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martes, 7 de febrero de 2017

Juegos de viaje (A la que salta, segunda parte)




    La joven miró con cara de fastidio a su compañero mientras éste volvía de su fingida compra, con la que había ido a cerciorarse del estado de la chica del puesto. Valiente bobo, quedarse mirando así a la sospechosa, parecía lelo. El joven se dio cuenta de su incomodidad y fue directamente al asunto.

    -Tenías razón; mirada vidriosa, temperatura corporal elevada, pequeños temblores… o tiene a alguien metido bajo la falda, o está drogada.

    -El responsable del puesto es el único con quien ha hablado desde hace horas; es quien ha tenido que dárselo. Vamos a por él.

   La pareja de policías se encaminó hacia el dueño del puesto.

    30 horas antes.

    —Haah… aaah… eres malo, mmmmmmh… eres muy malo. - suspiraba Sonya, con las manos crispadas en el tapizado del sillón, sujetas a los brazos del mismo con sendas esposas de órdenes.

     —¿Me paro? - sonrió Víctor. Sus dedos cosquilleaban los pezones de la joven sentada junto a él.

    —¡No! No te pareees… Mmmmh… Dame más, quiero más…

   —No, no. Si te diese más, podríamos acabar haciendo cosas demasiado atrevidas, y nos podrían pescar, ¿verdad?

   Sonya, toda colorada, le miró suplicante. Viajaban en la parte trasera del camión de Raji, amigo de Víctor y cuñado de ella, hacia una feria de comercio en Zoco Centro, todavía lejos. Víctor y Sonya se habían conocido el día anterior, pero se habían conocido mucho más la noche pasada. Eso no hubiera tenido importancia de no ser porque en el cacharro de Raji viajaba también la mujer de este, y hermana mayor de Sonya, Tasha. Natasha era una gran mujer, pero algo sobreprotectora para con su hermana, y Víctor no le caía precisamente bien. Para ella, aunque sólo un año la separase de su hermana, Sonya era una niña; aunque supiese que había tenido varios novios sólo en el último año, Sonya aún era virgen; aunque hubiera podido ver a su hermana brincando sobre la entrepierna de Víctor, éste sería un seductor aprovechado y su hermana una cándida ovejita. En una palabra: si se enteraba de que la noche anterior, Víctor y Sonya apenas habían dormido dos horas, no iba a tomárselo nada bien. Raji lo sabía perfectamente, y hubiera preferido que Víctor no le hubiera dicho nada, pero el ex soldado le había hecho partícipe de aquéllo para que le ayudara a taparle los ojos a Tasha.

   “No sé si esto durará o no.” le había dicho Víctor “Si no dura, no será por mí, pero vamos a ser francos; ella es más joven, muy guapa, un encanto de chica… si para ella es sólo una aventura, ¿por qué hacer enfadar a Tasha? ¿Te figuras que soy el primero que le calienta un par de noches la cama? Si sí dura, Tasha ya se enterará más tarde, no tiene por qué saber que su dulce hermanita se ha revolcado conmigo a doce horas de conocerme”. Raji sabía que tenía razón, pero eso no cambiaba el hecho de que la aventura la estaban teniendo en su camión, delante de las narices de Tasha, y con él tapándoles. Si la cosa estallaba, lo iba a pagar él.

   Reanudado el viaje, a solas en la parte trasera del camión, Sonya y Víctor habían empezado a charlar, la charla había derivado al tema sexual en muy poco tiempo, y Sonya había intentado meterle mano en el pantalón. Víctor había estado a punto de dejar que ella le bajara los pantalones y le hiciera lo que quisiera, pero se negó. Era demasiado arriesgado, dijo, así que era mejor que Sonya tuviera las manos quietas. Para lo cual, sacó unas esposas de órdenes de entre los materiales que llevaba para vender, y sujetó con ellas las muñecas de la joven. Las esposas de órdenes eran de un material similar al del esqueleto externo que llevaba el viejo soldado y que le permitía andar: eran casi transparentes y cerraban sin junturas, porque respondían a una orden. Cuando él pronunciase la palabra de paro, las esposas se soltarían al momento, pero mientras no la dijese, Sonya no tenía modo alguno de soltarse. Y así, él había empezado a hacerle caricias en los pezones.

   Sonya se retorcía de gusto y sufrimiento bajo los dedos de Víctor. Éste le acariciaba con mucha suavidad a través de la fina camiseta de la joven, bajo la cual llevaba un sostén sin tela, cuyos aros le elevaban el pecho, pero sin tapárselo; Sonya había tenido cuidado de ponerse una camiseta oscura para intentar que sus pezones no “cantaran” demasiado. El soldado le rodeaba los hombros con un brazo y con la mano libre le hacía cosquillas en los pezones. Su dedo índice se paseaba con mucha suavidad sobre ellos para ponerlos erectos, y luego los cosquilleaba con dos dedos. Poco después, los pellizcaba y daba tironcitos de ellos. Sonya tiraba de las esposas, con la cara muy roja y los gemidos escapándosele de la boca entreabierta. Sus labios, húmedos, boqueaban en busca de algo más que aire, y Víctor la besó, metiéndole la lengua al tiempo que le apretaba las tetas con ganas; la joven notó la lengua del soldado violar su boca, frotarse con violencia contra sus carrillos y su paladar y luchar contra su propia lengua, y un dulce escalofrío la hizo temblar de pies a cabeza. La mano del hombre abandonó las tetas para abrazarla por completo y acariciarle el cabello rubiejo.

     —Por… favor… - rogó, mientras Víctor le besaba la cara a lamidas y le daba mordiscos en el cuello, haciendo cosquillas con su barba redonda. - Por favor, suéltame… quiero tocarte. Quiero abrazarte, por favooor…

    —No, no. - rió, travieso, sin dejar de repartir besos por su cara y su cuello - Eso esta noche. Esta noche, me harás todo lo que quieras, pero ahora debes ser buena niña y no tentarme.

    —Oooh… ¡Pero tú bien que me tientas a mí! No es justo. - protestó Sonya de un modo adorable, mientras se frotaba contra el sillón. Estaba muy cachonda.

    —Pero es que si tú me tientas a mí, voy a acabar sacándome la polla de los pantalones, y eso es arriesgado, mientras que yo puedo conseguir darte placer sin que te quites nada.

   Sonya le miró con curiosidad, y el soldado sonrió. No en vano llevaba media furgoneta llena de porno y juguetes eróticos, y se había dejado un par previsoramente cerca de él. Tomó uno de ellos, aún en su embalaje original y se lo entregó, preguntándole si le apetecía probarlo.

    —Esto es… ¿esto no es un adorno para el cabello? - preguntó ella.

    —Lo parece, para que se pueda llevar con disimulo. Si te lo pones en el pelo, todo el mundo verá una mariposa de colores brillantes y nada más. Pero si lo ponemos debajo de tus braguitas, se sujeta a tus labios vaginales ella sola, detecta el calor de tu cuerpo y… - bajó la mano al pantalón de Sonya -  empieza a vibrar, ¡sobre este botoncito!

   La joven se estremeció entre risas. Con los programas de DreamScience la mayor parte de juguetes eróticos habían quedado desterrados porque el Sueño actuaba directamente estimulando los centros de placer del cerebro, de modo que ella nunca había usado ninguno. Y sonaba divertido.  

    —No tienes ni que desabrocharte el pantalón. - explicó Víctor - Sólo métela a mano bajo las bragas, y ella solita encontrará el punto. – La joven le miró con cierta incredulidad, y él continuó hablando – De veras. Fue casi la última generación de juguetes inteligentes que se sacaron, poco después empezaron a llegar los programas de Sueño, y al principio los juguetes se usaban combinados con los programas; se suponía que ibas a estar en mitad de una fantasía inducida, no podrías estar para andar mirando cómo se colocaba un juguete, y la idea era la contraria: que el programa lo hiciese TODO por ti. – Paseó los dedos por entre las tetas de Sonya y, haciendo círculos, volvió a sus pezones – Tú sólo tenías que tumbarte, relajarte y disfrutar. Anda… ¿me dejas que te la ponga yo? 


     Sonya se sonrojó y a Víctor le dio un vuelco el corazón, estaba guapísima. Asintió y se dejó recostar en el sillón. El antiguo soldado abrió el blíster que contenía el juguete y sacó la mariposa, de pequeño tamaño y con alas de vivos y centelleantes colores. Con ella en la palma de la mano, besó a Sonya, y apenas ésta cerró los ojos, la mano de Víctor se perdió bajo los pantalones de la mujer. Por capricho de él, no llevaba bragas. “¿No te gustaría sentir todo el día cómo te rozas contra la costura del pantalón?”, le había dicho aquélla mañana. Ella había estado conforme siempre y cuando él tampoco llevase ropa interior y no, no la llevaba. Era una suerte que el pantalón que usaba fuera de tela más bien rígida, de lo contrario se notaría muchísimo la erección. Con mucha suavidad, acarició la vulva de Sonya y a ella se le escapó un suspiro; estaba húmeda y Víctor sintió los dedos mojados. Tuvo que luchar contra el deseo de meterle dos dedos hasta el fondo y jugar con su placer hasta dejarla satisfecha, se dijo que sería más divertido usar el juguete y verla retorcerse. Apenas separó los dedos y acercó la mariposa al monte de Venus de Sonya, aquélla se movió sola y se colocó sobre el clítoris. 

     —¡Hah! – Sonya respingó. Era como si algo tibio y suave acabase de pellizcar su punto más sensible. Miró a Víctor con sorpresa y éste sonrió, esperando que el juguete comenzase a hacer su magia. 

     La mariposa se guiaba por el calor y aprovechaba la energía del mismo. En un cuerpo que estuviese en reposo, su función era comenzar con lentitud hasta lograr la excitación, y después continuar a ritmo creciente hasta el orgasmo. En un cuerpo como el de Sonya, ya muy encendido, sus efectos eran más inmediatos. 

     Las manos de Sonya se cerraron en puños crispados en los brazos del sillón. La vibración de un millón de caricias se concentró en su clítoris y lo torturó en un placer picante que la hizo dar golpes con las caderas, buscando frotarse con mayor intensidad. Víctor la abrazó y apretó contra él, y la joven le apresó la camisa con la boca, intentando acallar los gemidos. 

      —Es un cepillo vibrador de fibras de seda. – sonrió el antiguo soldado, hablando al oído de su amiga, saboreando las palabras – Y lleva una trompita, como la de las mariposas, que recoge la humedad de tu rajita y la suelta en tu clítoris, para que siempre esté húmedo. ¿A que te gusta? 

      Sonya hubo de contentarse con asentir, ¡si separaba los labios, chillaría! ¡Era increíble! Podía sentirlo, podía sentir cada diminuto haz de fibras suaves paseando por su perla, haciendo círculos alrededor de ella, subiendo y rascando la punta, y bajando de nuevo, centrándose justo en la parte… oooooooooooh… más sensible. Apenas podía conservar los ojos abiertos, y Víctor no apartaba la mirada, la miraba con esos ojos verdes de golfo vicioso y travieso mientras le metía la mano bajo la camiseta y jugueteaba con sus pezones, pescándolos entre el dedo pulgar y el corazón y haciéndoles cosquillas con el índice. 

      Las caderas de Sonya se elevaban y sus piernas se ponían tensas. Su cuerpo comenzó a temblar y notó que su perlita no podía más, iba a correrse de gusto, ¡iba a estallar! Víctor bajó la mano a su pantalón y a través de este, tocó su vulva. Sonya pegó un golpe de caderas y se estremeció, su boca se abrió para gritar, pero el soldado lo vio a tiempo y la calló con un beso. La joven cerró las piernas, apresando la mano de Víctor entre ellas, y éste pudo notar una espesa lágrima de líquido mojar los pantalones, mientras Sonya le gemía en la boca y su cuerpo danzaba de atrás hacia delante, haciendo la ola con las caderas, saboreando los últimos coletazos del orgasmo. Sin soltarla, Víctor chasqueó los dedos y las esposas de órdenes se soltaron. Las manos de la mujer le abrazaron cariñosas, con cierta pereza, pero con decisión, rascándole el cogote y acariciándole el brazo. 

     —Ha sido increíble… - musitó, alargando las sílabas. Pareció a punto de decir algo tierno, pero entonces sus ojos se desorbitaron – Esto… ¡esto empieza otra vez! 

     —Ah, sí, es una de las gracias que tiene – sonrió el soldado – A no ser que se le dé otra orden, no se para del todo hasta el tercer orgasmo. 

     —No, no, ¡no! – suplicó Sonya, sintiendo no sólo las caricias de seda, sino también algo más. Un diminuto tentáculo que coqueteaba con su cuerpo, pero no exactamente donde uno pensaría que lo hiciera. – Se quiere meter por mi… por mi…

     —Sí, por la uretra. – Víctor sonreía con tantas ganas que se le cerraban los ojos - ¿Nunca has jugado con tu agujerito del pis? ¡Verás qué divertido!

      Sonya sentía algo que le quemaba, pero de forma deliciosa, y unas ganas tremendas de orinar, pero apenas pudo saborear la nueva sensación, porque entonces la furgoneta se detuvo. A toda velocidad, Víctor puso de nuevo el asiento en vertical y se sacó la camisa para disimular el bulto que le hacía el pantalón; apenas estaban erguidos y se oyó el intercomunicador. 

     —¡Hola, niños, ¿qué tal el viaje…?! – sonó la voz de Raji, haciendo las eses algo más sibilantes por culpa de sus dientes delanteros. Había tenido el buen juicio de conectar sólo el audio, pero disimulaba fatal. - ¡Huy, qué tonto, ¿pues no he puesto sólo el audiooo…?! A ver, dónde está la clavija de vídeo… 

     —Por Dio, Raji, si está aquí, ¿qué te pasa esta mañana? – se oyó la voz de Tasha, y enseguida tuvieron imagen. - ¿Todo bien por ahí? 

      —¡Sí, todo bien! – aseguró Víctor. Sonya, a su lado, sudaba y luchaba por no cambiar la cara. El maldito juguete le estaba violando la uretra... y no dejaba de acariciar su clítoris. No sabía qué era más probable, si que se meara encima o que tuviera un orgasmo ahí mismo, pero ninguna de las posibilidades era buena en aquél momento. 

     —Sonya, ¿estás bien? Estás sudando, ¿te mareas?

    —E-estoy bien. – aseguró la joven, sonriendo. – Creo que desayuné mucho, sólo esooo… - se dobló sobre el estómago, sintiendo feroces latigazos cosquilleantes y un ardor terrible. 

     —Nos hemos parado porque hay un control – explicó Raji – Vienen a preguntarnos, y van a abrir también atrás, ¡hasta ahora!

    La conexión se cortó. Si Sonya no tuviera todos los sentidos copados por la feroz estimulación de que era objeto, se hubiera dado cuenta que su hermana tenía pinta de sospechar, pero tal como estaba, sólo acertó a pedirle a Víctor que parara aquello. 

      —¿Qué?

      —¡Esto! – se señaló la entrepierna - ¡Páralo como sea! 
 
      —¡Lo olvidé! – la puerta se abrió - ¡No es temporada de floración! 

     —¿Perdón? – dijo el policía. 

     —¡Haaah….! – suspiró Sonya, aliviada. El policía les miró con suspicacia, pero cuando Víctor y ella se miraron y estallaron en carcajadas, directamente decidió que había que mirar bien en todas las cajas que llevaban. 


*******************

     —No hemos encontrado nada en el camión, sólo retroporno, pero pueden llevar la droga encima, o en algún escondrijo de la furgoneta; sin una orden no podíamos comprobarlo.

     —Agente, ¿está seguro? – preguntó el policía, pelirrojo y no muy alto. 

     —Señor, no se me ocurre ningún motivo por el que nadie pegue un suspiro como el que dio la chica sin estar drogado. Bueno, se me ocurre uno, pero no es factible llevando toda la ropa puesta. Su compañero decía estupideces, se reían solos, ella estaba rojísima y con las pupilas dilatadas… Parecían un cuadro de los efectos del jump. Si no lo llevan para vender, entonces al menos alguien se lo ha dado. 

     —Gracias, agente. – se volvió hacia la pareja que iba con él – Bien, muchachos, parece que nos hemos topado con un camello de poca monta o al menos, con un consumidor. Eso nos va a ser muy útil; vais a dejar el puesto de control, y vais a venir conmigo a ZocoCentro. Vais a investigar a esa parejita tan risueña y a ver qué encontráis de ella. Y si verdaderamente son vendedores o consumidores, serán vuestra primera detención, ¿está claro?

    El chico y la chica asintieron, no sin cierta emoción, ¡su primera detención!

(Continuará)



    En otro lugar, en otro tiempo, y en otro planeta…
   
     Zacarías estaba en su despacho, fumando, revisando el habitual pedido de bebidas alcohólicas, comprobando las ventas de vídeos porno de su página y de las cabinas del local, y sobre todo, esperando pacientemente que Trudy, su secretaria, regresara de su pausa del café. Figuérez sabía que la mujer no usaba la máquina expendedora para ello porque no le gustaba el aguachirri teñido que daba ésta como “café”, sino que entraba en el local a pedir uno y se lo tomaba en algún reservado vacío o en el pasillo interior, a salvo de posibles moscones. Tardaba unos quince minutos en regresar, y eso había sido tiempo más que suficiente para él. 

     Teniendo su ordenador en red con el de Gertrudis, apenas ella se marchó, Zacarías no había necesitado más de un par de minutos para conectarse, acceder a su escritorio y colocar como papel tapiz La Foto. Hasta el momento, ella había tenido una foto del David, pero seguro que la que él había puesto, le gustaba mucho más. No veía la hora de que ella volviera para ver qué cara ponía al ver La Foto. Seguro que sonreiría tímidamente. O quizá con picardía. Quizá hasta se llevara un dedo a los labios y se relamiera… ¡a lo mejor, le pedía una copia impresa!

    Animada por el café espeso y caliente, Trudy entró de nuevo en su salita. Zacarías, a través de la cámara interna, la observaba. Tenía el pelo teñido de color naranja brillante, los ojos castaños y no era muy alta. Tenía una sonrisa de niña que le marcaba los carrillos de una forma muy graciosa, y unos pies muy pequeñitos que solía descalzar bajo la mesa para descansar de los tacones. La joven se sentó a su mesa y tocó una tecla para eliminar el salvapantallas. Y cuando vio La Foto, respingó y pegó un grito. El que gritara, no entraba dentro de los planes de Zacarías, pero aún así hubiera podido ser buena señal de haberse tratado de un grito ahogado seguido de una exclamación de sorpresa, algo como “¡Hah… ooooh!”, pero o mucho le engañaban los oídos, o el grito había sido de horror. Se parecía demasiado al sonido que ella misma había emitido hacía un par de semanas, cuando vio a aquélla araña. Y cuando Gertrudis entró a su despacho echando chispas por los ojos, ya no le cabía ninguna duda. Era de HORROR. 

      —Señor Figuérez, ¡¿se puede saber qué es “eso”?!

      —¿Qué es el qué? – preguntó con inocencia.

      —No se haga el tonto. ¡Hay una foto suya en mi ordenador! – más por costumbre que por disimulo, Zacarías fingió sorpresa y se levantó, llevándose el cigarrillo a los labios, y fue hacia el ordenador de su secretaria. Como papel tapiz, en lugar del David había una foto de él mismo desnudo, imitando la pose de la escultura. Como su cuerpo era bastante más tirillas que el esculpido en su día por Miguel Ángel, la foto estaba retocada, pero a decir verdad, sólo una parte concreta había sido retocada. MUY retocada. 

     —¡Ah, eso! Es… es… - aspiró el humo, intentando ganar tiempo. - ¡Es una foto artística que me hice! Y como sé que tú estudias de esto, quería pedirte tu opinión, ¿qué te parece?

     —Me parece uno más de sus asquerosos numeritos baratos. 

     —¿Eso quiere decir que no te gusta la iluminación, o es el fondo, o…?

     —¡Eso quiere decir que no me mande guarradas al ordenador!

     Zacarías, con gesto abatido, dio una nueva calada y se marchó a su despacho. Gertrudis se sentó con gesto iracundo y se dispuso a cambiar la imagen de fondo. 

     —Trudy – preguntó Figuérez por el dictáfono - ¿De verdad no te ha gustado ni un poquito? – Oyó a la joven suspirar con voz cansina. 

     —NO. Ni un poquito. 

    Zacarías cortó la comunicación y su boca se descolgó en un gesto de tristeza, a ambos lados de su cara. Cogió dos hojitas de lechuga y las pasó por entre los barrotes de la jaulita, a la pareja de caracoles que tenía en su despacho. Le gustaban los caracoles, eran animalitos tranquilos, silenciosos, no exigían mucho tiempo ni cuidados, y no tenían ninguna traba a la hora del sexo. Los leones podían tener muchísimos encuentros sexuales, los cerdos podían tener orgasmos larguísimos, las tortugas podían tener un superpene… pero los caracoles no tenían que esperar que llegase una hembra, seducirla, convencerla, llevarla a un hipotético restaurante a cenar lechuga de diseño, ni nada semejante. Ellos simplemente iban por el mundo a su bola, y un día encontraban a otro caracol, y listos. Daba igual qué fuese uno o qué fuese el otro, porque los dos eran ambas cosas. Eso sí que era sentido práctico. Seguro que a los caracoles nunca les dolía la cabeza, ni se quejaban de que su compañero fuera un guarro sólo por querer un ratito de arrumacos, de ternura… de bombeo conejero salvaje. 

     —Toma, Yasmín-Richard. Toma, Edward-Britney. – dijo, dándoles la lechuga, y suspiró – Habrá que pensar en otra cosa. 




Juanma, para ti que demostraste tu cultura reconociendo a Rik Mayall, te dedico éste relato, ¡que lo presumas! :)