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viernes, 13 de enero de 2017

Un jefe pervertido.


    La antesala del despacho olía muy fuerte a tabaco y al ambientador de fresas que usaba la pobre Trudy (bautizada Gertrudis) para intentar paliar el pestazo. No sólo no lo conseguía, sino que el ambiente era aún más irrespirable por la mezcla de los dos olores, pero Alvarito tenía un sistema; nada más entrar, cogía mucho aire respirando fuerte. A pesar de que él también fumaba, el olor casi le hacía lagrimear los ojos, pero mientras estaba allí, ya no olía nada. Soportarlo por soportarlo, mejor pasarlo lo más rápido posible.

      -Trudy, cariño, ¿le dices a...?

      -Le digo que estás aquí, y no hace falta que me llames “cariño”. - Trudy no aguantaba nada de los tíos, y trabajando para Zacarías Figuérez, traficante de porno, era perfectamente comprensible; Alvarito sólo había conocido a una persona que pensase en sexo más que Figuérez, y era un tipo que se dedicaba a hacer lucha libre en el barro en sus ratos libres. Y aún así, en una competición de a ver quién estaba más salido, lo más fácil sería que empataran. - Sr. Figuérez, Alvarito desea verle.

       -Repítelo un poco más despacio, ¿quieres? - contestó por el interfono la voz arrastrada y aguardentosa de Figuérez.

      -NO. - dijo, y volviéndose a Alvarito, le indicó que pasase, pero antes de que él pudiera abrir la puerta, Zacarías ya había salido a recibirle, llamándole por su nombre con una gran sonrisa. Trudy ni les miró, pero el empresario sí lo hizo.

      -Cariño, tráenos un café, ¿quieres? 

      -”Trudy”, no “cariño”. - Zacarías sonrió bajo su fino bigotito pegado a su barbita de color castaño.

     -Como quieras. Trudy, mi vida, ¿te importaría contonearte sobre esos preciosos muslos, y...?

      -¡CAFÉ! ¡Lo he oído! ¡YA VOY!

      Zacarías la vio alejarse con una sonrisa soñadora, y entró en el despacho con Alvarito. Éste sabía que Gertrudis podía estar hasta las narices de su jefe, pero pagaba muy bien y la jornada le dejaba muchos ratos tontos para estudiar Historia del Arte; por mucho que le molestase, no era fácil que dejase el trabajo, y eso Figuérez lo sabía.

      -Tengo un vídeo que te va a interesar para las cabinas – dijo Alvarito y le tendió el móvil, apenas Trudy les llevó el café y se marchó. Zacarías acercó su mano delgada con tres anillos en ella y musitó “veámoslo”, mientras se llevaba el cigarrillo a la boca con la otra. Puso el vídeo, lo observó con cara de extrañeza, se acercó el móvil a los ojos, y sonrió.

     -Esta es Lota... - Alvarito asintió y sonrió – Qué cabrón eres, ¿quién es el tipo que está con ella? No había visto a nadie sudar tanto sin estar en una sauna...

      -Se llama Ricardo, y están enrollados. Me dijo que habían sido amigos en el instituto, se reencontraron hace poco. ¿Cuánto? - Zacarías expelió humo y puso cara de circunstancias. 

      -Alvarito, hijo... tú sabes lo mal que va el negocio del local. Por más que tengamos vídeos exclusivos, con internet hemos perdido una cuota de mercado altísima, y en la página cada día tenemos menos compras de vídeos, a la gente le gusta la exclusividad, sí, pero en internet tiene mil vídeos más y gratis, no estamos para muchas alegrías...

      -Todos los habituales de tu local conocen a Lota, y no hay tío que no haya querido darle un repaso, ¡di que se trata de ella!

      -Es cierto que muchos de mis clientes la han visto, y se han interesado por sus encantos...

      -¡Y una mierda! ¡Se han interesado por sus tetas!

       -Admitamos eso... pero a ella no se le ve la cara, eso siempre queda mal, y yo no puedo poner en mi local que se trata de ella. ¿Me equivoco, o ella no sabe que éste vídeo existe? - Alvarito bajó la calva cabezota y lo reconoció. Pero no se arredró por ello.

      -¡Pero aún así, es perfecto! Ella viene por aquí sólo de vez en cuando, y cuando lo hace, no usa nunca las cabinas de vídeo, y no se mete en tu página, así que nunca lo descubrirá! - Zacarías suspiró e hizo un gesto de disconformidad.

      -Te diré qué haremos. Te daré parte del alquiler del vídeo. Primero lo pondré a un euro, e iremos a 70-30. El treinta entero para ti. Si veo que se vende bien y sobre todo que no hay escándalo, empezaré a darle bombo, lo subiré a tres euros, e iremos al cincuenta, ¿hecho?

      -Hecho. - Alvarito sabía que era un trato bastante pobre, pero aceptó; él sabía que cuando se corriese la voz por el barrio de que en el “GirlZ” había un vídeo de Lota montándoselo con un tío, todo el mundo lo querría ver. Se llegaría a los tres euros sin problema, y aunque supusiese sólo uno y medio para él, uno y medio era mejor que nada, que era exactamente lo que tenía en aquél momento.

      Zacarías descargó el vídeo a su ordenador y le pagó a Alvarito los veintitrés euros que le debía por otros vídeos similares que el portero le había vendido, grabando en parques y en el callejón de la discoteca, y que ahora se exhibían en el local del empresario. Apenas se marchó, Figuérez conectó el interfono, puso el vídeo a volumen medio y en reproducción infinita. Su trabajo le gustaba, pero esta era sin duda, una de las cosas más divertidas que le brindaba. Se bajo la cremallera y empezó a acariciarse con suavidad. Mientras su miembro se animaba y crecía, a través de la cámara interna, pudo ver a su secretaria mirar el interfono un par de veces. El volumen del vídeo no era lo bastante alto para delatarle, ni sus gemidos tampoco. Aún.

       En el vídeo se podía ver a una chica muy bien hecha, con varios tatuajes, en camiseta y bragas, y un tipo vestido sólo con un delantal de color rosa pálido. A la chica no se le veía la cara, estaban contra una pared, junto a una estantería de baldas abiertas, de modo que se le veía el cuerpo, pero a la altura del rostro tenía que haber un libro gordo. No obstante, todo el mundo conocía el tatuaje de la rosa que solía quedar medio oculto por el pantalón, el de la cobra y el de la partitura que lucía Lota en su cuerpo, no podía ser otra. Era una lástima que una chica tan guapa, hubiese ido a abrirle las piernas al tío del vídeo, pero en fin... Él tampoco era muy guapo, y hubiera dado lo que fuese porque una que él se sabía, le abriese las piernas a él. Con ese pensamiento, empezó a tirar suavemente de la piel del glande hacia abajo y se le escapó un suspiro.

       A través de la cámara interna, vio a Trudy dar un respingo, y tosió para disimular. Su secretaria puso cara de sospecha, pero al poco se relajó y siguió leyendo el mamotreto que tenía sobre la mesa. Figuérez sacó del cajón la botellita de aceite corporal que guardaba para esos menesteres y se dejó caer una buena cantidad sobre los dedos. Sólo el pensar en el placer que le esperaba, ya le ponía nervioso, pero no permitió que se le alterara la respiración. En el vídeo, se veía al tipo comiéndole el bollo a Lota, y no pudo evitar imaginar lo mucho que le gustaría ser él quien le diera ese placer a Trudy. O en ver a Trudy comérselo a Lota. Tuvo que morderse el labio.

      La idea de ver a dos chicas montándoselo, era algo que le gustaba muchísimo, y dejó volar la imaginación. Pensó en Lota desnuda, tal como estaba en el vídeo, y Trudy chupándole el clítoris, mientras a él le dejaban mirar. Su mano derecha, que hasta el momento había estado acariciando su pene de forma casi perezosa, sólo para disfrutar del cosquilleo suave y agradable, empezó a frotar con mayor decisión. Arriba y abajo, se deslizaba por todo su miembro, y de vez en cuando se detenía en el glande, la zona más sensible.

      “Oh, por favor, Zacarías, dame placer a mí también” pediría su secretaria en su fantasía. Se abriría de piernas, en cuclillas, mientras seguía chupando a Lota, y él se tumbaría en el suelo, metería la cabeza entre los muslos de Trudy, le haría a un lado las bragas y le lamería el clítoris. Sólo el clítoris, para hacerla sufrir y gozar. Pensando en eso, deslizó los dedos al frenillo, y se acarició allí, haciéndose cosquillas. ¡El placer le hizo brincar en la silla! Notó que sus nalgas se ponían tensas, mientras el placer eléctrico le zumbaba por toda la polla, pidiéndole que se agarrara y se frotara sin piedad, pero no lo hizo. Quería hacerse sufrir un ratito, quería torturarse, sabiendo que el interfono estaba abierto y Trudy podía oírle, pero debía ocultarlo el mayor tiempo posible.

       Su dedo índice aleteaba en su frenillo, ese punto dulce justo bajo el glande que le hacía retorcerse de placer y ganas, mientras su mano izquierda se acariciaba las pelotas, y conservaba el cigarrillo entre los labios, tragándose la nicotina y los gemidos a la vez. El cosquilleo era delicioso, le picaba en el miembro, se cebaba en el glande, le dejaba las piernas hechas mantequilla y era incapaz de mantener los ojos abiertos; era sencillamente perfecto... casi perfecto. En pocos segundos pasó de “delicioso” a “deliciosamente insoportable”, y se dio cuenta de que su respiración se estaba acelerando demasiado, por más que intentaba contenerse hacía ruido; en el monitor, Trudy de nuevo miraba el interfono y carraspeó. Zacarías retiró la mano y apretó el inhalador que usaba contra el asma para que su secretaria pensara que el ruido de respiración se debía sólo a eso. Gertrudis, con cara cada vez más suspicaz, pareció a punto de preguntar algo, pero el ruido del inhalador debió convencerla lo suficiente, porque no lo hizo.

       Figuérez se abrazó el miembro con la izquierda, mientras con la derecha sacaba un nuevo cigarro y lo encendía con la colilla del primero. Una vez renovada la dosis, se abandonó de nuevo a su fantasía. “No... no aguanto más, Zafi” decía su secretaria “Por favor, ¡penétrame!”. Zacarías tembló en la silla y se le escapó una sonrisa cuando pensó en Trudy llamándole “Zafi”, y mientras imaginaba cómo se sentiría su chochito cálido y estrecho, se apretó la polla y empezó a darse sin compasión. El aceite hacía que resbalase de un modo dulcísimo y el placer cambió. Ahora ya no era un simple picorcito, ahora eran oleadas de gusto que le quemaban todo el bajo vientre a cada movimiento de la mano. Supo que no iba a aguantar mucho más, y dejó de intentar contener el ruido, antes al contrario, separó los labios y dejó que su respiración saliera en gemidos delatores mientras aceleraba más y más y se rendía al placer.

       Gertrudis miró el interfono con cara de incredulidad, y Figuérez sonrió. Subió el volumen del vídeo y gozó del morbo de sentirse escuchado. “Me está oyendo... sabe que me la estoy zurrandooo... puedo sentir cómo se indigna mientras yo me fundo de gustooo...”.

      -Mmmmmh... haaaaaaaaaah.... - no fue un accidente.

      -Sr. Figuérez, córtese un pelo, que le estoy oyendo – dijo la secretaria, de malhumor.

       -Cielo, pero si lo hago precisamente para que me oigas, no tendría gracia si no... - contestó, con la voz entrecortada. Vio en el monitor que Trudy tapaba el interfono con su grueso abrigo, justo cuando el placer se hacía ya imparable – Eso no te servirá... hay un supletoriooOOOOOOoh... aaaaaaaaaaaaaah... oh, qué placer, ¡qué placeeer...! - se regodeó, gozando de los tirones que daba su polla, expulsando a presión una gran cantidad de esperma, dejándole a gusto y con una maravillosa sensación de calma y sueño. En el monitor, Trudy negaba con la cabeza entre las manos.

       -Dios mío, mi sueldo no paga esto... ¡ni el psiquiatra que voy a necesitar! ¡Y no me llame “cielo”! - la oyó lamentarse.

       -Hmmmmmmm.... Vidita, sabes que soy un pervertido, lo admito abiertamente a todo el mundo, fue lo primero que te dije cuando viniste por el puesto... no sé de qué te extrañas. - la joven resopló, y Zacarías sonrió. Le encantaba chincharla. - Venga, no te distraigo más, cie... cariño. Sigue estudiando. - Cortó la comunicación, pero siguió mirando por la cámara interna, cosa que Trudy no sabía y dio una honda calada al cigarro, que ya se extinguía, mientras buscaba uno nuevo.

      Uno podría pensar que siendo traficante de porno, conocía a un montón de chicas, pero Zacarías no se engañaba: eso se quedaba para los directores, los productores, los que ponían la pasta y tenían los casoplones donde se rodaba; el distribuidor como él, no olía a aquéllas tías más de cerca que cualquier perdedor de la calle. Alguna de las chicas que bailaba en su local le había hecho favores, seducida por la posibilidad de llegar a ser actriz porno o hasta modelo, pero cuando se dieron cuenta de que no tenía medios para promocionarlas de ninguna manera, pasó de ser “cariñito” a ser “el tío pervertido ese”. En un principio, él había pensado que también Trudy querría algún contacto de él y que podría divertirse con ella algunos meses, como con las otras. Pero Trudy sólo quería trabajar y estudiar su carrera, y aunque el estar de secretaria para alguien como Zacarías Figuérez era algo que ocultaba a su madre, lo hacía con mucha destreza, porque necesitaba el salario. Al empresario le cogió tan de sorpresa el encontrar una mujer que pretendiese vivir de su cerebro, que se encaprichó de ella. Pero Trudy se negó. Cuando se dio cuenta de que su jefe quería de ella labores que iban mucho más allá de contestar al teléfono, organizar citas y responder e-mails, llegó a abandonar el trabajo, pero Figuérez le rogó que no lo hiciera y le dobló el sueldo si se quedaba. Gertrudis sabía que no encontraría ningún otro sitio donde cobrase tan bien y, motivada por lo mucho que necesitaba el dinero para vivir y estudiar, decidió hacer de tripas corazón y quedarse, advirtiendo seriamente a Zacarías que bajo ningún concepto se acostaría con él. El empresario se mostró conforme, pero a su vez le hizo saber que iba a trabajar para un pervertido. Pacífico, desde luego, pero pervertido, e iba a tener que aguantar sus perversiones.

       Bien o mal, Gertrudis cobraba un sueldo elevado, pero a cambio tenía que oír cosas como la sucedida, soportar que Zacarías le llamase dulzuras y que, sin que jamás la tocase, ni le dijese groserías, ni se acercase a ella más de lo que permiten las formas, intentase de mil maneras “ponerla cachonda”. No era la primera vez que Figuérez le pedía que pasase a su despacho para recoger una bolsa de ropa sucia y llevarla a la lavandería, y que cuando ella entraba, él estuviese desnudo por completo. O que, si ella preguntaba si estaba vestido, respondiese que sí, y resultase que lo estaba, pero sólo de cintura para arriba. O que colocase una cámara bajo su propia mesa que le mandase fotos de su entrepierna al ordenador cuando se daba placer en su despacho, para que ella las viera. O que... Todo lo que se le ocurría. Quería acostarse con ella desesperadamente y no entendía cómo ella no se excitaba con cosas que a él le volverían loco, pero Trudy tenía algo que le impedía llegar a ella, y él no sabía qué era.

martes, 10 de enero de 2017

Leche con café



“Bien, ahora cuando vuelva, le diré que no es buena idea.” pensó Lota, poniéndose las bragas y la camiseta sin destaparse, por miedo a que Cardo volviera y la pescara a medio vestir. Había cometido el error, horrible y maldito error, de ceder con él. La noche anterior había bebido, y se habían juntado muchas cosas. Culpa, estúpidos celos, la pesadez de Cardo, todo había ido a combinarse y a medida que su cabeza se aclaraba, los recuerdos se hacían más vergonzosos. “Le va a destrozar el corazón y lo sé, pero es lo mejor para los dos”. Después de despertar a su lado, el Cardo se había ido a preparar el desayuno con una estúpida sonrisa triunfal, al parecer convencido de que una noche de sexo, era el inicio de una relación seria a largo plazo. La escasa experiencia de su antiguo compañero de estudios era más que evidente, y no sólo en terreno sexual.

Carlota sabía que ambos eran tan diferentes como la noche y el día. Ella era tatuadora, él encargado de planta logística en unos grandes almacenes; ella tenía sus amistades entre los moteros, modelos eróticas, porteros de discoteca, profesores de artes marciales y ex presidiarios. Él tenía compañeros de trabajo que no le tenían una especial simpatía, pero que se reían de sus chistes por que era su superior. Ella bebía cerveza y ron con coca cola, él zumos y, cuando quería desmadrarse, moscatel, sólo ocasionalmente bebía cerveza... ¿qué podían compartir dos personas así? Absolutamente nada. Prolongar la situación, sólo sería peor, era mejor desilusionarle rápido.

Alguien se aclaró la garganta, y Lota se volvió hacia el sonido, hacia la puerta abierta de su cuarto, y por ella apareció un pie descalzo.

-Yuuuu-huuuuuuuuuuuu.... - El Cardo deslizaba su peluda pierna por el vano de la puerta, después su peludo brazo, y finalmente asomó su cabeza de ralo y sudoroso pelo rubio, con sus ojos de pez y su sonrisa de bobo, pretendiendo ser seductor – Le traigo su café, madame... se lo he puesto solo, pero si quiere, puede pedirme que le ponga... leche. - desapareció un momento y enseguida cruzó la puerta, llevando la bandeja con café y tostadas, pero eso no era lo peor que llevaba. Sobre el cuerpo desnudo y erecto se había puesto un delantal con puntillas de color rosa pálido. “Ese delantal era de mi abuelita... Es su recuerdo, nunca me lo pongo para no ensuciarlo, y ahora él lo lleva sobre la po... la po...”. Y reventó de risa.

Más tarde, eso fue lo único que recordó, que se rió y se rió hasta hartarse. La situación era demasiado ridícula, demasiado grotesca para hacerle ningún reproche o decir nada, así que simplemente soltó las carcajadas. Ricardo no entendía por qué, y la miraba con extrañeza, y esa cara de estupor le hacía todavía más gracia, no podía parar, y por fin ella le levantó el camisón y metió la cara bajo la rosada tela. El Cardo se estremeció en un gemido agudo y tembló de tal modo que estuvo a punto de dejar caer la bandeja sobre Lota, sólo por un ejercicio de supremo autocontrol logró dominarse, ¡le estaba chupando! ¡No podía ni imaginar que le hicieran algo así, le... le parecía estar soñando!

Lota, arrodillada en la cama, besaba con lujuria la hombría de Ricardo y la recorría con la lengua, dándole mil vueltas en su boca cálida, y aún se le escapaban algunas risas, que cosquilleaban al Cardo. Era una suerte que no le viese la cara, porque se estaba poniendo hasta bizco de placer. El gozo le subía por la columna hasta la nuca, le hacía encoger los dedos de los pies y guiñar un ojo, y enseguida le pareció que no aguantaba más, era demasiado agradable. Un picorcito empezó a crecer en la punta de su polla, todo dulzura...

-¡Hola!

-¡AH! - ¡Ahora sí que tiró la bandeja! Sólo de chiripa la lanzó hacia un lado en lugar de dejarla caer, y saltó a la cama, intentando taparse.
-¡Alvarito, ¿qué haces aquí?! - gritó Lota, echándole las mantas encima a Ricardo, intentando no mirar que éste se cubría los pezones con los dedos. Alvarito tenía la mandíbula por los suelos y se tapaba y destapaba los ojos con las manos, sin dar crédito a lo que veía con ellos.

-Aaah... eeeh... Si alguien quiere decir “puedo explicarlo, no es lo que parece”, es una ocasión jodidamente buena para hacerlo. - dijo - ¡Aunque me gustaría ver cómo lo iba a explicar! ¿No era que “no te molestaba” que se morrease con otras?

Ricardo miró a Lota con asombro, ella se puso como un tomate, agarró la cafetera de la cama y se la lanzó a Alvarito, y le acertó en plena cara. Mientras éste soltaba un gemido de dolor, ella se puso digna como una reina.

-Alvarito, estás en el cuarto de una señorita. Haz el favor de salir hasta que pueda ponerme visible. - el portero masculló “Ok”, y salió agarrándose el lado golpeado y cerró la puerta tras de sí. Lota se levantó de la cama para buscar sus pantalones y recoger el desaguisado de la bandeja; iba a pedirle a Ricardo que se vistiera cuando reparó en la cara que tenía. Pura indignación. - ¿Qué te pasa, a qué viene esa cara de princesita ultrajada?

-No sé, tú sabrás. - repuso él.
-No te habrás enfadado por lo de Alvarito... - “¿Me estoy justificando delante de éste caradepez? No, no lo estoy haciendo, es sólo que no quiero que me tome por lo que no soy, ¡nada más que eso!” - Oye, él es amigo mío, casi un hermano, siempre me está chinchando, no...

-Carlota Concepción Manrique de San Jorge, Carlo la Bollo. - silabeó, saliendo de la cama - ¿Te has acostado conmigo por despecho? ¿Por celos? ¿He sido para ti un “polvo de rabia”?

Era la ocasión perfecta para decirle que sí y librarse de él de una vez para siempre. Tenía que decirle que sí.

-Bueno, verás...
-¡Has dudado!

-Cardo, yo lo he pasado tan bien como tú... - sonrió, pero él no se arredró.

-¡Eso, no es lo que he preguntado! ¡Te exijo, exijo, exijo saber si te has acostado conmigo por algo distinto al deseo sexual!

Lota sabía que las chicas nunca habían tratado bien al pobre Cardo. Nadie había tratado bien al pobre Cardo... ella hubiera preferido soltarle una mentirijilla piadosa, pero sabía que él estaba harto de soportar el buenismo de “mejor como amigos” que en realidad quería decir “no dejaría que me tocases ni aunque fueses el último hombre que hubiera en el mundo”. Se merecía la sinceridad.

-De acuerdo: sí. Lo hice. - admitió. Con la cabeza gacha, como esperando la reprimenda, continuó – Y no me siento bien por ello. Me pareció injusto que te hubiese resuelto la papeleta de la maldita broma, que te hiciera quedar como un rey, te pusiera en brazos de dos tías impresionantes y tú pasase de mí por completo, por eso te di aquél morreo, ¡me fastidiaba que tú ni me mirases! Cuando te pusiste pelma anoche quejándote de que nunca tenías sexo, lo reconozco, estaba muy bebida y quería que te callases y dejases de lamentarte... pero también quería darte por los morros, hacerte ver que la mentira que te había servido con Mona y Sara era eso, mentira, que sólo la chica a la que habías ignorado y no le habías dado ni las gracias por salvar la poca dignidad entre tus compañeros de trabajo, era la única que te hacía algún caso... De haber estado más serena, no habría hecho algo tan vergonzoso, pero el caso es que lo hice, y ya no puedo cambiarlo.

Guardó silencio. Esperaba oír reproches, quejas, pero desde luego no lo que oyó: sollozos. Levantó la vista, asustada, ¿tan fuerte le había dado...? Pero no eran lágrimas de tristeza. Ricardo la miraba con estrellas en los ojos, en medio de una ancha sonrisa de felicidad, y la nariz y los ojos le goteaban al unísono. Antes de poderle parar, ya se había sonado con el delantal de la abuelita, y antes de que Lota le pudiese matar por ello, ya la había abrazado y le cubría la cara de besos.

-Celos... ¡Te acostaste conmigo por celos! ¡Mi Lotita estaba celosa! Es... ¡Es lo más bonito que me han dicho nunca! ¡Corazón de tu Cardito!

-Eeh... o-oye, creo que no acabas de entender la base de una relación sana y de la confianza, y, que algo tan impulsivo como...

-¿Un rapidito?

-Vale. ¡Mierda! - maldijo, pero ya era demasiado tarde; Cardo estaba entre sus piernas, le bajó las bragas y le pegó la boca al coño. Lota no pudo reprimir un gemido, ¡qué bien había aprendido el muy cabrito! Oooh... su lengua le hacía mil cosquillas en el clítoris, y enseguida llevó los dedos a su rajita, ya húmeda, y empezó a toquetear en ella. Lota se dejó recostar en la pared y acarició los cabellos rubios del Cardo, sus orejas... Pegó un respingo de placer cuando notó que su amante le estaba aspirando la pepita, haaaaaaaaah... Le tomó la mano libre y la llevó a sus nalgas.

“El culo... quiere que le toque el culo” pensó Ricardo, extasiado. Pero el deseo de Lota superó todas sus expectativas. No sólo le llevó la mano a las nalgas, sino más allá. Al interior de las mismas. Cardo tuvo que parar de chupar para mirar a Lota, ¿quería que...? Lota, toda colorada, asintió. Y Ricardo se estremeció, los ojos se le cerraron de gusto, un gemido agudo se le escapó del pecho y un escalofrío le hizo temblar por los hombros... La mera idea de meter un dedo en el culito de Lota, le había hecho correrse encima. Carlota no pudo evitar reírse, pero Cardo no se sintió herido por ello; no se reía a mala idea, era una risa cariñosa.

-Que sepas que esto, es culpa tuya. - dijo Cardo, levantándose.

-¿Mía?

-Sí, señorita. Si no estuvieras tan buena, no me pasaría. - Lota soltó la risa, se levantó la camiseta y le metió bajo ella, abrazándole también. - Mmmmh... qué calentita estás... qué blanditas son tus tetas... ooooh... ¿ves como es culpa tuya?

Carlota le besó, le metió la lengua en la boca, y de nuevo le dirigió las manos a sus nalgas. Esta vez, el Cardo no dudó; acarició el agujerito trasero, mojado de la propia humedad de Lota, y empujó el dedo corazón hacia dentro.

-¡Aaaaaaaaah...! ¡Oh, sí! ¡Sí! - Lota tuvo que parar de besarle para gemir su placer, ¡qué maravilloso picor sentía en su ano! Ricardo, encantado con el descubrimiento, empezó a mover el dedo en círculos, de dentro a fuera... cada movimiento hacía que Lota sonriera y gimiera. Antes de poder darse cuenta, estaba erecto otra vez, y su polla se frotaba contra el vientre de su compañera. Lota lo notó, y le abrazó con la pierna, para dejarle entrar. - Así... hazme cosquillas por todas partes, métete dentro de... todos mis agujeroooos...

Ricardo no podía ni hablar, sólo atinaba a gemir, e intentaba hacerlo en tonos graves, en rugidos, que le parecían más masculinos, pero el placer, el inmenso calor húmedo que abrazaba con tanta ternura y pasión su miembro, le impedían incluso eso, y tenía que contentarse con dar gemiditos agudos y entrecortados de cachorro. Los empujones se hacían más rápidos y Lota reía a carcajadas, agarrándole los hombros, mientras sentía la dulzura picante crecer en sus dos agujeros por igual. Las cosquillas en su ano eran deliciosas, delirantes, y los restregones en su coño eran abrasadores. El hormigueo crecía, eran como olas, olas de placer que se hacían más y más dulces y más potentes a cada segundo.

Cardo vio que Lota se ponía más colorada, roja hasta el pecho, y que las manos con que le agarraban se crispaban y le hundían los dedos en los hombros, y supo qué iba a suceder, y el pensamiento estuvo a punto de causarle otro accidente; sólo el haber tenido el anterior, impidió este.

-No... puedo... más... - gimió Lota con un hilito de voz, y Cardo aceleró y metió más hondo el dedo en su ano.

-¡Córrete, córrete en mi polla y mi dedo, córrete! - gritó llenó de alegría, todo sonrisas. Lota sintió que aquéllas palabras volvían queso fundido sus huesos; una riquísima oleada de gusto pareció nacer en su interior, en un punto indeterminado entre su coño y su ano, creció y se expandió por todo su cuerpo en un escalofrío de placer inmenso que la hizo temblar de pies a cabeza y gemir de gozo, mientras su ano seguía picando, picando de un modo perverso, y cada temblor de su cuerpo incrementaba ese picor, hasta que también estalló, y la hizo tiritar y estremecerse entre los brazos del anonado Cardo, que no podía ni parpadear. El Cardo la había visto morderse los labios, poner los ojos en blanco y temblar como una hoja, mientras la pierna con que lo abrazaba daba convulsiones y ella gemía, y parecía calmarse un tantito, y volvía a gemir y a temblar... ¡y todo eso con él dentro! Era fantástico, era bestial, era... era... oooooooooooooooh....

-¡Cardo! ¡Cardito, ¿qué te pasa?! - Gritó Lota; Ricardo se le había venido encima apenas un segundo después de terminar, y casi no se tenía en pie, ella le sostuvo. Cardo tenía (más) cara de tonto, la mirada perdida y una sonrisa bobalicona en la cara. Lota estuvo a punto de darle una torta a ver si reaccionaba, pero entonces él puso los ojos en blanco y le notó palpitar dentro de ella. Simplemente, el placer y la excitación habían sido demasiado para él y le había dado un pequeño mareo. Lota le acarició la cara y le besó con ternura, y Cardo dejó escapar el aire en gemiditos y la apretó contra él, primero casi sin fuerzas, después con decisión.

-Me olvidé de decirte... - musitó, aún con la voz entrecortada por el placer – que soy bajo de tensión... Sexo de pie y sin desayunar, ha sido un poco excesivo... pero ha sido... “mareovilloso”.

Lota le abrazó y se rió, ¿qué otra cosa podía hacer con él?


*******************

En el pasillo, Alvarito se rió, mirando el vídeo que había grabado con el móvil a través de la puerta que había fingido cerrar al salir. Bien, había quedado estupendo; lo habían hecho contra la pared, junto a la estantería de la tele, que era de baldas al aire sin cerrar, de modo que a Lota no se le veía la cara pero sí todo el cuerpo, y lo mejor: al Cardo SÍ se le veía la cara. Y todo lo demás. “Eyaculador precoz con sobrepeso se desmaya después de correrse”, pensaba titularlo. Y sabía quién iba a pagárselo. 



Tú no vienes aquí para mejorar la ortografía, a ti te gustan mis relatos. A ti te gusta cómo escribo. Ahora puedes colaborar a hacer mejor mi trabajo y premiar mi esfuerzo:  Antojos, ¡los únicos cuentos eróticos que leerás dos veces!

domingo, 8 de enero de 2017

¡Mi primer libro ya está a la venta!

Queridos lectores todos:

Me place compartir con vosotros una buena nueva, y es que mi primer libro recopilatorio de relatos ya está disponible para su venta a través de Amazon. Muy pronto, nuevos volúmenes con novedades nunca leídas en internet. Cuento con vosotros:

https://www.amazon.es/dp/B01N0YBP17

¡Gracias a todos!

lunes, 2 de enero de 2017

Aparte del erotismo

Pues precisamente eso, otros escritos aparte de los eróticos, pero también míos. Si queréis echarle un vistazo, me haréis muy feliz, ¡pisad con cuidadito, que está todo recién estrenado!

http://trepanacionsinanestesia.blogspot.com.es/2017/01/eso-de-escribir-y-yo.html

Gracias, lectores.