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domingo, 6 de noviembre de 2016

Juegos nocturnos


Sobre todo, no vayas a ensuciar nada”. Le había repetido su madre mil veces. “Y en cuanto termine la película, a la cama, no se te ocurra ponerte a fisgonear por ahí”, dijo su padre. Era normal que estuvieran preocupados, pero caray, no era ningún niño, tenía ya cerca de doce años, sabía comportarse. Los señores de la casa no estaban, habían salido a uno de sus frecuentes viajes, y en ausencia de ellos, nadie iba a enterarse si él veía una película en la sala de cine. A sus padres no dejaba de resultarles curioso que un niño como él tuviera tanta afición al viejo arte del cine existiendo los videojuegos, los programas DreamScience… pero lo cierto es que le encantaban, y para una vez que podía usar el salón de cine, con las buenas notas que sacaba y lo bueno que era siempre, había que decirle que sí. Sobre todo si era formal.

El joven Hemlock, de nombre Edward, creyó estar soñando cuando entró en la sala de cine. Sabía que en la mansión donde servían sus padres y algún día serviría él mismo, existía una, pero nunca hasta entonces la había visto. Y era una maravilla. Tenía una grandísima pantalla curvada, cinco filas de ocho asientos cada una (repartidos en grupos de cuatro), estaba decorada como una lujosa sala de los años cincuenta, equipada con máquina de hacer batidos y palomitas, y un mostrador lleno de chocolatinas. Como todo se reponía periódicamente, los señores no notarían a su vuelta que faltase nada, de modo que decidió servirse lo que diese la gana. Eligió un gran batido de chocolate con nata y sirope, un cubo de palomitas gigante y dos SuperCreamy de vainilla y fresa. Se sentó en la butaca que le apeteció, y apenas lo hizo, la voz femenina del proyector le saludó y le preguntó qué deseaba ver, ofreciéndole algunas opciones de películas animadas.

-Drácula de Coppola. - pidió el chiquillo. Había leído el libro, y había oído hablar de aquélla antigua obra, pero ante su desilusión, el proyector se negó.

-Lo siento, se trata de una cinta para mayores de edad. ¿Deseas ver El príncipe pajarito?

-¡Ni hablar! Quiero ver Drácula, ¡si he leído el libro!

-Lo siento, se trata de una cinta para mayores de edad. ¿Deseas ver Herbie?

-¿Y Drácula de Bela Lugosi? - probó.

-Lo siento, se trata de una cinta para mayores de edad. ¿Deseas ver Bambi? - Hemlock estuvo a punto de resoplar y mandar todo a la porra, pero entonces oyó una vocecita junto a él.

-Código 1-1000-1490-1808-1914. - el niño, que se creía solo, pegó un respingo al ver a la pequeña junto a él, pero su sorpresa fue mayor aún cuando la voz del proyector sonó de nuevo.

-Código correcto; restricciones de edad eliminadas para cine convencional. ¿Deseas ver Drácula?

-Sí. - dijo la niña.

-¡Eh, no! ¡Tú no puedes ver Drácula! ¡Y deberías estar en la cama! ¡Pausa! - El proyector dejó la aceptación en suspenso, y Hemlock se encaró con la pequeña. Se trataba de la señorita Mildred, Millie, como la llamaban cariñosamente. Era la hija única de los señores, y hacía rato que en teoría, se había acostado. La niña, trepada en la butaca vecina, descalza y en largo camisón rosa, se le quedó mirando como si le hablase en chino.

-Yo también he leído el libro, y puedo ver la película. Y si no estás de acuerdo, llamo a mi mamá y le digo que estás en mi sala de cine y que no me dejas ver lo que yo quiero, y veremos quién tiene razón.

Hemlock sabía que llevaba las de perder; si los señores se enteraban de que estaba en la sala de cine, sus padres se meterían en un lío y él no podría volver allí nunca. Era necesario ceder y no discutir.

-Está bien, sea, veremos Drácula. ¡Pero luego no vengas llorando si esta noche no puedes dormir! - Millie sonrió y cogió un buen puñado de palomitas calientes. Gracias al pequeño calefactor del cubo, estarían calentitas y crujientes toda la película, pero la pequeña no aguantó tanto; poco después de la mitad de la proyección, se quedó dormida sobre el hombro de su amigo. El chiquillo no se movió, aguantó pacientemente hasta que terminó la película. Tiró los envases y el vaso de batido a la trampilla de desperdicios que se abría nada más acabar la proyección y dio a la sala la orden de apagarse. Y se dio cuenta que no era capaz de despertar a Millie para que se fuese a su cuarto, así que la tomó en brazos como pudo y echó a andar con ella. La niña tenía apenas ocho años y él ya iba camino de los trece, por flaco que fuera, podía con ella. Pensó primero en llevarla a su cuarto, que quedaba más cerca, pero entonces, ¿dónde dormiría él? Sí, podría dormir junto a ella, pero dudaba que a sus padres les hiciera ninguna gracia, de modo que se dejó llevar por la escalera hasta el segundo piso y entró en el cuarto de Millie.

La habitación ya la conocía, en ocasiones había ayudado a su madre a recogerla, así que sabía bien dónde estaban los muebles y no corría peligro de tropezar con nada. Depositó a la pequeña en la cama e hizo ademán de marcharse, pero apenas la soltó, Millie dio un respingo y se agarró a su brazo con las dos manos. Hemlock tiró, pero la niña no le soltaba. Resopló, ¿tenía que quedarse allí toda la noche por culpa de aquélla mocosa? Pues no pensaba pasarse la noche de pie como un farol, señorita o no señorita. Tiró del edredón para taparla y, sin soltarla de la mano, trepó a la cama y se tendió junto a ella. Sí, que el hijo del mayordomo durmiese con la hija de los señores en la propia cama de ésta, no estaba bien; que un chico y una chica durmiesen juntos, no estaba bien, todo eso lo sabía. ¡Pero no había sido culpa suya! Debía ser muy tarde cuando sintió que tiritaba y que alguien le empujaba para hacerle rodar en la cama. Por un momento creyó que se caía, pero la cama era muy ancha. Alguien le arropó hasta el cuello y de nuevo le tomó de la mano. Era una mano pequeñita.

A la mañana siguiente, creyó que le daba un infarto cuando descubrió que estaba dentro de la cama de la señorita Millie, y ella dormía a su lado cogida aún de su mano. Cuando la doncella llamó a la puerta para traer el desayuno de la niña, Hemlock pegó un brinco y se escondió bajo la cama. Desde allí, oyó entrar a la doncella y cómo la niña le daba las gracias y la despachaba para que se fuera. Por el borde de la cama, vio asomar primero una mata de pelo rojo, después unos ojitos y finalmente una mano con un croissant.

-Toma, desayuna. - dijo la niña. Hemlock estaba fastidiado, pero más que eso estaba hambriento, así que tomó el bollo y salió de debajo de la cama para desayunar con ella.

Para que sus padres no le pescaran allí, el joven Edward tuvo que salir por la ventana de la habitación, dejarse descolgar por la enredadera y entrar a su cuarto también por la ventana. Sólo cuando estuvo a salvo en su propia cama respiró a gusto, pero reconoció que había sido divertido. Desde entonces, por más que ya desde antes se conocieran y hablaran, los niños trabaron amistad. Millie iba siempre tras Hemlock, le escuchaba practicar piano, recitar lecciones, y él mismo la enseñó a entenderse con sus primeros ordenadores, ejercicio en el que Millie demostraría unas aptitudes asombrosas. Por su parte, Hemlock tomó a la niña como si se tratase de su hermana pequeña; estaba presente en sus clases, la acompañaba a los exámenes, hacían carreras en los antigravedad, jugaban juntos y siempre estaban juntos. En un principio, el padre de Millie no veía con buenos ojos tanta amistad, pero Wenda, la madre de la pequeña, siempre salía en defensa de su hija.

-Nuestra hija es una niña de buena familia, de la antigua nobleza que trajimos desde Tierra Antigua, Wenda. - Solía decir el señor. - No está bien que se relacione con los hijos de los criados. Tiene vecinos con los que hacer excelentes amistades, como para andarse juntando con ese crío.

-Por favor, Cesare, ¡me hartas con esas tonterías! - le contestaba la señora - ¡Nobleza de Tierra Antigua…! Nuestra nobleza, como tú la llamas, no es más que las generaciones que llevan nuestras familias teniendo dinero, nada más. Los hijos de los vecinos son todos unos cretinos; la última vez que los invitamos, esta estúpida hija que tiene Carol le dijo a Millie que los pelirrojos son todos hijos del demonio, que deberían matarla, y ella y sus hermanos estuvieron toda la tarde persiguiendo a mi niña para azotarla con tallos de borugia, sólo porque es pelirroja. ¿Quien la ayudó? Sorpresa, ¡Hemlock! Para mí, la amistad que tienen, está muy bien donde está.

-Wenda, es lógico que la defendiera, es la hija de sus señores, y no dejo de agradecérselo y valorar a ese chico en lo que se merece; a fin de cuentas, algún día será mi mayordomo… No es que me niegue a que se lleven bien, uno siempre ha de estar a bien con el servicio, pero sí me opongo a que sean tan amigos. Creo que deberíamos convencer a sus padres para que lo internen en alguna escuela, hasta que se olviden…

-¡Tú no harás tal cosa, Cesare! - saltó Wenda – Ese chico es el mejor amigo de mi única hija. Quisiste tener solo una, muy bien, estupendo, pero si ya le quitaste a sus hermanos, no le quitarás su único amigo. Hemlock se quedará y si me entero que le has dicho algo a él, o a sus padres, o a Millie, lo lamentarás. Te aseguro que lo lamentarás.

El señor se quedó extrañado, no entendía por qué su mujer veía tan importante una mera amistad entre niños; tan pronto como pasasen separados algún tiempo, se olvidarían de su amistad y así su hija podría juntarse con gente de su clase, con personas que pudieran aportarle algo de verdad y no manchasen su reputación, ¿qué se iba a pensar de él si se corría la voz de que su hija tenía tanta amistad con un niño tan vulgar? Pero cuando Wenda sacaba la artillería, él se encontraba impotente. Nunca había sabido imponerse a su esposa, siempre había tenido la sensación de que ella tenía poder sobre él, aunque nunca lo hubiera utilizado ni él supiese exactamente cuál. Pero lo cierto era que no deseaba tampoco averiguarlo, de modo que acababa cediendo. Y así, la amistad entre los niños se conservó.

La incomodidad del señor hubiera sido mucho mayor de haber sabido que su hija no sólo compartía con Hemlock los días, sino también las noches. Para ellos, había sido algo en lo que ni siquiera habían pensado, y les resultaba tan natural como beber del mismo vaso o partir en dos el bocadillo y comerse cada uno una mitad. Después de aquélla primera noche, cada vez que Millie se quedaba sola en casa, cosa que ocurría con cierta frecuencia, ella y Hemlock solían ver alguna película juntos y después iban al cuarto de ésta, se quedaban hablando hasta muy tarde y finalmente dormían juntos. El chico siempre tenía buen cuidado de salir por la ventana al amanecer, antes de que la doncella o sus padres pudieran pescarles, y nunca fueron descubiertos. Era emocionante tener aquél secreto.

Los años fueron transcurriendo. Los padres de Hemlock se jubilaron y él quedó a cargo de la casa a la edad de diecinueve años. Aquél primer día como mayordomo, Hemlock estaba muy nervioso, pero todo salió bien. A pesar de que Millie tenía sólo catorce años y era a todos los efectos una niña mientras que él ya pertenecía al mundo adulto, siguieron siendo amigos. Es cierto que él ya no disponía de tanto tiempo como antes para jugar o charlar, pero cada minuto libre le gustaba pasarlo con ella, y cada vez que la casa se quedaba sola, el ritual del cine se repetía. Nunca había variación, ni nunca había un mal pensamiento ni nada que no fuese amistad, hasta que también Millie alcanzó la mayoría de edad y le recordaron que estaba prometida y debía renovar su votos de casamiento, que se haría efectivo cuando cumpliese veintitrés años.

Aquél día, el padre de Millie no podía parecer más feliz ni orgulloso; cualquiera diría que el prometido era él. La señora abrazaba y llevaba constantemente de la mano a su hija. Sonreía y animaba a la joven, pero no parecía muy contenta. Y desde luego, Millie no lo estaba. Su prometido era un hombre algunos años mayor que ella. Unos treinta. Se trataba de uno de los principales accionistas de la empresa del señor, y quedó encantado con la belleza de su novia, a la que sólo había visto una vez anteriormente, cuando ella tenía tan solo ocho años y firmaron el contrato de esponsales.

Hemlock sabía que ese día había estado precedido de muchas discusiones y muchas charlas entre padres e hija. Millie había intentado por todos los medios deshacer aquél contrato, y se había dado cuenta que era inútil. Su madre estaba moderadamente de su lado, pero por alguna razón, no se mostraba en una negativa firme como en otras ocasiones, y por ello pudo Cesare hacer su voluntad, y el contrato se renovó. Ahora, firmado en la mayoría de edad de la joven, era inquebrantable y romperlo sería un delito.

El mayordomo sabía que aquélla era una situación injusta, pero no podía explicarse por qué le escocía tanto. Sin querer, se imaginó a Millie besando a aquél tipo bigotudo de aspecto brutal y voz de trueno que era su prometido, y le invadió una profunda repulsión. Él jamás había besado a la joven, ni había tenido nunca intención de hacerlo, pero de pronto, había otro que sí iba a hacerlo por derecho, y eso le molestaba. Esa noche, los padres de Millie, su padrino Milton y el prometido de la joven salieron a celebrar la feliz unión que se daría dentro de cinco años. En teoría, Millie hubiera debido ir también, pero aseguró que tenía una horrible jaqueca y prefería acostarse; el señor estuvo a punto de insistir hasta obligarla, que se tomase una pastilla y… pero Wenda dijo que se trataba de nervios y que era preferible dejarla descansar. De ese modo, pudo quedarse en casa. Hemlock sabía que no estaría dormida, y decidió ir a verla, bajo pretexto de llevarle una taza de mushaté rojo y unas galletas de seda dorada. Como se temía, Millie estaba despierta, sentada dentro de la cama, con la mirada fija en un libro que no parecía leer.

-Buenas noches, señorita. - saludó al entrar. - He pensado que, después de un día tan duro, os apetecería tomar algo dulce y calentito. - Hemlock dejó la bandeja en la mesilla flotante, que se activó tan pronto se acercó. Millie ni siquiera le miró. - Bien. Me retiraré. - dio un paso. - Si no queréis nada más, me voy. - otro paso – A no ser que queráis algo, en cuyo caso me quedaré con mucho gusto, me marcho. - un paso más - ¿Decíais algo? Porque me pareció que habíais llamado… ¿si?

-Hemlock, ¿alguna vez te han obligado a hacer algo que detestas con toda tu voluntad? - preguntó la joven al fin, y el mayordomo se apresuró a volver junto a ella y sentarse en la cama.

-Pues, verá, señorita… sí. A todos nos obligan a hacer algo así alguna vez. ¿Os figuráis que el sueño de mi vida, es ser mayordomo? - Millie le miró con genuina sorpresa. Ella había estado convencida de que sí, lo era. - No. Soy mayordomo porque es un trabajo que hace feliz a mi padre, y que me obligó a aceptar. Vos no lo sabéis, pero siempre he querido ser piloto. Me hubiese dado igual ser piloto comercial, o de carga, o incluso del ejército, pero quería volar. Conocer el espacio, llevar una nave a través de las estrellas, ver de cerca los planetas, visitar las colonias… despertar cada día en un sitio distinto. Ver toda la galaxia conocida y quién sabe si explorar la desconocida.

-Si es tu sueño, ¿por qué no sigues con él? - preguntó de inmediato la joven. Hemlock abandonó las estrellas de su sueño y le dedicó una mirada cínica.

-¿Tenéis idea de lo que puede costar un curso de piloto profesional? No el simple permiso para volar un vehículo propio, sino para ganarse la vida siendo piloto. - Millie negó con la cabeza – Yo sí sé lo que cuesta. Y no es algo que pueda permitirse un mayordomo. De hecho, está tan lejos de lo que puede permitirse un mayordomo, como si un pordiosero cuya comida fueran los desperdicios de los otros pordioseros, se acercase a la mansión de la Colina y dijera “vaya, es una casita coquetona, ¿cuánto costará el alquiler…?” - Millie puso una cara muy triste. Nunca se le había ocurrido pensar que su amigo dedicase sus días a una tarea que no le agradaba. Que quizá incluso detestaba. El mayordomo sonrió – Soy feliz.

-¿Cómo puedes serlo? Me dices que tu sueño es volar por las estrellas, y en lugar de eso, te dedicas a comprobar que los suelos brillen y la plata resplandezca… No hay nada que se le parezca menos. - la joven le tomó de la cara, y se maravilló de la suavidad de su barba – Yo sé que eres inteligente, no mereces pudrirte aquí. Hablaré con papá, seguro que te puede conseguir una beca, y…

-No, señorita. - Hemlock sonrió y tomó entre las suyas las manos de la joven. - No deseo irme. Es posible que no esté viviendo mi sueño, pero me gusta mi vida. Me gusta mi trabajo, me gusta enorgullecer a mis padres, me gusta estar aquí, y en mis horas libres, juego con el simulador de vuelo. - Millie le miró con desconfianza y él insistió. - Lo que intento deciros, es que… nadie es completamente libre para vivir su vida. Todos estamos atados a algo o alguien. Mi madre quería ser bailarina, pero se quedó en estado; hubiera podido no tenerme, pero entonces yo no estaría aquí. Ha pasado toda su vida siendo primera doncella de vuestra madre, pero el orgullo que yo le causo, le compensa con creces haber renunciado a su formación. Y ahora que está retirada, la ha retomado; sabe que nunca será Pavlova, pero podrá bailar.

-¿Quieres decir que debo resignarme? ¿Que no debo luchar por lo creo justo, por mi vida y mi libertad? - Hemlock le dedicó una Mirada. Era la mirada que usaba cuando él quería significarle que ambos sabían que estaba exagerando la nota, que no tenía razón.

-Señorita Millie… No estamos hablando de enfrentarnos contra una injusticia social, o una terrible falta de humanidad, ¡ni siquiera hablamos de algo que vaya a causarle verdaderas molestias! Ese matrimonio hará muy feliz a su padre, le vendrá muy bien económica y socialmente, y para usted será poco más que una… ligera inconveniencia. Ese hombre, comparado con usted, es poco menos que un anciano. No tendréis que dejar los estudios, ni casi renunciar a nada. También vuestros padres, en un principio, eran un matrimonio concertado. Es cierto que vuestra madre renunció a los esponsales, rompió el contrato y habló de casarse con otra persona… ¿y al final, para qué? Para darse cuenta de que estaba haciendo una tontería y cumplir con su contrato. Y no creo que tenga queja de su vida.

-Pero, Hemlock, ¿y si me enamoro de otro hombre? - La mirada del mayordomo se hizo socarrona.

-Eso, señorita Millie, con un marido de tan avanzada edad, y una inteligencia tan despierta como la vuestra, no creo que os suponga ningún problema. - Millie se abrazó las rodillas y permaneció pensativa. Sabía que si renunciaba, daría un gran disgusto a su padre y le pondría en una situación muy comprometida, puesto que al carecer ella aún de ingresos, los gastos de la demanda por incumplimiento de contrato, tendría que pagarlos él. Se montaría un buen cirio y realmente, si lo pensaba a fondo, por nada en concreto porque, ¿acaso tenía ella el corazón ocupado? Miró a Hemlock. Y por primera vez, se preguntó algunas cosas concretas acerca de la sexualidad, y llegó a la conclusión de que preferiría no descubrirlas con su futuro marido.

-Hemlock, tú que conoces bien mi contrato de esponsales… ¿si yo no fuese virgen, sería motivo para romperlo?

Al mayordomo le extrañó la pregunta, y prefirió no indagar qué motivo tendría ella para hacerla, pero contestó:

-No, señorita. Vuestra madre incluyó la cláusula de virgo amparado por la buena fe; eso quiere decir que, salvo que os veáis implicada en algún escándalo que haga plausible dudar de vuestra pureza, se sobreentiende que sois virgen. La señora sabía que las prácticas de equitación, o de gimnasia, pueden a veces causar una rotura accidental del virgo, sin que por ello vos hayáis tenido contacto carnal con nadie. - Millie le miró fijamente. Hemlock tenía la sensación de que debía irse, despedirse y marcharse en aquél momento, pero el pensar que un día ella, su mejor amiga, se marcharía de allí, le impulsó a seguir hablando – Lo que sentiré será el día que os vayáis.

-¿Quieres decir que me echarás de menos? - sonrió ella.

-Sí. Es poco probable que pueda ir a vuestra casa a serviros, a no ser que vuestro padre os autorice a llevarme con vos y le encontremos otro mayordomo. Cosa poco probable porque, modestamente, el señor está muy satisfecho conmigo, y yo soy ante todo un trabajador responsable de mis obligaciones. - Millie le miró, sonriente, y no contestó. - Quiero decir que me encantaría ir con vos y ser vuestro mayordomo en vuestra vida de casada, aunque supongo que vuestro marido tendrá ya su servidumbre, pero no me importaría serviros personalmente, de forma particular. - Millie continuó con los ojos fijos en él, llenos de estrellitas, y sin hablar – Para ser concretos, no es sólo que no me importase, sino que me sentiría muy dichoso de poder hacerlo, si me resultara posible, si vuestro padre no pone inconvenientes y si vos misma estáis de acuerdo; porque aunque seamos mayordomo y ama, en el fondo no dejamos de ser amigos, y me placería sobremanera el poder conservar nuestra amistad, siempre, claro está, desde el más profundo de los respetos y considerando la posición que cada uno tenemos en la vida, y…

-¿Quieres dormir conmigo esta noche?

-¡SÍ! - Hemlock se dio cuenta que quizá había sido algo vehemente, pero a Millie no pareció importarle. Abrió el otro lado de la cama y lo palmoteó, mirándole con una gran sonrisa. El mayordomo empezó se desabrochó la casaca y empezó a hacer lo propio con la camisa cuando se dio cuenta de que su amiga no dejaba de mirarle. “Cálmate, no va a suceder nada… somos amigos. Hemos dormido juntos desde niños, esta vez no es diferente”, se dijo, pero los nervios gritaban en su estómago. Se descalzó y se dirigió a su lado de la cama, y se sentó en ella, de espaldas a Millie para quitarse la camisa. Él no pudo verlo, pero los ojos de la joven devoraron su espalda, estrecha y delgada como el resto de su cuerpo, pero no carente de cierta delicadeza flexible. Hemlock metió los pulgares en la cinturilla de su pantalón, y de un solo movimiento se los quitó y se metió en la cama. Millie le sonreía en un gesto que no terminaba nunca y se mezclaba con risitas y miradas llenas de chispas. La joven le tomó la mano como solía hacer siempre que dormían juntos.

-Cuando esté casada, no creo que pueda meterte en mi cama como ahora… ¿verdad? - se rió, y Hemlock la hizo coro, él tampoco lo creía. - No creo que me apañe a coger la mano de otro para dormir. ¡Quizá pueda decirle a mi marido que parte de tu labor, es acompañarme para dormir y tienes que acostarte conmig… dormir conmigo! ¿Te imaginas, los tres en una cama?

-Oh, Lemmy, me niego a estar en el medio. - rió Hemlock y pasó a tutearla; siempre lo hacía cuando estaban así - ¿Y qué pasaría cuando tu marido quisiera intimar?

-Probablemente, que le corregirías. - Millie se puso a imitar la voz nasal y los ademanes de su amigo con mucha ironía - “Señor, no puede penetrar a una velocidad superior a una embestida por segundo, la señora no está aún lo suficientemente cachonda…” - los dos se rieron.

-”Espere, que le voy a enseñar yo cómo se hace” - contestó Hemlock y Millie se rió tapándose la boca con la mano libre y se puso colorada.

-¿Y cuando quisiese acariciarme? “¡No, querido, no me lo haces bien; Hemlock, enséñale al señor a tocarme las tetas, que él no sabe!” - Millie tomó la mano de su amigo y la puso en su pecho - “¿Ves? ¡Así se hace!”

Hemlock soltó la carcajada, la suya era una mezcla de risa histérica y excitación, ¡le acababa de tocar un pecho a la hija de sus señores! Millie no paraba de reír, y no le dejaba quitar la mano de su pecho, que temblaba con la risa de la joven.

-Pero aún así, tendrías que enseñarme tú, mucho me temo que yo nunca he tocado a nadie. Creo que lo más cerca que estuve de hacerlo, fue cuando tu padre trajo aquélla estatua de la sirena para el baño, y tuve que ayudar a cargarla. - protestó Hemlock.
-Estamos empatados, tampoco a mí me han tocado, ¡pero lo importante es que eso, no lo sepa mi marido! - de nuevo estallaron en risas. Hemlock ya no hacía el más pequeño intento por retirar la mano, podía sentir el latido del corazón de la joven. Estaba tan colorada que sus mejillas brillaban – Creo que no lo haces mal. Me gusta sentir tu mano ahí.

-A mí me gusta tocarte. - logró articular él, y empezó a mover su mano sobre aquél pecho cálido que le cabía exactamente en la mano. No estaba bien y lo sabía; Millie debería darle un manotazo o hasta un bofetón, pero en lugar de ello se deslizó el tirante del camisón y dejó su pecho al descubierto. El pezón rojizo estaba erecto. Hemlock apretó el pecho bajo sus dedos y su amiga gimió. - No debemos… no podemos… - tartamudeó el mayordomo mientras sus labios se encontraban con los de Millie, primero con torpeza, primero besos cortos que sólo juntaban la boca, pero casi enseguida los labios entreabiertos de ambos empezaron a acariciarse suavemente y a deslizarse sobre los del otro.

-No es preciso que lleguemos al final – Millie apenas podía hablar, estaba tan excitada que se ahogaba, y sólo lograba susurrar - . Pero podríamos jugar. Nadie tiene porqué saberlo…

Hemlock sabía que el prometido de Millie podía en cualquier momento pedir un análisis del cuerpo de su compañera para detectar restos de semen en ella y saber así si era realmente virgen o no; sabía que era la hija de sus señores, sabía que estaba mal… pero su pene erecto no escuchaba esas razones, sólo atendía a una palabra de su amiga: “jugar”. Sólo quería eso, sólo quería jugar. Los brazos del mayordomo se cerraron en torno a la joven y la apretaron contra su pecho mientras ella hacía lo propio, pero con las piernas. Millie soltó un gemido de sorpresa al sentir la virilidad de su compañero, tiesa y dura, contra su estómago. Despedía mucho calor, y la joven no pudo evitar dirigir su mano hacia aquél bulto que latía bajo las mantas. Apartó la ropa interior y lo rodeo con la mano.

Un gemido vació de aire el pecho de Hemlock, ¡qué placer! ¡Nadie le había tocado así nunca, qué caricias…! Sintió que se estremecía de gusto, y él también quiso darle a Millie la misma sensación, de modo que su mano bajó por la espalda de la joven y apretó sus nalgas, para enseguida meterse bajo las bragas y acariciar la zona delantera.

-¡Está mojado! - se maravilló el mayordomo. Había usado algún que otro programa de erotismo, pero estos eran asépticos y mostraban sólo el placer, no los detalles del mismo. El joven ignoraba que su compañera lubricaba, pero los jugos espesos y cálidos que soltaba, fuera de la sorpresa inicial, no le desagradaron en absoluto, sino que le invitaron a explorar con más detalle. Hemlock tenía que morderse el labio y hacer acopio de todas sus fuerzas para no correrse mientras sus dedos acariciaban la suave intimidad de su amiga, y ella le apretaba y frotaba, cada uno con la mano metida en la ropa interior del otro.

-He… Hemlock… me gusta. - Millie, toda colorada, intentaba mirarle mientras temblaba de placer – me haces como cosquillas, pero más dulces… ¡me da mucho gustito!

-Y tú a mí… dime dónde te gusta más, llévame la mano para hacértelo mejor… - Millie no quería soltarle la polla, pero obedeció; puede que no hubiera estado nunca con un hombre, pero había pasado muchas noches acariciándose hasta el éxtasis. Metió la mano en sus bragas, ¡qué caliente tenía la mano! Y llevó la de Hemlock a un sitio concreto, justo al inicio de su vagina, donde él tocó un botón. La mano de su amiga hizo que moviera en círculos la suya, y él lo hizo de mil amores. El botoncito se escurría bajo su dedo y él lo acariciaba y rascaba, y cada caricia hacía que la joven se agarrase a las sábanas, con los puños crispados y que sus piernas diesen temblores. “El clítoris” logró pensar él “Su clítoris… estoy jugando con su clítoris”. El pensamiento hacía que su propio sexo picase y exigiese, pero por el momento se iba a tener que aguantar, no pensaba retirar la mano de aquél rinconcito cálido, mágico. Es más, sugirió: - ¿Quieres que te meta un poco un dedo?

Millie sonrió. Una sonrisa pícara y ansiosa, y de nuevo le llevó la mano, un poco más abajo. ¡Ooooh, qué calorcito tan dulce salía de allí… qué mojado estaba! Muy despacio, muy suavemente, el dedo corazón de Hemlock penetró en la vulva, y Millie tuvo que morder la sábana para no gritar, ¡qué maravilloso escalofrío de gusto le recorrió la columna cuando aquél travieso dedo se metió en su rajita! Su amigo movió la mano, frotándola contra su vulva mientras su dedo entraba y salía de ella, con toda dulzura, volviéndola loca de gusto, haciéndola sudar y temblar… ¡y cómo deseaba que fuese su polla la que se metiese en su coñito y la hiciese gritar de placer! Ambos sabían que no podían hacerlo, pero ese apetito frustrado ¡también daba mucho gusto!

Hemlock tenía los ojos resecos de no parpadear por no dejar de mirarla, ¡por Lemmy, qué guapísima estaba así, con el cabello revuelto, moviéndose entre las sábanas, un pecho fuera del camisón y el otro amenazando con salirse de un momento a otro debido al meneo y a los temblores que atacaban todo su cuerpo! Millie le agarraba el brazo con el cual la acariciaba, como si temiera que él fuese a dejar de hacerlo. El mayordomo sentía su mano empapada de jugos cálidos, su dedo resbaladizo de los mismos, el suave tacto de las bragas de su amiga contra el dorso de su mano… y sobre todo el placer, el placer de darle gusto. La mano de la joven en su brazo se crispó y con un hilito de voz casi suplicó “no pares… no pareees...”, e intentó mirarle, pero ya no lo logró; enterró la cabeza en el pecho del mayordomo y un gozo inmenso sacudió todo su cuerpo, sus piernas se tensaron atrapando entre ellas la mano de Hemlock, y cuando éste le metió el dedo más hondo por reflejo, la joven no pudo retener un gritito de placer… qué maravillosa sensación de saciedad, de dulzura, ¡qué gustooo…! Era mejor, muchísimo mejor que cuando ella misma se tocaba, haaaaaah… Hemlock no era capaz de pensar. Sólo podía sentir que el coño de su amiga palpitaba contra su dedo corazón, y que él podía sentirlo. Ella se había corrido. Se había corrido con él, gracias a él, se había corrido en su dedo… Conforme pasaban las contracciones, recobraba el pensamiento, y entonces se mezclaron en él una increíble, salvaje sensación de poderío, con una no menos fuerte impresión de que se había vuelto completamente loco y que le iban a procesar por seducir a la hija de sus señores. Pero una tercera sensación comenzó a abrirse paso desde su espina dorsal y su intensidad tapó las otras dos por completo: el intenso placer que sentía en la polla cuando la joven metió de nuevo la mano en su calzoncillo y le frotó la erección.

Después de lo sucedido, ya no valía la pena pararla y quedarse a medias, pensó, y la dejó continuar. Millie le besaba el pecho ligeramente velludo, el cuello, y su mano le abrazaba la polla, le acariciaba con cierta torpeza encantadora. “Llévame la mano a mí también” pidió la joven, y Hemlock se la tomó y le enseñó a darle gusto.

-Así. - susurró – aprietas la punta, y… oooh… saldrá líquido. Y con eso, mmmmhh, sí, eso es… con eso, me frotas mejor… - Las manos de Hemlock apretaban los brazos y las tetas de Millie, mientras ella no cesaba de acariciarle de arriba abajo. Su amigo le llevó la mano al glande y la joven concentró sus caricias en él, ¡qué dulce! ¡Qué picor tan delicioso! ¡No iba a aguantar nada! Millie le acariciaba la punta tan cariñosamente que creía estar en el Cielo, el placer le recorría todo el cuerpo y se cebaba en su polla, pero le hacía cosquillas también en los muslos, en los riñones, en la columna… Millie sentía que su coño se ponía de nuevo juguetón al verle gozar, y de pronto él le tomó la mano y le hizo apretarle la punta, y sintió un chorretón de líquido espeso escaparse de ella y mojarle los calzoncillos. Hemlock ahogó un gemido mientras el placer estallaba desde su polla hasta los tobillos y le dejaba en la gloria, con media vida escapando entre sus piernas… Abrazó a Millie y ella se acurrucó contra su pecho, sin soltarle la polla.

-¿Te ha gustado? - susurró - ¿Lo hice bien? - Hemlock asintió, aún ahogado y la besó de nuevo. Con poca destreza, pero con decisión, le metió la lengua entre los labios y ella le dejó entrar y explorar su boca, y le devolvió las caricias.




Hemlock no pensaba dormir con los calzoncillos pringosos, así que se limpió con ellos y se los quitó, para acostarse completamente desnudo junto a Millie, quien también se despojó de las bragas húmedas, pero conservó el camisón. Se abrazaron bajo las mantas desordenadas.

-Sabéis que estamos locos, ¿verdad, señorita?

-Mis padres se casaron por contrato sin amarse, mi padre cree realmente que mi madre le quiere, mi madre piensa que no estoy enterada de que se entiende con mi padrino, y todos están convencidos de que un matrimonio por contrato, es lo mejor para mí, ¿y somos tú y yo los que estamos locos?

Hemlock se rascó una oreja, dubitativo. Visto así…

martes, 25 de octubre de 2016

Clases de piano.



      -¡No sé porqué tengo que aprender una cosa tan tonta! - protestó la joven.

      -¡Aprender piano, no es ninguna cosa tonta; es un instrumento precioso y un ejercicio difícil que te viene estupendamente!

      -¡Pero mamá… ¿qué sentido tiene tocar el piano, cuando ya existen los programas de creación musical?! ¿No ves que es como si pretendieras que aprendiera a hacer ropa?

      -También existe el escaneo de voz, y aún así se aprende a leer y escribir, ¿verdad? ¡Estoy harta de que sólo sepas pensar en términos de tecnología y de informática! Cuando yo tenía tu edad, ya existía el DreamScience, y no por eso dejábamos de leer libros o de ver cine… ¡hoy día, parece que penséis que vais a tenerlo todo hecho sólo dando órdenes a un sistema, y no es así!

       -Mamá, ¿y no podría aprender otra cosa? Programación neuronal, por ejemplo, o a pilotar… ¡pero no piano!

      -NO. - Wenda se mostró categórica. - Hija, quiero que aprendas algo que no sólo te aleje un poco de los ordenadores y lo virtual, sino que te exija un esfuerzo real. Hasta ahora, todo te ha sido muy fácil porque te has hecho a usar los ordenadores en todo, y a buscar la ayuda que pudieras precisar para cada tarea. Con un piano, no puedes hacerlo así, no trae más libro de instrucciones que la teoría musical y no tienes otra manera de dominarlo más que entender y practicar. No hay ayudas, no hay atajos, sólo hay esfuerzo y trabajo duro. Y eso es lo que quiero que aprendas: a esforzarte. - la joven dio un resoplido de indignación – Millie, estoy HARTA de que tus notas sean mediocres y que te dediques a hacer lo mínimo, cuando yo sé lo inteligente que eres y las virguerías que haces cuando te pones delante de una pantalla. Estoy harta de que hagas sólo lo mínimo para cubrir el expediente, cuando éste año te juegas el entrar a una buena y prestigiosa universidad.

     -¡Pero si eso no tendré que hacerlo hasta el año que…!

      -Lo harás este año, querida. - interrumpió su madre. - Tienes a dos de las mejores universidades de la galaxia conocida detrás de tus aptitudes, pero ya me han dicho que no pueden admitirte si no llegas a la nota de corte, por muy inteligente que seas. Así que vas a dejar de perder el tiempo. Si los estudios te aburren, me da igual, te pondrás con ello y sacarás las notas excelentes que estás dotada para sacar, y aprenderás piano para meterte en la cabeza que no todo es inmediato, que hay cosas que exigen esfuerzo diario si uno quiere ver frutos en ellas.

     Millie tenía cara de intensa frustración. Su madre nunca le había hablado así, ella había sido siempre la niña bonita de mamá, y siempre le había permitido llevar sus estudios a su antojo; el que de vez en cuando la sermonease con la justeza de sus notas, nunca había sido un problema, porque nunca habían sido realmente malas, sólo suficientes. Como decía su madre, “mediocres”. En su búsqueda de apoyos, miró a su padrino, también allí presente, y éste sonrió, pero negó con la cabeza.

    -No, cielo. - dijo Milton – Tu madre tiene razón; eres muy inteligente y no lo aprovechas lo suficiente. Aquí no puedo ayudarte como tú quieres que lo haga, porque estaría queriéndote mal. La mejor manera de ayudarte, es apoyar a mamá en su decisión, tienes que aprender a esforzarte.

     -Señorita. - intervino el joven mayordomo, hablando por la nariz, como solía – Sé que no le va a gustar oírlo, pero yo también estoy de acuerdo con su madre. Y además, el piano es un instrumento precioso, recordará que yo aprendí de niño a tocarlo, y entonces a usted le gustaba mucho.

      -¡Oh, Hemlock, por favor, no me sermonees tú también! - se lamentó la joven, y se volvió hacia la ventana, dispuesta a no mirar a ninguno de aquéllos pelmas. Hemlock y ella se llevaban pocos años y desde bien pequeños habían sido muy amigos. El que incluso él se pusiera de parte de su madre, era la puntilla. Estaba visto que no tenía ningún apoyo.

     -No pretende sermonearte, cariño. - intervino Wenda – Sólo hacerte ver que es lo mejor para ti. A veces, aunque algo te resulte aburrido, o precisamente por que es aburrido, puede ser lo mejor para ti. - Millie ni siquiera se volvió a mirar a su madre, y ésta se colgó del brazo de Milton – Bien, puedes enfurruñarte como una niña pequeña, o puedes sentarte al piano y tomar tu primera lección. Tómalo como prefieras, pero no saldrás del estudio hasta que no la termines. Antes de irnos, Milton y yo vamos a estar un rato en el salón, y quiero oírte tocar desde allí. Si dentro de diez minutos no empiezo a oír notas, Millie, me voy a molestar mucho.

     Dicho esto, su madre y su padrino salieron y cerraron la puerta con su huella. Millie no podría abrir la puerta con la suya, y las ventanas eran del tercer piso. Se le ocurrió la idea de agarrarse a la columna exterior y bajar trepando, pero apenas tocó la ventana, sonó una vocecita enlatada “Ventanas bloqueadas. No se detecta emergencia, introduzca el código para desbloqueo”.

      -¡BAH! - bramó la joven.

      -Lo siento, código incorrecto. - contestó el ordenador de la casa. Millie resopló y se sentó al piano. Hemlock se acercó a ella.

      -Señorita, no se enfade así. - sonrió. - Ya sé que no le gusta que le obliguen a hacer nada, pero ni siquiera lo ha intentado. Yo de pequeño también pensaba que era algo odioso y aburrido, pero cuando fui cogiendo práctica, me encantó. - Millie le miró con fastidio.

      -Hemlock, hablamos de ti. Tú consideras apasionante coleccionar sellos de Tierra Antigua.

      -Bueno, es una manera preciosa de aprender geografía y otras cosas, como historia, arte y hasta cultura pop. - sonrió. El “pop”, en su voz sonaba como un pequeño bocinazo. Claro que, con una narizota como la suya, a ver quién no hablaba a través de ella, solía pensar Millie, y eso la hacía sonreír. Y sonrió.

      -Supongo que no puedo librarme. Bueno, la verdad es que podría descargar algún archivo de sonido de prácticas de piano, y hacer creer a mamá que…

       -Señorita Millie… - la reconvino Hemlock, y la joven suspiró. Cuando su amigo la miraba con esos ojos negros, ella sólo veía ternura en ellos, y era incapaz de continuar la mentira o la trastada. Por norma general, el mayordomo siempre la apoyaba y la protegía, sólo en muy raras ocasiones usaba “la mirada”; Millie sabía que sólo la usaba cuando estaba convencido de que ella no tenía razón, y por eso cedía, aunque fuese a regañadientes. Él creía entenderla, y susurró – Te gustaría que hubiera por lo menos una manera de, ya que no puedes librarte, hacerlo aunque sea un poquito más divertido, ¿verdad? - La joven asintió, y el mayordomo la miró con picardía – Eso quizá pueda arreglarse. 

      Millie devolvió la sonrisa. De repente, estar encerrados y que no sólo nadie pudiera salir, sino que nadie pudiera entrar de sopetón, era una perspectiva más agradable que hace sólo dos minutos. Interrogó con la mirada a su amigo.

      -Primero, se trata de encontrar el do central, y apoyar en él los pulgares. - dijo con tono de profesor. La joven miró el libro del método, el teclado, y lo encontró. Y la mano de Hemlock se apoyó en su hombro y empezó a deslizarse por su espalda. - Ahora, tocadlo cinco veces, primero con el pulgar derecho, y luego otras cinco con el izquierdo.

      Millie obedeció. A cada nota, la mano de su amigo acariciaba su espalda y finalmente llegó a sus nalgas, y empezó a acariciarlas con mucha suavidad. La joven no dejaba de sonreír.

      -Muy bien. Ahora, tocaremos la primera escala, partiendo desde el do central, hacia la derecha, con todos los dedos de la mano. - Explicó Hemlock, sin separar la mano de las nalgas de su amiga. Millie obedeció. A cada nota, el mayordomo movía su mano y acariciaba con la palma y los dedos, paseándose a placer por su culo y deteniéndose de vez en cuando en la raja. Millie intentaba concentrarse y tocar sin equivocarse, pero al coger confianza, quiso acelerar y tocó dos teclas a la vez.

      -¡Ay! - la joven pegó un brinco sobre el asiento, ¡Hemlock le había dado un pellizco!

      -Si te equivocas, habrá castigo. - susurró él, acercando su cara a la de ella. La joven miró sus labios entreabiertos, enmarcados por el oscuro bigote que se cerraba en una barbita circular, fina y suave, hasta las patillas del negro cabello del mayordomo, y también se acercó a ellos, pero cuando estaba a punto de besarlos y acariciarlos con su lengua, Hemlock se volvió rápidamente y sólo le permitió besar su mejilla – Y si lo haces bien, premio.

       Millie soltó una risita ahogada. Sus padres no tenían la menor idea de que ella y Hemlock llevaban algún tiempo colándose en la cama del otro durante la noche, y no precisamente para dormir. Hemlock podía no sólo perder su empleo, sino encontrarse frente a una condena por violación si su padre removía el asunto, y ella podía verse desheredada, expulsada de casa y con una hermosa demanda de incumplimiento de contrato, puesto que estaba prometida a otro hombre desde la edad de ocho años y había renovado su firma con la mayoría de edad, pero todo ello sólo hacía la relación más interesante. La joven continuó pulsando las teclas cuidadosamente, y la mano de Hemlock volvió a ser suave y cariñosa. Las caricias en el tierno culo de su amiga estaban provocando que su respiración se acelerase y que su pene empezase a agitarse, divertido. Millie tenía las mejillas muy sonrosadas y un cosquilleo muy agradable en el culo, que se iba extendiendo hacia su vulva sin que pudiera contenerlo. Sin darse apenas cuenta, empezó a frotarse contra el asiento.

      Las notas de la escala se sucedían con monotonía, subiendo y bajando. Con lentitud, pero sin errores, y Hemlock iba recompensando a su alumna como había prometido. Las caricias se volvían más intensas y pasaron a ser apretones. Millie le miró casi suplicante, y él sonrió. Con un gesto, la hizo levantarse ligeramente del asiento, y metió la mano entre éste y su culo.

      -¡Mmh! - Millie le miró con ojos brillantes y una mano en los labios, de los que un gemido quiso escaparse. Estaba sentada sobre la mano de Hemlock. Eso ya era bastante caliente, pero el mayordomo empezó a mover los dedos, y la joven se estremeció contra ellos.

     -Sigue tocando, Millie. Tu madre quiere oírte. - sonrió con picardía, y la alumna reanudó su ejercicio. Mientras ella movía los dedos sobre las teclas, Hemlock acariciaba a través de la falda y las bragas, y aún con las dos prendas de por medio, podía notar el calor y la humedad. Su pene ya hacía un bulto en el pantalón de su uniforme a la federica, y la joven no dejaba de mirarlo de reojo, pero no apartaba las manos del teclado, a pesar de su terrible deseo de sacárselo de las ropas y complacerlo. Precisamente por mirar donde no debía, se saltó una nota.

      -Mal, mal, mal, querida. Castigo. - sonrió el mayordomo. Millie cerró los ojos y se preparó para el pellizco, pero no lo notó. Abrió un ojo y vio la sonrisa socarrona de su amigo. - No, esta vez te has ganado un castigo mayor. Vas a tener… - fingió pensar – que quitarte las braguitas.

      -Hemlock… - susurró ella, haciendo ver que estaba escandalizada – Pero, ¿cómo me puedes pedir algo así? ¡Qué vergüenza!

      -No te lo pido, querida, te lo ordeno. - dijo, dándole un cachetito en el culo – Vamos, esas braguitas fuera, ¿o prefieres que te las quite yo?

      -Me da mucha vergüenza, ayúdame. - contestó. Hemlock tuvo que abrir la boca para respirar hondo, la excitación le dejaba sin aire; la joven le llevó las manos a su falda y las metió bajo ella. Las manos de ambos llegaron a la cinturilla de la prenda interior y tiraron, y Millie sintió un escalofrío de cosquillas al sentir su vulva en contacto directo con la suave tela del banco de piano. Arrugadas y húmedas, las bragas se le deslizaron hasta los tobillos, y Hemlock se apresuró a recogerlas, y las apretó contra su gran nariz, dejando que su aroma le envolviera, ese olor a excitación y jabón íntimo… las guardó en su casaca y abrazó a la joven por el hombro, al tiempo que su mano se lanzó hacia la falda y empezó a acariciar la cara interior de los muslos. Podía sentir el calor que su vulva desprendía en las puntas de los dedos.

      -Sigue tocando, continúa. - sonrió. Millie se le derretía entre las manos e intentaba llevar las notas, pero no era nada sencillo atinar. El dedo índice de Hemlok se perdió un momento entre los labios vaginales de la joven y la joven se dobló de gusto… pero cuando ese mismo dedo subió hacia su clítoris y lo rodeó lentamente, empapándolo de jugos, Millie creyó perder el sentido y estuvo a punto de gritar su placer.



* * *


      -Mmmmmh… no… Basta… Milton, bastaaa… aquí no, paraaaaaah… - pedía Wenda, pero la verdad que no sólo no hacía nada por parar a Milton, sino que movía voluptuosamente sus caderas contra él, buscando más placer.

      -Haaaaaaaah… si está tocando, no puede oírnos. - Milton sonreía mientras una gota de sudor se escurría por su frente hasta la mandíbula. Estaban de pie, a solas en el saloncito frente a la chimenea. Wenda le daba la espalda y estaba inclinada hacia delante mientras él la penetraba desde atrás y la sujetaba por los brazos.

       -Pero… si alguien nos ve… ooooh, sí… ¡no! Si se entera mi maridoooooh… - Los ojos de Wenda brillaban y se ponían en blanco cada vez que su amante empujaba, y más ahora que estaba acelerando.

      -Oooh, Wenda… ¡Tu marido es tan cretino, que podríamos follar delante de él y ni se daría cuenta!

      -Mmmmh, ¡no digas esas palabrotas soeces…! - exclamó la mujer, inclinándose más para que la penetración fuera más honda.

      -¿Cuál, follar? - Wenda gimió – Follar. Follar, follar, joder, chingar, montar, trincar, clavar, rellenar, empotrar…

      -¡Basta, bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah…. Haaaaaaaaaaaaaaaah….! - Wenda se puso tensa y tembló, y Milton notó cómo el coño de su compañera daba espasmos y se cerraba sobre él, y estuvo a punto de soltarla de la emoción que sintió, pero en lugar de eso, continuó empujando. La mujer gritó de pasión, ¡era demasiado justo después de correrse, apenas había terminado y le estaban dando más! Volvió la cara para mirar a Milton, y éste la vio con lágrimas de placer en los ojos, las mejillas brillantes y rojas, y la boca abierta en una sonrisa extasiada y babeante, y explotó dentro de ella. - ¡Síiiiiiiiiiii…! Mmmmmmmmmmmh… qué caliente…

      Milton gimió y empujó, sintiendo la maravillosa energía liberada del orgasmo, su semen saliendo a presión e inundando las entrañas de su amante y dejándole satisfecho. Permaneció unos segundos moviéndose en círculos, saboreando el gusto hasta los últimos coletazos de placer, y empezó a salirse lentamente, pero dejó dentro el glande un poquito más, recreándose en el cosquilleo. Wenda soltó un suspiro infinito y dio un apretón voluntario al pene de su compañero, ¡qué gusto! ¡Qué bien la dejaba siempre! “¿Cómo puede ser que con mi marido lo haga yo todo y nunca sienta nada, y con él esté encendida apenas con que me toque?”, pensó la mujer. Una parte de sí misma se sentía fatal por ser infiel a su marido con el hombre al que hacía tantos años había jurado no volver ni a mirar a la cara. Otra parte se decía que Milton y ella siempre habían sido el uno para el otro y no tenía sentido negar la sencilla verdad. Pero por negar la sencilla verdad, no iba uno a renunciar a todo; Milton podía encontrarse con una demanda por sabotaje industrial y violación, y ella misma con otra por mala praxis empresarial y adulterio si se descubría su relación, pero todo ello sólo lo hacía mucho más interesante.

      Milton le subió las bragas a Wenda, le estiró la falda, le metió de nuevo los pechos dentro de la chaqueta y le arregló el vestido mientras ella a su vez le colocó el pene dentro de los calzoncillos, le subió los pantalones metiendo por dentro la camisa, le apretó la corbata y le sacudió los hombros de la chaqueta. Se miraron por un momento a los ojos y parecieron a punto de abalanzarse de nuevo el uno sobre la otra, pero ella le pasó el sombrero y el bastón, y él los aceptó besándole las manos con toda caballerosidad.


* * *


      En el estudio, Millie hacía esfuerzos titánicos simplemente por mantener los dedos sobre el piano, mientras Hemlock no cesaba de acariciar su clítoris. Ahora lo hacía rápido, ahora muy despacito, ahora en círculos, ahora lo pescaba entre dos dedos… ¡la estaba volviendo loca! Su humedad estaba mojando el tapizado del banco, y Hemlock sabía que sería él quien tendría que limpiarlo para que no les pescasen, pero eso no le parecía importante; “con mucho gusto lo limpiaría a lengüetazos”, pensaba mientras movía su dedo en el punto débil de su amiga.

      -Po… por favor… no puedo máaaas… - gimió débilmente la joven. Hemlock se moría de deseo por ella, bellísima en medio de su placer, con su pálida piel tan rosada y los ojos tan brillantes, y toda temblorosa, como si fuera a romperse entre sus brazos. Le besó el cuello y Millie tuvo que apretar los labios para no gritar; el escalofrío de gusto le recorría desde el cuello a los pezones y se reflejaba también en su torturado clítoris. El mayordomo le soltó el cuello para besarle la boca, y sus lenguas pelearon más que acariciarse. Millie le tomó de la casaca y notó que su placer empezaba a descontrolarse, ¡era deliciosamente insoportable! En ese momento, la puerta de la calle se cerró; Milton y Wenda se marchaban, y eso significaba que las puertas ahora las llevaba Hemlock, y también significaba que estaban solos en la enorme casa. El mayordomo no lo pensó ni un segundo; metió dos dedos en el coño de Millie, de sopetón. - ¡AAAaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah….!

      La joven desorbitó los ojos y se estiró, tensa como una goma, con los puños cerrados y el placer desbordándole por los poros, ¡se corría, se corría en los dedos de Hemlock, se corríaaaaaaa…! El mayordomo metió y sacó sus dedos a toda velocidad, y notó que el coño de la joven salpicaba; Millie sintió un placer inmenso estallar en su coño y expandirse con fuerza por todo su cuerpo, calmando el picor y dejando a cambio cosquillas, dulces cosquillas de gusto y bienestar… sus piernas temblaron y se fueron relajando lentamente, hasta reposar de nuevo en el suelo, y su puño soltó al fin la casaca de su amigo. Tomó aire y gimió. El corazón le latía desbocado y sudaba, estaba desmadejada en el banco, rendida de placer, perdida en un mar de inmenso gusto, ¡qué bueno había sido! ¡Qué placer tan intenso…! Miró a Hemlock y le sonrió. Y éste la apretó entre sus brazos y la besó, acariciando su lengua y deslizándose contra su paladar y sus mejillas.

      El mayordomo sintió la dulzura del beso cebarse en su estómago que mariposeaba, pero enseguida la sensación bajó hacia otros lugares y sintió una excitación deliciosa… no provenía sólo del beso; Millie le estaba frotando la polla a través de la ropa. Con una mano, él mismo se abrió la bragueta para dejarle paso libre y la joven gimió en la boca de su compañero, que no soltaba ni por un momento. La suave mano de Millie le abrazó la polla ansiosa y comenzó a frotarle sin piedad.

      -Que sepas que este castigo, te lo devolveré – dijo la joven, hablando tan cerca de la boca de Hemlock que sus labios se rozaban – esta noche, vendrás a mi cuarto y me divertiré haciéndote perrerías; te acariciaré muy suavecito sólo el glande, sólo la punta, y te tendré así horas y horas hasta que no puedas más… querrás correrte y no podrás, necesitarás sólo un empujoncito, una caricia en toda la polla para quedarte a gusto, y NO te la daré. Sufrirás tan dulcemente, me suplicarás que pare…

      Los labios de Hemlock aleteaban contra los de la joven mientras se dejaba masturbar, saboreando la descripción del juego al que pensaba someterle. Millie le agarraba la polla y le daba apretones, le frotaba de arriba abajo, se detenía en el glande… por fin le abrazó la punta con la mano y le meneó con ganas, sin parar.

      -Sigue… sigue… - pidió el mayordomo. La joven le miró a los ojos, quería ver su expresión cuando le llegase el orgasmo, y le besó la comisura de los labios, la barbita negra… el cosquilleo fue cambiando al picorcito caliente que anunciaba el placer, y Hemlock luchó por no cerrar los ojos para que ella viera cómo gozaba con sus lúbricas caricias. El placer creció, rebasó los límites y por fin se desbordó, en medio de un golpe de cadera, de una expresión de abandono y de un espeso chorretón de esperma que voló hacia el piano y el método, que se apagó al sentir la humedad. Hemlock besó de nuevo a la joven, gozando de las contracciones, de las gotas que aún se escapaban de su polla y se escurrían sobre los dedos de su amiga. Qué dulce…


* * *


      -¿Y bien, Hemlock, qué tal la primera lección de Piano? ¿Se ha portado bien? - preguntó Wenda aquélla noche, cuando volvió del teatro.

      -Muy bien, señora. Al principio no tenía demasiadas ganas, pero usted sabe lo que le gustan la música y los retos; apenas empezó a ver lo que podía hacer con el instrumento, le cogió el gusto y luego no quería parar.

      -¿De veras? - sonrió Wenda.

      -Oh, sí, señora. De hecho, es increíble cómo se ha dado cuenta de lo satisfactorio que puede ser, y he visto que puede hacer cosas fascinantes con ese instrumento. Está deseando que la ayude con su segunda lección mañana.

      -¡Cómo me alegra oír eso! Desde luego, si alguien podía conseguir que Millie hiciese algo tan de provecho, eras tú.

      El mayordomo hizo un gesto de modestia, y entonces apareció la joven en lo alto de la escalera, ya en camisón. Saludó a su madre y enseguida se dirigió a su amigo:

     -Hemlock, por favor, súbeme un vaso de leche caliente, ¿quieres?

      El mayordomo hizo una reverencia a ambas y se dirigió a las cocinas. De camino a ellas, Wenda no pudo ver que el joven se abría la bragueta, sólo le oyó contestar:

      -Cómo no, señorita. Subiré enseguida, con su leche a punto.

domingo, 10 de abril de 2016

Un sabueso y un felino.



     Las tres cabezas chocaban entre sí al bambolearse con el paso del caballo, bocas abiertas y ojos vacíos, a la grupa del animal, produciendo un sonido sordo, casi gracioso si uno no pensaba qué lo causaba, como de entrechocar de cocos. Zaijov estaba tan acostumbrado a él que ni siquiera le prestaba atención; muy atrás quedaban los tiempos en que aquéllas cabezas que colgaban del caballo del Justicia le fascinaban y horrorizaban por igual, y escondía la cara tras el grueso cuerpo de su madre, hasta que un día su padre le tomó del cogote y le obligó a mirar, y le dijo que mirara no sólo las cabezas, sino también al hombre que iba a caballo. A Zaijov entonces le pareció un hombre grandísimo, muy impresionante y temible, pero aquél hombre le dedicó una mirada llena de simpatía y le sonrió. Y en ese momento, el pequeño Zai, que todavía no ponía dos cifras en su edad, decidió que sería Justicia. 

    Aquéllas cabezas, que hasta pocos días atrás habían coronado los hombros de criminales, no eran ni remotamente las primeras que cargaba Zaijov. Hacía muchos años, de hecho, que había dejado de llevar la cuenta. Hacía menos años, pero los hacía de todos modos, que había dejado también de pensar que cada cabeza colgada de su caballo acercaba a la humanidad a un mundo mejor, o a un futuro más esperanzador. Él sabía que ser Justicia era su trabajo y lo hacía, y consideraba que lo mejor para seguir cuerdo, era no confiar más que en el presente. Esos tres, ya no harían ningún daño a nadie. Eso, y conseguir calor y reposo, era lo único que le importaba en aquél momento. 

     El frío aumentaba y parecía morder la carne. Iba bien abrigado con el tabardo de piel y el gorro calado hasta casi la nariz, pero aún así notaba la nieve queriendo silbarle en el cuello. La ascensión era lenta y penosa, pero los caballos la aguantaban bien y al menos no era preciso ir caminando. El pequeño asentamiento en el que vivía apenas albergaba a doscientas almas, y pese a ello no era de los menos poblados. En tiempos antiguos había sido un monasterio, o eso decían los escritos. Estaba excavado en la roca viva y en medio de fuentes termales asombrosamente cálidas, lo que lo hacía muy cómodo en aquéllos duros inviernos. Zaijov, por su posición social, tenía derecho a una celda muy amplia cuya parte trasera daba a una de las termas que podía usar en privado. El resto de habitantes podía gozar de las termas comunes y de habitaciones, si bien no tan amplias, igualmente cómodas, y cada quien tenía derecho a ciertos privilegios en función de su posición; las familias con niños disponían de más espacio y tenían preferencia en el reparto de comida y de dulces cuando podían conseguirse; los solteros tenían derecho a mayor cantidad de bebida y horas privadas en las termas; los cazadores obtenían las mejores prendas de abrigo y preferencia en la atención médica... El viejo monasterio ofrecía un refugio cálido y seguro para sus habitantes lo que, en los tiempos que corrían, era mucho decir. 

     La humanidad de Tierra Antigua pasaba apuros. De hecho, según las fuentes oficiales, ni siquiera existía. Después del gran Cataclismo que asoló la Tierra y la dejó envuelta en una nube radioactiva, los humanos supervivientes que aún conservaban algún dinero o medida de cambio, se vieron obligados a abandonar en masa el planeta y repartirse por las colonias y por otros mundos más o menos amistosos donde pudieran ser aceptados. La versión oficial decía que la vida humana en la Tierra sería imposible durante al menos un milenio, y que toda vida en el planeta se había extinguido. Apenas diez años después del Cataclismo, con la humanidad repartida por el Universo, la Tierra Antigua había caído en el olvido, y sus viejos propietarios acabaron convencidos de que no recuperarían sus inversiones jamás. Tierra Antigua empezó a ser utilizada entonces como medio de ejecución, y tanto los humanos como muchos otros habitantes de la Galaxia empezaron a enviar allí a los reclusos de los que querían deshacerse, seguros de que la radioactividad acabaría con ellos en poco tiempo. Fue una suerte para todos que a nadie se le ocurriese supervisar a fondo y simplemente tomasen los datos obtenidos como absolutos.

     Aquéllos reclusos se encontraron en su mayoría con un planeta muerto, yermo y árido en el que no crecía nada, en el que sólo escorpiones, escolopendras y cucarachas se disputaban la supervivencia, donde el agua sabía a ácido y quemaba la garganta y el aire venía cargado de arena y contaminación, y cada bocanada era veneno. La mayoría no sobrevivieron más allá de un día. Pero algunos, cayeron en otras regiones, situadas mucho más al norte, en zonas que ya se habían enfrentado a la radioactividad siglos atrás, cuando el hombre apenas empezó a jugar con ella, y el medio ambiente había desarrollado armas para adaptarse. Aquellos que cayeron en mitad del invierno, no lograron sobrevivir y murieron ateridos, pero los que llegaron en verano, se encontraron no sólo con una vegetación exuberante, sino también con animales de todo tipo, incluido el hombre. 

     Tuvo que ser un buen susto para ambos cuando el hombre se encontró quizá con un extraterrestre, o simplemente con un humano al que no había visto jamás en un tiempo en que la palabra “desconocido” perdió su significado, y también para el extraño, cuando vio a un hombre salir de debajo de la tierra. Durante buena parte de la historia, a fin de protegerse de lo peor de la radiación, el hombre había construido búnkeres y refugios antiatómicos que se revelaron útiles al fin. Desde luego que lo más sensato hubiera sido no tener jamás que utilizarlos, pero esos refugios habían salvado la vida en Tierra Antigua de todos aquéllos humanos que eran demasiado pobres para pagar un pasaje que les sacara de ella, y preservado su intimidad. De no haber sido por ellos, hubiera sido mucho más fácil percibir la vida humana, y quién sabe qué hubiera podido suceder entonces; no parecía probable que los dueños de la Tierra hubieran permitido a nadie vivir en ella gratis… Sea como fuere, la humanidad empezó a prosperar de nuevo, muy lentamente y restringida a aquéllos lugares en los que era posible, que no eran demasiados y en los que las condiciones de vida eran rigurosas. Zaijov había leído todo aquello de niño, y ahora él mismo también escribía parte de la crónica del monasterio, como el anterior Justicia lo había hecho antes que él. Miró hacia arriba y suspiró aliviado al comprobar lo cerca que estaba ya de su hogar. Sabía que antes, las ciudades habían tenido nombres, pero ahora los asentamientos carecían de ellos. El hombre había aprendido por las malas que no era saludable encariñarse en exceso con un lugar ni sentirse envanecido de haber nacido en un sitio determinado. 

     Por fin, poco rato después, llegaron al monasterio. Zaijov y los mercaderes que le acompañaban entraron en el patio y descabalgaron, dejando huellas sobre la costra de nieve que no cesaba de caer. Los cuidadores se afanaron con los animales, para llevarlos enseguida a los establos; los vehículos a energía solar o eléctricos eran escasísimos y el teletransporte podía dejar huella que fuese percibida desde el exterior, de modo que sólo quedaban caballos y animales de tiro como medio eficaz de transporte, lo que convertía a estos animales en algo muy valioso. Los mercaderes, rodeados por un sinnúmero de curiosos, entraron directamente al gran salón, donde podrían empezar su negocio. En el viaje de ida habían llevado grano, pieles y carne tanto fresca como salada, y ahora al regresar traían sal, té, frutas y hasta melaza. Había sido un buen viaje y estaban ansiosos de empezar los trueques. Otra de las cosas que Tierra Antigua había desterrado, era el dinero digital del sistema de créditos que había conducido a la terrible burbuja que había llevado a hipotecar el planeta entero, de modo que ahora sólo se cambiaba en trueque en lugar de pelearse por un medio de cambio que en realidad, carecía de valor. 

    Algunos idealistas habían creído que la supresión del dinero, traería aparejada la supresión de la avaricia, pero no había sido así. Los robos se seguían produciendo y había quien intentaba aprovecharse de su vecino o colarle cosas defectuosas o de menor valor en los cambios, pero para eso también estaba Zaijov, para resolver las disputas que se originaban por ello. No obstante, este tipo de estafas era difícil hacerlas, despreciadas, y castigadas con dureza, de modo que no eran tampoco un delito que se diera a niveles alarmantes, al punto que ni siquiera era preciso que Zaijov supervisase los mercados ni las subastas, cosa que agradecía enormemente esa mañana. Habían salido en plena madrugada a fin de llegar temprano y que no les cogiera el anochecer en el camino, de modo que llevaban muchas horas cabalgando entre la nieve; estaba agotado. Se echó al hombro las alforjas, tomó las cabezas y se dirigió a su celda. De camino, entregó el siniestro recuerdo a su ayudante. 

     -¿Todo bien por aquí? – preguntó Zaijov. 

     -Sí, todo bien. – contestó el joven Aetos tomando las cabezas, que metería en tarros con agua y dejaría a la intemperie para que se congelaran por completo y después colgaría de los muros hasta que llegase el deshielo, momento en que las enterrarían. – Hanna se quejó de que alguien le roba bebida. 

     -Se la bebe él mismo y luego no se acuerda. Suprímele su parte de alcohol, que beba solo en el salón, y verás como nadie le roba una gota. – El muchacho sonrió, y Zaijov ya iba a marcharse cuando Aetos le llamó - ¿Si?

   -Eeeh… - el chico no concretó más, pero señaló hacia arriba, hacia donde el Justicia tenía su vivienda, y resopló de forma muy significativa. Zaijov sabía a qué se refería, y le vino la idea de supervisar el mercado a pesar de todo, pero pensó que retrasarlo más aún sería peor. 

     -Deséame suerte. Lo mismo la siguiente cabeza que cuelgas, es la mía. 

    Zaijov empezó a subir escaleras hasta su vivienda. No es que le tuviera miedo, claro que no. Bueno, no mucho. Su chica era un terrón de azúcar; era dulce, mimosa, graciosa… siempre estaba alegre y su sonrisa podía iluminarle después de las jornadas más sombrías. Cuando hablaba, sus palabras estaban siempre llenas de ánimo y cariño. Cuando callaba, su silencio estaba siempre lleno de comprensión y atención. Era fácil vivir con ella, era grato vivir con ella. …Salvo cuando se enfadaba. Entonces, hacía verdadero honor a su nombre. Zaijov se encontró frente a la puerta de su celda, y empujó. Estaba cerrada. Llamó, y nadie vino a abrirle, de modo que él mismo sacó su llave y abrió, intentando no pensar que no era buena señal que ella se hubiera encerrado, pero era peor aún que no hubiera abierto cuando llamó. 

     -¿Leona? – sonrió - ¡Leo! – le llegó un sonido de golpeteo rítmico y miró hacia donde procedía el sonido. 

     La gran celda tenía una chimenea, pero además, en un rincón algo alejado, tenía un pequeño hornillo. Allí, montada sobre piedras y una plancha de mármol, se había habilitado un espacio para cocinar, y ahí estaba Leona, de espaldas a él, picando verduras a toda velocidad. La mujer no se volvió, y Zaijov pensó, divertido, que era muy curioso que un hombre robusto y tan alto que por algunas puertas tenía que pasar agachado, y capaz de enfrentarse sin pestañear a hombres aún más forzudos y grandes que él, se sintiera intimidado por el modo en que lo ignoraba una mujercita cuya cabeza, apenas le llegaba al pecho.

     -Leo, sé que estás irritada. – dijo, quitándose el grueso tabardo y apoyándose en lo que, a falta de un nombre mejor, podría llamarse encimera – Pero simplemente callarte, no hará que yo sepa el motivo. – La mujer no se dignó mirarle, tomó otro pimiento y empezó a picarlo. O a despedazarlo. Zaijov acercó dos dedos al corto cabello rojo de ella – He vuelto. ¿No me vas a dar un beso?

     El enorme cuchillo incrustó toda la punta en la tabla de madera cuando ella lo clavó de golpe como si fuera un puñal. 

     -¿Cuánto dijiste que estarías fuera? – Bien, ya tenía el móvil. Una parte de sí pensó en contestar una vaguedad, algo como “no lo recuerdo con exactitud”… Otra parte le pegó una buena colleja a esa primera parte y le preguntó si tenía ganas de morir hoy, y contestó la verdad. 

     -Lo sé, sé que han sido más días. Sé qué te dije. Pero las cosas se complicaron, y tenía que resolverlas, no puedo dejar una investigación a medias. 

      -Dijiste “como mucho tres o cuatro días”- a Leona le temblaba la voz de enfado, y sus ojos, de colores dispares, verde y violeta, despedían chispas – Han pasado tres semanas. Tres semanas sin una palabra, ¿y pretendes hacerte el extrañado, porque yo no te dé un beso? ¿Tienes el cinismo de pedirme un beso, cuando no has sido capaz de encontrar, en tres semanas, un cochino minuto para sólo decirme que tardarías más? ¿¡Eso es todo lo que te importo!? ¿¡Todo lo que piensas en mí!?

     Zaijov se frotó la sien con una mano y alzó la otra. Le parecía que las tres semanas de asco, agotamiento y presión, se le echaban encima con cada palabra de Leona. 

     -Por favor, una cosa, déjame decir sólo una cosa. – pidió, - Voy a decir esto: Tienes razón. No he pensado en ti. Y me alegro de no haberlo hecho, porque durante tres semanas, he tenido que descubrir a los autores de la muerte de nueve personas, y de la violación de tres mujeres, una de ellas que tenía el período desde hacía solamente un mes, y que se quedó en estado y que prefirió matarse antes que tener al niño. Mirando a aquéllas personas descuartizadas, a aquéllas chicas rotas, y a una niña que… - tomó aire – Lo último que quería, era pensar en ti. Y ahora, tengo que dormir, lo necesito. Si cuando me despierte, quieres seguir discutiendo, te prometo que contarás con toda mi atención, pero ahora mismo estoy tan cansado, que si te digo algo más, sería algo de lo que sé que me arrepentiría después.

    La expresión de Leona había cambiado, pero Zaijov no lo notó. Frotándose los ojos, se metió en el dormitorio, cerró la puerta automática y echó la cortina. La celda de piedra quedaba totalmente a oscuras y empezó a desnudarse para meterse en la cama. Al desabrocharse el cierre cruzado del traje térmico, notó algo en su cuello, y sonrió con cierta amargura. Era el colgante que había traído para Leona, había olvidado dárselo. En su imaginación, él había pensado que ella le daría un largo beso, y cuando le abrazase por el cuello, lo notaría y así podría ofrecérselo como sorpresa. Ahora le daban ganas de salir y decirle “Ah, por cierto, te traje un regalo, esto es para ti”, pero eso sería ruin y ella no se merecía un golpe bajo sólo por echarle de menos, aunque tuviese una forma tan chillona de comunicarlo. Ya se lo daría más tarde, pensó mientras lo escondía en un cajón; se acostó y las gruesas mantas de piel lo abrazaron. La cama olía mucho a Leona. Y entonces, empezó a oír los golpes del hacha, y sonrió, ya sin amargura alguna.

       Enfundada en su tabardo y partiendo leña a golpes secos, Leona sudaba. Se sentía rabiosa, y el ejercicio físico le ayudaba a calmarse. Sabía que ella tenía razón, no era normal que el hombre de una, por quien se hacían tantas cosas, a quien se esperaba, ¡por quien era infiel a su marido legal!, simplemente se fuera por ahí días y semanas y ni siquiera dijera “por ahí te pudras”. Zaijov abusaba. Eso es, abusaba. La tenía para cuidarle, cocinarle, ¡para calentarle la cama!, y ni siquiera era capaz de mandar una mísera palabra, y ahora encima la hacía quedar como la bruja Yagá, “no he pensado en ti para no manchar tu precioso recuerdo en medio de asesinatos…” ¡JA! Seguro que durante las noches fuera, ¡otra le había calentado la cama! Pegó un hachazo con tal fuerza, que el instrumento se incrustó en el tocón tan hondo, que no podía sacarlo. Se apoyó con ambos pies en el tocón y emitiendo un rugido, tiró con todas sus fuerzas. Sacó el hacha y salió despedida hacia atrás, chocó con la pared del fondo y al hacerse daño, lloró al fin. 

    Le había echado de menos. Se había sentido sola, abandonada, llena de celos, pensando que si él no enviaba mensajes por ningún medio, era porque no la echaba de menos, porque estaba con otra, porque le había ocurrido algo… había creído volverse loca de preocupación y temor. Eso era todo. Quería estar con él, y ahora que había vuelto, se iba a dormir. ¡Y lo peor, es que no hacía ningún maldito reproche! Colocó un pequeño tronco en el tocón y descargó el hacha de nuevo, ¡frío! ¡Razonable! ¡Comprensivo! ¡Pragmático! ¿¡Por qué tenía que ser así?! ¿No podía gritarle, decir algo que ella pudiera devolverle? No, claro que no, le bastaba con explicar tranquilamente la situación, y quedarse tan ancho, haciéndola sentir a ella la mala… Seguro que ahora está riéndose, oyendo cómo lo pago con los troncos… 

     Leona soltó el hacha y recuperó el aliento. Estaba colorada y sudaba por todos los poros, notaba las axilas empapadas bajo la ropa. Cansada y jadeante, sintió ganas de llorar de nuevo, pero sobre todo, tenía ganas de llorar porque sabía que Zai no lo soportaba, y que cuando la veía triste, tenía que correr a consolarla. Quería estar con él, no continuar enfadada. Junto al tocón de la leña, separado por un biombo, estaba la terma privada. Cerca de la pila excavada en piedra y llena de agua caliente hacía mucho calor, rápidamente se desnudó y se metió en el agua, tan caliente que dolía un poco. Se lavó la cabeza y el cuerpo con el jabón que ella misma hacía y que perfumaba con flores, hierbas aromáticas o especias. Salió de la terma y se envolvió en una de las toallas que siempre dejaba allí. Se peinó el cabello, enredado pese a llevarlo sólo por los hombros, y pensó en la suerte que en ese aspecto tenía Zaijov: era completamente calvo. Por lo demás, Leona seguía sin explicarse qué había visto en él; era atractivo sí, pero no era ninguna beldad como para perder la cabeza, tenía la nariz aguileña, los ojos marrones y era robusto y peludo. Pero cuando le miraba, le pasaba algo extraño, porque a pesar de mirar su nariz aguileña, ella veía una nariz con personalidad; a pesar de mirar sus anodinos ojos marrones, ella veía dos cálidas gotas de melaza, y así con todo. No podía entender por qué le pasaba eso, pero le venía sucediendo desde que se conocieron, desde aquélla primera vez que le vio, cuando él salió tan rápido a defender a los niños, que le pescó medio desnudo… Ya seca y con el cabello lo más escurrido que pudo, entró en la alcoba, cuya segunda puerta comunicaba con la estancia termal.
   
     Zaijov sintió la puerta y su brazo, fuera de las mantas, se tensó. Pero enseguida el aroma de jabón delató a Leona y se relajó, fingiéndose dormido. La mujer permaneció silenciosa, sin duda queriendo averiguar si él estaba despierto o no. Al cabo, la sintió más cercana a él, junto a la cama, sin notar los pasos intermedios que ella forzosamente había dado. Leona abrió su lado de la cama, se despojó de la toalla y se acostó a la espalda de Zaijov. Muy despacio, éste comenzó a notar la mano de la mujer acercándose a su cuerpo bajo las mantas, tocándole el costado lentamente y al fin abrazándole. Y sólo entonces, la tomó de la mano. Leona respingó, pero en el acto se apretó contra él, y Zai le besó la mano y los dedos. Se volvió hacia ella. Leo no era chica que fuese a decir de viva voz “¿me perdonas?”, y en eso estaban empatados, pero Zaijov sabía que no era preciso hablar para decir algo, y que si uno de los dos claudicaba antes que el otro, siempre sería él. 

     -No lo sabía. – dijo ella – Sobre lo duro del trabajo, y eso… no lo sabía. 

    -No lo podías saber. – contestó Zai. – Yo no te lo conté, no te mandé una sola palabra. – Leona se acurrucó contra él y le abrazó por la cintura, mientras él la apretaba contra sí y le acariciaba los brazos y el cabello. Olía muy bien, y tenía la piel caliente por el baño. Sus pechos sobre el suyo le daban una sensación muy agradable, tan cálidos y blandos. Por primera vez, le pareció de verdad que estaba en casa.

     -Zai… - musitó – Mientras estabas fuera, ¿tú…? En fin, ¿hubo alguien que…?

     -No – sonrió él. Leo era una celosa irredenta. Quizá porque había visto a su padre tener tres mujeres, porque su marido legítimo no le había guardado un día de fidelidad… estaba acostumbrada a que los hombres a su alrededor no fueran en absoluto constantes, y ella había asumido que todos eran igual, que para ellos el sexo era algo tan preciso como respirar y que no podían controlarse. Zaijov lo sabía y no lo tomaba en cuenta, como ella no le tomaba en cuenta otras cosas. – Te admito que cuando llegué, me las ofrecieron. Cuando vas a investigar a un sitio, siempre sucede lo mismo: al principio todo son atenciones y agasajos porque quieren serte simpáticos, que pienses que ellos no son culpables ni te ocultan nada, o cuando menos que te sientas obligado. En cuanto se dan cuenta de que no te dejas embaucar, enseguida todo son malas caras, comidas frías y la misma gente que te pidió ayuda, ahora te reprocha que hagas tu trabajo. – Leona suspiró, aliviada, y le abrazó con la pierna. Estaba tan desnuda como él, y su cuerpo desprendía un calor delicioso. – Te he echado de menos. – admitió. 

    La joven empezó a frotarse, despacio, contra él, y a acariciarle la espalda y los brazos. Zaijov se dejó seducir, gozó del cosquilleo hormigueante que le recorría el bajo vientre cada vez que ella se rozaba. Era muy dulce, y llevaba casi un mes sin sentirlo; acarició la cara de Leo, y ella la alzó para besarle. Sus labios se juntaron, deslizaron, y casi enseguida, la mujer notó la lengua de su amante pidiendo paso entre ellos. La dejó entrar y la recibió con infinitas caricias, mientras Zai sentía cómo su virilidad se alzaba decidida, en busca de la humedad que le deseaba. Su mano derecha recorrió la columna de Leona, en sentido descendente, y se recreó en el gemido que ella emitió al sentir la caricia. Llegó al fin a las nalgas, y las empujó contra sí. 

    Un gemido ronco de él, un grito agudo de ella, y fueron uno. Leona le contempló con los ojos muy abiertos y le apretó más contra ella, con brazos y piernas, como si pretendiera atravesarle. Zaijov se colocó sobre ella y la miró unos segundos sin moverse, disfrutando sólo de la sensación de estar unidos y del ansia, rabiosa y tan dulce, de querer moverse y empujar. Leona le sonreía y sus ojos parecían brillar, era como si le dijese cuánto le amaba y deseaba con cada célula de su cuerpo. La besó con fuerza y empezó a embestir. La mujer gimió en su boca, se le agarró a los hombros y se puso tensa debajo de él. Zaijov se frotaba contra su sensibilidad y le saciaba tres semanas de deseo, de preocupación, de celos… en un placer delicioso, un placer que sabía pícaro, ácido, insoportable, y que quería estallar enseguida, ahora… ahora… ¡ahora!

      Leona gritó el nombre de su amante mientras el gozo se cebaba en el interior de su cuerpo y estallaba con furia, haciéndola temblar bajo el cuerpo de Zaijov, haciendo que sus muslos se acalambrasen en torno a la cintura de su hombre y sus dedos, crispados en el éxtasis orgiástico, se clavasen en los hombros de él, y su coño se contrajese, abrazando el miembro que le daba placer y la dejaba satisfecha. Los gemidos de Zaijov se  hacían más roncos y desgarrados, y en medio de un empujón final dejó escapar un pequeño grito de gusto, temblando también él, notando cómo la vida le era absorbida por el cuerpo de su mujer en medio de oleadas de un placer indescriptible. No se quitó de encima, al contrario. Se tumbó sobre ella, dejando sólo el sitio imprescindible para que Leona pudiera respirar, y se dejó acariciar y mimar. La mujer, con los ojos más cerrados que entornados, le acariciaba el cuerpo con toda suavidad, le besaba el brazo, la mano… E intentaba subir las pesadas mantas para que no cogieran frío. 

     A Zai le parecía que su cuerpo pesaba mil toneladas, pero se sentía en la más absoluta gloria. Por primera vez en semanas, le parecía que todo marchaba bien y que era feliz. Fue vagamente consciente de que su miembro se encogía y acababa saliéndose de Leona, en medio de una ligera sensación de escozor, pero grata a fin de cuentas. Su compañera le mantenía agarrado del brazo y él tenía más cuerpo sobre ella que sobre el colchón. Y no podía imaginar nada más cómodo. Se durmió y soñó que vivía en un agujero excavado en una tarta de melaza, pegajoso, caliente y jugoso.


   Antes de oír los toques en la puerta, ya había sentido a alguien en la casa, pero el mero modo de moverse y llamar le hacía saber que ese alguien no tenía malas intenciones. Al oír los golpecitos, se despertó por completo, y por la timidez de los mismos, supo que era Aetos quien llamaba. Zaijov se levantó, despegándose los cabellos de Leona de la cara y empapado en sudor. La mujer protestó en sueños y se hizo un ovillo. El Justicia se ató a la cintura la toalla que Leo había llevado y entreabrió la puerta, y al ver la expresión del chico, no le hizo falta preguntar qué sucedía. 

      -¿Tenían que esperar justamente al día que volvía, verdad? ¿Quién?

      -Uno de los mercaderes que vinieron contigo. Dicen que salió a guardar parte de lo suyo, y tardaba en volver, así que salieron a buscarle, y… - Aetos palideció – Bueno, le falta bastante cabeza.

     -Deja que me vista y voy. 

(Continuará)