tardes, ¿qué tal hoy…?”… En fin, que no contentos con la vergüenza, me estaba costando Dios y ayuda instalarlo, ya era la tercera vez que se caía, y me había cargado parte del techo con la tontería, que había tenido que arreglar yo solito, porque como para explicar algo así al seguro… En fin, había que probarlo… por favor, por favor, que aguantase de una cochina vez… Me agarré a las cintas negras y tiré, no quería colgarme a lo loco y pegarme otra culatada, como antes, todavía me dolía, ibas a ver qué risa  cuando Mariposa viese el moratón que me iba a salir en el culo… Tiré, y los pernos siguieron en su sitio. Con cuidado, retiré un pie de la escalera e hice fuerza. Aguantaba… retiré los dos pies y me colgué por completo. ¡Y aguantó! Quise reír a carcajadas, ¡por fin! Llevaba toda la tarde, y el día anterior, peleándome con él, pero al final lo había conseguido. Y si aguantaba mi peso, aguantaría de sobras el de mi esclava.

     Sonreí al pensar en ella. Ocaso, Mariposa, Milady… daba igual qué nombre utilizase, era ELLA. Punto. Como mi ama, hacía su antojo de mí, y me encantaba, lo adoraba. Como mi esclava, era yo quien, al menos, intentaba cogerla lo suficientemente por sorpresa como para tenerla a mi  merced por un ratito, y la última vez, lo había conseguido. Tenía que volver a conseguirlo, no quería pensar que el mes que ella me había concedido para comprobar si nos enamorábamos, o si al menos yo conseguía interesarla lo suficiente para seguir viéndome fuera de sus sesiones habituales de dominación, estaba a punto de extinguirse, quedaba poco menos de una semana para que cumpliese el plazo. No quería pensarlo, pero mi cerebro me machacaba con ello. Quería hacerme la ilusión de que lo estaba logrando, que nuestro último encuentro le había gustado de verdad, que no querría perder eso… pero tenía un miedo  espantoso a haber sido capaz de interesarla sólo una vez. Si no conseguía repetirlo, Milady perdería el interés y yo la apuesta, y mi oportunidad de tener una relación fija con ella, de hacerla mi pareja definitivamente, o al menos de que me permitiera estar con ella de otro modo aparte del sexual, por más que me encantase tener sexo con ella.

      “No te apures, Imbécil” me dije a mí mismo “Si te pones nervioso, ella lo aprovechará, se pondrá encima y perderás tu oportunidad. Mantente frío y tranquilo, y no dejes de ser tú mismo…”. Sabía que tenía razón, pero eso, era más sencillo decirlo que hacerlo.


*************


     “Hoy tengo una sorpresa para ti, Milady, voy a divertirme mucho contigo esta tarde”, decía el mensaje que me envió, esa misma mañana. ¿Qué pretendía, ponerme nerviosa? ¿Creía que yo iba a desbocarme como hacía él, que sería incapaz de dominarme? Pues estaba equivocado. Sí, es cierto que la vez anterior, en nuestro último encuentro, no había estado mal. Me había cogido por sorpresa, lo admito, me hizo salir con él poco menos que medio desnuda, y llevando un tanga de perlas que me había encantado usar… pero eso, no quería decir que fuese ningún maestro del sexo, ni menos aún que pudiese sorprenderme. Sorprenderme él a mí… qué gracioso. YO era su ama, este jueguecito de fingir que él era el amo para ver si así conseguía interesarme lo suficiente para seguir saliendo con él pasado el mes de prueba que me había pedido, no era más que eso, un juego. Un estúpido juego, en el que yo ganaría, como siempre. Llevaba ejerciendo de ama con él ya casi dos años, y antes que a él, había tenido muchos esclavos más, incluso esclavas un par de veces. No dejaba de reconocer que Imbécil, había sido el mejor, con mucho. Había nacido para ser esclavo, era humilde, dócil, servil, vivía su autoestima a través de lo satisfecha que yo quedaba de él, y se le daba muy bien suplicar… no había nada con lo que me pudiese atacar, no podía quedar por encima de mí. En nuestro último encuentro, se lo había trabajado, y por eso yo, yo le había permitido tener la ilusión de que mandaba y le había dado mimos y había sido buena con él. Pero yo sabía que el más tonto, puede acertar por una vez en la vida. No lo lograría una segunda vez.

     Oí un “crac” justo bajo mi cara, y miré. Mi bolígrafo estaba roto, yo misma lo había partido en dos con las manos, a pesar de no haber movido ni un músculo de la cara. Tiré los restos a la papelera y cogí un boli nuevo del bote de escritorio. No.

     …No lo iba a admitir, no lo admitiría jamás… nunca diría, ni siquiera a mí misma, que mi modo de actuar de nuestra cita anterior, no había sido tanto por su inventiva, sino por su modo de portarse y de ser. Por… por dejarme elegir.

    Me llamo Ocaso y sufrí abusos sexuales durante mi niñez y parte de mi adolescencia, por un familiar. Me hizo odiar al género humano, a los hombres, y al sexo por “amor”. Decía quererme mucho, decía que lo hacía para protegerme de los niños malos, para que yo supiera qué cosas no me tenían que hacer, pero que él podía hacérmelas porque era mi tío y me quería mucho. Yo no quería que me quisiera tanto, ni que me hiciera esas cosas. Se lo dije, se lo pedí muchas veces. Nunca me escuchó. Siempre me decía que era lo normal, lo natural, que un tío se preocupara por su sobrina sin padre y la cuidara y quisiera. Que debía dar gracias a Dios por tener un tío tan bueno como él, un ministro del Señor que se ocupaba de ella… yo, creyente entonces como niña que era, rezaba porque Dios matase a mi tío. Tampoco Él me escuchó nunca. Y entonces, empecé a pensar que no hay nada más horrible que alguien te obligue a hacer algo que tú no deseas. Que alguien decida por ti, que no te dejen actuar como tú crees que debes o tomar decisiones en tu propia vida… Mientras viví con él, yo nunca pude hacer nada de lo que yo quería. No podía leer lo que quería, sólo lo que él me daba. Jamás leí un tebeo o un cuento, sólo vidas de santos y la Biblia. No podía ver la televisión, no podía jugar con otros niños, no podía pasear, ni hacer deporte, ni hablar con nadie, ni siquiera beber bebidas con gas. Para él, todo eso era pecado, y yo, que ya estaba manchada del pecado por ser hija ilegítima, debía cuidar especialmente mi alma y no hacer nada de eso. Él decía que cuando creciese lo suficiente, me metería en un convento para ser una excelente monja y purgar así mi pecado de haber nacido de madre soltera, y para él, era un hecho consumado que no aceptaba discusión. Yo también lo acepté por un tiempo, hasta que decidí que no iba a dejarle dirigir por más tiempo mi vida.

     En nuestra última cita, de “mi amo” y yo, nos habíamos encontrado con una compañera del trabajo, Nélida, quien había tenido de pagafantas a mi compañero durante casi medio año, calentándole las pelotas sin llegar jamás a nada… La relación que mantenemos Imbécil y yo, o Athos y yo, que es como desea que le llame cuando juega a ser mi amo, es secreta. Nadie sabe que tenemos sexo, ni menos aún, que lo tenemos en una relación de dominación… cuando nos descubrió, me sentí aterrada, no quería que nadie anduviese haciendo bromitas o diciendo que éramos pareja… pero mi amo, después de despacharla para que nos dejase en paz, me dijo que, en realidad, Nélida no sabía nada. Sólo nos había visto, y él le había dicho que salíamos juntos y llevábamos poco. Que yo podía decirle el lunes que sólo éramos un rollo de temporada, que no había nada serio entre nosotros, que… que podía decirle lo que YO quisiera. Me dejó elegir. Me dejó ser yo misma quien tomara la decisión que más me conviniera. Y eso me desarmó.

     He conocido muchos hombres en mi vida. La mayoría, por no decir todos, pasado un tiempo, se cansaban de ser esclavos, y querían mandar, tomar, decidir… lo de la esclavitud, era sólo un pasatiempo, y yo misma lo tomaba así. Cuando querían pasar a mayores, cuando querían quedar por encima, entonces, todo se acababa. Yo rompía, porque no les quería como nada más que como mis esclavos, porque no quería que me pasase lo que a mi madre, no quería verme abandonada después de haber depositado mi confianza en otra persona. Todos me prometían amor, pero ni ellos se lo creían. Imbécil es un caso aún más grave, porque él también me lo promete, pero es que encima, SE LO CREE. Es un caso perdido, piensa que el amor, existe, ¿se puede imaginar memez mayor? La palabra “amor” es lo que se utiliza para conseguir cosas de las personas. Para conseguir sexo, dinero, comodidades, compañía, que te hagan el desayuno… y generalmente, uno siempre da, y otro siempre recibe, y la dirección nunca se cambia. Lo que conocemos como amor, es la más egoísta de las pasiones humanas. Lo disfrazamos de altruismo, desprendimiento y entrega en las canciones y en los poemas, y en realidad es la mayor expresión de salvaje avaricia y voracidad de la que somos capaces, y a las pruebas me remito: mi padre biológico, a quien tuve la fortuna de no conocer jamás, decía estar enamorado y querer mucho a mi madre… y la quería tanto que la violó y la abandonó después, acusándola de que si se había acostado con él, podía haberse acostado con cincuenta puestos en fila, y que si estaba embarazada, no era de él. Mi tío decía querer mucho a mi madre, y a mí. Nos quería tanto que abusó de mi madre, la hizo vivir castrada, la pegaba, y finalmente le estampó la cabeza contra el suelo en uno de sus habituales ataques de ira, y la dejó mentalmente lisiada para siempre. Mi madre no tiene aún cincuenta años, pero parece que tenga ochenta, aunque ella cree que tiene quince o dieciséis, cuando se quedó en estado de mí. Todo eso, le vino por el amor.

    Mi tío también decía quererme mucho. Tanto, que abusó de mí, me pegó, convirtió mi infancia en un infierno, y cuando le planté cara, me sacudió hasta señalarme y me encerró en el sótano de su parroquia durante meses, dándome para comer las sobras de sus comidas, y diciéndome día tras día que rezara pidiendo el perdón de Dios, porque él, no iba a darme el suyo. Que era una desagradecida y no merecía ni esas sobras, que con ellas podría alimentar a un perro que le sería más útil y más agradecido que yo. Tenía que hacer mis necesidades en un cubo que mi tío se llevaba día sí, día no, y dormir en el suelo, sobre una sábana doblada, sin mantas. Un día le pregunté cuándo me dejaría salir de allí. Me pegó en las costillas con su bastón y me dijo algo que ya estaba harta de oír desde mi infancia: “En el Infierno hay un reloj, que sólo marca dos cosas “Siempre” y “Jamás”. Cuando un condenado pregunta “¿hasta cuándo estaré aquí?”, el reloj marca “Siempre”, y cuando un condenado pregunta “¿cuándo me podré marchar?”, el reloj marca “Jamás””. Hubiera querido tirarme contra él, aunque sabía que era mucho más fuerte que yo, pero sólo por darme el gustazo de golpearle, morderle aunque fuera, de devolverle una pizca del daño que me estaba haciendo, pero estaba tan débil por el frío y el hambre que pasaba, que no pude. Se rió de mí, y vi con dolorosa claridad que estaba dispuesto a dejar que me pudriera allí. No sé qué inventaría para explicar que yo ya no iba al instituto, ni me importaba, sabía que era capaz de dejarme allí por siempre; me sentí tan impotente, tan rabiosa… que sólo quise llevarle la contraria de cualquier manera que pudiera, y, puesto que era imposible escapar por la puerta y en el sótano no había ventanas, ni troneras, ni nada similar, decidí que escaparía definitivamente matándome.

    Al día siguiente, cuando me llevó la comida (restos de una chuleta de cerdo, exactamente cuatro patatas fritas y un pico de pan, no podré olvidarlo nunca), le dejé sermonearme como hacía cada día, diciendo cuánto trabajo le daba a un pobre anciano como él, y qué ingrata era yo, y qué astuto el Diablo, que me había dado forma de niña inocente, incluso bella, y no era más que una mujer vil, un demonio, una criatura impura… cuando se marchó, tomé el cuchillo de la carne, cerré los ojos y me corté las muñecas, primero la izquierda, luego la derecha. Me tumbé. Y esperé. Sintiendo mi sangre acariciar mi piel con tanta suavidad, pensé que, irónicamente, la muerte era lo más agradable que me sucedía en mucho tiempo…

     Recuerdo que vi una luz, y pensé estúpidamente “¿será verdad que existe el Cielo?”, hasta que me di cuenta que era una lámpara fluorescente, colgada de un techo blanco. Y una parte de mí quiso gritar “¡NO, MIERDA!”, pero ni para eso tenía fuerzas, cuando me di cuenta que estaba viva… aborrecí esa luz con todas mis fuerzas, la detesté, hubiera dado cualquier cosa por apagarla, por apagar todas las luces. Estaba en un hospital, con las muñecas vendadas y un gotero conectado al brazo, lleno de líquido rojo. Quise arrancármelo de cuajo, pero la enfermera que estaba a mi lado, me lo impidió, y avisó fuera que yo me había despertado.

     Pensé que volvería al sótano, que mi tío me mataría a bastonazos o que me dejaría sencillamente morir de hambre y sed… pero en lugar de eso, renací. Mi tío dijo que se declaraba incapaz de ocuparse de una criatura ingrata y malvada como yo, que sólo conseguiría matarlo a él a disgustos, o tal vez asesinarlo, visto el poco respeto que me inspiraba la vida humana, y cedió mi custodia al Estado. Como había intentado matarme, me internaron en una clínica de salud mental. Dicho así, suena horrible. Para mí, fue el paraíso. Libre por primera vez en mi vida. En la clínica tenías que despertarte a una hora, estudiar, comer, tomar tus medicinas y acostarte a otra hora, sí pero si querías leer algo, podías hacerlo. Si querías ver la televisión, podías hacerlo. Podías hablar con quien quisieras, es más, te animaban a ello. Llevaba pocos meses allí cuando dijeron que parecía imposible que yo hubiera intentado suicidarme en alguna ocasión, y prepararon mi marcha, a una residencia juvenil, donde viviría hasta que pudiese independizarme.

     En aquélla residencia, conocí a un chico. Él fue mi primer esclavo, aunque ya no recuerdo cómo se llamaba, fue más una relación de aprendizaje. Me di cuenta que por una vez, no solamente era libre, sino que era capaz de mandar en otros, además de en mí misma. Y que el amor, no existía. Aquél chico, igual que el que violó a mi madre, sólo deseaba sexo de mí, y cuando se lo ganó, se lo concedí, con mis condiciones. Y le hice saber que serían esas, y no otras, que si quería sexo, sería donde, cuando y como yo lo decidiera, y él lo tomaría así, y estaría agradecido. Porque si no, tendría que usar la manita y el Canal Plus sin descodificar. Aquél chaval me hizo darme cuenta que, cuando los hombres piensan con el cerebro de abajo, cosa que les sucede muy a menudo, son muy fáciles de manejar; ellos dicen “prometer hasta meter, y una vez metido, olvidar lo prometido”, pero esa frase, se les puede aplicar a ellos a la perfección. Promételes que podrán guardar su cosita en tu cuerpo, menos aún, que vas a dedicarles sólo un rato de mimos, y los tendrás dispuestos a hacer cualquier cosa a cambio. Cualquier cosa. Mi tío usaba bastón por culpa de un esguince mal curado en el tobillo izquierdo. Después de mi primer esclavo, se convirtió en una fractura de rodilla mal curada, causada por la agresión de un gamberro con un bate de beisbol.

     Estudié oposiciones de contabilidad, pude entrar a trabajar de auxiliar en un banco, y más tarde, obtener un puesto fijo, tener más esclavos con el tiempo… pero lo mejor, lo mejor de todo, era ser mi propia ama. Nadie volverá a engañarme nunca más con cuentos del amor, e Imbécil no va a conseguirlo tampoco. Pero admito que su invitación animosa a que fuese yo quien conservase las riendas… nunca hubiese esperado algo así de nadie, y menos aún, de un hombre. De un esclavo que pretende que me enamore de él… a veces, eso me saca de quicio; Imbécil, en su estupidez, es impredecible. No obstante, fuese como fuese, le había dado ya su premio la otra vez. No lo conseguirá una segunda, yo lo sabía.


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     “Cuando salgamos, hazte la remolona y camina despacio”, le dije en un correo. Milady no me contestó, pero cuando miré por el borde del panel de mi puesto de trabajo y capté su mirada, oculta tras las gafas de sol,  vi como asentía muy levemente con la cabeza. Suficiente. Aquél día era viernes, salíamos antes, a las dos menos cuarto, las dos como muy tarde, todos nos hemos largado… y yo estaba deseando, deseandito que llegase la hora. Cuando por fin dieron menos cuarto, la mayoría se desconectaron, salvo los que estaban en mitad de alguna cosa o alguna llamada… que no serían más de dos o tres, porque todo el mundo deja de hacer cosas a eso de menos veinte… y Ocaso. Ella, no se levantó, ni dio muestras de empezar a recoger nada. El ver cómo me obedecía, me empezó a poner contento sin que pudiera evitarlo, y tuve que ponerme freno, no podía levantarme de la silla con una erección. Mi amigo Ricardo pasó por mi lado dándome una palmada en el hombro y guiñándome un ojo. No era idiota, todo lo contrario, era muy listo, y se daba perfecta cuenta que, curiosamente, sólo “La chica invisible” y yo no estábamos recogiendo, pero afortunadamente también fue discreto y se marchó sin abrir la boca. También Nélida, mi ex princesa, recogía muy despacio, quería quedarse a curiosear, hasta yo me daba cuenta. Empecé a ordenar todo, a guardar cosas en cajones y cerrar sistemas, y, mágicamente, también ellas aceleraron. Nélida no podía quedarse ahí mucho rato sin que su presencia fuese incómoda, así que, puesto que yo recogía con toda calma, y ella hacía tiempo que había acabado, pasados un par de minutos tuvo finalmente que marcharse, fingiendo (muy mal, por cierto) una sonrisa amistosa y diciendo “hasta el lunes”. Cuando salió por la puerta, me dieron ganas de abalanzarme sobre Ocaso como un sátiro furioso y empezar a bombear con las caderas; me imaginé desnudo, abrazado a su pierna y frotándome contra ella como un perrito, jadeando, babeando, lamiéndole el muslo, sintiendo mi polla acariciarse contra su piel suave… Buffffffffffff…. “cálmate, Athos… no eres Imbécil, eres Athos, TÚ eres el amo, no ella. Sé fuerte”.

     Pero eso, era más fácil pensarlo que conseguirlo. Me ahuequé un poco el pantalón, intentando que mi estado se disimulase, y me puse a pensar en cosas aburridas mientras me levantaba y cogía la chaqueta que había colgada en mi silla. La sostuve doblada en mi brazo, frente al cuerpo, de modo que me ocultase el mástil. Ay… ni siquiera era fácil andar así. La molestia y el ligero dolor me ayudaron, y sentí que empezaba a descansar armas, menos mal. Pasé junto a Ocaso y la miré de refilón. Ella ya se estaba poniendo el chaquetón azul oscuro que llevaba sobre el vestido marrón de escote cuadrado que yo conocía bien. Ese vestido le dejaba al descubierto el cuello, ese cuello tan sensible que podía llevarla al orgasmo si uno sabía dónde morder y chupar, y aunque en aquélla ocasión me había suplicado que parara, que por favor me detuviera, aunque hubiera podido ver los ojos de mi ama detrás de la máscara de mi esclava ordenándome que parara de inmediato, aún así, se había vuelto a poner ese tentador vestido. “Le gustó”, pensé. Y hubiera querido pegarme un martillazo en la entrepierna, otra vez estaba pidiendo guerra.

     Salí del banco, que está dentro del centro comercial, en cuyo interior también está la parada del Metro por la que salía todos los días, pero hoy no iba a tomarla. No aquí. Paseé muy despacio por el centro, fingiendo mirar las tiendas, hasta la salida. Un sol luminoso y brillante me hizo entornar los ojos. Di un par de pasos y  me volví hacia la puerta, mirando la gente entrar y salir, y esperando… ahí estaba. Milady se acercó a la puerta, miró el cielo y vaciló. Lleva siempre gafas de sol porque es fotofóbica, por eso prácticamente nunca, recordé, la había visto salir del centro comercial, siempre se metía directamente al Metro, si bien tomaba una línea distinta a la mía. Por eso le gustaba que siempre mi casa estuviese a oscuras, por eso le gustaba venir a eso de las cinco o las seis, cuando las peores horas de luz ya habían pasado. Ahora, la estaba haciendo salir al sol, y no al sol flojito del atardecer, sino al solazo de las dos de la tarde que, a pesar de ser otoño, aún podía achicharrarte vivo y te hacía lagrimear los ojos. Milady no se movía. Miraba el cielo. Me miraba a mí. Sabía que no podía desobedecerme. Había logrado, como astuta que era, dominarme algunas veces pese a ser esclava, quedar por encima de mí, pero no podía desobedecer. Sonreí y le hice un gesto con la cabeza para que saliera.

     Mi esclava se mordió el labio inferior, y aún a distancia y a través de sus gafas de sol, me pareció leer en su gesto un “pagarás por esto, Imbécil”, pero tomó la barra de la puerta y empujó. La vi cerrar los ojos y protegerse con una mano el rostro. Sé que debí haberla dejado recorrer sola los pocos pasos que la separaban de mí, pero… pero lo cierto es que me encontré frente a ella, haciéndole sombra y tomándola por los brazos. Milady abrió los ojos al notar mi sombra y sonrió aliviada al verme allí. La tomé de los hombros y echamos a andar. No dijimos absolutamente nada, y no me pareció raro. No nos hacía falta.

     Me sentía tan bien caminando junto a ella, teniéndola cogida de los hombros, era tan agradable pasear como una pareja normal, como una pareja, punto. Mi mano, en su hombro, empezó a acariciar arriba y abajo por su brazo. Milady me miró y sonreí. Había muchas preguntas en sus ojos, muchas, pero ninguna salió de sus labios. En lugar de eso, casi con miedo, como si temiera que le dijese que no, reclinó suavemente la cabeza hasta apoyarla en mi hombro. Se me descolgó la cara en una sonrisa tan estúpida, que a un chiquillo que venía en dirección contraria se le escapó la risa con disimulo, y cuando nos rebasó, le oír reír con ganas. Qué me importaba, estaba contento, y la apreté un poco más contra mí, y, creo que de forma instintiva, el brazo de Ocaso me rodeó por la cintura, ¡qué dulce escalofrío! Temblé de tal modo, que la oí sonreír, y era su sonrisa pura, no su sonrisa de superioridad, de ama… sino su risa de niña, la risa que tiene cuando olvida todo, cuando es Ella.

     Hubiera querido permanecer en ese momento perfecto para siempre, pero al mover la cabeza para estirar el cuello, en la acera de enfrente, vi una figura familiar. Familiar y detestable. Era Nélida, nos estaba siguiendo. Quedaba claro que, aunque ella me hubiese tenido a mí de pagafantas y me hubiese rechazado después de seis meses bailándole el agua, aunque yo lo hubiese pasado fatal por ella y por su rechazo, si me reponía, iba detrás de otra chica y ella me correspondía, aquello no le gustaba ni una pizca. De repente, había perdido a un admirador, ya no era la más guapa, la más adorada ni la princesita, y eso le molestaba. Para el lunes, Ocaso y yo íbamos a ser el runrún de toda la oficina, nos iban a llamar los tortolitos, nos cantarían aquello de “somos novios, nos brindamos un cariño limpio y purooo…”, y otras chorradas. Y yo soy vergonzoso, pero a mí me daría más o menos igual, es más, seguro que me daba la risa, pero Ocaso no era yo, ella era fuerte como Mariposa, pero como Ocaso era muy tímida, lo pasaría fatal… pues vale, si íbamos a estar en boca de todo el banco, se me ocurría una manera mejor de estarlo.

     -Milady. – susurré. – tenemos un espía, ¡no, no te vuelvas! – susurré, casi atenazándola contra mí, porque su primer instinto fue mirar a todas partes. – Sabes quién es sin verla, ¿verdad?

     -Temo que sí, amo, ¿Nélida?

     -Premio. – mi esclava agachó la cabeza, avergonzada, temiéndose exactamente lo mismo que yo respecto al lunes. Tenía que contarle mi idea enseguida, o se echaría atrás, y quizá no quisiese continuar. – Milady, escucha… Ahora mismo, tú tienes vergüenza porque nos ha visto, y temes que se vaya de la lengua, y se irá. En este momento, ella está rabiando de ganas porque llegue el lunes para contárselo a todo el mundo. Pero podemos hacer que sea ella la que sienta tanta vergüenza, que no se atreva ni a contarlo. O que si lo cuenta, quede ella peor. ¿Te atreves? – imperceptiblemente, Ocaso asintió. Lentamente, detuve nuestro paseo y me puse frente a ella, tomándola de una mano y acariciándole la cara con la mano libre – Voy a darte un beso. Y no va a ser un besito inocente, y quiero que hagas ver que no sólo te gusta, sino que me lo devuelvas con la misma intensidad. Quiero que la gente se pare a mirar y le den ganas de echar monedas, ¿entendido? – Ocaso se puso colorada, y qué bien le sentaba; asintió.

     No me importa reconocerlo: las rodillas me temblaron un poquitín. Sólo un poquitín, pero es que era la primera vez que la besaba a la luz del día, a la vista de todos. Tomé aire, le acaricié la cara y lentamente puse mi boca en la suya, sin cerrar los ojos. Milady entornó los suyos, pero viendo que yo no los cerraba, también ella me miró. El corazón parecía querer salir de mi pecho cuando mi lengua se encontró sus labios entreabiertos y se abrió paso entre ellos, y la lengua de mi esclava salió a recibirme. Apreté a Ocaso en mis brazos, cabeceando contra ella, mis ojos querían cerrarse de placer, pero no se lo permití, quería seguirla mirando; durante un breve instante, al apretarla contra mi pecho, puso los ojos en blanco, y mis caderas dieron un empellón sin que pudiera frenarlas; la pierna de mi esclava acarició las mías, y de pronto la sentí casi en mis nalgas, mmmmmh… me estaba abrazando con la pierna, acariciándome con ella, sentí su talón en mis corvas y mis manos bajaron de golpe a sus nalgas y las apretaron con furia, moviéndolas. Empecé a oír silbidos, un “¡pero qué vergüenza!”, pero me importaba dos pimientos, no pensaba parar, ni… ni podía hacerlo. Las manos de Ocaso se paseaban a placer por mi espalda, bajando también hasta mis… ooh, cuando sus manos me apretaron del  culo, un sonoro gemido salió de mi garganta, y oí sonreír a mi esclava, que había notado el golpe de aire en su paladar. Dios, ahora SÍ que tenía que parar, por favor, tenía que frenarme, por favor que fuese capaz de detenerme… ¡o era capaz de hacerle el amor en mitad de la calle!

    Con todo el dolor de mi corazón, pero me fui separando de su boca, Ocaso parecía no querer dejarme escapar, gimió lastimeramente cuando notó que me alejaba, y apresó mi labio inferior entre los suyos, qué suavecito, cómo resbalaba; me besó la barbilla, lamió mi puntiaguda perilla negra, el cuello, y yo gemía sin poder contenerme, apretándola contra mí como si la quisiera exprimir…. “¿Qué están haciendo, mamá? ¿Qué hacen?” oí como de muy lejos. Con los ojos casi cerrados de gusto, pero logré mirar hacia la acera de enfrente. Como yo suponía, Nélida no estaba allí. “Creo que la hemos asustado”, me dije, sintiendo dulces cosquillas de los besitos suaves de Ocaso en mi cuello. Sonreí, acariciando las nalgas de mi esclava, el hueco de los riñones, la raya de la columna… agaché la cara y besé su cuello, y Ocaso se estremeció de la cabeza a los pies, tapándose la boca para ahogar un gemido. Noté que alguien nos miraba fijamente, y volví la cara al otro lado. Había cuatro chicos sentados en un banco. Uno de ellos era muy alto y estirado, con el pelo rizado de color rubio anaranjado, el mismo color de un melocotón, la otra estoy por asegurar que era una chica, porque parecía tener tetas y tenía un rostro bastante bonito y fino para ser un chico, pero por sus ropas de camuflaje y su pelo desastrado, nadie lo hubiera jurado. El tercero era un chico de cara redonda sin afeitar y pelo negro, que bebía de una lata metálica de aceite para motores diesel, y el cuarto era un muchacho gordito con una diminuta perilla bajo el labio inferior, que llevaba una gorra roja vuelta del revés y tenía sobre las rodillas un Manual de Dungeon Master y un cuaderno, del cual arrancó hojas para todos. Mirándome mientras asentían levemente, levantaron las hojas: 8.9; 9.1; 7.9; 9.9.


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     -Aún no te desnudes, sólo siéntate y mécete. – Pedí. Mi esclava me miró, y miró el cachivache que pendía del techo de mi cuarto, y me sonrió. Una sonrisa entre pícara y dulce. Se acercó al columpio que tanto trabajo me había costado colocar, y tocó las anchas cuerdas negras que lo sostenían, revisó las bandas acolchadas de los asientos, miró el estampado de corazoncitos rojos sobre fondo negro que decoraba el acolchado, y dio un par de tirones experimentales de las cuerdas… tal vez alguien que no la conociera como yo, podría pensar que ella se sentía un poco intimidada por el juguete. Yo sabía que estaba probando su solidez y haciéndose una idea de su comodidad, calidad… me alegré de haber hecho caso al tipo de la tienda cuando la vi asentir, satisfecha.

     Nada más llegar a casa, había hecho que Ocaso se sentase en mi salón, donde las persianas estaban bajadas y las cortinas corridas, y apenas se veía nada, salvo la mesa que yo había preparado la tarde anterior, con velitas y todo. Encendí las velas y le pedí que aguardara mientras me cambiaba. La verdad,  hubiera deseado desnudarme ante ella, ver en su cara qué pensaba cuando me quitase la ropa, pero yo era un amo, tenía que conservar el misterio, de modo que fui a la cocina, puse el horno a gratinar y enseguida me desnudé a toda prisa en mi habitación, y me puse el elegante pijama negro que uso con ella. Para entonces, un agradable aroma inundaba toda la casa. Saqué del horno la lasaña de verduras que había hecho (particularmente, opino que la lasaña, TIENE que ser de carne pero era mejor que el plato fuese un poco ligero, o después de zampárnoslo, no nos íbamos a poder ni mover), y la llevé al salón. Mi ama tenía una expresión de estupor decididamente cómica cuando puse una porción en su plato. Y cuando soltó un “hmmm…” al probarla y me sonrió, creo que me sonrojé un poco, pero a la luz de las velas, no se notó.

     Mientras comíamos, quise sonsacar, o simplemente hablar de algo con Milady, pero era muy difícil traspasar su muro; cada vez que la conversación iba más allá de lo intrascendente (el trabajo, el tiempo, su estado de ánimo…), ella cambiaba radicalmente de tema, volviendo a lo delicioso de la comida, o a las ganas que tenía de estar conmigo. En una ocasión le pregunté directamente “¿Qué es lo que más te gusta?”. Milady contestó sin vacilar “Los espárragos trigueros, amo. Están perfectamente cocinados, porque habéis quitado la parte dura, y los habéis cortado para que no sean largos como spaghetti, y los habéis cocido sólo lo justo para que estén tiernos sin que pierdan vitaminas, y no queden con fibras sueltas de esas largas que sobresalen por las láminas de pasta… es un error muy común…”. Me puse serio, o al menos lo intenté, y dije “No te he preguntado eso, y tú lo sabes, ¿qué es lo que más te gusta?”. Milady también se puso seria, y de repente noté su pie apretar mis pelotas por debajo de la mesa, y casi se me salió la bechamel por la nariz. “Esto” contestó. Y me maldije por ser tan blando, pero nadie me había acariciado nunca con los pies, y menos eso tan travieso de hacerlo bajo una mesa. Cerré los ojos de placer mientras sentía cómo mi erección crecía, y a fin de cuentas, tampoco había ido tan mal: puede que mi esclava no me hubiese contestado directamente, pero ahora sabía algo más de ella. Que sabía cocinar.

     Milady se sentó en una de las bandas acolchadas del columpio, primero con prudencia. Luego, viendo que aguantaba bien, se acomodó y empezó a mecerse como le había pedido. Lentamente, me agaché y coloqué debajo de ella. Con el vestido que llevaba, no se veía gran cosa, pero tenía su redondo  y precioso trasero justo sobre mí, y sus piernas… vistas desde ese ángulo, parecían más bonitas todavía. Alcé la mano y dejé que, sólo con el balanceo, su piel se acariciase contra mis dedos.

     -Amo, ¿de verdad no queréis que me desnude? – preguntó Milady, columpiándose suavemente. Me alcé.

    -No. Tú no. – Acaricié la línea de su rostro, hasta la barbilla, y llevé mis dedos a sus labios. Sin dejar de mirarme a los ojos, mi esclava los capturó en su boca y lamió, succionó… quería mantenerme frío, pero su lengua paseándose por entre mis dedos me hacía ver las estrellas. Con esfuerzo, los saqué de entre sus labios y me puse a su espalda, para bajar la cremallera del vestido. –Tienes una espalda preciosa, Milady. – dije, acariciándole los hombros, suaves y… no había tirantes ¿dónde estaba su ropa interior? Mi corazón se aceleró, y continué tirando del vestido por sus brazos, para comprobar que no, no traía sostén. El vestido tenía refuerzos cosidos por dentro para alzar el pecho y sujetarlo, la otra vez no los llevaba. Milady me miró con picardía.

     -Espero no haber hecho mal… - musitó con una vocecita adorable – pero supuse que mi amo, querría los menos estorbos posibles.

     Me hinqué de rodillas ante ella, a la altura perfecta de sus preciosas tetas.

     -Has tenido un gran acierto. – ya fue un triunfo que la frase me saliera del tirón, sin ningún jadeo por medio. Milady me echó los brazos al cuello e intentó tirar de mí dulcemente, y Dios sabe que yo quería, que lo deseaba, que me moría de ganas por hundir mi cara entre sus pechos, abrazarla y cubrirle las tetas de besos, pero tenía algo mejor que hacer, y me resistí. Eché mano a su vestido y ella se levantó un poquito para dejar que se lo quitara. Un tanga negro, de encaje, cubría su sexo. Y al principio no me fijé, pero enseguida, esos dibujos del encaje… me acerqué un poco más, y tuve que cerrar los ojos y recurrir a toda mi fuerza de voluntad para levantarme, para no hacerle  a un lado la prenda y comérmela allí mismo. Los dibujos del encaje eran vulvas, perfectos coños abiertos. Dios, Mariposa, ¿por qué eras tan mala conmigo? ¿Por qué siempre querías mandar tú, quedar siempre por encima, y recurrías a tácticas tan sucias para intentar conseguirlo? Estaba de pie, con la respiración agitada y un dolor tremendo en la entrepierna, me iban a reventar las pelotas… La miré. Me sonreía con picardía, pero también con superioridad. Sabía que no me creía capaz de resistir, y en parte tenía razón. Tenía las piernas cruzadas y balanceaba un pie. Descruzó las piernas y las abrió descaradamente. El encaje negro transparentaba por completo lo que había debajo, su precioso coño cerrado y abultadito. Mariposa llevó su mano a su sexo, y pensé que se iba a acariciar, pero en lugar de eso, oí el siseo de una cremallera, y su tanga quedó abierto exactamente por la mitad. La tensa prenda se hizo a los lados y dejó ver su tesoro. Mi ama se echó hacia atrás para que yo la observara plenamente, y yo me dirigí hacia ella con la mano derecha extendida. Mariposa me ofreció la suya y se la apreté, acercándome más a ella, recorriendo su brazo, hasta llegar casi al pecho.

     -Poseedme, amo… llenadme de vos… - pidió mi ama – Folladme, ahora, os lo suplico… - pero yo sabía que no estaba suplicando. Estaba ordenando. Quería que cayera, quería que le demostrase que no la amaba, que sólo deseaba tirármela, y yo quería caer, quería hundirme dentro de ella, quería bombear hasta quedarme a gusto, diez, cien, mil veces… podía hacerlo, sólo por esta vez, me podía permitir caer, podría arreglarlo después, sabía que podía.  En realidad no importaba si caía sólo esta vez. Mariposa tenía su mano derecha muy cerca de mi rostro, por un momento pensé que iba a acariciarme la cara, pero en lugar de eso, dirigió la izquierda a mi erección, y ese fue su error. Me doblé de gusto, pero agarré su muñeca derecha y la até al riel del columpio, y apreté - ¿Qué? – Mariposa se sorprendió sinceramente, pensaba que ya me tenía ganado, y la verdad que había estado dispuesto a ceder, porque era muy agradable, y si ella me hubiera acariciado la cara, si me hubiera dado sólo ese diminuto gesto de cariño, verdad de Dios que lo habría hecho, habría caído con gusto y me hubiera dejado vencer. Pero en lugar de eso, se había quedado en lujuria, y eso me hizo reponerme. La sonrisa me llegaba a las orejas cuando vi su cara de intensa frustración y le cogí la mano izquierda de mi hombría, que no había soltado, y la llevé al otro riel, para atársela también.

      -Ten por seguro que lo haré. – susurré, agachándome y hablándole al oído. – Voy a meterme en éste coñito - acaricié su vientre, bajando, acaricié muy suavemente su monte de Venus, haciendo cosquillas en su piel – lo haré tan lentamente que me suplicarás que te taladre. Saborearé cada centímetro de tu interior, te apuñalaré con mi miembro hasta que te zumbe el coño, haré que babees de gusto y que las piernas se te queden tres días temblando, pero será después. Primero, voy a divertirme yo. Y creo que tú también vas a hacerlo. Por lo menos, vas a reírte mucho.

     Milady me miraba con recelo, y yo tenía mi cara tan cerca de la suya, que podía notar el calor que desprendía su rostro ruborizado. Recordé que la primera vez, había tenido que escribirme un discursito, aprendérmelo de memoria y ensayarlo ante el espejo para conseguir que ella se sintiera como ahora, indefensa, excitada, tímida… ahora, me había salido solo, del tirón, y había hablado en voz baja y saboreado las palabras sin pararme ni a pensarlo. Me erguí y tiré de las poleas del columpio para alzar casi un metro a mi esclava. Le coloqué las piernas y los pies en los estribos del columpio, y le alcé los pies. Atada, con las piernas abiertas y el sexo expuesto, no estaba tan deseable para mí como lo estaba sólo por tener la cara colorada y mirarme con expresión de “¿qué pretendes hacer conmigo?”.

     Intenté no sonreír cuando saqué del cajón de mi cómoda una linterna que me guardé en el bolsillo, un montón de plumas, una bala vibradora y un plumero de color rosa. Mariposa había usado conmigo todos aquéllos juguetes, recordé. La vez que me hizo correrme entre cosquillas, era tan inolvidable como el viajecito en autobús en que me torturó el glande con la bala vibradora. Para mí, había sido travieso, placentero, divertido… me había sentido totalmente a merced de mi ama, indefenso, a su capricho, y ella me había dado placeres que yo ni siquiera había soñado. Quería que ella también se sintiera así. Cuando me giré y mi esclava vio las plumas, una sonrisa de superioridad apareció en su rostro de forma automática. Me lo esperaba.

     Yo sé qué son las cosquillas, y desde luego, Mariposa lo sabía también. Papá puede hacer cosquillas a su hijo, y el niño se partirá de risa, pero es muy difícil que el niño haga cosquillas a Papá, sencillamente porque éstas, demuestran hacia dónde va la jerarquía: el escalón inferior es el que tiene cosquillas, el escalón superior carece de ellas. Mi ama puede hacerme cosquillas a mí, yo no podría hacérselas a ella, porque, aunque ahora mismo fuese yo el amo, ella siempre sería Mariposa… pero las cosquillas, también son otra cosa…

     -¡AH! – Milady gritó del susto y apartó la cara cuando el fogonazo de la linterna le dio en pleno rostro.  Y entonces, le pellizqué el costado y su chillido acabó en una carcajada. - ¡No, amo, eso no!  ¡Ah! – de nuevo la iluminé con la linterna y volvió a cerrar los ojos con fuerza, y moví frenéticamente el plumero rosa por su tripa. - ¡Nooooooooo, no, eso nooooo… mmmmh, jajajajajaja, bastaaaa…! - ¡Qué preciosa risa tenía! ¡Era su chillona risa de niña, lo había conseguido! Las cosquillas, no sólo son una demostración jerárquica, sino un reflejo de alivio… cuando inconscientemente temes una situación de peligro, y ésta resulta no ser peligrosa, sino amistosa, el alivio produce las cosquillas y la risa. Por eso, la mayor parte de las veces, los juegos de cosquillas van precedidos de una “amenaza”, estilo “que te come el monstruo….” O similar. Yo lo sabía, y por eso había usado la luz, lo que más temía y detestaba Mariposa; al hacerla sentir miedo con la luz, la había dejado con la guarda baja, indefensa para las cosquillas. Ahora que ya estaba sensible, podía torturarla a mi antojo, con suavidad.

     Dejé el plumero y cogí una pluma, blanca, pequeña, muy suave, y empecé a acariciar el rostro de mi esclava, sus labios… Milady gimió dulcemente. Yo estaba colocado entre sus piernas, y ella se mecía, intentando frotarse contra mí, pese a que yo aún estaba vestido. Bajé la pluma por su cuello, y se rió entre gemidos, intentando encoger los hombros para ocultar su sensible cuello, pero sólo consiguió que yo siguiese bajando, hasta sus axilas, e hiciese cosquillas también allí. Milady se convulsionó, gimiendo más que riendo, su estómago se encogía, estaba empezando a sudar… tomé otra pluma similar, y empecé a pasearlas por sus costados, desde las caderas a los sobacos, aleteando, arriba una, abajo la otra… Mi esclava temblaba de la cabeza a los pies.

     -Nooo… no, amo, ¡basta, amo….! Aaaah… Piedad…. Piedad, tened piedaaaaaad…. ¡haaaaaaaaah….! Po… por favor, no… ¡no puedo más, me derritoooo….! – Milady ponía los ojos en blanco mientras se retorcía, y yo tenía una viciosa sonrisa en la boca abierta.

     -Sigue suplicando, Milady - musité, bajando la voz para intentar no jadear – Sigue suplicando para mí. Ni te imaginas qué bonita estás así. – Milady me miró a los ojos. Los suyos estaban brillantes, vidriosos de deseo, y su adorable carita en forma de corazón, totalmente roja.

     -Por favor, amo…. Amo…. No más, ya… ya no más…. – sonreía, a su pesar. Le gustaba, y no le gustaba. Se daba cuenta de que estaba indefensa, de que estaba a mi merced. Y que le estaba gustando mucho, tal vez demasiado. Eso la aterraba y molestaba, por eso me pedía que parase. Pero su sonrisa, sus ojitos suplicantes, su cuerpo temblorosos, sus pies crispándose… todo eso me decía “más, por favor, sigue, sigue, dame placer, continua, sé malo”, ¿y qué podía hacer yo, qué podía hacer cualquiera cuando tu chica te pide algo con tanta dulzura? Pues dárselo, naturalmente. - ¡Nooooooooooo…. No, ahí no, por favor, ahí noooo…! – gimió, cerrando los ojos y con las rodillas temblándole, cuando dirigí una pluma a su sexo.

    Hice cosquillas muy suaves, apenas acercando la pluma, pero a cada toquecito, Milady brincaba y se encogía, sonriendo mirando hacia abajo. Yo acercaba la pluma, y ella me miraba a mí y al instrumento alternativamente, sin dejar de sonreír, negando y asintiendo con la cabeza, y cuando la plumita tocaba sus labios y se movía, rápido, un aleteo, un giro, un “cuchi-cuchi”, toda ella temblaba y reía nerviosa, estremecida de gusto, qué preciosa estaba. Me arrodillé entre sus piernas, y le abrí los labios con la mano. Su sexo goteó, estaba muy excitada. La miré a los ojos, y Milady me sonrió… y apartó la mirada con una sonrisa. Casi me muero de la emoción, ¡sentía vergüenza! ¡Milady no había podido sostenerme la mirada! Besé su sexo sin poder contenerme, pero afortunadamente, tuve juicio de no meterle la lengua en su tibio agujerito, a pesar que ganas de ello, tenía todas y más. En lugar de eso, le conservé abierta la vulva, y empecé a hacer cosquillas con la pluma, justo en su clítoris rosadito.

      -¡Noooooooo… cosquillas, ahí, noooooooooooo….! ¡Me… me da demasiado placer, amoooo… haaaaaaaaaaaah… noooooooo! – Milady no podía no conservar los ojos abiertos, se retorcía de gusto y nervios bajo la caricia de la pluma sobre su garbancito jugoso… mmmh, mira, ahí estaba el agujerito del pis… tiqui, tiqui, tiqui… Mi esclava negaba con la cabeza, gimiendo, incapaz de hablar, y yo no dejaba de mover la pluma, ahora lo hacía deprisa, quería que gozara, quería que se corriera sólo con esa caricia tan suave. Mi polla quería reventar, apresada aún en el pantalón del pijama y los calzoncillos, pero de momento, se iba a tener que esperar, ¡esto era mucho mejor!

      El sexo de Milady goteaba de flujo, mientras ella intentaba desesperadamente separarse de la enloquecedora pluma, y yo no cesaba de moverla sobre el punto más traidor de su cuerpo, cada vez más deprisa, por la cabecita, por debajo, por los lados, en círculos… vi que mi esclava se agarraba a las cintas del columpio con ferocidad, sus piernas temblaban espasmódicamente y ella gemía sin parar, con los ojos en blanco y una sonrisa temblorosa en su cara, hasta que sus piernas dieron una sacudida, toda ella se sacudió, y un grito de alegría y placer, entrecortado y feliz, escapó de su pecho, y su sexo se contrajo con fuerza, al tiempo que un poderoso chorro de flujo y orina salió a presión de su coñito satisfecho, mientras ella no dejaba de temblar, ni su vulva de contraerse, expulsando líquido a golpes, y yo mismo me reí a carcajadas, la tomé de las nalgas y besé su coño sin poderme contener, y ahora sí que le metí la lengua, rebañando. Estaba empapado de la cara hasta la mitad del pecho en flujo y orina… y me gustaba.

     Milady gemía como una gata perezosa, intentando abrazarme con las piernas, mientras yo movía mi lengua dentro de ella. Lentamente la saqué, di un juguetón lametazo a su botoncito, y ella gritó y tembló una vez más, y me incorporé, quitándome la chaquetilla empapada del pijama, secándome con la espalda, que estaba seca, mientras ella me miraba, casi ronroneando de satisfacción.

      -¿Te parece bonito, Milady? ¿Poner perdido a tu amo? – Mi esclava me miraba el pecho. Sé que soy peludo, que tengo tripa… pero por el modo en que ella me recorría con los ojos, me sentía como el ser más deseable de la Tierra.

     -Lo… lo siento, amo Athos. Es que… he sentido tanto placer… - saboreó las palabras. – No pude aguantarlo, se me salió solo…

    -¿Te has quedado a gusto, mmh…? ¿Te ha dado gustito tu amo, Milady? – pregunté retóricamente mientras también me quitaba los pantalones y los calzoncillos, y mi esclava miraba atentamente mi erección.

     -Mmmmmmmmmmmh, sí, amo… me habéis dado muchísimo gustito.

     -Pero seguro que todavía quieres más ¿verdad que sí…? Sólo has sentido cosquillitas en tu botón, no en tu rajita… ¿a que quieres tener esto dentro de ella? – me señalé la polla erecta y me puse junto a su cara. Milady asintió con la cabeza y se relamió, mirándome la erección y a los ojos alternativamente. Una parte de mí tenía miedo de pensar si ella en realidad no querría hacerlo, si sólo lo hacía para ponerme cachondo a mí. Pero recordé el placer inenarrable que sentí cuando Mariposa se la metió en la boca por primera vez, y no pude resistir – Demuéstrame cuánto la quieres… bésala, anda.

    Milady no se lo hizo repetir, de hecho, parecía sufrir porque yo no le daba la orden. Con un tierno gemido, la albergó en su boca. ¡Dios….! Tuve que agarrarme al riel  del columpio, convencido de que iba a caerme, todo el cuarto me dio vueltas ¿Qué tenía mi Ocaso en la boca, que cada vez que me la besaba, me dejaba al borde del desmayo? Oía sus gemidos mientras su cabeza se movía, su lengua se paseaba a placer por el tronco… oh… oh, joder, qué dentro llegaba… aaah… ¿no se hacía daño….? Mmmmh… ¡me estaba lamiendo la tripa….! ¡Llegaba tan abajo, que, sacando la lengua, me llegaba a la tripa, mmmmmm! Haaaaaaaaah, ahora las pelotas, me daba lamiditas en las pelotas…. Basta, por favor, detente… no… puedo más…. ¡Aaaaaagh…..! Un borbotón de esperma se me escapó mientras tuve que agarrarme con fuerza al columpio, porque las rodillas me temblaban y las piernas no me sostenían, mientras sentía mis bolitas dar convulsiones y mi sexo estremecerse hasta el ano, mis hombros encogerse, y un placer increíble recorrerme todo el cuerpo…. Ooooh… no había durado nada. Cuando ella me chupaba, no podía durar nada, era asombroso cómo lo sabía hacer… haaaaaaaaah… quizá era que estaba muy excitado de antes, o que ella era la pera en verso chupando, pero me había dejado en la Gloria… hah… ah… unas caricias muy suavecitas me hicieron mirar abajo. Milady, con los ojos entornados, daba lamidas y besitos a mi glande limpio, frotaba su cara contra mi sexo, ¿dónde estaba el…? Y entonces caí: Milady se lo había tragado.

     El mero pensamiento, hizo que mi miembro no fuese capaz ni de empezar a bajar. Otra vez quería fiesta, y esta vez, quería que fuese dentro de ella. Acaricié la cara de Milady, y ella me miró a los ojos, sonriendo. Una sonrisa tierna y dulce, una sonrisa cariñosa… “Te adoro, Ocaso”, pensé. Porque en ese momento, era Ocaso quien me miraba y me sonreía.

      -Te has portado muy bien, Milady… muy bien – sonreí, y me arrodillé para besarla. Quiso impedírmelo, quiso protestar, pero me dio igual, ¿qué me importaba que acabara de tragarse mi semen? Sus labios eran blanditos, suaves y húmedos, su lengua era cálida y dulce, y… mmh, se entrelazó con la mía y me acarició con ganas, me hizo cosquillas en el paladar… yo tenía su adorable carita en mis manos, acariciándola el cabello, y cuando, en medio de un suave chasquido, nos separamos, le abracé la cabeza contra mi pecho sin poder contenerme, besándole la frente, apretándola contra mí. Me dolía el pecho de no decirle en aquél momento cuánto la amaba, por decirle: “te quiero. Ocaso, te quiero con todo mi corazón.” Milady se dejó abrazar. Su respiración ni siquiera cambió. Por un instante, estuve a punto de perder toda esperanza, porque era igual que abrazar a una estatua, pero entonces un débil gemido, como si estuviera reprimiendo las ganas de echarse a llorar, se escapó de su garganta. Su cabeza se frotó muy despacio contra la mía, como si en realidad no quisiera hacerlo pero su deseo fuera más fuerte que ella misma. Y una sonrisa enorme se abrió en mi cara, y tuve la impresión de que no tocaba el suelo. No lo admitiría, no lo quería admitir, pero yo no le era indiferente ya. No sabría decir si ella realmente me amaba, pero desde luego, me tenía cariño, más del que quería reconocer. Me sentí tan feliz en ese momento que no pude reprimirme y empecé a llenarle la cara de besos.

     -¡Amo…! – sonrió Milady, sorprendida, mientras la besaba la frente, las mejillas, la nariz… - ¿Pero qué os sucede?

     -Que estoy contento, Milady… estoy verdaderamente contento.

     -¿Por qué? – quiso saber, y al mirarla a los ojos, me dije “cuidado, Imbécil”. Ya no estaba mirando a Ocaso, era Mariposa quien me hacía esa pregunta, y si decía algo como “porque te quiero”, me caería con todo el equipo, porque se pondría en guardia. Pero si contestaba algo referido al sexo, me caería igual, porque pensaría que le daba la razón respecto a mis deseos para con ella.

     -Tu amo tiene motivos para estar contento, y en buena parte, es gracias a ti. Eso te ha de bastar. – concluí. Mariposa me sonrió, y había una pizca de orgullo en su sonrisa, un “estás aprendiendo bien, Imbécil”. Me sentí como si acabara de pasar por un tribunal de exámenes, y sonreí con alivio. Me puse de pie nuevamente y me coloqué de nuevo entre sus piernas. – Bueno… te has ganado que te penetre, como me pediste al principio, ¿verdad que quieres?

     -Sí, amo… por favor, hacedlo, amo. – rogó Milady, sonriendo con ganas. Miré el columpio. Hasta ahora, había aguantado bien, esperaba que lo siguiera haciendo; me senté en la segunda cinta de banda acolchada y metí los pies en mis estribos, frente a mi esclava, agarrándome a los rieles. Le coloqué un cinturón en torno a la cintura y apreté, y yo mismo me coloqué otro, para que, en caso de que por el movimiento se nos escapara el culo del asiento, no nos cayésemos, y me dirigí a las cinchas que sujetaban sus manos a los rieles, pero antes le advertí – Voy a soltarte las manos para que puedas agarrarte y tocarme. Pero si otra vez intentas ponerme burro sin que yo te lo permita, me enfadaré, ¿está claro?

     -Sí, amo… os pido perdón. – me dijo, toda contrita y sumisa. Le solté las manos, y Milady me echó los brazos y me besó suavemente. “¿Qué intentas?” pensé “te cuesta un triunfo devolver un poquito de cariño, solamente un poquito cuando te abrazo, ¿y ahora me besas?”. Tal vez quería que me confundiera, que pensara que ese cabeceo, ese suspiro, habían sido tan fingidos como ese beso que, yo lo sabía bien, no era sentido ni de lejos, pero no podía. Ya no. Mariposa podía seguir fingiendo tanto como le viniera en gana, que yo ya sabía que tenía un corazón, y no iba a ser tan orgulloso de decir que ese corazón latía por mí ni mucho menos, pero no le era tan absolutamente indiferente como quería aparentar. No era sólo ganas de sexo lo que sentía hacia mí. Pero de todos modos, me balanceé, la tomé entre mis brazos y le devolví el beso, sintiendo mi sexo frotarse contra el suyo, resbalar entre sus piernas, y frotar su vientre… qué calorcito… nos besamos, jugando con nuestras lenguas, mientras nos frotábamos, columpiándonos… tenía a Milady sentada sobre mí, y sin embargo, no sentía su peso, era casi como volar. Mi pene se frotaba y acariciaba contra su sexo, sin penetrarlo, mi esclava juntaba sus muslos y me daba un calorcito delicioso, me hacía reír por lo bajo… - Amo, por favor… os necesito dentro…

    Asentí. Yo también lo quería, llevaba toda la semana esperando para esto, y orienté mi polla hacia su dulce refugio, y….. oooooooooh, qué placer, qué infinito placer deslizarse a su interior. Mi esclava gimió y se abrazó a mí, fuerte. Aquello me cogió de sorpresa, el beso había sido fingido, pero esto… Ocaso gemía entrecortadamente, como si acabara de correrse, pero… no pensé, sólo la abracé, la apreté contra mí, y empecé a balancearme lentamente.

         -Haaaaaaaaaaaaaaaaaaah….. mmmh, sí, amoo…. – gimió ella, como si se encontrase en el Séptimo Cielo, y de verdad que parecía estarlo, tenía cara de estarlo. Yo lo estaba. El balanceo del columpio era adormecedor, tan suave… era delicioso sentir cómo entraba y salía de ella tan suavecito, sin ningún esfuerzo… estaba tan húmeda y calentita por dentro… la miré a los ojos para hacer que ella me mirase, y me sonrió. Había placer en su mirada, y también otra cosa… pero entonces, apretó con su vagina mi miembro, y el placer me arrebató la capacidad de pensar.

       “Aaaaah, qué gustooo…” sólo era capaz de pensar frases así, de darme cuenta de lo bien que se sentía, del gusto que daba estar dentro de ella… pero no podía permitirme algo así, tenía que… mmmmmmmmh… tenía que mandar yooo… La abracé de nuevo, acariciando su espalda de arriba abajo, y Milady gimió, echando hacia atrás la cabeza de gusto. Bajé más las manos, y apreté sus nalgas, y ella respingó de placer y me sonrió, traviesa… y bajé más los dedos, sentí mi polla entrando y saliendo de ella a cada balanceo, con toda suavidad, y me mojé bien los dedos… y empecé a acariciarle el ano.

     -¡No… amo, eso no!

     -Relájate, Milady… yo no haré nunca nada que te duela, ni nada que no quieras, palabra. – No era una buena frase para un amo, me pareció, pero Milady me miró, casi extrañada, y me sonrió, apretándome de nuevo dentro de ella.

     -Tocadme, amo… - se abrazó a mí, dejándose caer sobre mi pecho, y mordiéndome levemente la oreja donde susurraba – sé que vos lo hacéis para darme placer, hacedlo… haced de mí lo que queráis – El lóbulo de mi oreja estaba entre sus labios, perfilado por sus dientes, y mi cerebro estaba hecho sopa, derretido por su tórrido aliento en mi oreja. “¿Qué valor tiene una frase susurrada al oído durante un polvo?” quise pensar. Pero mi instinto dio una patada giratoria a mi sentido común, y mi corazón ocupo el lugar de mi cerebro “me quiere… me quiere… me quiere…” sólo fui capaz de decirme, mientras empezaba a hacer caricias muy suaves en su agujerito trasero. Cada caricia, era correspondida por un dulce gemido en mi oreja, por un apretón en mi miembro, que, pese a estar recién vaciado, no veía capaz de hacerlo resistir mucho más antes del siguiente orgasmo. Hacía círculos en su culito, apretaba con suavidad, no quería meterme dentro de su culo sin que ella estuviera realmente preparada, sólo quería,… tentarlo. Darle un placer mayor, hacer que tuviera un orgasmo más intenso al sentir también caricias en la puerta trasera, y parecía que lo estaba logrando, Milady aceleraba sus balanceos, y yo la correspondí, casi dando gracias, porque estaba en las últimas, a punto de caramelo para soltarlo otra vez.

     -Milady… eres tan… - busqué la palabra… guapa, dulce, tierna, pícara, golfilla, traviesa, encantadora, astuta, perspicaz, malvada, irresistible… no hay adjetivo que defina todo eso. Mi esclava me sonrió, moviendo las caderas, con la frente sudada y las mejillas brillantes, y me besó de nuevo, mi mano en su culo se crispó, y un oportunista dedo índice traspasó la frontera sin que pudiera evitarlo.

     -¡Mmmmmmmmmmmmmh….! – Milady no me soltó la boca, pero sentí su estremecimiento en mi lengua, en mi polla, en todo mi ser; su sexo latía, apretándome el miembro, sentí un dulce derrame caliente y viscoso inundar mi bajo vientre, al tiempo que también su culo latía, atrapando mi dedo… no aguanté más, mi bajo vientre dio un empellón, y la apreté contra mí mientras sentía que la vida se me escapaba con toda dulzura por entre las piernas, Milady me masajeaba el miembro con sus palpitaciones, aspiraba mi descarga, mi cuerpo temblaba entre sus brazos y me quedaba satisfecho… qué gusto… qué gusto, Dios mío, qué gusto…

     Cuando quise darme cuenta, estaba recostado en el columpio, con Milady sobre mi pecho. Ah… había otra banda más en la que se apoyaban mis hombros, mira, y yo creyendo que era para meter a un tercero… mmmmmmh… todavía estaba dentro de ella, y mis manos acariciaban sus hombros. Milady tenía los ojos cerrados y me acariciaba el pecho, parecía tan feliz…

     -Sois bueno conmigo, amo… sois muy bueno… - ronroneó. - ¿por qué sois tan bueno conmigo?

     -Porque tú eres buena conmigo también. – susurré, acariciándola el cabello. – Así funciona. Las personas son buenas unas con otras.

     -Eso no es verdad. Las personas son malas con otras, aún cuando las otras no hagan nada malo.

     -Eso sucede con la gente mala, o… o con la gente que no te quiere. Yo nunca seré malo contigo… porque te quiero. – lo había dicho. La verdad que yo mismo no me esperaba esta conversación, no me esperaba la respuesta de mi esclava, no estaba preparado, me salió solo. Ocaso me miró. Ya no había sonrisa en sus ojos.

      -¿Y si yo fuera mala contigo, aún cuando tú no hicieras nada para merecértelo?

     -Yo nunca seré malo contigo. Querer, es eso. Cuando amas a una persona, no puedes hacerle daño aunque ella sí te lo haga a ti. – Ocaso permaneció pensativa unos segundos, y pude ver en su rostro el inminente cambio a Mariposa, cómo ella iba a decirme algo como “eres estúpido, Imbécil”, así que ataqué antes - ¿Serías tú capaz de hacerme daño gratuítamente a mí? ¿Sin que yo hiciera nada para merecerlo? ¿Podrías? – Había detenido el cambio, Mariposa no había salido, pero Ocaso seguía sin contestar - ¿Me querrías ver sufrir, hacerme sufrir tú, sabiendo que yo no te he hecho nunca nada malo, que sólo he querido hacerte feliz desde que nos conocimos?

    Ocaso dudaba. Parecía buscar una respuesta que no la comprometiera. No quería, o tal vez no podía ya mentirme y decirme que sí, que estaría dispuesta a hacerme daño si fuese lo bastante divertido, por ejemplo… yo me daría cuenta, ya era mucho tiempo estando con ella; pero tampoco podía admitirme a mí, y a sí misma, que jamás me haría daño.

      -El que no te haga daño, no significa que te quiera. – dijo por fin. – Tampoco he hecho nunca daño a nadie de los que trabajan con nosotros, y eso no significa que los quiera.

     -Desde luego que no. – admití, sonriendo. Ocaso me miró, como si desease que yo dijese algo más, para enfadarse conmigo, pero no era tan cretino de hacerlo. Ya era suficiente. Ya sabía lo que quería. – Ven aquí. – dije solo, señalando mi pecho con la cabeza, y Ocaso se recostó de nuevo sobre mí, y allí nos quedamos, balanceándonos…


***********



     -Imbécil, que sea la última vez, ¿entendido? La última.

     -Sí, ama. – Era medianoche, Milady había dejado de existir para ser reemplazada por Mariposa, y ésta no estaba de muy buen humor, porque no podíamos hacer nada, ninguno de los dos podía con su alma, lo único que nos apetecía, era dormir. No sabía ella, pero yo sentía un escozor la mar de agradable en mi entrepierna, pero era incapaz de levantarla ni con grúa, estábamos derrengados… fuese lo que fuese lo que quería hacer conmigo Mariposa, tendría que esperar hasta mañana, y ya me había advertido que, para el próximo encuentro que tuviese con Milady, más me valía reservar fuerzas, y no agotarla tampoco a ella. Yo estaba dispuesto a aceptarlo todo, todo lo que me pidiera. No podía ser más feliz… Ocaso no lo quería admitir, pero ahora ya estaba seguro de que me quería. Le tenía miedo al amor, un miedo espantoso, y yo no dejaba de reconocer, que, con lo mal que lo había pasado en su adolescencia por culpa de los abusos que sufrió, tenía motivos para tenerlo, pero yo quería hacerla reponerse, olvidar, desterrar ese miedo… y, no quería echarme flores, pero me parecía que lo estaba consiguiendo.

    Mariposa sacó de su bolso El conde de MonteCristo, se tendió en mi cama y se puso a leer. Yo no era capaz de hacerlo, estaba demasiado emocionado, quería… quería abrazarla. Casi disimuladamente, me acerqué a la minicadena  que tengo en el dormitorio y puse un cd de canciones lentas, el que yo llamo “canciones para deprimirse”, porque son en su mayoría canciones de amor, y que solía escuchar cuando estaba solo, o peor aún, cuando Nélida me tenía de pagafantas y no me decía ni sí ni no, y yo sufría como el imbécil que soy… pero la música empezó a sonar, y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí triste al oírla, sino feliz y con un calorcito muy rico por dentro… me moví lentamente por la habitación, acercándome a la cama, meciéndome al ritmo de la música, mirando a mi ama. Mariposa intentó ignorarme, pero finalmente me miró.

      -Imbécil, ¿qué pasa?

      -Nada… - sonreí, mientras, con las manos a la espalda, bailaba lentamente.

     -¿Entonces, por qué haces el tonto así? ¿Qué quieres?

     -Quiero bailar. –admití con franqueza. Mariposa me miró como si le hablase en chino.

     -¿Bailar?

      -Sí, ama… por favor, ama…. Sólo un baile. Por favor. – le tendí las manos, sin dejar de balancearme.

      -Imbécil… te has agotado tanto, me has agotado tanto a mí, que no podemos hacer absolutamente nada, ¿te parece que te has ganado un baile?

      -Sí… nos he agotado tanto, que mañana tendremos muchas más ganas, ama. He comprado un columpio para vos, para que me colguéis en él y hagáis en él vuestro capricho conmigo. Mañana podréis castigarme como deseéis, y seré tan bueno y obediente como siempre, más incluso, porque tendré más ganas de vos… por favor… - Mariposa me miró como diciendo “¿cómo tienes tanta cara dura?” Pero enseguida sonrió. Se daba cuenta que esa salida que yo usaba, era de las que Milady usaba con Athos, para llevarle a su terreno. Dejó el libro a un lado y se levantó de la cama.

      Mariposa tomó mis manos y las llevó a su cintura, mientras ella me abrazó por los hombros, y empezamos a bailar lentamente. La miraba a los ojos, y ella intentaba esquivarme la mirada. No lo conseguía, y se abrazó a mí para evitar que la mirara. Su cabeza se apoyó en mi pecho y sus brazos recorrieron mi espalda. Apenas nos mecíamos, y sus manos siguieron bajando, lentamente… antes de darme cuenta, las tenía en mis nalgas, y yo tenía las manos también en las suyas. Mariposa no me lo impidió, simplemente seguimos meciéndonos, el uno en brazos del otro, mientras sonaba la música…

martes, 20 de mayo de 2014

Turbulento verano, II




     El joven padre César se encargaba de cerrar la iglesia por las noches. Después de la misa de siete, la iglesita se quedaba abierta aún hasta más de las nueve, con el portón entreabierto, por si alguien quería entrar a confesar, a… a lo que fuese. De hecho, César sabía que estaba desobedeciendo, que d. Amalio, el viejo cura del que era coadjutor, le había dejado muy dicho que cerrase a las ocho, apenas saliese la gente de misa, que cualquiera sabía quién se podía colar, que podía entrar algún borracho a pasar allí la noche, y robar los cepillos… César había dicho que sí a todo, y luego se dedicaba a remolonear, haciendo como que hacía, hasta que d. Amalio salía para cenar. Le servía la cena doña Úrsula, una mujer de su edad, viuda y que compartía sus rancias y reaccionarias ideas, de modo que se ponían a hablar y se les iba el tiempo, y eso le venía muy bien a César, que podía quedarse en la iglesia por si aparecía alguien. Apenas llevaba una semana allí, pero ya habían venido un par de personas, dispuestas a ser confesadas por alguien… que quizá no fuese más indulgente que cualquier otro cura, pero sí más comprensivo. Al menos, no les insultaría. Estaba simplemente pensando en sus cosas, cuando una vocecita muy débil le llamó.

     -Padre. – se volvió. En la puerta, llorosa, con un vestido más arreglado que de costumbre y con una vieja maleta atada con cuerdas, estaba Esther. César hubiera querido alegrarse de verla, pensar que la chica se iba y que todo estaba bien, pero la expresión de la joven daba un mentís a esa idea. – He venido a despedirme. 

     -¿Qué ha pasado, Esther? – preguntó el joven cura, acercándose.

     -Ese hombre… con el que perdí el virgo, es un sinvergüenza. Tenía usted razón, yo no lo entendí cuando me lo dijo, pero ahora sí… queriendo hacer daño a los demás, me he hecho daño yo a mí misma. Pero usted me abrió los ojos. Me marcho de aquí, soy mayor de edad, no tengo por qué vivir con mis señores si ya no lo quiero, así que me marcho. 

      -¿Qué… pero… pero a dónde? – César sabía que la chica tenía que salir de aquélla casa, era lo mejor para ella, pero él no esperaba que fuese a largarse sola. 

     -Me bajo a Madrid, a servir. Hay otras chicas que lo han hecho, y por lo que cuentan, yo sé que no les va mal… a una de ellas, la Graci, la conozco medio bien… Voy a acercarme a la casa donde trabaja, y ella seguro que puede buscarme alguna. 

     -Pero… ¿Y esta noche? El autobús no saldrá ya hasta mañana…

     -Da igual, yo no voy a tomarlo, no tengo con qué, no tengo nada de dinero, iré en autostop o a pie, no son tantos quilómetros, puedo llegar en un día, pero seguro que alguien me lleva, por la carretera pasan muchos camiones y todos van a Madrid, alguno me acerca fijo.
      -Pero, ¿tú estás loca, hija mía? – la voz del cura tenía más de miedo que de reprimenda, y es posible que Esther estuviera ligeramente de acuerdo con él, dado que no se molestó porque él la llamase “hija”. - ¿No te das cuenta que te vas a la aventura, sola, sin poder llamar a nadie si estás en apuros, si alguien intenta hacerte daño o abusar de ti? Después de la vida que has llevado, ¿aún no sabes que el mundo está lleno de gente que puede querer hacerte mal?

     -No pueden robarme, no tengo nada… - agachó la cabeza – Y ya no soy virgen, así que… no me asusta que me violen.

     -¡Pues a mí, sí! ¡A mí sí me asusta que alguien te viole, o que te haga daño! – César se dio cuenta que había levantado la voz, e intentó calmarse. – Esther, no te puedes ir así. Es cierto que en esa casa te maltratan, y no voy a dejar que lo sigan haciendo, pero tampoco puedo consentir que una chiquilla de dieciocho años se lance al mundo sin siquiera una casa a la que volver; no puedo consentirlo. – el cura permaneció pensativo unos segundos, buscando una solución… ALGO, se podría hacer… - Ya sé. El desván de la parroquia está deshabitado. No está muy limpio, es cierto, pero ya lo acondicionaremos. De momento, te quedas en él, e intentaremos encontrarte un trabajo aquí en el pueblo, y cuando ahorres, podrás marcharte, pero mientras tanto, aquí sí sabré que no puede pasarte nada malo.

     Esther alzó la cabeza. Le corrían por la mejilla dos lagrimones brillantes, gordos como judías, que destellaban a la luz de las velas, como si fuesen de cristal, y que gotearon sobre la sotana del joven cura cuando la chica prácticamente se le tiró encima para abrazarle, llorando sin sollozar, pero temblando con todo el cuerpo, y con todo el sentimiento de su alma.

     -¡Esther! – se escandalizó el cura, pero la joven no le soltaba. César sintió que el rubor le subía a la cara; fuera de su madre, ninguna mujer le había abrazado nunca. Esther se apretaba contra su pecho, agarrándole como si temiera que fueran a separarla de él. Su cabello olía a jabón Lagarto, y a César le pareció… dulce. Era evidente que la chica estaba increíblemente necesitada de calor y afecto, es probable que fuese la primera vez que alguien se preocupaba genuinamente por ella. El joven cura, intentando no quedarse rígido como un farol, alzó las manos para dar unas palmaditas de consuelo en los hombros de la chica. – Anda, no llores más… Venga, será mejor que subamos ahora, mientras don Amalio cena, que no te vea. 

     Esther se retiró, y asintió, limpiándose las lágrimas del rostro. Ella también conocía a d. Amalio y sabía que él, ni loco le permitiría quedarse. “Esto es serio” pensaba César, subiendo con ella la escalera hasta el desván “Si Amalio la descubre aquí, la echará a la calle, y me denunciará al Obispado, y quién sabe qué pasará entonces. A mí me da igual si les da por mandarme a otro destino, pero ¿qué será de ella? Es fuerte, sí; es decidida, sí… pero es una chiquilla, poco más que una niña. Necesita que alguien cuide de ella, ha sufrido ya bastante…. Señor, por favor, ayúdanos. Ayúdala. Yo soy un soberbio y un desobediente, soy un pecador, pero ella es inocente. Ayúdala, por favor”.


**************


     A la mañana siguiente, César se levantó muy temprano, como solía. Poco antes de las seis de la mañana, ya estaba en pie y terminando de asearse en el baño del pasillo. Volvió a su habitación para hacer la cama. El que d. Amalio le había dejado,  era un cuartito casi mísero: una cama, un estante y un tablón adosado a la pared que permitía escribir, sentándose en la cama para ello, porque ni había sillas, ni hubiera cabido una. No obstante, César se sentía muy a gusto con su alojamiento, y se recordaba a sí mismo que había muchos hijos de Dios en el mundo que no tenían la suerte de disponer de un techo, así que sólo por eso, ya podía considerarse afortunado. Y la verdad que esa mañana, la idea de que podía haber salvado a una joven de quién sabe qué, le ponía de muy buen humor. 
 
    Una vez hecha su cama, salió para desayunar con d. Amalio; el anciano cura le permitía tomar un café antes de despacharle para la iglesia, para que lo arreglase todo para la misa de siete. Desde que César había llegado, el viejo párroco sólo daba sus siniestras homilías, repletas de insultos, amenazas y promesas de condenación eterna para prácticamente todo el mundo. No era de extrañar que la iglesia estuviese año a año más vacía, que los sacramentos que se impartían fuesen cada día más escasos y que las familias prefiriesen bautizar o celebrar ritos en pueblos vecinos. Pero esto, no había manera de hacérselo entender al anciano. Fuera de celebrar misa, nada más hacía ya. Las labores de hogar, todas las hacía doña Úrsula; el viejo la llamaba hasta para ponerle hielo en el vaso. Y de labores eclesiásticas, habían quedado todas para César, salvo la de gritar en el púlpito. 

     César llegó a la cocina de la rectoría, donde doña Úrsula ya tenía el desayuno listo, pero d. Amalio no estaba allí. 

     -Buenos días, ¿no está el padre Amalio? – preguntó. 

     -A ese dormilón se le han pegado las sábanas. – la mujer, una viuda cincuentona de enormes formas, se refería al cura con tanta confianza porque llevaba casi desde los veinte ocupándose de él. - ¡Tres veces le he llamado ya! No hay forma. 

     -Voy yo a intentarlo. – sonrió César. Doña Úrsula era tan… antigua como el viejo cura, pero de trato mucho más agradable; al joven le recordaba a una de sus abuelas, una mujer oronda y opulenta, que cuando sacaba la mala leche habría hecho temblar al general Espartero, pero que tenía tantos kilos como cariño para dar, y lo daba. Llegó a la puerta de la habitación del cura, y llamó con los nudillos – Don Amalio. Son más de las seis. – No hubo respuesta. - ¿Don Amalio? 

    Cesar golpeó más fuerte, elevando la voz, pero nadie contestaba. Aquello ya no era normal. El anciano era dormilón, es cierto, pero algo se debería oír en el cuarto. Giró el picaporte, pero la puerta no se abrió, y César directamente voceó el nombre del anciano. Al no obtener respuesta por tercera vez, se lanzó contra la puerta, y el cerrojo, viejo como todo en esa casa, se partió. 

     -¿Qué has hecho, chico? – se escandalizó doña Úrsula, tras él. César se volvió para cerrarle el paso, para que no viera… - Doña Úrsula, llame usted al médico, ¿quiere?

     -¿Qué le ha pasado? – la mujer se volvió pura ansiedad, e intentó abrirse camino, pero el joven cura no se apartó. 

     -Por favor, corra, llame al médico, deprisa, ¡corra! – la anciana se volvió, musitando “ay, Dios mío; ay, Dios mío”, mientras iba presurosa hacia la calle, a buscar la cabina pública. César entró en la habitación. Se arrodilló junto a la cama y se llevó un dedo a los labios, acariciando suavemente el cabello de la chica rubia que, llorosa, le miraba sentada en la cama. Sería de la misma edad que Esther. – Aquélla puerta, da a la sacristía – susurró – puedes salir por ahí. 

     -Yo… yo no le he matado… palabra de honor, yo no le hice nada malo… ¿va usted a denunciarme?

    -No, no te preocupes. Yo no voy a denunciarte, no te va a pasar nada… ¿él te pagó? – la chica negó con la cabeza. Fantástico. Venciendo el asco que le daba, rebuscó entre las  pocas ropas que aún llevaba puestas el difunto padre Amalio, tratando de encontrarle la cartera, mientras la joven gimoteaba.

     -Me dijo que si decía algo, que si lo contaba a alguien, me denunciaría y me meterían presa… a-antes solía llevarse a Adela la Chupacirios, una que dicen que siempre se lo hace a curas, pero como anoche no estaba, me cogió a mí, y llegamos aquí, y me pidió que le chupara, pero apenas empecé… se puso blanco, y… le salió espuma de la boca, y… yo me asusté, intenté salir por la ventana, pero está muy alta, y las puertas tenían todas la llave, y no sé dónde la guardaba… 

     -Toma. – al fin encontró la cartera, sacó un billete de cinco mil, y se lo dio a la joven, que lo miró sorprendida. Era indudable que ella habría hecho el trato por menos, pero después de la nochecita que habría pasado…  le abrió la puerta que daba a la sacristía, mostrándole la oscura escalera de caracol interior. – Por aquí, llegas a la iglesia, las puertas se abren desde dentro, cuida que por favor, nadie te vea. 

    -No se preocupe… y gracias. – la joven bajó las escaleras corriendo, César la oyó trotar por la sacristía hasta que sus pasos se perdieron. Luego, se volvió hacia el cadáver. Tenía que limpiarle y terminar de vestirle, estaba desnudo de cintura para abajo y con el miembro lleno de carmín, y era preciso hacerlo antes que llegasen el médico y Doña Úrsula y lo viesen en aquél estado… pero había algo más urgente que eso. De pie frente a la cama, extendió dos dedos de la mano derecha y musitó:

    -Dimite et absolvere, sed nunquam iudicare. Ego te absolvo a pecatis tuis in nomine Patris, et Fili, et Spiritu Santi. Amen. 

     No era preciso decir más. Así que se puso a trabajar.



**************

     Al día siguiente fue el entierro. No había mucha gente en él. César ofició el servicio fúnebre, y le preguntó a doña Úrsula si quería decir unas palabras. “¿Una mujer abriendo la boca en su entierro? Se volvería a morir cien veces”, le contestó la mujer, con una sonrisa triste. Ella misma le había pedido retirarse de sus funciones, era mayor, estaba cansada… César lo aceptó de inmediato, podía servirse solo. Lo del ayudante del Obispo lo recordaba como algo muy rápido; el mismo monseñor lo había definido así: “ha sido todo demasiado rápido”. A él lo habían mandado allí como coadjutor hacía apenas una semana, pero ya sabían que d. Amalio estaba enfermo del corazón. César sabía que el año pasado había tenido un infarto, pero no sabía lo que le contó el médico: “Este hombre, desde el año pasado, estaba viviendo tiempo de regalo”. 

    Y desde entonces, todo había ido más rápido aún. La gente había empezado a volver. Primero muy lentamente, aquéllos a los que él había confesado a escondidas, aún en vida del anciano, asomaron a la iglesia. Y esos, se lo contaron a otros, y esos otros empezaron a venir. Y César no podía creer que tuviera la parroquia a su cargo. “Es posible que aún sea usted algo joven, pero es una zona poco ambiciosa, pequeña… le vendrá bien para aprender”, había dicho el monseñor. Y César había empezado a actuar a sus anchas. 

      -Los terrenos de la Iglesia que están sin uso, ¿se podría edificar en ellos? – preguntó al alcalde, y éste quiso saber qué tenía pensado hacer en el solar adyacente a la iglesia, que en tiempos pasados había albergado un gallinero y un pequeño cementerio, pero que hoy eran sólo yerbajos que había que rastrojar todos los veranos para prevenir incendios, y César se lo contó. 

     -Si trabajo para usted por las tardes y también los festivos, en lugar de en dinero, ¿me daría usted materiales, ladrillo, cemento? – le preguntó a uno de los constructores, que quiso saber para qué quería el joven cura material de construcción, y César se lo contó. 

     -Sé que usted es bibliotecario de una universidad; dígame, cuando los libros son sustituidos, o se quedan muy viejos, ¿qué hacen con ellos? – preguntó a d. Román, el bibliotecario, y éste le contestó que, desgraciadamente, esos libros que ya no servían a la Universidad, se tiraban, y el joven cura le preguntó si podría quedárselos él, y d. Román, no tuvo inconveniente.

    Y así, tirando un poquito de aquí, y otro poquito de allá, empezó a construir una biblioteca. En el pueblo no había ninguna; ahora que se estaba edificando y estaba empezando a llegar gente, se suponía que se iba a construir, pero de momento, sólo existía la del colegio, y allí había tan sólo libros de consulta hasta octavo de básica y libros de lectura muy simplones. Cuando en el pueblo se corrió la voz de que el curita nuevo estaba construyendo una biblioteca, y además lo hacía doblando él el lomo, no faltaron quienes no lo creyeron, pero después de verlo con sus propios ojos, los mismos escépticos se ofrecieron a ayudar. 

     César no podía creerlo, y se sintió emocionado. Y más aún cuando, pocos días más tarde, empezó a pegar carteles por el pueblo pidiendo voluntarios para un coro de la iglesia, y muchos jóvenes se presentaron. Con guitarras, una chica de familia rica que sabía tocar el piano, un montón que querían cantar… La biblioteca aún no estaba construida, y d. César ya organizó un grupo de cuentacuentos para los niños, los viernes por la tarde, donde los pequeños leían en voz alta, por turnos, pasándose el libro haciendo rueda. Y muchas madres empezaron a preguntar si en Septiembre, empezaría la catequesis para celebrar en primavera comuniones. César no podía creerlo. El Obispado tampoco, pero la iglesia volvía a tener vida. César se sentía increíblemente feliz, estaba haciendo lo que deseaba desde que era niño, pero esa misma tarde, toda su felicidad se derrumbó estrepitosamente.

      -Ave María Purísima.

      -Sin pecado concebida. – César ya sabía que se trataba de Esther, y aunque sabía que no debía reconocer al penitente, sonrió, y se mostró aún más proclive a la benevolencia.

      -Padre, he pecado. He cometido un pecado horrible… he pecado de impureza.

      -Hija, no debes afligirte por lo que sucedió con ese hombre. Sé que te pesa el haberle dado tu virginidad y el haber vuelto a verle, haberte dejado dominar por la pasión, pero eso ya pasó, no debes torturarte.

       -No hablo de él, padre. He pecado con otro. – César suspiró. Estuvo en un tris de enfadarse, ¿pero es que no había aprendido nada? Y… ¿con quién habría sido, si Esther seguía viviendo en el desván, ahora mucho mejor habilitado, y no hacía entradas ni salidas de las que él no se enterase?

       -Ábreme tu corazón, hija mía. 

      -Eso quisiera, padre. Créame que es lo que más deseo en el mundo. – parecía a punto de llorar. César se sobresaltó. Dios bendito, no… 

     -Hija, ¿qué sucede? ¿Con quién has pecado?

     -Padre… ha sido con usted. De pensamiento sólo, claro, pero ha sido con usted. 

     César se tapó la cara con las manos, profundamente avergonzado. Dios santo, ¿qué decía aquélla insensata?

      -Esther, lo que dices, es serio. Se trata de algo grave. No… no creo que yo pueda confesarte algo así, creo que debería atenderte otro párroco, yo no puedo ser imparcial.

      -Yo no puedo contarle esto a nadie más, porque no le importa a nadie más. Usted es cura, y está para confesarme, ¿no? Padre, sé que es pecado, pero le amo. Cada vez que le veo, sólo pienso en abrazarle, en estar con usted siempre, día… y noche. Usted ha sido la única persona del mundo que me ha tratado bien, que me ha tratado como a una persona, y no como a una bestia de carga, o como a una zorra. 

     -Esther, lo comprendo, y es normal, pero no puedes tener hacia mí esos sentimientos. Es como si los tuvieras hacia tu padre, o tu hermano. Sé que me estás agradecida, pero el agradecimiento no es amor. Debes olvidar esas ideas, no son buenas para ti, ni para mí tampoco. 

     -Padre, eso se dice muy fácil, pero, ¿cómo olvido yo las tremendas ganas que tengo de hacerle feliz, de cuidarle, de mimarle, de… de hacer con usted todo lo que hice con el otro?

     -¡Hija, por Dios!

     -Cuando estoy sola en mi cuarto, no dejo de recordarlo, e imaginar que a quien tengo dentro, es a us…

      -¡Esther, basta! – casi había levantado la voz, severo. Desde el otro lado del confesionario le llegó un sollozo, y se sintió culpable. – Lo siento. Pero tienes que entender esto: eso JAMÁS ocurrirá. Tú y yo somos amigos, yo siento un gran aprecio por ti, pero no puedo amarte. Yo no puedo amar a ninguna mujer, por favor, tienes que comprenderlo, me duele muchísimo verte sufrir así. – hizo una pausa, pensando posibles soluciones,  y por más que le molestase, incluso que le hiriese, continuó -  Quizá sería mejor que dejases de vivir en el desván. Si dejas de verme, se te pasará. Es posible que pases unas cuantas semanas triste, pero te aseguro que se te pasará. Y cuando lo pienses fríamente, te darás cuenta que es mejor así. Que no puede ser, que es como… como enamorarse de un actor de cine. No se puede y no se puede. 

      -¿Unas cuantas semanas? Y mientras tanto, si es que se me llega a pasar como usted dice, que no lo creo, pero mientras tanto, ¿qué hago yo con éste fuego que me quema las entrañas?

     Cesar pensó, ¿qué podía decirle? Se sentía culpable, se sentía responsable del estado de la joven, y de su sufrimiento. Como él pensaba, Esther aprovechó para hablar de nuevo.

     -César, ¿no sientes curiosidad? ¿Sólo curiosidad por ver cómo es el estar con una chica? Te aseguro que es bueno, yo no creo que sea pecado, ¡no puede ser pecado algo que hace que uno se sienta tan bien! Es maravilloso, no puede ser nada malo.

     -Para mí, sí lo es. Yo hice unos votos, y no puedo romperlos.

     -¿Y por qué Dios te hace prometer que te privarás del amor?  ¿El dios del amor hace que sus seguidores deban privarse de él? ¿Deban renunciar a algo tan dulce? Si Dios pide eso, Dios es cruel.

     -Esther, no es… Un sacerdote, ya no se debe a sí mismo, se debe a los demás. No puede amar a una sola persona, debe amar a todas por igual, no puede hacer favoritismos teniendo una esposa, o unos hijos… ser sacerdote, es sacrificar la propia vida y los propios intereses, a favor de nuestros semejantes… y eso incluye intereses personales, como el amar a una mujer.

     -Pero no el acostarse con ella, ¿verdad? Como hacía el otro. – César alzó la cara para mirarla, a través de la rejilla. - ¿Crees que no lo sabía? Muchos en el pueblo lo sabían, o lo sospechaban. Dice el… dicen por ahí que dentro del pantalón, o detrás de una sotana, pero todos los tíos tienen polla. El viejo cura se iba de putas por ahí, y no es el único cura que lo hace. Mientras Úrsula fue joven y bonita, su marido, que en Gloria esté, lució un par de hermosos cuernos, cortesía del señor cura. Cuando fue envejeciendo, se cansó de ella y se buscó a otras. Tú dices que no, pero con el tiempo te picará, y harás lo mismo, ¡bonita solución! 

      -Esther, me estás insultando. – la voz de César era mucho menos amable. 

      -¡Y tú me insultas a mí, obligándome a arrastrarme, mendigando tu cariño y despreciándome con tus aires de grandeza moral, cuando dentro de unos meses, pagarás a una chica a escondidas para aliviarte con ella! 

      César estuvo a punto de dejarse llevar por la ira, de gritarle que quién se creía ella para escupirle esas cosas, que ni siquiera eran ciertas ni lo serían jamás, pero entonces pensó con frialdad en medio de su enfado. 

       -Hija mía, los asuntos de los ministros de Dios, no eres tú quién para juzgarlos. Somos humanos y tenemos necesidades, como todo el mundo, y ya que hemos hecho el voto de no casarnos, de algún modo hemos de aliviarnos, como tú bien dices; no obstante, siempre es mejor tener una amiga fija, que tener que recurrir a prostitutas, poniendo en peligro nuestra salud. Yo no puedo amarte, porque sólo amo al Señor, pero si tienes el capricho de mi cuerpo, cosa entendible, puedo seguirte permitiendo vivir en el desván, a cambio de darme tus favores cuando los precise. No te apures, yo te absolveré siempre de tu pecado carnal, y del que me harías cometer contigo, ¿qué me dices?

      La voz de Esther apenas le salía, de pura indignación. 

      -…Le digo… ¡le digo que es usted un puerco! ¡Tan asqueroso y repugnante como el viejo Amalio, todos sois iguales! – Esther golpeó la reja con los puños y salió del confesionario a todo correr, llorando su maldita suerte, ¿es que a ella le estaba prohibido ser feliz? ¿No podía enamorarse de un hombre que la quisiese? ¿O es que no había ninguno en el mundo que fuese capaz de amar? 

      Cesar tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no salir corriendo tras ella. Sólo cuando dejó de oír sus pasos, salió del confesionario. “Perdóname, Señor” pensó, volviéndose hacia el Cristo del altar mayor “perdóname la terrible sarta de mentiras y groserías que acabo de soltar, tú sabes que nada es cierto, tú sabes que la amo… con amor de hermano, y me duele haberla hecho sufrir. Pero era el único modo. Esa chica se habría convertido para mí en una tentación, y se habría perdido por culpa mía, por inspirarle sin querer esos deseos carnales. El único modo de evitarlo, era conseguir que me odiara. Lamento haber perdido su amistad, pero si a cambio he conseguido que su alma se salve, no creo haber hecho mal.”.



****************


Cuatro años más tarde.

     Beto sonreía, balanceándose sobre los pies, mientras daba bocados a su brocheta de algodón dulce. Era feliz, había montado en el Pulpo y no se había mareado, y tenía algodón dulce para comer, y otro espetón para dárselo a Martita, su prima. Oli le había pedido que le esperase, había visto al sr. Román, al bibliotecario de la Universidad, que les dejaba leer en ella cuando iba a esperar al tío Simón, que regentaba la cafetería. El niño sentía mucho aprecio por él, y siempre que le veía, iba a hablar con él y a saludarlo, así que Beto se quedó esperando. Sabía que su primo, aunque sólo tuviese nueve años, quería ser bibliotecario como el sr. Román, y se sentía más cómodo hablando con él a solas, sin nadie que le preguntase cosas cada dos minutos. Beto tenía catorce para quince, pero la diferencia mental entre su primo y él, estaba a favor del pequeño Oli. 

     Mientras Beto se comía su algodón, sonreía pensando en Martita. Hacía años, la entonces niña le había propuesto “jugar a los novios” durante un verano, y ella se pasaba el día pidiéndole cosas, y a veces, cuando él hacía bien las cosas, le besaba. No era como los besos de las películas, pero le besaba cerca de la boca, y eso le hacía mucha ilusión. Al año siguiente, Martita ya no quiso jugar más, pero él no dejaba de intentar ponerla contenta, con la esperanza de que ella quisiese seguir el juego. Ahora, mirando el algodón, se puso a pensar que cuando Martita lo viese, le diese un besito como aquéllos, y se sonrojó, riéndose para sí. Y entonces oyó una risa familiar, y se volvió. Era Martita. A Beto se le borró la sonrisa de golpe. 

      -Basta… eres un salido, Manolo – se reía ella, pero no hacía parar al chico. Estaba con el Manolo, ése que decía a sus padres que era “sólo un amigo”, pero que Beto supiera, los amigos no abrazaban ni besaban así. 

       -No me pares, tonta… - contestaba él, apretándola, besándole el cuello, y entonces ella se volvió hacia él, y le besó. Un beso que sí era como los de las películas, pero mucho más largo. Beto sintió claramente que algo dentro de su pecho se partía como si fuese de cristal, y los pedazos se le clavaron por dentro, desgarrándole, y fueron pasando lentamente por su pecho, haciendo heridas a cada centímetro, rajas profundas y dolorosas que quemaban y escocían… las lágrimas se le cayeron de los ojos sin que se diese cuenta de ello. Tampoco se dio cuenta que se le había caído su algodón. El de Martita, seguía sujeto en su mano izquierda, con los nudillos lívidos por la fuerza con que lo apretaban. 

     Martita separó su boca de la del Manolo, casi para tomar aire, e intentó besarle de nuevo, pero se encontró con una barrera de algodón dulce entre ellos. Sosteniendo la brocheta, estaba su primo, de rostro congestionado y ojos dolidos. 

      -¿Qué coño…? – espetó el Manolo, pero Beto ni le miraba. 

      -Tu algodón. – susurró Beto, esforzándose por hablar entre las lágrimas – Que te aproveche. 

    Martita le miraba con temor, ¡si Beto la delataba…! Pero el Manolo le miró con furia.

     -¡Lárgate de aquí, subnormal! – Beto se le quedó mirando, con la cabeza ligeramente agachada, la cara inexpresiva y sin parpadear. Martita le conocía bien, cuando quería provocar hacía eso, porque sabía que nadie lo soportaba. El Manolo era casi dos años mayor que Beto, más alto y con peor leche, pero Beto tenía una fuerza increíble y cuando se enfadaba, cosa que no acostumbraba a suceder, no medía contra quien se las jugaba y le daba igual ocho que ochenta. Si el Manolo levantaba la mano, Beto se defendería y no pararía hasta quedar inconsciente o desgraciar al Manolo.

      -Beto, por favor… Manolo, no le pegues…

      -A lo mejor así, le arreglaba el coco al gilipollas éste, ¿qué miras, retrasao? ¡Lárgate, te digo!

     -Beto… Anda, ve a buscar a Oli, por favor - sonrió, tratando de que Beto la mirase a ella – Anda, hazlo por mí - Pero Beto no la miraba, seguía con la mirada fija en el Manolo, parecía estar deseando que le atacase para saltar contra él. – Beto….

       -¡Beto, cariño, qué bien que te encuentro! – Una voz femenina cargada de afecto interrumpió la escena, y el citado volvió la cara, porque no estaba acostumbrado que, salvo su madre, ninguna voz de mujer le llamase “cariño”. Quien le hablaba, era una jovencita, algo mayor que el Manolo, de pelo corto a lo chico de color rojizo, que llevaba un bloc de dibujo en la mano, con un lápiz metido en el canutillo del mismo. Beto la conocía, se llamaba Nastia, y era la amiga del hijo del Decano.  - ¿Cómo estás? ¿Os importa si os lo robo un momento? – dijo, dirigiéndose a Martita y al Manolo – El Decano quiere hablar con su padre, y yo, quiero hablar con él. – le tomó del brazo y tiró, y Beto, creyendo que era cierto lo que la chica decía, se dejó llevar, aunque con algo de fastidio. – Por cierto… No os ofendáis, pero ya vais siendo mayorcitos para poneros así la cara de algodón. – dijo, y Beto, en medio de su tristeza, no pudo evitar soltar una risita. 

       -¿Qué quiere el Decano? – preguntó Beto, apenas se habían alejado un poco. Nastia le sonrió. Tenía una sonrisa muy amable, le miraba un poco como hacía su madre, pero de otra manera. 

      -Beto, perdóname, pero he mentido; el Decano no quiere nada, pero he visto todo lo que ha pasado, desde que se te cayó el algodón y te pusiste a llorar, y me dio miedo que te pegaras con ése bestia, por eso me metí. – Nastia miró a Martita y al Manolo, que se limpiaban el algodón a besos. Beto conservaba la cabeza gacha. - ¿Ataque de cuernos, verdad? – Beto la miró. No entendía qué quería decir – Te gusta una chica, y a ella le gusta otro. – El chico asintió. Nastia volvió a sonreírle – Beto, no llores por ella. Sé que te duele, que te duele mucho, pero tú eres un chico muy bueno… eres uno de esos chicos de los que las malas mujeres se aprovechan, precisamente porque eres bueno. Pero yo sé que tú encontrarás también una chica dulce para ti. Puede que no la encuentres pasado mañana, pero yo sé que la encontrarás.

       -Yo… yo quiero a Martita… - musitó Beto – Ella fue mi novia, pero a mí nunca me besó así… - la barbilla le temblaba, y a Nastia le dolía verle llorar con tanto sentimiento. Le limpió las lágrimas con el dorso de las manos, y le tomó de los brazos. 

       -Beto, eso de besarse… En realidad, no es tan importante, no es… es agradable, pero los besos que se están dando esos dos, son besos falsos, no besos de amor. El Manolo no quiere a tu prima, igual que no quiere a ninguna de las chicas con las que se va besuqueando.

       -¿Y por qué ella no me ha besado nunca así a mí, aunque fuese un beso falso? – Nastia le abrazó contra ella sin poder contenerse, Beto era poco más que un niño grande, y daba tanta pena verle así de apaleado. Beto la abrazó por la espalda, intentando contener un sollozo, y entonces oyó que ella sonreía. 

       -Mira, Beto… yo sé que no soy Martita, pero puedo hacer algo por ti, y juntos podemos chinchar un poco a esos dos, ¿quieres? – Beto hizo una especie de encogimiento de un solo hombro, que podía significar “bueno…”, y Nastia le tomó de las manos y se las puso en su cintura. Beto se extrañó, pero no opuso resistencia. Nastia miró de reojo a donde estaban Martita y el Manolo, y, viendo que no miraban, silbó. 

       Martita, casi asustada, volvió la cara, pero lo que vio, la dejó sin aliento. Nastia, la novia del hijo del Decano, tenía al bobainas de su primo completamente abrazado, y le miraba cariñosamente. La chica agachó un poco la cabeza (no es que fuese muy alta, pero tenía cuatro años más que Beto, y eso se notaba), y le besó en los labios, apretándole dulcemente contra ella. 

       -…Si no lo veo, no lo creo – musitó Martita. - ¡Será guarra!

       -Con…. Con la novia del Zato, ¡qué cabrón! ¡Qué huevos! ¿Cómo lo ha hecho, si esa tía sólo mira al Zato? ¡Yo estoy harto de intentarlo!

       -¡Oye, rico! ¿Y conmigo qué pasa?

       -Marta, no te ofendas, pero es que entre tú y Nastia, no hay color.

       -¿Que no hay color? ¡Color el de tus ojos, que te los voy a poner morados, hijo de…! – pero ya le había sacudido  antes de acabar la frase. 

        Beto tuvo la sensación de no tocar el suelo. Aún cuando ella ya se había separado, le seguía pareciendo que flotaba. Un beso de cine… le habían dado un beso de cine, ¡a él! Y, vale que no había sido Martita, pero había sido la chica más guapa que él conocía después de ella, la pelirroja novia de Zato, la chica que dibujaba y escribía poesía y tenía los ojos verdes más grandes  del mundo… y le había besado. Había sido muy raro, pero muy… bonito. Tenía los labios muy suaves, y olía muy bien, a vainilla. Nastia le acarició la cara, y Beto se dio cuenta de que ya no estaba triste, sino que sonreía. 

      -Hale, ¿se te ha pasado el disgusto? – preguntó ella, sonriente también.

       -Sí… Un poquito. – Beto buscó palabras, pero sólo encontró una – Gracias. 

      -No hay de qué. Y recuerda lo que te he dicho, Beto: tú encontrarás una chica para ti, y te querrá muchísimo. – Se sacó una moneda del bolsillo – Toma, para otro algodón. 

     Beto sonrió hasta las orejas, y Nastia tuvo la impresión de que con eso, ya sí que se le había pasado el disgusto del todo. De lejos vio venir al primo del chico, a Oli, y Beto le dijo adiós y se marchó con él. 

      Ojalá para Martita, fuese igual de fácil pasar el disgusto. Ella sabía que el Manolo, no era el chico más de fiar del mundo, se lo habían dicho todas sus amigas, pero él había sido tan atento con ella, tan fogoso, que llegó a pensar que ella le importaba de verdad, que no era como con las otras, que a ella sí que la quería. Qué idiota había sido, pensó mientras caminaba, oyendo de fondo la feria. 

      -¡Siempre toca! ¡Dispara al patito y llévate un premio; juguetes, peluches, muñecas, vajilla, y hasta una nevera! ¡Vengan a jugar! Niña, ven a probar suerte, ¡llévate a casa un peluche! – Martita oyó la voz y maquinalmente levantó la cara. Se encontró a un hombre que dejó de sonreír apenas la miró, y se acercó a ella – Vaya… ¿quiénha hecho llorar a una niña tan guapa?


****************

     “La primera idea era la buena, debí haberme ido esa misma noche, seguro que ya tenía planeado el hacerme semejante proposición asquerosa esa noche, cuando me propuso quedarme en el desván”, pensaba Esther, paseando por la feria. No le gustaba el ambiente festivo, no estaba para fiestas precisamente, pero con el ruido y la música, sus pensamientos parecían hablarle más bajo. No los anulaba, pero sí los amortiguaba. Había pasado junto a la caseta del Antonio, y éste la había cogido del brazo para explicarle… ella le había dado un pisotón para que la soltase y echó a correr. Ahora, a pesar de ir recorriendo la feria, cuidaba de no acercarse a su barraca. Sin duda por ir ocultándose del Antonio, no cayó en que tenía que ocultarse de alguien más. Cuando le vio, ya era demasiado tarde. El Armando, su señor, la había visto. Esther se asustó y echó a correr, pero d. Armando, a diferencia de otros, sí que la siguió y le dio alcance.

       El Padre César caminaba por las calles, oscuras y silenciosas, aunque de lejos le llegaba el rumor de la feria. No iba hacia allí específicamente, sólo paseaba mientras pensaba en Esther. Sabía que la había hecho daño, pero eso era mejor que… Era preferible que sufriese de una vez, a que se pasase sufriendo semanas o quizá meses, o que siempre tuviese la espina clavada de “¿hubiera sido feliz con él?”. Él quería ser sacerdote, y desde luego que sentía un gran cariño por la joven, pero no como para renunciar por ella a toda su vocación. Estaba ya casi a las puertas de la feria, cuando la vio. O los vio. 

       -¡Suélteme! ¡Le digo que me suelte! – protestaba Esther, dando feroces tirones a d. Armando, quien la tenía agarrada del brazo y la cintura y no dejaba igualmente de tirar de ella.

       -¡Estate quieta! ¡Tú te vienes para casa, y ya está; hay muchísimo que hacer, so guarra, ya me explicarás en la cama de quién te has metido! – le soltó un cachete, la joven le devolvió un pisotón, y el hombre la zarandeó, pero no la soltó.

       -¡En la de nadie, suélteme, no quiero ir, soy mayor de edad!

       -¡Tú eres mía, te compramos a tu madre por un buen dinero, y te hemos dado de comer toda tu vida, tu obligación es pagarlo, zorra ingrata, la ley está de mi parte!

       -Ni la ley de los hombres, ni la de Dios, están de parte de lo que está haciendo. – la voz del Padre César interrumpió a d. Armando, pero éste, creyó que se las veía con otro cura como d. Amalio.

      -¡Ah, gracias a Dios, Padre! ¡Mire, ésta ingrata se ha escapado de casa, sabiendo que mi mujer está enferma y moribunda, y dejándome a mí con todo el trabajo de la panadería y de la tienda! ¡No tiene la menor consideración, es incapaz de entender lo que se hace por ella! ¡Ayúdeme a llevarla a casa, para devolverla al buen camino! ¡Dígaselo usted!

      -Lo único que puedo decirle, es que hace bien en pretender separarse de alguien que la explota laboralmente, y que fue capaz de comprarla por dinero. 

     D. Armando se le quedó mirando como si viese a un extraterrestre, y no supo si indignarse o reír.

      -¿Qué? ¿Está usted loco? 

      -No, d. Armando. Y en el fondo, usted no es tan culpable, sólo le hicieron creer que lo que hacía, estaba bien. Que comprar un ser humano por un capricho, era algo que se podía hacer y encima era piadoso, y usted lo hizo, en lugar de pensar por sí mismo y darse cuenta que era algo deleznable. 

      -¡Su madre era una zorra que no se respetaba, yo sé que hice muy bien!

      -Desgraciadamente, la ley dice que no se pueden comprar los seres humanos, y, dado que Esther es mayor de edad, es libre de abandonar su casa.

      -Pero… - la expresión de d. Armando cambió – Mire, señor cura, la ley puede decir lo que quiera, pero entre caballeros, no tenemos que ceñirnos a la ley. La chica es una cabeza loca que no sabe lo que es mejor para ella, pero si usted me ayuda a encarrilarla, yo puedo dar limosnas muy generosas… 

    La cara del padre César era una roca que se endurecía más a cada palabra. Esther tuvo miedo por un instante de él, pero el joven cura sólo dijo una palabra.

     -Suéltela. – Si d. Armando hubiera tenido una pizca de juicio, hubiera obedecido, pero el orgullo de haber hecho siempre su voluntad, salió por su boca.

      -¿A quién nos ha mandado el Obispado? ¿A un rojo, que se pone de parte de las putas, y se atreve a amenazar a la gente decente y normal? ¡Quítese de mi camino!

     -Se lo diré de otro modo: O la suelta ahora mismo, o vamos al cuartelillo los tres. – El rico palideció - ¿Qué sucede? ¿La Guardia Civil no va a tragar tampoco con sus sobornos? ¿O es que teme que le salgan mucho más caros?

     -Joven idiota… si yo hago una llamada, mañana estarás lejos de aquí, ¡te habrán mandado al tercer mundo, a dar sopitas a los negros!

     -Tal vez, pero eso será mañana. Hoy, va a soltarla. – César acercó la mano a Esther, intentando que ella le agarrara, pero d. Armando se interpuso y le empujó con fuerza. 

      -Es mía, pagué por ella, y llevo pagando y pagando toda la vida, ¡no va a quitármela usted! ¿Cree que no tengo ojos en la cara, que no me doy cuenta de cómo se miran? Tú quieres meterla en tu camita, pero yo llegué antes, ¡la compré para eso! ¡Estaba harto de aguantar a mi esposa, siempre con caprichos y órdenes, y exigencias! ¡Por eso la compré, para tenerla sin que pudiera pedirme nada, y me debería estar más agradecida, ¿cuántas chicas no querrían estar de queridas de un hombre rico?! – César intentó no hacer caso, y tomar de nuevo a Esther de la mano, que palidecía al oír la verdad expresada tan crudamente; ella sólo era un bebé, la compraron de recién nacida, ¿ya desde entonces tenía su señor eso en la mente? Quiso extender la mano hacia César, pero Armando la metió un empujón lleno de soberbia y la tiró al suelo de culo. Oyó un grito de sorpresa de la chica, y lo siguiente que supo Armando, era que estaba tendido en la acera. Entonces, comenzó el dolor, terrible dolor en la mandíbula y la cara, y se dio cuenta de qué había sucedido: el cura le había sacudido un puñetazo que lo había tumbado. 

      César se frotaba el puño, susurrando “perdóname, Señor; perdóname, hijo mío”, y a Esther le pareció que estaba a punto de echarse a llorar de rabia. La joven se levantó del suelo de un brinco y se colocó a su espalda. 

     -Padre, ¿está usted bien? – preguntó, con una vocecita temblorosa. 

     -Sí. – Sabía que no debía hacerlo, pero las palabras le salieron atropelladamente, sin que él pudiera contenerlas. – Perdóname, Esther, te mentí, nada de lo que dije era cierto, eran sólo vulgares mentiras, sólo pretendía que me odiaras para que no…

     -Lo sé. Ahora lo sé. – interrumpió la chica. 

     -Le denunciaré… - protestó Armando, incorporándose, con una mano en la mejilla, que enrojecía a ojos vistas – Esto ha sido agresión, le denunciaré, pagará por esto… - César intentó excusarse, pero el rico salió corriendo - ¡Lo pagará caro!

     César bajó la mirada. Había obrado mal dejándose llevar por la ira, y lo sabía. Afrontaría con serenidad cualquier castigo que le impusieran, sólo esperaba no dejar desamparada a Esther. 

     El camino de regresa a la iglesia, César no lo recordaba. No había podido ni cenar. Era vagamente consciente de que Esther le ponía delante platos y se los llevaba, y de que le hablaba, pero apenas la oía. ¿Cómo había podido ser tan inconsciente? ¡Pegar a un semejante! Hacía años que no se dejaba llevar de tal modo, pero… “Pero había pegado a Esther”, pensó. Y eso, no había podido soportarlo. Que le sacudiese a él, pase, pero a ella, ni soñarlo. Se acostó temprano, sin dejar de pensar en aquello, ¿qué sería de la joven? Queriendo protegerla, la había fallado. Si lo destinaban a otro lugar, no podría llevarla con él, se quedaría desamparada, tarde o temprano Armando la cogería por banda y se saldría con la suya, sólo tenía que esperar. “Dios mío, dame lucidez, ¿qué puedo hacer?” Eso fue lo último que pensó, antes de quedarse dormido.

     Sus sueños eran intranquilos y tumultuosos, soñaba que la Guardia Civil le detenía, y que Armando bailaba a su alrededor, pinchándole con alfileres candentes. “Es un violento”, decían otros curas. “Tiene que irse de aquí”, decían las gentes. “Yo quería proteger a Esther, sólo eso”, protestaba él, mientras le cogían de los brazos y le llevaban, y Armando se reía, tirando de Esther, que se resistía  y le tenía los brazos, pidiéndole ayuda, César intentaba soltarse, “No dejéis que la lleve con él, no se lo permitáis”, protestaba, mientras la cara de Esther se había más suplicante, y entonces, Armando desapareció. Y Esther le miraba con cariño. Nadie le sujetaba ya, y se dio cuenta que tenía a la joven entre los brazos, y ninguno de los dos llevaba ropa. Esther le besó, pero él no lo encontró mal. “Es sólo amor, no puede ser malo”, pensaba, mientras se tendía sobre la chica y ella gemía dulcemente, y sentía un calor delicioso en su cuerpo al tenerla debajo de él… sí, un calor delicioso… aaah, qué bueno, qué maravilla, qué… qué gusto…. Su lengua se deslizaba suavemente sobre la suya, en una caricia húmeda tan tierna, y tan apasionada…

       -Hmmm…. – César abrió los ojos, y en aquél momento, no le extrañó encontrar a Esther a su lado, besándole sin tomar aire, con sus lenguas entrelazadas como en su sueño… fue un par de segundos más tarde cuando se despertó por completo y se dio cuenta de qué estaba sucediendo - ¡Esther, ¿qué haces aquí?! Estás… Por Dios, Esther… vete… vete de aquí… - el joven cura temblaba como si tuviera fiebres; la joven estaba completamente desnuda, y en la penumbra del cuarto, sus encantadoras formas eran perfectamente visibles. La joven no contestó, se abrazó tiernamente al cura y le besó la cara, el cuello… César apretó los dientes e intentó resistirse, no podía, no podía, ¡aquello no estaba bien! – Esther… Si esto es por… por darme las gracias, o…. no debes hacerlo… Por favor, yo no… no puedo hacer esto…

      La joven siguió sin contestar, se limitó a bajar el brazo con el que le abrazaba, acariciando su pecho desnudo hasta llegar a los calzoncillos, única prenda que llevaba al ser verano y las noches calurosas, y en la que había un tremendo bulto candente, que la joven acarició. 

       -¡Haaaaaaaaaaah….! – Cesar desencajó los ojos al sentir un reguero de placer nacer en aquélla zona, y expandirse por todo su cuerpo, haciéndole temblar de la cabeza a los pies. Supo que había perdido la batalla, que el placer pedía ser saciado, pero aún así quiso seguir resistiendo, aún sabiendo que era inútil, pero la chica tomó la mano del joven, con la que él se agarraba ferozmente a la sábana bajera, y la llevó a sus pechos. Cálidos y acogedores, y de pezones erectos, y suspiró al notarla. Aquél suspiro taladró el corazón del cura. – Jesucristo… si esto es pecado, castígame, castígame a mí solo, ya no te pido que me perdones, sino que me castigues, ¡porque no puedo evitar caer! – musitó, casi furioso, y apretó a Esther contra él, con fuerza. 

      -Aaaaaaaaaaaaaaagh…. Sí. – Murmuró la joven. Sabía que le hacía daño, que la apretaba demasiado fuerte, pero a ella parecía gustarle, y él no podía hacerlo de otro modo. Sabía que eso era su perdición, que estaba rompiendo sus sagrados votos, pero el cariño que sentía por la joven, era demasiado fuerte. Notó que ella le bajaba la ropa interior, y empezaron a frotarse, Esther suspiraba sintiendo la hombría de César contra su cuerpo, y él no dejaba de mover las caderas… nunca había estado con una mujer, no sabía cómo se hacía... pero no le importaba demasiado, mientras la tuviese abrazada, era suficiente. 

     Esther no tenía una gran experiencia, apenas lo había hecho dos veces, y la primera sólo experimentó un gran dolor, pero al menos ahora, lo estaba haciendo porque ella quería, y no por dar por los morros a nadie, sino sólo por amor. Ahora lo sabía. Sobre él, sintiendo su abrazo, no dejaba de besarle y acariciarle, y ya no le parecía que los besos, por mucha lengua que usase, fuesen “sucios”, eran hermosos, eran bellísimos. Cada vez que César gemía, le partía el corazón. Cada vez que sentía su miembro frotarse allí abajo, entre sus piernas, sentía un placer infinito, una alegría maravillosa… de nuevo sentía el picor, esas cosquillas ahí abajo que decían que quería tener algo dentro de ella.. Pero en esta ocasión, no pedían algo,  pedían a alguien. Pedían a César. 

     Con mucho cuidado, se arrodilló sobre la estrecha cama, a pesar de que César no la quería soltar, y tomó el miembro del joven cura con la mano, y aunque en principio su idea era la de orientarlo, no se resistió a acariciarlo un poquito. César agarró la almohada con ambas manos, gimiendo ruidosamente, ¡el placer era increíble, ¿cómo era posible que unas simples caricias le hiciesen sentir tan bien?! Esther, recordando lo que el Antonio le había enseñado, echó hacia atrás la piel del glande y se mojó la mano en la humedad, y empezó a acariciarle la punta, descubriendo y cubriendo, despacito, apretando… 

     -Esther…. – jadeó César – Esther, me haces…. muy feliz…. – tiritaba, se derretía de gusto. Esther le deseaba tanto que le dolía el corazón, y no pudo resistir más. Se aupó, y se acarició con el miembro del cura, descubrió las cosquillas ardientes que clamaban por tenerle dentro, y, aún temiendo que le doliera, bajó sólo un poquito, sólo lo justo para que el glande entrara, y a César le pareció que su miembro estaba rodeado de lava, pero lava suave, acogedora… Esther gimió, ¡era dulcísimo, era una sensación increíble! Y se dejó caer del todo. Cesar le abrió los brazos, rodaron por la cama, y el cura empezó a empujar, y a la joven le pareció que subía al Cielo, el pene de César le rozaba y frotaba mil sitios, mil puntos que la hacían estremecerse y temblar, en un placer intenso y dulce; sudaba copiosamente, jadeando, pensando “soy tuya… soy tuya…”. César no quería pensar, pero no podía evitarlo. Se daba cuenta que amaba a Esther, que había podido engañarse con “amor de hermanos” mientras esto no había sucedido, pero que ahora que había pasado, ya no sería capaz de vivir sin ello, ¡necesitaba a Esther cerca de él, debajo de él! Quería estar con ella siempre que pudiera, y hacer esto siempre que fuese posible. 

     La joven le abrazaba con brazos y piernas, gimiendo dulcemente cada vez que él se movía, notando cómo se gestaba la explosión de la otra vez, pero ahora de manera mucho más dulce, mucho más lenta… oh, Dios, ahí estaba… aquél ariete caliente que se introducía en su cuerpo una y otra vez, estaba tocando ese punto, ese punto mágico que la hacía sonreír, y ya no aguantaba más, ya no podía seguir resistiendo, su placer se desbordaba como la leche en un cazo que está demasiado al fuego… 

     -Oh, César…. César…. ¡Céeesaaaaaaaaaaaaaar…..! – gimió, casi llorando, sintiendo el estremecimiento, temblando entre sus brazos, el estallido se expandió en un latigazo de placer supremo que la hizo tiritar, sintiendo las contracciones de su vagina abrazar más intensamente la virilidad del cura… éste gimió y embistió más fuertemente, su miembro iba a explotar de placer, el rozamiento era dulcísimo, insoportable, y entonces un picor eléctrico justo en la punta le hizo dar un pequeño grito y una embestida final, abrazándose a Esther, con los dientes apretados, sintiendo cómo su cuerpo se encogía, y sus nalgas se contraían en espasmos, soltando la descarga… aaah… era tan… era como liberar una carga, una carga pesadísima, era un placer increíble, y un alivio infinito… 

     Cesar se encontró besándola una vez más. ¿Qué harían ahora? ¿Cómo había podido caer en un pecado tan grave? ¿Qué iba a ser de ella cuando a él lo destinasen a otra parte? “Dios mío, sé que te pido mucho, pero protégela. No es una pecadora, he sido yo el que ha pecado, no ella. Yo tendría que haber sido más fuerte, ella sólo me ha tentado, yo he sido el culpable al dejarme llevar. Además, Dios mío… tú no habrías hecho a una criatura tan dulce para castigarla por ser precisamente así”. Puede que ese fuese su último pensamiento consciente antes de quedarse definitivamente dormido.

     La luz del sol hirió sus ojos aún cerrados, parpadeó y los abrió. Estaba solo en su cama, desnudo y con las sábanas revueltas. Le hubiera gustado pensar que lo ocurrido anoche, sólo había sido un sueño particularmente intenso, pero el aroma de Esther flotaba por toda la habitación. “Más me habría valido morirme mientras dormía”, pensó, abatido, ¿qué iba a hacer, qué iban a hacer? “He pegado a una persona, al hombre más rico y uno de los más poderosos del pueblo, y he seducido a una mujer… una pobre y buena chica, se ha perdido por mi culpa, ¿cómo pude ser tan miserable? ¡Debí haberle impedido continuar!” Lo que César no quería pensar, es que había sido tan increíblemente agradable, había sentido tantas cosas y con tanta fuerza, que no fue capaz de renunciar. Y quería volver a sentirlas, quería volver a estar íntimamente con Esther… como sacerdote, se sentía un pecador miserable. Como hombre, se sentía el ser más dichoso de la Tierra.  “Sólo me queda una salida honrosa: pedir yo mismo la secularización, antes que todo se sepa. Porque se sabrá, Armando lo irá contando, aunque no sepa que es verdad, hará correr el bulo”. La puerta de su cuarto se abrió con un chirridito, y entró Esther, que llevaba una bandeja con sendos cafés, huevos y tostadas. En un movimiento reflejo, César se tapó con la sábana. 

      -No me voy a asustar por verla - sonrió la joven, y se sentó junto a él en la cama. – Buenos días. 

     César sonrió. Qué guapísima estaba, llevaba sólo un camisón amplio y negro que… un momento, no era un camisón, era su… 

     -Esther… mmmh… ¿”Eso”, es mi sotana?
     -…No tenía nada más a mano para ponerme - se excusó la joven. – Si quieres, me la quito - dijo, con toda intención, y César sonrió, con una pizca de reconvención. 

     -No. – suspiró – Ya no hace falta. De todos modos, no voy a necesitarla más. 

     -¿Por qué? – preguntó ella, untando mantequilla en su tostada.

     -Voy a secularizarme.

     -¿Qué trabalenguas es ese?

    -Quiero decir que voy a colgar los hábitos. Voy a dejar de ser cura, para que podamos estar juntos como una pareja normal. 

    Esther se quedó con la tostada a medio camino de la boca.

      -¿Tú estás loco? No puedes hacer eso…

      -Oh, sí puedo, Esther, los votos no son irrevocables, puede que me lleve algún tiempo el trámite, pero…

     -¡No, hablo en serio, NO PUEDES hacer eso! – César se la quedó mirando con asombro – Escucha… yo te quiero. Nunca en mi vida he tenido a nadie a quien querer, salvo ahora, y no te quiero perder, pero tu trabajo de cura, es más importante. 

     -Esther, pero eso… yo quiero que estemos juntos.

      -Lo estaremos. 

     -¿Amancebados? ¿Viviendo en pecado, teniéndote como a una especie de concubina?

     -No sé exactamente qué es eso, pero suena como a puta, y sí, seré tu puta, si eso es lo que quieres decir, a cambio de que sigas siendo cura. ¡Mira a tu alrededor! César, éste pueblo no ha sabido lo que es un cura bueno desde hace casi un siglo. Las chicas pobres que tenían un desliz, sólo tenían ocasión de trabajar en el bar de carretera, o largarse a otro sitio donde nadie las conociera, porque nadie les daba trabajo. D. Amalio hacía que eso fuese así, lo alentaba, decía que dar trabajo a una puta, era condenarse. Los niños tenían miedo del cura, d. Amalio les pegaba a la mínima, los hijos de madre soltera, estaban hartos de oír que eran hijos de putas y están condenados, sólo por haber nacido. Tú no harás nada de eso…

     -¡Claro que no, para eso no me hace falta ser cura! 

     -¡Pero siéndolo, además de no hacerlo, podrás luchar contra ello! César, yo no quiero que renuncies por mí, te he visto ser cura. Es lo que quieres hacer, es para lo que has nacido. Quieres a la gente, y la gente te quiere a ti. – le acarició la cara, y el sacerdote le besó los dedos. ¿De verdad… de verdad, era eso lo que quería?

     -Esther, nunca podremos… nunca podremos nada. Viviremos escondiéndonos, no podré darte un beso a la luz de sol, ni podremos pasear juntos, ni cogernos de la mano… 

      -Una vez me dijiste que ser cura, implicaba sacrificarte por los demás y darte a ellos. Si tú puedes hacerlo, yo también sacrificaré parte de nosotros dos, para dársela a todos. – César tuvo que agarrarla de la cara y besarla con pasión en ese instante, no pudo contenerse. “Fue por algo que la primera vez que te vi, te llamé “La chica fuerte””.
     


     Apenas media hora más tarde, César bajó para oficiar la misa de siete, esperando encontrarse sólo a las cuatro viejecitas de siempre. Cuál no fue su sorpresa cuando abrió las puertas y encontró allí a medio pueblo, además de a dos agentes de la Guardia Civil. 

      -¡Que no puede ser, señores!

      -¡El cura estaba con nosotros en el coro, no pudo ser él!

      -¡El Armando está senil, seguro que se emborrachó y se cayó de bruces, eso es todo! – iban diciendo algunos, mientras los agentes intentaban poner paz, y el propio César intentaba enterarse de qué sucedía… Finalmente, uno de los guardias levantó la voz.

     -¡A ver, orden, coño!

     -Jodó, le ha faltao el “se sienten”… – susurró alguien.

     -¿¡Decían?! 

     -¡Nada…! – prácticamente todo el mundo sacudió la cabeza mirando al suelo. Se conoce que los guardias llevaban de servicio toda la noche, y no debía estar el horno para bollos.

     -Vamos a ver, aquí tenemos una orden de detención por agresión, contra el cura párroco, don César Hidalgo, ¿es usted?

     -Soy yo. – admitió César

     -¡Pero él no ha sido! ¡No ha sido! – gritaron muchas voces.

     -¡Que silencio! – gritó el primero de los guardias con su voz de trueno. - ¡Si ha sido o no ha sido, en el cuartelillo se aclarará todo!

     -Se puede aclarar aquí. Yo estaba allí y lo vi todo, guardia. – Quien había hablado, era nada menos que el Antonio. 

     -Usted se viene entonces con nosotros.

    -No puedo ir, señor agente, no pue´o dejar la feria. Tanto le da aquí que allí. Anoche, el tal d. Armando vino a tirar a mi caseta. Iba bien cocido, ya me entiende. – hizo un explícito gesto llevándose el pulgar a la boca, el guardia asintió – Como no daba una por que iba tibio, se quejó que mi caseta tenía truco, y no era cierto. El caso eh que aprovechó que me di la vuelta para apañar un par de billetes de la caja. Cuando me di cuenta salí tras él, me llevaba ya ventaja, porque yo tuve que cerrar y todo. 

     -¿Cómo se dio cuenta que le faltaba dinero? – preguntó el segundo guardia. 

     -Porque el muy gilipollas no había tenido mejor idea que llevarse justo loh billeteh grandes. Cuando te pagan casi siempre en monedas, no tienes billetes máh que de la gente que te pide cambio, y tenía dos de mil, que fueron justo loh que desaparecieron. El caso es que me fui a por él, y le vi que llevaba a rastras a una chavala. Y oiga, yo no tengo nada en contra que un tío de sesenta se vaya con una chavala de veinte, si le paga bien… pero me temo que no era el caso, porque no dejaba de tirar de ella. Ya me iba a meter, cuando apareció aquí el cura y hablaron. Le pidió que la soltara, y el viejo se negó, y sacudió al cura y a la chavala, echó mano al bolsillo, y sacó una navaja. Yo quise intervenir, pero el cura fue máh rápido y le intentó quitar la navaja, el viejo perdió el equilibrio y se golpeó con el bordillo al caer. Luego se levantó diciendo que le iba a denunciar por agresión, y se largó. Así lo vi yo, y lo juro ante quien sea. 

      -Eso no es… - empezó a decir César, pero la gente empezó a hablar dando la razón al feriante, subiendo el tono, y su voz se ahogó. Antes que pudiera darse cuenta, los agentes hablaron entre ellos acerca de la navaja que, efectivamente le habían encontrado al Armando, quien había ido al cuartelillo tambaleándose de borrachera, y aceptaron como buena la versión del Braguetazo. Los presentes aplaudieron, y empezaron a marcharse, sólo quedó allí el Antonio, sonriéndole con sorna. – Eso no era verdad, y usted lo sabe.

     -No me venga ahora con reproches, santidad… ¿le he librado de la trena, sí o no? 

      -¿Pero cómo sabía que Armando llevaba encima una navaja?

     -¡Coña! ¿No lo iba a saber, si eso fue lo que me robó? – dijo, encendiendo la cerilla en el marco del portón, y prendiendo un cigarrillo. 

     -Entonces, las dos mil pesetas…

     -Me las “devolverán” los civiles del bolsillo del Armando.

     -¡Eso es una canallada, yo no puedo consentir eso! Voy ahora mismo al cuartelillo a aclararlo todo.

      -Usted se va a quedar quietecito, a no ser que quiera que yo largue lo de la Esther con usted. – César palideció – No se preocupe, que nadie lo sabe. – Ni siquiera lo sabía yo, pensó. Pero mira por donde, he tirado y he acertado el premio gordo. – Venga… Un pecao de dos mil pesetillas por sacarle a usted del brete, no eh mucho pedir, ¿no? Apúntelo en mi cuenta, que ya es tan larga que uno más… no importa. – aspiró el humo y se marchó, pero apenas había dado cuatro pasos, se volvió. – Oiga… Aunque sea echándome algo al bolsillo, no le vaya a contar a la Esther que le he sacao del apuro. Que uno… tiene una reputación. 



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Cuatro años después.

     La música sonaba junto a la orquesta Pléyades, en la feria, y las parejas bailaban. Los padres de Oli bailaban, los de Beto también, Martita había accedido a bailar con el Manolo, y Nastia estaba bailando con Risto Zato, el hijo del Decano, y el chico debía tener los brazos cansados, porque no dejaba de bajar las manos. Nastia se las ponía en su cintura una y otra vez, pero al cabo, volvía a bajarlas. Beto estaba contento, y él y Oli jugaban a las cartas en una de las mesas que había junto a la pista de baile. 

      -¿Sabes? Tener el corazón roto, a veces puede ser divertido. - había dicho Beto, y le había contado a Oli lo del beso que le había dado Nastia, y el niño se había sorprendido muchísimo. Él todavía estaba en edad de pensar que las niñas eran tontas, pero ya sabía que los mayores pensaban de otra manera, y le intrigaba mucho aquello. 

     En ese momento, la orquesta empezó a tocar una versión de una conocida canción de un cantante brasileño, Símbolo Sexual: 


    A Beto le dio la risa tonta, porque ya estaba en edad de entender picardías, y Oli, por primera vez en su vida, empezó a reírse tontamente también, porque vio cómo se miraban sus padres mientras bailaban, y le pareció ir entendiendo algunas cosas… Y entonces, una niña casi tan alta como él, le tiró de la manga corta de su camiseta de Naranjito.

     -Hola. Baila conmigo, porfa. – Oli se puso como un tomate. Dos mesas más allá, los que sin duda serían los padres de la niña, se partían de risa. 

     -Eeeh…. – balbuceó Oli, y suplicó ayuda a su primo con los ojos, pero Beto sonrió y le quitó las cartas de la mano.

     -¡Venga, tonto! – le dijo. Y a Oli no le quedó otra más que levantarse de la silla y coger a la niña de las manos. No tuvo que bailar, ella lo llevaba. A pesar de la altura, se notaba que era más pequeña que él, y sin embargo, sabía bailar. 

      -Ay, Dios mío, que no empiece ya también ése con novias… - dijo Oliverio, el padre de Oli, que le vio bailar con la niña. – que con la hermana, ya tenemos bastante… 

      -¡Ya está bien! – gritó Nastia, muy colorada, y le sacudió un bofetón a Zato que casi le vuelve la cara del revés. 

      -¡Gatita…! – llamó el joven, pero la chica no se volvió, y Beto, que había oído la bofetada, se dirigió a Nastia, por si podía ayudarla. Apenas le vio venir, Nastia le sonrió y susurró:

     -Beto, oye… ya que yo te ayudé a chinchar a Martita, ¿querrías…?

     -¿Qué hay que hacer? – preguntó Beto, y Nastia le hizo ponerle las manos en el hombro y la cintura, y empezó a bailar con él, mientras Zato se ponía rojo de indignación y les miraba con verdadero odio. Beto no podía dejar de soltar risitas tontas; él era muy inocente, pero se daba perfecta cuenta de qué estaba pasando, y queriendo hacer rabiar a Zato como antes Nastia había hecho rabiar a su prima, se dio cuenta que tenía la altura exacta, y… se recostó. 

       -Marta, vigila a tu hijo; como nos traiga un bombo a casa, yo no me hago responsable. – dijo Simón, el padre de Beto.

       -Déjale un poco en paz, Simón. Y también es TU hijo.

      -¡Para mi desgracia!

       -¡Pues te jodes y bailas! Simón, estamos hablando de un chico que tiene casi quince años y todavía piensa que lo que tiene dentro de los calzoncillos, sólo sirve para mear. El pobre mío es demasiado tontito para traerte nada a casa, no te preocupes. 

       -Sí, sí, tontito… ¡al final el tontito, para lo que quiere, va a ser muy listito! – rezongó Simón, no sin cierto orgullo, viendo como Nastia no podía dejar de reír al tener la cabeza de Beto recostada sobre su pecho, y le acariciaba como a un cachorro.

     Y mientras, el Antonio bailaba también con aquélla chica que había ganado el oso gracias al tiro gratis, Dolita. La joven estaba roja entre sus brazos, guapísima, y más roja que se puso cuando el Antonio, en uno de los giros, se la apretó contra el pecho y empezó a bajar la mano.

     -Señor Antonio – la voz hizo que el feriante subiera el brazo de inmediato – Cuando baile, por favor, deje siempre sitio para el Espíritu Santo.

      -Apunte eso también a mi cuenta, “pater”… - El padre César puso los ojos en blanco, “sé clemente con él, Señor. Es un sinvergüenza, pero en el fondo-fondo, no es tan malo”. Pero Esther, con quien bailaba, separados todo lo que les permitían los brazos, le sonrió, y ya no pensó más. Todo el mundo hablaba de lo buena persona que era el cura, que no sólo había acogido a una pobre madre soltera, sino que además, hasta bailaba castamente con ella, para que no pasase vergüenza entre las demás mujeres que sí tenían pareja.

      Oli apenas había hecho algo más que balancearse, pero la niña no dejaba de sonreírle, pasar por debajo de su brazo, mover la cabeza y dar vueltas, y él se sentía muy raro, le sudaban las manos y le parecía que él era muy feo, muy bajito, muy tonto… pero la niña seguía sonriéndole. 

     -Ya me tengo que ir. Si vienes por aquí otro día, te puedo enseñar a bailar. - dijo la niña. Oli no fue capaz de contestar, sólo asintió con la cabeza. La niña sonrió más y se puso de puntillas para besarle la mejilla. Oli abrió la boca y se llevó la mano a la cara, y entonces los padres de la niña, la llamaron.

    -¡Venga, que nos vamos! ¡Dile adiós a tu amiguito, Irina!

    -Adiós. – dijo la niña, y se marchó. El que sería su padre, un hombre alto y de frondosa barba, la aupó y se la subió a hombros, y desde allí, ella siguió diciéndole adiós con la mano, mientras Oli no se daba mucha cuenta de que hacía lo mismo, sin dejar de sonreír. 

     -¡Oli se ha enamoraaaaado, Oli se ha enamoraaaaaaaado! – cantó Beto a su espalda, y Oli se lanzó a perseguirle, mientras su primo seguía cantando, sin dejar de reír.