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viernes, 13 de enero de 2017

Un jefe pervertido.


    La antesala del despacho olía muy fuerte a tabaco y al ambientador de fresas que usaba la pobre Trudy (bautizada Gertrudis) para intentar paliar el pestazo. No sólo no lo conseguía, sino que el ambiente era aún más irrespirable por la mezcla de los dos olores, pero Alvarito tenía un sistema; nada más entrar, cogía mucho aire respirando fuerte. A pesar de que él también fumaba, el olor casi le hacía lagrimear los ojos, pero mientras estaba allí, ya no olía nada. Soportarlo por soportarlo, mejor pasarlo lo más rápido posible.

      -Trudy, cariño, ¿le dices a...?

      -Le digo que estás aquí, y no hace falta que me llames “cariño”. - Trudy no aguantaba nada de los tíos, y trabajando para Zacarías Figuérez, traficante de porno, era perfectamente comprensible; Alvarito sólo había conocido a una persona que pensase en sexo más que Figuérez, y era un tipo que se dedicaba a hacer lucha libre en el barro en sus ratos libres. Y aún así, en una competición de a ver quién estaba más salido, lo más fácil sería que empataran. - Sr. Figuérez, Alvarito desea verle.

       -Repítelo un poco más despacio, ¿quieres? - contestó por el interfono la voz arrastrada y aguardentosa de Figuérez.

      -NO. - dijo, y volviéndose a Alvarito, le indicó que pasase, pero antes de que él pudiera abrir la puerta, Zacarías ya había salido a recibirle, llamándole por su nombre con una gran sonrisa. Trudy ni les miró, pero el empresario sí lo hizo.

      -Cariño, tráenos un café, ¿quieres? 

      -”Trudy”, no “cariño”. - Zacarías sonrió bajo su fino bigotito pegado a su barbita de color castaño.

     -Como quieras. Trudy, mi vida, ¿te importaría contonearte sobre esos preciosos muslos, y...?

      -¡CAFÉ! ¡Lo he oído! ¡YA VOY!

      Zacarías la vio alejarse con una sonrisa soñadora, y entró en el despacho con Alvarito. Éste sabía que Gertrudis podía estar hasta las narices de su jefe, pero pagaba muy bien y la jornada le dejaba muchos ratos tontos para estudiar Historia del Arte; por mucho que le molestase, no era fácil que dejase el trabajo, y eso Figuérez lo sabía.

      -Tengo un vídeo que te va a interesar para las cabinas – dijo Alvarito y le tendió el móvil, apenas Trudy les llevó el café y se marchó. Zacarías acercó su mano delgada con tres anillos en ella y musitó “veámoslo”, mientras se llevaba el cigarrillo a la boca con la otra. Puso el vídeo, lo observó con cara de extrañeza, se acercó el móvil a los ojos, y sonrió.

     -Esta es Lota... - Alvarito asintió y sonrió – Qué cabrón eres, ¿quién es el tipo que está con ella? No había visto a nadie sudar tanto sin estar en una sauna...

      -Se llama Ricardo, y están enrollados. Me dijo que habían sido amigos en el instituto, se reencontraron hace poco. ¿Cuánto? - Zacarías expelió humo y puso cara de circunstancias. 

      -Alvarito, hijo... tú sabes lo mal que va el negocio del local. Por más que tengamos vídeos exclusivos, con internet hemos perdido una cuota de mercado altísima, y en la página cada día tenemos menos compras de vídeos, a la gente le gusta la exclusividad, sí, pero en internet tiene mil vídeos más y gratis, no estamos para muchas alegrías...

      -Todos los habituales de tu local conocen a Lota, y no hay tío que no haya querido darle un repaso, ¡di que se trata de ella!

      -Es cierto que muchos de mis clientes la han visto, y se han interesado por sus encantos...

      -¡Y una mierda! ¡Se han interesado por sus tetas!

       -Admitamos eso... pero a ella no se le ve la cara, eso siempre queda mal, y yo no puedo poner en mi local que se trata de ella. ¿Me equivoco, o ella no sabe que éste vídeo existe? - Alvarito bajó la calva cabezota y lo reconoció. Pero no se arredró por ello.

      -¡Pero aún así, es perfecto! Ella viene por aquí sólo de vez en cuando, y cuando lo hace, no usa nunca las cabinas de vídeo, y no se mete en tu página, así que nunca lo descubrirá! - Zacarías suspiró e hizo un gesto de disconformidad.

      -Te diré qué haremos. Te daré parte del alquiler del vídeo. Primero lo pondré a un euro, e iremos a 70-30. El treinta entero para ti. Si veo que se vende bien y sobre todo que no hay escándalo, empezaré a darle bombo, lo subiré a tres euros, e iremos al cincuenta, ¿hecho?

      -Hecho. - Alvarito sabía que era un trato bastante pobre, pero aceptó; él sabía que cuando se corriese la voz por el barrio de que en el “GirlZ” había un vídeo de Lota montándoselo con un tío, todo el mundo lo querría ver. Se llegaría a los tres euros sin problema, y aunque supusiese sólo uno y medio para él, uno y medio era mejor que nada, que era exactamente lo que tenía en aquél momento.

      Zacarías descargó el vídeo a su ordenador y le pagó a Alvarito los veintitrés euros que le debía por otros vídeos similares que el portero le había vendido, grabando en parques y en el callejón de la discoteca, y que ahora se exhibían en el local del empresario. Apenas se marchó, Figuérez conectó el interfono, puso el vídeo a volumen medio y en reproducción infinita. Su trabajo le gustaba, pero esta era sin duda, una de las cosas más divertidas que le brindaba. Se bajo la cremallera y empezó a acariciarse con suavidad. Mientras su miembro se animaba y crecía, a través de la cámara interna, pudo ver a su secretaria mirar el interfono un par de veces. El volumen del vídeo no era lo bastante alto para delatarle, ni sus gemidos tampoco. Aún.

       En el vídeo se podía ver a una chica muy bien hecha, con varios tatuajes, en camiseta y bragas, y un tipo vestido sólo con un delantal de color rosa pálido. A la chica no se le veía la cara, estaban contra una pared, junto a una estantería de baldas abiertas, de modo que se le veía el cuerpo, pero a la altura del rostro tenía que haber un libro gordo. No obstante, todo el mundo conocía el tatuaje de la rosa que solía quedar medio oculto por el pantalón, el de la cobra y el de la partitura que lucía Lota en su cuerpo, no podía ser otra. Era una lástima que una chica tan guapa, hubiese ido a abrirle las piernas al tío del vídeo, pero en fin... Él tampoco era muy guapo, y hubiera dado lo que fuese porque una que él se sabía, le abriese las piernas a él. Con ese pensamiento, empezó a tirar suavemente de la piel del glande hacia abajo y se le escapó un suspiro.

       A través de la cámara interna, vio a Trudy dar un respingo, y tosió para disimular. Su secretaria puso cara de sospecha, pero al poco se relajó y siguió leyendo el mamotreto que tenía sobre la mesa. Figuérez sacó del cajón la botellita de aceite corporal que guardaba para esos menesteres y se dejó caer una buena cantidad sobre los dedos. Sólo el pensar en el placer que le esperaba, ya le ponía nervioso, pero no permitió que se le alterara la respiración. En el vídeo, se veía al tipo comiéndole el bollo a Lota, y no pudo evitar imaginar lo mucho que le gustaría ser él quien le diera ese placer a Trudy. O en ver a Trudy comérselo a Lota. Tuvo que morderse el labio.

      La idea de ver a dos chicas montándoselo, era algo que le gustaba muchísimo, y dejó volar la imaginación. Pensó en Lota desnuda, tal como estaba en el vídeo, y Trudy chupándole el clítoris, mientras a él le dejaban mirar. Su mano derecha, que hasta el momento había estado acariciando su pene de forma casi perezosa, sólo para disfrutar del cosquilleo suave y agradable, empezó a frotar con mayor decisión. Arriba y abajo, se deslizaba por todo su miembro, y de vez en cuando se detenía en el glande, la zona más sensible.

      “Oh, por favor, Zacarías, dame placer a mí también” pediría su secretaria en su fantasía. Se abriría de piernas, en cuclillas, mientras seguía chupando a Lota, y él se tumbaría en el suelo, metería la cabeza entre los muslos de Trudy, le haría a un lado las bragas y le lamería el clítoris. Sólo el clítoris, para hacerla sufrir y gozar. Pensando en eso, deslizó los dedos al frenillo, y se acarició allí, haciéndose cosquillas. ¡El placer le hizo brincar en la silla! Notó que sus nalgas se ponían tensas, mientras el placer eléctrico le zumbaba por toda la polla, pidiéndole que se agarrara y se frotara sin piedad, pero no lo hizo. Quería hacerse sufrir un ratito, quería torturarse, sabiendo que el interfono estaba abierto y Trudy podía oírle, pero debía ocultarlo el mayor tiempo posible.

       Su dedo índice aleteaba en su frenillo, ese punto dulce justo bajo el glande que le hacía retorcerse de placer y ganas, mientras su mano izquierda se acariciaba las pelotas, y conservaba el cigarrillo entre los labios, tragándose la nicotina y los gemidos a la vez. El cosquilleo era delicioso, le picaba en el miembro, se cebaba en el glande, le dejaba las piernas hechas mantequilla y era incapaz de mantener los ojos abiertos; era sencillamente perfecto... casi perfecto. En pocos segundos pasó de “delicioso” a “deliciosamente insoportable”, y se dio cuenta de que su respiración se estaba acelerando demasiado, por más que intentaba contenerse hacía ruido; en el monitor, Trudy de nuevo miraba el interfono y carraspeó. Zacarías retiró la mano y apretó el inhalador que usaba contra el asma para que su secretaria pensara que el ruido de respiración se debía sólo a eso. Gertrudis, con cara cada vez más suspicaz, pareció a punto de preguntar algo, pero el ruido del inhalador debió convencerla lo suficiente, porque no lo hizo.

       Figuérez se abrazó el miembro con la izquierda, mientras con la derecha sacaba un nuevo cigarro y lo encendía con la colilla del primero. Una vez renovada la dosis, se abandonó de nuevo a su fantasía. “No... no aguanto más, Zafi” decía su secretaria “Por favor, ¡penétrame!”. Zacarías tembló en la silla y se le escapó una sonrisa cuando pensó en Trudy llamándole “Zafi”, y mientras imaginaba cómo se sentiría su chochito cálido y estrecho, se apretó la polla y empezó a darse sin compasión. El aceite hacía que resbalase de un modo dulcísimo y el placer cambió. Ahora ya no era un simple picorcito, ahora eran oleadas de gusto que le quemaban todo el bajo vientre a cada movimiento de la mano. Supo que no iba a aguantar mucho más, y dejó de intentar contener el ruido, antes al contrario, separó los labios y dejó que su respiración saliera en gemidos delatores mientras aceleraba más y más y se rendía al placer.

       Gertrudis miró el interfono con cara de incredulidad, y Figuérez sonrió. Subió el volumen del vídeo y gozó del morbo de sentirse escuchado. “Me está oyendo... sabe que me la estoy zurrandooo... puedo sentir cómo se indigna mientras yo me fundo de gustooo...”.

      -Mmmmmh... haaaaaaaaaah.... - no fue un accidente.

      -Sr. Figuérez, córtese un pelo, que le estoy oyendo – dijo la secretaria, de malhumor.

       -Cielo, pero si lo hago precisamente para que me oigas, no tendría gracia si no... - contestó, con la voz entrecortada. Vio en el monitor que Trudy tapaba el interfono con su grueso abrigo, justo cuando el placer se hacía ya imparable – Eso no te servirá... hay un supletoriooOOOOOOoh... aaaaaaaaaaaaaah... oh, qué placer, ¡qué placeeer...! - se regodeó, gozando de los tirones que daba su polla, expulsando a presión una gran cantidad de esperma, dejándole a gusto y con una maravillosa sensación de calma y sueño. En el monitor, Trudy negaba con la cabeza entre las manos.

       -Dios mío, mi sueldo no paga esto... ¡ni el psiquiatra que voy a necesitar! ¡Y no me llame “cielo”! - la oyó lamentarse.

       -Hmmmmmmm.... Vidita, sabes que soy un pervertido, lo admito abiertamente a todo el mundo, fue lo primero que te dije cuando viniste por el puesto... no sé de qué te extrañas. - la joven resopló, y Zacarías sonrió. Le encantaba chincharla. - Venga, no te distraigo más, cie... cariño. Sigue estudiando. - Cortó la comunicación, pero siguió mirando por la cámara interna, cosa que Trudy no sabía y dio una honda calada al cigarro, que ya se extinguía, mientras buscaba uno nuevo.

      Uno podría pensar que siendo traficante de porno, conocía a un montón de chicas, pero Zacarías no se engañaba: eso se quedaba para los directores, los productores, los que ponían la pasta y tenían los casoplones donde se rodaba; el distribuidor como él, no olía a aquéllas tías más de cerca que cualquier perdedor de la calle. Alguna de las chicas que bailaba en su local le había hecho favores, seducida por la posibilidad de llegar a ser actriz porno o hasta modelo, pero cuando se dieron cuenta de que no tenía medios para promocionarlas de ninguna manera, pasó de ser “cariñito” a ser “el tío pervertido ese”. En un principio, él había pensado que también Trudy querría algún contacto de él y que podría divertirse con ella algunos meses, como con las otras. Pero Trudy sólo quería trabajar y estudiar su carrera, y aunque el estar de secretaria para alguien como Zacarías Figuérez era algo que ocultaba a su madre, lo hacía con mucha destreza, porque necesitaba el salario. Al empresario le cogió tan de sorpresa el encontrar una mujer que pretendiese vivir de su cerebro, que se encaprichó de ella. Pero Trudy se negó. Cuando se dio cuenta de que su jefe quería de ella labores que iban mucho más allá de contestar al teléfono, organizar citas y responder e-mails, llegó a abandonar el trabajo, pero Figuérez le rogó que no lo hiciera y le dobló el sueldo si se quedaba. Gertrudis sabía que no encontraría ningún otro sitio donde cobrase tan bien y, motivada por lo mucho que necesitaba el dinero para vivir y estudiar, decidió hacer de tripas corazón y quedarse, advirtiendo seriamente a Zacarías que bajo ningún concepto se acostaría con él. El empresario se mostró conforme, pero a su vez le hizo saber que iba a trabajar para un pervertido. Pacífico, desde luego, pero pervertido, e iba a tener que aguantar sus perversiones.

       Bien o mal, Gertrudis cobraba un sueldo elevado, pero a cambio tenía que oír cosas como la sucedida, soportar que Zacarías le llamase dulzuras y que, sin que jamás la tocase, ni le dijese groserías, ni se acercase a ella más de lo que permiten las formas, intentase de mil maneras “ponerla cachonda”. No era la primera vez que Figuérez le pedía que pasase a su despacho para recoger una bolsa de ropa sucia y llevarla a la lavandería, y que cuando ella entraba, él estuviese desnudo por completo. O que, si ella preguntaba si estaba vestido, respondiese que sí, y resultase que lo estaba, pero sólo de cintura para arriba. O que colocase una cámara bajo su propia mesa que le mandase fotos de su entrepierna al ordenador cuando se daba placer en su despacho, para que ella las viera. O que... Todo lo que se le ocurría. Quería acostarse con ella desesperadamente y no entendía cómo ella no se excitaba con cosas que a él le volverían loco, pero Trudy tenía algo que le impedía llegar a ella, y él no sabía qué era.