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viernes, 20 de noviembre de 2015

A la que salta (primera parte)



   

  -Ten, muchas graaacias por… hah… tu compra. – La joven tenía los ojos brillantes, las mejillas muy coloradas y una sonrisa muy dulce. Le miraba fijamente, y el comprador se la quedó mirando unos segundos, hasta que “aterrizó”.

     -¡Ah, sí… gracias a ti! – logró decir, y la joven sonrió más y un temblorcito sacudió sus hombros. El comprador se marchó con sus revistas y ligeramente excitado, por no por su compra precisamente. Si no fuera porque sabía que era imposible, hubiera podido pensar que la chica estaba poco menos que teniendo un orgasmo.
   

72 horas antes.

 -Recuerda que iremos a buscarte temprano – recalcó Raji –  A eso de las cinco de la mañana, estaremos allí; si nos damos prisa, no cogeremos tráfico, y estaremos en la aeropista antes de las seis, ¿podrás conducir?

     -¿Tu cacharro? Con la punta del nabo. – le contestó Víctor. Raji se volvió, para comprobar que su mujer y su cuñada no le escuchaban, y contestó.

     -Yo no me pondría tan pavo, ¡es para lo único que te sirve! – se rio, y Víctor, mal que le pesase, devolvió la risa. Se despidieron y cortó la comunicación. A oscuras en su modesta vivienda de protección del ejército, el veterano pensó que el maldito ratón tenía demasiada razón. A su alrededor, estanterías repletas de revistas y viejas películas le rodeaban; algunas tenían más de doscientos años y aún se seguían viendo, unas estaban impecables, otras tenían zonas rayadas hasta que la vieja cinta magnética casi se había quemado. En lo que a revistas se refiere, algunas estaban aún metidas en su bolsa plástica original, otras tenían las páginas acartonadas y hasta pegadas… También tenía muchos discos y hasta los primeros programas de sueño erótico, de los sellos productores independientes como Secretos o Braguitas Húmedas, de antes de que las comprase todas DreamScience Erotica. Tenía cintas en formato ocho milímetros y Superocho, de 36 milímitros, de vhs, beta, betamax y Vídeo2000. De formatos como SuperVideo, .avi, .mpeg, y hasta .gif. Tenía cómics, desde los hentai con su dibujo cuidado hasta el detalle, hasta el underground más desagradable y el diseño minimalista, pasando por los autores norteamericanos que dibujaron para la Playboy… tenía juguetes sexuales de todo tipo, la mayoría embalados y sin estrenar, desde dildos a muñecas hinchables, pasando por todo tipo de parafernalia sado, ropa interior y disfraces. Ya no recordaba cuándo había comenzado a coleccionar cosas así, pero sí recordaba cuándo se dio cuenta que podía sacar provecho de ello, pero sin duda era algo que Raji recordaba mejor que él.

       -¿Viene entonces, verdad? – preguntó Tasha,la chica de Raji.

       -Sí, nenita. – Raji se volvió, y en la cara redonda y gordita de su compañera, vio una expresión de disconformidad – Ya sé que no te cae simpático, pero es buen tío en el fondo. 

      -No es que no me caiga simpático. Ya sabes que apenas le hablo más que lo imprescindible… lo que me preocupa es mi hermana. No puede viajar con nosotros en la cabina, tendrá que ir detrás con él, ¡y no me fio un pelo de ese tío! Yo creo que es un enfermo. 

      -Bueno, muy normal, muy normal, no es… aunque yo siempre digo que cada uno, es como es. Tampoco hace daño a nadie coleccionando retroporno. 

      -No hace daño a nadie, pero a mí no me hace ninguna gracia que se quede solo con mi hermana durante todas las horas que dura el viaje. Es un tío muy raro… Casi nunca dice nada, se queda ahí, mirando las esas viejas revistas horas y horas hasta que se le acerca algún otro tío raro como él y se ponen a rajar durante horas. 

      -Bah, eso es porque no quiere incomodarte, conmigo sí habla. Y tu hermana está completamente a salvo… Víctor tiene tantos complejos encima,  que no quiere acercarse a una mujer ni pagando. – Tasha resopló - ¡En serio! Precisamente empezó a coleccionar porno por eso, ¡tiene un miedo espantoso a que le vean quitarse o ponerse los refuerzos! Lo más fácil es que la única vez que se dirija a tu hermana, sea para saludarla, y basta. No se acercará a ella ni para pedirle la hora. Puedes estar tranquila.

      Natasha convino. A decir verdad, Raji tenía razón; Víctor podía parecer un tío raro con su obsesión por coleccionar porno de Tierra Antigua, su introversión y su mutismo continuo salvo cuando se encontraba junto a otro coleccionista, pero la verdad es que, por raro que le pareciera, no podía imaginarle no ya molestando a su hermana, sino ni siquiera dirigiéndole la palabra. 


    
      Faltaba casi media hora para la cita convenida, y Víctor ya estaba preparado y sentado en los escalones de su vivienda, junto a las cuatro grandes cajas de material diversos que llevaba para vender y que flotaban blandamente cerca de él, a poca distancia del suelo. Hacía mucho frío y estaba bien abrigado, era fácil que nevase. Cuando parasen en algún motel, mucho se temía que no hallarían mejor tiempo; por más que el viaje fuese de casi dos días y medio, no atravesarían zonas de cambio de estación, e irían casi todo el tiempo hacia el noroeste, de modo que se llevaba ropa térmica para protegerse; el frío no le sentaba nada bien a las piernas. 

     Víctor llevaba retirado casi diez años. Desde lo de las playas de Xaú-Biget, cuando le volaron las dos piernas y le colocaron las malditas prótesis. El trasplante de miembros biónicos era completamente seguro, le dijeron. Se trataba de piernas que parecían completamente reales e idénticas a las que había perdido, le dijeron. En cuestión de pocos días, estaría de nuevo corriendo, le dijeron. Pero nadie le dijo que había una posibilidad, remotísima, pero posibilidad al fin y al cabo; una entre doce millones, pero ahí estaba la maldita una, de que su cuerpo rechazase el trasplante. Y le tocó la una. El rechazo le ocasionó una infección que estuvo a punto de conseguir lo que no habían logrado un tirador y una trampa mina, de milagro sobrevivió. Pero las maravillosas piernas biónicas quedaron dañadas, y ni los médicos ni él quisieron saber nada de un nuevo intento de trasplante. Así que Victor se quedó con unas piernas en apariencia, normales, pero en realidad, demasiado débiles para sostenerle, y que siempre se quedaban torcidas hacia fuera, como un puto paréntesis. Para poder caminar y mantener una postura algo más digna, usaba lo que llamaban un “esqueleto externo”. 

     Se trataba de un dispositivo de material plástico que se mimetizaba de tal modo con el ambiente que no se veía a no ser que uno se fijase mucho o supiese que estaba allí. El esqueleto le abrazaba las piernas y estaba sujeto a la cadera, de modo que le permitía estar de pie y caminar, y aún correr un poco si fuera preciso… pero los médicos le dejaron claro que aquello, no eran piernas funcionales que pudieran permitirle entrenar, o correr durante largo tiempo, ni siquiera hacer largas marchas caminando durante muchos días seguidos: ni el esqueleto interno ni el externo podrían soportar un abuso de esfuerzo. De modo que el continuar sirviendo en el ejército se terminó para él y, dada su hoja de servicios, le licenciaron con honores. Le concedieron una pensión, no excesiva, pero sí digna, y el rango honorario de capitán. 

     Víctor compró una casita no muy grande, con desván y garaje, y un pequeño terreno trasero en el que plantar un jardín. Pronto descubrió que cultivar florecitas era entretenido, pero no le ocupaba todas las horas libres de sus días interminables, pero eso no fue lo peor. Mientras estuvo en el ejército, siempre rodeado de compañeros de ambos sexos, de amigos y camaradas, nunca lo había notado, pero al retirarse, tuvo que darse de narices contra lo solo que estaba. Y no le gustó, pero hacer amigos fuera del ambiente militar en el que llevaba viviendo desde su adolescencia, no era tan fácil como pudiera parecer. Frecuentaba bares, sitios públicos, salía… pero descubrió que no tenía nada en común con nadie, y que las mujeres le hacían sentir incómodo. Apenas notaban su esqueleto, la que no le miraba con asco, le miraba con lástima. Sabía que eran reacciones normales en un mundo que no estaba acostumbrado a las heridas ni a las imperfecciones, pero no por eso dejaba de molestarle. Sentía que le miraban como a una rareza. Harto de buscar lo que sabía que no iba a encontrar, empezó a comprar programas de DreamScience Erotica, pero también esto le aburrió al poco tiempo. Era todo… perfecto, demasiado ideal. Hasta allí le recordaban que era un fenómeno y se sentía fuera de lugar, de modo que empezó a buscar otro tipo de erotismo, y un día cayó en sus manos una viejísima cinta X, y de pronto, todo cambió. 

     Se trataba de una película de Tierra Antigua, de finales del siglo XX. Víctor nunca hubiera podido pensar que en una película porno saliesen hombres o mujeres sin tono muscular, sin depilar, ¡los hombres hasta tenían vello en las axilas y el pecho! ¡Y las mujeres tenían pechos caídos, y celulitis! Eran… eran… como él. Casi sintió ganas de llorar de emoción, y aquélla noche perdió la cuenta de las veces que se acarició hasta el éxtasis; cada vez que lo alcanzaba y creía quedarse a gusto, veía a una nueva mujer de pubis lleno de vello, caderas anchas y trasero generoso, gozando con un hombre peludo, bigotudo y con tripa, y su cuerpo pedía guerra de nuevo, no se saciaba. Fue estupendo. Y entonces, empezó a interesarse por aquél tipo de porno, y empezó a coleccionarlo. Desde eso hacía más de nueve años y un montón de dinero, pero desde hacía relativamente poco tiempo, algunos sectores estaban interesándose también en lo que se había dado en llamar “retroporno”, y Víctor había empezado a hacer dinero donde antes lo había gastado. Los números repetidos de revistas, o aquéllas que ya había visto demasiadas veces, o las películas más cotizadas, eran el género que vendía, y con lo que sacaba, iba ahorrando, aumentaba su pensión, e incluso – por qué no – compraba más porno. 

     Con un bocinazo, el viejo cacharro de Raji hizo su aparición por el final de la calle, y el chatarrero-perista-comerciante de todo, se asomó por la ventanilla para saludarle, haciendo que la cola de la espesa bufanda que llevaba, se balancease por el viento. Víctor se puso en pie y devolvió el saludo sonriendo, pensando en lo hortera que podía ser aquélla bufanda amarilla, rosa y azul, pero también sintiendo un poco de envidia: sabía que Tasha la había tejido para él. El otrora soldado sabía que le caía a Tasha como una patada en el culo, pero él no estaba a la recíproca; la mujer era gordita, muy guapa y trabajadora, tenía una personalidad fuerte y decidida, y adoraba a Raji… Cuando éste se la presentó y se conocieron, Víctor tuvo que hacer un esfuerzo para felicitar a su amigo. Hubiera dado cualquier cosa por haberla conocido antes él, y aunque sabía que era imposible, la pequeña parte de su corazón que aún no había muerto del todo, murmuró: “tengo que buscarme una chica como ésta”.
     Conforme la furgoneta se acercaba, Victor distinguió a tres personas en lugar de a dos, y cuando frenaron junto a él, miró con algo de sorpresa a la tercera persona; se trataba de una mujer, y era muy parecida a Tasha, apenas algo más delgada, pero también llenita, de grandes ojos verdeazulados como los de Tasha y cabello espeso y claro, cortado a pico casi a la mitad de la espalda. Raji le estrechó la mano con las dos y se la presentó.

     -Esta es Sonya, la hermana de Tasha. Nos ayudará con la cocina. – Víctor sonrió e intercambió dos besos con la joven, que le miraba con curiosidad. Él dio una orden a las cajas, y éstas flotaron solas hacia el interior de la camioneta, y todos procedieron a montar; la cabina era demasiado pequeña para que viajaran los cuatro, y aunque Víctor declaró que no tenía ningún inconveniente en viajar solo, Sonya insistió en viajar con él en el remolque. Es cierto que era pequeño y no excesivamente cómodo, pero la joven dijo que ya se turnarían. Dentro del remolque, ya con la carga bien sujeta y ambos sentados, Sonya le señaló las piernas y sonrió:

     -Por mí no te cortes; para estar sentado tanto rato, quítatelo si estás más cómodo. Yo sé bien lo molesto que es llevar ese trasto todo el día. - Victor se asombró, ¿cómo se había dado cuenta del esqueleto externo? ¡No se veía! La única manera de verlo sin saber que estaba ahí, era que lloviese o soplase viento con polvo que pudiera hacerlo visible – Tuve que llevar uno de niña. Al levantarse, una persona sin prótesis, suele echar hacia delante el tronco y tirar de las piernas. Tú has echado hacia delante la cadera y has tirado de la espalda. Yo lo hacía igual. Tuve que llevarlo porque nací deforme de una pierna. Intentaron operarme para corregirlo, pero resulté ser alérgica a la anestesia, así que me pusieron esqueleto externo para forzar a mi pierna a recolocarse. 

    A Víctor le asombró con qué naturalidad hablaba de ello, y le asombró más aún cómo él mismo se puso también a hablar de ello, del ejército, de su fallido trasplante… 

     -Gracias a esto puedo caminar, pero te reconozco que lo odio. A veces pienso si no hubiera sido mejor morirme en medio de la batalla.

      -No hubiera sido buena idea. – La joven sonrió, y le alcanzó una cerveza – No hubieras sabido quién ganó. – Víctor sonrió y bebió – Yo también odiaba el mío. Los niños en el colegio me llamaban robot, monstruo y todo el mundo se reía de mí. En los críos me molestaba, pero me defendía, y Natasha siempre estaba conmigo; nadie se reía de mí si iba con Tasha, ella es un año mayor, y bueno… ¡que nadie se metiera con su hermanita! No, en los críos, no me molestaba mucho. Lo peor, eran las miraditas de lástima de los adultos. De las maestras… “no, no, cariño, tú no juegues a eso, que te puedes lastimar. No, cielo, no te levantes. No, mi vida, no hagas tal cosa, ni tal otra, ni respires fuerte siquiera, tú quédate ahí sentadita, sin moverte, sin parpadear y sin hacer nada, no sea que te caigas y te rompas, porque eres de cristal”. Mierda de compasión. 

     Sonya bebió un trago largo de su cerveza, y Víctor se la quedó mirando, y por primera vez desde que perdió las piernas, sintió algo que, precisamente por llevar tanto tiempo sin sentir, le costó un poco identificarlo. Y era la sensación de considerarse afortunado. Sí, él se había quedado sin piernas, sin carrera y tenía que llevar una prótesis para hacer algo tan simple como poder orinar de pie… pero le había pasado siendo adulto, a fin de cuentas. La maldita lastimita que también él detestaba, las miradas, los cuchicheos y hasta los insultos, le habían llegado cuando ya era bastante maduro como para mandarlo todo a la mierda, y no siendo un crío. Pulsó el botón de liberación del esqueleto y éste emitió un silbido y se soltó de su cintura. Como iba atado al sillón por el cinturón de seguridad, no tenía importancia. Con cuidado, porque era pesado, retiró el armazón de sí, lo plegó en un cilindro y lo dejó a su lado, en el suelo. 

      -Mierda de compasión – repitió, y le ofreció su botellín para brindar. Sonya lo chocó con el suyo, y bebieron. 


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       -De verdad que no me gusta nada que mi hermana viaje con él. – Refunfuñó Tasha, en el asiento delantero, dando la vuelta a las agujas. Casi nadie tejía a mano ya, era un arte tan olvidado como el cardado, o el escribir a mano, pero Raji vendía con frecuencia artículos de Tierra Antigua, lo que no era muy legal, y uno de ellos, había sido una viejísima enciclopedia de labores, donde venían artes tan variopintas con el punto de cruz, el ganchillo y el hacer punto. A Natasha le había parecido una cosa la mar de práctica y había aprendido a hacerlo. Decía que le resultaba relajante, pero tal como entrechocaba las agujas esa mañana, nadie lo hubiera jurado. Raji suspiró. Tenían por delante dos días de viaje hasta llegar a Zoco Centro, y por norma general, le gustaba conducir y viajar con Tasha, pero como ella hubiera decidido pasarse los dos días hablando de lo poco que le gustaba que su hermana y Víctor viajasen juntos, menudo viajecito le esperaba. 

       -Nenita, ya lo sé que no te gusta, pero no teníamos otra forma de viajar… coger un sónico nos hubiera salido por una pasta gansa, y hubiéramos tenido que pagar exceso de equipaje. 

       -Lo sé, sé que era carretera y manta, pero al menos tenía la esperanza de que Sonya no quisiese viajar con él… en cuanto ha visto el esqueleto externo, le ha caído simpático. 

      -¿Y qué tiene de malo eso?

      -¡Todo! – contestó Tasha – Sólo porque una persona conozca algo que tú has pasado también, no significa automáticamente que sea bueno y amable, o que sea de fiar. ¡Dentro de una hora, paras donde sea, y voy a hablar yo con la niña! 

     -Pero, mujer…

     -¡Sólo para prevenirla! Sólo quiero quedarme tranquila, ver que todo va bien, que no… ¡Bueno, que no se pone a enseñarle las cosas raras esas que él ve! Sonya es tan inocente… 

      -Amor, que Sonya ha tenido tres novios en el año y medio que llevamos juntos… 

      -¿Qué pretendes insinuar de mi hermana, Rajad ben Sallah? – contestó Natasha lentamente, y Raji supo que pisaba hielo delgado. 

      -Yo no insinúo nada, nenita, sólo quiero decir que tu hermana, aunque sea tu hermanita pequeña, es ya toda una mujer, es responsable, es inteligente… Si Víctor hace algo que no le convence, ella misma le partirá la cara. – Su mujer se aplacó y sonrió. Raji a fin de cuentas tenía razón, su hermana sabía cuidarse sola. Es sólo que ella sabía que sí era inocente, un poco ingenua. Si Sonya se enterara de todas esas vetustas perversiones que llevaban en la furgoneta, seguro que la pobrecita hasta se pondría colorada. 




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     -…con el boom de internet, el porno se viralizó. – explicaba Víctor – Ya la llegada del vídeo doméstico había supuesto una lluvia de cine porno al abandonar el viejo formato de 36 mm., en pro de la cinta magnética, muchísimo más barata de producir, pasando en un año de poco más de cien películas al año, a más de un millar al año siguiente, y aquello había sido para bien; aumentó la demanda, y el porno empezó lentamente a dejar de ser considerado un producto para inadaptados o “guarros”, a empezar a ser visto como un entretenimiento más. Desde luego, no era algo de lo que uno presumiese por la calle, pero empezó a asumirse que era algo que, en mayor o menor medida, pero todo el mundo veía de vez en cuando. Pero cuando llegó internet, como te decía, el porno estalló, y esta vez no fue tanto para bien.

      -El porno que yo conozco es sobre todo de esa época, de los primeros siglos del 2000, antes del Cataclismo. – convino Sonya, que escuchaba con gran interés - ¿Por qué no fue para bien?

     -Bueno… se perdió el romanticismo del porno. Antes, una actriz era famosa por saber actuar, y por hacer alguna práctica determinada. Había actrices que eran “la reina de…”, “la reina de la doble penetración, la reina del anal”… Cuando llegó internet, las chicas no sabían actuar, pero tenían que hacer de todo. Se perdió el argumento, el pretexto que daba sal y vidilla a las historias, y se cambió por bombeo. El público era impaciente y demandaba productos de consumo rápido; todo se medía por velocidad y cantidad de clics, si alguien ponía un vídeo y se tardaba más de treinta segundos en llegar a la parte X, el espectador cerraba la ventana y se iba a otro vídeo que le diese el calentón rápido que buscaba. 

      -En parte tienes razón, pero yo creo que hubo algunas cosas en ese porno que no estaban mal, y tenían su argumento. “El apartamento de Mike”, tenía un argumento muy pobre, de acuerdo, era sólo sexo a cambio del alquiler, pero era algo… - Víctor bebió otro sorbo de su cerveza, y asintió. - ¿Y qué me dices de Papá Noel Naughty? ¡Ese tipo me encantaba!

     A Víctor se le atragantó la cerveza a medio sorbo. Papá Noel Naughty, o Papá Noel Pillo, como le llamaban en la versión traducida, había sido un actor porno de cierto éxito en la época de internet, era bastante parecido a él y lo sabía: de aspecto mayor de lo que en realidad era, perilla redonda, cabello gris, algo esmirriado de piernas, pero robusto de torso y brazos y con algo de barriga.

      -¿Te gusta Papá Noel Pillo? – preguntó, sin poder dejar de sonreír. 

      -Le adoro. – reconoció la joven – Vi por primera vez un video suyo cuando era adolescente, de casualidad. Estaba en un terminal Googlevac sin protección infantil, busqué vídeos navideños y me salió aquello, ¡casi me da un infarto, pensé que vendrían a detenerme! Fue el primer vídeo porno que vi en mi vida… pensé que todos los géneros serían igual, y cuando vi que no, me llevé una buena desilusión. 

     -¿Desilusión por qué? – quiso saber Víctor. 

     -Porque… había mucho porno desagradable. Muchos insultos, muchos “chupa, zorra; traga, puta de mierda”, muchos vídeos donde las chicas parecían sufrir más que gozar, donde eran más violadas que folladas… Papá Noel Pillo trataba bien a las chicas. Había sexo por un tubo y se las follaba por todas partes, sí… pero también las besaba. No sé, las trataba con cariño, les hablaba, había risas, complicidad y picardía. Se notaba que sentía respeto por las actrices. Hace tiempo, pensaba que no había nada peor que un hombre que se creía el porno, pero sí lo hay: el hombre que se cree SÓLO un tipo de porno. Supongo que a ti te pasará encontrarte chicas que se piensen que todos los hombres tienen que ser millonarios, altos y superguapísimos, y a mí me pasa encontrarme con tíos que se piensan que abrir la cama es suficiente como juego previo, que pegarme tortazos en el clítoris me va a volver loca de pasión, que me encanta que me insulten o que me peguen, pero eso sí, no lubriques demasiado, que les da asco… 

     -Joder, ¿es eso lo que se lleva ahora? Ahora comprendo bien a la última chica con la que estuve. Se trataba de una lilius, ya sabes que para ellas, el sexo es su religión, fue hará cosa de cuatro o cinco años, y prácticamente me suplicó que lo hiciéramos. Cuando terminamos, me dijo que pediría por mí todos los días, y me dio las gracias, según ella, “por revolcarnos entre las flores sin arrancarlas”. – Víctor miró a Sonya a los ojos mientras ella sonreía y suspiraba. 

     -El sexo debe ser algo estupendo cuando se hace bien, y no a lo salvaje, como si pretendieran vapulearla a una. Entiéndeme, me gusta la pasión como a cualquiera, me gusta que me den un buen azote en el culo, que me pongan a cuatro patas y me embistan, ponerme encima y hacer sentadillas… todo eso me encanta. Pero, ¿tan difícil es combinar eso con un algún beso que otro, una caricia, y un par de palabras amables? – Su mirada se fijó en el vacío – Si encontrase a un hombre capaz de darme eso, me parece que todo lo demás, iba a importarme bien poco. 

     Víctor estuvo tentadísimo de alargar la mano y decir “me ofrezco voluntario”, “a lo mejor yo te sirvo”… pero se contuvo. Sonya parecía una gran chica, y era mucho más joven que él. Se merecía algo mejor que un cuarentón jubilado con piernas torcidas, pensó mientras cogía otros dos botellines, los destapaba y le ofrecía uno a ella, acariciándole la cara con dos dedos para sacarla del ensimismamiento. La joven le miró y devolvió la sonrisa y en un acto puramente reflejo, le besó los dedos al tiempo que cogía el botellín. 


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       -Bueno, ya oyéndote eso, me quedo más tranquila – Tasha habló con su hermana en una de las paradas, y Sonya se rio de lo que ella llamaba “el complejo de clueca” de su hermana mayor. Por favor, no tenía que preocuparse en absoluto, Víctor era un tío genial, y durante el viaje ya se habían hecho colegas. “Colegas” remarcó Sonya, a fin de que a su hermana le quedase claro qué tipo de relación habían entablado. Tasha se relajó. Su hermana pequeña era un poco chicazo, y con frecuencia se comportaba como otro tío más en presencia de tíos, por eso tenía tantos amigos y Raji se sentía tan cómodo con ella, y según parecía, Víctor también. Era la primera vez que Tasha le veía sonreír tanto rato y hablar tanto.

     De eso hacía ya varias horas, y ahora habían vuelto a detenerse, esta vez para pasar la noche. Raji había frenado junto a un motel de carretera más o menos decente (al menos eso parecía), y estaban en la recepción. 

     -Bueno, necesitaremos tres habitaciones, una doble y dos sencillas. – dijo Raji, pero Sonya le frenó. 

     -¿De verdad pensáis pagar tres habitaciones? La sencilla cuesta casi tres cuartos de lo que vale la doble… ¡pide dos dobles y ya está, ahorramos!

      -¡Sí, buena idea! – apostilló Víctor. 

      -¿Habitación doble?

      -Oh, por favor, somos adultos, Tasha – contestó su hermana – Podemos compartir una cama, ¿Quieres dejar de pensar que tengo trece años?

     “Colegas” había dicho Sonya. En fin, tenía razón, no se trataba de dos niños, no iba a pasar nada. Les dieron las llaves de las habitaciones y cada pareja se retiró a la suya, prometiéndose acostarse cuanto antes, para mañana salir temprano. Habían hecho muy buen promedio hoy, si mañana seguían igual, podrían llegar al tercer día aún temprano.

     La habitación del motel era pequeña, pero coquetona, con una gran cama doble en la que brillaba un grueso edredón térmico y que, Víctor se dio cuenta, Sonya se esforzó por no mirar. Las lamparitas indirectas que flotaban cerca de la pared daban una luz dorada a toda la estancia, decorada con un estilo algo recargado en lo referido a adornos, lacitos, cojines… un poco artificioso, pero con un resultado acogedor. Daba la sensación de estar dentro de una cajita de caramelos. 

     -Bueno… ¿Quién se cambia antes? – preguntó Víctor – Sólo hay un baño. 

     -Te propongo un trato: te dejo cambiarte el primero, si a cambio, mientras yo me desnu… me mudo, tú te metes en la cama y me la vas calentando, ¿hace?

      -Vale. – Sonrió, y cogió su bolsa, en la que llevaba su ropa y sus cosas. Sentía una especie de temblorcillo en la barriga, pero agradable. “Debo de estar loco” pensó mientras se soltaba el pantalón y lo dejaba caer por entre los huecos de la prótesis. “Sonya no quiere nada conmigo, y yo me estoy emocionado como un crío”. Se lavó los dientes, se puso el calzón de media pierna que usaba para dormir, y al hacerlo, pensó que se había pasado el día entero sentado sobre un sillón calentito y con un pantalón abrigado… no sería de buen gusto compartir la cama con alguien oliendo a perro recalentado, así que se sentó en el bidé, y se lavó con jabón. Cuando se secó y se puso el calzón limpio, se sintió muy cómodo, y pensó que, ya que estaba, podía darse también un lavado de sobacos y pies. Salió del baño con el calzón azul y la camiseta gris, pero oliendo a esencia de robaigas salvajes.

     -¡Hum, qué bien hueles! – comentó Sonya al pasar por su lado, antes de encerrarse en el baño. Oyó correr el agua apenas ella entró, era indudable que se estaba duchando, y se le escapó una sonrisa que su sentido común no consiguió reprimir. Abrió la cama y se sentó en ella, soltó el esqueleto y lo plegó, y enseguida se metió en la cama, tendiéndose en el lado más cercano a la puerta del baño, que era el que pensaba dejarle a ella, para calentarlo. Cuando Sonya salió del baño, llevando un pijama corto y envuelta en una nube de vapor perfumado, se hizo a un lado y ella casi saltó a la cama- ¡Qué frío hace aquí fuera! ¡Brrrrr! – La joven sonrió, arrebujándose en la cama cálida, y, por puro reflejo, Víctor le frotó los brazos bajo la colcha y la apretó contra sí.
  
      -¿Mejor? – preguntó, frotándola.
  
     -Mmmmmmh… sí. Eres un gran calentador de cama. – se rio. Sonya permaneció pegada a él, acurrucada, pero Víctor tuvo que parar de frotarla y tenderse boca arriba cuando notó que su cuerpo le iba a delatar.

      -¿Te apetece ver algo de tele antes de dormir? – preguntó, y ella asintió, muda, junto a él. – Programación televisiva – ordenó Victor, y la imagen salió del aire y formó un cuadro tridimensional frente a ellos, mostrando un aburrido magazín nocturno, de esos donde la gente cuenta sus penas privadas. – Buf… ¿busco a ver si dan alguna peli?
  
      -Sí, mejor – Víctor pulsó el aire para descubrir la barra de canales, y fue pasándolos. Noticias, tostonazos dramáticos, concursos insulsos, reallity-shows, teletienda… y al fin, una película. Víctor se detuvo al ver actores, pero al segundo siguiente, la actriz se arrodilló y empezó a sobar la entrepierna del actor, y estuvo a punto de pasar de nuevo, pero la joven se lo impidió - ¡No, déjalo!

     -¿Aquí? ¿En el porno?

     -Sí,  ¿por qué no? ¿No me irás a decir que te da corte, verdad?

     -…No, claro que no. – mintió Víctor y echó una mirada hacia la colcha. Bien, no se notaba. Intentó pensar en otra cosa, pero no era nada fácil conservar la calma teniendo a una chica encantadora, preciosa y que te gusta mucho, pegada a ti, tu brazo en su nuca, y encima una peli porno delante. En la pantalla, la actriz se metía el pene de su compañero hasta la garganta, y enseguida se soltó el vestido, dejando ver un pecho operado perfectamente redondo. Había un corte de cámara y enseguida estaban los dos desnudos, él sentado mientras ella le mamaba. Estaba completamente depilado, era musculoso y estaba recién peinado. – Siempre digo que el porno actual es demasiado perfecto.

     -Sí, ¿quién se deja los tacones para follar y no se le corre el pintalabios? ¡Es absurdo! – la chica se volvió de lado, con la espalda hacia él, pero aun mirando la pantalla.

     -¿Quieres ponerte más cómoda? Espera, moveré la imagen. – Victor extendió la mano y arrastró la imagen al lateral, para que ella pudiera verla estando de lado, y enseguida se volvió él también. Su brazo libre pensó solo y la tomó de la cintura. Estaban abrazados en cuchara, y Víctor sabía que si no había notado ya que estaba presentando armas, lo tendría que notar en breve, pero Sonya no hizo ningún comentario al respecto. De aquello en particular, pero sí de otra cosa.

     -Hmmmmmmmmm… qué calor tan grande das, eres tan cómodo… - Víctor tenía la sensación de que su corazón iba a salírsele del pecho de un momento a otro. Le parecía que su mano, en el vientre de la joven, se quemaba, necesitaba moverla. Los dedos le picaban, tenía un antojo tremendo de acariciar y apretar su carne. Le costaba trabajo respirar acompasadamente. – Ya que estás así, ¿no te importaría darme un masaje en la cadera, aquí? – le llevó la mano. – Creo que es de estar todo el día sentada, pero me duele un poco.

     Víctor tuvo que contentarse con decir “ajá” a modo de asentimiento. Una parte de sí mismo quería salir de la cama y de la habitación; fuera hacía sólo un par de grados, si con eso no se le bajaba el calentón, con nada. Otra parte de sí mismo quería preguntar si de verdad, DE VERDAD quería ella que la tocase. Otra parte no quería preguntar, le daba miedo estar haciéndose ilusiones. Decidió que lo más juicioso, era intentar disimular. Lo más juicioso, y lo más agradable. Empezó a frotar la cadera de la joven y a dar apretones, y Sonya sonrió un gemido. La tela del pijamita corto era fina y suave, y apenas cubría unos centímetros de muslo; enseguida sus dedos notaron el tacto de la piel, y Víctor tuvo que abrir la boca para soltar aire. Sus dedos subían la tela de la prenda cuando acariciaba el final de la misma, e intentaban bajarla un poquito o meterse bajo ella cuando llegaban al inicio. Tenía que saberlo, tenía que comprobarlo o estallaría.

     -Con el pantalón de por medio, no me apaño bien – logró decir del tirón – ¿Quieres, no pienses mal, que meta la mano, sólo para hacerlo mejor?

     -…Sí, por favor. Por favor. – musitó Sonya, y ella misma se bajó un poquito la prenda. Víctor notó la piel desnuda de su nalga haciendo contacto contra él, y también que ella estaba coloradísima. Su mano se coló bajo el pantaloncito y empezó a acariciar la cadera, pero casi enseguida sus dedos se estiraron hacia el culo, gordito y suave, y lo apretaron. Sonya se le agarró al brazo en el que apoyaba la cabeza y tiritó. La mano de Víctor, dejando un reguero de cosquillas abrasadoras, se deslizó hacia el pubis. Y cuando tocó el inicio del vello, un suspiro infinito se escapó del pecho de ambos.

    Muy despacio, los dedos de Víctor empezaron a acariciar aquél vello fino y suave, de tacto extraño y cosquilleante. La joven no llevaba ningún tipo de ropa interior, y la mano de su compañero bajaba más a cada caricia. Al notar la elevación que hacía su Monte de Venus, Víctor ya no aguantó más, y la atenazó contra sí también con el otro brazo, y empezó a besarle la sien y la cara entre gemidos. Sonya volvió el rostro y la miró a los ojos, pícaros y algo tímidos, pero plenos de deseo.

      -No quites la tele… - susurró – Mi hermana duerme ahí al lado. – Víctor la besó, y al mismo tiempo que metía la lengua en su boca, su dedo corazón se metió en su sexo y ambos acariciaron algo muy húmedo y sensible; Sonya se estremeció tiernamente entre sus brazos, y le abrazó con una pierna, para dejarle sitio para acariciar. Víctor no podía dejar de pensar que si la hiperprotectora Tasha se enteraba de aquello, y se acabaría enterando, le iba a sacudir con el rodillo de amasar hasta que éste pidiera socorro, pero no pensaba parar. Sus dedos, empapados de humedad, cosquillearon el travieso clítoris entre ellos, mientras su compañera le agarraba la camiseta e intentaba torpemente subírsela o acariciarle de algún modo. Entre caricias de su lengua, logró hablar.

     -Luego, eso luego… ahora deja que te haga mimitos a ti. Deja que te dé calorcito también aquí. – Sonya le miró con arrobo y se subió su camiseta. La mano de Víctor se guio por el calor que desprendían sus pechos y los apretó mientras sus dedos acariciaban el punto más sensible del cuerpo de la joven. Se lo acariciaba con el dedo corazón en círculos, y luego lo rascaba muy suavemente de arriba abajo, y más tarde lo pescaba entre dos dedos y lo cosquilleaba… Sonya se movía en espasmos contra el pecho de Víctor, superada por el placer eléctrico. Olas de gusto la torturaban, y estaba empezando a sudar mientras se le escapaban a la vez los gemidos y las sonrisas.

     “Por Lemmy, qué guapa es, ¡es preciosa!” logró pensar Víctor sin dejar de mover los dedos que le resbalaban en la humedad. Cada caricia que le daba, la hacía gemir dulcemente y mirarle con arrobo. Empezó a hacerle cosquillas más rápidas y la joven boqueó en una expresión graciosísima que le hizo sonreír, y acto seguido pasó a hacer caricias circulares más lentas, pero más intensas, y Sonya puso los ojos en blanco en una sonrisa abandonada que le robó el alma y le obligó a besarla sin poderse contener. Los gemidos de la joven se hacían más hondos y cuando Víctor cosquilleó de nuevo, tembló de tal modo que supo que iba a acabar, pero no paró.

      -No… ¡no puedo más! – su voz parecía casi llorosa – Por favor, ¡te quiero dentro! – Si lo pedía así, había que dárselo, y Víctor intentó sólo abrirse el calzón para liberar su miembro, pero apenas retiró la mano del coño de la joven, ella misma le bajó la prenda y le abrazó con las piernas; antes de que Víctor pudiera frenarla, Sonya le estaba montando y le metió dentro de ella. - ¡Aaah….! – La joven se mordió los labios para no gritar, pero el placer era inmenso, estaba muy excitada, necesitaba sentirse llena y la polla de Víctor lo conseguía, ¡qué deliciosa sensación de plenitud! Víctor quiso dirigir su pulgar de nuevo al clítoris de la joven, pero ella empezó a brincar sin darle tiempo, sentía un picor rabioso en las entrañas, y sólo aquél miembro ardiente se lo saciaba. Un placer maravilloso nació en su pared vaginal, y Sonya se movió arriba y abajo para estimularlo, y apenas a la tercera embestida, Víctor la vio ponerse roja hasta el pecho. Una ola dulcísima de bienestar pareció romper en el interior de la joven y colmarla. El placer se liberó y la hizo gemir, un gemido profundo, mientras su cuerpo se estremecía de gusto, asombrado por la intensidad de lo que sentía, y las olas la acariciaban en ráfagas de calidez hasta dejarla en la gloria. Víctor, debajo de ella, la miraba con la boca abierta y el cuerpo tenso, intentando por todos los medios no cerrar los ojos ni sucumbir al impulso de moverse. Si lo hacía, acabaría, y no quería hacerlo en medio del orgasmo de ella, lo que quería era verlo.

     Sonya se dejó caer sobre él y Víctor la abrazó, gozando aún de las contracciones rítmicas de su vagina en torno a su miembro. La joven le besó la cara y le miró con apuro.

     -Lo siento... Estaba tan a punto, y me sentía tan bien, que… - Víctor le sonrió y la tomó de la cara, negando con la cabeza.

     -No, no, nada de “lo siento” – le besó la nariz – Tú no tienes que sentir nada, ¡me encanta que te corras! Quiero que lo hagas siempre que quieras, quiero darte placer y que te corras de gusto siempre que te dé la gana, quiero que te corras en mí… - la acarició de los muslos y casi enseguida empezó a subir hacia las nalgas y a moverla sobre su cuerpo erecto – Que te corras en mi polla… en mis dedos, en mi boca, ¡donde tú quieras!
 
     Sonya gimió algo que parecía un sollozo, se sentía increíblemente feliz, y Víctor rodó sobre ella en la cama; necesitaba empujar, quería dirigir él, follársela, tomarla… hacerla suya. Puede que sus piernas casi inútiles no le sirvieran de mucho, pero se apoyó sobre los puños y empezó a mover la pelvis como un pistón. Sonya gimió. El cuerpo de la joven quemaba por dentro, era húmedo, era suave, le abrazaba la polla como si pretendiera no dejarle salir jamás, y una parte de él mismo quería que eso fuera posible, que pudieran estar siempre así, gozando de esa manera, viendo cómo ella se corría una y otra vez. Pensando en aquello, se dejó caer sobre los codos y le preguntó al oído, en medio de una sonrisa de picardía casi infantil:

     -¿Quieres ver cómo lo suelto?

     -¡Si! – contestó ella de inmediato - ¡Por favor, sí! – Víctor sintió que Sonya le acariciaba los brazos y la espalda, dejando surcos de placer en su piel, pero nada era comparable a entrar y salir de ella, a notar su polla dulcemente aplastada por su estrecha calidez y regodearse en el dulce cosquilleo que le empezaba en el glande y se expandía por todo su cuerpo, haciéndose más fuerte y agradable a cada empujón, hasta que notó que ya no podía parar, que el picorcito se cebaba en su polla y no podía detenerlo, y en ese preciso momento, la sacó, y en medio de gemidos roncos se acarició a toda velocidad, y el orgasmo le sobrevino entre corrientes de gusto, jadeos esforzados y un espeso chorretón de esperma que cayó en el vientre de Sonya y que ella recibió con un gemido de sorpresa y una carcajada. - ¡Quema…! – Ella nunca lo había visto en vivo, los fluidos se habían ido volviendo algo cada vez menos aceptado, hasta convertir el porno en algo perfecto y aséptico, y sus parejas se habían comportado de acuerdo a ese precepto. Ahora veía el semen por primera vez, veía a un hombre dándoselo, corriéndose para ella y encima de ella. Víctor había temblado como un flan, había sonreído y puesto una carita encantadora al gozar… y había sido ella quien le había hecho sentirse así de a gusto. Le miró. Aún temblaba, con la mano todavía sujetándose la polla que le palpitaba, y la respiración agitada.

     -Eres precioso. – dijo con voz desmayada – Eres guapísimo, eres… - Pero Víctor no supo qué más era, porque Sonya le atrajo hacia sí y le besó de nuevo. Víctor devolvió el beso abrazándola con fuerza, y poniéndola sobre él. Su polla encontró el camino ella solita, sin que ni uno ni otra se dieran mucha cuenta, y mientras Víctor le recorría la espalda en caricias hasta llegar a las nalgas y un par de dedos traviesos empezaban a acariciar el agujerito trasero…

                                                           *********************

     -¿Qué tal? ¿No dormiste bien? – preguntó Raji al día siguiente; mientras Tasha y Sonya terminaban de desayunar en el bar, ellos dos habían salido a fumar un poco. El aire estaba frío y amenazaba nieve, pero Víctor estaba amodorrado aún bajo la gélida mañana.

     -Incluso demasiado bien. Raji… ¿Le has contado ya a Tasha lo de… bueno, lo tuyo? – el perista palideció bajo sus rizos oscuros y negó con la cabeza. – Sabes que vas a tener que hacerlo tarde o temprano. Y sabes también que ella te quiere, seguro que no le concede demasiada importancia. Siempre pienso que deberías decírselo personalmente, antes de que alguien bienintencionado pudiera, bueno…

     -¿No pensarás decírselo tú, cabronazo? – atacó Raji muerto de miedo.

     -¿Yo? ¡No, claro que no! Raji, yo soy tu amigo, jamás haría algo semejante. Los amigos están para guardar secretos, ¿verdad?

      -¡Verdad!

      -Genial, porque yo también necesito que me tapes en uno. – Raji le miró y estuvo a punto de preguntar cuál, pero la mirada del antiguo soldado era tan elocuente como urgente.

      -Ay, no… ¿Sonya?

      -Sí.

      -¿Tú y Sonya?

     -Sí.

     -¿Anoche?

     -Sí.

     -¿…Hasta el final?

     -Las cuatro veces, sí.

     -¡Oh, mamá! – se lamentó el vendedor - ¡Valiente amigo estás hecho! ¡Si Tasha no me da la patada por mi secreto, me capará por el tuyo!

     Víctor intentó quitar hierro al asunto, decir que si él no decía nada, él también se callaría, que Tasha se enteraría pero más tarde, cuando no tuviese que saber que su hermanita pequeña había follado salvajemente con él apenas doce horas después de conocerse… Pero el temor de Raji era más fuerte y tenía razones para quejarse. Tenía ganas de darle una buena patada a su amigo, pero cuando su mujer y Sonya salieron al fin del bar y vio cómo su cuñada miraba a Víctor, no pudo guardarle rencor… cuando Tasha le miraba así a él, sabía que no tenía escapatoria. La pregunta era si eso, ella lo iba a comprender.

(continuará)

domingo, 15 de noviembre de 2015

Sueños enlatados





     -Sólo es un juego – sonrió Júpiter. Tupami decía que no le gustaban los regalos, que le daban un poco de miedo. “Cuando alguien te regala algo fuera de una fecha señalada, casi siempre es porque quiere algo a cambio, o porque ha hecho algo que quiere que le perdones”, había dicho cuando Jupi le ofreció el aparato, pero éste le explicó que no se trataba de un regalo, puesto que no había gastado nada en él, sólo lo había reparado.



     Desde que vivían juntos tras su matrimonio –en principio- de conveniencia, el forzudo había empezado a trabajar en el pequeño taller que el Hotel que ella regentaba tenía anexo. Al igual que su matrimonio, Jupi había empezado con el taller casi a lo tonto y por sentirse útil, pero con el paso de las semanas, se había corrido la voz, le caían encargos y se había vuelto una ocupación formal, cosa que le encantaba. Júpiter no sólo reparaba cosas a tanto, sino que también compraba cosas rotas que sus dueños no querían ya, para aprovechar las piezas; no pagaba mucho por ellas, pero dado que se trataba de artilugios rotos que no valían nada, nadie ponía pegas. Un par de días atrás, le habían traído un equipo roto de DreamScience Erotica. Jupi, que nunca había probado los programas de sueño erótico con una pareja, se empecinó en repararlo, y había pasado los dos últimos días examinándolo con todo cuidado, dando con la avería y reparándola, limpiándolo después y finalmente probándolo. Funcionaba. Y decidió ofrecérselo a Tupami para soñar juntos, pero la mujer parecía tener algún reparo.


     -¿No te gusta el sexo conmigo? – preguntó ella, dudosa. Sexualmente, a veces su autoestima no era tan fuerte como en otros aspectos - ¿Por eso quieres soñar otras cosas?

     -Pami, parece mentira que me preguntes eso.  Como si no me hubieras visto gozar contigo; si te pidiese sexo anal, ¿crees que sería porque no me gusta el convencional…? 

     -No, pero si me pidieses un trío, sí pensaría que ya no te atraigo. 

     -¡Pero esto, no es un trío! – Sonrió él – Sólo es un juego. Nos dan a elegir entre varias fantasías (ni siquiera muchas, no te pienses… es un cacharro baratito), escogemos una y hacemos el amor, pero fingiendo que somos otras personas. Es lo mismo que sucede en las habitaciones temáticas de tu hotel, sólo que parece más real. – Pami miró el aparato y permaneció pensativa - ¿No te apetece probar?

    Pami le miró y sonrió. Ella tampoco había probado el sueño erótico con otra persona. 


                                                               *********************

      -Estoy un poquito nerviosa – sonrió la mujer, sentada en la cama frente a Júpiter, ambos desnudos y con el cartucho entre ellos. Cada uno llevaba su auricular, y el aparato estaba escaneándolos desde hacía un par de minutos, para registrar sus cuerpos, tamaño y peso, y hasta sus gustos personales. Finalmente, sonó un campanilleo y la habitación desapareció, reemplazada por la familiar “sala azul de inicio” de los programas DreamScience.

     -Bienvenidos a DreamScience Erotica– dijo una voz femenina muy sensual y pausada – DreamScience Erotica es un programa de satisfacción sexual explícita, sólo apto para mayores de dieciocho años. Si has entrado con la clave de un adulto, por favor, abandona el programa en este momento, o serás multado. Comprobando edad en tres… dos… uno. Edades correctas. Pueden continuar.

    Jupi y Tupami sentían la temperatura agradable de la sala de inicio, y apenas su edad fue comprobada, imágenes de otros sueños empezaron a flotar a cierta distancia de ellos, imágenes en las que se veían desnudos, acoplamientos, y todo tipo de sexo. Pami no pudo evitar mirar a su esposo algo azorada y a ambos se les escapó una risita de cierta vergüenza. El programa habló de nuevo:

     -¿Qué tipo de sueño desean? – una pantalla flotó ante ellos - ¿Individual, o en pareja? 

     -En pareja, por favor – contestó Jupi.

     -Sí, en pareja – corroboró Pami. El programa chequeó las dos aceptaciones, y continuó.

    -Sueños en pareja disponibles: Encuentro en la playa, sueño básico. La caza del hombre, sueño combativo. La aventura del placer, sueño colaborativo. El laberinto, sueño mixto. El comodín, sueño aleatorio personalizable. 

     -¿Cuál te apetece? – preguntó Jupi. 

     -¡Je! Buena manera de decir “Elige tú, que yo no tengo ni idea” - La mujer estaba tan a oscuras como él; habiendo usado siempre los sueños a solas, la única modalidad disponible era el sueño básico, todo eso de “combativo, colaborativo, mixto…”, no le decía nada. Sonrió – Yo elegiría el comodín. A ver qué pasa. 

     Jupi sonrió y asintió. Los dos dijeron “comodín, por favor”, y la sala azul se disolvió en un torbellino de colores. 

     Júpiter se encontró solo en una playa. Vestía sencillas ropas de cuero flexible, y llevaba un largo bastón de lucha. Frente a sí, tenía un monigote relleno de paja y colgado de un madero. Tres hombres de largas barbas blancas, túnicas que barrían la arena y aspecto venerable se acercaban a él. 

     -Continúa tu entrenamiento, Júpiter, guerrero águila. – dijo uno de ellos. Jupi se sintió un poco desorientado; él había sido boxeador y portero de discoteca, sabía pelear, pero desde luego no con bastón… lanzó un golpe experimental hacia el monigote, y su cuerpo empezó a moverse solo; sus brazos llevaron el bastón como si no hubiera hecho nunca otra cosa, y atacó al hombre de paja con él, saltando con él a modo de pértiga y golpeándolo con las piernas en pleno salto, haciendo un molinillo perfecto y finalmente barriéndolo y quedando quieto sobre el suelo de arena. – Excelente. Sabemos que eres nuestro mejor guerrero. 

     -Júpiter, tú perteneces al Templo desde la edad de ocho años – dijo el segundo anciano – Éste ha sido tu hogar desde siempre. A él has entregado tus esfuerzos, tus potencias, tu virtud y toda tu vida. Jamás has dejado de entrenar, y te has mantenido fuerte como la roca de la montaña. Jamás has tenido sentimientos, y te has mantenido frío como el glacial. Jamás has tomado mujer, y te has mantenido puro como el agua del manantial. - “¿Que soy virgen?” pensó Jupi. – Has servido siempre bien al Templo, y estamos orgullosos de ti. 

    -Por eso, tenemos una nueva misión para ti – habló el tercer anciano. – Se trata de una peligrosa rival. Aquélla malvada mujer a la que ya te has enfrentado otras veces, y a la que llaman Tupami. – Jupi sonrió sin poder contenerse. – Grande es tu valor, que eres capaz de sonreír con aplomo ante la mención de un nombre que a otros hace temblar. Tupami nos ha desafiado. 

     -¿Cómo lo ha hecho? – preguntó el forzudo, dispuesto a meterse en su papel. 

     -Anoche, cuando saliste a meditar en la Punta de la Grulla, esa mujer maldita y corrupta aprovechó tu ausencia para entrar en el pabellón de los novicios y robar una reliquia. La cinta de tela de junco que no puede romperse; la cinta de cabello que usó el Maestro Tokei siendo niño como los novicios. – Jupi hizo ver que estaba indignado.

    -¿Cómo ha podido…? ¡¿Es que para esa mujer no hay nada sagrado, ni siquiera los niños?! 

    -Ella sabía que tú te enfurecerías, y eso es lo que pretende, Júpiter. Quiere luchar contra ti personalmente. Si vences, nos devolverá la reliquia. 

     -No tengo miedo de ella. – contestó.

     -Deberías. – intervino de nuevo el tercer anciano, era el más alto y de barba más larga de los tres, y también su voz era impresionante. – Hasta ahora, te has enfrentado a ella en muchas ocasiones, pero cuando has luchado, ha sido siempre contra sus esbirros, jamás contra ella en persona. Es impura, tramposa, y artera; se entrega a vicios y placeres, consigue que los hombres hagan su capricho a cambio de todo tipo de recompensas carnales… pero todo eso, no la ha debilitado, es una luchadora poderosa. Ella te ha visto luchar, en ocasiones hasta te ha hablado. Sabe cosas de ti. En cambio, tú apenas sabes nada de ella.

    -Sé lo suficiente – galleó Jupi. – Sé que es una criatura malvada y que debo vencerla y traerla al camino recto, y eso es lo que haré. 

    -¿No quieres saber qué sucederá si pierdes?

    -No me interesa: no perderé. 

    -Cuidado, Júpiter. – insistió el tercer anciano. – Eres demasiado consciente de tu propia valía, eres orgulloso y eso a veces te hace perder tu frialdad. Inclínate. – Jupi obedeció. Vio como el anciano sacaba de las mangas de su túnica un cuenco de barro y una tetera humeante “¿Cómo puede llevar eso sin quemarse…?”, depositó el pequeño cuenco sobre la calva coronilla, rodeada de cabellos rubios del luchador y la llenó hasta arriba de té. – Levántate. 

    Jupi se alzó con cuidado. Los ancianos empezaron a caminar y él los siguió, sin que una gota de té se derramase del cuenco. 

     -Debes tener presente en todo momento el cuenco del té. Esta noche te enfrentarás a esa mujer, y pensarás en todo momento que llevas el cuenco como lo llevas ahora. Tus ataques deben ser fríos y calculados, no debes dejar que esa criatura te arrastre a lo personal o se aproveche de tus emociones. Si te deslizas por la pendiente de la ira, estarás perdido, hijo mío. 

     -Entiendo, Maestro. Podéis estar tranquilos, recobraré la reliquia y esa mujer se arrepentirá de haber dedicado su vida al mal y la destrucción. ¿Dónde será el desafío?

     -Quiere que vayas esta noche al templo de la Gata. Ella te estará esperando allí. Ha asegurado que sola y que será combate sólo entre tú y ella… pero de todos modos, sé prudente; no me extrañaría que hubiera apostado un verdadero ejército de esbirros por los alrededores a fin de que llegues allí agotado. 

     -Usaré la ruta del globo; no puede esconder a sus matones entre las nubes. – Un segundo de silencio le anunció que el programa se recalculaba para su invención. 

     -Por cosas así, eres nuestro mejor guerrero desde hace años. – dijo el primer anciano, y los otros dos asintieron.

     -Maestros, antes de que amanezca, ¡la reliquia será nuestra de nuevo! – Jupi dio una patada al aire, y los tres maestros se sobresaltaron al ver el cuenco caer de la cabeza de su paladín, pero Jupi tomó la taza al vuelo, dio un rapidísimo giro sobre sí mismo y recogió todo el té antes de que pudiera llegar al suelo. Luego hizo una reverencia y se la llevó a los labios. El líquido verdoso, cálido y ligeramente amargo, se deslizó suavemente por su garganta. 

    -Que nuestros dioses te protejan, hijo mío. – dijeron los ancianos y le devolvieron la reverencia. 


                                                            ***************************

      La luna llena brillaba sobre el templo de la Gata. Era una bonita construcción circular, con un techo de curiosa forma arqueada, que recordaba en cierta manera al lomo de un gato cuando se restriega buscando mimos. La bóveda estaba sostenida por un círculo de columnas que parecían salomónicas vistas de lejos; de cerca, al pie de cada una había una estatua de gato, y su rabo enroscado era lo que formaba las altas columnas. Dentro, la estatua de la deidad mostraba a una gata en posición de lordosis, a cuyos pies ardía lentamente el incienso perfumado, y en el mosaico del suelo, una figura adoptaba la misma posición, pero no se trataba exactamente de una gata, sino de una hermosa mujer desnuda, adornada con orejas y rabo felinos. 

      Jupi había disfrutado de un agradable paseo en el globo, y tal como había previsto, sin incidentes de ningún tipo. Vio el templo de lejos y he hizo descender el globo hasta el suelo, lo amarró y bajó. Conocía el templo, aunque sólo de oídas. Para un guerrero puro como él, un templo dedicado a una diosa protectora de los placeres amatorios y la duración de los mismos en plena satisfacción hasta el final de la vida, era terreno vetado. Se decía que la Gata era tan poderosa que podía inducir sueños eróticos sólo con pensar en ella, y pisar su templo era pecar. Jupi sabía que después le esperaba una severa penitencia, pero valdría la pena a cambio de recuperar la reliquia y derrotar para siempre a Tupami. Penetró en el templo. Este parecía vacío, sólo el incienso delataba que alguien había estado allí hacía poco rato, puesto que las varillas estaban apenas por la mitad, pero la construcción estaba tranquila y silenciosa. No se oía más que la brisa, y el guerrero cerró los ojos y dejó escuchar a todo su cuerpo. Nada. 

     -Querías luchar contra mí. – dijo en voz alta. - ¡Muéstrate!

    Una risa suave y musical surgió de detrás de la estatua de la Gata, y Jupi se volvió, asombrado de que estuviera tan cerca, a menos de cinco metros, y que él no la hubiese oído. Tupami apareció por detrás de la estatua, deslizándose, casi frotándose contra ella. En un principio, Jupi sólo vio sus ojos, dos linternas verdes en la oscuridad, hasta que ella salió a la zona iluminada. Llevaba ropas negras tan ceñidas que al guerrero le dieron ganas de apartar la vista. Sus pechos eran perfectamente distinguibles, y tenía erectos los pezones. La curva de sus caderas era sinuosa como la de la propia diosa, pudo distinguir perfectamente la marca de su sexo, los labios vaginales… Se forzó a mirarla a los ojos, y al subir la mirada, vio que la cinta que coronaba su cabeza, le era familiar. 

     -¿Te has atrevido a ponerte la reliquia? ¡La deshonras! 

     -Has tardado mucho en darte cuenta de que la llevaba, guerrero águila… ¿A dónde has estado mirando hasta ahora?

     “Recuerda el cuenco del té” – se dijo Jupi – “Quiere ponerte nervioso, no se lo permitas”.

     -Tupami, antes de luchar, te ofrezco una última oportunidad. Sabemos que eres una gran guerrera; abandona tu vida de vicios y únete a nosotros en el Templo. Todo te será perdonado si tu arrepentimiento es sincero, ¡ten una familia con nosotros!

     La luchadora echó hacia atrás la cabeza para sonreír, y su cabello verdeazulado, sujeto en una trenza, se balanceó. Sus pechos temblaron con su risa cantarina. 

     -¿Y perder todos mis placeres a cambio del ascetismo? ¿Una vida en la que comer un dulce, es pecar, y el amor carnal un crimen horrendo? No, gracias… pero yo también tengo una oferta para ti. – Jupi escuchó – Eres un gran luchador, guerrero águila. No deseo destruirte. Únete a mí. Te devolveré vuestra reliquia, a cambio sólo de que permanezcas a mi lado; hay muchas cosas que yo puedo enseñarte, tácticas de lucha que tú ni imaginas, movimientos que ni siquiera puedes soñar… y el Placer. – saboreó la palabra – Un mundo de placeres infinitos que no te debilitarán, que sólo te harán amar la vida, ¿nunca has sentido curiosidad? ¿Nunca has querido saber qué se siente cuando una mujer se mira en tus ojos… cuando tienes su lengua en tu boca… cuando te abraza con los muslos y deja que te metas en su…?

    -¡Basta! – voceó Júpiter. - ¡Nunca me uniré a ti, demonio! Ha sido un error apelar a tu sensatez, los placeres te han comido el seso, ¡defiéndete!

    -Como quieras, águila. – Sonrió. Jupi se lanzó hacia ella blandiendo su bastón, pero Pami se deslizó a un lado y esquivó. Jupi completó el movimiento barriéndola, pero ella saltó y esquivó de nuevo, y se alejó dando volteretas. A cierta distancia del guerrero, comenzó a bailar. Se contoneaba, subía y bajaba, giraba sobre sí misma y se acariciaba la piel. Jupi no entendía qué ataque era ese. Corrió hacia ella, usó el bastón como pértiga y saltó, e intentó golpearla de nuevo. Pami se agachó, hizo el pino y sus pies desnudos aferraron el bastón del guerrero con la rapidez de una serpiente, tiraron de él y se lo arrebataron en pleno salto. Sólo gracias a su intenso entrenamiento logró Jupi girar en el aire y caer en cuclillas. De nuevo alejada de él, Pami le miraba con socarronería. Sostenía su bastón vertical frente a ella, y entonces lo abrazó con las piernas y empezó a frotarse con él. – Mmmh… es madera encerada, qué suave… está caliente donde tú lo has tocado… 

     -¡Maldita diablesa, deja de ensuciar mi bastón! – Jupi notó que sus mejillas se encendían de indignación y vergüenza, y atacó. O mejor dicho, lo intentó. Esta vez, Pami no hubo de molestarse en esquivarle, antes de que lograse alcanzarla, le golpeó en las manos extendidas con su propio bastón. El guerrero se aguantó los quejidos e intentó atacar de nuevo, pero la mujer se movía más rápido que la vista; hizo molinillo con el bastón, y el luchador no supo de dónde le venían los golpes, sólo que en un intervalo menor de un segundo, su bastón le daba un latigazo, ora en la pierna, ora en el brazo, ora en las costillas… fueron unos segundos, pero Jupi contó doce dolores para cuando ella volvió a alejarse en volteretas, y trepó a una de las columnas enroscadas, manteniendo su bastón entre las piernas. 

     -Mmmh... Cuando te lo devuelva, estará todo pegajoso… - se rio ella. Júpiter se sentía fuera de sí, y se lanzó a la columna. Pami no se movía, salvo para frotar el bastón contra su intimidad, y Jupi aceleró, extendió el brazo para agarrarla, y en ese momento ella sacó el bastón, siguió agarrada a la columna con una pierna y un brazo, pero separó la otra pierna del todo. Y entonces Júpiter se dio cuenta que no llevaba ropas ceñidas. Es que no llevaba ropa en absoluto, simplemente se había pintado la piel. Su vulva estaba ligeramente abierta de excitación, húmeda, y el aroma cálido de la misma llegó a su nariz. Él nunca había visto aquello y su virilidad le traicionó al paralizarle ante la visión. Un segundo fue todo lo que necesitó Pami. 

     ¡CLONC! Le golpeó con el bastón en todo lo alto de la cabeza. Todo se volvió negro y le pareció que caía, pero que alguien le sujetaba con fuerza del cinturón antes de despeñarse. Luego, sólo oscuridad. 

     
      Más oscuridad. Jupi sabía que estaba despierto, pero no podía abrir los ojos, ni tampoco moverse. Tenía los brazos extendidos en cruz, pero sus muñecas estaban atadas. Tiró con fuerza, pero sus ligaduras no cedieron. 

      -No te gastes, cariñito. No querrás correr el riesgo de romper tu reliquia, ¿verdad? 

      -¿Qué? 

      -Voy a dejarte echar una mirada. – La visión de Jupi se aclaró. Seguían en el templo de la Gata, estaba tumbado boca arriba y le había atado las manos a la estatua de la diosa. Sabía que pesaba varias toneladas, no podía moverla. Pero le había atado las muñecas con la cinta, y lo había hecho a conciencia, no podía ni juntar los brazos. El luchador sabía que la tela de juncos con que estaba hecha la cinta era muy duradera, no se rompía por mucho que se tirase de ella, pero Pami tenía razón: no quería correr el riesgo. – Llevas un antifaz de órdenes; de momento puedes mirar, pero cuando me apetezca, volveré a dejarte a oscuras.

     -¿Qué pretendes hacer? – El luchador la miró, y ahogó una exclamación. La mujer se había quitado la pintura, y estaba exuberante en su desnudez. Sólo entonces se le ocurrió echarse una mirada. También él estaba desnudo. – No… No, por favor, eso no. Mátame si quieres, pero no me humilles. 

     -Humillación… ¡qué palabra tan fea! – sonrió la mujer, arrodillándose junto a su cintura. - ¿Quién habla de humillar? Tan solo voy a tomar mi premio. ¿No te dijeron tus maestros cuál era la condición si perdías?

     -No… yo no lo pregunté. – Jupi alternaba las miradas entre ella y su miembro. Él era un poderoso guerrero, se había enfrentado a bestias feroces, a asesinos implacables, a bárbaros, a monstruos… jamás había conocido el miedo hasta el momento presente. – No concebía que pudiese perder.

     -Pues debiste haberlo concebido. Si perdías, el trato era que me concedían tu cuerpo. – Los dedos de la mujer acariciaron su costado, y le hicieron cosquillas. Júpiter trató de revolverse y se sintió como un imbécil, ¿por qué no había querido preguntar? ¿Por qué no habían insistido en contárselo? ¡Hubiera preferido tomar un veneno de acción lenta y morir, fuese cual fuese el resultado, antes que permitir que una mujer le robase su virtud! 

     -Yo no lo sabía… por favor, ten piedad, ¡tú sabes que según las leyes del Templo, es pecado grave! ¡No me hagas impuro, te lo ruego! ¡Me he pasado toda la vida guardándome de los deseos y de la lujuria! ¡Mi pureza es la que me hace ser tan buen luchador!

    -Contra mí, no te ha servido de nada. Te he vencido precisamente porque nunca habías visto a una mujer; un hombre experimentado, no se hubiese quedado helado mirando un coño… - susurró, recostándose sobre sus muslos, y la mujer notó que estos le daban un temblor. – No pierdas detalle. 

    Jupi no quería mirar, quería resistir, seguir negándose, hacerla hablar hasta que encontrase un medio… pero tenía demasiado miedo, y quizá demasiada curiosidad. El brazo con el que Tupami se apoyaba era tan caliente y suave… Notó el aliento de la mujer acercándose a su pene, y cuando unos labios húmedos depositaron un beso en su hombría, se deshizo en negaciones. 

     -¡No! ¡Por favor, no… no sigas! – Negaciones inútiles. Tupami le sonrió y le tomó el pene con delicadeza, lo abrazó con la mano y empezó a llenarlo de besos cálidos. Cada beso hinchaba su virilidad un poco más, hacía crecer el deseo y un cosquilleo muy agradable se extendía por el cuerpo del luchador. Se mordió el labio inferior y negó con la cabeza, mientras notaba el calor delicioso hacerse más intenso, ¡qué sensación tan maravillosa! 

     -Mira qué grande está… ¿alguna vez lo habías visto así de grande? – Jupi temblaba y se miró. No pudo evitar que le recordase un poco a su bastón, y eso le llevó a pensar en lo que ella había hecho con su verdadero bastón, y si lo haría también con… ¡no, no, tenía que aguantar, él no podía abandonar su pureza! Cuando Tupami lo agarró con ambas manos y empezó a frotarlo, el guerrero no pudo evitar soltar un gemido. 

     -¡Haah...! Bastaah… por… Por favor, ya te has divertido. Ya me has ensuciado bastante… Sé clemente… 

      -¿Cómo, y dejarte a medias? No, querido, no tengo corazón para dejarte con la miel en los labios. Y hablando de labios… - Júpiter abrió desmesuradamente los ojos y supo que estaba perdido. Tupami le estaba chupando. Se había metido su miembro en la boca y lo lamía, succionaba de él, le acariciaba con la lengua, y a la vez sus manos le acariciaban la piel… Una se coló entre sus piernas y empezó a acariciarle los testículos. Las caderas del guerrero águila empezaron a moverse, y sus puños se abrían y cerraban solos. La boca de la mujer se separó de su miembro, y Jupi emitió un quejido. No muy fuerte, pero lo justo para que ella se diese cuenta de que era un ruego, una súplica sin palabras para volver a ser abrazado entre sus labios. – Te empieza a gustar, ¿verdad, guerrero?

      -Noo… Es sucio. Es pecado. Pecado de impudicia, de impureza. 

     -Eso es lo que dice tu boca – sonrió ella – pero “esto” dice otra cosa. – Pami se montó sobre él, y empezó a frotar su cuerpo húmedo contra el pene de su adversario. La  mujer se movía de atrás adelante, sólo rozándose contra él sin dejarse penetrar, y Jupi comenzó a jadear, ¡era increíble, qué caliente estaba su cuerpo! Podía notar los labios de su vulva aplastarse contra él, mojarle de líquido caliente que hacía que se deslizase con toda suavidad. Notaba la rajita que quedaba justo en medio de ellos, y notaba algo, como un bultito que quedaba justo encima y que, cada vez que su polla lo tocaba al deslizarse, hacía que Pami gimiera. La mujer empezó a moverse en círculos, y Jupi se mordió el labio. Se moría de deseo, quería que le dejase entrar, pero no podía pedirlo, sería como admitir su derrota, no podía rebajarse así. – Mmmmh… qué calentito estás, y qué bien resbalas, ¿a que quieres penetrarme? ¿Eh, a que te mueres de ganas por meterte en mi cueva tórrida y suavecita y gozar de mi abrazo húmedo hasta que no puedas más? Dilo, y lo haré. Pídemelo. 

      Júpiter notó que una lágrima se deslizaba de su ojo derecho. Él jamás había imaginado que el sexo fuera tan jodidamente bueno e irresistible, tan tentador y placentero. Nunca había sentido nada mejor, pero sabía que si cedía, renunciaría por completo a la vida que había llevado desde niño. Apretó los labios, temeroso de que su boca gritase la verdad, y negó con la cabeza. Pami sonrió. 

     -Lo pedirás. Es más, lo suplicarás. – Se deslizó un poco hacia atrás y empezó a acariciar con los dedos un punto concreto de su virilidad, situado justo debajo del glande, y Jupi tembló violentamente. El placer fue tan fuerte que se asustó.

     -¡NO! – gritó, al ver que se disponía a tocarle allí de nuevo – No… no toques ahí de nuevo, por favor. Es… demasiado intenso. 

     -Estás tiritando, mi vida. – Pami le acarició la cara con las manos, y Jupi puso los ojos en blanco. Aquello estaba mal, no era posible que los dioses hubieran puesto un placer tan grande en el mundo sin darle un precio altísimo a cambio – Pide. Pídeme que te deje entrar. – La mujer se alzó y orientó el pene del guerrero hacia su agujerito cálido, y Júpiter notó el tremendo calor en su glande. – Sólo asiente con la cabeza, sólo eso. 

     “Perdonadme, maestros. Hice todo lo que pude. Pero perdí”. Asintió. Pami sonrió y se dejó ensartar, despacio, muy despacio, hasta que estuvo por completo sentada sobre él. El gemido de gusto del guerrero se hizo más fuerte conforme ella bajaba, hasta convertirse en un grito de pasión que le salió de las entrañas. Los pies de Jupi se movían solos, y sus manos se cerraban en espasmos. Su cuerpo era un mar de sensaciones placenteras, y Pami ni siquiera había empezado a moverse aún. 

     -Aaaaaaaah… - gimió ella – Ahora, sólo goza, guerrero águila. – dijo, e hizo un gesto con la mano, y Jupi volvió a quedar a oscuras. Apenas ella comenzó a moverse, supo por qué lo había hecho, ¡no había visión que le distrajese del tremendo placer que le inundó la polla! Pami se apoyó en su pecho y empezó a hacer subidas y bajadas sobre él, y el guerrero sentía su miembro hundirse en aquélla humedad cálida, tórrida… en su cuerpo estrecho y dulce, que le apretaba de un modo maravilloso. No pudo resistir la sensación, y sus caderas empezaron a moverse, y embistió con ferocidad, mientras apretaba la mandíbula, intentando no gemir, pese a saber su derrota. Su rival gimió entre risas y disfrutó de sus embestidas - ¡Aaaaaaaaaaah, sí... oh, sí, fóllameee…! 

     Aquello ya fue demasiado, y el guerrero águila no pudo soportar desobedecer a aquélla petición; su garganta dejó escapar los gemidos que le quemaban y descubrió que se moría de ganas de tocarla, de agarrarla contra él, amasar sus tetas entre las manos y… y follarla, tal como ella pedía. Empezó a gritar su nombre, “Tupami… ¡Tupami!”, y le pareció que sonaba a música, a placer, a oración escuchada por los dioses. La mujer cambio el ritmo y empezó a moverse en círculos.

      -Oooh… Jupi… Júpiter, yo puedo darte esto… todos los días… - gimió con dificultad, sin dejar de moverse – Puedo enseñarte el Placer, y sólo necesitas pedírmelo… ¿quieres que te suelte y deje que goces completamente? 

     -¡Sí! ¡SÍ! – voceó el forzudo. 

     -Dilo otra vez… mmmmh…. ¿Qué quieres, guerrero? – La mujer le apretó dentro de su cuerpo, y a Júpiter un gemido de gusto le rasgó el pecho. 

     -¡Ser TUYO! – gritó. Notó que unas manos suaves deshacían los nudos de sus muñecas y le llevaban hacia algo suave y blando. Apretó, y la mujer gimió. Eran sus tetas, y Jupi pellizcó los pezones, lo que le valió un grito de placer y que la mujer le apretase de nuevo dentro de ella. Sintió que ella se echaba hacia atrás, y le tomaba de la mano para que se moviese él también. Haciendo esfuerzos por no salirse de su cuerpo, notó las piernas de su antes rival acariciarle el pecho, y supo que estaba tendida para lograr una penetración más honda. Jupi le besó los tobillos, lamiendo la piel, y de rodillas sobre el futón tiró de ella hacia sí y comenzó a empujar. 

     Pami gritó de gusto al sentir las potentes embestidas del hombre, y éste lamento no poder ver: seguro que los pechos de Pami daban bamboleos al ritmo de su penetración, pero no se le ocurrió quitarse el antifaz, quería seguir a oscuras, quería saborear el placer que bañaba su polla y los gemidos desmayados de la mujer. Sintió que ella le tomaba una mano y la llevaba hacia… lo reconoció, era el bultito que ya había tocado antes con la polla cuando ella jugó a deslizarse, ese bultito que la hacía gemir cuando lo tocaba… empezó a acariciarlo con rapidez, y el cuerpo de Tupami tembló, sus piernas se movieron en un calambre y empezó a gemir más alto.

      -Tupami… - logró jadear – quierooo… quiero verte gozar, por favor… - oyó un chasquido de dedos y su visión se aclaró. El cuerpo desnudo de la mujer estaba cambiando de color, pasaba del verde rosado a un intenso verde esmeralda. Jupi sonrió, y continuó acariciando con el pulgar aquél bultito, mientras la expresión de su compañera se hacía más abandonada, sus manos se cerraban en la colcha y finalmente, sus piernas le rodearon en una convulsión, se puso tensa, y sus ojos se pusieron en blanco; su cuerpo tiritó, su sexo se contrajo en torno a la polla de Jupi y le apretó dentro de ella… gimió varias veces, y finalmente pareció relajarse. Ella. Júpiter no podía dejar de empujar, y ahora eran sus gemidos los que se hacían más fuertes. 

      -¡Espera… ponla aquí, entre mis tetas! ¡Ahora! – pidió la mujer. El guerrero reunió la poca voluntad que aún le quedaba y tuvo fortaleza para sacarla y colocarla entre los pechos de Pami; ella la apretó entre sus pechos y alojó el glande en su boca, ¡Jupi tuvo que apoyar las manos en el suelo, convencido de que iba a desmayarse de gusto! Las grandes y ardientes tetas de la mujer le aplastaban la polla, y su boca le aspiraba con desesperación… el forzudo notó que algo le llegaba, que el cosquilleo se hacía aún más agradable, movió las caderas, y una explosión de gusto le hizo contraer los músculos hasta el ano, y un placer indescriptible le recorrió en olas desde el pene hasta los hombros, hasta dejarle satisfecho- ¡Mmmmmmmmh… glub… glub… mmmmh…!

     Jupi oyó cómo ella tragaba y miró. Había notado que algo le salía del pene, pero fuera lo que fuese, ella lo había bebido. Lentamente, retiró su cuerpo de la boca de Pami, y un chorro blanco manchó la barbilla y los pechos de la mujer; a él le causó un cosquilleo final delicioso, a ella la hizo reír. La guerrera le dedicó una suave caricia con la lengua y un besito que le hicieron temblar,  y le miró con picardía. Júpiter no sabía qué le pasaba, pero tenía ganas de apretarla contra él y no dejarla escapar nunca, y eso fue lo que hizo: se tendió junto a ella y la estrechó entre sus brazos, mientras le besaba la cara y ella se reía. Pami le besó los labios; tomándole de las mejillas para que no se separara, le besó lenta y profundamente, metiéndole la lengua poco a poco, acariciándole primero los labios y enseguida penetrándole la boca hasta dar con la lengua de él y empezar a acariciarla… Aquello volvía a dar ganas, pero Jupi ya no pudo satisfacerlas; una voz cargada de reproche se lo impidió. 

     -Júpiter, nos has decepcionado. – El guerrero levantó la cara, y al ver a los Maestros, deseo que la tierra se le tragase en aquél momento; de inmediato se separó de Tupami y se cubrió con la colcha. 

     -¡Maestros! Eeeh… ¡esto no es lo que parece, todo tiene una sencilla explicación!

     -Sí, y tan sencilla: hemos follado. – sonrió Tupami. – Ahorra saliva, cariño; lo han visto todo. Es más, lo prepararon ellos. 

      -¿¡Qué?! – Jupi no daba crédito a lo que oía, pero los ancianos asintieron. 

     -Empezabas a tener demasiada buena opinión de ti mismo. – dijo el tercer anciano – Durante toda tu vida has servido bien al Templo, pero un hombre vanidoso deja pronto de ser útil para convertirse en una carga… o dejarse dominar por la ambición; si no te poníamos una prueba como esta, podías haber acabado pidiendo ser tú el próximo maestro.

      -Te habías enfrentado varias veces a Tupami de forma indirecta, sabíamos que la respetabas pese a ser nuestra enemiga, ¡llegaste incluso a ofrecerle un puesto entre nosotros! ¿Qué se te pasó por la cabeza? ¿Creíste de veras que aceptaríamos a una mujer? A pesar de sospecharlo, no nos dolió menos darnos cuenta de que te habías ablandado por ella. – indicó el segundo. 

     -Quisimos ponerte a prueba, ver si serías capaz de dejarte dominar por el placer y entregar tu virtud, ¡oh, cómo hubiéramos querido equivocarnos! – se lamentó el primero.

     -Pero, Maestros… - intentó débilmente protestar Júpiter - ¡Estaba atado! ¡Con la reliquia! ¿Qué podía hacer?

     -Tenías las piernas libres. – dijo el tercer maestro con frialdad. – Podías haberte defendido, haber aguantado. ¿Cuántas tácticas te hemos enseñado para ignorar el dolor y mantener a raya a la ira?

     -Muchas, maestro, en eso tenéis razón, pero no me habéis enseñado jamás ninguna para ignorar el placer. No obstante, sé que he faltado. Abandonaré el Templo en busca de penitencia y de perfección, y no regresaré hasta que me haya hecho digno de nuevo de…

     -Harás algo más que eso – señaló el tercer anciano – Te has hecho indigno, llevas la carga de la impureza, nunca recuperarás tu virtud hagas lo que hagas. Por el honor del Templo, debes morir. 

    -¡Un momento! – saltó Tupami - ¡Ese no era el trato! Dijisteis que si fracasaba, podía quedármelo. 

     -Podías quedarte su cuerpo – matizó el segundo anciano – Cuando le arrebatemos la vida, puedes hacer con su cuerpo lo que gustes. 

     -Señores puros y rectos – masculló con desprecio la mujer - ¡Sois unos tramposos embusteros! ¿Tenéis el cinismo de hablar de virtud cuando sois incapaces de mantener una sencilla promesa?

      -No hay delito alguno en quebrantar la promesa dada a un ser tan inferior como una mujer. Y además él conoce nuestras costumbres: el placer mancilla, y sólo la muerte lo limpia. Él se ha mancillado. 

     -¿Ah, sí? – Tupami se puso en pie y se lanzó hacia los ancianos, Jupi trató de frenarla, el tercer anciano levantó la mano… pero ella se agachó y de un veloz movimiento, soltó los cinturones de tela de las túnicas de los ancianos, y las agitó. – Si vamos a hablar de mancillarse, me parece que no podéis abrir la boca, ¡mira a tus maestros, modelos de perfección! 

     Los ancianos intentaron cerrarse las túnicas llenos de vergüenza, pero era tarde: el movimiento de las túnicas había revelado algo que Jupi jamás habría creído posible, de no ser porque lo veía con sus propios ojos: los tres maestros tenían la entrepierna empapada del mismo líquido blanco que él había soltado al alcanzar el placer. Al parecer, habían prestado mucha atención a la escena, y la habían disfrutado, no cabía duda. 

    -Mujer maldita, ¡te arrepentirás de esto! – gritó el tercer anciano, mientras escapaba corriendo junto a sus acólitos, agarrándose los tres las túnicas e intentando mantenerlas cerradas mientras corrían, llenos de vergüenza. Tupami se volvió hacia Júpiter. Éste no fue capaz de sostenerle la mirada, también se sentía avergonzado. Y estúpido. Toda su vida había venerado a los maestros, y estos le tendían una trampa inicua con el fin de librarse de él, para evitar que un día les sustituyera. Había pasado una vida dura de entrenamiento, sacrificios, misiones arriesgadas, ayunos, privaciones… y todo por una mentira. La mujer se arrodilló junto a él y le abrazó. 

     -Tupami, ¿qué va a ser de mí ahora? Tendré que contratarme como mercenario, vivir como soldado de fortuna, en migración perpetua… Lo he perdido todo, toda mi vida. No tengo ningún lugar donde ir, ningún sitio al que llamar mi hogar. – la miró, y vio en sus ojos una calidez bondadosa – Pero aún así te doy las gracias por abrirme los ojos. A decir verdad, me has salvado la vida. 

     -Sí que tienes a donde ir – Jupi la miró, inquisitivo – Dijiste que querías “ser mío”, ¿ya no te acuerdas?



     Cinco años después. 

   La brisa marina mecía suavemente las hierbas altas del final de la playa y traía el sabor salado de las olas. La arena blanca brillaba y se pegaba a tres pares de pies, un par de ellos morenos y muy grandes, los otros de color verde rosado y más pequeños, y finalmente los últimos de color también verde rosado algo más pálido y decididamente muy pequeñitos. 

     -Bien. – dijo Tupami y empezó a atacar lentamente a Júpiter, cantando los movimientos, mientras él contraatacaba también despacio y en silencio – Ataque, esquiva, esquiva, giras, finta, ataque, ataque. Así has golpeado en pocos segundos en el cuello, esternón e hígado, y tu oponente caerá fulminado. Inténtalo. 

     Júpiter se arrodilló y sonrió a la pequeña, que le miró con pena. 

    -No tengas miedo, peque, no me harás daño. Anda, prueba. 

    -Vale. – la pequeña alargó las manos y repitió los movimientos que había visto hacer a su madre – Ataque, esquiva, esquiva, giro, finta, ataque, ataque. 

     -¡Muy bien! – aplaudió Tupami.

     -¿Sí? ¿Estoy luchando, papá?

     -¡Sí, peque, estás luchando de maravilla! – El guerrero tomó a la pequeña PumpkinPie en su hombro y se alzó. Él y Tupami se besaron, y echaron a andar, camino al Templo. Allí había una nueva escuela de guerreros: El águila y la gata.




    Los colores de la playa se fundieron en el azul de la sala de inicio. “Gracias por usar DreamScience Erotica.” Dijo de nuevo la voz de presentación. “Esperamos que hayan disfrutado de la experiencia y deseamos verles de nuevo aquí”.

     En la alcoba de matrimonio, la sala azul se desvaneció, y Jupi y Tupami se encontraron tumbados en la cama, desnudos y húmedos. El cabello de la mujer, que crecía desmesuradamente y se cuajaba de flores cuando tenía un orgasmo, cubría aún casi la mitad del cuarto, aunque ya estaba volviendo a su tamaño original, y la entrepierna del forzudo estaba empapada en semen. Estaban cogidos de la mano, con los dedos entrelazados. Se miraron y se dedicaron una mutua expresión de placentero asombro.

     -Ni siquiera finjas que no te ha encantado – sonrió Jupi, aún con la respiración entrecortada. 

     -Ha sido increíble… - la sonrisa de Pami parecía no tener final. – Bésame otra vez, guerrero águila. – Y él obedeció de mil amores. 

     “¿De verdad una de tus fantasías, es ser el padre de mi niña? ¿De verdad quieres que ella te llame “papá”?” Tupami no podía dejar de pensarlo. Y aunque por un lado le asustaba un poco el que Júpiter quisiera de ese modo a su hija, por otro lado, sentía algo que le colmaba el corazón de una manera asombrosa.